XXIX

ROMA

Luna se apartó del ventanuco de su fría y húmeda celda y dijo:

—Vaya, Theodore, creo que es la primera vez que me gritas.

—¡Que te grito! —Exclamó Theodore—. ¿Que te grito? En toda la ciudad no se habla de otra cosa: la vestal que se plantó delante de la Guardia Pretoriana y concedió el perdón de la diosa.

Luna lo miró con calma y su frenético enfado se apaciguó un poco.

—Luna, no sé qué va a hacer ahora el emperador contigo.

—Déjalo, todo está en manos de Vesta —dijo Luna, ofreciéndole una sonrisa con un ligero temblor en la comisura de los labios. Se cubrió el rostro con el velo y añadió—: Llévame ante su presencia.

Theodore la contempló durante unos instantes, intentando adivinar sus ojos tras la barrera de seda.

Recordó que las vírgenes vestales solo cubrían su rostro en una ocasión: durante los sacrificios.

—Así que esta es la vestal —dijo Tom.

El emperador estaba en su escritorio ante una pila de peticiones, mapas y cartas, con el hijo de Hermione sentado de piernas cruzadas a sus pies como últimamente sucedía. El muchacho daba cabezadas de sueño, y el propio Tom parecía cansado, apenas interesado en los traidores tras un largo día de trabajo. Theodore sintió un vago rayo de esperanza.

Entonces Luna se quitó el velo y el tocado que cubría su cabello, dejando al descubierto un pelo fino y claro.

—Hola, tío —dijo, sonriendo, al emperador.

Durante unos instantes reinó un silencio tan absoluto que Theodore pensó que nunca más volvería a producirse un sonido.

Scor abrió los ojos y miró extrañado a la vestal, igual que Theodore, en busca de la mujer a la que amaba.

Pero en su lugar encontró a una extraña. A la luz de las lámparas, vio la marcada nariz de la familia Riddle, el cabello lacio que había visto tallado en mármol, cayendo sobre el cuello de una túnica de vestal, los oscuros ojos llenos de misterio tan parecidos a los de Tom.

Un recuerdo enterrado emergió a la superficie: una princesita llevando sus banderas de juegos infantiles. «Siento como si te conociera desde siempre —le había dicho una vez—, desde antes de verte por primera vez.»

—¿Luna? —dijo Theodore a la hija del emperador Gellert, la nieta de Vespasiano, sobrina (y según algunos, amante) de Tom: la señora Luna, miembro de la divina e imperial dinastía Riddle.

¡Y yo que le he pedido que se casara conmigo!, pensó Theodore, avergonzado.

—Luna —repitió el emperador.

Su gesto era tan extraño, tan complicado, que Theodore supo que no podría definirlo en mil años.

Pero le daba miedo.

—Señor —intervino Theodore—, pido disculpas por haber traído a esta impostora a su presencia. Me la llevaré y recibirá el castigo que se merece.

—No —dijo el emperador, ausente, devorando con la mirada a su sobrina—, no es una impostora. Dime, Theodore, ¿lo sabías?

Theodore tenía la garganta seca.

—No —dijo Luna—, no sospechaba nada.

—Ahora todo encaja —comentó Tom con el mismo tono meditabundo—. Por eso decidiste conceder el perdón a esa llorona de Ginny. Por supuesto, tu perdón no es válido, porque solo una virgen vestal puede revocar una sentencia de muerte del emperador, y tú… para nada eres virgen.

Por increíble que parezca, Luna sonrió. De nuevo volvía a parecerse a Luna, en lugar de a una anónima princesa de la dinastía Riddle.

—Pero si piensas contravenir mi perdón concedido en público, la gente te pedirá una explicación.

¿Qué les dirás?

—Un emperador no tiene que dar explicaciones.

—Llevas toda tu vida intentando justificarte para evitar el peso de la sombra de mi padre.

Tom se revolvió inquieto y preguntó:

—¿Dónde has estado todo este tiempo, Luna?

Theodore abrió la boca, aunque deseaba con desesperación escuchar la respuesta, pero volvió a cerrarla.

—En el templo de Vesta, donde siempre quise estar. Tuve que morir para poder entrar allí.

—Decían que estabas embarazada.

—Nada de eso. Intenté quitarme la vida, pero —una sonrisa iluminó su rostro— Vesta no quiso que muriera, así que fui a reunirme con ella. No le importó la cuestión de la virginidad.

—Alguien te ayudaría a escapar —protestó Tom.

—La sacerdotisa suprema de las vestales, que ya está muerta. Y un par de personas más, a las que no pienso nombrar.

Tras una larga pausa, Tom dijo:

—Todavía puedo matar a Ginevra, ¿sabes? He cambiado la ejecución por el destierro. Mañana será conducida a Pandateria, ¿lo conoces? Es un islote en mitad del mar, de apenas una milla cuadrada.

Varias damas imperiales han muerto allí, algunas incluso tenían el mismo nombre que tú. ¿Qué importa si una prisionera real se cae por un acantilado y se rompe el cuello?

—La gente lo sabrá y pensará lo peor porque, querido tío, el pueblo romano no te tiene en mucho aprecio.

Scor, acurrucado en el suelo como un perro, soltó una risita apagada. Tom le clavó una mirada de reprobación antes de volver la vista hacia su sobrina y decir:

—Pues que no me aprecien, ¿piensas que me atormenta?

—Correcto —dijo Luna, imitándolo.

Antes de que Theodore tuviera tiempo de parpadear, Tom ya tenía las manos alrededor de la garganta de su sobrina. Necesitó la ayuda de dos guardias para apartarlo de ella. Scor aprovechó la ocasión para quitarse de en medio y refugiarse en un apartado rincón de la sala.

—Atadla —ordenó el emperador a los guardias, con la respiración entrecortada—. Atadla, ¡ahora mismo! - Tom tuvo que gritar a los guardias, que se mostraban reticentes a posar sus manos sobre una princesa, una sacerdotisa o lo que quiera que fuese aquella mujer.

Theodore apartó su mirada de las marcas rojas que los dedos del emperador habían dejado en la garganta de Luna, que ofrecía sus muñecas a los guardias sin oponer resistencia.

—Señor —dijo Theodore al emperador—. César, por favor…

La voz atronadora de Tom acalló la de Theodore.

—Guardias, sujetad al prefecto Theodore.

Los miembros de la Guardia Pretoriana sujetaron a Theodore por los codos, pero consiguió soltar un brazo y posarlo en el codo del emperador.

—César, ¿alguna vez te he pedido algo?

Tom meditó durante un instante. En su mirada furiosa brilló por un instante el cariño.

—No —dijo, y posó su mano sobre la de su lugarteniente—, no, nunca. Pero ahora, guarda silencio.

Se giró hacia Luna y tocó su cabello, justo donde sus mechones dorados caían sobre sus hombros como el velo de una vestal.

—Tengo un mechón de este pelo en mis aposentos privados —musitó—, junto a la urna que contiene tus cenizas. Aunque supongo que no serán tuyas. Solo el pelo es de verdad. Acabas de dar tu vida por tu hermanastra, Luna. ¿Merecía la pena?

—Era la voluntad de mi diosa.

—¿Lo volverías a hacer?

—Por supuesto.

—Entonces te daré la oportunidad de repetirlo. ¡Guardias!

Tom susurró unas órdenes al oído de los guardias, que salieron de la estancia. Theodore apartó el rostro, incapaz de mirar a Ginny. Pero no fue a la señora Giinevra a quien trajeron, sino a su hijo pequeño. Pálido, encadenado, demacrado, intentando adoptar un gesto valiente. El último heredero de la casa Riddle. Tenía exactamente la misma edad que Scor, que lo observaba sorprendido desde su rincón.

—El hijo de Ginevra —les presentó Tom, innecesariamente—. Saluda a tu tía Luna, pequeño.

Temblando, el crío inclinó la cabeza.

— El último miembro de su familia —añadió el emperador—. Su padre y su hermano han muerto, y su madre está a punto de seguir el mismo camino ¿Qué hacemos con él? ¿También vas a salvarlo, Luna?

—Si está en mi mano —respondió con voz baja pero firme.

—Ah, ¿puedes? Esa es la cuestión. ¿Qué darías por salvar a este crío?

—Mi vida.

—Pero si tu vida ya la has entregado antes, ¿no? Por su madre. ¿Qué más puedes ofrecer por él?

El muchacho alternaba su mirada entre el emperador y su tía, conteniendo un gemido que

brotaba desde el fondo de su garganta. Scor permanecía helado en su rincón y Theodore no se atrevía a hacer ningún ruido.

—¿Qué quieres, tío? —preguntó Luna, muy tranquila—. Esa es la auténtica cuestión.

Tom soltó una carcajada, esa risa abierta tan atractiva que en raras ocasiones se le Escapaba.

—Pues claro, esa es siempre la cuestión. Por lo menos para ti. Porque para eso estás en este mundo, Luna, para complacerme. Así que, si me haces el favor de prometerme que me seguirás complaciendo el resto de tu vida, dejaré marchar al crío.

—Ay, tío —dijo Luna con tristeza—, no creo que haya nada en este mundo que te complazca de verdad.

Theodore observaba atónito la escena. El hijo de Ginny abrió la boca y soltó un grito apagado.

—Tienes razón —admitió Tom—. Siempre me comprendiste mejor que nadie, Luna.

Theodore seguía sorprendido. Aunque ya tenía los pelos de punta, se le erizaron aún más cuando Tom sacó su puñal y se lo clavó al hijo de Ginny en el estómago.

El muchacho abrió la boca y, sin emitir ningún sonido, cayó lentamente sobre los mosaicos. A Theodore le pareció que tardó una eternidad en tocar el suelo.

Durante un terrible instante todo permaneció congelado. Theodore, con las manos medio estiradas para detener ese golpe fatal; el chico, sujetándose las tripas en el suelo mientras la sangre inundaba los mosaicos; el emperador, limpiándose las manos en la túnica, en la que quedaban manchas rojas; Scor, detenido a punto de incorporarse de su rincón; Luna, inmóvil como una estatua de su diosa. Pero el mármol de la estatua se hizo carne y dijo con mucha entereza:

—Theodore, saca de aquí al chico. Scor, ayúdale.

El prefecto y el esclavo obedecieron al unísono.

—Eso —dijo Tom sin dirigirse a nadie en particular y dejando caer el puñal—, eso es… Luna.

El emperador se abalanzó sobre su sobrina, arrancándole el velo de los hombros.

Theodore hizo amago de darse la vuelta, pero Luna lo miró por encima del hombro de su tío. Había tanta confianza en sus ojos que Theodore siguió llevando al hijo de Ginny, que aullaba de dolor, a la antecámara de los aposentos del emperador.

—Sabrá cuidarse sola —le dijo Scor—. Ayúdame.

Tenía algo enroscado en la mano mientras intentaba taponar la herida abierta en la tripa del príncipe: el velo de Luna.

Theodore escuchó sonidos guturales en el dormitorio, pero no provenían de Luna. Se incorporó y regresó hacia la habitación, pero los guardias le impidieron el paso.

—¿Acaso quiere morir, prefecto? —le preguntó el optio—. ¡Déjelo solo!

Theodore se acercó, se arrodilló como pudo y buscó el pulso del príncipe agonizante. Scor tenía los dedos cubiertos de una sangre casi negra que manaba a borbotones de la herida.

—Se está muriendo —dijo Theodore, aturdido—. Se va a morir.

—¿Va a ayudar o no, prefecto? —protestó Scor, que sudaba y soltaba juramentos sin parar de taponar la herida con el velo.

Se escucharon unos gruñidos angustiados procedentes de la habitación. Algo más parecido a un animal en celo que a un emperador. En cambio, no se oía la voz de Luna.

Theodore sintió un gemido clavándose como una esquirla de hielo en su garganta. Le invadió una terrible idea: «Igual, si la posee, le perdonará la vida».

El hijo de Flavia soltó un aullido de dolor. Scor apoyaba todo su peso en el velo. Su túnica y sus rodillas estaban cubiertas de sangre. Los párpados pesados del niño temblaron. Los esclavos comenzaron a arremolinarse, con los ojos abiertos como platos, y Theodore los maldijo a voz en grito para que se apartaran.

El hijo de Ginny gritó, llevándose los débiles brazos al estómago. Scor apretó con más fuerza la herida. Los ojos del pequeño miembro de la dinastía Riddle se abrieron y miraron a Scor, llenos de dolor.

Arrodillado en un charco de sangre, el corazón de Theodore latía acelerado.

—¡Zorra! —se escuchó un grito proveniente del interior de la habitación. Era la voz del emperador, pesada y lenta—. ¡Puta rastrera! ¡Fuera de aquí!

Los guardias que custodiaban la puerta se miraron, indecisos.

—¡Ya lo habéis oído! —exclamó Theodore incorporándose y lanzándose sobre la puerta, a punto de resbalarse.

Lo observó todo de un vistazo: el emperador, hundido sobre el colchón y Luna poniéndose su túnica blanca en silencio.

—¡Lleváosla! —ordenó el emperador, y su cuerpo entero se estremeció—. Por los dioses,

lleváosla.

Theodore cogió a Luna con manos temblorosas, pero los pasos de la muchacha al abandonar la estancia eran firmes como una roca. La condujo a través de los charcos de sangre, dejando a un lado a Scor, que ayudaba a recostarse al hijo de Ginny.

—Los guardias me llevarán —dijo Luna a Theodore—. Ayuda a Scor con mi sobrino. Necesita que los ayudes a salir de palacio.

—No sobrevivirá. Tiene las tripas abiertas.

—¿Seguro?

Scorpius pasó un brazo bajo el hombro de su amigo y lo ayudó a incorporarse Alzó la mirada, cauteloso, y Luna le ofreció un saludo cordial con un gesto de la cabeza. Sus ojos, bajo el reflejo de las lámparas, no parecían muy… humanos.

—Da recuerdos a tu madre, Scorpius —dijo, antes de que los guardias se la llevaran, tirando de las mangas de su vestido sin atreverse a tocar su piel, como si fuera a quemarles.

A su paso, dejó huellas de sangre sobre los mosaicos.

—Tenemos que sacarlo de aquí —dijo Scor.

El hijo de Ginny, a su lado, se retorcía de dolor pero no estaba muriéndose. Apretaba contra su estómago el veló de Luna, que ya estaba más rojo que blanco.

—Me lo imaginaba —murmuró Theodore—. En realidad no vi cómo el emperador lo clavaba. No podía.

—Te vas a desmayar —dijo Scorpius, disgustado.

Theodore sintió unas ganas tremendas de reír, con enormes carcajadas histéricas. Quería reírse hasta morir. Pero se acercaban más guardias a todo correr, además de cortesanos curiosos y esclavos boquiabiertos. Se quitó su capa roja de pretor, moviendo los dedos como un tonto, y envolvió con ella al hijo de Ginny. Scor cubrió con un pliegue el rostro del pequeño.

—Atended al emperador —ordenó Theodore a los guardias—. ¡Que venga su médico personal! Yo me encargo del muchacho.

—Prefecto, ¿adónde lo lleva?

—Son órdenes del emperador —respondió cortante—. Ordenes confidenciales.

Los guardias apartaron la mirada al instante.

—¿Cómo estás? —preguntó Scor al príncipe mientras lo sacaban de la antecámara alejándolo de la audiencia, que no paraba de crecer.

—Raro… siento…, no sé —respondió el pequeño, a punto de echarse a llorar.

Bajo la capa, Theodore palpó el velo de Luna. Por debajo había un corte largo pero poco profundo que sangraba un poco, pero no la herida mortal que había supuesto en un principio.

—Creo que el idiota del emperador falló el golpe —comentó Scor—. Has tenido suerte.

¿Suerte? Theodore no quería oír hablar de eso.

En la puerta exterior, Theodore mandó a Scor de regreso y salió con el hijo de Ginny.

—¿Qué vas a hacer conmigo? —le preguntó el joven príncipe.

Decirle al emperador que moriste de la herida, pensó Theodore, y que me deshice de tu cadáver.

—No te muevas —dijo, azuzando a su caballo con el hijo de Flavia doblado sobre la silla delante de él.

A medio galope, se presentó en la casa de su padre al anochecer, pensando en explicaciones desesperadas para darle. Sin embargo, para su sorpresa, su padre no precisó muchas palabras.

—Buen chico —fue lo único que dijo, y en un segundo mandó marchar a los esclavos y llevó adentro al agotado muchacho.

—El emperador —dijo Theodore, con la lengua plomiza—, nunca debe enterarse de que…

—No lo hará —respondió su padre con frialdad—. El muchacho estará fuera de la ciudad antes del amanecer.

—La vestal… —dijo Theodore—, en realidad no era una vestal… Era Luna, que no había muerto.

—No hay tiempo ahora para hablar de eso —contestó Severus, a quien no parecía sorprenderle la noticia.

—¿Lo sabías?

—¿Piensas que consiguió fingir su propia muerte sin ayuda? Vuelve a palacio, hijo, antes de que te echen en falta.

Theodore pasó antes junto al templo circular de Vesta. Alzando la vista, vio que las demás sacerdotisas lo observaban en una silenciosa fila blanca. Todas llevaban el rostro cubierto por un velo.

Sacó el velo ensangrentado de Luna y lo posó en el primer escalón. Le flaquearon las rodillas, y se sentó a su lado hasta que un par de pretorianos vinieron a buscarlo.

El año viejo ya había fenecido y, por decreto del emperador, Roma recibiría el año nuevo con una ejecución.

Una masa extraña y rencorosa se reunió para ver cómo Flavia era mandada al exilio y la vestal, a la muerte. El emperador declaró la jornada como festiva, pero los estandartes colgaban mustios, los pétalos parecían lágrimas y las trompetas sonaban como un cántico fúnebre. «Mala suerte — murmuraba la gente— mala suerte.» Una sacerdotisa y una princesa caídas en desgracia cuando apenas llevábamos un día del nuevo año, que seguro que no venía cargado de nada bueno.

Theodore estaba hundido mientras escoltaba a las prisioneras sobre su corcel negro.

Un murmullo general recibió a las dos condenadas, que se encaminaban hacia sus destinos rodeados por un grupo de pretorianos. Ambas eran bajitas y de pelo liso. Una llevaba una sucia palla de color coral y la otra, un vestido inmaculado de vestal. A Ginny la esperaba un barco y luego una diminuta isla, mientras que a Luna solo la aguardaba una cámara tapiada sin aire.

Las vestales que rompían sus votos eran enterradas vivas.

Cogidas del brazo, las dos mujeres cruzaron la calle.

—¿Por qué? —musitaba Ginny con voz débil—. ¿Seguir con vida en una isla los próximos cuarenta años? ¿Es eso más clemente que la muerte?

—¿Quién dijo que los dioses fueran clementes? —comentó Luna con voz amable.

—Ya sé que no lo son. Ni los tuyos, ni el mío. Mis hijos han muerto, Luna. El mayor junto a su padre, y el pequeño… no sé cuándo lo ejecutarán.

—Yo no perdería todavía la esperanza, Ginny.

—No, conozco a Tom. Odia a los niños porque le recuerdan que es mortal. Sacó a sus propios hijos del vientre de su esposa antes de que nacieran, y matará a los míos también.

—Mira al horizonte.

—¿Qué?

—Cuando llegues a Pandateria, mira al horizonte. Es un lugar tranquilo y silencioso. Hierbas mecidas por el viento, tranquilas playas y una casita de piedra con un pequeño oratorio. Estarás sola, y el silencio puede resultar insoportable al principio, así que escucha los trinos de los pájaros y mira al horizonte. No estarás sola durante mucho tiempo. Un día, pronto, verás aparecer un barco surcando los mares. Una embarcación de color rojo, creo, con filas de remos a cada lado. Pensarás que son piratas y querrás escapar, pero te quedarás a hacerles frente con orgullo, porque perteneces a la dinastía Riddle y querrás morir como una de ellos. Pero la galera no atracará. De ella bajará una Barquita de pescadores, sin remos, y la marea la arrastrará hasta la orilla. Antes de que llegue, verás quien va sentado en esa chalupa, alzando los brazos y llamándote desde lo lejos. Te lanzarás al mar, gritando el nombre de tu hijo.

—No puede ser —dijo Ginny, con un susurro—. ¿Cómo puedes saberlo?

—A veces veo cosas. Y tienes otro motivo para vivir Ginny.

Theodore se giró a mirarla y vio que Luna posaba una mano en el vientre de Ginny.

—¿Qué?

—Mejor sigamos caminando, no quiero poner a Theodore en otro aprieto —dijo Luna, empujando a su hermana para que avanzase—. Una hija. Todavía no puedes sentirla, pero está ahí. Nacerá en verano, en Pandateria, y estoy casi convencida de que le pondrás mi nombre. Las lágrimas asomaron a los ojos de Theodore, que miró cegado hacia delante.

—Pero ¿cómo…?

—Simplemente, lo sé. Dejémoslo en eso. Lo sé, pero soy la única. Tom nunca lo descubrirá.

Una vez que te deposite en tu solitaria isla, se olvidará de ti por completo. Pero la emperatriz, no. Se encargará de que recibas alimento, y supongo que incluso te enviará a una matrona cuando llegue el momento. Igual hasta consigue que algún día tú y tus hijos podáis salir de aquella isla. Antes era una mujer muy valiente, puede que vuelva a serlo.

—Luna, Luna…

—Es la hora —dijo el guardia que acompañaba a Theodore.

—¡No!—gritó Ginny—. ¡No! ¡No puedo!

—Tranquila —dijo Luna, muy calmada—. Que tengas un buen viaje, Ginny. Y, si no te importa, ponle mi nombre a tu hija.

En un suspiro, Ginny se marchó.

No se podía matar a una vestal dentro de los muros de Roma. Por eso se había construido una pequeña cámara cerca de la Porta Collina, en el Campus Sceleratus, un lugar más conocido como los «campos del Mal». El emperador había ordenado montar un estrado sobre el que observaba la ceremonia, como si se tratara de un festival. La multitud reunida murmuró en voz baja cuando vieron a la virgen vestal detenerse ante su cámara mortuoria y reunir su ropa blanca como la nieve. Theodore vio a su padre junto a Millicent, con las manos unidas de un modo extraño. En el estrado se encontraban la emperatriz, más rígida que nunca, como una estatua, el emperador, con las mejillas sonrosadas y la mirada dura, y Scor, incómodo en su túnica de color escarlata.

La vestal puso un pie desnudo al borde de su tumba y comenzó a descender las escaleras.

—¡Alto!

La tensión se podía mascar cuando Theodore se bajó de su caballo y en menos de un segundo se plantó junto a la sacerdotisa y la cogió del brazo.

—¡Luna! Digo… Luna.

—Luna, lo prefiero. Mi padre siempre me llamaba así, decía que siempre estaba seria como un juez.

—Es cierto, lo recuerdo —dijo Theodore, que apenas podía verla de las lágrimas que inundaban sus ojos—. Luna, no puedo dejar que lo hagas.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Escapar conmigo al hombro? ¿Matar al emperador?

—Luna…

—Shhh —lo acalló Luna, llevándose una mano a los labios.

Theodore cerró los ojos y apretó la boca contra su palma. Permaneció así unos instantes, hasta que ella se soltó de su mano como un fantasma.

Sin abrir los ojos, Theodore escuchó sus pasos por los escalones improvisados. Se imaginó su cabello como el oro entrando en la tumba, se imaginó cómo sellaban la cámara y la dejaban dentro. Escuchó el espantoso ruido de las paladas de tierra cubriendo la entrada de la tumba.

Abrió los ojos. Desde el estrado, Tom contemplaba con sus impasibles ojos azules como

Enterraban viva a su sobrina. Sonrió y le dijo:

—¿Jugamos una partida de dados más tarde, prefecto?

Y regresó a sus documentos.

—Vámonos —dijo Draco, posando una mano en el hombro de Hermione.

—Scor tenía buen aspecto —dijo Hermione con voz débil y aguda—. Parece que está bien, ¿verdad?

Tras un silencio, añadió en voz muy baja:

—Ella me ha mirado.

—Ya lo he visto.

Hermione no volvió a abrir la boca hasta que Draco cerró la puerta del minúsculo ático en los suburbios que habían conseguido alquilar con sus últimos ahorros. Luego, se dejó caer en la estrecha y maloliente cama y se echó a temblar.

—Antes de bajar a la tumba, lanzó una última mirada a la multitud y sus ojos se clavaron en mí.

Como si supiera que estaba allí.

—Hermione —dijo Draco, posando una mano indecisa en su hombro.

Al ver que no se estremecía, se metió a su lado en la cama y comenzó a acariciar su cabello. No lloraba, pero su cuerpo de vez en cuando se sacudía con violencia. Draco pensó en el hombre que había compartido con Luna.

Cuidado, cuidado. Apartó al demonio de su mente hundiendo su rostro en el cabello de Hermione. Tocó su sien con sus labios, con el único fin de calmarla, pero su boca se deslizó hasta el lóbulo de su oreja y luego hasta el hoyuelo tras su mandíbula.

Hermione se estremeció y Draco se apartó, temiendo haberla asustada Pero con un suspiro desgarrado, Hermione volvió a acurrucarse contra su pecho, posando la cabeza entre sus hombros.

Por un instante, Draco permaneció quieto, sujetándola como si fuera de cristal. Luego deslizó sus dedos por su cabello, apartando un poco su cabeza para poder besarla. Su boca sabía tan dulce y fresca como cuando tenía quince años.

Notó que volvía a ponerse tensa, pero cuando intentó apartarse Hermione lo abrazó con fuerza. La besó de nuevo, suavemente, y luego besó las marcas que el collar del emperador había dejado en su cuello, y después las cicatrices blancas que los juegos del emperador habían hecho bajo su pecho. Le quitó la túnica e hizo el amor a aquel cuerpo abusado y palidecido por el lujo. Lo amó y sintió pena por él, acariciando sus cicatrices con los dedos y los labios, intentando lo mejor que pudo volver a transformarlo en aquel cuerpo tostado por el sol y endurecido por el trabajo, sin cicatrices, que una vez se le ofreció.

Hermione cerró los ojos y arqueó la espalda con un placer incierto, y Draco la tocó con toda la elocuencia que su voz nunca encontraba, peleando con todas sus fuerzas para hacer que su cerebro testarudo e inteligente comprendiera cuánto la amaba. Y puede que funcionara, porque ella lo besó con un gemido mientras sus brazos se cerraban como un torno alrededor de su cuello. Draco sintió un pinchazo de serena alegría en todos los huesos del cuerpo. Se durmieron abrazados como una maraña de cuerda caliente, sin pronunciar palabra.

Las vírgenes vestales recogieron el velo cubierto de sangre y lo depositaron sobre su altar.

QUINTA PARTE

LUNA

En el templo de Vesta

Este lugar bajo tierra es una tumba pequeña, lo bastante como para que pueda tocar las cuatro paredes sin levantarme del taburete. Hay una vela cuya llama ilumina débil, porque las velas, igual que las personas, necesitan aire para respirar y cada vez hay menos en esta cámara.

Me siento en la oscuridad titilante y sonrío. Gracias, Vesta. Te estoy agradecida por tantas cosas: gracias por permitirme servirte, gracias por el hombre que me amó, gracias por darme el coraje para salvar a mi hermana, gracias por el regalo que le diste a su hijo.

Gracias por una vida que ha merecido la pena.

Me inclino un poco y apago la vela.

Vesta, diosa de la tierra y el hogar…

¿Eres tú?

No sabía que fueras tan hermosa.

XXX

PANSY

—Es maravilloso —comenté, adormilada— ¿Qué es?

—El extracto de alguna flor —respondió mi imperial amante.

Arrebató la copa de mi mano lánguida mientras un brillo excitado asomaba a sus ojos.

¿Quién iba a pensar que una flor mezclada con vino falerno añejo produciría este agradable sopor? Cerré los ojos y dejé que el emperador trabajara sobre mi cuerpo pasivo. Tenía unos gustos bastante peculiares, pero nada a lo que costara acostumbrarse. Una podía aprender a excitarse con ello.

Además, ser la amante del emperador… ¡ya era bastante excitante!

Durante los últimos tres meses tuve todo lo que siempre había soñado: aplausos, poder, reverencias a mi paso, gente rogándome que susurrara una palabra al oído del emperador… Un poder mil veces magnificado. ¡Ahora yo era la amante de Roma!

En cuanto a Tom, la verdad es que no sé de dónde habían salido todos esos oscuros rumores sobre él. Era un hombre normal. De mal carácter, voluble, pero un hombre al fin y al cabo. Desde los catorce años sabía cómo manejar a los hombres. Emperador o no, nunca le dejaría estar muy confiado de mí. A veces, cuando el liberto de palacio llamaba a mi puerta, mandaba decirle que no estaba, dejando caer que tenía una cita con otros hombres. En ocasiones me lanzaba a sus pies adorándolo, y otras simplemente le sonreía de lejos, solo para mantener su interés por mí.

—Vístete —me dijo tras terminar—, pareces una puta.

Ya estaba cogiendo sus archivos, tablillas y pizarras. Con un brazo lánguido cubrí mi cuerpo con un pliegue de seda.

—Por cierto —dejé caer—, deberías hacer algo con ese astrólogo que tienes. ¡Es un grosero! Le he pedido tres veces que me lea el horóscopo y me ignora.

—Ve el futuro con la misma claridad con la que los demás vemos el pasado —dijo mi amante sin levantar la vista de su trabajo—. Sus ojos valen todo el oro de Egipto.

—Pues son unos ojos muy maleducados. No me quita la vista de encima.

—Aparta tu mirada.

—¡Qué mal carácter tienes hoy, señor y Dios! —Comenté, dándome una vuelta sobre la cama, descansando la barbilla en la mano y dejando que mi cabello cayera sobre mis ojos—. Así que conservas a tu astrólogo por sus valiosos ojos. Y ¿por qué te quedas a ese mocoso salvaje de Hermione?

Por supuesto, aquello era lo que me interesaba saber.

—¿Quieres tener un recuerdo de ella allá donde vayas? —insistí ante su silencio imperial.

Tom dio la vuelta a una pizarra y escribió una serie de cifras con rapidez.

—¿Señor y Dios? —le pregunté, acariciando su muñeca.

—Vete a casa, y dile a mi secretario que entre —me ordenó, apartando su brazo.

Me bajé de la cama, molesta, y me puse el vestido con dedos todavía inestables por el efecto de la droga. Me marché con mi movimiento de caderas más tentador, pero ni me miró. Bueno, tenía estos extraños cambios de carácter con mucha frecuencia desde la ejecución de la vestal rebelde. Pero no importaba, la próxima vez le haría olvidarlo todo.

—Mira por dónde pisas —dijo una voz a mis pies.

Pegué un respingo. En el pasillo de mármol, fuera de los aposentos del emperador, se encontraba el hijo de Hermione, sentado sobre los mosaicos. Tenía un par de dados mugrientos en la mano y, ladeando la cabeza, me preguntó:

—¿Una partida?

Por el rabillo del ojo vi el habitual jaleo de libertos y cortesanos arrimando la oreja al ver a los dos favoritos del emperador hablando.

—¿Por qué no? —dije con dulzura; cogí los dados y los lancé con rapidez, porque seguro que estaban llenos de enfermedades de granujas callejeros.

El crío silbó, mirando los dados.

—Mala suerte, domina Pansy.

—¿Qué sabrás tú sobre la suerte?

—Tengo la suerte de mi madre —contestó—. Todos los judíos nacen con suerte, de lo contrario no seguiríamos con vida.

—¿Y tu padre? ¿No has heredado parte de su suerte? —Comenté con una sonrisa maliciosa—. Los gladiadores no tienen tanta fortuna como los judíos.

Nos contemplamos en silencio. Para complacer a la audiencia (los favoritos de un emperador siempre tienen público) le di unas palmaditas en la cabeza. Intentó morder mis dedos como un perro y retrocedí un paso. No podía bajar la guardia con un niño cuyo padre fue un hombre al que llamaban el Bárbaro.

Miré a mí alrededor. El hijo de Hermione se llevó un par de dedos a la boca y soltó un agudo silbido que hizo que todos los esclavos, libertos y cortesanos en cincuenta metros a la redonda giraran su cabeza.

—Espero que cambie tu suerte, Pansy —gritó—, o estás jodida de verdad.

Algunas risitas llegaron a mis oídos.

—¿Severus? —lo llamó Millicent desde la puerta de su biblioteca, sonriendo—. ¿Qué haces sentado en la oscuridad?

—Disfrutando de una preciosa puesta de sol primaveral —contestó con otra sonrisa—. ¿Te apetece unirte a mí?

—Por supuesto —respondió Millicent, y cogió un taburete—, aunque la puesta de sol es por el otro lado.

—Estoy preparando un viaje —dijo Severus, enrollando unos papeles.

—¿Para ti?

—No, no es para mí.

Era para el hijo de Ginny, que se recuperaba a salvo en la casa de Brundisium. Desde allí había un corto trayecto por mar hasta Pandateria, donde se encontraba recluida su madre. La emperatriz se encargaba de mantener a salvo el secreto de Severus. «Me ocuparé personalmente de que cuiden de Ginny y de su hijo —le había dicho—. Fue la última voluntad de Luna. Severus, sé que no pudo fingir su propia muerte y escapar a la Casa de las Vestales sin ayuda. ¿Tuviste algo que ver?.» «Sí —había contestado Severus—. Me escribió desde Cremona cuando recuperó la cordura tras su intento de suicidio. Hasta entonces no la había creído, pero después de aquello la ayudé.» Los ojos de la emperatriz, normalmente impasibles, brillaron.

—Guárdate tus secretos —dijo Millicent, interrumpiendo sus recuerdos. Se sentó a su lado y volvió el rostro hacia el crepúsculo anaranjado—. No soy curiosa.

—Lo sé. Millicent, ¿sabes que eso te convierte en una mujer muy especial?

Sonrió antes de decir:

—He mandado un esclavo a los aposentos de Theodore en palacio. Dicen que todavía no ha salido de su dormitorio más que para trabajar.

—¿Cuánto tiempo lleva allí encerrado?

—Desde la ejecución de la vestal.

Hubo un momento de silencio.

—Sabina quiere una cosa —dijo Millicent, rellenando la copa de Severus—. Me ha pedido que te lo diga, porque piensa que yo puedo convencerte. Quiere que la lleves mañana a los juegos contigo.

—¿A los juegos? —comentó Severus sorprendido—. Es demasiado pequeña para ir a los juegos.

—Dice que ya fue una vez.

—Pero no le permití mirar. Apenas tenía siete años. Se sentó de espaldas a la masacre y estuvo jugando con los esclavos… hasta que el emperador empezó a tirar gente a la arena.

—Pues debió de quedar muy impresionada, porque quiere volver. Dice que será interesante.

También dice que Theodore irá, y que ya casi nunca lo ve. Está muy ilusionada. Puso la misma cara que tú en el último debate del Senado, cuando querías apuntalar los edificios del barrio sur antes de que se hundieran y la camarilla de Publius se oponía.

—No sabía que asistías a los debates del Senado —dijo Severus, suavemente.

—Me siento al fondo —comentó Millicent, sonrojándose.

—Ya veo —sonrió Severus mientras giraba un cálamo entre los dedos—. Entonces piensas que debo llevar a Sabina a los juegos.

—¿Me estas pidiendo mi opinión?

—Siempre la tengo muy en cuenta.

Millicent bajó la mirada y jugueteó con los pliegues de su vestido, pero Severus pudo ver su sonrisa.

—Llévala para que por lo menos pueda ver a Theodore. Igual consigue arrancarle una sonrisa. Luego podemos llevárnosla a casa antes de que comience la sangre.

—No. Si va, se quedará hasta el final. Un Norbano nunca cierra sus ojos ante las cosas desagradables. Y una Norbano, tampoco.

—Por los cielos, qué horror. Entonces yo también tendré que quedarme hasta el final.

—¿Vas a ir?

—Iré, y me debes una, porque odio los juegos.

—¿Qué haría yo sin ti, Millicent?

—La cena estará lista dentro de un cuarto de hora —dijo ella, colocándose un rizo de pelo detrás de la oreja—. Faisán con cebolla en salsa de pimientos.

—¿Has estado tiranizando otra vez a la cocinera?

—Es horrible, voy a comprarte una nueva.

—¿No tendría que ser yo quien te comprara un regalo de boda?

—Todavía no estoy casada, Severus.

HERMIONE

—Hoy es su cumpleaños —dije, apoyando la barbilla en la mano—. El idus de junio. Ya tiene trece años.

—Iba a regalarle una espada —murmuró Draco, poniéndose la túnica por encima de la cabeza.

—¿Para animarle a ser gladiador, Bárbaro? —me burlé.

—Hermione, nuestro hijo quiere ser gladiador —dijo Draco, asomando la cabeza por el cuello de la túnica—. Es un idiota.

—Pues sí —convine mientras rascaba las orejas del perro, que se acurrucaba sobre mis rodillas—. Es un idiota. Ha debido de salir a su padre.

Draco me agarró por la cintura y me sentó en su regazo. Le pegué en el pecho y la gata se cayó al suelo, soltando un maullido agudo. Draco acercó mi cabeza a la suya y me besó con firmeza. Mis huesos se derritieron.

—Bésame —me susurró.

Sonreí y mis pestañas acariciaron sus mejillas. En días como aquel, mañanas azules en las que el sol calentaba nuestro cuartucho del ático, la mirada de Draco hacía que todo mi cuerpo cantara y el mundo reluciese de felicidad. Era posible creer, no solo tener esperanza, que todo iba a salir bien.

—Te está creciendo el pelo —dije, pasando una mano por su nuca y sintiendo que temblaba ante el roce de mis dedos—. ¿Te lo corto?

—Mejor dejarlo largo, para no parecerme al Bárbaro.

—Ya no te pareces al Bárbaro con ese estúpido disfraz.

Cada vez que salíamos a la calle, insistía en ponerse una pesada capa, un sombrero y un parche en el ojo.

—Si salgo sin disfraz, alguien podría reconocerme. Se supone que estoy muerto.

—Cariño —dije, posando un dedo bajo su barbilla y mirándolo a los ojos—, nadie te ha reconocido. Nadie se da la vuelta para mirarte, solo para pensar: «¿Quién será ese tipo tan raro del parche que lleva sombrero y capa en pleno verano?»

—Durante ocho años, mi rostro fue el más famoso de Roma —protestó Draco, un poco molesto.

—Pero ya hace cinco años que moriste. Las masas solo te recuerdan como una leyenda del

pasado. Ahora todos hablan de Torio el Murmillo, así que dame tu navaja, que me picas en la cama.

Agachó la cabeza y comencé a rasurarle el pelo con satisfacción, contemplando los mechones teñidos de negro caer al suelo astillado.

—¿Torio el Murmillo? —preguntó, pasado un rato.

—También hay un tracio muy popular. Vi un grafiti en las paredes de los baños de la calle de la Granada. «Brebix el Tracio, el capricho de las mujeres.»

—Brebix, ¿eh? —Masculló Draco—. Mi nombre estuvo años en las paredes de esos baños.

Me eché a reír y Draco giró su mejilla contra mi mano y su barba me rozó los nudillos.

—Algún día también afeitaremos esa barba —dije— No picas, arañas.

—Pero ¿qué dices?

Me bajé el hombro de la túnica y le mostré una marca roja que me había dejado al besarme.

—¿Yo hice eso?

—No pasa nada —dije, volviendo a cortarle el pelo de la nuca, y añadí en griego—: Me hace el amor como un bruto.

Mi Draco. Algún día no necesitaría ir con barba, ni estúpidos parches ni sombreros. Viviríamos en un valle en el que nadie habría oído hablar del Bárbaro, o no les importaría si lo conocían. Y nuestro hijo jamás se acercaría a una arena.

Retrocedí, cepillando los últimos pelitos que quedaban sobre el hombro de Draco. Volvió a sentarme en su regazo y posé mi cabeza en su hombro. Colé mi mano bajo su túnica y acaricié su pecho, sintiendo el calor de su carne y los latidos de su corazón.

—¿Será buena idea ir al Coliseo?

—Sí —dijo, besándome las cejas— Iremos para ver a Scor, no los juegos.

—No nos dejarán sentarnos juntos, las mujeres tienen su sección separada.

Draco frunció el ceño y dijo:

—Te dejarán sentarte conmigo.

Llevábamos dos semanas intentando ver a nuestro hijo, mezclándonos con la muchedumbre que seguía al emperador en sus recorridos diarios por la ciudad y contemplando a la figura envuelta en una túnica roja que siempre lo acompañaba. «El juguete del emperador», lo llamaban los romanos. Corrían rumores de que era su hijo bastardo. Nunca se alejaba más de un metro de Tom. No había ninguna esperanza de agarrarlo y echar a correr. Tampoco teníamos ninguna posibilidad de colarnos en palacio: solo éramos dos esclavos fugitivos y andrajosos que no podían sobornar a nadie.

Incluso si conseguíamos rescatar a Scor, ¿había algún lugar donde Tom no pudiera encontrarnos? La espléndida mañana se oscureció un poco.

Draco me cogió de la mano y dijo:

—Vamos.

Por primera vez desde que regresamos a Roma, nos encaminamos hacia el Coliseo.

PANSY

El rugido que estalló cuando el mocoso de Hermione apareció en el placo imperial y saludó a las masas me resultó vomitivo.

—Ponte detrás de mí —le susurré, apartándolo con un empujoncito.

—Déjame en paz, vaca fofa —me replicó, y se sentó a los pies de Tom.

Echando humo, me senté al otro lado. Además de ser un granuja y un maleducado, su túnica roja quedaba fatal con el rosa de mi stola y con mis zafiros. Hice un gesto a un par de esclavos para que se acercaran con los abanicos de pluma de avestruz. En las fiestas de la Matralia hacía siempre un calor sofocante.

Tom andaba ocupado con un montón de pergaminos y su corte de secretarios, pero Scor se lo estaba pasando en grande. «¡Hala!», exclamó al ver la enorme arena que se extendía ante el palco imperial. Por lo general, siempre estaba tenso como una estatua en presencia del emperador, pero ahora abría la boca tan fascinado como cualquier niñato plebeyo en las gradas.

—Esto de ser la sombra del emperador tiene sus ventajas. La vista es…

—¿Crees que tu madre estará por ahí? —dijo Tom, comprobando una de sus listas y pasando a otra.

—No lo sé —respondió Scor—. ¿Echamos unos dados, César? El desfile de apertura siempre es bastante soso.

Scor desplumó al chambelán imperial, a un tribuno, a dos lánguidos nobles de la familia Graco y al propio emperador, hasta que le di un golpe en el hombro en el momento justo y tuvo que apoyar las manos en el suelo para no caerse.

—¡Vaya, vaya! Así que haces trampas —dijo el emperador, y recogió el par de dados que habían caído de la manga de Scor—. ¿Qué se puede esperar de una rata de cloaca?

Los cortesanos intercambiaron miradas.

—¿Qué hacen los emperadores con los tramposos? —comenté, con mi voz más aterciopelada.

—Lo habitual es tirarlos a los leones, Pansy. Incluso a los más jóvenes. ¿Qué te parece como regalo de cumpleaños, Scorpius? —le preguntó el emperador, con un rostro inescrutable—. Un baile con un león en la arena del Coliseo.

—Creo que paso, César —respondió, incómodo, el muchacho—. Gracias.

—Haciendo trampas —dijo el emperador, saboreando las palabras—, trampas.

—Mira, te enseñaré a hacer trampas como un campeón —dijo Scor, forzando una sonrisa zalamera para salir del aprieto—. Escondes el dado trucado en tu palma, así… ¿ves?

El emperador observó su rápida demostración y sonrió.

—A ver, enséñame.

—Así —dijo Scor, poniendo los dados en la mano del emperador—. No, César, así no. Dios, qué lento eres.

Estuvieron jugando a los dados durante las cacerías de animales y las ejecuciones matinales.

—Señor y Dios, llegó el tumo de los gladiadores, su espectáculo preferido —le informé, algo molesta.

Tom apartó los dados y se asomó a la arena, en la que un africano y un tracio fueron emparejados para el primer combate.

—El africano ganará —comentó Tom.

—Mi señor y Dios posee un ojo clarividente —murmuré, lo que despertó un rumor de aprobación en el palco.

—No —discrepó Scor—, ese africano es un patoso. Se tropezó con su propia red nada más salir por la puerta. Apuesto por el tracio.

—¿En serio?

—Y tú, ¿qué sabrás? —le reprendí.

Scor y el emperador se apoyaron en la barandilla y contemplaron la arena, ignorándome. Por un instante, dejaron de ser enemigos. Ya no eran cautivo y captor, sino dos apasionados más de los juegos. El tracio venció al africano, y a continuación salieron un par de númidas y luego dos galos. Hubo buenos combates, pero no los disfruté. Solía pasármelo bien contemplando una buena carnicería, pero con el emperador ignorándome por culpa de una vulgar rata de cloaca, no podía.

—Tú sí que tienes ojo, pequeño Scorpius—dijo Tom—. ¿Cómo supiste que el macedonio perdería?

—Tenía resaca. ¿No viste cómo apartaba la vista del sol? —respondió Scor, llevándose a la boca un puñado de higos frescos.

Los vencedores salieron orgullosos por la Puerta de la Vida mientras los esclavos del Coliseo recogían los cadáveres de los vencidos.

—Tienes que fijarte en gladiadores como el galo que cortó el brazo de aquel griego, César. Los fibrosos y ágiles.

—¿En serio? —Murmuré, viendo mi oportunidad—. ¿Quién te ha enseñado todo eso?

—¡Mi padre! —Respondió el mocoso, cayendo en la trampa—. Era el mejor. Con él no valían las reglas. Podía presentarse a combatir con una resaca de caballo y aun así…

Se calló de repente.

—Así que tu padre era un gladiador —dijo Tom, sentándose—. Interesante. Supongo que tu madre te diría que era el famoso Bárbaro… ¡Qué romántico! El grandioso gladiador dejando un hijo perdido por ahí.

—¡Ey! —protestó Scor, enfadado—. Mi padre era el Bárbaro.

Los cortesanos, tirados en sus lechos, soltaron unas risitas.

—¡Qué bonito! —murmuró alguien.

—Este niñato es un mentiroso —comenté.

—Igual no —dijo el emperador, y posó su copa—. La verdad es que se parecen un poco. Vi al Bárbaro un par de veces, y nunca olvido una cara. Lo que me extraña es, ¿cómo llegaste a conocerlo?

—Cuando me escapé de Brundisium —explicó Scor, removiéndose incómodo en su asiento—, me enseñó algunas cosas.

—De ahí tu destreza con los cuchillos —apuntó el emperador, mirando la cicatriz que le había quedado en el pie—. ¿Quieres ser gladiador, Scorpius?

—No.

—Mentiroso —dijo Tom, divertido.

—Además de tramposo, mentiroso —intervine.

—Tú no te metas, vaca —me dijo el hijo del Bárbaro y, mirando a los ojos al emperador, se puso muy firme y añadió—: Sí, quiero ser gladiador, como mi padre. Mi padre odiaba los juegos como si fueran veneno, y mira lo bueno que era. Yo seré mejor, porque a mí me gustan. Y todo es culpa tuya, César. Fue por ti que mi padre acabó en la arena. Además, has sido la primera persona a la que he herido de verdad, así que lo que yo haga también será culpa tuya.

Sudaba a chorros y noté que temblaba. Pero de nuevo mostró esa sonrisa de demente, tan amplia que le cruzaba la cara y le llegaba casi hasta las orejas. Me pregunté si Tom se encargaría personalmente de matarlo. Una puñalada en el estómago no le vendría nada mal a ese pequeño bastardo, aunque podía manchar de sangre mi nueva stola rosa.

Tom sabía moverse muy rápido cuando quería. Como un rayo, se abalanzó sobre Scor, lo agarró de la túnica y lo tiró por la barandilla como si fuera un muñeco.

El muchacho aterrizó sobre la arena. Oí cómo se vaciaban sus pulmones de aire al impactar contra el suelo. Se sentó e intentó recuperar el aliento. El Coliseo zumbaba como una colmena.

—Traed de vuelta al galo —ordenó el emperador con frialdad a los guardias del Coliseo—, Ese «fibroso y ágil» que cortó el brazo a un griego.

Scor se puso en pie, y miró asustado a su alrededor. Me asomé a la barrera. ¡Las cosas se ponían interesantes!

El emperador tiró su propio puñal a la arena, a los pies de Scor.

—Es hora de demostrar lo que vales, pequeño Draco.

—¡Una espada! —Demandó Scor, mirando al palco—. Dame una espada por lo menos.

Tom se lo pensó.

—Señor y Dios —le susurré—, con un puñal será mucho más divertido.

—Correcto —dijo Tom, y se sentó.

El murmullo de la multitud ya se había convertido en un rugido. El presentador de los juegos miraba a Scor y al emperador mientras ojeaba el programa para ver cómo podría presentar aquel inesperado evento.

—Y ahora… un combate especial para deleite de nuestro emperador —anunció finalmente a las gradas—. El galo contra… el chico.

Dando fuertes pisotones sobre la arena, el galo se plantó ante Scor, que miró a ambos lados, incrédulo. Me entró la risa al ver el gesto helado de su rostro.

—Ahora no te haces tanto el gallito, ¿eh? —le grité.

—Ave, César—saludó el galo, y alzó su musculoso brazo hacia el palco imperial.

El emperador miró a Scor y le preguntó:

—¿Quieres decir algo, gladiador?

Scor aprovechó el compás de espera para dar un saltó hacia delante y hundir su puñal en la rodilla del galo, que soltó un alarido. El muchacho sacó el arma y salió corriendo.

A Draco se le hizo un nudo en el estómago y le corrió un sudor frío por la espalda al volver a respirar los olores del Coliseo: miedo, sudor, hierro, arena recién batida, el aliento a carne putrefacta de los leones, las manchas de sangre… Temía despertarse en cualquier momento en medio de la arena, esperando a que apareciera un contrincante.

Pero esta vez no iba a ser él quien combatiese. Era el turno de su hijo.

El primer golpe furioso del galo pasó silbando junto al pelo de Scor, que consiguió apartarse de la siguiente finta y retroceder ante una estocada salvaje. La espada curva del galo rasgó su túnica. Hermione soltó un gemido, y Draco apretó su mano con tanta fuerza que parecía que sus huesos se fundían.

Recuerda los entrenamientos, Scor. Draco sintió el terror agolpándose en su pecho, formando una pelota gélida, pero no se atrevía a permitir que se fundiera. Intentaba transmitir sus pensamientos a ese diminuto punto rojo que se movía en la arena, procurando mantener la calma, como si estuviera dándole una lección en los viñedos. «Recuerda lo que te he enseñado. Aquí no hay compasión para los novatos, Scor. Si cometes un error no podrás volver a empezar.»

Scor posó una rodilla en la arena y se apoyó tembloroso en la mano que sujetaba el cuchillo. El galo avanzó arrastrando la pierna herida y alzando su brillante espada.

Hermione volvió a sollozar.

Mátalo, se dijo Draco, mandando el pensamiento a su hijo. No quería convertir a su hijo en un asesino a la edad de trece años, pero estaban en el Coliseo y allí las normas eran distintas. Acaba con él, Scor. Encuentra el modo de matarlo.

Scor arrojó un puñado de arena a los ojos del galo, que soltó un grito y retrocedió, cegado.

El muchacho se deslizó bajo el escudo del gladiador y le clavó el puñal.

Draco y el Coliseo entero contuvieron la respiración.

Cuando Scor emergió de debajo del cuerpo inmóvil del galo, el público comenzó a aplaudir; cuando se puso en pie, lo aclamaron; cuando recuperó su puñal y se limpió la sangre del rostro con una mano temblorosa, estallaron en gritos de júbilo que duraron veinte minutos, lanzando una lluvia de pétalos de rosa y monedas de plata sobre la cabeza del muchacho, como habían hecho en el pasado con Draco.

Los pretorianos sacaron a Scor a hombros del Coliseo, rociaron su cabello hirsuto con vino y le dieron palmaditas en la espalda. Scor parecía no darse cuenta de lo que sucedía. Miraba a su alrededor con ojos perdidos mientras lo alzaban al palco imperial, y Draco recordó la sensación tras su primera victoria en la arena, en medio de aquellos aplausos ensordecedores.

No es como te lo imaginaste, ¿verdad, muchacho?

—¡Os presento a Vercingétorix! —exclamó el emperador, alzando el brazo de Scor y provocando una nueva ola de ovaciones.

La voz de Tom se elevó sobre los gritos, aplausos y pataleos, y llegó hasta la última fila de asientos en lo más alto del anfiteatro:

—¡Scorpius, el hijo del Bárbaro!

De regreso a su cuartucho alquilado, Hermione se derrumbó en brazos de Draco, que abrazó con cariño su cuerpo tenso y cerró los ojos, hundiendo su rostro en su cabello. No podía apartar de su cabeza aquellas imágenes que dejaban en su boca un horrible sabor a ceniza: Scor tropezando y protegiéndose, Scor levantándose y embistiendo, Scor matando por primera vez…

Indiferente a su terror, el demonio se dedicaba tranquilamente a arrancar uno a uno los miembros del emperador.

—Tenemos que matarlo.

Draco se sobresaltó ante ese tono severo que no reconocía en Hermione.

—¿Al emperador? —preguntó, aunque conocía perfectamente la respuesta.

El demonio ronroneó de alegría en su interior.

—Lo hizo para cazarme —dijo Hermione, mirando impasible al frente—. Sabía que yo estaba entre el público. Seguirá tirando a Scor a la arena hasta que muera. Y lo matarán. Es tu discípulo, pero no es más que un niño.

—Sí.

—Aunque consigamos rescatar a Scor, Tom nos encontrará. No importa adonde huyamos.

—Sí.

—Por eso tiene que morir. No hay otra salida.

—Lo mataré—dijo Draco, muy tranquilo—. Tú escapa de Roma con Scor.

Draco deseaba vivir, pero era la única solución.

—No —exclamó Hermione, temblando—, no…

—Pero…

—¡Te digo que no! —Protestó, sujetando el rostro de Draco entre sus manos—. Conozco a un hombre que sabrá qué hacer. Tenemos que ir a verlo.

—Hermione…

Lo abrazó con fuerza, y durante un rato permanecieron en silencio.

—¿En qué piensas, Theodore? —preguntó Severus en cuanto su hijo cerró la puerta de la biblioteca.

Sabina había aguantado bastante bien sus primeros juegos, sin llorar ni marearse ante el baño de sangre, pero en la litera de regreso a casa tuvo uno de sus ataques. Ahora estaba con Millicent, recuperándose. Severus hubiera estado con ella, pero su hijo se presentó de repente en el atrio de su casa.

—¿Theodore? —Severus hizo una pausa—. Pensaba que estarías en palacio.

—El emperador me ordenó acompañar a Scor —contestó Theodore, dejando caer las manos a amboslados del cuerpo.

—¿El chico? —Preguntó Severus con cara de disgusto—. ¡Qué acto más bárbaro! Hacer pelear a niños en el Coliseo.

—El muchacho está bien —dijo Theodore, agitado—, aunque sigue temblando e intenta aguantar las lágrimas. Me ha dicho que me matará si me río de él, pero nunca he tenido menos ganas de reírme.

Los ojos de Theodore iban de la piscina del atrio a las columnas que sustentaban el techo. Severus lo observó en silencio y le propuso:

—Igual prefieres que vayamos a mi despacho, Theodore.

—Sí —se apresuró a contestar su hijo—, tengo que hablar contigo. Necesito tu consejo.

—¿Qué sucede?

Theodore se relajó un poco y, mirando a la pared detrás de Severus, recitó con el tono de un legionario que transmite un informe a sus superiores:

—Señor, he llegado a la conclusión de que el emperador Tom no está capacitado para ocupar el cargo que ostenta.

Severus parpadeó sorprendido, y se sentó en el banco más cercano.

—Continúa.

—Mandó a su sobrina Ginny al exilio y ejecutó a su esposo y a sus hijos sin que existiera una causa justificada —añadió Theodore, sin apartar la mirada de la pared—. Tengo motivos para creer que es culpable de haber torturado a su concubina Hermione y a su sobrina Luna, a la que… también asesinó sin justificación. Creo que es un monstruo.

—Puede ser —comentó Severus—, pero aun así es un buen emperador, ¿no?

—Un monstruo no puede…

—Por supuesto que un monstruo puede ser un buen emperador, Theodore. Puede que la vida privada de Tom deje mucho que desear, pero no hay duda de que es un buen administrador, un jurista experto y un general muy capacitado. Bajo su reinado hemos gozado de una gran estabilidad, así como de un montón de cosas aburridas pero pacíficas: una economía saneada, bajos niveles de corrupción… —enumeró Severus mientras hacía girar un cálamo entre los dedos—. Eres demasiado joven para recordar el año de los cuatro emperadores, Theodore, pero muchos de los que lo recuerdan no tendrán reparos en soportar un poco de monstruosidad a cambio de la estabilidad.

—Yo no pienso así —sostuvo Theodore, mirando fijamente a su padre a los ojos—. Creo que hay que eliminar a Tom.

Severus se preguntó cuántas horas de agonía le habría costado a su hijo llegar a reunir el coraje para pronunciar esas palabras.

—Entonces, ¿por qué me pides mi consejo?

—Porque eres un hombre de principios, quizá el único que queda en toda Roma. Con que me digas que Tom no se merece el cargo que ocupa, será suficiente para mí.

Más agonía para mi pobre hijo, pensó Severus. Menos mal que tiene un gran corazón.

Severus se disponía a responder cuando la puerta se abrió de repente y apareció Millicent.

—Severus, Theodore, ha venido alguien que quiere… Bueno, aquí están la señora Hermione y este señor…

—Draco —se presentó el hombretón—. Seguramente me conozcan.

—¿Quién? —preguntó Severus, sorprendido.

—No importa—dijo Hermione, que cruzó la estancia y fulminó a Theodore con la mirada.

Severus miró a Millicent y le pidió que se retirara:

—Si no te importa, querida.

—Ya me marcho —dijo ella, alzando una mano—, sea lo que sea de lo que vais a hablar, no quiero saberlo. Voy a encargarme de que los esclavos estén tranquilos.

—Buena chica.

—Theodore —dijo Hermione, plantándose ante el hijo de Severus—, te necesitamos.

Theodore la miró fijamente.

—¿Quieres recuperar a tu hijo?

—Quiero recuperar a mi hijo —dijo Hermione—, y quiero ver muerto al emperador.

—Parece que todos deseamos lo mismo —intervino Severus.

XXXI

—¿El divorcio? —exclamó Pansy, apoyándose en el escritorio de Severus y alzando sus cuidadas cejas—. ¿Por qué iba a querer hacer algo así, Severus?

—Por lo que cuentan, el emperador está loco por ti. Ya lleváis seis meses juntos, ¿no? —comentó Severus—. He pensado que igual preferías estar… disponible.

—Los hombres no quieren que sus amantes estén disponibles a menos que ellos se lo sugieran — dijo Pansy, y añadió con cierta coquetería—: Entonces, ¿dicen que está enamorado de mí?

—Debe de tener peor olfato que yo —dijo Severus y ocultó una sonrisa—, si es capaz de soportar tu vulgar perfume.

—Tranquilo, cariño. Todavía no pienso deshacerme de ti. Aunque si algún día Tom decide

Convertirme en emperatriz…

—Si algún día…

—¿Por qué no? Ya se divorció una vez, podría hacerlo de nuevo. ¿No me merezco una corona?

Severus observó a su esposa: esbelta y seductora con sus sedas color azafrán, un collar de oro de la India alrededor de la garganta y trenzas de cabello negro y perfumado recogidas en su elegante cabeza.

—Serías una emperatriz perfecta —comentó Severus—. Esperemos que Tom viva para coronarte.

— Ya veo que has oído los rumores.

—Se ha mantenido en secreto, Pansy, pero de algo me he enterado. Ya sabes que siempre tengo la oreja atenta. El emperador pidió a su astrólogo que predijera la fecha de su muerte y obtuvo una respuesta mucho más próxima de lo que le hubiera gustado.

—Nessus no es de fiar —dijo Pansy—. Nada puede matar a Tom.

—Por supuesto, aunque la sola idea te dará pánico.

—No me pongas a prueba, Severus. Si alguna vez soy emperatriz —dijo, moviendo sus sedas color azafrán y sus brazaletes de oro—, clavaré tu cabeza en una pica.

Severus sonrió mientras Pansy abandonaba su tablinum con sus sandalias de lazos de oro. Ha mordido el anzuelo, pensó. Si Pansy trataba de convertirse en emperatriz, en menos de un par de semanas estaría fuera de la protección de Tom. Y si las sospechas de Severus eran ciertas, Theodore estaría en ese mismo instante apartándolo de la maligna influencia de su amante.

—¿Padre? —dijo Sabina, asomando su rubia cabeza a la puerta.

—¿Ya estás otra vez escuchando tras las cerraduras, Vibia Sabina?

—¡Es el único modo que tengo de enterarme de algo! —dijo mientras entraba y cerraba la puerta tras de sí—. Padre, ¿por qué le has sugerido que os divorciéis si sabías que no iba a aceptar?

—Ah, ¿lo sabía?

—Se notaba en tu voz.

—Tienes razón —dijo, mirando fijamente a su hija—, sabía que no iba a aceptarlo.

—Pues divórciate tú de ella —le sugirió Sabina.

—¿Debería hacerlo?

—Es mi madre, tendría que defenderla, pero…

—¿Pero?

—Es guapa Incluso es un poco interesante, como las serpientes venenosas. Pero es horrible. ¿Por qué no te divorciaste hace años?

—No deberías hacer esa pregunta, Vibia Sabina.

—Sí que debo. ¿Por qué? ¿Te amenazó?

«A mí no, a ti», quiso responderle. Theodore era prefecto del pretorio, el brazo derecho del emperador. Las calumnias de Pansy no afectarían su honor. Pero Sabina no contaba con esa protección.

—¿Me amenazó a mí?

A Severus no le sorprendió la pregunta de su hija. Sus pensamientos siempre iban parejos a los de su padre.

—Eso no tendría que haberte detenido, padre —añadió Sabina.

—No —comentó Severus con una sonrisa—, pero prefería esperar a verte casada primero.

Casada, adulta y lejos del alcance de la maldad de Pansy.

—Creo que no quiero casarme. Prefiero ver el mundo —dijo Sabina, y añadió con tono firme—: Divórciate.

Severus miró a su niña, sin verla. En su lugar encontró a una chica ya casi de su altura, con el pelo recogido en el cuello como una mujer y unos ojos femeninos despiertos que lo miraban fijamente.

—Por los dioses —comentó—. ¡Qué mayor te has hecho! Y yo sin darme cuenta.

—¿Te lo pensarás? —le rogó de nuevo.

—Sí, claro que me lo pensaré —respondió Severus, acariciándole el pelo—. Y ahora, ¿todavía quieres darme un abrazo, o ya eres demasiado mayor para esas cosas?

Sabina apoyó la mejilla en su hombro.

—Eso nunca.

HERMIONE

Durante un instante, me quedé boquiabierta como una palurda.

—Hola, Hermione —me saludó la emperatriz de Roma, que apareció en el tablinum de Severus y me estrechó la mano como si fuéramos viejas amigas—. Encantada de verte, querida. No he vuelto a oír buena música desde que te fuiste de palacio. Y este debe de ser el famoso Draco. Te he visto luchar en multitud de ocasiones, con gran placer. Theodore, no tienes buen aspecto. ¿Has estado enfermo? Mi esposo está preocupado por ti. Y bien, Severus, ¿estamos todos? En todos los años que la había estado observando, jamás la había oído hablar tanto.

—Deberíamos ponemos manos a la obra —añadió, y se sentó sobre un taburete acolchado—. Oficialmente estoy cenando con mi hermana Cornelia y su esposo, por lo cual solo dispongo de unas pocas horas. Tom sigue controlando mis movimientos.

Cerré la boca de golpe. ¿Ella, conspirando? ¿La intachable esposa de Tom, la de las esmeraldas y las obras caritativas? ¿La emperatriz? Theodore parecía que acabase de recibir un tortazo en la frente. La mirada de Draco iba de la emperatriz a mí, intentando compararnos.

Severus la besó en la mejilla con la confianza de un viejo amigo.

—¿Tomaste las precauciones habituales? —le preguntó la emperatriz.

—Como siempre. Se supone que estoy cenando en casa de Diana. Somos amigos desde hace años, nadie sospechará.

—Cierto, Diana te encubrirá —dijo la emperatriz. Después nos lanzó una mirada a los demás y preguntó—: ¿Son de fiar, Severus?

—¿Y usted? —le espeté, dando un paso al frente—. ¿Podemos fiarnos de usted, domina?

Severus habló con el mismo tono formal que usaba en el Senado:

—Hermione, la emperatriz y yo llevamos colaborando en esto desde la muerte de Luna.

—Entonces, ¿por qué sigue vivo el emperador? —Preguntó Draco, y se cruzó de brazos—. Cuando decido que quiero a un hombre muerto, no espero seis meses para hacerlo.

—¡Cuidado con lo que dices! —intervino Theodore.

—No, tiene todo el derecho a preguntarlo —dijo Severus, y se dirigió a mi amante—. La emperatriz y yo tardamos un tiempo en tantearnos. No nos fiábamos el uno del otro.

—Hubiera preferido encargarme de esto yo sola —comentó la emperatriz, con un elegante acento patricio y tono resuelto—, pero me di cuenta de que necesitaría ayuda para acabar con Tom.

Tras una silenciosa pausa, la emperatriz me miró, cavilando, y añadió:

—Durante un tiempo pensé en reclutarte para la causa, querida, pero no estaba segura de si Tom había minado por completo tu resistencia o no. Tiene tendencia a hacer eso con sus mujeres.

Resultaba evidente que con ella tampoco había podido. La emperatriz miró al círculo de

conspiradores y preguntó:

—¿Estamos todos listos?

Theodore se pasó una mano por el cabello y dijo, un poco triste:

—Antes de que vayamos demasiado lejos, quiero dejar clara una cosa: yo no pienso hacerlo. Os allanaré el camino, pero no seré la mano ejecutora. Me da igual si es con veneno o con cuchillo. Se lo debo.

—Contábamos con ello —dijo la emperatriz.

Draco parecía disgustado con el prefecto del pretorio, y le di un codazo. Era de esperar que Theodore no le cayera en gracia, seguramente porque sabía que durante un tiempo me acosté con él. «En otra vida —le había asegurado—, ya casi ni me acuerdo.» «¡Vaya gusto más raro que tienes!», gruñó Draco, a lo que respondí: «Y tú, ¿has estado durmiendo solo todos estos años por mí?». Rápidamente cambió de tema.

Nos sentamos, incómodos, a planear la muerte de un emperador. O sería mejor decir que Draco, Theodore y yo estábamos incómodos, porque Severus y la emperatriz se encontraban a sus anchas y, al unísono, se dirigieron a Draco:

—Tú, que ya has matado antes, eres la elección lógica —dijo Severus—. ¿Estarías dispuesto?

—Solo necesito un cuchillo —respondió Draco con voz llana, aunque me dio un vuelco el corazón.

—¡Es un vulgar sicario! —exclamó Theodore.

Draco sonrió y la emperatriz lo observó.

—Hubo un tiempo en que fuiste el mejor luchador de Roma, pero ya no eres joven. ¿Sigues siendo el mejor?

Draco la miró con desdén.

—Lo es —intervine—. Hace años que no pelea en la arena, pero es tan bueno como antaño.

Incluso mejor, pensé, porque en aquel entonces no tenía a nadie que lo amase.

—No será sencillo —explicó la emperatriz—. Mi esposo puede parecer un holgazán, pero lucha como el mejor.

—Duerme con un puñal debajo de la almohada —añadí.

Draco me miró.

—En serio.

—¿De verdad? —Comentó la emperatriz—. Vaya, un avance desde mis días. Solo por curiosidad, querida, ¿por qué nunca lo apuñalaste mientras dormía?

—Porque quería vivir —respondí—. ¿Por qué no lo hizo usted? Tuvo las mismas oportunidades que yo. Cualquiera puede matar a un emperador, lo difícil es sobrevivir para contarlo. Si Draco asesina a Tom para usted, primero tenemos que preparar un buen plan para sacarlo con vida.

—Saldrá con vida —aseguró la emperatriz mientras sacaba una detallada lista y explicaba con soltura el plan que había elaborado junto a Severus—: Theodore, confío en que podrás encargarte de los guardias.

—Sí, pero —dijo Theodore, y se dirigió a su padre—, esto no me gusta Estamos poniendo el destino de Roma en manos de este… criminal.

Draco se encogió de hombros, pero yo respondí enfadada:

—¡No es ningún criminal!

—Bueno, tampoco es exactamente un ciudadano modélico —murmuró la emperatriz, con un brillo divertido en la mirada.

Jamás me hubiera imaginado que aquella mujer tuviera sentido del humor.

—Theodore, organizar un asesinato no es plato de buen gusto —dijo Severus a su hijo en voz baja—. Lo sabías cuando decidiste unirte a nosotros. No puedes oponerte a los medios y los métodos. No existe una manera honrada de hacerlo.

—Pero este hombre…

—Este hombre posee unas cualidades que necesitamos. Y tú también. ¿Vas a ofrecérnoslas o no? Tras una larga pausa, respondió:

—Sí.

—Muy bien —dijo Severus—, entonces la cadena está en marcha.

Draco y Theodore se miraron sin mucho entusiasmo. Yo bajé la vista. No quería sentarme en casa a esperar a ver si mi hombre regresaba con vida. Ya estaba cansada de eso. Por una vez, quería ser un eslabón de la cadena.

Draco se dirigió a Severus:

—Una cosa más, ¿cómo sabemos que podemos confiar en ti?

Theodore se sorprendió, pero Severus y la emperatriz permanecieron inmutables.

—A los patricios os gusta sacrificar a la gente por vuestros juegos políticos —añadió Draco— ¿Qué más os da la vida de un viejo gladiador acabado? ¿O de una cantante judía? ¿Quién nos asegura que no nos tiraréis a los leones una vez que os hayamos hecho el trabajo sucio?

—¡Escucha! —estalló Theodore, pero su padre lo aplacó con un gesto.

—¿Quieres saber si puedes confiar en nosotros? —dijo Severus a Draco—. No puedes saberlo, pero no tienes otra forma de recuperar a tu hijo.

Se hizo un breve silencio, durante el cual la emperatriz y yo sostuvimos nuestras miradas, y lo mismo hicieron Severus y Draco, mientras Theodore permanecía con gesto enfadado.

La emperatriz posó su copa de vino. Su vestido de seda verde se agitó y dijo:

—Por lo visto, tendremos que confiar la una en la otra, Hermione. Ay, no, perdón, es Hermione, ¿verdad?

—Eso es —respondí—. ¿Cuándo podréis introducir a Draco en palacio?

—Todavía es pronto —dijo la emperatriz—. Habrá que esperar a septiembre.

—¿Septiembre? —exclamamos Draco y yo al unísono.

Eso eran todavía varios meses, y Scor tenía programado un nuevo combate en el Coliseo para el próximo mes. Ya había dibujos de mi hijo con armadura y casco, como su padre, pegados por toda la ciudad. Incluso había visto una pintada en la puerta de una escuela: «Vercingétorix, el pequeño Bárbaro, el capricho de las niñas».

—¡Quiero que muera ya! —exclamé.

—Se ha mantenido en secreto —comentó la emperatriz—, pero mi marido solicitó a su astrólogo que predijera la fecha de su muerte. De acuerdo a Nessus y a las estrellas, Tom morirá el dieciocho de septiembre de este año, a las cinco de la tarde. Hasta que no pase ese día y esa hora, será imposible cogerlo desprevenido. Golpearemos el día siguiente, cuando esté disfrutando por haber sobrevivido y se crea inmortal.

—¿Quieres decir que tendremos que esperar otros tres meses? —exclamé—. Mi hijo podría morir en unas pocas semanas.

—Scor sobrevivirá —dijo la emperatriz—. Ese truhán es un pequeño monstruo, pero entretiene a Tom. Y mi marido no mata a quienes lo entretienen.

—Quiero dejar clara una cosa —intervino Draco, entrelazando las manos como si fueran de madera tallada—. Esperaremos, pero si mi hijo pierde la vida en la arena, Tom morirá ese mismo día y a la misma hora, y al infierno con vuestros planes.

La emperatriz miró a Draco, pensativa:

—Bárbaro, ¿tú mismo entrenaste a tu hijo?

—Sí.

—Entonces estoy segura de que sobrevivirá en la arena con estilo.

Aparté el rostro. Draco envolvió mis manos con las suyas.

—Creo que ya está todo claro —dijo la emperatriz, y cubrió sus hombros con la palla—. Ya es hora de de que regrese a la Domus Augustana. Si me retraso un solo minuto, Tom enviará a los guardias a preguntar a mi hermana. Por supuesto, se inventaría cualquier mentira aunque no le caigo bien, pero ese inútil que tiene por esposo no sería capaz de mentir ni para salvar su vida.

Nos separamos sin pronunciar palabra. Theodore jugueteaba con su casco de pretoriano con cara de preocupación. La emperatriz se despidió con un gesto de la cabeza y subió a su litera. Severus recogió las copas de vino, los cojines y las sillas con la seguridad de quien está habituado a no dejar huellas.

Draco y yo salimos en silencio por la puerta de los esclavos a la oscuridad de la calle.

—Enhorabuena —le dije—, has pasado de gladiador a asesino. Espero que sirva para recuperar a nuestro hijo.

—Sobrevivirá —me aseguró, y cogió mi mano—. Hermione, confía en mí.