Capítulo 10

¿PODEMOS ir a escalar con Kelvin, mami? -preguntó repen tinamente Edmund durante el desayuno, ganándose un pun tapié de su hermano por debajo de la mesa.

-No vamos exactamente a escalar, mamá. Sólo queremos pa sear por el bosque, pero nos llevaremos cuerdas y esas cosas por si fueran necesarias.

Serena fue tajante.

-La respuesta es no y punto. No iréis con Kelvin bajo ninguna circunstancia, así que más vale que lo olvidéis desde ahora -clavó en el secretario una severa mirada de advertencia.

-No ha sido idea mía, señora Black -dijo él alzándose de hombros-. Los chicos me han pedido que los llevara y yo les he dicho que se lo preguntaran a usted. En mi presencia -agregó, dirigiendo a los intrépidos aspirantes a montañistas una mirada de reproche.

-Gracias, Kelvin -repuso Serena con afectuosa aprobación.

Era un joven digno de confianza, pensó, lo cual era, sin duda, la razón por la que Seiya lo había contratado como asistente personal.

Luna llegó a limpiar la mesa y los niños se pusieron de pie y se aprestaron a ayudar a la buena mujer en su tarea.

-Iremos a pasear en nuestras bicicletas -anunció Robert con naturalidad-. ¿Está bien, mamá?

-Sí -aprobó ella-. Pero tened cuidado -advirtió-. Y po neos un suéter; hace frío hoy.

-¿Podemos llevarnos algo de fruta, señora Moon? -preguntó Edmund con voz animada-. ¿Por si nos entra hambre?

-Por supuesto -accedió el ama de llaves, sonriendo con indulgencia a los niños-. Y hay galletas en la cocina. Las hice ayer, especialmente para vosotros.

-¡Viva! ¡Gracias, señora Moon! Es usted una cocinera estupenda -declaró Robert, derrochando diplomacia-. Hace unas galletas buenísimas.

«Adulador», pensó su madre con una sonrisa benevolente. Ro bert ya tenía a la señora Moon en el bolsillo y Edmund aprendía con rapidez las artimañas fraternas. La bondadosa ama de llaves los malcriaría si ella no lo evitaba a tiempo.

En realidad los niños se habían comportado muy bien y la única preocupación respecto a sus hijos era que no se rompieran una pierna o la cabeza en sus paseos en bicicleta. Su otra inquietud era la rela ción que tenía con Seiya. Debía averiguar qué andaba mal.

Una mirada subrepticia al anfitrión le permitió ver que otra vez tenía esa expresión distraída. Parecía sumido en profundas refle xiones y su estado de ánimo había estado lejos de ser animado los últimos dos días.

¿Estaría aburrido de ella ahora que se había entregado a él? ¿Ya no la deseaba? De repente, el cineasta se puso de pie, se excusó y salió sin dirigir una sola palabra a Serena. Ella sintió que su inquie tud crecía.

Miró a Kelvin; necesitaba algún indicio que le revelara lo que sucedía. Si Seiya estaba decepcionado con su relación, ella no po dría permanecer más tiempo bajo su techo, por difícil que fuera ale jarse de él.

-¿No sabe qué le preocupa a Seiya, Kelvin ?

-Yo... pues... Creo que no soy yo quien deba decírselo, señora Black. Tendrá que preguntárselo a él -repuso Kelvin, esqui vando la mirada de su interlocutora. De inmediato se puso de pie y salió, aduciendo que tenía mucho trabajo que hacer.

Serena se quedó sola y sintió una profunda desazón. Fue a la lavandería para lavar algo de ropa. A ella no le quedaba otra cosa que hacer en la casa, ya que la señora Moon reinaba en la cocina y todos los días iban dos mujeres para limpiar la mansión.

Le sobraba tiempo para preocuparse por Seiya. Algo iba defi nitivamente mal y le dolía que no quisiera comentarlo con ella. De seaba compartir más que la cama con él; su relación era demasiado unilateral. Seiya le daba todo lo que quisiera y la única forma en que ella podía compensarlo, era con el placer que le daba cuando hacían el amor.

Pero eso le parecía insignificante ahora. Puesto que Seiya no se comunicaba con ella de ninguna otra forma, resultaba evidente que no la consideraba capaz de proporcionarle lo que necesitaba, aparte de placer sexual. Esto la hacía sentirse frustrada e inútil; y la posibilidad de estarlo perdiendo la atormentaba aún más. De cidió que debía ir a la raíz del problema, pero no sabía cómo ha cerlo.

Ocupó la mañana en hacer bocetos para futuras piezas de cerá mica, pero su mente no estaba en la tarea. Seiya no apareció a la hora de la comida y la señora Moon informó a Serena que el cineas ta llevaba todo el día en la sala de proyección y había ordenado que no lo interrumpieran. La decepción actuó como acicate y Serena de cidió que debía resolver de una vez por todas la situación. Preparó una bandeja de emparedados y la llevó a la sala de proyecciones.

Llamó a la puerta y enseguida la abrió, antes de que Seiya tu viera tiempo de decirle que se fuera. Vio el rostro conocido de Dirk Vescum en la pantalla antes de encontrar a Seiya sentado en un sillón al otro extremo del cuarto, con la cabeza entre las manos, sin mirar siquiera la película; era evidente que no se había percatado de su entrada por lo que avanzó hacia él; el ruido de sus pasos fue amortiguado por la espesa alfombra. Tuvo que tocarlo en el hom bro para lograr su atención.

Seiya alzó la cabeza con brusquedad. En el instante en que re conoció a la joven, alargó una mano hacia el control remoto. La pantalla quedó vacía y se encendió la luz del techo.

-¿Serena? -la nota de sorpresa en la voz del cineasta le indicó a Serena que había interrumpido una profunda concentración.

Experimentó una leve sensación de culpa, pero el daño ya estaba hecho. Estaba allí con él y debía hablar.

-Pensaba que querrías comer algo. Además tengo que hablar contigo -depositó la bandeja con emparedados en la mesa que es taba frente a Seiya y forzó una sonrisa.

-¿Sucede algo? -preguntó el cineasta.

-¿Qué pasa con nosotros, Seiya? ¿Hay algo malo en mí? - preguntó sin preámbulos.

Él pareció azorado.

-¿Cómo puedes pensar semejante cosa? No hay nada de malo en ti. Eres perfecta.

-Pero no pareces feliz.

-Lo soy. No podría serlo más.

-No, no lo eres. Hace días que te veo melancólico, cabizbajo. Por favor, dime la verdad.

La evidente desazón de Serena hizo que Seiya la mirara con ex presión preocupada.

-Es la película, cariño. No está bien y no sé cómo arreglarla -admitió con evidente pesar.

-Cuéntamelo.

El director sacudió la cabeza.

-A la larga se resolverá el problema; encontraré la solución.

-Por favor, Seiya, ¿no vas a permitirme que comparta esto contigo? -suplicó Serena y, se asombró ante el tono de apremio en su voz.

También sorprendió a Seiya , quien clavó los ojos en ella, inte rrogantes.

-No quiero aburrirte, cariño. En realidad, no puede im portarte...

-Tú me importas y también todo lo relacionado contigo - aseguró ella con suavidad y sinceridad.

La expresión de Seiya se iluminó con regocijo ante esas pala bras y cogiéndola de la mano, la hizo sentarse en sus rodillas. Son rió cuando ella, sin inhibición, le rodeó con los brazos el cuello y se acurrucó contra él. Luego la besó y posó una mano en un seno. Serena ahogó un gemido y apartó la mano.

-Ahora no, Seiya.

-¿No? -él alzó las cejas con provocativa incredulidad.

-No puedo pensar con claridad cuando me haces eso, y necesi to compartirlo todo contigo. Hacer el amor no es lo único; no pue de serlo.

-Pero a mí me encanta hacerte el amor, no hay nada que me guste más -arguyó él, depositando leves besos persuasivos en su rostro.

-Por favor, permíteme compartirlo todo.

Seiya suspiró y cedió.

-Tienes razón -adoptó un aire reflexivo antes de continuar-: La verdad es que estoy satisfecho con la película; ése no es el pro blema, sino la música. No sé qué está mal, pero sé que no funciona.

-Muéstrame la película, Seiya -pidió Serena-. Déjame es cuchar la música. De cualquier manera, me gustaría ver lo que has hecho. Después podremos discutir el problema.

Seiya vaciló, pero cedió ante la sinceridad de la petición de su amante.

-Si eso es lo que quieres... -dijo, encogiéndose de hombros.

Le indicó que se sentara en un sillón, junto a él, y preparó la cinta para ver la película desde el principio. Serena se quitó las san dalias y se acomodó para enfrentarse a una larga sesión de plena concentración. Seiya le dirigió una mirada entre cautelosa y vulne rable; luego, con un suspiro resignado, oprimió los botones apro piados en su unidad de control remoto.

La película se llamaba Directo al Corazón y, desde el principio, Serena quedó subyugada. La trama giraba alrededor de los planes para la destrucción definitiva de los cuarteles generales de los alie nígenas. Dirk Vescum mostraba su amor por Aleña volviéndose cada vez más protector hacia ella. En una parte de la película, las fuer zas de Dirk estaban siendo aniquiladas por los enemigos cuando Ale ña llegó para unirse a él. La desesperación de verla en tales condi ciones se reflejaba en su rostro mientras rechazaba con fiereza su apoyo, y el amor de Aleña por él era conmovedor cuando ella le preguntó con vehemencia:

-¿Crees que yo podría vivir sin ti?

La acción de la lucha mantuvo a Serena con el corazón en la gar ganta hasta su conclusión. Apenas fue consciente de la música hasta el clímax de la batalla. Los cuarteles generales de los invasores esta ban siendo bombardeados... explosiones, fuego, caos. Y entonces, la viuda supo qué era lo que no le gustaba a Seiya . La acción era espec tacular; pedía música espectacular que la subrayara y generara el sentimiento de triunfo avasallador. Algo tremendamente culminante. Y eso era lo que fallaba.

-Proyecta otra vez esa última parte, Seiya -pidió cuando ter minó la película. Estaba casi segura de que sabía lo que hacía falta.

El cineasta gruñó con desaliento.

-No sirve, ¿verdad? Tendré que contratar a otro compositor. Otra partitura. Pero, ¿cómo decirles lo que quiero si yo mismo no lo sé? Ese es el problema.

Impelida por la desazón de su amado, Serena no titubeó más:

-Seiya, la música que necesitas... creo que ya está escrita -se puso de pie, entusiasmada-. ¡Espera aquí! Vuelvo enseguida. Creo que tengo lo que necesitas -explicó y se fue antes que él pudiera decir una sola palabra.

Corrió escaleras arriba a su habitación y abrió el paquete de discos que Seiya le había comprado. Buscó entre ellos y, con aire triun fal, sacó los discos que buscaba: El crepúsculo de los dioses y La cabalgata de las valquirias, de Wagner. Luego regresó deprisa a la sala de proyección.

-¿Podemos poner aquí los discos compactos? -preguntó con gran excitación.

-¿Qué has traído? -inquirió él, suspicaz ante su entusiasmo.

-¡La música que necesitas! Tendrás que ser paciente conmigo mientras encuentro las partes exactas en los discos. Luego pondré la música mientras proyectas la parte culminante de la película, sin ningún otro sonido. Ya verás.

Seiya sacudió la cabeza, algo aturdido, pero le mostró el equi po que necesitaba y esperó, mirándola con curiosidad mientras ella colocaba los discos en la consola y encontraba las partes adecua das. A una indicación de Serena, el cineasta volvió a proyectar la película en el punto culminante donde la música no lograba captar el espíritu de la acción.

-Ahora, mira y escucha -ordenó Serena, esperanzada.

Al unísono, presionaron los botones necesarios. La poderosa mú sica de Wagner inundó la sala con magníficas oleadas, creciendo con enorme fuerza dramática hasta su majestuoso clímax, evocan do la prodigiosa y terrible imagen del Valhalla en llamas.

Después de eso, Serena cambió de inmediato a La cabalgata delas Valquirias, con sus triunfales acordes. Para Serena, esas obras musicales eran las páginas más emocionantes que se hubieran escri to jamás y estaba segura de que su majestuosidad le gustaría a Seiya. Y tuvo razón. Él permaneció casi inmóvil, absolutamente hipnoti zado, mirando la película mientras escuchaba la música.

Sólo cuando la última nota se perdió en el silencio, Seiya se le vantó de un salto, frotándose las manos con regocijo.

-¡Vuelve a poner eso! -ordenó.

Ella puso el disco una y otra vez. Trataron de sincronizar la ac ción a la música un poco mejor. Seiya irradiaba entusiasmo ante el efecto logrado. Abrazó a Serena, extasiado.

-¡Lo tengo! ¡Lo tengo! ¡Eres maravillosa, Serena! ¡Eres genial, amor mío! -exclamó, dándole un fuerte abrazo antes de dejarla en el suelo, para comenzar a recorrer el cuarto de un lado a otro, presa de febril excitación-. Puedo verlo. Es el material que usare mos; lo haremos realmente espectacular. Utilizaremos tres orques tas, intercalándolas con una banda de rock. Ahora sé exactamente cómo hacerlo.

¡Una banda de rock¡ ¡Intercalar la solemne música de Wagner con una banda de rock¡ La indignación invadió a Serena por lo que consideraba un sacrilegio musical. Abrió la boca; en su mente bu llían palabras venenosas.

-¡Eres un ere...! -comenzó a decir con acritud.

Seiya se volvió hacia ella, el rostro todavía iluminado por el regocijo. Serena tuvo que morderse la lengua para cortar a la mitad la palabra «cretino», con la que pretendía calificarlo. ¿No quería hacerlo feliz? ¿Qué derecho tenía a ser tan arrogante en sus juicios?

«Necesitas un poco de humildad, Serena», se dijo. «No siempre tienes la razón. Seiya ha demostrado muchas veces que sabe lo que hace».

El cineasta frunció un poco el ceño y preguntó:

-¿Soy un qué?

-Un creador genial -corrigió Serena con habilidad, sonriendo mansamente.

El rostro de Seiya se relajó inmediatamente mostrando una am plia sonrisa.

-Serena, eres la mujer más maravillosa del mundo entero. Sa bía que mi intuición no me fallaba desde el primer momento en que te vi, durmiendo a la luz de la luna en tu terraza. Sabía que tenías que ser mía, que eras una mujer excepcional. Y no me equivoqué.

Cuando él la besó, Serena se alegró de haber controlado a tiem po su lengua mordaz y su orgullo intelectual.

-¡Mami! ¡Mami!

Los apremiantes gritos de Edmund los hicieron apartarse. El niño irrumpió en la sala, con el rostro pálido y aterrado.

-Robert se ha quedado atrapado en un risco. No he podido sa carlo. Las cuerdas se han enredado en el reborde; por más que tira ba no podía sacarlo -balbuceó el pequeño, jadeante y consternado.

-¡Dios mío! ¡Habéis ido a escalar! -gritó Serena, con el cora zón contraído por la angustia.

-¿En dónde está Robert? -preguntó Seiya con apremio.

-En la montaña, al final del sendero. Donde Kelvin nos llevó la vez pasada -respondió Edmund.

-Os había dicho que no... -empezó a reñirlo Serena.

-Nos habías dicho que no fuéramos con Kelvin, mami -se apre suró a explicar Edmund-. Así que hemos ido solos. Robert creía que...

-No hay tiempo para discutir -intervino Seiya con firmeza-. Hace frío y pronto anochecerá. Tenemos que movilizarnos.

Y salió; llamó a Kelvin y gritó:

-Alerta a la brigada de rescate. Consigue una ambulancia y llama por teléfono al helicóptero de rescate de Westpac. Todos los que puedan ayudar que vengan conmigo. Luna, lleve mantas a la ca mioneta. Y Artemis traiga cuerdas y antorchas. También las lámparas grandes.

Antes de que tuviera tiempo de pensar, Serena se vio empujada dentro de la camioneta. Seiya arrancó y pisó el acelerador a fondo. Por primera vez, la viuda no tuvo la menor crítica sobre su afición a la velocidad.

Serena miraba con ansiedad al cielo: la tarde había volado mien tras ella y Seiya estaban en la sala de proyección. Tenían, a lo sumo, una hora antes de que oscureciera. Soplaba un viento helado.

Robert llevaba más de dos horas y media en el risco, sin protec ción, suspendido en el aire.

Se volvió hacia Edmund, que estaba acurrucado en el asiento trasero de la camioneta.

-¿Robert lleva puesto el suéter?

Edmund negó con la cabeza, con expresión desolada.

-Nos los habíamos quitado y los dejamos en la cima del monte antes de bajar. He tratado de lanzárselo, pero no ha podido alcan zarlo. Y lo mismo ha sucedido con el mío.

La angustia atenazó más las entrañas y el corazón de Serena. Si no podía sacar a su hijo, si él tenía que permanecer allí toda la no che... Diamante había muerto así, colgado, congelado sin que nadie pu diera ayudarlo.

Una mano tibia le cubrió la rodilla. Dirigió una ansiosa mirada a Seiya.

-Llegaremos antes de que anochezca. Lo rescataremos; no te mas, Serena -dijo él con suavidad.

-No -repuso ella con voz trémula y débil, y dio gracias al cie lo de tener a Seiya a su lado. Nadie podría haberle ofrecido tan firme consuelo. Y necesitaba todo el apoyo posible para afrontar esa terrible situación.