Historia adaptada, autora original, Kim Lawrence.


Capítulo 11

Veinticuatro horas después, el equipo médico había revisado la batería de pruebas a las que habían sometido a Oliver. Y, para Felicity , habían sido las veinticuatro horas más largas de su vida. Mientras esperaba el veredicto se sentía físicamente enferma de aprensión. Pero, irónicamente, era Oliver quien tenía que consolarla.

No era un milagro, les explicó el jefe de oftalmología. Había una explicación médica para lo que había ocurrido. Luego empezó a hablarles de diagramas y análisis mientras Oliver le hacía preguntas y Felicity se contuvo hasta que el médico empezó a contarles un caso similar que un colega suyo había tenido que tratar en Estados Unidos. Entonces, pensando que ya era más que suficiente, se levantó de la silla.

—Todo eso es muy interesante, pero lo que queremos saber es si está curado del todo. ¿Oliver ha recuperado la vista para siempre o no?

El médico la miró, sorprendido.

—No sé cómo decirle esto, señora Queen: ojalá tuviera yo la visión que tiene su marido.

Felicity se dejó caer sobre la silla.

—Ah, muy bien. Me alegro.

—Yo también, cara —sonrió Oliver.

A partir de ese momento dejó de prestarle atención a la conversación y, cuando por fin volvieron al coche, casi había dejado de temblar. Oliver parecía increíblemente relajado hasta que anunciaron en la radio que «el millonario Oliver Queen, que perdió la vista en un trágico accidente después de sacar heroicamente a una niña de un coche en llamas, estaba curado».

—¿Rescataste a una niña? —exclamó Felicity , atónita—. Me dijiste que habías quedado ciego después de una operación…

—Y así fue. Me había fracturado el cráneo y tuvieron que operarme.

—¿Te fracturaste el cráneo al intentar salvar a la niña?

—El coche explotó cuando la saqué —suspiró él. La explosión los había lanzado al otro lado de la carretera—. Cualquiera hubiera hecho lo que yo hice.

—Lo dudo —murmuró ella, estudiando su cara—. Ah, nunca pensé que te pondrías colorado por algo.

Oliver volvió la cara para concentrarse en el tráfico.

—No soy un héroe, no te hagas ilusiones. Sólo estaba en el sitio adecuado en el momento justo.

—Muy bien, si te gusta que te considere un villano… ¿cómo está la niña?

—Afortunadamente, bien. Y los periodistas han dejado de molestar a la familia. A los reporteros les encantan las etiquetas, de modo que yo era un héroe… a expensas de los padres.

—¿Por qué?

—Porque salieron del coche dejando a Lilly en el asiento de atrás. Lo que no contaron fue que el padre tuvo que sacar a su mujer, que estaba desmayada, y luego él mismo perdió el conocimiento.

Ah, eso explicaba que no le gustasen los periodistas.

—¿Y cómo se han enterado de que has recuperado la vista? Acabamos de salir del hospital…

—Evidentemente, alguien les pasa información… podría ser cualquiera.

—Me sorprende que no hayan dicho nada de nuestra boda.

—No han tenido que hacerlo, yo acabo de enviar un comunicado de prensa.

—¿Qué? —Felicity lo miró, horrorizada.

—Que he enviado un comunicado anunciado nuestro matrimonio.

—Pero entonces se enterará mi familia… y yo no les he dicho nada todavía.

—Ah, no había pensado en eso. Si quieres, hablaré con tu hermano para explicarle la situación.

—No, gracias —dijo Felicity . La información que pensaba darle a su protector hermano iba a ser cuidadosamente censurada.

Cuando llegaron a casa, Felicity entró en el dormitorio para llamar a Ian y. aunque Oliver tenía una idea muy diferente sobre cómo celebrar la buena noticia, no puso objeciones.

Pero cuando se quedó solo tuvo una idea excelente.

De modo que informó al ama de llaves de que iba a salir y, si su mujer preguntaba, debía decirle que volvería muy pronto.

Para alivio de Felicity , ni Ian ni Clare se habían enterado de la boda. La conversación no fue fácil, en parte porque su hermano se tomó el anuncio de que se había casado con un millonario italiano como una broma.

—Sí, claro, y ahora estás nadando en dinero.

Cuando pudo convencerlo de que no estaba bromeando, la respuesta de Ian no fue muy entusiasta.

—¿Estás loca, Felicity ?

—¿Loca por casarme? Tú también estás casado, que yo sepa.

—Pero si apenas conoces a ese hombre… y dicen que tiene billones, no millones.

—Tú te casaste con la hija de un aristócrata siendo el hijo de un tendero —le recordó Felicity —. Además, no me he casado con él por su dinero.

—¿Se puede saber cómo lo conociste? ¿No salía con una actriz rubia muy famosa?

—Sí, pero evidentemente ya no sale con ella.

—Felicity , tú no puedes competir con ese tipo de mujeres…

—¿Quieres decir que yo no soy guapa? —exclamó Felicity , dolida.

—Bueno, no estás mal —rió su hermano.

—¿No se te ha ocurrido pensar que Oliver me quiere?

—¿Y a ti no se te ha ocurrido pensar que un hombre así se aburrirá pronto de ti?

—¿Cómo te atreves a juzgar a mi marido sin conocerlo? —replicó ella, indignada—. Lo único que sabes de él es lo que dicen en la prensa.

—Y espero estar equivocado, pero…

—¡Estoy embarazada, Ian!

Después de decirle que había cometido el mayor error de su vida, su hermano le pasó a Clare, que hizo lo mismo pero con más tacto y ofreciéndole apoyo durante el embarazo.

Felicity estaba deprimida y con la autoestima por los suelos después de colgar. Y su humor no mejoró cuando el ama de llaves le dijo no sólo que Oliver había salido, sino que tenía una visita.

—Es esa actriz, Laurel . Le dije que el señor Queen había salido, pero entró como si estuviera en su propia casa y está esperando en el salón —suspiró la mujer, contrita.

Felicity levantó la barbilla, orgullosa. ¿Cómo se atrevía a ir allí sin ser invitada? Laurel debía saber que Oliver estaba casado. ¿Iba a causar problemas o sería una visita amistosa?

Tal vez aquélla era la manera civilizada de hacer las cosas, pero Felicity no se sentía muy civilizada en aquel momento.

—Podría llamar a Paolo para que la echase —sugirió el ama de llaves.

—No, no hace falta —dijo Felicity —. Hablaré con ella.

Sabía que su embarazo aún no se notaba, pero estaba en ese momento en el que, sencillamente, se sentía gorda. Y en cuanto puso los ojos en su inesperada visitante, con su fabulosa melena rubia, su estatura y sus piernas interminables, no sólo se sintió gorda, sino pequeña y fea.

La rubia llevaba un traje de chaqueta blanco con un elegante cinturón negro y, bajo el escote de la chaqueta, se podía intuir un busto que desafiaba a la gravedad.

—¿Lleva mucho tiempo esperando? —le preguntó, obligándose a sí misma a sonreír—. ¿Quiere tomar un té? Señora Havers…

El ama de llaves, que había entrado detrás de Felicity , lanzó una mirada de desaprobación hacia la rubia antes de darse la vuelta.

Laurel sonrió.

—Qué suerte tiene. Con lo difícil que es encontrar servicio hoy en día.

—La señora Havers me ha ayudado mucho.

—Sí, claro, imagino que no sabe usted nada sobre llevar una casa como ésta.

¿Sabe que es muy pequeña comparada con el castillo de la Toscana? Y el apartamento de Nueva York es magnífico. De la decoración se encargó…

No había que ser un genio para darse cuenta de que Laurel estaba intentando hacer que se sintiera como una advenediza… y lo estaba consiguiendo. Pero Felicity decidió que dos podían jugar al mismo juego.

—Oliver está pensando vender el apartamento de Nueva York y comprar algo más… en fin, una casa para los niños. En cabo Cod quizá.

—Sí, ya sé que está embarazada. Pero no me imagino a Oliver con una familia.

—¿Ah, no? ¿Nunca le dijo que quería tener cinco hijos? —mintió Felicity , con toda tranquilidad.

La rubia la miró con cara de horror.

—¿Oliver quiere tener cinco hijos?

—Yo le he dicho que cuatro son suficientes. ¿Qué le parece?

—Yo no soy una experta en niños, pero adoro a mi pequeño Eduardo.

Felicity imaginó que hablaba de algún sobrino… hasta que Laurel levantó la tapa del elegante bolso que llevaba al hombro y, de repente, vio asomar la cabecita de un perro con un lacito rosa.

—Por eso me sorprende que Oliver quiera tener hijos. Nunca le gustó Eduardo… en realidad, era muy cruel con él.

—Qué raro —murmuró Felicity .

—Y él es muy sensible, ¿verdad, cariño? —Laurel levantó la cabeza para mirar de arriba abajo a Felicity —. ¿Ha contratado ya a un entrenador personal? Para después del embarazo quiero decir.

—Pues no, la verdad es que no lo había pensado.

—¡No tiene entrenador! ¿Y cómo piensa volver a recuperar la forma física?

—Poco a poco, espero. Cuidar del niño me tendrá ocupada veinticuatro horas al día, así que…

—Mis amigas casadas dicen que lo mejor es tener una niñera por la mañana y otra por la noche.

Felicity rió al ver la expresión de la otra mujer cuando le dijo que no pensaba tener niñeras.

—Pero no me ha dicho para qué ha venido, señorita…

—Llámame Laurel , por favor. Esperaba que Oliver estuviera contigo, pero en fin… tal vez sea mejor que tengamos una charla privada. ¿Es verdad lo que dicen?

—¿A qué te refieres?

—¿Ha recuperado la vista?

—Sí, así es.

Laurel se dejó caer sobre una silla, cruzando elegantemente las piernas.

—Gracias a Dios —murmuró, sacando un pañuelo del bolso con el que se secó unas lágrimas inexistentes—. Lo siento, pero tú no sabes lo que eso significa para mí. Supongo que sabrás que estábamos prometidos.

—La verdad es que Oliver nunca me ha hablado de ti, pero supuse que…

—Yo lo había dejado después del accidente —la interrumpió Laurel —. Sí, eso es lo que pensó todo el mundo, pero en realidad fue Oliver quien cortó conmigo. Dijo que me amaba demasiado como para cargarme con un marido ciego. Yo intenté disuadirlo, por supuesto, pero él decía que no sería justo para mí.

—Qué noble —murmuró Felicity .

—Oliver es mi alma gemela —dijo la rubia, con un tono lloroso tan falso como sus pechos.

«Y yo soy su mujer», pensó ella.

—Así que ya ves —siguió Laurel — por qué la noticia me ha emocionado tanto. Claro que tú no puedes saber lo que siento… pero ahora nada podrá separarnos.

—¿Perdona?

—La única razón por la que nos separamos fueron sus ridículos escrúpulos, pero ahora que ha recuperado la vista ya no hay nada que se interponga en nuestro camino.

Felicity la miró fijamente. Aquella mujer era increíble.

—Además de una esposa y un hijo, ¿no te parece?

—Sí, claro, supongo que esto debe de ser difícil para ti. Imagino que le tendrás cariño a tu manera…

Felicity se levantó de la silla, despacio porque las piernas no la sostenían.

—Yo amo a Oliver —la corrigió, llevándose una mano al pecho—. Le quiero como una esposa ama a su marido.

Laurel pareció sorprendida por su vehemencia.

—Si le quieres, supongo que querrás que sea feliz.

—Oliver es feliz.

—Seguro que finge serlo, pero piénsalo…

—¿Qué tengo que pensar? —la interrumpió Felicity , aunque sabía perfectamente de qué estaba hablando.

—Mira, no quiero ser cruel…

—Pero vas a serlo de todas formas, ¿verdad?

—¿Tú eres la clase de chica que atrae a hombres como Oliver Queen? Por favor, es evidente que no está a tu alcance.

—Tú no sabes nada sobre mí y mucho menos quién o qué está a mi alcance.

—Seguro que tú eres una buena chica, pero Oliver es un hombre y los hombres no están interesados en la personalidad o en la bondad. Un hombre en la posición de Oliver tiene que dar cierta imagen y su mujer es parte de esa imagen.

—Una esposa trofeo quieres decir. La rubia se encogió de hombros.

—Si quieres llamarlo así…

Unos meses antes, cuando Oliver Queen sólo era un nombre en un artículo periodístico, ella podría haber estado de acuerdo. Incluso podría haber dicho lo mismo si alguien le hubiera preguntado su opinión sobre el millonario.

Pero las cosas habían cambiado.

—A Oliver le importa un bledo lo que la gente piense de él.

—Me parece que yo lo conozco un poco mejor que tú —replicó Laurel .

—¿De verdad crees que es tan frívolo?

Por primera vez, la rubia perdió su aire condescendiente.

—¡Es un hombre!

Un hombre que había apretado su mano con fuerza mientras le descubría las imágenes que veía en la ecografía. No, el hombre con el que se había casado era muchas cosas, pero no era un frívolo.

—Tú no estás enamorada de Oliver, ¿verdad? Creo que ni siquiera te cae bien.

—La cuestión es que tampoco está enamorado de ti —replicó Laurel —. No es por eso por lo que se ha casado contigo. Tú lo has atrapado quedándote embarazada. De no haber estado ciego, no te habría hecho ni caso.

Sólo el orgullo impidió que Felicity se encogiera ante tan calculada crueldad.

—Yo no intentaba atraparlo.

—Te quedaste embarazada.

—No lo hice sola.

Respirando profundamente, la rubia se levantó con toda dignidad. Felicity hizo lo mismo, pero de inmediato se sintió en desventaja.

—Mira, he hecho un esfuerzo. He intentado ser amable…

—Lo dices como si la conclusión fuera que Oliver va a dejarme por ti. Laurel sacudió su larga y lisa melena, riendo.

—Lo único que tengo que hacer es esto —dijo, chascando los dedos.

—Pues entonces hazlo —le aconsejó Felicity —. Pero yo no pienso rendirme sin luchar.