Capítulo 11: Amor

- ¿Señorita?

Estaba borracha o muy achispada.

Era el anfitrión de la fiesta y como tal su deber era atender a los invitados y procurar que todo marchara sobre ruedas pero se había sentido agobiado. Esa gente falsa y fría le agobiaba y había terminado por abandonar el lugar antes de que otra mujer se le lanzara al cuello u otro hombre estuviera dispuesto a ofrecerle compartir el lecho de su mujer a cambio de un negocio provechoso. Se había retirado a su dormitorio en busca de paz pero su paz se había visto interrumpida al abrirse la puerta. Se levantó dispuesto a chillar a quien quiera que hubiera osado invadir su terreno privado pero entonces, la luz de la luna iluminó a la mujer más hermosa que había tenido nunca el gusto de contemplar. Sintió curiosidad.

Observó desde la penumbra como la joven tenía la osadía de encerrarse con llave en su propio dormitorio. Después la vio acercarse hacia el sofá en el que anteriormente él estuvo sentado y se fijó en su mirada. No parecía estar buscándole, ni querer robar, cotillear o tener cualquier intención maliciosa. Su mirada parecía perdida, confusa e incluso enojada. La joven se sacó los zapatos sin ningún cuidado, como si le diera exactamente igual estropearlos y se bebió el champan de un trago. No sabía si era su primera copa o la cuarta pero estaba claro que las burbujas se le subieron a la cabeza y se desmayó. Él corrió hacia ella en cuanto la vio caer sobre el sofá y se apresuró a atenderla. Su piel era suave como la seda y olía endiabladamente bien. No llevaba ningún perfume caro, era su aroma natural y le encantaba. La acarició suavemente mientras le hablaba y le preguntaba cosas para hacerle recuperar la consciencia. Sonrió aliviado cuando ella empezó a removerse. No le hubiera gustado nada tener que llamar a la ambulancia pero hubiera acompañado a esa dulzura encantado.

- ¿Se encuentra bien?

¿Dónde estaba Kagome? Levantó la cabeza del escritorio al percatarse de que se había quedado dormido sobre la madera y buscó con la mirada el reloj de la pared. Eran las cuatro de la mañana. Recordaba estar hablando sobre la mafia con Souta y con el detective Ishida a la una de la mañana. Souta dormitaba encogido en el sofá de cuero de su despacho y el detective Ishida se había quedado dormido en una butaca con un libro en su regazo. Los tres estaban agotados por la búsqueda, por el estrés, por la preocupación.

Pincharon el móvil de Souta para poder localizarlos cuando les llamaran. El detective Ishida estaba convencido de que nunca le devolverían a Kagome con vida. Insistía en que buscarían un lugar para la entrega del dinero, pero aparecerían sin ella y mientras hicieran el intercambio, estarían matándola. Su plan era mandar a Souta a hacer el intercambio ya que era de la confianza de esa gente, y unos agentes de la policía secreta se ocultarían al perímetro para detenerlos. Mientras tanto, irían al lugar que le indicara la llamada localizada y rescatarían a su esposa de una muerte segura.

Apoyó la cabeza contra la mesa una vez más y miró su anillo de bodas antes de caer en brazos de Morfeo.

- Princesa, eso ha sido fantástico.- la abrazó desde atrás- ¿Por qué no continuamos?

- ¿Continuar? ¿Te has vuelto loco?- le espetó- Estamos en la casa de mi… De mi…- tragó hondo- De mi padre. ¿Qué clase de chica te has creído que soy?

- Yo… - intentó contestar pero no sabía qué decir.

- Seguro que me ves como una conquista fácil y has venido a por más.- se apartó de él y se hizo la ofendida- ¡Todos los hombres sois iguales!

- Princesa, eso no…

- Seguro que las llamas "princesa" a todas.- se llevó la mano a la frente como si estuviera a punto de desmayarse con mucha teatralidad- Me siento tan desvalida…

- Tú eres mi única princesa, te lo juro.

Gimió en sueños y giró la cabeza para adoptar una pose más cómoda antes de que la escena cambiara.

- Déjame compensarte entonces.- sugirió- Mañana en otro sitio.

- ¿Me está proponiendo otra cita señor Taisho?

- Todas las que desees, princesa.

Sonrió en sueños por lo agradable que le resultaba recordar aquellos momentos tan felices con su esposa y suspiró. Echaba de menos todo de ella y eso que sólo llevaban separados doce horas. Al día siguiente tenía que recuperarla con vida y entera o su vida perdería todo el sentido.

- Kagome, ¿me ayudas a atarme los cordones?

Kagome se atragantó con el pedazo de hamburguesa que estaba masticando y empezó a toser con una mano en la boca para no escupir la comida. Inuyasha le dio unas suaves palmadas en la espalda y le ofreció un vaso de agua. Ella lo aceptó y miró a la niña sin saber qué hacer.

- Claro que te ayudo Kate.- se levantó de su asiento y se arrodilló frente a ella- Pero… ¿Por qué no dices bien mi nombre?- le pidió- Ese nombre que dijimos antes…

La niña la miró sin comprender al principio pero entonces cayó en la cuenta de que seguían jugando y miró a Inuyasha fijamente. Éste se extrañó por el comportamiento de la niña y no pudo menos que devolverle la mirada expectante. ¿Qué le pasaba de repente a esa niña? ¿Y por qué la llamó Kagome? Todo aquello era muy extraño y el comportamiento de la niña no le ayudaba a sentirse mejor.

- Se llama Kikio, ¿sabes?- la niña se comportaba como si la estuviera presentando- Kikio,- repitió- no tiene ningún otro nombre.

Kagome agachó la cabeza desesperada mientras que Inuyasha miraba a la niña como si se hubiera vuelto loca. Kate, en cambio, sonrió y se volvió hacia su hamburguesa para devorarle con auténtica hambre. Kagome aprovechó para sentarse en su lugar entre Kate e Inuyasha, pero no continuó comiendo. Se quedó sentada firme como una estaca, mirando al frente y sin querer escuchar una sola palabra.

- ¿Sabes? Es curioso pero nunca había escuchado el nombre de Kagome hasta hoy.- le dijo- Primero en tu casa cuando he ido a recogerte y ahora lo escucho aquí…

De repente, ese momento de su relación le pareció cómica y se rió entre sueños. Kagome había hecho auténticos malabares para ocultarle que no era la heredera Tama y por fin se daba cuenta de lo mucho que ella debía quererle para haberse arriesgado tanto por él. Lo mucho que lo amaba su esposa.

Sin poder evitarlo su mirada se desvió a sus pechos una vez más y cuando volvió a mirarla, ella agachaba la cabeza. Lo estaba haciendo otra vez. Volvía a conseguir que se sintiera como un cabrón insensible por admirar su belleza.

- ¿Por qué te molesta tanto que te mire?

- No entiendo…

- Sí que entiendes. Permites que todos los hombres te miren vistiéndote de esa manera pero cuando soy yo el que te mira… Te encoges y me tratas como si fuera un cerdo.

- Yo nunca he pretendido…

- ¿Entonces?- insistió- ¿Por qué no hemos vuelto a acostarnos? Hemos tenido oportunidades de sobra.

Desde luego era una pregunta directa y ella parecía asustada pero tenía que indagar en el asunto. Estaba enamorado de ella, irremediablemente pero no podía casarse con ella si no sentía lo mismo. Una mujer que se comportaba como si no quisiera que la tocara, no podía estar enamorada de él, ¿no? Además, él no sería capaz de contener sus manos con ella, su autocontrol estaba llegando a su límite.

- Supongo que… Me sentía un poco avergonzada…

- ¿Por qué? – la presionó- ¿Acaso he dicho o hecho algo que te haya molestado?

- No pero… Yo era virgen y tú… Yo… Bueno… Empezamos del revés…

- Es cierto que no fue la forma más adecuada de comenzar una relación pero la pasión es muy importante entre un hombre y una mujer.

- Lo sé y lo entiendo.

- ¿Tú sientes eso por mí, princesa?

Tenía las mejillas encendidas cuando le dijo lo que tanto necesitaba oír.

- Yo sí que siento eso por ti, Inuyasha.

Kagome siempre era tan tímida, tan suya.

- Princesa, ¿quieres casarte conmigo?

Giró la cabeza para mirarlo con las lágrimas derramándose por su rostro y después miró el anillo que le ofrecía dentro de una cajita de terciopelo. Era precioso, de oro puro y oro blanco y tenía diamantes auténticos. Un anillo digno de la esposa de Inuyasha Taisho.

- No… - musitó- No podemos casarnos…

- ¿Por qué?

Su corazón dejó de latir en ese instante. Le había pedido matrimonio a su querida Kikio, a la mujer que más amaba en ese mundo y ella lo estaba rechazando. ¿Por qué lo rechazaba? Después de su conversación en la playa, ¿eso significada que él no era el adecuado? Por primera vez en su vida supo lo que era que te rompieran el corazón.

- No podemos… - repitió sollozando.

Tenía que haber alguna razón.

- Pero tú… ¿Tú quieres?

- Sí que quiero… - sonrió entre lágrimas- Pero no podemos…

- ¿Por qué?

Ella sí quería, ella quería casarse con él. ¿Qué se lo impedía? Sólo tenía que decírselo y él removería cielo y tierra para solucionarlo.

- Kikio, por favor…

- ¡No vuelvas a llamarme nunca por ese nombre!

Ella siempre se odió por tener que mentirle. Todo lo que le había reprochado cuando se descubrió la verdad lo veía por fin claro como el agua. Kagome no era tímida únicamente por su naturaleza, también lo era porque se sentía mal consigo misma por tener que mentirle. Ella quería ser ella misma, ser Kagome para él y que él se fijara en ella por ser exactamente quién era. Detestaba mentirle, lo pasaba realmente mal, sufría cada vez que la llamaba por otro nombre. Ella tenía mucho miedo. Temía que él descubriera la verdad y dejara de amarla por ello. Sin embargo, eso no ocurriría porque él se había enamorado de Kagome Higurashi y removería cielo y tierra para recuperarla.

- No necesito dinero para ser feliz…

- ¿Y qué necesitas para ser feliz?

La pregunta salió de sus labios antes de que pudiera evitarlo.

- Necesito saber que mi marido me quiere y me perdona…

Sí que la perdonaba y sí que la amaba. Ahora bien, las sombras inundaron su hermoso sueño, sus bonitos recuerdos y todo se volvió oscuro. A lo lejos vio una luz y corrió hacia ella esperanzado, pero sólo encontró muerte. Su hijo, el feto que aún estaba gestando su esposa, se encontraba metido dentro de un bote de cristal, muerto. Su esposa, su preciosa esposa tirada en el suelo. Violada y asesinada brutalmente. Unos hombres altos y musculosos con el cabello rubio observando a su familia muerta con una sonrisa sardónica en la cara. Él gritando y llorando, corriendo hacia su familia, intentando golpearlos.

- ¡Kagome!

Sintió unos brazos sobre sus hombros, otros agarrando sus brazos y cuando abrió los ojos se encontró con que su cuñado y el detective Ishida estaban pugnando por detenerlo, por impedir que continuara golpeando su mesa. El sueño se había vuelto tan real, tan sádico.

- Inuyasha,- lo llamó su cuñado- ¿te encuentras bien?

Inuyasha respiró hondo y buscó con la mirada el reloj de la pared. Eran las ocho de la mañana. Frente a él había una bandeja con una enorme cafetera repleta de café recién hecho y tres tazas para él y sus acompañantes. Los criados habían empezado su jornada antes de tiempo, todos debían estar preocupados por su esposa. Todos la querían.

- No quiero que a ella le pase nada…

- No le ocurrirá nada, Taisho.- le aseguró el detective- Nos adelantaremos a ellos. Esta vez seremos nosotros los que vamos a tomarlos por sorpresa.

Prácticamente tuvieron que darse una ducha juntos. Temían que los de la mafia llamaran en cualquier momento por lo que subieron los tres con el móvil al baño de Inuyasha y se turnaron. Mientras uno se duchaba, los otros dos esperaban fuera mirando fijamente el móvil y tomándose una taza de café. Ninguno había descansado bien, todos fueron atormentados por terribles pesadillas y se les notaba en la cara. Cuando los tres terminaron de ducharse bajaron otra vez al despacho y se sentaron. El equipo informático estaba siempre alerta, a la espera de la llamada.

El móvil sonó e Inuyasha se lanzó sobre él como un rayo, pero la decepción fue enorme cuando escuchó la voz de una mujer llorosa que buscaba a Souta.

- Es para ti, otra conquista.

Souta agarró el móvil y empezó a hablar, pero entonces, Miroku se lo arrebató y cortó la comunicación.

- ¡Ey!- se quejó- Esa chica tiene un buen…

- ¡Silencio!- le ordenó- Los secuestradores pueden llamar en cualquier momento a este móvil.- le explicó- No tenemos tiempo para que te pongas a hablar con tus ligues.

Souta asintió avergonzado con la cabeza y se acercó a los ventanales de la mansión para contemplar el jardín. Añoraba a su hermana, añoraba desayunar con ella, añoraba compartir secretos con ella, añoraba todo de ella. Cuando era pequeño y descubrió que sus padres biológicos tuvieron una hija con la que sí que se quedaron, la odió. No es que no le gustaran sus padres adoptivos, ellos fueron maravillosos, pero le dolió que sus verdaderos padres lo rechazaran a él y no a ella. La conoció cuando ella era una niña de diez años y él un adolescente de dieciséis.

- Mira Kagome,- sus padres la empujaron- este chico es tu hermano.

Kagome avanzó un paso asustada y lo miró con ojos expectantes. Él quiso mirarla con odio, hacerle saber que la despreciaba y que le haría la vida imposible si estaba en su mano, pero fue incapaz de ello. Su hermanita pequeña tenía una mirada dulce e inocente y una sonrisa encantadora. Sería sumamente sencillo culparla de todo y hacerle sentir como el más inmundo de todos los seres, pero por alguna extraña razón, no quería dañarla.

- Hola…- musitó ella- Encantada de conocerte.

Kagome extendió una pequeña mano temblorosa, esperando a que él la estrechara. Era terriblemente tímida y él tenía que comportarse como un buen hermano mayor y protegerla de todo mal. Extendió su mano y sostuvo la de su hermanita.

- También estoy encantado de conocerte, Kagome.- sonrió- Me llamo Souta.

- Me gusta tu nombre…

- A mí también me gusta el tuyo, hermana.

Fue la primera vez que la llamó hermana y desde entonces siempre la tenía en mente. Se veían en navidad sin falta, se escribían muchas cartas e intercambiaban fotografías, se llamaban una vez a la semana por lo menos. Sabían todo del otro y la única vez que su hermana le había ocultado algo fue cuando se casó con Taisho. Al principio se lo reprochó, pero ella se lo explicó todo y la perdonó. La verdad era que también quiso darle una buena paliza a su cuñado, Inuyasha. Mancilló a su inocente hermana antes de la noche de bodas, se casaron estando ella embarazada y encima se casaron enfadados porque no la perdonó. Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, los había estado observando y tendría que ser un tonto para decir que Inuyasha no amaba a su hermana. La perseguía como si fuera su perrito faldero y se ocupaba de darle todos los caprichos y adorarla como a una diosa. Sí que la amaba, pero haría bien en hacérselo saber. De hecho, iba a decirle lo que pensaba.

- Inuyasha, necesito hablar contigo.

Inuyasha levantó la vista del informe policial sobre la mafia que estaba revisando por cuarta vez y lo dejó sobre su escritorio. Se apartó con él en los ventanales y se miraron de frente. Él se equivocó al aparecer de esa forma en la boda, era su culpa que Kagome fuera secuestrada y ya se había disculpado demasiado. Le debía a Kagome mucho más que dinero y pensaba devolvérselo en ese momento.

- Sé que no estoy en posición de pedirte nada,- comenzó- pero esto que te pido no es para mí, es para mi hermana.

- ¿Qué quieres?

Seguía reacio a hablar con él y no le extrañaba.

- Quiero que cuando rescaten a Kagome, lo primero que hagas sea decirle que la amas.

- ¿Cómo?

- Sé que la amas, todos aquí lo sabemos.- afirmó- Todos menos ella. Kagome piensa que la odias por haberte mentido y que te portas bien con ella por el bebé. ¡Sácala de su error! Kagome te necesita…

- Eso ya lo sé,- suspiró- no te preocupes. Le diré a Kagome todo lo que necesita saber.

Souta asintió con la cabeza y lo siguió hacia el escritorio aliviado. Cuando Inuyasha abrió el informe frente a él y le indicó que se sentara en una silla junto a él, supo que lo había perdonado. Así pues, se sentaron los dos juntos y estudiaron todo lo relacionado con la mafia.

El detective Miroku Ishida observó al señor Taisho y a su cuñado desde una librería. Taisho estaba furioso con él desde que supo que su esposa fue secuestrada por una mafia que estaba relacionada con él, pero parecía que se habían arreglado y cooperaban. La verdad era que la señora Taisho tenía la tremenda suerte de contar con unos hombres que la amasen tanto. De hecho, debía ser una persona realmente maravillosa porque todos los empleados de la casa y la familia y amigos rondaban la casa muertos de la preocupación. Se prometió a sí mismo que la salvaría y no por la gloria sino que por esa gente que parecía amarla tanto. Sería una auténtica pena que el mundo se perdiera a Kagome Taisho.

En ese momento el teléfono móvil sonó. ¡Era Sergey! El equipo informático se puso en marcha en ese momento e Inuyasha se levantó con el móvil en la mano.

- Recuerde Taisho, retráselos todo lo que pueda.

Inuyasha asintió con la cabeza y pulsó la tecla para hablar.

- ¿Diga?

- Por lo que puedo ver, se ha mantenido junto al móvil de su cuñado. Tal y como le indiqué.

- Sé lo que me conviene.

Se escuchó una suave risa al otro lado del teléfono.

- ¿Tiene el dinero?

- ¿Mi esposa está en buen estado?

- Usted no es como los demás Taisho, juega duro. Otro hombre no se hubiera arriesgado a preguntar, me cae bien. Es una lástima que nos hayamos conocido en estas circunstancias.

- No ha contestado a mi pregunta.

El hombre volvió a reír, en esa ocasión con más saña y murmuró algo en otro idioma.

- Su esposa ha sido tratada como una reina. Le hemos dado de comer unos alimentos magníficos e incluso sus vitaminas para el embarazo. Por si le preocupa también ha dormido sobre una mullida cama.

- ¿Por qué tendría que creerle?

- ¿Ha abierto su correspondencia, Taisho?

¿Estaba de broma? El detective Ishida y su cuñado estaban empezando a abrir el correo de ese día antes de que él hiciera la señal. Debían haber escuchado todo por los altavoces que se colocaron. Abrieron facturas, cartas personales, publicidad y toda clase de cartas hasta que encontraron una carta de su agencia de seguridad repleta de fotografías. Esos bastardos osaban burlarse de él de todas las formas posibles. Extendieron las fotografías sobre su escritorio y las miró. En una aparecía Kagome sentada sobre un colchón en el suelo, comiendo algo que parecía sopa y tenía sus vitaminas. En otra aparecía ella tumbada, durmiendo y encogida por el frío mientras se cubría el vientre con los brazos para darse calor.

- ¿No se le ocurrió darle una manta?- gruñó.

- Es nuestra rehén, no podemos darle todas las comodidades del mundo. Ya hicimos bastante por ella, yo hice bastante por ella.- le aseguró- Todos mis hombres querían violarla y la protegí. Tiene suerte de que yo esté aquí.

Violación. La palabra se le atragantó, se le quedó incrustada en la garganta, justo en la nuez de Adam. Su pesadilla…

- Le repito la pregunta, Taisho. ¿Tiene el dinero?

- Quince millones de dólares, tal y como acordamos.

- Estupendo. Anote la dirección y vaya solo si quiere recuperarla con vida.

El hombre le dictó una dirección que lo llevaría hasta un descampado. Unos agentes la apuntaron y Souta asintió indicando que la conocía. Antes de que le diera la hora del cambio tan siquiera, media docena de agentes se marchó para ocupar sus lugares estratégicos.

- Yo no puedo hacer el cambio.

Miroku le hizo señas para que intentara alargar un poco más la conversación.

- Su esposa…

- ¿Es que usted no piensa?- le espetó- Soy un hombre muy importante, no puedo hacer algo tan estúpido.

- ¿Ni por la vida de su mujer?

Se tragó todo su orgullo para decir aquello.

- ¿En serio piensa que un hombre como yo aprecia más la vida de su juguetito que la suya propia?

Esa mentira le costaría un lugar en el infierno, pero le daba igual porque todo era válido para salvar la vida de su mujer y de su hijo.

- Digamos que acepto, ¿quién haría el cambio?

Miroku le hizo una señal para que supiera que ya tenían la dirección.

- ¿Qué le parece su antiguo colega?- sonrió- Souta Higurashi.

- Una idea magnífica. Dele la dirección y el dinero, y él se ocupará.

La comunicación se cortó y entonces él pudo volver a respirar. Aquel hombre le ponía los pelos de punta y no era para menos. Las fotografías que le había enviado… Aunque no se trataba de algo tan malo como lo que soñó, le partían el corazón. Su Kagome, su dulce Kagome.

- ¡Recuperad a mi esposa!

…..

Kagome se abrazó a sí misma y se encogió en la esquina más alejada de la puerta de aquella habitación húmeda y oscura. Le entraba un poco de luz entre las rendijas de una sucia rejilla, pero no era suficiente para enfocar algo en condiciones. No le habían tratado mal a decir verdad, pero aquel sitio no le gustaba nada, le aterrorizaba y no era para menos. ¡Estaba secuestrada!

Cuando llegaron allí descubrió que había unos cuatro hombres más implicados en su secuestro. Aquellos cuatro hombres intentaron lo que no hicieron aquellos que se colaron en su habitación. Quisieron violarla. El que parecía ser el líder, se interpuso entre ellos y los amenazó con matarlos si osaban ponerle un dedo encima. Él explicó que ella era demasiado valiosa, que la necesitaban en el mejor estado posible hasta que Inuyasha pagara el rescate. Pero no dijo nada de después, no dijo nada de devolverla y eso la asustó terriblemente. Desde el lugar en el que estaba encerrada, lo escuchó hablar por teléfono con Inuyasha y reírse de él en la cara. Durante unos pocos segundos le acercó el teléfono y le permitió hablar con él, pero apenas pudieron cruzar dos frases.

Pasó horas sola dentro de aquella habitación que para ella se había convertido en un calabozo, pensando en todo lo sucedido en ese día, en su hijo. Cuando su estómago empezaba a estremecerse por el hambre y ella se empezaba a preocupar por la seguridad de su hijo, el líder entró con una bandeja con comida. Ella se negó a comer pensando que podría estar envenenada, pero él la probó para demostrarle lo contrario y se atrevió a comer. No le gustaba aceptar sus limosnas, pero el bebé era más importante. También se sintió feliz cuando le entregó las vitaminas que habían comprado. Era extraño que estuviera cuidándola tanto. Cuando le entró el sueño, se tumbó en el colchón y se abrazó el vientre para intentar que el frío que la atenazaba no llegara hasta allí.

Esa misma mañana, cuando le trajeron el desayuno, escuchó al líder hablando por teléfono. También descubrió que se llamaba Sergey y que era ruso y "amigo" de Souta. Ése debía ser el hombre que lo presionaba para que pagara todo lo que debía. Escuchó que Souta iba a entregar el rescate. ¿Por qué? La respuesta llegó cuando Sergey entró en el calabozo.

- Tu maridito va a pagar por ti, tal y como te dije.

Ella se encogió de hombros y bajó la cabeza.

- Pero no entregará el dinero porque su vida es demasiado valiosa. Prefiere arriesgar la vida de tu hermano.

Se negaba a creer semejante mentira. Inuyasha no haría eso nunca, él no pensaba de esa forma. Si Souta entregaba el dinero era por otra razón desconocida para ella.

- Ha sido un placer conocerte, Kagome- le dio la espalda- Suerte…

¿Suerte? ¿Qué quería decir con eso? Sergey salió del calabozo y volvió a cerrar la puerta con llave. Ella se acercó corriendo hasta la puerta y pegó el oído a la puerta de acero.

- Cuando me marche…- se escuchó- ¡Mátala!

Dio un paso hacia atrás acongojada y observó la puerta de acero como si tratara de aprenderse de memoria cada átomo que la componía. ¿Matarla? Iba a amatarla. ¿Por qué? Inuyasha había pagado, había pagado para salvarla a ella y a su hijo y Sergey no iba a cumplir el trato. Iba a morir en ese lúgubre sitio, lejos del hombre al que amaba, sola, sin haber conseguido que la perdonara y con un hijo en el vientre que moriría sin haber visto la luz del día.

¡No! Se negaba en rotundo a rendirse tan fácilmente, a dejar que la mataran sin luchar por su vida y la de su hijo. Quitó todo lo que quedaba sobre la bandeja de su desayuno y la agarró entre sus manos para comprobar su consistencia. Era de metal, tendría que ser suficiente para hacer daño a alguien de un buen golpe. Corrió hacia la puerta y se colocó detrás de ella a la espera. Tan pronto como se escuchó el ruido del motor de un coche, unos pasos se acercaron hacia la puerta. El sonido de la llave traqueteando en la cerradura le hizo temblar y alzó los brazos con la bandeja, preparada para atacar. La puerta gimió al ser empujada y empezó a abrirse muy lentamente.

- Bonita… - se escuchó- Si te portas bien y haces que el tío Milov se lo pase bien, te dejaré vivir un poquito más…

Kagome tragó hondo al ver surgir la pistola sostenida por una enorme mano. Esperó con piernas temblorosas a que el hombre avanzara más y cuando su cabeza estuvo lo bastante dentro…

- ¿Qué demo…?

Dejó caer la bandeja con fuerza y golpeó en su cabeza. El robusto hombre se mantuvo en pie unos segundos como si no fuera suficiente aquel golpe, pero después se desplomó en el suelo. Kagome le quitó la pistola de un puntapié, alejándola de su cuerpo y lo rodeó para salir del calabozo. En sus manos llevaba la bandeja que había adoptado la forma de la cabeza del gigante.

Corrió por el salón que ya conoció el día anterior hacia la puerta, pero estaba cerrada con llave y por más que tirara no lograba abrirla. Buscó con la mirada un juego de llaves pero no había ninguno. Seguro que el hombre al que tumbó tenía uno, abrió la puerta con una llave. Se acercó dispuesta a buscarlo entre sus ropas pero él gimió, y empezó a removerse. Si se acercaba un poco más la agarraría y estaría muerta. También podría salir por las ventanas, pero su esperanza se esfumó al ver los barrotes. ¡Estaba atrapada!

- Inuyasha…

Las lágrimas se acumularon en las cuencas de sus ojos y empezó a darlo todo por perdido hasta que divisó lo que parecía un teléfono móvil en la repisa de un mueble. Corrió hacia él y pulsó el número de móvil de Inuyasha, el cual se sabía de memoria. Un tono. Estaría buscando el móvil. Dos tonos. Igual no reconocía el número de móvil. Tres tonos. No podía demorarse tanto. Cuatro tonos. ¡Lo necesitaba! Cinco tonos…

- ¿Diga?

Su voz, era su voz. ¡Inuyasha!

- ¿Hay alguien ahí?- volvió a preguntar.

- Inuyasha…- sollozó.

- ¡Kagome!

Kagome se limpió con el dorso de la mano las lágrimas y luchó para lograr vocalizar en condiciones.

- Inuyasha, te han mentido… - musitó débilmente- No les pagues… Me van a matar…

- ¡No!- gritó- ¡No lo permitiré!

Escuchó un ruido a su espalda y vio que el gigante se estaba levantando. ¡Estaba perdida!

- He conseguido retrasarlo… He cogido este móvil pero… ¡No puedo salir!- gritó- ¡Estoy encerrada!

- Kagome, escúchame…- insistió.

- Lo siento, Inuyasha…

- ¿Qué sientes?- preguntó con un deje de asombro.

- Haberte mentido… ¡Todo! - sollozó- Yo estaba enamorada de ti, estoy enamorada de ti… ¡Perdóname por favor!

El gigante se acercaba a ella y parecía muy enfadado. Dio unos pasos hacia atrás, rodeando una mesa que se interponía entre ellos.

- Inuyasha… Te amo…

La mesa fue apartada de un empellón y ella gritó antes de perder el móvil.

- Inuyasha… Te amo…

Se le encogió el corazón al escucharla y justo después la escuchó gritar. No necesitaba el móvil para oírla, la escuchaba desde fuera de la destartalada casa en la que la habían encerrado. Furioso con el hombre que debía de estar golpeándola y consigo mismo, apartó a todos los agentes que se le cruzaron, ignoró las advertencias de Miroku y derribó de una patada la puerta de la casa. Su Kagome estaba encogida en una esquina, llorando y gritando mientras un hombre realmente enorme amenazaba con descuartizarla. ¡Y una mierda!

- ¡Déjala en paz desgraciado!

Se abalanzó sobre él sin pensarlo. Lo derribó y se pelearon en el suelo, dándose puñetazos y patadas. Recibió bastante, pero le satisfizo saber que el otro también estaba sufriendo. El gigante lo empujó y empezó a arrastrarse en busca de algo. Él siguió su trayectoria para continuar con la pelea y vio una pistola. Ambos se pusieron en pie, se miraron y corrieron al mismo tiempo hacia la pistola. El gigante la agarró primero, él agarró su muñeca para apartarla de su cuerpo y forcejearon entre los dos hasta que el sonido de un disparo cortó el aire.

- ¡Inuyasha!

Kagome se levantó del lugar desde el que había observado la escena aterrorizada y corrió hacia ellos asustada. Unos agentes aparecieron de la nada y la rodearon, pero ella no permitió que ninguno la moviera del lugar. Necesitaba estar con él, saber que estaba bien. Por favor, que no le hubiera ocurrido nada. Los dos hombres estaban de pies mirándose el uno al otro en un segundo y al siguiente, el gigante ruso se desplomaba en el suelo con un agujero de bala en el estómago y la pistola que sostenía apuntando hacia su cuerpo.

Quiso sentirse mal por matar a un hombre, pero si tenía en cuenta que ese mismo hombre intentó matar a su Kagome, no se sentía ni un poquito culpable. Cuando estaba forcejeando con él por la pistola y se disparó, pensó que iba a morir, pero la pistola apuntaba al gigante, no a él. La adrenalina lo había cegado hasta tal punto que ni siquiera sabía bien lo que hacían sus manos. Escuchó el grito de su esposa surgir entre la bruma, pero sus ojos no podían apartarse de los del gigante. Vio como segundo tras segundo iban perdiendo el brillo de la vida hasta que cayó de espaldas en el suelo.

- ¿Señor Taisho?

- ¿Se encuentras usted bien?

- ¿Está herido?

Eran muchas las voces que le preguntaban una cosa tras otro, pero para él ninguna de esas voces decía nada. Su mirada se concentró en su pequeña Kagome, allí de pies, vestida con el mismo camisón que él le puso y los ojos llenos de lágrimas. Llegó hasta ella en dos grandes zancadas y la estrechó entre sus brazos como nunca antes lo había hecho.

- Pensé que iba a morir… - musitó ella contra su hombro.

- Lo sé.- asintió- ¿Qué era toda esa mierda, Kagome?- la regañó- ¿Tan poca confianza tienes en mí que pensabas que iba a permitir que murieras?

- T-Tú… Y-Yo… - balbuceó- No podía saberlo…

- En casa teníamos un buen detective investigando el caso y predijo que esto sucedería.- le explicó- Localizamos la llamada para venir a rescatarte mientras Souta hacía el cambio.

- ¡Souta!

- No te preocupes.- sonrió para tranquilizarla- El perímetro estaba rodeado de agentes y por lo que me han dicho, han sido arrestados todos y tu hermano se encuentra perfectamente.

Kagome asintió con la cabeza aliviada y se volvió a hundir entre sus brazos, aquellos brazos que pensó que nunca volvería a sentir alrededor de ella. Un agente se acercó con un par de mantas para cada uno. Inuyasha sólo aceptó una de las mantas y la envolvió con ella. Después, la levantó en volandas y la sacó de esa ruinosa casa. Caminó hasta su Mercedes favorito y la sentó sobre el capó del coche. Con mucha delicadeza comprobó que no tuvieras ni un solo rasguño en el cuerpo y después volvió a abrazarla y la besó.

- Hay algo que deseo decirte desde hace mucho, Kagome.

Había llegado el momento y nadie le interrumpiría en esa ocasión.

- Siempre que intento decírtelo ocurre algo y me quedo con la palabra en la boca,- suspiró- esta vez no será así.

La mujer asintió con la cabeza instándolo a hablar.

- Kagome, yo…

- ¡Señorita Higurashi!- un agente se acercó a ellos corriendo- Si pudiera prestar declaración…

- ¡Ahora no!- rugió Inuyasha- ¿No ve que estamos en un momento íntimo?

El agente tragó hondo y asintió con la cabeza antes de salir huyendo como si Inuyasha fuera el mismísimo diablo. Nadie iba a interrumpirlos, no lo permitiría, así que como iba diciendo…

- Siempre has estado per…

- ¡Kagome!

Souta Higurashi decidió que ése era el momento de hacer su aparición estelar. Lo apartó de un empujón y estrechó a su hermana entre sus brazos. Inuyasha lo fulminó con la mirada y apretó los puños.

- ¿Este enclenque te ha dicho ya las palabras bonitas?

- ¿Qué palabras bonitas?- preguntó Kagome sin entender.

- ¿A qué estás esperando?- le espetó- Quedamos en que…

- ¡Estaba intentando hacerlo hasta que tú apareciste!

Souta sonrió traviesamente y se hizo a un lado para dejarles intimidad, pero estaba a menos de tres pasos de ellos y escuchaba con interés. Inuyasha puso los ojos en blanco y suspiró. Con o sin su hermano, le diría a Kagome lo que sentía por ella y nadie, absolutamente nadie se lo impediría.

- Yo te a…

- ¡Kagome!- se escuchó gritar.

- ¡A la mierda todo!

Inuyasha se apartó de ella enfadado con el mundo y se cruzó de brazos mientras veía como uno a uno, cada miembro de su familia y empleados de su casa, la abrazaban. Parecía que se hubiera movilizado todo ser en la mansión Taisho y todo estaba lleno de coches. Los agentes de policía no podían salir, los forenses no podían entrar y toda esa gente los ignoraba. Su esposa por lo menos parecía feliz con las atenciones y eso era suficiente consuelo para él. Cuando al fin consiguió apartar a cada miembro de su familia para volver a estar frente a ella, respiró hondo para intentar confesarse. No le importaba que estuvieran presentes, él no se avergonzaba de amarla.

- Ahora que por fin están todos.- les lanzó una mirada fulminante a todos- Puedo continuar con lo que estaba diciendo. Kagome. Tú eres muy importante para mí,- sostuvo sus manos- hace mucho que quiero decirte que te…

- ¡Kagome!

No podía estar ocurriéndole eso a él, era tan surrealista. Kikio corría hacia ellos acompañada de Naraku Tatewaki y él estaba al borde de un ataque de ansiedad. Vio como la abrazaban y se entretenían en exceso hablando. Algo en su interior explotó en ese momento.

- ¡Maldito seáis todos!- gritó- ¿Es que no vais a dejar que le diga a mi mujer que la amo? ¡Llevo más de media hora intentando hablar con ella y no me dejáis!

Se hizo el silencio y todos lo miraron fijamente, sin poder creerse lo que acaban de escuchar. Él se sintió como un idiota por haber estropeado su confesión diciéndolo de esa manera y sin querer mirar a Kagome para descubrir su decepción, se dio media vuelta y caminó hacia cualquier parte.

Kagome contempló a su marido con lágrimas en los ojos. Se bajó del capó del coche y les pidió a todos que los dejaran solos, que no los siguieran. Agarró la unión de la manta para que no se deslizara por sus hombros y corrió detrás de su marido. No podía decirle que la amaba y marcharse de esa forma por más enfadado que estuviera con su familia y amigos. Lo alcanzó cuando estaba a punto de meterse en un frondoso bosque y agarró su potente brazo para impedir que siguiera avanzando.

- Inuyasha…

- Lo siento, no hago nada bien.

- Pero, ¿qué dices? Acabas de salvarme la vida- se abrazó a su espalda- Te amo, Inuyasha.

Inuyasha dio media vuelta y la estrechó entre sus brazos antes de llenar su rostro de tiernos besos.

- Yo sí que te amo, Kagome.

- Pero, te mentí…

- Lo sé, ¿y qué?- suspiró- Me enfadé un poco al principio, pero la verdad es que el cabreo no me duró ni una hora. Has estado siempre perdonada Kagome, pero yo era demasiado orgulloso para admitirlo.

Kagome hundió la cabeza en su torso y suspiró con una mezcla de alivio y alegría.

- Inuyasha, quiero volver a casa.

A sus órdenes, princesa.

- Ella le miró fascinada en ese momento.

- Echaba de menos que me llamaras así…

Ambos sonrieron y se besaron profunda y apasionadamente frente a las miradas expectantes de sus familiares y amigos. Después, se abrazaron y juntos se fueron hacia su coche para volver a su hogar.

FIN