Capítulo 11
Jacob dormía sin camisa por su alta temperatura; Jacob sonreía en sueños y balbuceaba palabras graciosas; Jacob siempre mantenía un brazo debajo de mi cuello para dormir; Jacob olía a canela durante las noches; y yo me levantaba antes que él para disfrutar de todo eso.
Repasé mis dedos por la piel morena de su torso; era tan suave y caliente, y tocarlo era como meter los dedos dentro del chocolate derretido; y también era pegajoso porque después de tocarlo, en mis dedos se quedaba la sensación de su piel por largas horas. Me tapé la boca, conteniendo la risa al escucharlo: su garganta realizaba un extraño sonido, era entre un ronroneo y un gruñido.
No quería despertarlo, quería verlo siempre así: dulce y tranquilo. Llevé mis dedos al contorno de su cara, y delineé la curva de sus labios: carnosos, suaves y de color rosa quemado. Quería verlo sonreír, pero me negaba a levantarlo. Toqué la punta de su nariz, y dejé que mis dedos se entibiaran por el aire que salía de ella. Me encantaban sus pestañas: espesas y caídas; cada vez que parpadeaba sus pestañas acariciaban sus mejillas. Sus cejas abundantes y rectas. Y en su suave cabello negro era divertido jugar.
Acaricié su mejilla, y me acerqué a darle un beso, apenas acercando mis labios. Sus parpados se abrieron con pereza y al verme sonrió. Jacob era lo primero que veía al despertar y me encantaba ser lo mismo para él.
—Buenos días —saludó.
—Buenos días —contesté, y recargué mi barbilla sobre su hombro, para poder verlo a la cara.
—Sabes lo mucho que extrañe dormir contigo —murmuró.
Apenas ayer mucho a mi pesar, después de una semana, Seth se había marchado, aunque por fin Jacob había vuelto a dormir conmigo, y eso me hacía feliz.
—Yo creo que extrañaste dormir en un colchón —bromeé, y piqué su mejilla con un dedo.
Negó con la cabeza y con ambos brazos me jaló para que quedara completamente acostada sobre él. Estar sobre su cuerpo casi desnudo activaba todos mis puntos nerviosos; sentir cada trozo de piel era delirante y sofocante, me sentía perdiendo el aire. Intenté bajarme, pero su fuerza era suficiente para impedir cualquier movimiento.
—Jacob —le hablé, rindiéndome— Ya es tarde.
—Nunca es tarde —aclaró, con una sonrisa.
Él tenía tanta razón, nunca era tarde si se trataba de Jacob.
Me incliné sobre él y atrapé sus labios con los míos. Había descubierto que podía besarlo cuando yo quisiera; él siempre llevaba la iniciativa, pero era yo quien decidía acortarlo o prolongarlo. Así que tenía la confianza de besarlo cuando se me antojara, y besarlo apenas saliendo el sol era maravilloso para el resto del día.
Me separé y dejé mi cara muy cerca de la suya, y confirmé una vez más que sus ojos no son simplemente café oscuro; el color de sus ojos era como caramelizar la azúcar hasta el punto de casi quemarla, y su sonrisa era como de caricatura; dos pliegues se formaban en sus mejillas cada vez que sonreía.
Intenté de nuevo bajarme, pero él no cedió.
—Jacob, suéltame —pedí.
—Ese es el problema, Leah, nunca quiero soltarte —respondió.
Oculté mi cara en su cuello, y me concentré en sus palabras, aunque era imposible olvidarlas. Su respiración era tranquila y sus brazos eran una fortaleza sólo para mí. Jacob siendo mi barrera; Jacob siendo mi pilar.
Me estoy enamorando de Jacob. O ya lo estaba.
—Te preparare el desayuno —musité. Levanté la cara y sus ojos me vieron fijamente, y dejé que me besara.
—De acuerdo —aceptó.
Le sonreí y salí de la habitación. Tenía exactamente cuarenta y cinco minutos para estar listo y desayunar. Él entraba a las ocho y yo abría a las nueve. Lo vi aparecer, y llevé los platos a la mesa. Siempre me levantaba hacerle el desayuno, para al menos asegurarme que no comiera chatarra a primera hora de la mañana.
—Gracias —dijo, cuando dejé el plato en la mesa.
—De nada —contesté. Él tomó el tenedor, y devoró el huevo y el tocino.
—Es raro volver al trabajo —comentó, mientras bebía un vaso de naranjada, después de varios minutos de silencio.
—Lo sé —suspiré— Después de una semana contigo y Seth, es raro volver al trabajo.
—Seth se llevó su buen regalo —una sonrisa adornaba su rostro.
—Le dije a Lucy que no era necesario, pero pasó de mí y prácticamente le dio una caja entera de dulces, tan sólo espero que no se lo acabe en un solo día.
—No te preocupes, los chicos lo ayudaran a acabar con tantos dulces, si es que no lo esconde —trató de convencerme— Seth no paraba de sonreír, aunque creo que extrañara a Melanie.
Negué con la cabeza, al parecer ambos se gustaron ya que varias veces salieron solos. Aunque no podía negar que Melanie me caía bien para cuñada. Aun podía recordar sus palabras susurradas al día siguiente que conoció a mi hermano.
—Leah, ¿en serio todos lucen así de dónde vienes? —preguntó, con una sonrisa pícara, y pasando su mirada por todo el cuerpo de mi hermano— Pensé que Jacob era esa clase de chicos que les gusta mantenerse en forma, pero tu hermano esta igual —murmuró.
—Melanie —reclamé— Es mi hermano.
Ella simplemente sonrió y se encogió de hombros con inocencia.
—Me voy —informó Jacob, levantándose— Nos vemos en la tarde —asentí y me levanté para acompañarlo a la puerta.
—Jacob —lo llamé, cuando ya se disponía bajar la escalera. Él se giró con una sonrisa. Me acerqué, colocando una mano sobre su pecho— Se te olvida algo —le dije.
—¿Qué cosa? —preguntó, confundido. Negué con la cabeza y me puse de puntas para acércame a sus labios.
—Besarme —murmuré sobre su boca. Suave y exquisito, así era besarlo. Me separé y él sonrió.
—Prometo nunca más olvidarlo —agregó, acariciando mi mejilla. Me dio un pequeño roce en los labios.
—Eso espero —le advertí. Él se volvió a dar la vuelta y empezó a bajar las escaleras— Te quiero, Jacob —susurré en voz baja.
No era necesario alzar la voz ni gritarlo a los cuatro vientos para que el mundo se enterara; él sabía que lo quería y con eso me bastaba.
—Yo te amo, Leah —contestó ya al pie de la escalera. Le sonreí y agité mi mano. Algún día igual le diría esas palabras y lo más grandioso es que él estaba dispuesto a esperarme todo el tiempo que fuera necesario.
Al día siguiente, cuando Jacob salió antes de que yo cerrara la dulcería, él en vez de quedarse conmigo, subió al departamento. No le di importancia, pero después de tres días así, le pregunté porque lo hacía.
—Es una sorpresa —fue todo lo que contestó.
El miércoles que subí al departamento lo vi salir de la habitación desocupada, y al verme rápidamente la cerró con llave. Me acerqué a él y le tomé sus manos llenas de pintura blanca. Lo quedé viendo, pero él simplemente negó con la cabeza y me besó.
—Ten paciencia —dijo, con sus manos pintadas sobre mi cara.
—De acuerdo —suspiré.
Y así pasó una semana. Y ahora tenía los dedos de Jacob sobre mis ojos, y caminaba con miedo a través del departamento. Hace días Jacob había terminado con la decoración del cuarto vacío, pero no me había permitido echar ni un vistazo.
Al principio había sentido una especie de enojo hacía él, o más bien hacia mí, aun no entendía del todo a Jacob. Amo a mi hijo con toda el alma, creo que es quien mueve mi corazón; pero no me parece justo haberle arrebatado a Jacob la oportunidad de encontrarse con algo más, que no tuviera que asumir una responsabilidad tan grande. Pero ahora son irreversible las consecuencias: lo quiero y a estas alturas sería un suicidio alejarlo de mí.
Jacob me mantenía vital. No sé cómo expresarlo, pero me hacía sentir diferente; como si fuera completamente yo pero también fuera una parte de él.
—Jacob, ¿quieres abrir la puerta? —le pedí, sonriendo. Sentí la piel de mi cuello erizarse al contacto de sus labios dejando un beso.
—Ahorita —susurró— Pero no hagas trampas, cierra los ojos —cerré fuertemente los ojos, pero lo que sentí después fueron sus labios sobre los míos.
Lo empujé y me crucé de brazos aun cerrando fuertemente los ojos.
—Él que hizo trampa fuiste tú —le reclamé.
—Es que te ves tan indefensa con los ojos cerrados.
Podía sentir su respiración sobre mi cara, así que él todavía estaba cerca de mí. Lo sentí sonreír sobre mis labios y luego me dejé guiar. Me besaba con suavidad y firmeza al mismo tiempo, como si tratara de decirme que siempre sería libre a su lado.
No abrí los ojos, aunque quería verlo, por eso los cerré con mucho más fuerza.
—Jacob, abre la puerta —coloqué un dedo sobre su pecho.
—Está bien —murmuró.
Escuché el sonido de la llave y el pequeño clic. Rápidamente el olor a pintura invadió mi nariz, y sentí la mano de Jacob tomando la mía insistiendo a caminar.
—¿Puedo abrirlos? —pregunté.
—Ya, ya puedes.
Cuando abrí los ojos no lo podía creer. Las paredes antes azules ahora tenían un color verde acuarela muy suave; había varios estantes pintados en blanco y un buró de varios cajones en el mismo color; cuadros de figura de animales colgaban de las paredes, al igual que un espejo. Una alfombra beige cubría el suelo y una mecedora de mimbre se colocaba viendo hacia la ventana. Me acerqué a lo más precioso de la habitación; la cuna completamente blanca presidía todo el lugar. Tenía colchas en color blanco y adentro se encontraba un peluche en forma de lobo.
—Es hermoso —le dije, conteniendo las ganas que tenía de llorar.
—Me alegro que te haya gustado —contestó, tomando mi mano.
—No debiste, Jacob, esto debió costarte mucho —volví a pasar mi mirada sobre cada detalle de la habitación.
—No tanto —respondió— La cuna y el buró fue lo más caro, pero lo demás no lo fue: la pintura verde y blanca las traje de casa al igual que la madera de los estantes; le mecedora y la alfombra fueron regalos de Lucy, según ella cosas que estaban guardas en su casa.
—¿Y tú le creíste? —me crucé de brazos. Lucy no debía hacer este tipo de cosas, suficiente es que permita quedarnos en este departamento.
—Claro que no le creí al principio, pero ella misma me guio a un cuarto vacío de atrás de su casa, donde la alfombra estaba envuelta en una lona llena de polvo y la mecedora no era blanca sino café —me contó— Mande a lavar la alfombra y la mecedora la pinté —asentí, bajando los brazos.
—De acuerdo —suspiré.
—Y Melanie fue la que trajo el espejo y todos esos cuadros de animalitos animados —señaló los cuadros— Ella supuso que le reclamarías, y por eso me contó que compró eso a muy buen precio en un mercado de pulgas.
Me lancé a sus brazos, sonriendo. Estaba feliz por tenerlo a mi lado y por haber conocido a esas dos mujeres que me apoyaron desde el primer momento.
—Todo es precioso —le dije, separándome de su cuerpo. Él sonrió radiantemente— Gracias, Jacob.
—No tienes que darlas —su mano se posó sobre me redondo vientre de siete meses— Es mi hijo.
Mi garganta se secó al escucharlo. Cuando me enteré que estaba embarazada, decidí que éste bebé sería solamente mío y de nadie más. Pero ahora está Jacob aquí, con toda su paciencia y amor, con toda su sinceridad y honestidad reclamando un bebé que a pulso de ganó, al igual que se está ganando mi corazón.
—Tú hijo —susurré, colocando mi mano sobre su pecho.
Ahora no pidió permiso para devorarme la boca a su antojo y debía confesar que eso me gustaba, vaya que si me gustaba sentirlo sin contemplaciones. Enredé mis dedos en su cabello, y tomé en un puño su camisa para no caerme.
Nuestra respiración era agitada, pero aun queríamos más del otro. Su mano se apoyó sobre mi mejilla, y yo coloqué mi mano sobre la de él.
—Gracias por quererme —musité.
—Quererte, no—aclaró— Amarte, tenlo siempre presente.
Creo que era el momento justo para decirlo, esas palabras me estaban bailando en los labios dispuestas a todo a salir. No tenía dudas de lo que sentía.
—Jacob —hablé suavemente— Estoy enamorada de ti —confesé.
Sus ojos brillaron de lágrimas, y una de ella resbaló por su mejilla. Sus manos volvieron a tomar mi rostro y me acarició amabas mejillas. Su boca pegada a la mía era su mejor respuesta. Ahora era diferente, su beso ya no era más un tratar de convencer, ahora era estamos enamorados.
—No tienes ni una idea de lo bien que me hace escuchar eso —susurró, buscando mi mirada. Le sonreí, él no tenía idea de lo bien que me hacía hacérselo saber.
—Tenías derecho a saber que me has logrado enamorar, para que así tomes conciencia de que no puedo alejarte de mí ni tú te puedes ir sin mí —le advertí.
—Jamás lo haría —contestó, sonriéndome, pero no solamente con la boca sino también con los ojos.
Hola, hola… espero que les haya gustado. Los avances dieron su fruto.
Gracias por sus comentarios, me hacen tan feliz.
Nos leemos el lunes. Lindo fin de semana.
By. Cascabelita
