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Más fácil que aprender a volar

XI

Los renos también beben descafeinado

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La vida es un caos. Muchos lo dicen y yo no lo creía cuando era un niño, con los años me di cuenta de que era verdad. Está desordenada, tiene una mezcla de acontecimientos previsibles e imprevistos, buenos y malos, incatalogables. Cuando crees que un capítulo ha sido cerrado puedes darte cuenta de que nunca estuvo tan abierto. Tu pasado vuelve pisando fuerte y aplastando todos tus sueños para el futuro menos los que tuviste tiempo atrás.

Y te das cuenta de que ya no quieres avanzar.

Quería volver atrás, parar el tiempo y detenerme en algún momento feliz. Pero eso no se puede hacer.

Los años pasaron lentamente, aunque también demasiado rápido. Mi pelo creció, lo corté y volvió a crecer. Mi cuerpo se estiró, la ropa me quedó pequeña y tuve que comprar nueva. Mis amigos cambiaron, otros siguieron siendo los mismos pero más maduros. Yo sentí que no avanzaba. Mi cuerpo crecía pero yo no lo acompañaba.

En ese entonces creía que había conseguido recordar a Mimi sin que me golpeara una profunda melancolía. Hasta que me dieron un premio. No sabía cómo había pasado, pero de pronto tenía que ir a Nueva York a recoger mucho dinero para investigar sobre cosas que solo hacía para abstraerme. Todos estaban orgullosos mientras yo no podía dejar de imaginar que por la calle encontraba a una chica de pelo rosa salpicado de estrellas.

Soñé una semana entera con ella. Al final debió pegárseme un poco de su personalidad, porque me encontré marcando su número. Pensé que no cogería el teléfono, los años de silencio pesan mucho, pero siempre le ha gustado sorprenderme. Quedamos en tomar algo cuando llegara a su ciudad.

Me recibió en el aeropuerto con su larga melena ondulada y de color natural. Me sonrió con una tranquilidad que me extrañó, al parecer el único atormentado por un reencuentro era yo. Nos habíamos visto alguna vez en reuniones con nuestros amigos pero apenas nos habíamos saludado. Debería haber estado incómodo al quedar con ella, pero me di cuenta de que no.

Fuimos a una cafetería cercana. Pidió un refresco y yo un té.

―Cuando era pequeña tenía un flotador de esos con forma de animal. Era un reno, tumbado, en el que me costaba mucho subir. Un día desapareció y no volví a verlo. Pensé que estaría en alguna parte tomando un descafeinado. Todavía a veces me acuerdo de él.

Algo se removió dentro de mí al escuchar sus palabras. Despertó mi corazón como si hubiera vivido una larga hibernación y palpitó con fuerza diciéndome que fuera valiente. Quería que supiera lo especial que era para mí, quería que me contase acerca de su flotador perdido o su antigua obsesión con las estrellas, quería que estuviera a mi lado.

Me preguntó por qué había ido a Nueva York y le conté lo del premio. Me dijo que siempre había sabido que llegaría lejos y yo me abstuve de comentar que me sentía todavía en la base de la montaña. La única que quería que me acompañase a la cima era ella. Con sus uñas pintadas de color verde azulado y sus ojos brillantes.

Vibró su teléfono y lo miró. Vi que lo aporreaba un poco. Ella es de las que, cuando algún aparato no funciona, aprieta el botón con más fuerza. No sirve de nada y lo sabe, pero lo hace. Y esas cosas eran las que me alborotaban tanto. Cada fibra de mi ser echaba de menos esas cosas.

Tarareó una canción y le pregunté de qué grupo era. Apoyó la barbilla en su mano con gesto pensativo y después se encogió de hombros sonriendo.

―La verdad es que no lo sé. Creo que me sabía el nombre, pero lo he olvidado. Soy más de canciones que de grupos.

Asentí con la cabeza porque aquello lo entendía. Nunca fui apasionado de la música y solo algunas canciones me gustaban de verdad.

Vi cómo sorbía con fuerza su refresco con la pajita y volví a sonreír. No recordaba haber estado tan alegre desde que era un niño que le dejaba copiarse los deberes. Me decidí a hablar, porque quería ser sincero por una vez, así que moví la mano que tenía encima de la mesa para agarrar la suya.

Fue en ese momento cuando un chico alto, rubio y de ojos claros apareció al lado de Mimi. Ella sonrió al recién llegado y lo saludó cariñosamente, mientras yo dejaba caer mis dedos sin haberla alcanzado.

―Este es Michael, mi novio. Le he pedido que venga a buscarme porque he quedado con unas amigas para ir de compras. Me alegra haberte visto. Suerte en lo de premio, Koushiro, sé que te irá muy bien.

En sus palabras noté un tinte extraño. Una mezcla de melancolía y malicia. Me lo merecía después de haber rechazado sus intentos de acercarse a mí y lo sabía. Pero eso no hacía que doliera menos.

Me marché viendo cómo ella se iba con aquel desconocido. Me di cuenta de lo solo que estaba y de que ya la había perdido. Suelen decir que nunca es demasiado tarde para algo relacionado con el amor, están muy equivocados.

Perdí mi oportunidad años atrás. Ella perdió la suya ese día. Como ya sabía, nunca habíamos estado coordinados. Y nunca lo llegaremos a estar.