Capítulo XI
Descansemos un poco
Una inusitada calma inunda el lugar. En algún punto no muy lejano el agua fluye por las tuberías y su sonido golpea el metal y se expande por las paredes. Pueden escuchar la respiración del otro, pesada, difícil, errática. Un agente se mueve ligeramente y Rin le propina una precisa patada en el cuello, sumiéndolo en una inconsciencia completa. Se quita la máscara con prisa. Bajo ella está sudando, y las gotas saladas se aglomeran en su mentón y caen una a una sobre el pavimento.
Sus miradas se cruzan. Hiroki no puede recordar cuándo fue la última vez que miró aquellos ojos rojos. Quizás cuando Rin era un niño de doce años y se había presentado en su casa, preguntando por Haruka, y él había observado durante una hora cómo lo presionaba para nadar un relevo que su hijo no quería. Antes de que él y Reina volvieran a visitar Iwatobi, Haruka ya había aceptado y el relevo se había celebrado. La fotografía que mostraba la victoria de su equipo adornaba uno de los estantes del salón.
—Debería haberte matado cuando tuve la ocasión.
Rin rio. Una risa triste y desganada que hizo que todo se sacudiese a su alrededor.
—Ni siquiera alguien como tú podría haber matado a un niño.
Hiroki apretó la empuñadura de su arma, sus manos dubitativas cuando la alzó a la altura de sus ojos. Rin adelantó un pie y se cubrió el rostro con los brazos en actitud defensiva. Sus ojos rojos seguían rodeados de blanco, calmados, pidiéndole que lo dejase en ese preciso momento. Si dejaba volar su imaginación, Hiroki podía visualizarse saliendo de aquel edificio junto a él, el quinque enfundado, con la espalda recta y pidiendo a través de un megáfono un alto el fuego. La realidad era muy distinta.
—Me hubiera gustado que las cosas pudieran ser de otra forma —admitió.
Rin no tuvo tiempo de intentar comenzar una conversación en la que le hacía ver que, de hecho, era posible un cambio. Saltó dos veces hacia atrás, el filo del quinque acarició su mejilla, arrancándole un hilo de sangre que se mezcló con su sudor. Los movimientos de Hiroki eran más lentos de lo habitual, pero Rin sabía que en cuanto se recompusiese no iba a ser capaz de hacerle frente a sus habilidades sin recurrir a su kagune.
Apretó los puños y se mordió el labio. No quería hacerle daño al padre de Haru, no iba a hacerlo, aunque eso supusiera eternizar una batalla hasta que su oponente cayese de agotamiento. Hiroki llevaba horas luchando, eso debía pasarle factura a cualquiera. La espalda le cosquilleó cuando el kagune rezumó tras sus oídos. Recordó cuando Haru paseaba sus dedos por su espalda desnuda, justo en la zona en la que se materializaba su kagune, y luego besaba las líneas imaginarias que habían dibujado sus manos, como si así pudiera borrar todo lo que había hecho con aquel músculo extra.
No voy a matarlo, Haru. Se lo prometía al aire, sin dejar escapar las palabras, una y otra vez, mientras usaba las columnas del aparcamiento para esquivar los golpes cada vez más precisos de Hiroki. Las bombas seguían allí, emplazadas en los lugares claves que harían que el edificio se viniera abajo con tan solo apretar un botón. La cuenta atrás de tres minutos seguía paralizada, a la espera de que alguien la iniciase. Rin intentaba averiguar cómo ponerlas en marcha para alejar a Hiroki de allí.
La posibilidad de que llevase el detonador encima golpeó a Rin justo antes de que lo hiciera el quinque que lo atacaba. El golpe en la rodilla desestabilizó su salto y lo envió directo al suelo. Sintió que la rótula le crujía al ponerse de pie y aguantó un quejido de dolor. Si conseguía unos minutos su pierna sanaría y podría continuar con la pelea, pero en su estado actual, un espacio cerrado, y prestando más atención a las bombas que a su enemigo, Rin no tenía ninguna posibilidad.
Y necesitaba comer. Llevaba semanas sin hacerlo y aquella situación estaba consumiendo todas sus energías.
Ignorando el dolor que lo atenazaba cada vez que daba un paso, corrió por entre las maltrechas columnas en dirección a la puerta. El aire olía a sangre y los oídos le pitaban con el sonido de cuatro corazones a su alrededor; tres enemigos fuera. Rin saltó hasta el techo, les propinó una patada con la pierna sana y arañó la pared, impulsándose con una mano a través de una de las ventanas del primer piso.
Tenía que priorizar sus acciones. Las bombas estallarían en tres minutos si no lo impedía, y todos los que estaban en el edificio morirían, bien por la explosión, bien porque serían masacrados al abandonar el lugar. Primero debía desactivarlas, luego encontrar a sus compañeros y después acabar con los intrusos, todo aquello teniendo en cuenta que seguramente estos últimos tenían dominados al resto y la CCG estaba más que dispuesta a acabar con quien fuese, sin importar bando.
—El enemigo de tu enemigo es tu amigo —susurró Rin con ironía. La rodilla le crujió un poco y la flexionó. Podía volver a moverla sin dificultad—. Bien, allá vamos.
Debería confiar en Shunji y en los demás por el momento. Bajó las escaleras del edificio con pasos rápidos y silenciosos. En el umbral de la planta baja había tres cadáveres de ghouls y cinco de agentes de la CCG a medio devorar. Tras comprobar que no había nadie cerca le quitó la chaqueta a uno de los ghouls y dio un mordisco en el brazo. Excepto la vez que había salvado a Haru en el callejón de la tienda veinticuatro horas, Rin no había comido carne de ghoul antes, pero le parecía una falta de respeto mutilar aún más los cadáveres de aquellos agentes, y él sólo necesitaba un poco de energía. Su rastro por allí fue tapado de nuevo cuando devolvió la ropa a su sitio.
Se frotó las comisuras de los labios mientras corría hacia la ventana más cercana, todo ojos rojos y kagune humeante a su espalda. Tomó al primer agente por la espalda, le arrebató el arma y le golpeó con ella en la cabeza. Usando su kagune de escudo y disparando sin ver sobre su hombro hizo camino hacia el sótano. La cuenta atrás estaba a punto de llegar al minuto.
—Voy a rezar para que estas cosas no exploten si me cargo el circuito.
Las bombas eran sofisticadas y completamente tecnológicas. No había cables a la vista que cortar ni teclas que pulsar, simplemente el cargamento explosivo y una pantalla no muy grande con los números corriendo a la inversa, indicándole el tiempo que le quedaba. Calculó que podía probar con una, la que estaba más alejada de los cimientos, e intentar sobrevivir a la explosión si se movía lo suficientemente rápido.
—¡No lo hagas!
Rin miró a Hiroki por encima del hombro, con el filo del kagune a escasos centímetros del dispositivo que acababa de marcar el minuto exacto. Llevaba su quinque en una mano y un arma de fuego en la otra. Ese hombre era realmente un monstruo como para poder soportar esa carga sobre su cuerpo tras el rato que llevaba peleando.
—¿Explotará? —Hiroki asintió. Les hizo un gesto a los hombres que tenía detrás para que se apartasen—. Entonces deberías correr.
Antes de darle tiempo, Rin rompió la pantalla. El número se apagó y las luces que parpadeaban alrededor de la bomba se apagaron de manera gradual. Alzó su arma hacia Hiroki —aunque dudaba acertar si disparaba— y se aproximó a las otras cinco bombas, desconectándolas a base de fuerza bruta una por una. Hiroki no hizo amago de atacarlo, viéndose descubierto.
—No me habrías seguido de saber que las bombas explotarían —dijo Rin—. Pero eso ya lo sabes. Estás desesperado porque no puedes entrar en el edificio y necesitabas volarlo por los aires.
—Acabemos con esto, Rin. Luchemos. Si ganas, no retiraremos.
—¿Y si ganas tú, nos matáis a todos? —Rin negó con la cabeza—. Ni siquiera sabes a quién atacas. Hay decenas de personas ahí arriba que no quieren luchar, que estás secuestradas, pero para vosotros son exactamente iguales que los que hay fuera. Y da igual cuántas veces te lo explique, no conseguiré hacerte entrar en razón. Me he dado por vencido con eso.
Rin exploró su única opción de salida, bloqueada por Hiroki y dos agentes más. Alzó la pistola contra él y comenzó a disparar. Como había imaginado, no dio ni una —no era sólo la primera vez que disparaba, sino que ni siquiera había empuñado una pistola antes—, pero todos ellos se agacharon para evitar las balas, y Rin aprovechó ese momento para escapar, con el kagune cubriéndole la espalda y protegiéndolo de los tiros que apenas alcanzaron a golpearle un par de veces. Escaló la misma pared de hacía unos minutos, encontrándose en la habitación antes vacía a dos personas que conocía muy bien.
—Youko —suspiró. Tenía una esperanza algo más alta de ablandarla a ella que al chico que la acompañaba—. ¿Qué estáis haciendo?
—Lo que siempre decíamos, Rin —contestó, extendiendo los brazos como si le estuviera diciendo una obviedad—. Hacernos valer.
—Esta no es la forma.
—¿¡Y cuál es!?
Rin suspiró, negando con la cabeza. No lo sabía, aún no lo sabía, pero tenía claro que siguiendo así no se iba a conseguir nada bueno. Se pasó las manos por el rostro, exasperado. Sentía que las fuerzas se le desvanecían a cada segundo, estaba utilizando demasiado el kagune y no había comido lo suficiente, y lo último que necesitaba era lidiar con antiguos compañeros que eran tan reticentes a escuchar como como los miembros de la CCG. Estaba luchando a dos bandas, él solo, sin posibilidad de ganar ninguna de las batallas.
Debería haberle hecho caso a Haru. Debería haberse quedado en casa, haber hecho las maletas y abandonar juntos el país mientras aquella pequeña guerra mantenía ocupadas ambas partes. En ese momento estaría subiendo a un avión hacia algún país, tal vez uno de esos en los que se decía que los ghouls eran venerados y respetados. Quizás así podría caminar por la calle sin tener que estar mirando a todas partes por si lo intentaban matar.
Podría no temer por la vida que Haruka, puesta en el objetivo de gente peligrosa por su culpa. Makoto y Gou podrían intentar formar una familia. Tal vez incluso ellos podrían hacerlo, adoptar algún niño. Incluso un ghoul, uno de los tantos huérfanos que Rin había conocido, sus padres asesinados por la CCG a sangre fría.
Seguía convencido de que no eran tan diferentes, pero mientras fuese el único allí que estuviera dispuesto a crear un lugar intermedio entre un mundo y otro, nada cambiaría. Aquello que vendían las películas americanas y los mangas shonen de que una persona podía cambiar el mundo no era más que una utopía, imposible de cumplir. Se necesitaba un movimiento, un movimiento de verdad. Rin lo sabía, pero eso no significaba que estuviese dispuesto a participar en ello.
En toda guerra hay víctimas. Muchos inocentes, otros no tanto, y un par de mártires. Esas muertes que provocan una verdadera reacción, que hacen que la gente abra los ojos, al menos un poco, y el mundo se replantee sus cimientos. Pero él no estaba dispuesto a sacrificar nada por una causa a la que le había intentado entregar todo. No estaba dispuesto a entregar a Gou, a entregar a Haruka.
—Me voy —decidió, en aquel preciso momento. Aún estaba a tiempo—. No intentéis detenerme. Si queréis pelear, hacedlo vosotros, pero no metáis a quienes no quieren hacerlo en ello. Es indigno y cobarde, y sólo deja por los suelos a la raza que estáis intentando proteger.
—La dignidad humana no se nos aplica —le dijo el chico junto a Youko.
—Tú eres humano también.
Podría habérselo demostrado. Si le arrancaba el corazón del pecho, lo cual ahora no le sería difícil con la cantidad de energía que había ganado, le podría demostrar que moría como los humanos. Envejecían como ellos. Se enamoraban, se les rompía el corazón y lloraban. Algunos lloraban mucho. Odiaban y mataban, al igual que los humanos. Y comían, exactamente de la misma forma que ellos.
Pero no lo hizo. Avanzó hacia ellos caminando, sin obtener resistencia. Youko le apartó la mirada y lo observó subir por las escaleras, cada vez más deprisa. Los olía, olían a sangre. Se encontraban en la última planta, la mayoría inconscientes, los que no, maniatados con un kagune que Rin no reconocía. Shunji tenía marcas de haber luchado contra las ataduras y haberse dado por vencido tras casi alcanzar el hueso de sus muñecas con el roce. Parecían haberles dado la misma sustancia que usaban en la CCG para inutilizar el kagune. Rin lo liberó usando el suyo y se acuclilló a su lado.
—Tenemos que buscar una forma de sacarlos a todos de aquí. —Miró a su alrededor, en la sala había cerca de treinta personas—. Son pocos.
—Por suerte, no estábamos todos —le respondió con la voz rasposa—. Pero todos los niños están aquí. Estamos rodeados, Rin. No deberías haber venido.
Rin pudo escuchar su tono resignado. Resignado a morir, vaticinándole a él el mismo final por haber decidido unirse a una lucha que no era suya. Podía ver la lástima en sus ojos. ¿Estaría pensando en que dejaría a su hermana o en que dejaría a Haruka? ¿O a ambos? Rin lo cogió de la camiseta y tiró del hombre hasta que lo puso de pie.
—No va a morir nadie hoy. Despierta a los demás, yo iré desatándolos.
No podían perder tiempo. Cuánto tardaría Youko en no poder contener a su compañero y que su presencia allí fuese revelada era un misterio, y no dudarían en matarlos si veían que intentaban escapar. Apenas la mitad de los que había allí despertaban, confusos y todavía incapaces de moverse con normalidad, cuando los sonidos de batalla en el piso inferior los hizo saltar en el sitio. Shunji se levantó, Rin atisbó su kagune dos segundos antes de que se desvaneciera.
—Yo iré —le dijo. Terminó de desatar al último, un niño de unos diez años con el pelo tan negro como el de Haru, y corrió hasta las escaleras—. Voy a intentar despistarlos y alejarlos de aquí, pero no puedo prometerte nada. Date prisa.
Apenas vio a Shunji asentir antes de lanzarse escaleras abajo. ¿Aquello era lo que provocaba la carne de sus iguales? Sentía la sangre bullirle en las venas, su estómago retorciéndose por más y todo su cuerpo como la extensión de su kagune, en lugar de ser a la inversa. Apretó los puños y se alejó de la entrada de las escaleras, directo hacia los ruidos. Se sentía fuerte, invencible, inmortal, como los primeros días en los que había abandonado Iwatobi. Poderoso.
Era una sensación horrorosa, porque sabía a ciencia cierta hacia dónde lo llevaría, incapaz de conocer sus propios límites. En el ala izquierda, donde la batalla se desarrollaba, el suelo se había hundido y los agentes de la CCG se las habían ingeniado para subir por el derrumbe y pillar por sorpresa a los ghouls que había allí. Rin se llevó por delante, sin siquiera hacer un mínimo esfuerzo, a un equipo de cuatro agentes. Nadie se fijó en que era él, excepto una persona.
Los ataques de Hiroki eran rabiosos. Rin tuvo que defenderse con su propio kagune, incapaz de simplemente esquivarlos. A su orden, los hombres de la CCG se retiraron, llevando la batalla más grande al piso inferior. Rin vio su oportunidad de alejar la atención de Hiroki de aquel lugar, lo más lejos posible de los que estaban arriba, intentando escapar. Corrió, mirando por encima de su hombro cada cinco segundos para poder esquivar los ataques. Era más rápido, por lo que disminuyeron progresivamente, hasta que saltó por la ventana y se dejó caer. Tuvo un ligero déjà vu, del día en que tuvo que hacer exactamente lo mismo por la ventana de su clase en Samezuka.
El patio interior estaba desierto y curiosamente silencioso. La mayoría de los enfrentamientos habían tenido lugar en las zonas que daban al exterior, disparando hacia donde estaban los agentes de la CCG apostados en línea fuera, por lo que la parte de dentro era una especie de ojo del huracán, calmado en medio de la tormenta. No había sangre, ni cadáveres, ni bombas. Incluso olía bien, a césped y no a muerte. Rin tomó una bocanada antes de girarse hacia la entrada norte.
Hiroki tardó sólo un minuto en aparecer, pero no iba solo. A su lado caminaba, con una tranquilidad que su hijo había heredado, Reina. Sus ojos se parecían a los de Shunji, tristes y resignados. Rin dudó en ese momento de las palabras que había dicho hacía unos minutos, tan seguro de sí mismo. Dio dos pasos en la dirección contraria. No podía hacerles nada. No era justo, no era justo ni para él ni para Haruka.
Pero su mundo no era justo, y había arrastrado a Haru a él cuando no debería haberlo hecho. En ese momento se arrepintió más que nunca de haber aceptado ese primer beso.
Había sido la madrugada del tres de febrero, técnicamente pasada la fecha de su cumpleaños, que era lo que seguían celebrando. La casa de Rin y Gou se había llenado de espumillón sacado de los restos de Navidad y carteles pequeños cuyas letras formaban un mensaje de feliz cumpleaños colocados por Gou y Nagisa, que se habían saltado las clases del día para ello. Era viernes, y las doce de la noche no parecía una hora tan tardía como para dejar de celebrar.
Gou fue la primera en subirse a dormir, veinte minutos después de la media noche, demasiado cansada para seguirle el ritmo a Nagisa. Ellos no tardaron mucho. Makoto y Sousuke durmieron en una habitación y Rei y Nagisa en otra. Haruka se quedaría con él en su cuarto.
Rin estaba nervioso. Intentaba pensar en eso como una de las muchas noches que habían compartido juntos, de niños, quedándose en casa de Haruka cuando su abuela aún vivía, pero la realidad era que no tenía nada que ver. No era capaz de mirar a Haru quitarse la ropa de manera normal, lo cual era raro, porque lo veía en bañador constantemente. Sin embargo, los entrenamientos de natación no tenían ese aire íntimo que proporcionaba la oscuridad de la habitación y la luz tenue de las farolas que se colaba por la ventana.
Le sorprendió más que Haruka iniciase el contacto que el beso en sí. Le había pedido dormir con él, ante lo que Rin se había negado de forma vehemente los primeros cinco minutos, pero había terminado cediendo porque Haru tenía frío y el futon era incapaz de calentarse lo suficiente. Su cama era estrecha para ambos, no podían tumbarse sin rozar alguna parte de sus cuerpos y Rin tenía su temperatura por las nubes. Para compensar la de Haru, que le había preguntado si estaba bien.
—Obviamente no —le había contestado entre dientes, y al darse cuenta de lo que había dicho trató de arreglarlo—. Es incómodo, hay poco espacio.
—Rin, ¿yo te gusto? —Su "¿eh?" se perdió en algún punto de su garganta—. Tú a mí sí. Mucho —clarificó.
Al no recibir respuesta, Haruka había probado medidas más drásticas, como besarlo. Y Rin había respondido a sus instintos más primarios, aquellos que estaban volcados hacia Haru de forma completa y absoluta, y lo había abrazado por la espalda y los dedos de Haru estaban en su cuello y su cintura y nada de aquello parecía real.
Como aquél beso no había habido ninguno después. Todos los demás fueron mejores, con diferencia. Pero ese lo había marcado todo, sus vidas hasta ese momento. Más allá. Sus vidas hasta que se agotasen, hasta el día en que sus cuerpos decidiesen que habían llegado a su límite. Dentro de muchos años, viejos y cascados, tomando sopa porque no les quedaban dientes en la boca.
Quería llegar a ese momento. Egoístamente, quería que Haru no lo compartiese con nadie más que no fuera él. Se quitó la chaqueta y la tiró a un lado, sintiendo el aire frío contra sus brazos. Sólo podía ganar a dos agentes expertos como ellos en velocidad. Esquivar. Agotarlos. No tenía las energías en su punto álgido, pero resistiría. Si se trataba de fortaleza mental, Rin estaba seguro de llevar la ventaja. Había visto flaquear los ojos de Reina y Hiroki, apenas un segundo. La confirmación de que no estaban del todo convencidos de que lo estuvieran haciendo fuese lo correcto.
Pero no había muchas salidas para aquello. Por más que Rin intentaba buscar un final en el que los tres salían vivos y todo continuaba con normalidad, dicho final no existía. Se esfumaba en el instante en que recordaba que eran los padres de Haruka. En el que entendía que lo buscarían durante toda su vida si él huía en ese momento. No sólo sería sobrevivir y esconderse, sino esconder a Haru, a Gou y a Makoto. A toda la gente que se había visto envuelta en aquella espiral de odio.
Sin embargo, Rin nunca había peleado contra Reina, y no estaba preparado para ella. Su velocidad lo pilló totalmente desprevenido y el quinque, fino y maleable como un látigo, se enrolló en su tobillo, lanzándolo de cara al suelo. El sabor de la sangre escurriendo desde la nariz se le coló en la boca y Rin la lamió. Pudo deshacerse del agarre utilizando su kagune y saltando sobre la estatua que adornaba el centro del patio interior.
Mantuvo su palabra. Se limitó, para desesperación de Reina y Hiroki, a esquivar sus ataques, siendo alcanzado sólo a veces por la mujer, más rápida que su marido en cuanto a ataque se refería, pero con menos fuerza por la naturaleza de su quinque. Los cortes que Rin se llevaba en los brazos y las piernas no tardaban en sanar, y entre salto y salto le daba tiempo a analizar un movimiento más de su enemigo. Que estuviesen en un lugar abierto le favorecía.
—Te buscaremos —gruñó Hiroki. Los brazos apenas le respondían ya—. Vayas donde vayas.
Rin apretó la mandíbula. Quería pensar que si dijese todo lo que podía decir algo cambiaría. No tenían que seguirle. Seguirle implicaría seguir a Haruka, porque era extremadamente terco y ya no iba a separarse de él otra vez. Ambos habían aprendido que no podían vivir lejos el uno del otro, independientemente del peligro que eso conllevase. Decía mucho de dos personas que fuesen capaces de dar la vida por la otra.
—Lo sé. Pero no vais a encontrarme.
"Lo siento", quería decirles, "siento hacer que os separéis de vuestro hijo para siempre, a pesar de que nunca estuvisteis muy unidos". Rin se dio la vuelta, rápido. Quería llegar cuanto antes al edificio, atravesarlo y salir. Esperar que Reina y Hiroki estuviesen los suficientemente cansados o tuvieran más corazón del que parecía y no iniciasen la persecución en cuanto abandonase su rango de visión. Dos horas, no necesitaba más. En dos horas podían desaparecer.
El corte en su pierna fue tan rápido que no le dolió. En el momento en que el calambrazo le subió por la pierna ya estaba en el suelo, sobre un charco de sangre que no dejaba de aumentar. Su pie derecho seccionado, medio metro separado de él. Ni siquiera encontró el aire para gritar, la impresión más fuerte que el dolor. Se sujetó la pierna, incapaz de pensar.
Reina no había intentado atraparlo sin éxito, sólo había hecho pruebas para ver exactamente dónde era más fácil rizar el quinque y cortar todas las capas que conformaban un miembro humano.
Haru.
Sólo podía pensar en eso, tirado en el suelo, con el cuerpo entumecido de miedo. El sonido hueco de los tacones anchos que hacían los zapatos de Reina mientras se acercaba a él era intimidante. La sombra alargada por el sol que le daba en la espalda a Hiroki hizo que sintiese el estómago en la garganta. Tosió, sin llegar a vomitar nada. Su vista clavada en el suelo atisbó las puntas de los zapatos negro de Reina y la punta de su quinque apoyarse en el suelo, a su lado, manchado con su sangre.
Quizás había imaginado esa debilidad que les había visto antes. En los iris de ambos agentes sólo había hielo cuando lo miraron, con el gesto torcido en una mueca desagradable. Rin comprendió que su único miedo era que Haru se enterase de lo que había pasado, de la pelea que habían tenido, pues tomaría el bando de Rin. Pero Haruka jamás se enteraría de lo que había pasado si él moría allí.
Pensó en alzar el rostro y morir con algo de honor. Su kagune burbujeó a su espalda, agotándose y extinguiéndose. ¿Qué forma le darían? ¿Hiroki y Reina lo tomarían como su quinque personal o quedaría en manos de alguien desconocido? ¿Gou tendría que enfrentarse alguna vez a su forma materializada fuera de un maletín?
¿Mataría a su hermana en un futuro, sin siquiera ser consciente de ello?
Pero no pudo, porque no había nada digno en morir. Le había prometido a Haruka que no lo haría, que se mantendría a salvo y podrían vivir de manera relativamente normal, y no había sido capaz de mantener su palabra. El sentimiento de decepción consigo mismo supero cualquier otro. No se merecía mirar a nadie a la cara mientras moría, mientras se dejaba matar, abandonando de nuevo a la persona que había estado dispuesto a darlo todo por él.
—¡Rin!
La persona que ahora gritaba a su espalda.
Su rostro no fue el más sorprendido de los tres. Las manos de Hiroki y Reina se paralizaron en el aire mientras Haruka corría hacia él. Tenía cortes en los brazos, la chaqueta desgarrada, seguramente porque los guardas que acordonaban la zona habían intentado impedirle que pasase. De haber sido cualquier otra persona habrían disparado, pero el hijo de los Nanase era intocable. Entrando por el lado contrario a la zona de guerra, Haruka había ido directo al patio interior. Rin alzó la vista. Un helicóptero de la prensa estaba sobre sus cabezas. Una risa seca se escapó de su boca.
No les había servido de nada, pero Haru no debería estar allí. De todos los sitios en los que podrí estar (un aeropuerto, preferentemente), no debía estar allí, rodeado de gente dispuesto a matarlo y observando cómo sus padres se convertían en los monstruos que él siempre había creído que eran.
—Haruka, no te acerques.
No les hizo caso. Rin escuchó su nombre repetido diez, quince veces, en voz baja, mientras Haru se acercaba a paso acelerado hacia él. Se agachó a su espalda y le puso una mano en la cabeza. La ausencia de odio en su rostro sólo se debía a que la preocupación ocupaba cada célula de su cuerpo. Cuando a Rin se le acabaron las fuerzas y se dejó caer sobre él pudo escuchar los latidos de su corazón. Si cerraba los ojos y se permitía divagar, podría sonreír. Haruka estaba allí, y aunque no debería, le acababa de salvar la vida. Acababa de salvar la vida de ambos.
—Haruka —la voz de Hiroki era tan rígida que agitó el aire—, lo siento muchísimo.
Rin entreabrió los ojos. Lo justo para ver a Hiroki levantar el quinque, gigantesco, sobre su cabeza. Dos pasos que resonaron en la piedra. Su cuerpo tembló, buscó la mano de Haruka. Tenía miedo, por primera vez, de perder la vida. Un miedo dado por una situación en la que ese resultado era perfectamente factible, no sólo porque la amenaza estuviese allí.
Abrió la boca demasiado tarde. Para cuando quiso gritar el nombre de Haru, el sonido de la carne siendo atravesada, los huesos rotos y astillados por la fuerza del mandoble y el olor de la sangre. Rin se miró el pecho, el lugar donde estaba su corazón atravesado por la punta del quinque, la sangre manando de la herida a borbotones. Sentía cada latido en sus oídos, más débil que el anterior.
—Haru —logró murmurar.
Los gritos de Hiroki y Reina quedaron ahogados por la sonrisa de Haruka. Rin siguió con la vista el filo que atravesaba el cuerpo de Haru. Lo vio sonreírle y toser sangre, y cuando Hiroki retiró el quinque, aterrado, dándose cuenta de que había atravesado a su propio hijo antes de llegar a Rin, el cuerpo de Haru cayó sobre el suyo, tirándolo a tierra. Haruka se sacudió en espasmos incontrolables.
—Por qué.
Haru levantó la cabeza. Su rostro estaba blanco como el papel, salpicado de gotas bermellón que destacaban cada vez más. Sus ojos hundidos, enrojecidos. La sonrisa en sus labios resecos y morados no había disminuido. La respuesta nunca le llegó. El corazón de Haruka dejo de bombear sangre antes de que pudiera articular palabra, y Rin sintió que la vida se le escapaba, no por la herida en su pecho, que no había dejado de sangrar, sino por la boca que alguna vez perteneció al cadáver que reposaba sobre él.
No me matéis, por favor. Por favor. Porfavorporfavor.
No está revisado (porque no iba a llorar dos veces). Me ha costado alma y vida escribir esa última escena, la cual llevaba en mi mente desde que incié este fanfic. Así es como quería que terminase, y lo sé, sé que es injusto y normalmente me gustan los finales felices y fluffies pero no podía ser.
Capítulo final. Falta el epílogo, aunque no me extrañaría que me odiáseis ya para siempre y no me habléis nunca más, sólo espero que no sea el caso.
¿Reviews sin amenazas de muerte? ¿No muchas, al menos? He tardado poquito en actualizar (al menos en comparación a la última vez). El epílogo no tardará, tampoco, no pretendo que sea muy largo.
¡Gracias por leer!
