Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es de iambeagle, yo solo me adjudico la traducción, con el debido permiso de la autora.
Link de la historia original: www . fanfiction s / 9642141 / 1 / A-Heart-Arcane
Capítulo 11: 11 de mayo
El teléfono de Edward suena en medio de la noche. Se despierta sobresaltado, rápidamente respondiendo la llamada. Él murmura cosas como "está bien" y "¿estás segura?", antes de terminar con "estoy en camino".
Lo siento dejar la cama. Me estiro por mi teléfono, sorprendida de ver que son más de las tres de la madrugada.
—Mierda —maldice en voz baja.
No puedo ver su cara en la oscuridad. Pero puedo escuchar el susurro de la tela y ver la sombra de su cuerpo mientras se apresura a ponerse la ropa.
Me siento, sobresaltada.
—¿Qué pasa?
—Nada. Solo mierda del trabajo.
Prendo la lámpara.
—¿En este momento?
Él escucha la acusación en mi voz, escucha lo que no le pido: dime la verdad.
—Sí. Vuelve a la cama. Volveré más tarde.
Sin otra palabra, él desaparece de la habitación. Me quedo en la cama, dejando que mi mente se vuelva loca con escenarios. Me duele el estómago con cada pensamiento que invade mi mente.
Escucho, esperando que la puerta principal se abra y se cierre; esperando el momento en que se me permitirá derrumbarme. Pero todo lo que escucho es a Edward vomitando y tirando la cadena del baño.
Me paro fuera del baño, golpeando dos veces. A través de la puerta cerrada, le pregunto si está bien. Cuando no responde, me dejo entrar.
Su cara está pálida y sus ojos están asustados. El cabello se le pega a la frente y con una mano temblorosa, él lo aleja. Nunca antes lo he visto así. El hombre que emana confianza no está aquí y eso me asusta.
Me arrodillo, extendiendo la mano para tocarle el brazo pero él se aleja, parándose y pasándome, dirigiéndose a la cocina.
—¿Qué está pasando? —demando, siguiéndolo—. ¿Estás enfermo?
Me ignora. El grifo está abierto y él toma un poco de agua. Se la pasa por la boca antes de salpicarse la cara.
—Oye —intento otra vez—. Háblame.
—Jesús —espeta. Su mirada es de hielo y sus palabras son frías—. Ya jodidamente te dije que tengo que lidiar con el trabajo.
Su voz me sobresalta. No nos hablamos así. Nunca lo hemos hecho. Ni siquiera cuando estábamos en nuestro peor momento.
Las lágrimas pinchan en mis ojos y la sangre arde en mis mejillas.
—No me hables así. No te atrevas.
—Lo siento —exhala, cerrando los ojos con fuerza—. Lo siento.
Agarra su paquete de cigarrillos, deslizándolos en su bolsillo trasero. Se pone las botas y agarra sus llaves y evita mi mirada.
—¿En serio? ¿Te vas, así? —pregunto, esta necesidad de desafiarlo más fuerte que nunca antes—. ¿No me vas a decir lo que en realidad está pasando?
—No puedo.
—Sí puedes —enfatizo—. Puedes decirme cualquier cosa.
Se mueve hacia la puerta principal.
—Estoy bajo mucha jodida presión en este momento, así que déjalo ir.
—¿Presión con qué? No sé nada porque tú no me hablas.
—No sé cómo hablarte de esto. No jodidamente entenderías.
Se vuelve borroso en mi visión. Parpadeo las lágrimas.
—La única razón por la que no entiendo lo que está pasando en porque no me lo dices.
—No es de tu incumbencia. —Sus palabras lastiman, pero es lo que dice a continuación lo que me hace sangrar—. Y si me vas a dar mierda entonces puedes jodidamente irte.
Él lo dice tan simple. Como si estuviera desafiándome. Como si no creyera que en realidad lo haré.
Diez minutos después de que sale furioso del departamento, empaco una maleta. No lloro. Y acepto su desafío.
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