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EPÍLOGO:
Coda
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Era noche cerrada y las luces de las farolas eran lo único que iluminaba las calles a esas horas. Aquella ventana en el último piso de un edificio viejo y desconchado enmarcaba un paisaje de vías ferroviarias, luces eléctricas y cables de alta tensión; un paisaje que Ran observaba distraídamente mientras picaba cebollas en su nueva cocina. El transistor rumiaba noticias con interferencias; ninguna que le interesase.
El apartamento que el FBI les había proporcionado no era, ni mucho menos, todo lo grande que podría ser con el dinero de los padres de Shinichi. Pero Ran, acostumbrada a las dos habitaciones más cocina y baño del de su padre, se encontraba como perdida en aquel piso desangelado. Apenas les había dado tiempo a desempaquetar lo (poco) que les habían dejado llevar y a la joven le parecía que absolutamente todo allí olía a polvo.
Había terminado de hacer la cena y fue a despertar a Shinichi, que dormitaba en el sillón de orejas que habían secuestrado de la mansión de los Kudo. Se había acostumbrado a doblar las rodillas cuando se sentaba y ahora quedaba hasta cómico verlo acurrucado como un gatito o un niño pequeño en un asiento en el que cabía por los pelos. Se lo quedó mirando unos instantes y luego le sacudió ligeramente por el hombro; él murmuró algo inaudible pero no se despertó.
Ran sacudió la cabeza, sonriendo. Ésa sería su rutina a partir de ahora.
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Había un reloj de plástico imitando a madera en la pared, de los horteras y baratos "made in China", dejado allí por los antiguos inquilinos de la casa. Para qué podrían querer un reloj de pared en el dormitorio, eso Ran no se lo podía imaginar. El caso era que el dichoso aparatito hacía un ruido demasiado fuerte para ser tan cutre y parecía que en cualquier momento iba a ponerse a sonar como un carillón. Llevaban una semana viviendo en aquel lugar y cada noche la muchacha se preguntaba por qué no lo habían quitado ya de allí, pero por las mañanas siempre había algo más importante que hacer (ir a prestar declaración a la policía, arreglar el traslado de universidad, comprar útiles para el hogar, ropa...) y hasta la noche siguiente no volvía a acordarse del ruido.
Pero ya era suficiente. Resollando, se levantó de la cama y retiró con cuidado el odioso trasto de la alcayata. "Habrá que colgar otra cosa aquí", pensó mientras se lo llevaba a la cocina y lo dejaba sobre la encimera; ya decidiría qué hacer con él al día siguiente. Arrastrando los pies, volvió a su cuarto y se acostó de nuevo junto a Shinichi.
Éste se revolvió en sueños cuando los pies fríos de Ran tocaron los suyos y tiró de la manta hacia su lado; ella no pudo evitar reír en voz baja. Bueno, bueno, si se empeñaba en robarle la colcha... Se arrimó más a él y le abrazó con timidez, contenta por primera vez en varios días (por fin parecía que las aguas volvían a su cauce después de tanto tiempo). Con cuidado de no despertarle, pasó sus brazos por debajo de los de él, cruzándolos en su estómago, y apoyó la mejilla contra su espalda caliente, notando cómo un suspiro le llenaba los pulmones.
Y pestañeó.
Algo andaba mal.
Sin saber muy bien qué era, Ran se sentó en la cama y escudriñó a su pareja con los ojos entornados, en medio de la oscuridad. Como no le pareció ver nada raro, volvió a tumbarse y trató de dormir, pero... la inquietud no se iba.
Una vez más se incorporó. ¡Clic! Shinichi parpadeó ante el súbito destello de luz y se giró, con un ojo más abierto que el otro y más dormido que despierto, para ver qué le pasaba a la chica. Ésta le miró de arriba a abajo con el ceño fruncido.
- ¿Qué ocurre? - masculló con la boca llena de telarañas y rascándose el cogote.
Ran se acercó a él y le rodeó con los brazos sorpresivamente, haciendo que el joven se sonrojase.
- ¡¿Qué haces¡¿Qué pasa!? - exclamó, muy abochornado, pero ella siguió sin contestar. En su lugar soltó su cintura y, atrayéndole hacia sí por los hombros, acercó su cara hasta que faltaba un milímetro para que sus labios se tocaran. El rubor en las mejillas de Shinichi lució como una bombilla, pero al mismo tiempo sus músculos se relajaron marcadamente.
- Oh... Ya veo...
Quiso juntar más su cuerpo con el de la chica, pero en el momento en que sus manos se posaron en su cintura, Ran se separó bruscamente de él, dejándole, entre otras cosas, con cara de tonto.
- ¡Lo sabía! - susurró más para sí que para él. - ¡Lo sabía!
- ¿El qué sabías? - gruñó el joven, desilusionado hasta el punto de considerar darse media vuelta y seguir durmiendo. A fin de cuentas, mañana tenían que madrugar...
- Tu espalda es muy estrecha... Y tus pestañas me hacen cosquillas en la mejilla.
Shinichi se rascó el cuello con notable falta de interés.
- Bueno, lo siento mucho¿eh? Perdona por no...
- ¡No, no me entiendes¡Es más estrecha que antes! - interrumpió Ran, saltando de la cama y tirando de él para que hiciera lo mismo. - ¡Y mírate!
Le empujó hasta que estuvieron frente a la vieja cómoda. El espejo les devolvió la mirada, una particularmente polvorienta y desgastada. Al principio no notó nada, pero al ponerse ella a su lado, el joven constató, horrorizado, que había perdido al menos medio palmo de altura. Sus ojos nerviosos se cruzaron con los de Ran, ahora rebosantes de llanto. Un hipido se le escapó al abrir la boca:
- Y tus pestañas sólo me rozan la mejilla... cuando eres Conan.
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Llevaba la lámpara encendida toda la noche y la luz de ésta comenzaba a mezclarse con la que se filtraba por las rendijas de la persiana, dejando la habitación a parches de tonos amarillos y rosados. En las paredes no había cuadros; únicamente apoyadas en el suelo había algunas pinturas al óleo típicas de abuela, que habían sido puestas allí hasta que se decidieran a tirarlas. Ahora ya ni se molestarían en hacerlo.
En la cama, también de madera apolillada, estaban los dos muchachos. No se habían vuelto a meter bajo las sábanas, simplemente yacían el uno en brazos del otro sobre la colcha naranja, con sendos gestos apáticos en el rostro. Ran se frotó los ojos con la manga del pijama por decimosexta vez, mecánicamente. Al parecer ya no le quedaban lágrimas que verter.
A Shinichi le quedaban demasiadas, pero no tenía fuerzas ni para llorar.
- Oye... - susurró ella, tan bajo que parecía que no había emitido ni un soplo de aire. Por toda respuesta, él le acarició los mechones de pelo que le cubrían la oreja.
- Dime, Shinichi... ¿Qué vamos a hacer ahora?
El colchón crujió y chasqueó sin motivo aparente mientras ellos seguían inmóviles contemplando la nada.
Suspiró: - No hay razón para seguir con el programa, y no quiero que seas infeliz. Volvamos...
Ran acomodó la cabeza en su hombro, todavía observando el aire con ojos vidriosos.
- De acuerdo.
Un ruido infernal de piezas metálicas chocando atronó la estancia. El suelo tembló un poco. Luego, se fue. Un tren.
Ran se abrazó más al cuerpo empequeñecido de su pareja. Cogió su mano y la comparó con la suya; las puntas de sus dedos eran unos milímetros más largas, la palma más ancha también. Estaba encogiendo más rápido de lo que esperaba. En unas pocas horas... Qué extraño le resultaba todo.
Él tampoco estaba acostumbrado a crecer y menguar así. Normalmente empezaba a humear, tenía palpitaciones y de pronto, ya estaba. El dolor cesaba y era de nuevo Shinichi o Conan, lo que correspondiese en cada caso. En esta ocasión, la agonía iba a durar un buen rato. Pronto empezarían a encogerse sus huesos, músculos y órganos, y... oh, ya conocía esa sensación.
Ya era de día. Oyeron un revoloteo en el alféizar de la ventana que tenían detrás, y el sonido de patitas repiquetear en él. El ambiente de la estancia estaba muy cargado e, inmóviles sobre la gran cama, ambos parecían muñecos de porcelana que llevaran mucho tiempo en un desván.
Ran sacudió suavemente la mano de él. Le miró a los ojos.
- Pero volverás¿verdad?
Shinichi no pudo aguantar más. Apretó fuertemente a la chica entre sus brazos y se estremeció, ocultando la cara en su hombro. No lloraría, ella lo sabía bien; era demasiado orgulloso; pero ese gesto sirvió para demostrarle que no podía ser fuerte siempre y que la necesitaba. A Ran se le llenaron los ojos de lágrimas, otra vez.
- Cásate conmigo.
La propuesta vino sofocada por la tela del pijama, pero suficientemente audible en el cuarto naranja. Ran se quedó helada en el sitio, incrédula ante lo que acababa de escuchar.
- ¿Qué...¿Qué dices, Shinichi? - barbotó. Los ojos se le habían secado por la impresión.
El chico desenterró la cara de su hombro y habló con los labios pegados a la mejilla de Ran.
- Aún me quedan unas horas. Vayamos al Ayuntamiento y casémonos, y así sabrás... así sabrás que no me marcharé.
- ¿Qué dices¿Estás loco? - sollozó la joven, intentando quitárselo de encima. Shinichi la miró con desesperación, apoyando frente contra frente.
- Por favor... Cásate conmigo...
Silenció sus protestas con un beso, uno breve pero relajante para la muchacha, quien se dejó mimar un poco. Demasiado había tenido que soportar ya... Los dos se quedaron adormilados unos minutos, disfrutando del calor del otro. Finalmente, Ran reunió valor suficiente para contestar:
- ...No quiero.
Shinichi tardó unos segundos en reaccionar. Lentamente, alzó la cabeza - ahora era él quien estaba más abajo - y la miró, pensando que había oído mal.
- Voy a casarme contigo - dijo ella con voz firme -. Lo haré, pero no ahora. Si lo hiciera, sería como si me dijeras que luego no podrá ser, que no tendremos otra oportunidad... Y quiero pensar que no es así. Además... - su voz se quebró - no quiero casarme con esta identidad que se ha inventado el FBI, quiero ser Ran cuando llegue ese momento. Así que...
Llevó las manos al rostro de Shinichi y le habló entre besos, consciente de que no le quedaban muchas horas.
- ¡Así que pon a esa amiguita tuya a trabajar, consigue un antídoto que funcione, y después te casarás conmigo¿Está claro? - exclamó con fuerzas renovadas.
El detective no pudo evitar sonreír, porque por fin Ran se comportaba con normalidad. Y ésa era la chica que él quería ver todos los días.
- ¡Claro que sí, Rancita! (1)
Ella bufó, descontenta por el apodo, mientras notaba cómo la mano del chico le acariciaba el pelo. Una mano adolescente.
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La campana del instituto Teitan tocó su melodía de cuatro notas en el aire cálido de junio. Conan, vestido con su uniforme azul y la cartera colgándole de un hombro, suspiró frente a la puerta principal.
Un revoloteo de faldas y pelo canela pasó por su lado, sonriendo.
- Bienvenido de nuevo, Kudo.
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FIN
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N. de la A: Voy a llorar. UxD ¡Me da pena acabarlo¡Y me da más pena acabarlo así! Pero siendo realistas, esto no podía salir bien... Ay. Lo siento. UxD
Muchas gracias a todos los que habéis seguido el fic desde el principio, o desde el medio, o los que lo vayáis a descubrir una vez finalizado. Le cogí mucho cariño a esto, sobre todo porque surgió en mi cabeza a principios de curso, y lo termino hoy, igual que las clases. Ojalá los siguientes que haga los coja con tanto entusiasmo como éste... Snif, me pongo sensiblona. XD
Un beso a todos. No me matéis, aún tengo historias que contar... XO
(1) Rancita es el apodo más cutre que uno se pueda inventar (bueno... tal vez Ranita sea peor), pero me niego a poner Ran-neechan, que es más mono y más todo pero está en japonés, y... ugh, ya hice eso demasiadas veces. UxD Además, creo que en el episodio en el que vuelve a ser Shinichi, la llama así y ella le riñe, en España lo tradujeron así... En serio, si a alguien se le ocurre algo mejor que eso o "hermana Ran", que parece que está hablando con una monja...
