Buenas noches :3
Ando algo ocupada buscando trabajo, así que tendrán que perdonarme por el retraso de este capitulo ;)
Aquí se los dejo y agradezco de antemano sus comentarios.
Atención: InuYasha y todos sus personajes son propiedad de Rumiko Takahashi. Yo solo escribí la historia por gusto y diversión, además de que me encanta este anime.
Capitulo 11: Enfermedad y Dolor
Se dice que algunos animales tienen la capacidad de olfatear ciertas enfermedades en otros seres vivos. Algunos demonios también pueden hacerlo ya que su desarrollado olfato les brinda muchas ventajas. Lord Sesshomaru se dio cuenta de que había algo extraño en la princesa, algo que era tenue casi imperceptible. Pero estaba ahí, en su interior, comenzando a crecer y dañar. Eso fue lo que le impidió asesinarla o tal vez fue por malsano placer, que la dejó vivir. Sus pensamientos eran un misterio.
…
Fiesta anual del pueblo.
El ambiente era de júbilo en la plaza central del lugar, muchas antorchas y faroles de papel multicolor adornaban las casas. Había mesas con comida y bebida, la gente platicaba, reía y bailaba al ritmo de los instrumentos que ejecutaban una alegre tonada.
Los niños corrían de un lado a otro, entretenidos en sus juegos infantiles. InuYasha e Imari no eran la excepción y retozaban con mucha energía acompañando a los demás infantes, siempre bajo la vigilante mirada de sus madres. Era una época de celebración dado que la cosecha había sido abundante y el comercio con el pueblo vecino había dejado ganancias. Todos los habitantes se habían organizado para el festejo y ahora disfrutaban del momento de ocio.
Tres mujeres estaban cerca de una mesa con un amplio surtido frutal, cada una disfrutaba de una porción al tiempo que platicaban animadamente.
–Que agradable es esto– dijo Izayoi.
–Tiene razón princesa– contestó Nori. –A mi me encantaría bailar. –
– ¿Y por qué no lo haces Nori?, invita a bailar a alguno de ellos– comentó Kazumi, señalando con la mirada a un grupo de hombres que se reían distraídamente.
La mujer mayor se sonrojo. –Como dices eso jovencita, me daría mucha pena– una pequeña risa incómoda. –Lo más normal sería que alguno de ellos me invitara a bailar. –
–Vamos Nori, no tiene nada de malo que tu tomes la iniciativa y lo invites– habló de nuevo Izayoi, guiñándole un ojo.
La nana estaba a punto de contestarle cuando de pronto la princesa se llevó una mano a la frente, sus ojos se entrecerraron y después se pusieron en blanco. En un segundo la fruta que comía cayó de su mano, dio un paso vacilante hacia el frente y sus rodillas dejaron de sostenerla, desplomándose pesadamente.
– ¡Izayoi!– dijo asustada Kazumi, acercándose de inmediato a su lado y tratando de reanimarla.
Nori comenzó a hacerle aire con la mano al tiempo que le tocaba la frente. – ¡Princesa, reaccione por favor!– le habló con desesperación. – ¡Ayuda por favor, que alguien nos auxilie!– gritó a las personas de alrededor.
Rápidamente la atención se centro en ellas y dos hombres se apresuraron a cargar a Izayoi, mientras otro llamaba al médico del pueblo.
En medio de la conmoción, InuYasha observaba fijamente a su madre desde cierta distancia. Un irracional miedo estrujo su corazón al contemplarla inerte y un terrible presentimiento lo invadió.
…
Un rato después, la princesa reposaba en su habitación. Tenía temperatura y Nori intentaba disminuirla con compresas de agua fría. Solamente había abierto los ojos un momento para contemplar el rostro asustado de InuYasha, después volvió a quedarse dormida.
Ya la había revisado el doctor de la aldea, dejándole instrucciones a la nana para preparar ciertas infusiones medicinales para que las tomara en los siguientes días. El viejo galeno había notado una extraña palidez en Izayoi y pensó que podría ser por una mala alimentación o por intoxicación. Sin embargo, se comprometió en visitarla para vigilar su recuperación.
Nori salió de la recámara cerrando la puerta detrás de ella. –Ya bajó la fiebre, ahora solo duerme– dijo.
– ¿Qué le habrá sucedido?– preguntó Kazumi, quien permanecía en la sala con su hija.
–El médico dice que podría ser por falta de una adecuada alimentación, pero no creo que sea eso– contestó la mujer mayor.
–Espero que se recupere pronto. Imari y yo nos retiramos, vendremos mañana por la tarde– indicó la joven.
– ¿Y dónde está InuYasha?– preguntó la niña.
–Está sentado junto a su madre, no quiere moverse de ahí– comentó la nana.
–Será mejor que estés con él y con Izayoi. Hasta mañana– se despidieron madre e hija.
…
InuYasha no dejaba de vigilar el sueño de su madre, cada cierto tiempo humedecía el paño en agua para volver a colocarlo sobre su frente. No quería ir a dormir, pero el sueño ya pesaba sobre sus parpados. Nori entro a la habitación, traía consigo un futon y una manta extra.
Después de colocarlos al lado de la princesa le habló a InuYasha. –Duerme un rato pequeño, yo la cuidare. –
–No quiero dejarla sola– contestó el niño con los ojos amodorrados.
–No estará sola, vamos a quedarnos a su lado toda la noche– dijo la mujer.
Mientras tanto, en el patio permanecía Myoga escuchando en silencio, cerca de la ventana del cuarto. Había estado meditando sobre qué hacer respecto a la información obtenida después de beber su sangre. Se había mantenido indeciso porque desconocía la enfermedad, pero guardaba la esperanza de que el curandero humano pudiera ayudarla. No diría nada por el momento, solamente se mantendría expectante, tal vez existía la posibilidad de que no fuera algo grave.
…
Al día siguiente Izayoi despertó con un terrible dolor de cabeza, que fue aminorando poco a poco conforme tomaba el té que Nori le preparaba. Posteriormente, el doctor la visitó durante toda la semana, revisando sus síntomas y recomendándole que comer y que beber. Durante esos días Izayoi hizo poca actividad física, ya que un extraño cansancio la invadió. Su salud parecía frágil y por momentos la nana pensó que empeoraría.
Afortunadamente días después, Izayoi comenzó a recuperar las fuerzas. Poco a poco su vitalidad regresaba y de manera gradual volvió a sus actividades normales. Nori e InuYasha sintieron un gran alivio.
–Mami, ¿ya no te sientes cansada?– preguntó el niño, mirando a su madre desde la entrada a la cocina.
–Ya estoy bien hijo, la medicina del doctor me ayudó– contestó la joven. –Ahora ve a lavarte las manos y llama a Nori, ya vamos a comer. –
El pequeño solamente sonrío y se alejo rápidamente en busca de la nana. En ese momento la joven volteo a hacia la ventana, Myoga llegaba saltando desde el patio.
–Saludos princesa– dijo.
–Hola Myoga, no te había visto desde hace unos días, ¿estabas de viaje?– preguntó ella.
–No exactamente princesa, he estado recorriendo el valle y averiguando con mis contactos de la frontera Oeste, qué saben acerca del señor Sesshomaru– explicó Myoga.
La mujer hizo un gesto de nerviosismo al tiempo que tragaba saliva. – ¿Hay malas noticias?–
–No princesa, no se inquiete. Creo que por el momento ya no tendremos que preocuparnos por el Lord. Él ha vuelto al palacio del Oeste y según me dijeron, está ocupado con sus responsabilidades de estado– indicó el sirviente. –Tal vez de ahora en adelante podamos seguir en paz con nuestras vidas. –
–Pero sé que en algún momento él volverá para enfrentar a mi hijo– dijo la princesa con seriedad.
–Dejemos que el tiempo avance y no desaprovechemos esta oportunidad de vida. Cuando llegue el momento, yo hablaré con InuYasha para que se prepare a futuro y esté listo para luchar por lo que le corresponde– finalizó Myoga.
…
Un mes después.
Izayoi se encontraba en el patio tendiendo unas mantas. Era media mañana y la casa estaba tranquila, InuYasha había ido a visitar a Imari para jugar, mientras que Nori estaba comprando algunas cosas en el almacén del pueblo y Myoga se encontraba en su partida semanal de mahjong con el señor Kenji.
Todo parecía transcurrir normalmente cuando de repente la joven sintió un fuerte mareo. Cayó de rodillas al pasto y se sostuvo con sus brazos, la vista se le oscurecía y sus sienes comenzaron a punzar al mismo tiempo que un aturdimiento recorrió su cuerpo. Parpadeo un par de veces cuando vio que la hierba se teñía de rojo. Tratando de no perder el equilibrio, dirigió una mano a su rostro e inmediatamente se dio cuenta que la sangre fluía de su nariz.
– ¡No puede ser…!– susurró débilmente antes de caer desmayada.
…
Cuando abrió los ojos pudo ver el rostro de su hijo, el pequeño tenía una expresión de angustia.
– ¡Mami!– dijo emocionado y se abrazó a ella con fuerza. –Me asuste mucho… tu no despertabas y yo…yo no sabía qué hacer. –
Nori entro en ese momento a la habitación. –Princesa, que bueno que ya despertó…– dijo con alegría. –Cuando volví, InuYasha estaba muy sobresaltado, él la encontró tirada en el patio, ¿qué sucedió?–
–No lo sé… simplemente sentí un mareo y después comencé a sangrar de la nariz… no recuerdo nada más– contestó Izayoi, soltando a InuYasha quien ya parecía más tranquilo.
–Será mejor visitar de nuevo al médico, no me parece normal ese desmayo. Además, he notado que se fatiga muy rápido… ¿por qué no ha dicho nada?– cuestionó preocupada Nori.
–Yo pensé que era algo pasajero, por eso no le di importancia– indicó Izayoi.
–Mami, debemos pedirle más té al doctor– intervino InuYasha.
–Si hijo, tendré que consultarlo de nuevo– respondió ella con una sonrisa.
Más tarde los tres visitaron al galeno, quien volvió a revisarla y a tratar de descifrar qué era lo que sucedía con Izayoi. Siendo tan joven no debería tener ningún problema de salud, sin embargo no se podía descartar la posibilidad de que tuviera alguna enfermedad. Nuevamente un tratamiento con plantas medicinales y algunas recomendaciones extras fue lo que recibió la princesa.
No obstante, el malestar general persistía y poco a poco se presentaron otros síntomas. A lo largo del siguiente mes, el cansancio se mantuvo constante, los mareos eran impredecibles y a veces venían acompañados con dolores de cabeza. Llegó un momento en que la molestia fue tan fuerte, que la obligo a pasar el resto del día recostada en su habitación.
Nori salió de la recámara, su mirada reflejaba preocupación. –Pobre de mi querida Izayoi, su salud está decayendo nuevamente– pensó.
–Tal vez deberíamos buscar otra opinión– dijo la pulga, que se encontraba en el pasillo. –He oído rumores de una curandera en el siguiente pueblo. –
–Sí, estoy de acuerdo… señor Myoga, realmente me preocupa la princesa, ella siempre fue una niña muy sana y jamás dio muestras de debilidad, ni siquiera cuando se resfriaba… tengo un mal presentimiento– expresó la mujer con tristeza.
El pequeño demonio percibió la pena de la mujer. –Haremos todo lo posible por ayudarla…–
…
Dos días después.
InuYasha se encontraba en la colina favorita de su madre, sentado en un viejo tronco mirando a la nada. Imari lo acompañaba como siempre, en un gesto de fraternidad y apoyo.
–Tengo miedo Imari…– dijo el chiquillo.
–No te preocupes, tu mamá se curara pronto– le contestó la niña, abrazándolo.
–Niños es hora de regresar– dijo una voz a sus espaldas.
Los infantes bajaron del tronco y cada uno tomó una mano de la mujer. Kazumi había aceptado cuidar a InuYasha en lo que Izayoi, Nori y Myoga viajaban al otro poblado para consultar a la curandera. Al principio el niño quería ir con ellos pero Imari lo convenció de quedarse y esperar. Pasarían al menos tres días antes de que su madre regresara.
La mujer notó la angustia del pequeño. –InuYasha, no estés triste, yo sé que tu mamá es una mujer muy fuerte. Ya verás que cuando regrese, estará mejor y seguramente preparara tu postre favorito– le dijo.
–Espero que esté bien, ya quiero que vuelva– respondió desganado.
Más tarde después de cenar.
Los niños jugaban con unos muñecos y una pelota en la estancia. Kazumi cosía una tela y de vez en cuando miraba de reojo al pequeño mestizo. – ¿Que sería de éste niño si algo le sucediera a su madre?– meditó.
Había estado al pendiente de Izayoi desde la primera vez que se desmayo en la fiesta. Incluso le ofreció su apoyo cuando no pudo hacer sus labores. Ahora estaba más preocupada, ya que su amiga parecía más delgada y recientemente había descubierto que ocultaba unos extraños moretones en brazos y piernas. Kazumi sabía que esas marcas no eran normales, no parecían golpes, sino extrañas manchas que iban resaltando poco a poco sobre su piel, definitivamente algo no andaba bien.
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Los tres viajeros por fin habían llegado al pueblo y por fortuna consiguieron localizar rápidamente a la curandera. Se dice que esta anciana rebasa los cien años de edad y es experta en curar extraños males. Su morada tenía un raro aire sobrenatural, sin embargo, era una mujer sumamente respetada en ese lugar y en las tierras más allá del territorio Norte, incluso algunas criaturas sobrenaturales la conocían. Myoga había escuchado de ella hace tiempo y tuvo la intención de consultarla tan pronto se dio cuenta del extraño sabor en la sangre de Izayoi, no obstante decidió esperar un poco, antes de tomar una decisión precipitada. Pero ahora que la salud de la princesa había empeorado, se lamentaba no haber iniciado el viaje antes.
–Buenas tardes señora, mi nombre es Izayoi– se presentó humildemente la joven.
–Hola pequeña, yo soy Naoru, ¿en qué puedo ayudarte?– respondió la anciana, mirándola fijamente con opacos ojos grises.
La princesa sintió como la centenaria mujer la examinaba profundamente con sólo la mirada, provocándole un poco de incomodidad. Pero a pesar de ello, comenzó a explicarle todos sus síntomas y lo que había estado sucediéndole en los últimos dos meses. La curandera escuchó atentamente y después le pidió a Izayoi que le permitiera revisarla, empezando por sus ojos y después por las marcas de su piel.
Afuera del lugar, Myoga y Nori esperaban pacientemente en silencio, rezando por buenas noticias. Pasó alrededor de media hora en la que sólo se escuchaban murmullos y el olor de hierbas quemadas colmaba el ambiente. Poco después la puerta se abrió y la joven salió caminando con gesto tranquilo.
–Gracias señora Naoru– dijo Izayoi haciendo una reverencia a la anciana.
La vieja curandera asintió con la cabeza, manteniendo un gesto ligeramente serio. –Vayan con cuidado– fueron sus únicas palabras. Entonces su mirada se posó en la pulga y susurró mentalmente una petición. –Pequeño demonio, necesito hablar contigo. –
…
Más tarde, las dos mujeres dormían en una pequeña posada. Myoga permaneció en un rincón de la habitación, esperando pacientemente a que la noche avanzara. Después se incorporo y salió del lugar en absoluto silencio, dirigiéndose al hogar de la curandera. La anciana ya lo esperaba en la entrada y su lúgubre gesto le sugirió que el asunto para el cual lo requería, no era nada grato.
–Buenas noches demonio– saludó la vieja mujer.
–Puede llamarme Myoga, señora– contestó la pulga. – ¿Porque me ha citado?–
– ¿Qué relación mantienes con esas mujeres?– preguntó. –Es decir, por lo regular las criaturas sobrenaturales se mantienen a distancia de los humanos– indicó.
–Es una cuestión de amistad y lealtad con ellas y con el hijo de la princesa Izayoi… su padre fue mi amo– respondió Myoga con seriedad.
–Bien, te preguntó esto por una razón importante– la curandera hizo una pausa y cerró un momento los ojos. –Esa jovencita está condenada a muerte… – dijo con seriedad.
Myoga pudo notar el escalofrió recorrerle la espalda antes de poder hablar. –No puede ser…–
–Tú eres un demonio que se alimenta de sangre, ¿verdad?– preguntó la anciana. – ¿Haz probado su sangre?–
El pequeño sirviente desvió la mirada y su silencio fue suficiente respuesta.
Naoru soltó una pesada exhalación antes de continuar. –Entonces lo sabes… esa muchacha tiene una enfermedad que no se puede detener… ese mal no tiene cura– sus palabras fueron crudas y tristes a la vez.
– ¿No hay ninguna posibilidad?– preguntó la pulga.
La anciana negó con la cabeza. – A pesar de mis décadas de experiencia, desconozco su mal y no hay manera de sanarla… ella no es la primera persona que he visto con esos síntomas y no será la última que muera por ese padecimiento… –
– ¿Entonces qué fue lo que le dio?– preguntó Myoga, recordando que Izayoi llevaba una plantita de extrañas hojas y un paquete envuelto en tela cuando salió de su revisión.
–Medicina atenuante… para controlar su dolor– explicó Naoru. –Lo lamento pequeño demonio, prepárense para lo inevitable– fueron sus palabras finales antes de regresar a su morada.
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Tres días después, el trió regresó a la aldea.
– ¡Mami, que bueno que volviste!– grito InuYasha al ver a su madre en la puerta.
–Hola mi amor, ¿cómo has estado?– preguntó ella, levantando en brazos al pequeño. Tan pronto llegaron al pueblo, Izayoi fue por él a casa de Kazumi.
–Bien mami, Imari y su mamá son muy amables conmigo– contestó el niño.
Izayoi sonrió, al tiempo que soltaba al infante. –Ve por tus cosas, tengo que hablar con Kazumi. –
– ¿Cómo estas Izayoi, que te dijo la curandera?– preguntó la otra mujer.
–Estoy bien, solo tengo que tomar más infusiones y mejorar mi alimentación– contestó sonriente Izayoi. –Gracias por cuidar a InuYasha. –
–No te preocupes, ya sabes que cuentas conmigo. Ojala te recuperes muy pronto– dijo con sinceridad Kazumi.
Madre e hijo se despidieron, dirigiéndose a su hogar.
…
La noche llegó y avanzó lentamente.
La puerta al jardín se abrió e Izayoi salió caminando en silencio. Frente al cenotafio de InuTaisho se arrodilló y sus manos se unieron para comenzar una plegaria al tiempo que una lágrima humedecía su mejilla.
–Concédeme el tiempo necesario para velar por mi hijo…– susurró.
Alguien habló con voz triste detrás de ella. –Princesa… –
–Myoga, sé que la curandera habló contigo también… por favor, nadie debe saberlo– pronunció con firmeza a pesar del nudo en su garganta.
–Eso es imposible, aunque nadie diga nada, todos se darán cuenta– respondió la pulga.
–Escúchame por favor… la señora Naoru fue muy sincera conmigo y a pesar de lo terrible que pueda parecer… yo no le temo a la muerte– su voz fue disminuyendo. –Lo único que lamento es que no podre seguir cuidando de InuYasha. –
La princesa se derrumbó y silenciosas lágrimas escaparon de sus ojos. El sirviente agacho la mirada, tratando de controlar sus propias emociones, pero fue inútil.
–Pero princesa… ¿entonces usted se ha resignado?– cuestionó con tristeza.
–Todo tiene que morir y la vida debe continuar… yo ya esperaba mi muerte desde que Lord Sesshomaru nos encontró… y realmente lo que más me preocupa es que mi hijo esté a salvo– dijo entrecortado. Su voz seguía quebrada y sus ojos reflejaban una gran pena, no por ella, sino por el futuro de su vástago. –Myoga, júrame que cuidaras de InuYasha… –
– ¡Lo juro por mi vida, princesa!– contestó el fiel sirviente.
–Gracias… ahora, por favor déjame sola, lo necesito– finalizó, girando lentamente hacia la tumba.
El pequeño demonio sintió un dolor en el pecho y apretó con fuerza los parpados a pesar de las lágrimas, hizo una reverencia y se alejo en silencio. El viento sopló a través de los árboles y el frío ambiental se sintió más pesado que de costumbre. A lo lejos, los sonidos de animales nocturnos parecían entonar un funesto réquiem.
…
Los siguientes meses Izayoi continúo su vida como si nada sucediera. La desconocida enfermedad crecía en su interior y aunque lentos, lo síntomas fueron empeorando. A pesar de comer lo necesario y vigilar su salud, el extraño mal comenzó a consumirla gradualmente.
Su familia y amistades se dieron cuenta a pesar de que ella lo negó al principio y en silencio lo fueron aceptando con resignación, después de que Myoga hablará con ellos. Nori, Kazumi y el señor Kenji se enteraron cuando estaban celebrando el cumpleaños de la pequeña Imari. La princesa se desmayó en medio de todos y comenzó a sangrar de boca y nariz, sufrió una convulsión y al día siguiente permaneció inconsciente. En ese momento, y sin que los niños se dieran cuenta, el pequeño demonio les confesó todo y con lagrimas en los ojos les suplicó que la apoyaran hasta el final. Decidieron mantener a InuYasha en la ignorancia, por su propio bien.
El tiempo siguió su marcha, Izayoi demostraba una gran entereza a pesar de la debilidad que la aquejaba, a pesar de las fiebres nocturnas, los sangrados nasales, la pérdida de peso y los terribles mareos. La planta que le obsequiara la vieja Naoru, crecía abundantemente y sus hojas era una medicina que le ayudaba a soportar el terrible dolor que se expandía por su interior. Lamentablemente, llegó el momento en que su efecto ya no fue suficiente para calmar el sufrimiento.
…
InuYasha sabía que su madre estaba muriendo. No fue necesario que nadie se lo dijera, su propio instinto se lo susurraba cuando la miraba a los ojos y veía como su brillo se iba apagando. Ese terrible presentimiento que le estrujo el corazón hace tan sólo unos meses, cuando la vio desmayarse por primera vez, se había vuelto una cruel realidad. La impotencia de verla marchitarse lentamente y no poder hacer nada por ella, era el peor dolor que jamás había sentido en su corta vida.
Conforme pasó el tiempo, la princesa Izayoi se debilitó hasta que cierto día ya no pudo levantarse del futon.
–Mami… tú siempre estarás conmigo, ¿verdad?– preguntó esperanzado el niño.
–Hijo, yo estaré contigo… aunque no me puedas ver– contestó ella con dificultad.
–Estas mintiendo… – dijo con tristeza al tiempo que comenzaba a llorar.
–InuYasha… no quiero que llores, recuerda que eres hijo del gran InuTaisho– le pidió, acariciando su mejilla.
–No es justo, no quiero que me dejes– suplicó, limpiándose las lágrimas.
–Cariño… ¿has visto las flores del campo, has visto cómo nacen, crecen y mueren?– preguntó Izayoi.
–…– el niño mantuvo el silencio y sus orejitas se agacharon. La analogía era tan clara y tan dura que no sabía cómo asimilarla.
–Hijo, todo ser vivo pasa por ésta etapa de transición, unos antes y otros después… no estés triste por algo que es tan natural como la salida del sol– explicó la princesa.
–Pero mami… yo no quiero… yo…– el niño comenzó a llorar nuevamente.
Ella se levantó con dificultad y lo abrazo contra su pecho. Una lágrima recorrió su mejilla y cayó sobre el pelo blanco del pequeño. A pesar del dolor que sentía como madre, no podía permitir que su hijo se derrumbara, no dejaría que InuYasha se debilitara por esta tragedia, él tenía que ser fuerte y debía prepararse para el futuro.
–Escúchame InuYasha, nunca olvides tu linaje y cuando llegue el momento, busca la herencia de tu padre– pidió con firmeza, separándolo lentamente de su regazo. –Quiero que me prometas que jamás cederás ante la irá… prométeme que serás valiente y que nunca te dejaras vencer por la adversidad… júrame que siempre serás un muchacho noble y que harás lo correcto pase lo que pase… –
El chiquillo la miraba con los ojos llorosos y lentamente asintió a sus palabras.
– ¡Lo prometo!– contestó.
La mujer se recostó nuevamente y sujetando la mano del niño, hizo que se acercara a ella para colocar un beso en su frente. –Te amo hijo, nunca lo olvides. –
–Yo también te amo… –dijo InuYasha, estrechando con fuerza la mano de su madre.
Ella sonrío y su rostro se relajó al tiempo que cerraba los ojos.
– ¿Mami?–
La mano de Izayoi se aflojó e InuYasha escucho claramente como el corazón dio su último latido dentro del pecho, para después quedar solamente en frío silencio.
– ¡Mamá!–
El desgarrador grito del niño se escuchó por toda la casa. Afuera de la habitación, Nori y Myoga lloraron en silencio.
Continuara...
T_T no se ustedes, pero a mi me costo trabajo hacer la corrección final porque me ganaba el sentimiento. Este es el penúltimo capitulo, la próxima semana espero traerles el final. Gracias por leer y por sus comentarios.
