~ Atonement.
Idea original: J Inicua.
S- Elizabeth- Hp: Ojalá que éste te guste ;). Te dejo muchos besos y saludos.
Capítulo 10: ilusión
Estaba segura de tener ese sueño nuevamente donde repetía una y otra vez, los escenarios del pasado. Flashes de recuerdos que pensaba tener muy enterrados en los recovecos de su memoria pero aún latentes en su lastimado corazón.
La historia prácticamente se había vuelto inenarrable, desde la amenaza que Voldemort había hecho sobre los Potter y los Longbottom. Lo último que recordaba era a Sirius, de manos atadas y rodeado de dementores, gritando que era inocente mientras era encerrado en Azkaban para jamás volver a ver la luz del sol. El hechizo Fidelius había fallado, el círculo secreto estaba roto y tanto James como Lily, habían perecido dejando huérfano al pequeño Harry Potter. Frank y Alice habían sido torturados hasta la locura y aunque habían capturado a los responsables, no reparaba el terrible hecho y las experanzas prácticamente se habían vuelto una ilusión.
Ese sueño donde se encontraba en total oscuridad y gotas aún mucho más oscuras,caían transformándose en mortífagos y miles de ellos para sólo una mujer y su débil varita, contra tanta maldad.
Saltó en la cama, llevándose una mano al pecho y mirando a su alrededor. Estaba de vuelta en su despacho y en su cama, bajo una tranquila noche de septiembre.
- Todo está bien, Minerva... vuelve a dormir. - escuchó una voz ronca que parecía estar próxima a ella. Ladeó la cabeza para darse cuenta de que Severus Snape y ahora su colega, el profesor de pociones y jefe de Slytherin, leía un libro mientras estaba sentado en una silla junto a su cama.
Recordaba el asunto con cierto resentimiento, puesto que Albus jamás quiso explicarle el motivo de su nombramiento. La rivalidad entre Gryffindor y Slytherin nunca había sido tan obvia como en aquel momento, debido a que Severus se convirtió en jefe de Slytherin. Admitía que lo amaba, pasara lo que pasara entre ellos, pero tanto sufrimiento lograba que de vez en cuando, mirara ese amor con otros ojos.
- Cuánto tiempo he dormido, llegaré tarde para recibir a los estudiantes.
Severus sonrió sin decir nada. Desde la caída de Voldemort, Minerva se había ofrecido a recibir a los estudiantes, con la esperanza de volver a ver a su hija y ya prácticamente era una costumbre. Harry Potter había sobrevivido y había sido ella quien, junto al director, lo habían entregado a sus tíos en Privet Drive. Nuevamente había tenido que soportar la idea de entregar un niño huérfano.
- Una hora a la sumo, aún es muy temprano. - cerró su libro con una mano y lo posó sobre sus piernas, mirando a la mujer en la cama. - vuelve a dormir, he estado observando y supuse que tenías pesadillas.
- ¿Por qué estás aquí? Disculpa pero creo que lo he olvidado por completo.
- Volviste con fiebre, después de nuestra reunión con Albus en su despacho. Estabas un poco mareada, así que decidí quedarme por si se presentaba alguna eventualidad. Tu salud todavía está muy frágil y me temo que si no quieres obedecerme, al menos obedece a Poppy al respecto.
- Mi salud mejorará, cuando mi hija haya puesto los pies en Hogwarts. Puedes volver a tu despacho si eso quieres, yo estaré bien. - dijo, dejándose caer en la cama y dándole la espalda.
- Hoy podría ser el gran día, ¿sabes? He estado contando los años y ya debería ser tiempo. Quizá ocurra hoy, ésta noche.
Volvió a sentarse en la cama y miró al ahora profesor de pociones, temblando ligeramente ante la expectativa. ¿Y si tenía razón? Pasaban generaciones y generaciones de estudiantes, y ese era su sueño más grande. Snape volvió a sonreír, levantándose de la silla y posteriormente sentándose en la cama junto a ella. Tomó una de sus manos y entrelazó sus dedos con los de ella.
- He estado tan ansioso como tú, por verla. Han pasado tantos años y ahora...
- Mentiroso. - dijo, mientras entrecerraba los ojos con un gesto acusador. - jamás podrás sentir lo que yo siento en éste preciso momento.
- Me rehuso a sostener ésta ridícula conversación, nuevamente. - murmuró, besando su frente con delicadeza. - ella es tan hija tuya como mía. Además, aún tienes fiebre y discutir no te hará bien. Si no quieres perderte su selección.
Se mordió el labio para evitar responder, mientras pequeñas lágrimas empapaban sus ojos. Tenía razón y debía aceptarlo, once largos años habían pasado y su corazón palpitaba a miles de revoluciones por minuto, de sólo imaginárselo.
- Vuelve a dormir, necesitas descansar antes de la selección de casas. Estoy seguro de que terminará en Slytherin. - alegó, regresando a la silla y re abriendo su libro en la página en la que se había quedado. - prometo que te despertaré a tiempo.
- Confiar o no confiar, he ahí el dilema.
No contestó mientras Minerva volvía a la cama y Severus alzó la mirada para observar la tarde que se alzaba sobre ellos. A muy pocas horas de la selección, tenía muchas expectativas también.
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- Mi nombre es Hermione Granger. ¿Y el de ustedes?
- Ronaldg Weasgley. - dijo el muchacho pelirrojo mientras masticaba una rana de chocolate. Hermione hizo un gesto de disgusto y ladeó la cabeza para mirar al otro niño junto a ella.
Una jovencita en busca de un sapo de nombre Trevor, perdido por un niño regordete llamado Neville Longbottom. Tenía ciertos aires que a Harry Potter le dieron la impresión de petulancia.
- Un placer... creo.
- Y yo soy Harry, Harry Potter.
- ¡Oh Merlín... yo lo sé todo sobre ti! ¡Eres súper famoso!
Largos y rizados cabellos que le daban una apariencia de escoba. Ojos color caramelo y brillantes como dos farolillos y un gran orgullo mientras continuaba hablando sobre lo mucho que sabía acerca de Hogwarts y lo mucho que sabía acerca del niño que sobrevivió, aún más que sí mismo.
- E iremos en bote, cruzando el lago con el calamar gigante. No les recomiendo que saquen alguna extremidad del bote, si no quieren tener problemas.
- ¿Qué nunca paras? - dijo Ronald Weasley, fastidiado de escuchar tantos datos a la vez. - sólo espero que ese sapo aparezca pronto...
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Apretaba sus manos la una contra la otra, sintiendo un gran estrés. Aquel día podía poner fin a aquella vaga ilusión de ver a su hija, volverla realidad. Apenas y había podido dormir, pero Severus tenía razón y debía ser fuerte para poder estar ahí y verlo. Miraba el enorme reloj de péndulo tras ella, contando los minutos para volver a verla.
Siete en punto de la noche y esperaba con el pergamino y sus nombres escritos. No tenía ni idea de quién podía ser, pero esperaba poder reconocerla con una simple mirada.
Hagrid conducía los botes con los estudiantes y más allá de su sorpresa al conocer a un semi gigante en persona, no podía dejar de decir "te lo dije", a sus dos "nuevos" amigos.
- Luego de seguro un profesor nos recibirá y nos hará pasar al gran comedor, para que seamos seleccionados. Un sombrero que observa nuestros pensamientos y nos envía a nuestra casa correspondiente. Es mucho más viejo que varios de nosotros juntos, sumando nuestras edades. Luego, un prefecto nos llevará a nuestros respectivos dormitorios. Divididos por sexo.
- Ya lo sé, tengo tres hermanos que se graduaron y dos más que aún estudian en el castillo. - dijo Ron, fastidiado.
- ¿Ah sí? - preguntó Hermione con curiosidad.
- Sí. Todos en mi familia han sido Gryffindors y espero no romper la tradición y quedar en Slytherin. Todos los magos tenebrosos provienen de ahí y será mejor que no nos sorteen con ellos.
Las puertas del vestíbulo no tardaron en abrirse y las pisadas del semi gigante, retumbaron en sus oídos y en su corazón. Contó cada uno de ellos. Miró desde las escaleras, mientras los estudiantes se organizaban en filas.
- Profesora McGonagall, los nuevos estudiantes de primer año.
- Gracias, Hagrid. - dijo mientras descendía las escaleras hasta estar a la altura de todos los niños. Acomodó sus gafas en su rostro y trató de abarcar lo más que pudo con la mirada. Su hija debía estar ahí. - bienvenidos a la escuela de magia y hechicería, Hogwarts. Mi nombre es Minerva McGonagall y soy la jefa de Gryffindor, también la sub directora de la escuela. Durante el semestre escolar, Hogwarts será como su casa y los profesores, alumnos y demás miembros, serán como su familia. Tenemos un par de reglas muy fáciles de seguir y somos realmente estrictos con ellas. Por cada norma cumplida y por cada examen, tarea o estudio bien hecho, recibirán puntos y haciendo lo contrario, los perderán. Al final se contabilizarán los puntos y aquella casa que tenga más... ganará la copa de las casas. No deberán deambular por las noches bajo ningún motivo, sin importar que tengan o no, una buena razón. No se permiten las peleas de ningún tipo, golpes o hechizos. Hay un par de sitios en los que no podrán entrar, que les explicaré una vez que la selección acabe y...
- ¡Trevor! - se escuchó la exclamación de un pequeño niño y pudo ver un enorme sapo a sus pies. El joven no tardó en caminar entre los estudiantes, para tomarlo y alzar la mirada, para observar a la estricta mujer frente a él.
- Lo siento profesora McGonagall. Hemos estado buscando a la mascota de Neville. - dijo Hermione con las mejillas rojas ante la sería mirada de Minerva. - Lo sentimos.
Neville asintió rápidamente, pero la mujer no había puesto atención siquiera. Esa jovencita de largos y rizados cabellos, sonrojada como una manzana y labios que le daban la apariencia de tener maquillaje imaginario. No podía equivocarse, no estaba imaginando cosas. La luz de las velas era tenue, pero sus ojos no podían engañarla. De todas formas, ella no había cambiado mucho con el pasar del tiempo y de pronto las emociones, se convirtieron en un nudo en su garganta. Perdió la voz y dijo lo primero que se le vino a la cabeza.
- Hija... - murmuró pero para Hermione quedó bastante claro.
- ¿Disculpe, profesora?
- ¡Orden, orden... vuelvan a sus puestos inmediatamente y síganme si demora. Vamos!
Al darse la vuelta para caminar y guiar al grupo, apenas y pudo respirar. Sus ojos se llenaron de lágrimas de inmediato, tratando de recomponerse y secar sus lágrimas con el dorso de una de sus manos. Una gran alegría impregnó su interior y sintió su cuerpo temblar, lleno de una energía que no había sentido desde hacía muchos años atrás. Su pequeña bebé había crecido hasta convertirse en una hermosa niña.
- Creo que no te conviene hacer amistades como ese niño tonto, o este... de segunda que te sigue a todas partes y dice ser tu amigo, pero no estará jamás a tu altura. - dijo un niño rubio, refiriéndose a Neville y a Ron. - Mi nombre es Draco Malfoy y un chico tan famoso como tú, Potter, debería juntarse conmigo y mis amigos. Ellos son Crabble y Goyle, nos gustaría darte la bienvenida como se debe. ¿Qué dices? - estiró una de sus manos, pero Harry parecía decidido.
- Gracias, pero yo mismo puedo escoger a mis amigos y creo que así estoy bien. Ellos son perfectos tal cual son.
Harry Potter y su hija, estaban inscritos en Hogwarts y al mismo tiempo. Por supuesto, tenía que haberlo sabido. Prácticamente lo había olvidado de la impresión. Sólo se llevaban un par de meses y tanto ella como Severus, tenían un diferente fantasma de consciencia personal.
Ella a la hija que había tenido que abandonar y que ahora tenía tan cerca y sin poder siquiera, decirle la verdad. Y Severus, al hijo de su amada y sus dolorosos ojos verdes como prueba de su existencia. O al menos, en el alma del muchacho tras ella.
- Ya basta, caminen. - se obligó a decir en su tono de voz más estricto y los cuchicheos pararon de inmediato. Un resentido Draco Malfoy, volvió a la fila de inmediato.
Cómo lo soportaría, cómo podría abrir las puertas de aquel comedor y encarar a todos los profesores allí presentes, al resto de los estudiantes, si simplemente quería echarse a llorar largo y tendido. Si apenas y podía pensar en algo coherente. Ella estaba ahí, por fin podía volver a verla luego de tantos años.
