Disclaimer: Los personajes de la serie "Fullmetal Alchemist" no me pertenecen. Éste es un fic sin fines de lucro.

Edward conoce lo que debe hacer. Sabe que posee una ventaja. Pero una entrada imprevista echa a perder sus planes. ¿Podrá Ed adaptar su plan a ésta nueva situación? ¿O todo terminará en una desgracia? Que disfruten este fic!


Sombras

Capítulo XI. La sombra de la venganza

La estación de taxis estaba a rebosar, como era de esperarse, y a Al comenzaba a entrarle la desesperación. Seguía esperando su turno con la ficha en la mano sentado en el andén, ya jugando con los dedos, ya removiéndose en su asiento lleno de angustia. Sabía que por más que se apurara el avión no saldría más temprano, y aún le quedaban algunas horas antes de que su vuelo saliera. Pero simplemente no podía relajarse.

-¡Hey! ¡Pero si es Alphonse Elric!-Al alzó la vista al escuchar mencionar su nombre y vio al grupo de amigos que había hecho durante su estancia. La que había hablado ya se acercaba a él, seguida de los demás-. ¡Con que aquí habías estado!-le reprochó al llegar hasta él-. Te hemos estado buscando. Nos preocupamos mucho al ver que no habías llegado a clases, tú que siempre eres el primero.

-Lo siento mucho, Winry-se disculpó Al.

-Y hemos decidido buscarte-comentó otro-. Como te habíamos visto tan taciturno estos últimos días, pues supusimos que estarías en un aprieto. Pero no sabíamos por dónde empezar a buscarte-el joven que estaba hablando, y que respondía al nombre de Ling Yao, se llevó distraídamente una mano a su mentón como si estuviera inmerso en un difícil problema.

-Así que íbamos a ir a tu casa, pero Envy nos convenció para que viniésemos aquí primero-dijo señalando al más rezagado de los tres, un chico cruzado de brazos con gesto fastidiado (si, aquí no es malo, pero sigue estando loco). Envy se aburría fácilmente y estaba claro que el buscar a Al no le representaba ninguna diversión.

-Era obvio que estuvieses aquí-aclaró Envy encogiéndose descuidadamente de hombros y con un tono algo cansino-. Te había visto raro últimamente. Creí que algo pasaba en tu casa con tu hermano y por eso supuse que volverías a tu país.

La manera en la que el más raro de sus amigos lo decía le hizo recordar vagamente a su hermano. Winry lo miró preocupada.

-¿Es eso cierto?-preguntó.

Al no sabía si podía soportar más esa carga solo, por lo que miró a sus amigos, como si se debatiera entre contarles lo sucedido o no. Bien podría inventar algo, pero Al era un chico sincero y no se creía capaz de mentirles en tamaña situación. Después de un rato de silencio, optó por decirles todo.

Sus amigos lo escucharon con atención, y a cada palabra la expresión de Winry se volvía cada vez más preocupada, la de Ling más seria y la de Envy… bueno, la de él siguió prácticamente igual.

Acabada la explicación, llamaron a Al para que abordara el taxi. Al se levantó con expresión sombría y melancólica.

-Bueno, supongo que aquí nos despedimos-dijo por último a sus amigos-. Debo irme.

Y se dirigió hasta la salida del taxi.

Ya estaba abordando el trasporte cuando escuchó la voz de Winry llamándolo. Los tres lo seguían corriendo gritándoles que les esperara. Al se quedó plantado, preguntándose qué querrían ésta vez.

-Vamos contigo-anunció la chica rubia al llegar hasta él.

-¿Qué?-exclamó Al.

-Que vamos contigo-repitió la chica-. Así que dinos a qué hora salimos.

-No… Esperen….-quiso detenerlos Al, pero el sonido del golpe de la mano de Envy sobre el taxi lo calló.

-¿Crees que nos vamos a perder esto?-preguntó Envy con una mano metida en uno de los bolsillos de su chaqueta roja como la sangre y sonriendo de manera lunática-. Esto suena divertido, así que yo también voy. No todos los días tienes el privilegio de enfrentarte a un asesino en serie de los más peligrosos.

-Tenemos todos nuestros papeles-dijo Ling en tono infantil (Cada vez que voy al extranjero siempre me aconsejan que no salga sin mis papeles, así que ellos siguieron mi consejo, jejeje).

-No te vamos a dejar solo ahora-dijo Winry.

-¡Pues qué esperamos!-dijo Envy metiéndose en el coche-. ¡Rápido!

Y sin poderlos detener, aunque no muy seguro de querer hacerlo tampoco, Al se embarcó hacia el aeropuerto en compañía de una chica decidida, un hombre que no sabía nada y otro que se regocijaba en el mero pensamiento de poder agregar a su lista de locuras una más.

-Mmmm. ¿A dónde vamos?-preguntó Ling con gesto distraído cuando el taxi ya se perdía en la distancia.


Roy estaba exhausto. Tras haber manejado sin control exponiéndose al revoque de su licencia de conducir, había llegado por fin hasta donde trabajaba Edward. No tardó mucho en dar con el consultorio del Dr. Déroulard, un hombre ya entrado en años que no había conocido hasta ése momento.

-Disculpe-dijo irrumpiendo en su despacho. El hombre lo miró de manera inquisitiva. Mustang continuó- ¿se encuentra aquí Edward Elric?

-¡Ah! ¿Se refiere a mi secretario?-respondió el hombre-. Me dijo que se sentía mal y que se iría a casa. En verdad lo vi algo enfermo, así que le di la licencia. ¿Quién es usted?

-Roy Mustang-respondió sin aliento el hombre-. Estoy a cargo de Edward.

-Es raro-dijo el doctor acomodándose los anteojos de media luna-. Nunca me dijo que alguien se encargaba de él.

-¿Cuándo se fue?

-Recién llegó. Si en verdad se sentía mal pudo haberme llamado y no haberse molestado en venir hasta aquí.

Terriblemente contrariado, Roy Mustang salió del despacho como una exhalación sin detenerse a entrar en más detalles y poco dispuesto a perder más tiempo. El hecho de que Ed se viera tan animado al momento de ir con él en el auto hacia su trabajo, y luego ese extraño malestar que aseguró sentir al Dr. Déroulard le decían a Roy que Ed no estaría en casa. Pero, ¿por qué lo había hecho? En algo eso tenía razón: Ed era algo imprudente.

Dejó su coche aparcado fuera del edificio del que acababa de salir, se detuvo a pensar qué es lo que haría Ed y a dónde iría. Era inútil buscar sin sentido. Decidió seguir un camino contrario al de su casa, yendo a pie para evitar todo tipo de embotellamientos y sentidos, y comenzó a preguntar por él.

La búsqueda no dio mucho resultado, pues gracias a las precauciones que había tomado el muchacho, nadie lo recordaba. Ed sabía que su apariencia, sobre todo sus ojos dorados, eran demasiado llamativos y sin duda alguien que lo viera pasar lo recordaría. Por eso se había puesto la sudadera con la capucha.

Tras un largo rato de búsqueda infructuosa, Roy se dejó caer en una banca, terriblemente contrariado.

-Para la próxima, le pongo un rastreador-se dijo-. Sólo espero que tenga oportunidad de hacerlo-finalizó melancólicamente-. Y si la hay-continuó componiendo una sonrisa tranquila-, entonces, no dudaré en hacerle ver por qué he hecho lo que he hecho. Ya no.

Se levantó y volvió hasta donde estaba aparcado su coche. Se subió en él y manejó sin rumbo fijo por toda la ciudad, lenta y atentamente. Estaba preocupado, pero no podía quedarse de manos cruzadas mientras Ed se adentraba (por voluntad propia, que era lo que más enfadaba a Roy) en un juego peligroso.

¿Pero qué demonios estaría pensando Ed?


Ya estaba cercano el atardecer y Edward estaba ya más que preparado. Había terminado con sus preparativos y se había armado de valor. Era hora de encontrar a esa persona. Y era hora de comportarse como su enemigo, pues sabía que eso era lo único que no esperaba.

Regresó justo a tiempo al edificio en donde trabajaba para verla: la misma mujer que había visto un sinnúmero de veces desde que había entrado a trabajar para el Dr. Déroulard. La señorita Leander venía vestida de rojo, un color que sin duda le sentaba bien a su esbelta figura; se veía desfigurada por una desconocida preocupación y estaba pálida como el papel. Se le veía confundida, mirando de un lado a otro, sin saber qué hacer. Edward no pudo evitar una sonrisa sardónica. Ella, una mujer que no tenía nada absolutamente y que se dedicaba una hora diaria para gastar en un consultorio que de nada le ayudaría, era sin duda uno de los agentes de su enemigo. En realidad, Ed nunca había definido porqué se dignaba a ayudarlo en empresa tan repugnante. No dudaba de que estuviese amenazada y en el fondo sentía compasión por ella, porque una vez metida en todo esto, no lograría salir viva. Por eso tenía que vencer, para salvarla a ella y a otros como ella.

La razón de la sonrisa de Ed era simple: sabía que la mujer hoy debía llevarlo hasta "La Muerte Lenta", y al no verlo seguramente tuvo un acceso de pánico. Poco después descubrió lo fundadas que estaban sus suposiciones. Al acercarse, Ed se había bajado la capucha de la sudadera con la clara intención de que Leander lo viera, y cuando ésta lo vio, su rostro se compuso en una mueca silenciosa y mal disimulada de alivio.

Llenándose de aplomo y con más determinación que nunca, Ed se acercó a ella.

-Señorita Leander- Anna Leander lo miró y compuso su expresión en una sonrisa-. ¿Qué hace aquí? Creí que su cita de hoy era antes de las doce, como siempre.

-Sí-asintió la mujer-. Bueno, en realidad, hubiera sido así si no hubiese sido por una junta de suma importancia que debía presidir. Fue una de esas juntas empresariales en la que se exponen los proyectos para hacer convenios. Debo decir que nos fue muy bien y pronto firmaremos un contrato muy beneficioso.

Ed la escuchó sin decir nada y sonriendo en su fuero interno ante la perspectiva de que no se había equivocado. Anna estaba nerviosa y lo que le estaba diciendo era sin duda una mentira. Ed sabía por experiencia (y como lo había demostrado ése mismo día ante Roy y ante el Dr. Déroulard), una mentira, para que sea creíble, debía ser simple. Entre más detalles se pusiera a una mentira sin que se pregunte por ellos es más fácil identificarla. Ahora Ed sólo escuchaba a la mujer en espera a la pregunta que sellaría el destino de Roy, de Charles, de Anna, de Al y de él mismo. Anna siguió con sus explicaciones de cómo había ido la junta hasta que el sol por fin se hubo ocultado en el horizonte.

-¡Huy!-suspiró Anna mirando hacia el cielo-. Se ha hecho tarde. ¡Oh, cielos!-se lamentó-. Con lo terrible que están las calles por la noche en estos tiempos, ¿verdad? No me gusta pensar en lo peligrosas que son hoy en día, y si puedo evitarlo, no salgo sola por las noches. Pero es difícil cuando una vive sola.

-¿Le gustaría que la acompañara?-se ofreció Ed, cansado de esperar a que ella misma se lo pidiera. El tiempo era precioso, porque Roy no tardaría en ir a recogerlo y no quería que se diera cuenta de que todo aquel día había sido una farsa.

Por un momento, Anna Leander pareció confundida. No esperaba que el mismo Ed se ofreciera a llevarla, aunque eso le alivió sobremanera. En realidad, ella no sabía cómo pedírselo, sabiendo que no irían a su casa, pero el hecho de que él mismo se ofreciera le quitaba un peso de encima. Se había sentido culpable ante la perspectiva de guiar a Edward con el asesino que la tenía en sus manos, aún cuando el chico no le había hecho nada y de que era tan afable que le había llegado a agradar. El hecho de que ella no hubiese tenido que pedirle que la acompañara atenuaba de cierto modo a su consciencia.

-Si no te molesta-arguyó ella-, me gustaría mucho. Pero debo advertirte que no vivo muy cerca, y los autos me marean. Es posible que ya sea muy tarde cuando lleguemos allá. ¿No importa?

-Para nada-respondió Edward quitándole importancia con un gesto-. Puedo tomar un taxi de regreso. ¿Vamos, entonces?

Ella asintió sintiendo en su corazón la espina de la culpa, pero la hizo a un lado. Debía hacerlo si quería volverlo a ver. Debía hacerlo en aras de un futuro feliz junto a la persona que amaba. Por otro lado, Ed sabía ya lo que venía después, pero había un punto negro en su plan: no sabía el escondite exacto de su enemigo, por lo que necesitaba forzosamente a su guía. Si no fuera por ése pequeño detalle, Ed no hubiera puesto carga tan pesada en la mujer que parecía debatirse entre ella y el temor. Ed sentía compasión por ella, pero tenía que acabar con todo antes de que Roy diera parte a alguien o que comenzara a buscarlo. Además, ya estaba nervioso, pues había intentado llamarle a la oficina desde un teléfono público, pero nadie le había contestado. Roy armaría el escándalo del milenio.

-(En fin)-pensó Ed-(¿Qué le importa lo que me suceda? Esta es mi decisión. A lo mejor se enoja porque él quiere acabar esto personalmente… Bueno, si es eso, ya me regañará después. Le estoy haciendo un favor. Y él tiene la culpa por tardarse tanto y meterme en esto. Ahora que se aguante).

Sumido en sus reflexiones, Ed siguió en silencio a Anna, quien no pensaba en entablar conversación, aunque sabía que debía hacerlo si no quería que Ed sospechara. Lo que Leander no sabía es que también estaba siendo utilizada por el muchacho, aunque a éste último no le agradara decirlo así (Lo siento Ed, así son las cosas).

Llevaban un buen rato caminando, y poco a poco fueron llegando hasta la zona más solitaria y con peor fama de la ciudad, un páramo sucio y desolado rodeado de casas pobres y de edificios abandonados. No había luz en las calles, y la única que les alumbraba era mortecina que les llegaba desde las casas en mal estado, una luz titilante y fría. Ése día no se veían las estrellas que eran escondidas por las nubes, pero la luna, una luna llena que lograba colarse entre la espesa capa de nubosidades alumbraba de manera fría, como burlándose de lo que sucedería ésa noche. Ed comenzó a dudar de su habilidad. Pero ya era demasiado tarde para arrepentirse.

-No te preocupes-lo tranquilizó Anna, un comentario que era más para sí misma que para el muchacho-. Ya casi llegamos.

Al escucharlo, Ed pudo saber hacia dónde se dirigían. Había estado en esos lugares cuando era más joven. El camino que estaban siguiendo no daba a más casas destartaladas, las cuales habían dejado atrás largo rato antes, si no a un conjunto de almacenes industriales abandonados, largo tiempo olvidados. Edward suspiró profundamente. En uno de esos almacenes le esperaba "La Muerte Lenta", tras una de esas puertas le esperaba la mayor victoria de su vida o, en el peor de los casos, una muerte terrible.

-(Sí, ya puedo casi escucharlo)-pensó Ed con sombría ironía ante la perspectiva del peor de los casos-("Has perdido el juego, Ed" Dirá. "Y ahora viene mi premio. No te preocupes, tu nombre pasará a la historia. Porque a la sola mención de tu muerte la gente se estremecerá por cien años").

Anna lo guió entonces por ríos de pedazos de estructuras destrozadas hasta llegar a un claro entre tanta basura. Incluso Ed tuvo la oportunidad de sentir, más que ver, alguna que otra rata entre tanta escoria.

-Perdóname, Ed-murmuró Anna Leander sacando de su ensimismamiento al chico.

-¿Cómo?-preguntó Ed. Y por un momento pensó que ella se había arrepentido de lo que pretendía hacer y que pensaba ahora contarle todo. Pero esa fue la perdición del chico.

No bien hubo terminado de pensar lo anterior, Edward sintió, más que vio, una sombra grande que caía sobre él. Al pobre muchacho sólo le dio tiempo de volver la cabeza para poder distinguir unos ojos que brillaban con malicia antes de que el golpe que le hizo sumirse en la oscuridad más absoluta cayese con fuerza estruendosa sobre él.

La pequeña navaja que había estado cargando escondida en su mano izquierda cayó cuando el chico se desplomó como un cuerpo muerto, mientras reflejaba la sonrisa descarada de Charles Mustang, quien por fin había obtenido a su presa, la presa más redituable que había capturado en todos sus años como cazador.


Ya era muy tarde, y Roy sólo regresó a su casa con el fin de asegurarse de sus suposiciones. Al no ver a Edward por ningún rincón (Bueno, Roy, por más pequeño que fuese Ed no creo que debas buscar hasta dentro de las tazas, ¿no crees? Mejor enfócate en buscarlo donde sepas que quepa. Pero piensa, ¿Qué sentido tendría que Ed se ocultara de ti? A parte de que ya sabe lo que quieres hacer con él, claro). Cuando estuvo seguro de que el chico no se encontraba en casa, a Roy en verdad le entró el pánico. Temía por Ed más que por cualquiera de sus conocidos, y ahora no sabía en dónde hallarlo. Eso no le había dado ninguna pista de en dónde planeaba matar a Ed, o más bien, no había sabido ver lo que estaba frente a sus ojos. Eso quería que él encontrara a Ed, por lo que "La Muerte Lenta" forzosamente debía haberle dado alguna pista de en dónde operaría. Pero Roy lo ignoraba por completo.

El hombre se obligó a tranquilizarse y a sentarse en el sofá para pensar, sabiendo que no tenía mucho tiempo. Por más que eso se entretuviera con Ed, al menos ya llevaba todo el día con él, y si había tiempo de salvarle la vida era ahora (Roy no sabe que lo acaban de atrapar).

-(¿Dónde podría eso ocultarse? Si debe ser un lugar que yo deba conocer, pero no tan obvio como para que yo lo pudiera recordar tan fácil)-pensaba en su típico gesto serio, entrelazando los dedos y mirando hacia la nada-. (Lo que es más, debe ser un lugar importante para mí, pero que no he visitado en mucho tiempo. Además, y si Edward tiene razón, no puede estar cerca del centro mismo de la ciudad, pues no creo que haya cambiado su apariencia. Debe ser en un lugar en el que no haya mucha gente o por donde nadie quiera pasar si no fuese estrictamente necesario).

Roy se levantó y se dirigió a su habitación, en donde sacó el mapa que Ed había utilizado para rastrear a su enemigo, y notó que Ed ya lo había usado. Las marcas eran casi invisibles, y si Roy no conociera a su compañero de casa, no las habría tomado en cuenta. En el mapa estaban tachadas unas cuantas zonas con taches a lápiz, y había una zona que tenía una flechita, que correspondía a la del oeste de la ciudad. Pero un examen más minucioso revelaron a Roy un ligero punto, como si Ed hubiera dado con un lugar y descuidadamente hubiera dado un pequeño golpecito con el lápiz allí, cosa que había dejado una marca poco legible, pero clara, de un punto en la zona que correspondía a los suburbios de la antigua zona industrial, antes de que ésta se desplazara al otro lado.

-(¡Claro!)-Roy dio un golpe con el puño en su escritorio-. (Un lugar que yo no recordaría, pero que fue importante para mí. Recuerdo que mi primer caso comenzó en uno de esos almacenes. ¿Cómo demonios esperaba que lo recordase?)

Sin embargo, Roy apartó esos pensamientos de su mente y observó con congoja que Ed ya sabía en dónde se escondía su enemigo, y que seguramente se haya dirigido hacia allí. Ahora más que nunca Roy estaba asustado ante la certidumbre de que, si Ed pudo en contra del enemigo, ya hubiese vuelto. Si no había vuelto, entonces, se debía a que había caído en una de las trampas de eso o que estaba tan herido que no podía regresar.

Levantándose y dejando que el mapa se deslizara hasta el suelo, Roy bajó hasta donde estaba el teléfono y comenzó a marcar una serie de números con una velocidad estratosférica debido a su premura.

Cuando hubo terminado de dar unas órdenes rápidas, volvió hasta donde había dejado sus cosas de manera descuidada y las revisó hasta encontrar su revólver, una semiautomática 45. Cargó el cartucho, lo colocó en el cinturón y sacó de un cajón en su habitación otros dos cartuchos, que metió en su gabardina negra.

Y sin esperar más tiempo, salió. Ya no sentía miedo. Ya no.


Ed se despertó, y en medio de la neblina que obstinadamente se había adueñado de sus ojos logró distinguir un lugar sombrío que era iluminado por una luz que entraba por la ventanita que se encontraba sobre él. El lugar estaba lleno de estantes de madera y fierro, con algunos artículos de vidrio. Cuando logró aclarar un poco su mente, Edward pudo apreciar que se encontraba sentado en una caja de embalaje de madera, bastante incómoda, por cierto; y que tenía las manos atadas con unas esposas clavadas por medio de un aro de metal a la pared por sobre su cabeza, a modo de unos grilletes improvisados. Al muchacho le dolía la cabeza del tremendo golpe que lo había dejado inconsciente, y le dolían ahora las manos y los brazos que ya comenzaban a resentir la falta de sangre, entumeciéndoseles. A Ed le escurría un hilillo carmesí desde su frente hasta la barbilla, regalo y señal del golpe.

Edward no sabía por cuánto tiempo había estado dormido, y no podía adivinar la hora por medio del cielo, en primera porque no sabía cómo y en segunda porque no alcanzaba a verlo desde donde estaba. Además, con cada movimiento, por ligero que fuese, le enviaba una oleada de dolor acompañado de un mareo que le hacía perder por un momento la noción.

-(¡Canijo trancazo que me acomodaron éstos!)-gruñó para sus adentros haciendo un berrinche mental-. (Aunque nunca imaginé que esto sucedería. Creo que ya perdí. ¡Tonto!).

Sonrió sombríamente a la vista de que no ya no podía hacer nada. Poco después se dio cuenta de que ya no llevaba la sudadera.

-(Con razón me muero de frío)-pensó con una nubecita negra sobre la cabeza-. (¿Qué Charles Mustang no tiene consideración? En eso sí que se parece a Roy. ¿Pero qué hago pensando en ése tipo ahora?).

-Creo que ya despertaste-habló una voz profunda y sugestiva, pero que le recordó a Edward una húmeda cueva y le dio escalofríos. Ed levantó la cabeza confusa para distinguir una sombra alta en la oscuridad que se alzaba a unos metros de él-. Y también veo que tienes aún mucha energía-continuó su enemigo-. Esa es una de las cosas que más me gustan de ti, ¿sabías?

-No creí que te gustara nada de mí-replicó despreciativo Edward. El otro soltó una risilla profunda e irónica.

-Me gustan muchas cosas de ti, Ed-dijo el otro-. De hecho, me gusta todo, menos el hecho de que hayas decidido por fin ponerte del lado de Roy.

Ed soltó una risa sardónica y seca, mirando desafiante a su acompañante con un fuego dorado en sus ojos. La visión del chico complació sobremanera al captor y éste se acercó a otra figura que Ed no había notado porque estaba oculta en las sombras.

-¿Crees que es prudente, pequeño Ed?-murmuró el hombre con un tonillo de voz que terminó por desesperar a su cautivo. La venita en la frente de Ed estalló al oír la palabra "pequeño". El otro observó su reacción con complacencia. Entonces tomó con brusquedad la barbilla de Anna Leander y la obligó a ver hacia el muchacho encadenado-. ¿Crees que es prudente el que me hagas enojar?-continuó-. Creo que debo decirte que, dependiendo de mi estado de humor esta hermosa mujer puede salvarse. Y debo decirte, Ed, que tienes un don especialmente sobresaliente para hacer enfadar a las personas. Aunque claro, no me desagrada del todo eso tampoco.

Ed no supo qué decir, y al mirar los ojos aterrorizados de Anna Leander, se dio por vencido. Bajó la cabeza en gesto sumiso, pero sus ojos seguían ardiendo.

-Así está mejor-concedió Charles Mustang-. Me gustas más en ese estado tan dócil. ¡Qué tonto es mi primo! No supo domarte bien. Con lo fácil que es domesticar a alguien como tú.

Ed no pudo evitar sentirse herido ante las palabras del hombre.

-Ahora-continuó el asesino volviéndose hacia Anna y tomándola tan fuerte que ésta soltó un gemido, y sonriendo de manera maniática, continuó con tono cruel-: ¡Observa, Anna Leander! ¡Observa al trofeo que me has ayudado a obtener! ¡Observa a Edward Elric, aquel que arriesgó su vida para salvar de una condena no merecida a tu amado prometido!

Esto último, dicho con una cruel saña, hizo que Edward levantara la cara, atormentado. Con todo el ajetreo de "La Muerte Lenta" se había olvidado de que no había tenido noticia alguna de Louis Gasden, que era a quien se refería. ¿Así que Anna Leander era la mujer con quien iba a casarse? El muchacho miró a la mujer, quien tenía los ojos desorbitados por la impresión.

-Lo siento-murmuró con un hilillo de voz apenas audible-… Perdón…

Sin embargo, Edward Elric hizo caso omiso de sus palabras y se dirigió a su enemigo con el rostro encendido en furia.

-¡¿Qué es lo que has hecho?-gritó con un deje de desesperación en la voz. Charles lo miró con una mueca de terrorífica inocencia-. ¡Maldito! Louis y yo éramos amigos… ¡Y tú lo mataste!

Sí. Edward estaba seguro de que de Louis ya no había rastro de vida.

Al escuchar lo que decía Ed, Anna Leander miró con ojos llorosos al hombre que supuestamente había terminado con la vida de su prometido, y al ver el esbozo de sonrisa del mismo, ella se dio cuenta de la verdad. Con impotencia, Anna cayó de rodillas. Había hecho lo que había hecho con la promesa de que ni Louis ni ella sufrirían un rasguño si ella seguía sus instrucciones al pie de la letra. Y todo para nada. Louis estaba muerto, y había mandado a la muerte al muchacho que tanto había luchado por limpiar el nombre de la persona a la que ella había amado.

Y sin poder resistir la realidad, Anna Leander rompió en llanto.

Mirando las reacciones de ambos, "La Muerte Lenta" no pudo resistirse y soltó una cruel y estruendosa carcajada. Edward lo miró con odio en los ojos, y por un buen rato sólo se escucharon la carcajada enloquecida de uno y los sollozos lastimeros de otra.

-¡Maldito!-Gritó de nuevo Edward haciéndose oír por sobre todo el escándalo. Ahora más que nunca podía dejar a aquel hombre, que ya ni siquiera podía denominarse humano, libre. Miraba desconsolado a la mujer que iba a ser la esposa de su primer amigo, llorando sin consuelo, y se dijo a sí mismo que no podría soportar que "La Muerte Lenta" hiciera sufrir de ésa manera a nadie más.

Charles lo miró con su mirada de psicópata, e hizo un gesto de desaprobación sin dejar de esbozar su grotesca sonrisa.

-No, no-dijo como aleccionando a un niño pequeño-. Creo que debes moderar ése lenguaje que tienes, Ed. Esas palabras tan grotescas no van con alguien con tu apariencia.

-¡Yo voy y hablo como me da la gana, bastardo!-le escupió Ed. El otro hizo un mohín de disgusto y se dirigió a pasos lentos y decididos hacia el chico, con intenciones poco claras, sin apartar la mirada de los orbes dorados, mientras estos permanecían desafiantes.

-Creo que podría comenzar a decorarte, Ed-dijo el otro a medida que se acercaba-. No quería comenzar por la lengua, pero ese lenguaje que tienes me dice que debo enseñarte buenos modales de la manera más severa.

Y mostró la pequeña navaja que Ed había llevado en su mano y que había perdido al tiempo que el conocimiento. El arma destelló a la luz de la mortecina luna que entraba por la ventana y que iluminaba, a su vez, a Ed. Pero antes de que el hombre pudiera llegar hasta él, una sombra imprudente se abalanzó sobre él.

Iracundo, Charles soltó un fuerte golpe con el codo hacia el atacante y girando sobre sus talones con brusquedad logró lanzar y tirar a su menuda atacante, quien soltó un gemido de dolor. El hombre levantó la navaja que hizo un corte profundo en el costado de Anna, cuya sangre tiñó de rojo su traje del mismo color.

-¡No estorbes!-le espetó a la mujer tirada en el suelo, retorciéndose de dolor, al tiempo que le soltaba una fuerte patada en las costillas, lo que le arrancó a la joven un nuevo gemido.

-¡Imbécil!-chilló Ed-. ¡No seas salvaje, que es una mujer!

El hombre volvió su atención de nuevo a Ed, quien seguía recitando una sarta de imprecaciones para que el moreno se olvidara de Anna. Al menos tenía que salvarla a ella, que ya había sufrido suficiente. Los insultos surtieron efecto sobre el hombre cuya cara no se parecía menos a la de un demonio, y el asesino se acercó al chico de nuevo, pero con una navaja teñida en rojo.

Ed sólo pensaba en el bienestar de Anna, pero ignoraba los deseos de ésta. Sus acciones no habían sido dictadas por el deseo de venganza. No. Anna Leander era una mujer con aplomo suficiente para aceptar la realidad y sus errores, y ahora no deseaba más que enmendar el error de haber llevado a un joven inocente a las manos de una muerte terrible. Ya no le quedaba nada. Sus ahorros los había gastado en el consultorio del psicoanalista, su novio estaba muerto, su vida y sus principios le habían sido arrebatados de forma brutal y ahora ella estaba segura de que el asesino la mataría a ella también. Y si iba a morir, al menos debía intentar ayudar a Ed, en memoria de su prometido.

Tomando fuerzas de flaqueza, Anna se levantó, sangrante, y volvió a abalanzarse sobre el hombre como una fiera, pero el otro, ahora alertado por el ataque anterior de la mujer, se dio la vuelta antes y, con el impulso de su propio avance, Anna se clavó de lleno la navaja en manos de Charles. La navaja le había dado de lleno en la vena cava superior, y la mujer cayó al suelo, desangrándose y débil.

-¡Señorita Leander!-farfulló Ed desesperado-. ¿Por qué? ¿Por qué no escapó cuando pudo?

-Te lo debía-murmuró la mujer lanzando por la boca una espuma sanguinolenta-. No hubiera podido ver a Louis a la cara si no hacía lo posible por…por salvarte. Él te apreciaba mucho. Lo sé por el modo en que hablaba de ti.

-Ya no hable, sólo acortará su tiempo.

Pero ella no le hizo caso y continuó.

-Aunque me acabo de dar cuenta de que, por todos mis pecados, iré a un lugar en donde Louis no estará-y se volvió hacia Charles-. ¿Cree en el cielo y en el infierno? ¿No? Yo sí. Y lo veré en el infierno. Allí saldaremos cuentas, estoy… segura.

Y sin poder agregar más, quedó inerte ante la indiferente mirada de su asesino. Ed la miró consternado. Al menos, su muerte no fue muy prolongada y terrible. Y Ed estaba seguro de que Gasden la estaría esperando para ir juntos hacia donde debieran ir.

-Lástima-dijo el otro con tono descuidado-. Yo quería enmarcarla en rojo. Pero bueno-y miró a Ed con una sonrisa lunática-. Pero supongo que tú podrías pagarlo.

-¡Eso nunca te lo perdonaré!

Y con gesto veloz, el hombre tomó con saña los cabellos del chico obligándolo de un tirón a volver la cabeza hacia atrás y pegando su rostro demoniaco al del rubio.

-¿Y quién dijo que quería tu perdón, Ed?

-Libérame y verás-lo desafió el muchacho. El otro soltó una risilla-. Ahora sé todo sobre ti. Conozco tu pasado, tu presente y, lo que es más, tu futuro.

-¿En serio?-Charles levantó una ceja, interesado.

-Tú eres medio hermano de Roy-soltó Ed. El otro lo miró impactado, pero sin mostrar expresión alguna en su rostro que ahora parecía esculpido en piedra. Ed continuó-. Tu padre es el padre de Roy, pero sus madres son diferentes. El hecho de que tú seas mayor es que naciste fuera del matrimonio. Y cuando por fin se iban a casar, apareció esa otra mujer, la madre de Roy. ¿Cómo voy?

El otro no respondió nada. Ed continuó:

-Después, por despecho, tu madre se casó con el hermanastro. Pero eso no borró la huella de tu padre. Y tu padre adoptivo se dio cuenta de ello. Sin poder soportarlo, los abandonó, y de hecho creo que él fue en realidad tu primera víctima; y luego, cuando tu madre intentó deshacer el matrimonio en el que se había sumergido la persona a la que en verdad amaba, él la amenazó y le dijo cosas que no pudo soportar, llevándola a la muerte. ¿Fue así?

De nuevo silencio.

-Posteriormente-continuó Ed, cada vez más confiado-, el padre de ambos no pudo soportar del todo la culpa y te acogió en su casa. Al principio, estabas triste como todo niño que pierde a la única persona que era su familia más cercana, pero todo cambió cuando por azares del destino encontraste ciertos documentos, cartas o qué-sé-yo en donde decía toda la verdad. Fue entonces que el odio creció en ti y comenzaste a planear tu venganza. Cambiaste tu actitud radicalmente y te acercaste lo más que pudiste a tu familia adoptiva, con el único objeto de analizarlos como presas que eran a tus ojos. Y lograste tu objetivo. Al menos en parte. Porque no pudiste matar a Roy. O más bien, no lo quisiste. En el último momento, decidiste dejarlo con vida. ¿Quieres que te diga por qué razón lo hiciste?

Los ojos del hombre centellearon, pero su boca permaneció tan sellada como al inicio de la conversación acerca de su pasado.

-Dejaste con vida a Roy porque querías que sufriera lo mismo que tú-dijo Ed con los ojos que parecían oro fundido clavados en los del otro-, porque pensabas que así él te comprendería, que comprendería tu dolor y la razón por la que mataste a sus padres. Pero fallaste en un punto. Roy no sabía nada de tu pasado, quizá ahora siga ignorándolo. ¿Te digo algo? El día en que decidas decírselo, posiblemente no lo tome por ese lado. Y es que simplemente para él esa clase de conducta le parece infundada, sean cuales fueran las circunstancias. Así es Roy. Siempre poniendo el sentido de justicia y lo moral antes que incluso sus propios sentimientos. Y es por eso también que mataste a todo lo que le era cercano, para que dejara de lado a la moralidad y se enfocara en sus sentimientos, que naciera en él el sentimiento de matarte, y que así fuera como tú. Pero Roy es diferente a ti. Lo sé. Jamás podrás lograr que sienta lo que quieres que sienta. Y es que tu único objetivo, tu verdadero objetivo, no ha cambiado. Siempre ha sido que Roy…

-De acuerdo-Lo interrumpió secamente el hombre, con una voz gutural, como si su garganta estuviese seca-. Si quieres que te libere, eso haré. Dime-dijo sacando la daga curva con la que solía jugar de vez en cuando-, ¿dónde quieres que corte? ¿Arriba o debajo de la muñeca?

Y al mismo tiempo que lo decía, puso la daga por debajo de la muñeca derecha de Ed. En un acceso de pánico, Ed lanzó una patada al oponente, quien, haciendo gala de una agilidad impropia de alguien de su tamaño, se apartó esquivando por completo el golpe.

-Creo que alguien todavía tiene cuerda-dijo el otro-. Y te digo algo, ya no te voy a liberar. No te preocupes. Lo haré, pero antes quiero hacer algo que "mi primo", por cobarde, nunca pudo. Al menos quiero hacer eso en su honor.

-¿De qué demonios estás hablando?-sibiló Ed.

-¿Por qué crees que no te amarré los tobillos?-sonrió relamiéndose el otro. Y sin darle tiempo a coordinar ideas, volvió a tomar a Ed por los cabellos y, obligándolo a alzar la cara, le dio un salvaje beso en los labios que Ed no pudo resistir de lo repugnante que era. Con saña, Ed mordió el labio inferior de su agresor, pero ni así se retiró.

El hombre no se retiró, pero estaba molesto por la sangre que ahora recorría desde su labio hasta la barbilla y caía en gotas al suelo, y por eso decidió castigar a Ed. Sosteniendo la daga en la otra mano, y aprovechando la maestría con que la manejaba, colocó la punta de la hoja en la cintura de Ed y recorrió la línea desde su punto de partida hasta el muslo de Ed, deñando a su paso una línea sanguinolenta poco profunda que sólo sangró un poco, pero que destrozó hasta ése punto esa pierna del pantalón. Al sentirlo, Ed quiso dar un gemido involuntario, pero el hecho de que tenía aun asesino maniaco pegado a sus labios no pudo. Claro que eso fue aprovechado por el mayor para profundizar más el brutal beso. El pobre de Ed sentía que se ahogaba.

Por fin, Charles se retiró y Ed inhaló profundamente, jadeante. Pero el otro no se detuvo allí. No. Echó de nuevo la cabeza de Ed hacia atrás y continuó besando el cuello del chico, bajando hasta los hombros. El polo le estorbaba, por lo que también, con unos cuantos trazos calculados y diestros, cortó la prenda superior del chico, dejándole también heridas sangrantes. A Ed se le puso la piel de gallina, en parte por el friazo que hacía y por otra por el estrés de estar en esa vulnerable condición. Se había intentado liberar de forma inconsciente de las esposas, haciéndose daño con los bordes dentados de las mismas, pero poco le importaba.

-¿Tienes frío, Ed? ¡Pobrecillo! ¿Quieres que entremos en calor?

Ed no contestó. Por extraño que pareciera, la mente de Ed estaba ausente, como si ese hubiese sido el mejor medio de defensa que había podido encontrar en esos tortuosos momentos. No podía aceptar lo que estaba por suceder.

-(Si Roy quería hacerme esto, como afirma éste payaso, ¿por qué entonces jamás lo hizo? Tuvo muchas oportunidades. Con forzarme un poco hubiera bastado. Y en verdad hubiera preferido que mi primera vez fuese con él, en lugar de éste maniaco).

Pero ya poco podía hacer. Todo lo que sabía del pasado de Roy y de Charles, todo, se había borrado de su mente, intentando no pensar en nada, e ignorando cómo es que el hombre bajaba lentamente hasta donde Ed no quería que llegase.

-(¡Qué haga lo que quiera, menos eso!)-chilló desesperada la mente del muchacho-(¿Por qué? ¿Por qué lo hace? Y ¿por qué tengo tanto miedo?).

Sí, había perdido el juego y ahora estaba a merced del enemigo. Ésa era la recompensa de "La Muerte Lenta", tenerlo para él. Charles se detuvo entonces y sorpresivamente antes de llegar a la entrepierna del chico, y lo miró a los ojos, soltándole el cabello. Y sonrió.

-Debes sentirte honrado, Ed-dijo el otro en un tono extrañamente considerado-. Eres la primera víctima con quien haré esto. Sinceramente, eres la primera persona que despierta este extraño deseo en mí. ¡Y yo que me creía muy por encima de éstas pasiones tan bajas! Creo que tienes esa extraña cualidad también, Ed.

-(Eso no me hace sentir mejor)-se dijo Ed desconsolado. Hubiera preferido la peor muerte de todas a eso.

Pero el otro no esperó respuesta y besó de nuevo a Ed, pero esta vez un poco más suavemente. Ed no correspondió, estaba cansado y vencido. Parecía un cuerpo muerto. Pero el fuego de sus ojos aún no había desaparecido, y esa era la única señal de vida que le quedaba.

Después de separarse por segunda vez, el asesino se acercó al oído del muchacho y le murmuró con su voz sugestiva:

-Puede que esto te duela un poco, pero te acostumbrarás pronto.

Ed no tuvo reacción alguna, pero hizo un drama mental.

-(¡Como diablos se atreve a decirme eso! ¡Me va a violar, y eso es lo peor de todo! ¿Cómo que me voy a acostumbrar? ¡Idiota!)-de pronto le entró una extraña melancolía-. (Perdóname, Al. Te dejaré todo a ti. Ojalá y no cometas los mismos errores que tu estúpido hermano).

Y cuando el otro ya estaba deshaciéndose del pantalón del chico, se escuchó un fuerte sonido, un golpe seco y atronador que irrumpió en el silencio del abandonado almacén. Ed sólo pudo distinguir una luz potente y deslumbrante que contrajo sus pupilas, pero Ed se negó rotundamente a cerrar los ojos.

-(¡Ay, no! Veo una luz… Y hay algo en ella. Puedo distinguir unas sombras. Y una me resulta muy familiar…)

-¡Arriba las manos en nombre de la ley!-gritó una voz conocida y en la sombra que se perfilaba se distinguió la imagen de Roy Mustang, seguido de sus subordinados, todos portando armas listas para disparar al menor movimiento sospechoso.

-Creo que han llegado por ti, Ed-dijo el otro, molesto, y se pegó al muchacho para usarlo como escudo en caso necesario-. ¡Cuánto tiempo, primo mío!-gritó a Mustang-. ¿Has venido por él? Veo que has podido encontrar el lugar-y lo miró desdeñosa y furiosamente-. No creía que dieras con tanta prisa con este lugar. Había calculado que cuando llegases, sólo encontraras el cuerpo de Ed en un estado poco agradable para ti.

-Aléjate lentamente del muchacho-continuó Mustang, sin prestar atención al asesino-, y levanta las manos en donde podamos verlas. Estás atrapado, "Muerte Lenta". Esta vez, perdiste.

-Nos han interrumpido en algo importante-dijo Charles sin hacer caso de la orden-. Estábamos en un momento muy privado.

Y tomando la cara de Ed, besó la mejilla del más joven con la clara intención de hacer enfadar a Roy. Éste se tragó su enfado y se obligó a pensar con claridad. Fue entonces cuando Riza divisó el brillo de la hoja que el otro blandía, con la intención de hacerle daño a Edward.

Entonces sonó el disparo.

La bala le dio en el hombro y la hoja cayó de su mano inerte. Por reflejo, Charles se sostuvo la herida sangrante para detener en la medida de lo posible el sangrado, y se apartó de Ed para ponerse a resguardo tras los estantes, cosa que detonó la lluvia de balas. Desafortunadamente, ninguna otra llegó a alcanzarle. Roy se adelantó hacia Ed con la preocupación pintada en su rostro, mientras que los otros se entretenían con el criminal.

-¡Edward!-gritó cuando llegó hasta el muchacho-, ¿Estás bien?

Edward lo miró y sonrió cansinamente.

-¿Comparado con quién?

-Quédate quieto-le ordenó el hombre en lo que ponía la boca del revólver en el aro que sostenía las esposas y disparó para romperlo.

Después ayudó al entumecido muchacho a ponerse de pie y le sobrepuso la gabardina negra en la que llevaba los cartuchos tras valorar el estado general del chico. Ed presentaba un aspecto lamentable, y eso previno a Roy de soltarle unas cuantas verdades al rubio.

-Salgamos de aquí-dijo Roy.

-Aún no hemos capturado al enemigo-se negó obstinadamente Ed. Roy lo miró fríamente.

-Eso ahora no te importa. Nuestra prioridad es ponerte a salvo.

-Su prioridad como policías es preservar el orden público-replicó Edward con tozudez-. Si lo dejan ir volverá a matar en cuanto se recupere.

-Entonces nos haremos cargo de él entonces-tomando a Ed del brazo, prácticamente lo arrastró hacia la salida, pero el chico, a pesar de su debilidad, se resistió con todas sus fuerzas. No se lograba sacar de la cabeza a Louis Gasden ni a Anna Leander, quienes habían sacrificado su vida. No iba a permitir que sus muertes fuesen en vano.

-¡No! Vamos a acabar esto el día de hoy-dijo el muchacho-. Y si tengo que morir para que sea así, que así sea. Pero hoy termina todo.

Roy estuvo a punto de soltarle una bofetada al menor, pero una sombra delante de él y el brillo de un arma de fuego lo alertaron. En lugar de golpear al mayor de los Elric, lo empujó a un lado al tiempo que un sonido atronador salía de la boca del arma que Charles Mustang había apuntado con precisión al cuerpo de Roy.

Roy sintió el dolor destructor cuando la bala lo atravesó. Sólo pudo recordar la expresión de terror y preocupación que se pintaba en el rostro de Edward, una imagen que Roy jamás podría olvidar. Al menos estaba feliz de que lo último que había cruzado su visión antes de sumirse en una insensible nada fuera el rostro del muchacho que había logrado cambiar su vida y su corazón.


Aquí está ya el nuevo capítulo! Espero que lo hayan disfrutado y que no hayan sufrido demasiado. Pobrecito de Ed, en qué predicamentos lo pongo. Y bueno, de Roy no puedo decir menos... Bien! Ya cumplí el deseo de Yuki, y espero que con esto deje de moletar al menos un ratito a Sol. Sólo espero que le dure hasta que tenga el próximo cap.

Por favor! Dejen reviews! Quiero saber cómo es que va mi primera historia. Y gracias además por los reviews que me han dejado. Me han ayudado a encauzar la historia a este nivel, que espero que no les desagrade. Y espero que me perdonen también por hacerlo más largo que los demás, pero era necesario.

Nos vemos en el próximo capítulo!

Jane!