Aw, odienme, están en todo su derecho YoY. ¡No puedo creer lo mucho que me he tardado, Dios! Y eso que este capitulo ya lo venía planeando desde hace mucho. PERO la sorpresa de verdad no es este capi, sino el numero diez (x). Ya veran, ya veran. Y, ¡niñas! Hemos llegado ya a nuestra primera meta. ¡El primer beso (sin contar los interludios)! ¡Oh sí! Ahora, por favor, disfrúten.

Disclaimer: Sí, sí, sí, nada me pertenece. Los personajes son de Meyer, yo los tomé prestados (a pesar de que no quiera devolverlos). Quizá conserve a Edward y Carlisle... (Douh, ¡la trama sí es mía!).


viii. Beso de mentiritas

"Quiero decir, que sé que estabas un poco dentro de mí.

Pero imaginé que era demasiado bueno para ser verdad"

One in a million, Miley Cyrus/Hannah Montana.

(Bella's POV)

·

Era la tercera o cuarta vez que alisaba esa arruga en el satén azul. Pasé mi mano una vez más, pensando que ya se rendiría la tela, cuando la distorsión en el vestido se volvió a formar, era insoportable. Era casi certero que, antes de que llegáramos al restaurant, perdería la poca cordura que me quedaba, si es que todavía me quedaba, porque aún no hallaba una razón lógica para haber aceptado la invitación de Marco Vulturis para esta noche; tampoco era del todo clínico que ya fuéramos en camino. Sí, plural, porque no iba sola.

—¿Quieres dejar eso ya? —preguntó Edward, al volante del coche—. Me vas a volver loco.

Le miré con ojos envenenados. Esperaba que toda la mala vibra que sentía se transmitiera con esa mirada. Él me ignoró por completo, como bien sabía hacerlo. Refunfuñé incoherencias que ni yo logré entender y me crucé de brazos sobre mi vientre, como una niña pequeña que se le niega algo.

—Estoy nerviosa, ¿qué quieres que haga? —le pregunté algo frustrada. Normalmente no expongo a Edward a mi mal humor, una razón es porque siempre se burla de aquello. Pero hoy no era buena idea, él tampoco estaba de un humor excelente.

—¿Bajo la ventana para que te tires por ella? —inquirió con una ceja alzada. No duró mucho su farsa, y se echó a reír entre dientes—. No lo sé, Bella. Ni siquiera sé por qué acepté venir contigo a esta estupidez.

Yo mucho menos lo sabía. Aunque…

—Pues porque eres mi futuro esposo y porque el maldito abogado quiere conocerte —expliqué. Sobra decir que me sonrojé un poco cuando dije la palabra esposo; aún no me acostumbraba del todo a la idea, pero, en cambio, y para muy mal augurio, la imagen de ver a Edward bajo un arco de flores, con esmoquin, y esperándome, me parecía cada más bonita, y me gustaba más de lo que debería.

—Aún no entiendo el por qué de conocerme, ¿no les basta que me hayas elegido? —la verdad es que su pregunta me dejo perpleja, en especial sus últimas palabras.

"Y… cuando seamos adultos, ¿nos casaremos?"

"Por supuesto, ¿qué sería una eternidad sin ti?"

Maldición, recuerdos otra vez. Me encogí de hombros, indiferente a su pregunta, y no quise seguir hablando, pero tenía que decirle algo.

—Gracias, de todos modos —le dije sin verle, el paisaje se apreciaba muy bien desde la ventana. Sí, hum, un grifo, qué interesante.

—Yo también estoy nervioso —no se me pasó desapercibido que ignoró mis agradecimientos. Pero al diablo. Hum, otra banca, creo que es más interesante que el grifo.

Intenté olvidar mis recuerdos, guardarlos en una caja y cerrar con llave, por lo menos lo que quedaba del día, que no era mucho. Nos mantuvimos en silencio, no había nada que decir. O nada que quería decir. El tema de nuestra 'cita' no lo había sacado a colación, y tampoco pensaba hacerlo; él mucho menos, creí.

Me era imposible disfrazar la decepción de ese momento, por un segundo pensé que volveríamos a empezar, una vez más. Pero luego de sentir sus labios en mi frente… fue la esperanza la que se quebró frente a mí como un vidrio que recibió un pelotazo. A pesar de todo tenía que superarlo. Hoy debíamos fingir ser la parejita feliz que dentro de semanas se casa, y si salimos vivos, creo que nos tendrían que dar medallas de actuación por eso.

¿Debo sumar que soy horrible mintiendo?

Ya creo que sí.

¿Que qué? —su voz no era más que sorpresa.

Que… el abogado quiere invitarnos a cenar —expliqué con cierta vergüenza en la voz. No me imaginaba que él llegaría a aceptar después.

¿Estás loca, Bella? —preguntó—. Sé que soy bueno mintiendo, pero tú eres un desastre. Nos descubrirán enseguida.

¿Entonces aceptas? —inquirí con algo de furia en la voz, no me gustaba que me remarcara mis defectos. Si es que mentir mal era un defecto.

Ahora, el verlo ahí, sentado a mi lado, con las manos un poco sudorosas y la mandíbula tensa, era muestra de que sí había aceptado. Y me quedé mirándole más de lo debido, o más de lo que yo misma me había auto-impuesto. Pero ¡al diablo con todo! No podía creer que hasta enfurruñado y manejando tenso se veía tan… lindo.

Hice nota del cabello despeinado y levemente húmedo; la camisa verdosa que resaltaba el color de sus hermosos ojos esmeralda –que hoy brillaban con el sentimiento del nerviosismo–. Sus pantalones negros y zapatos a juego. Su pálida piel, sus pómulos, sus… labios. Creo que me quedé mirando su boca más tiempo del que había planeado, demasiado. Y aquello sólo incitó a recordarme cómo sabían sus labios sobre los míos, hace años. Y, entonces, me pregunté si, hasta el día de hoy, tendrían el mismo sabor.

Y deseé probarlos una vez más. Olvidé todo lo que yo misma me había dicho, me había ordenado; y también desenterré lo que había enterrado muerto, aquel sentimiento que debió haber marchitado hace tantos años…

—Estás más tensa de lo normal, Bella —observó Edward, cuando nos detuvimos frente a un semáforo en rojo. Yo le miré con ojos confusos, no me había dado cuenta de que habíamos avanzado ya bastantes cuadras—. ¿Qué es lo que te preocupa, aparte de lo obvio?

Parpadeé un par de veces, mientras él pisaba el acelerador con delicadeza, arrancando el auto con pequeña velocidad. Estábamos estancados entre un Chevy y un Ford. Vaya.

—¿Qué…? —intenté preguntar, pero la voz no me salía del todo—. ¿Qué es 'lo obvio'?

—Pues… —se intentó explicar, parecía no encontrar las palabras adecuadas—. Claro, fallar, que vean que mentimos y que descubran que nuestro matrimonio es una farsa. Ah, y que no te den la herencia. Supongo que eso debería ser lo obvio.

Me detuve a pensar en eso un momento. Sí, claro, estaba nerviosa por fallar en las malas mentiras que daríamos, pero nunca se me pasó por la cabeza la consecuencia de que no recibiría la herencia, aunque bien claro era. En esos momentos, dentro del auto, a su lado, en lo único que podía pensar… era en él. En él y nadie más. En que hoy se haría pasar por mi prometido oficial. En que hoy tendría, quizás, que hacer cosas que hacía años que no hacíamos.

En que teníamos que jugar a querernos una vez más.

Me costó creer que él pensara que sólo me preocupaba la maldita herencia y nada más –aunque lo más racional sería eso, pero, después de todo, creí que las cosas cambiaron un poco–; en el tiempo que llevaba el maldito plan, el cual no era mucho, no me había detenido a pensar en el dinero casi en ningún momento. ¡Maldición! ¡Sólo podía pensar en él! ¡En Edward! Y él…

—Ah, claro… lo obvio —hum, una pareja sentada en una banca, interesante.

Sentí su mirada preocupada sobre mi cuerpo, y mis labios comenzaron a temblar. Creo que me empezó a picar la garganta un poco, y escocieron mis ojos. Tenía tanta rabia que… quería llorar.

¡Pero no aquí, no delante de él!

—¿Bella? —preguntó. Yo sólo negué con la cabeza—. ¿Qué sucede, Bella?

Me encogí de hombros, fingiendo una mal actuada naturalidad rota.

—No es nada.

—No me mientas.

Tragué saliva dificultosamente antes de seguir hablando. Ahora el escozor de la garganta dolía.

—No lo hago —mentí nuevamente.

—¿Qué sucede? —insistió.

—¡Nada, maldición! ¡No me pasa nada!

El coche se detuvo nuevamente, pero ahora era porque habíamos llegado.

Ninguno movió ni un dedo, él me miraba, yo miraba por la ventana, no me atrevía a verle los ojos, llenos de confusión y preocupación, no era capaz. Me sentía tan confundida y apenada. No podía creer que me hubiera comportado de esa manera con él, gritarle. Había un mal augurio en el aire, aquella no sería una noche buena, la verdad.

En esos momentos quise hacer demasiadas cosas. Gritar, maldecir, llorar, ponerme histérica, golpear a alguien…

… besar a Edward. Y era un impulso que siempre estuvo dentro de mí, muy adentro; y yo siempre estuve fingiendo que no estaba ahí.

No fue hasta que sentís sus brazos en mi cintura, que me volví a verle. Él se había inclinado levemente para darme alcance. Sus fuertes brazos eran una deliciosa jaula alrededor de mi cuerpo, y me atraía con la suavidad de la fuerza gravitacional de la Tierra. Y, en una reacción de impulso, escondí mi rostro en su pecho, escondiéndome de su mirada.

Sentí su mano en mi cabello, acariciando tranquilamente mi cabeza. Luego sus dedos jugaron con la piel de mis mejillas –o lo poco que de ellas quedaba expuesta ante mi 'escondite'–; su tacto era realmente placentero. Varias descargas eléctricas viajaron por todo mi cuerpo, al simple roce de su piel con la mía, y no era la primera vez que me ocurría aquello. Me pregunté, entonces, si a él le sucedería lo mismo.

—Por favor —susurró contra mi frente, con su voz aterciopelada y musical. Se me encogió el corazón de sólo escuchar su tono de voz: era preocupado y dulce, como una confesión.

—¿Qué? —me las arreglé para musitar, mi voz no tenía la misma fuerza que la suya. Me sentí repentinamente insignificante entre sus brazos, los cuales aumentaron su presión sobre mi cuerpo una vez que siguió hablando.

—No estés preocupada, Bella —entonces me alejó para que pudiera ver mi rostro, el mío debería estar demacrado por una emoción de nerviosismo y tristeza, el suyo, en cambio, transmitía cuanta dulzura necesitaba para que las comisuras de mis labios se esbozaran levemente—. Te prometo… no, te juro que todo va a salir más que bien.

Su repentina ansiedad y emoción se pintó sobre la esmeraldas brillantes que ahora eran sus ojos. Vi los míos reflejados en el espejo de aquella mirada, y sólo pude observar cómo el chocolate se fundía ante el verde, y formaban las partes iguales de un todo.

—No tienes que hacerlo si no quieres, Edward —bajé la mirada a mis manos, ahora puestas sobre mis piernas. Me carcomía el dolor el simple saber de que a él no le era grata la idea de ser mi novio ficticio.

—No importa si quiero o no —susurró—, lo haré, porque te lo prometí.

Suspiré un gran puñado de aire cuando le contesté:

—Hay promesas que has roto, Edward, y henos aquí —sentí su cuerpo tensarse a mi lado, pero no me detuve—. No quiero que… te veas obligado a…

Sentí una descarga eléctrica cuando su piel tocó la mía.

—Shh… —uno de sus dedos voló a mis labios, callándolos al instante—. ¿Vamos, querida?

El tono de voz no logró otra cosa que hacerme sonreír. Le abracé con toda la fuerza que me fue posible, pasando mis brazos por su cuello, y depositando un beso en su mejilla.

—Eres el mejor —le susurré al oído—. ¡Vamos, cariño!

Nos bajamos del auto, cada uno por sus respectivas puertas, y, luego, cuando volvimos a juntarnos, le abracé suavemente por la cintura, él hizo lo mismo, pero me cogió del hombro, y me acercó a él. No supe, hasta ese entonces, lo demasiado bien que se sentía aquello. Era libre de inhalar su aroma tan masculino y natural como siempre quise. Podía tener contacto físico con él sin que se viera demasiado sospechoso. Hoy debíamos mentir.

Fue difícil dar vuelta hacia atrás y decir a Edward "mejor vayámonos", porque cuando entramos al restaurant me entró un pánico irracional. Él debió sentirlo, el tirón que di a su camisa no fue por nada; algo en mi interior me obligó a acercarme un poco más a él, para sentirme relativamente protegida.

—Tranquila —susurró Edward, ronco y lleno de ansiedad.

—Sí, sí… ¡claro! —titubeé despacio, intentando sonreír, pero mis labios temblaron levemente y me sonrojé un poco, como cada vez que miento muy mal.

Nos detuvimos en medio del salón recibidor, y me puso frente a él, tomó mi rostro entre sus manos, y con el pulgar acarició mis mejillas, como antes lo hacía.

—Relájate —besó mi frente con ternura infinita. Mi estómago se llenó de mariposas al instante—. Todo saldrá bien, ya te lo dije —asentí como pude, el sonrió con mi sonrisa torcida favorita—. Por cierto, te ves hermosa.

Se afloró en mis labios una sonrisa más que sincera.

Caminamos unos pasos más, hasta que nos topamos con una recepcionista. Tuvimos que dar nuestros nombres –en realidad sólo el mío, y también el del abogado–. La recepcionista llamó a una mesera que nos condujo hacia la mesa que ella, la recepcionista, le había dicho. No se me pasó por alto que se la chica detenía a veces a mirar sólo a Edward. Él, claro, intentaba ignorarla. Yo, simplemente, fulminaba con la mirada a la mesera.

Y ahí estaba yo, matando con los ojos a la mesera, con un brazo de Edward aferrando mi cintura, cuando vimos a Marco Vulturis en una mesa, a unos diez pasos de distancia.

Algo en mi interior se retorció al ver, una vez más, su rostro perfecto y devastadoramente hermoso, tan blanco como la cal, y aquellos extraños ojos rojizos y exóticos, por un momento se me olvidó que Edward estaba a mi lado, analizando al hombre del modo clínico. Marco se veía tan guapo con ese traje negro, que poco fui consiente de su reciente compañía. Estaba con él una mujer, también bastante guapa. Otra vez se retorció algo en mi estómago, pero sólo fueron puntadas de celos.

Ella era incluso más hermosa que las mujeres que ves en películas o revistas de modas. Tenía un rostro maternal y níveo, su piel, a simple vista, lucía suave. Su rostro de cal estaba enmarcado en un cabello rojizo y ondulado, brillante y muy bien cuidado. Sus ojos azules nos observaban con curiosidad, pero una sonrisa adornaba sus pequeños y rellenos labios. La mujer era simplemente hermosa.

Y ella y Marco estaban cogidos de la mano, mostrando su unión sobre la mesa. En cuanto nos vieron, Marco sonrió de esa forma tan provocadora, creo que comencé a hiperventilar.

—¡Isabella! —exclamó con júbilo.

Confieso que me sentí aliviada al no ver ahí a nadie más, sólo su… ¿esposa? Mis dudas se dispersaron cuando una argolla de oro brilló en el dedo de la mujer que acompañaba al abogado de mi abuelo. Oh, ¿debo agregar que se me cruzó cierto sentimiento de decepción?

—Hola, señor Vulturis —saludé tímidamente cuando sentí un apretón en mi mano, por parte de Edward. Le miré, y él observaba hacia nuestros anfitriones.

Marco se levantó del sofá rojo que constituía sus respectivos asientos, había otro para Edward y para mí, y al frente de ambos, una mesa bastante amplia.

—Por favor, para ustedes soy Marco —cogió mi mano y la besó con dulzura, luego dio a Edward un apretón amistoso de manos. Ya sentía la tensión en la mano de mi amigo— Tú debes ser el afortunado novio de Isabella.

—Soy Edward Cullen, un gusto.

Me sorprendió la facilidad de Edward para mentir. Él tenía razón, era excelente actuando…, hasta yo me creí lo que dijo, y por un momento me pregunté si de verdad esto era una farsa. Al menos Marco le sonrió con amabilidad.

—Pero, ¡siéntense! ¡Pasen, pasen!

—Gracias, Marco —dijo Edward, con su voz aterciopelada.

Pasamos a sentarnos en el sofá rojizo, frente al de Marco y su mujer. Él, de forma muy elegante, hizo una seña para indicar a la mujer, quien sonrió hermosamente.

—Ella es Dídima —explicó Marco, y un sentimiento empalagoso se impregnaba a su voz masculina—, mi esposa.

Extendí la mano sobre la mesa, para coger la mano de Dídima. Y, como había pensado, su piel era tan suave como la seda.

—Un gusto —dije cuando solté su mano.

—Un placer —dijo Edward, con una sonrisa en su rostro.

—El placer es mío —contestó Dídima, y fue cuando sonrió que mostró todos sus perfectos y perlados dientes.

En ese momento sólo hablamos de trivialidades sin sentido, y por unos minutos se me había olvidado que venía a presentar a Edward delante de Marco. El abogado simplemente deseó saber cosas de nuestra vida, por separado. Mi amigo le explicó que trabajaba con su padre en un el hospital de la ciudad, Marco elogió a Edward. Yo me regodeé en la insignificancia cuando revelé que aún era la secretaria de una empresa; Dídima mencionó que también había tenido su turno, todas lo teníamos.

Pedimos nuestras comidas, y no tardaron en llegar. La verdad no tenía nada de hambre, pero, por aparentar, comí mi comida en silencio. El filete con puré de papas sabía bastante bien.

Entre Edward y yo había casi nulo contacto físico, a penas nos habíamos sentado nos separamos, como si nos repeliéramos. No sabía si era la vergüenza o el miedo a fallar, pero no quería sentir la descarga que me producía el tacto de él sobre mi piel. No en estos momentos.

Marco y Dídima, por otra parte, estaban aún tomados de la mano, y cuando contaban de su matrimonio feliz se daban cortos besos de vez en cuando. Sentí la punzada de celos una vez más, ¿por qué Edward y yo no nos podíamos ver así?

Simple, lo mío con Edward era falso.

Pero, como siempre, todos tenemos nuestro turno, y fue idea de Marco Vulturis el que se rompiera la pared invisible que Edward y yo habíamos construido entre ambos.

—¿Qué les sucede, Isabella, Edward? —preguntó Marco, mientras abrazaba a su esposa por los hombros.

Pestañeé un par de veces, levantando la mirada del plato de comida casi vació, a la mirada rojiza del abogado. Tenía cierta confusión en su rostro perfecto.

—¿A qué te refieres, Marco? —inquirió Edward. Algo en su voz me decía que él ya sabía lo que preguntaba Marco.

—Bueno, pues… —Marco vaciló antes de seguir hablando—. Es que es algo extraño. Digo…

—¿Qué quieres decir? —esta vez pregunté yo.

Los ojos rojizos de Marco Vulturis me examinaron tanto a mí como Edward, y me sentí incómoda ante su insistente observación. No fue hasta que siguió hablando, que me di cuenta de que sujetaba el tenedor con tanta fuerza.

—Bueno, Isabella, no has tocado a tu novio en toda la velada —explicó Marco.

Creo que mi mente quedó en blanco por unos momentos. Sabía que el nulo contacto entre Edward y yo era una acción reflejo, pero no que fuera tan obvio. Sopesé lo que el abogado me había dicho. ¿Teníamos que ser, Edward y yo, de esas parejas empalagosas y cursis que se abrazaban todo el tiempo, besándose cada dos segundos y gritándole al mundo entero el amor que sienten por el otro?

Una parte de mi interior rogó que sí. Otra, simplemente, me dijo que actuara.

—Es que… —intenté hablar, miré de reojo a Edward, estaba tenso en su lugar—. Verás, Marco, Edward y yo somos algo tímidos y…

Entonces algo cruzó aquella barrera. La mano suave de Edward se posó sobre mi rostro, y me obligó a mirarle a los ojos. La intensidad de aquella mirada fue tal que mis mejillas no tardaron en colorearse.

—Creo que estás algo tensa, mi amor —dijo Edward, con suavidad en su voz.

—N-No, estoy bien, de verdad —juro que intenté sonreírle como pude, pero los labios me tiritaban bastante, pero dejaron de hacerlo en un instante.

El mundo se detuvo en cuanto sentí el calor de otros labios, tan conocidos y a la vez extraños. Me embargaron sentimientos que recorrían mis venas con la adrenalina del momento. No podía creer que aquella sensación sólo me la producía su boca. Sus manos aún estaban sobre mi rostro, y no me quejé de aquello. El tacto era dulce, y lento.

Los ojos de Edward se cerraron por dos segundos, los suficientes para permitirme darme cuenta de algo que yo sabía que estaba ahí. ¡Maldición, qué ganas de profundizar ese simple beso!

Y fue como si las películas se prendieran y todo nuestro pasado pasara frente a mis ojos. No era capas de describir las emociones exactas, sólo sentía que podía correr kilómetros en un segundo, que daría la vuelta al mundo en un pestañeo, que tenía la fuerza suficiente para detener una furgoneta con una mano; y también la suficiente fuerza para poder retenerle ahí para siempre, y que sus labios no se despegaran de los míos.

Tampoco podía decir que aquello fuera algo que me comprometiera con él, pero no encontraba las palabras para explicar lo mucho que ese rose de labios significó para mí. La adrenalina reemplazó la sangre, y, justo cuando comenzaba a separarse, me di cuenta de que solamente quería seguir besándole.

Besándole como si nunca le hubiera besado. Besándole como hace seis años. Besándole como si la vida se me fuera en ello. Besándole como si celebráramos su cumpleaños. Besándole como si fuera San Valentín.

Besándole como si con sólo mis labios pudiera transmitirle todos mis sentimientos. Todo lo que sentí, siento y sentiré por él. Algo dentro de mí me dice que él lo sabe, ¿no es acaso obvio? Alice siempre lo repetía, ¿por qué nos poníamos las cosas difíciles?

Caí en la cuenta: sólo yo ponía las cosas difíciles. Y me aborrecí por ello.

Y con sólo ese beso, me había abierto los ojos.

Las esmeraldas de Edward me observaban con un brillo devastador, imaginé que los míos estarían igual. Fueron tres segundos los que duró nuestro beso, dos segundos estuvimos observándonos –diciéndonos cosas con la mirada, cosas que no saldrían de nuestros labios ahora–. Pero sólo me faltó un segundo para admitir todo el amor que se transmitió con esa acción.

Aunque… ¡vamos! Sólo era un beso de mentiritas.

¿Verdad?

… Sinceramente, esperaba que no.


First kiss! First kiss! Ja-ja!

¡Al fin, caramba! Estos dos me la pusieron difícil. Vaya, vaya. El primer beso. Aunque "beso", entre comillas, porque no fue del todo correspondido. Pero... ju-ju. ¡Ah, ya! Mejor no doi spoilers del siguiente capitulo, o llegaran las amenazas de muerte. (?) Por otro lado, ¡perdónenme! Jodido colegio, estoy a punto de mandarlo a la mierda, en serio, ya me estoy estresando una vez más. Caeré en depresión YoY. Ahora sólo me servirá escribir. (!)

Muchisísimas gracias a todas las chicas que me dejaron su review (por más chiquito que sea, sire :3). ¡Infinitas gracias! Este capi va dedicado a todas las lectoras. Pero, creánme, se pone mejor. ¿Marco tendrá más preguntas? ¿Qué hará Bella después del beso? ¿Edward explicará la razón del beso? Jo-jo, ya lo veran, en nuestro siguiente capitulo.

Por cierto, ya subí la última parte de Simple seduction, a ver si se pasan a checarla. :D

Reviews, please... para saber su opinión. ;) ¡Las amaré! oOo

LasQUIERO!Janelle.

!~