10.

Lo que estaba haciendo podía considerarse suicidio, pero simplemente no podía quedarse de brazos cruzados. Conocía a ese prisionero desde que eran unos niños y sabía que si había robado había sido por una causa noble.

Su familia siempre había vivido en la pobreza, pues a diferencia de él no podía destacar por ningún aspecto de su personalidad como para llegar al castillo como le había sucedido.

Él, por el contrario, había sabido valerse de la risa para poder entrar a la nobleza -aunque claro, siendo ayudado por cierto guardia real de ojos extrema y profundamente azules que había perdido la cabeza por él- y ahora participaba de los más refinados festines, haciendo reír a los invitados e incluso a los sirvientes que servían la comida-

¿Por qué no iba, pues, a transmitir la risa a alguien que realmente la necesitara y no solo quisiera comerla cuan pecado guloso?

Ese era el caso de ese pobretón que había ido a parar al calabozo. Jyushimatsu solo debió hacerle sus famosos ojos de cachorrito suplicantes al guardia Karamatsu para que le permitiera pasar y poder llegar a aquel con el que había cruzado su camino en la niñez.

Lo encontró acostado en el suelo, precisamente en una esquina de la celda, moribundo y lleno de golpes y polvo por el maltrato que había recibido momentos antes.

El bufón se acercó cauteloso y sacó de uno de sus bolsillos la llave de la puerta de hierro, la cual abrió lento para no perturbar el ligero sueño que poseía el preso en su estado más miserable.

Se notaba que hasta le costaba dormir.

Delicadamente, se adentró hasta llegar a él para poder agacharse y removerlo cuan madre a su bebé recién nacido. Los ojos opacos, llenos de desesperanza, se abrieron a su tiempo y observaron abrumados a quien tenía en frente.

Jyushimatsu tragó saliva antes de sonreírle y entonces, un pequeño rayo de luz pareció por fin aparecer en su vida.

Ichimatsu pobrex Jyushimatsu arlequín.

Edad media.