11. Insomnes
Cuando desperté, me tomó unos segundos comprender que estaba en el pasillo de nuevo. Habíamos estado hablando hasta hacía unas horas, pero no pude evitar despertarme en mitad de la noche. Mi cuerpo estaba demasiado consciente de que debía aprovechar cada minuto con ella. Dios, no quería que esos momentos se terminaran, sabía que mañana sería el último día que podría dedicarle completamente.
Ya era inútil intentar conciliar el sueño, así que me levanté, deseando ser capaz de sacudir esa idea fuera de mi mente. Aún estaba muy oscuro. Miré la hora: eran casi las tres de la madrugada, así que todos debían estar durmiendo. Estiré mi espalda y mis brazos después de ponerme de pie. Tomé un poco de agua, de una botella que había quedado cerca de la esterilla donde dormía.
- ¿Jamie? –preguntó la voz de Luz desde la habitación. Sonreí y me quedé muy quieto, intentando descifrar si estaba hablando en sueños.
- ¿Sí? –respondí con la voz calmada y un poco ronca por el sueño.
- Estás despierto –susurró a su vez. No era una pregunta, pero de todos modos asentí con la cabeza. Puse los ojos en blanco y deseé golpearme a mí mismo cuando recordé que ella no podía verme. Me había vuelto un verdadero idiota en los últimos días.
- ¿Estás bien? –le dije mientras me acercaba. Quedé de pie frente a la alfombra, deseando que la tela fuese más fina, para poder verla a través de ella. La escuché moviéndose adentro.
- Sí –ella se había acercado también. Podía sentirla al otro lado de la alfombra, aunque no estaba seguro de cómo-. Es solo que no podía dormir –agregó. Nos quedamos callados por un momento, hasta que finalmente levantó la pesada cortina con una mano. Le sonreí al verla. Se veía casi igual que cuando la había dejado hacía unas horas, solo que ahora ya no llevaba el cabello recogido-. ¿Tú estás bien?
- Tampoco podía dormir –contesté a modo de excusa. Deseé no tener que estar encerrados ahí, sin nada que hacer. Deseé poder mostrarle todo lo que quería que viera… y de pronto lo comprendí: era el momento perfecto para hacerlo, no habría nadie despierto en las cuevas. Apoyé mi mano sobre la de ella, en el lugar donde sostenía la alfombra en alto. Sus dedos se sentían suaves y delicados a comparación con mi curtida y callosa piel-. Tengo una idea –susurré. Dejó que tomara su mano y la condujera fuera de la habitación. Me aseguré de sostenerla con la suficiente firmeza como para que se sintiera segura, pero con la delicadeza necesaria como para que supiera que podía soltarse si eso era lo que quería.
- ¿Estás seguro de que estará bien? –musitó aún sin oponer resistencia, cuando comenzamos a caminar por el pasillo.
- Es perfecto, todos estarán dormidos –respondí. Su mano se aferró a la mía con más fuerza y mi corazón se llenó de orgullo y satisfacción. Jamás me había sentido de esta forma con alguien.
Caminamos en silencio por unos cuantos minutos, pero no soltó mi mano en ningún momento. Quizás se debiera al hecho de que estábamos sumergidos en una completa oscuridad. Al menos eso fue lo que me repetí a mí mismo una y otra vez: que no significaba nada.
- Por aquí se llega a la plaza principal –le dije mientras nos acercábamos. No me soltó cuando la luz de los espejos nos envolvió. La luna brillaba con intensidad, y eso hacía que sus ojos despidieran destellos azules y plateados cuando miraba hacia arriba. Dejé de caminar para poder verla. Aquel brillo era increíble. Le sonreí cuando me miró, y continué con la explicación-. Son espejos. Mi tío los trajo hace mucho. Reflejan la luz para iluminar las cosechas –me sentía como si estuviera dando una de las lecciones de Sharon.
- Como en Egipto –respondió ella. Asentí con una sonrisa. Le dije algunas cosas sobre las cosechas, lo que debíamos hacer y cómo lo hacíamos. El arado, el riego-. Y por aquí es la cocina –le indiqué. Entramos por la grieta en la pared y echamos un vistazo por el lugar. Casi no podía creer lo vacío que se veía el lugar sin las voces y risas de todos. Parecía otro planeta. Me pregunté si había comida y decidí ir a ver si había quedado algo de la cena-. Quédate aquí –le indiqué mientras la soltaba y me acercaba al mostrador.
El horno aún estaba caliente, por lo que deduje que habían acabado de cocinar hacía poco. Debían hacerlo de noche, ya que de otra forma, el humo podría revelar nuestra ubicación.
El aroma a pan caliente me llevó hasta los panecillos recién horneados. Tomé dos y volví con Luz. Aún estaban tibios. Hice una exagerada reverencia mientras le entregaba el suyo, y ella rió antes de tomarlo. Comencé a caminar de nuevo, indicándole por donde debíamos ir.
Mordisqueaba distraídamente su panecillo cuando volvió a tomarme la mano. Esta vez, la luz aún nos rodeaba, así que mi corazón se saltó un latido. Mordí mi panecillo también, intentando mantener la boca ocupada. Tenía la horrible costumbre de arruinar los buenos momentos con palabras innecesarias.
Entramos a un túnel y tomé un camino largo y complicado para llegar a donde quería. Todos los caminos eran complicados en este lugar, solo la costumbre y la dedicación podían hacerte pensar lo contrario. Di varios giros inútiles y nuestros pasos dibujaron algunos círculos. No lo sentía necesario, pero quería tomar todas las precauciones posibles: sabía que me reprenderían por esto si se enteraban. Pero no habría de qué preocuparse, había escogido este camino porque sabía que estaría oscuro como la tinta.
Cuando estuvimos cerca, volteé para encararla. Aunque no veía su rostro, sus ojos emitían un pequeño destello propio. Dos pequeños aros de luz gris, tenues pero visibles en la oscuridad absoluta en la que nos encontrábamos. Sonreí, nervioso a la vez que maravillado. Estaba bastante seguro de que ninguna de las otras almas brillaba en ausencia total de luz.
- ¿Recuerdas el camino para llegar hasta aquí? –pregunté.
- No, lo siento, no presté atención -llené mis pulmones con un largo suspiro y continué caminando.
Cuando la temperatura y el aire cambiaron, ella se aferró a mi mano con más fuerza y se pegó a mi costado.
- Jamie ¿Qué estás haciendo? –susurró. Su voz sonaba débil y quebradiza.
- No te preocupes –la tranquilicé sin aminorar la marcha-. Solo quiero mostrarte algo. No pasará nada malo –parecía que se había relajado con mis palabras, pero no se despegó del costado de mi cuerpo. Sonreí como un niño, a pesar de la ansiedad que me causaba toda la situación. No debería estar haciéndolo, pero para ser sincero, confiaba en ella… completamente. Y quería volver a ver su sonrisa. No, quería ser el causante de su sonrisa.
Al salir, el viento nos golpeó en la cara, caliente y seco, increíblemente agradable. Miré a la interminable extensión de desierto, interrumpida solo de vez en cuando por algunas formaciones rocosas. Había una brisa agradable, pero no era la suficiente como para levantar el polvo. Le agradecí al cielo por ello, era de lo más difícil intentar pasar un buen rato aquí afuera en el medio de una ventisca.
Luz se quedó quieta por unos segundos, respirando profundamente y cerrando los ojos. Tiré de su mano con suavidad para que me siguiera.
- Ven –la insté. La conduje por el costado de las piedras hasta encontrar el lugar en el que solía sentarme cuando salía. Era un recoveco de las rocas, que parecían haberse dispuesto intencionalmente para formar un semicírculo no muy grande. Parte de él estaba cubierto, como si se tratara de una pequeña cueva, pero la mayor parte estaba al descubierto, de modo que se podía mirar al cielo.
Nos sentamos en el piso y Luz finalmente soltó mi mano. Tuve que hundir mis dedos en la arena para evitar tomársela de nuevo. Me llevó un largo momento ordenar mis ideas para ser capaz de hablar de forma coherente. En el entretanto, Luz miraba hacia abajo, jugando con puñados de arena que tomaba del suelo y luego dejaba caer en forma de lluvia, de nuevo al piso. Me aclaré la garganta y volvió a mirarme.
- Te dije que te mostraría las cosas hermosas de este mundo –dije. Mis palabras eran apenas susurros. Por alguna razón sentía que si levantaba la voz, arruinaría la sensación que me producía ese momento-. A veces, solo sentarse con un amigo es hermoso… solo por eso –continué. Aunque no estaba seguro de estar pronunciando las palabras correctas. ¿De verdad quería ser su amigo? No me sentía de la misma manera que cuando pasaba tiempo con Darla, o con las demás. Suspiré e intenté mirar a algo que no fueran sus ojos, así que desvié mi mirada hacia las estrellas-. Mirando al cielo, por ejemplo –solté.
Después de todo, era una de mis formas favoritas de pasar el tiempo. Se removió a mi lado para mirar hacia arriba también. Desde este lugar, se podían ver millones y millones de estrellas. Algunas más brillantes, otras en grupos, formando manchas de luz en el cielo.
- Solía venir aquí a escondidas antes de que llegaras –le conté, aún en voz baja-. Me hacía pensar en lo enorme que es el universo. En qué tantas cosas pueden sorprenderte de él.
- ¿Y algo te sorprendió hasta ahora? –la miré, y no pude hacer más que ser completamente sincero.
- Sólo tú –confesé, y me miró de repente, sonrojándose. Me mordí el labio cuando vi la sonrisa nerviosa que se asomó por su rostro. Dios ¿cómo demonios podía una simple sonrisa hacer que alguien se viera tan increíble?
Miró al suelo y yo aclaré mi garganta y volví mi vista hacia el cielo una vez más.
- Me encantaba sentarme aquí. Aunque también era un poco deprimente.
- ¿Deprimente?
- Hay cierta pena en pensar en todos los mundos que jamás conocerás. En todas las cosas que jamás experimentaras… en pensar que incluso en tu propio planeta jamás vivirás una vida normal –me quedé callado por un momento-. Aunque siempre queda soñar ¿cierto?
- Supongo –se encogió de hombros.
- ¿Puedo preguntarte algo? –solté de repente, recordando algo que había estado pensando mucho últimamente.
- Por supuesto –concedió. La falta de duda hizo que mi pecho se hinchara de orgullo.
- ¿Qué hay ahí afuera para ti, Luz? –pregunté, repitiendo lo que ella me había dicho antes. Clavé la vista en las estrellas, intentando no hacerla sentir incómoda. Demoró casi un minuto entero en responder, o al menos así me pareció.
- Bueno… mi favorito fue el Planeta de las Nieblas. Solía ser una artista allí –me permití mirarla. Mantenía los ojos cerrados y sus manos dibujaban figuras en el aire con movimientos suaves y delicados-. Manejaba el hielo. Podía hacer que la luz se filtrara a cada rincón de una estructura, descomponiéndose en diferentes colores –una amplia sonrisa tomó lugar en su rostro-. Incluso podía realizar esculturas, de manera que cambiaran de color, conforme la Estrella se movía en el cielo.
- Suena maravilloso –musité en un hilo de voz. Estaba absorto en sus palabras, en su tono suave y tranquilo. Abrió los ojos de repente y me miró como si hubiera olvidado que yo estaba allí. Sus ojos se veían húmedos y me maldije internamente por ello.
- Sí, bueno. Eso ya no sucederá más –replicó, removiéndose y limpiando su rostro con el dorso de su mano.
- ¿No puedes ser una artista aquí? –negó con la cabeza.
- Lo intenté. Pero no… no pude hacerlo.
- ¿Qué sucedió? –se tomó unos segundos para responder.
- Las emociones son demasiadas. No consigo canalizarlas o ponerlas en orden lo suficiente como para crear algo decente.
Hice una mueca, intentando no sentirme peor de lo que ya lo hacía.
- ¿Es por eso odias este planeta? –pareció pensarlo por un momento.
- No lo odio… solo no me gusta –Me mordí el labio y luché por no pronunciar las siguientes palabras, pero no pude evitarlo.
- ¿Y por qué nos odias a nosotros? –solté. El impulso fue demasiado fuerte como para que pudiera controlarlo. Suspiró, como si la exasperara, pero no desechó mi pregunta. Se mordió la uña de su dedo pulgar mientras pensaba, en un minuto que a mis ojos fue eterno.
- Tampoco los odio –respondió finalmente-. De hecho, jamás había conocido a un humano hasta ahora. Es solo que... siempre los he visto como cuerpos. Como cascarones.
- ¿Soy un cascarón? –repliqué un poco ofendido. Se removió en la arena para encararme, apoyando su costado contra la pared de roca.
- No estoy segura de eso, pero al menos mi cuerpo sí lo es –la miré sin comprender y ella se tomó un segundo para ordenar sus ideas antes de continuar-. Imagina que pudieras tomar todo aquello que representas, y embotellarlo: Tus pensamientos, costumbres, sentimientos, gustos, todo. Si pudieras quitarlo, separarlo de tu cuerpo. Entonces él ¿seguiría siendo tú?
