Cómo convertirse en la perfecta Dama del Oeste

Los personajes de este fan-fic son propiedad de Rumiko Takahashi, utilizados para mis historias sin fines de lucro


XI

Conflictos

La gruesa madera con la que estaba construida el establo, donde se encontraba la imponente mascota de la futura Dama del Oeste, crujía de manera tan brusca que se hacía sentir ante el ambiente tan silente que enfundaba a la joven Rin y a Sesshomaru. A pesar de todo estar tan callado, una tensión sumamente palpable recorría cada esquina de aquel lugar que, con el paso de los segundos, se transformaba en un campo de batalla colisionado por simples miradas: Rin miraba a Sesshomaru en busca de compasión.

Ella, simplemente, no estaba preparada para tener una discusión con aquel Inugami que le había conquistado su corazón. ¿Por qué había tomado tan personal el hecho de que ella hubiese leído el Manual de Cómo Convertirse en la Perfecta Dama del Oeste? Ese era su destino… Era para lo que, durante todo el tiempo transcurrido, se había resguardado en habitaciones tan lujosas, junto con la madre de este, para transformarse en aquel ejemplo de mujer que debía tener Sesshomaru al momento de desposarse; su deseo era complacerlo y darle honor a su familia, y no que se sintiese más presión por el simple hecho de que esta siguiese con el mismo comportamiento desde que había llegado a aquellos aposentos tan ostentosos: torpe, distraído y totalmente desordenado. La pelinegra, entre tanto, lo más que podía hacer era morderse la comisura de su labio y, con una de sus manos, sujetar con fuerza –hasta el punto de arrugarlo– el dorso de su yukata.

Rin, a ese punto, ya no sabía qué comentarle al demonio cuyos orbes cada vez se hacían más grandes y se iluminaban de tal manera que daba la impresión de que la pupila, en cualquier instante, desaparecería al iris sin réplica; mientras más segundos pasaban y la joven no soltaba, al menos, un suspiro se podía percibir como la ira se acumulaba en Sesshomaru. La situación se tornaba cada vez menos agradable.

― Señor Sesshomaru, yo… ―los nervios que recorrían el cuerpo de Rin ya estaban sobrepasando los límites normales, en conjunto, sus labios comenzaron a tiritar y sus ojos, de color café intenso, se llenaron rápidamente de lágrimas. ¿Por qué le estaba sucediendo esto? Ella, por más vueltas que le diese a su mente, seguía sin encontrarle una explicación lógica a la situación; sin embargo, de lo que sí estaba segura era de que aquel frívolo zarpazo recorriéndole, en ese instante, todo su cuerpo le desagradaba de manera totalitaria.

La mente de Rin divagó por un instante: ¿y si al casarse con Sesshomaru tendría que enfrentar este tipo de situaciones diariamente? El hecho de imaginarse reprimida, teniendo que dar explicaciones por todo y manteniendo una responsabilidad para no llevarle la contraria a su futuro esposo hacía que, de alguna u otra forma, algunos nervios se le crispasen. Rin se vio enjaulada, apresada. Como si dos cadenas lo bastante fuertes le tomaran por sorpresa y la inmovilizaran totalmente en la habitación más oscura de todo el Palacio; ¿así sería su nueva vida?

Una mueca se atravesó por su rostro cuando volvió en sí.

― Rin

Soltó Sesshomaru mientras le quedase paciencia dentro de él; sus largos cabellos, de color blanco, se movían al compás del viento. Seguía expectante, seguía reteniendo su mirada, de manera fija, en los orbes de Rin. Él sólo buscaba una simple respuesta: ¿por qué? Y, a cambio, no recibía, aunque fuese, una excusa sobre ello.

La educación de Sesshomaru, debido a criarse con dos seres celestiales con mucho poder, lo había convertido en un ser reticente y exigente, ya que, cualquier cosa que este pidiese, había que cumplírselo sin demora, después de todo, él sería el heredero al trono del Palacio. A parte de ello, el afecto que sus padres compartían hacia el pequeño demonio no era el más atento de todo, por consiguiente, una personalidad aún más frívola albergaría en los adentros del Inugami.

Pero, en algún momento, en algún instante, alguien le habría preguntado a Sesshomaru si, con toda la certeza, a él le gustaba ser así. Si sólo alguien lo hubiese hecho, de manera muy segura, este hubiese contestado: Por supuesto que no.

Las circunstancias que había tenido que pasar desde que era un infante le habían obligado a cumplir con susodicha metamorfosis. Aun así, solo podría ser de una dura coraza; una coraza que, hasta los momentos, la única persona que había logrado romper, de manera sigilosa pero perfecta, era esa chica, sí, la misma que tenía enfrente de él. Rin le había recordado a Sesshomaru lo excelente que se siente el sentir.

Todo se transformaba en acciones sinceras. Y, quizás, por eso mismo, después de lo transcurrido con la mencionada mortal, ¿por qué no le había comentado nada, en lo absoluto, del Manual? ¿Por qué no le comentaba que sabía su verdadera composición? Que, más que un guerrero, era un demonio. Él sólo quería escuchar eso para aclararle, por una vez por todas que, a pesar de que fuese un demonio, él jamás le haría daño, más bien, todo lo contrario, haría lo que fuese para protegerla y darle a entender que hasta el ser con más malicia en su interior puede tener ese lado afectivo y protector que cualquier persona necesita para ser comprendido como el mejor valor que puede poseer cualquier persona…

Incluso hasta un ser de divinidad.

Sin embargo, esa oportunidad jamás se presentó, pues, lo que recibía por parte de la futura Dama del Oeste era, simplemente, nada.

― Sesshomaru… Es que…

Rin seguía desvariando y era un milagro que soltara, si quiera, una palabra coherente sin estar acompañada de un balbuceo previo.

La paciencia de Sesshomaru colmó y, con una intención no tan consciente, comenzó a alzar la voz de manera autoritaria.

― ¿Por qué lo leíste cuando te dije, con especificación, que no lo hicieras, Rin? Dime, ¿es que ahora te gusta desafiarme?

Rin quedó muda después del último comentario proveniente del ente con ojos dorados. ¿Realmente le estaba cuestionando su integridad y lealtad?

Los ojos de Rin se llenaron más de lágrimas y, sería en cuestión de segundos, cuando una de estas resbaló por su delicada (y sonrojada) mejilla.

Mientras tanto, las dos cabezas del dragón, que pertenecía a la humana, rugieron al unísono y, de manera abrupta, comenzaron a amedrentar contra Sesshomaru con sus ojos de un color verde podrido, los cuales, reflejaban gran furia reprimida. Si ambos hubiesen tenido la oportunidad de hablar, no lo hubiesen pensado dos veces para interceder en defensa de aquella joven de cabellos tan oscuros como una noche sin luna.

Sesshomaru se dio cuenta de la actitud de la criatura… Eso solo empeoró la situación.

― Esto no tiene que ver con ustedes dos. ―Soltó sin más y señalando con el dedo índice a las dos cabezas, su tono de voz no era agradable en aquel momento de tensión.

Las ráfagas de viento aumentaban cada vez su velocidad haciendo que las hojas que habían finalizado su recorrido en el suelo del establo se devolviesen hacia su punto de origen y formasen un pequeño remolino que encerraba todo lo que quedaba en el centro de estas.

El silencio, nuevamente, se volvió una figura presente entre aquellas dos presencias que, al parecer, ya no tenían más nada que decirse; sin embargo, antes de que el Inugami tomará la decisión de retirarse, una figura imponente y con autoridad se apareció en susodichos aposentos.

Irasue, desde la distancia, había presenciado toda la discusión por parte de los tórtolos y, lo único que tenía en sus manos, era analizar el punto final del argumento para, luego, ella poder interceder y dar un cierre a tal confrontación que, para su criterio propio, parecía una simple rabieta de un niño mimado.

La Inu no Kami solo se tomaría fracciones de segundos para inhalar una pequeña bocanada de aire y, con la misma serenidad, soltarla. Sus ojos, de un color más brillante que los de su progenitor, se centraron, principalmente, en este. Ya había preparado, con meticulosidad, lo que iba a decir, tanto así, que sus palabras fueron tan concisas y exactas como nunca antes.

― Yo he hecho que lo lea, Sesshomaru.

― ¿Disculpa?

― Yo he hecho que lea el Manual.

― Pues me parece que eso no está…

El joven de cabellos blancos no pudo terminar la frase pues fue interrumpido por su madre de manera rápida.

― ¿Y quién eres tú, hijo mío, para decirle a esta joven qué hacer o qué no? Sabes, perfectamente, que al convertirse en tu esposa tomará el título de Dama del Oeste y, por ende, tiene que estar preparada. De ella no es la culpa. En realidad, no es culpa de nadie. Así que no quiero altanerías por tu parte, Sesshomaru. El hecho de que te convertirás en su esposo, no significa que te convertirás en su dueño. No hagas que me dé jaqueca.

Los ojos de Rin quedaron totalmente en blanco y su cara se pasmó.

Desde que había llegado al Palacio, sí, había visto uno que otro roce entre Sesshomaru y su madre, pero, en ese instante, fue cuando realmente vio la autoridad de Irasue para con su progenitor. No necesitó alzar la voz, no necesitó ser cruel, tampoco recurrió a métodos externos (y violentos) para hacerlo entrar en razón. Sólo necesito un tono de voz calmado, firme y seguro para que la presencia de Sesshomaru desapareciese por completo sin siquiera chistar.

Después de todo, el concepto que Rin había formalizado con Irasue desde un principio era bastante erróneo: no se trataba de una mujer imparcial, se trataba de una mujer que buscaba un equilibrio. Eso era lo más importante. Aquella joven de cabellos negros, en ese instante, le empezó a tomar más consideración y respeto a la Inu no Kami.

La presencia de Irasue, después de haber finalizado con todo aquello, se iba a desvanecer en los paredones que cubrían el establo para, nuevamente, poder refugiarse en los adentros del Palacio y seguir con sus funciones como Dama del Oeste. Aun así, antes de que Rin se sintiese como una tonta por no decirlo en el momento preciso, se acercó hacia la Inu no Kami lo más pronto posible para reconocerle el gran acto que había cometido.

―No tengo palabras para agradecerle por defenderme, señora, yo…

Irasue oyó con claridad estas palabras y, con una pequeña vuelta que daría a su rostro para mirar por encima del hombro a la joven, espetó:

― ¿Y qué te ha hecho pensar que eso lo hice por ti?

La emoción de Rin se detuvo en seco.

Irasue se dio una vuelta completa para exponer su figura de frente y ahora, aquellos orbes tan místicos y con un poder de atracción inigualable, se dirigían con atención hacia los ojos cafés de la pelinegra.

― Ten en cuenta una cosa: mi único objetivo contigo es convertirte en la mejor Dama del Oeste para no arrepentirme y sentir que mi hijo cometió el peor error eligiéndote como esposa y, por ende, en la madre de mis nietos. Mi familia siempre ha tenido honor y gloria, y mientras siga con suficiente vitalidad, así procuraré que sea. Te repito, aquello no lo hice por ti, lo hice por mí. No pretendo desarrollar afecto hacia ti, Rin. Y tampoco espero que tú lo desarrolles hacia mí. Mi propósito es uno, como bien te lo dije antes, y no voy a dejar que nadie, ni siquiera mi progenitor, se interponga en mi cometido. Ahora, vete preparando, pronto tendrás una próxima lección conmigo… ¿O pensaste que con saber sonreír y tener buenos modales habías finalizado tu entrenamiento?

La Inu no Kami, después de soltar aquellas palabras, daría su respectiva vuelta para darle la espalda a la joven de cabellos azabaches y, con paso firme, se retiraría hacia sus aposentos, dejando, únicamente, a Rin con Ah-Un; en ese instante, Rin, suspiró de una manera muy profunda y miró con ojos tenues a su dragón.

― Y yo que pensaba que ya iba encajando en todo este asunto…

Por último, esta decidió depositar un beso en las mejillas de ambos de sus dragones, para luego, irse cabizbaja a continuar con sus obligaciones, era demasiado temprano para afligirse tanto.

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Este capitulo quiero dedicárselo a PalomaLowen1, ¡ha dibujado una escena de la historia y le ha quedado espectacular! ¡Su talento es envidiable, muchas gracias por ese hermoso dibujo, cariño!

Gracias a mi amigo, Verbigracia, por ayudarme a crear este maravilloso capitulo, te amo, mi amor.

Irasue y Sesshomaru han sacado las garras, la pobre Rin ha estado en medio del fusilamiento, pobre chica. Hasta a mi me han dado de darle unos zarpazos a Sessh para que deje de ser tan él, pero ya sabemos como es él y hay que amarlo a pesar de todo. ¡Jojojojo!

Ah-Un defendiendo a Rin es lo más bello que se me pudo ocurrir, me hizo recordar a mi perro cuando alguien me abraza o se me acerca más de lo debido, tengo a mi propio Sessh (OJALÁ, DIOS LEE ESTAS PALABRAS)

Si les ha gustado este capitulo, dejen un comentario de esos que me encantan tanto, ¡las adoro! ¿Qué creen que pasará en el siguiente capitulo?

¡Bienvenidas las nuevas lectoras, aquí no se muerde ni se pica!

Un beso enorme, ¡nos estamos leyendo!

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Sky.