Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer y la historia es una adaptación.


CHAPTER 11

-¡Hay lady Alice! –exclamó lady Malfrey-. ¡No le toque! Esa sucia criatura podría… ¡podría darle un mordisco o algo!

Alice, todavía con una rodilla firmemente clavada en la espalda del pequeño ladrón, miró con serenidad a su futura suegra. El chico pataleaba muchísimo y gemía de manera muy lamentable, pero por lo demás a Alice no le preocupaba en lo más mínimo.

-Toma, Rossie –le dijo Alice a su prima, arrancándole el bolso de la mano al ladronzuelo-. Estoy segura de que siente mucho lo que ha hecho. ¿Verdad? –preguntó, apoyándose con más fuerza en la espalda del muchacho-. ¿No es verdad?

-¡Sí! –gritó él-. ¡Sí! ¡Suélteme! ¡Suélteme, por favor, señorita!

El capitán Whitlock, que a estas alturas tenía ya al caballo bajo control y había desmontado, agarró al muchacho por los hombros.

-No pasa nada, señorita –le dijo a Alice-. Ya lo tengo.

Alice, advirtiendo que la cara de Jasper Whitlock estaba muy cerca de la suya y que, aunque no era ni mucho menos tan guapo como el conde (y menos con aquel cuello de camisa), sí parecía muy afable, se levantó a toda prisa para alejarse de él lo antes posible.

-Bueno, vamos a verte la cara –dijo el capitán, poniendo de pie al chico.

El ladrón no era una criatura muy agradable. Aunque estaba cubierto de mugre desde las botas hasta el pelo lacio, tenía una superficie limpia del tamaño de un puño en la mitad de la cara, pero sólo porque el asustado ladronzuelo estaba llorando.

-¡Por favor, señor! –suplicó entre sollozos-. ¡No llame a los Runners!

Los Runners, según explicó lady Malfrey a Alice, eran los Bow Street Runners, la policía que mantenía la paz en las calles de Londres.

-Me colgaran, señor –lloraba el chico-. Ya colgaron a mi padre.

Alice alzó las cejas al oír esto. No estaba en contra de castigar a los criminales, pero ahorcar a los ladrones le parecía una medida algo extrema. En la India un chico tan joven sólo habría recibido un par de latigazos. ¡Desde luego! El sistema judicial inglés parecía bastante duro: enviaban a los evasores de impuestos al otro extremo del mundo a vivir con los canguros y colgaban a los pobres ladronzuelos. Alice no tenía idea de que los ingleses fueran tan estrictos.

-¿Lo tiene usted, Whitlock? –preguntó lord Malfrey, acercándose a grandes zancadas-. ¡Pequeño ladronzuelo! Alice, ¿estás bien?

-Pues claro que sí. -¡Pero bueno! ¿Cómo armaban tanto alboroto por un simple ladrón?-. le robó el bolso a Rosalie, no a mí.

Todas las miradas se volvieron hacia Rosalie, que lloraba casi con tanto sentimiento como el muchacho (aunque era de puro miedo, no porque hubiera sufrido ningún daño). Alice estaba segura de que el ladrón apenas le había dado un empujón.

-¿Está usted bien, señorita Cullen? –preguntó Emmett McCarthy con una expresión de verdadera preocupación.

-¡Ay! –fue todo lo que Rosalie fue capaz de decir. Y a continuación se arrojó llorando a moco tendido en los brazos fuertes del señor McCarthy. Él pareció sorprendido pero encantado ante el giro de los acontecimientos, y no tardó en llevarse a Rosalie de allí, rodeándole los hombros con un brazo en gesto protector.

Alice clavó una mirada triunfal en el capitán Whitlock, ansiosa por ver cómo se tomaba el abandono de una joven que, Alice estaba segura, había engrosado en otro tiempo la lista de sus conquistas.

Pero comprobó decepcionada que Jasper Whitlock no prestaba la más mínima atención a Rosalie Cullen. Todo su interés se concentraba en el ratero al que ahora sujetaba por el cuello de la camisa.

-Que alguien vaya enseguida a por la policía –decía lord Malfrey-. Yo sujetaré al chico, Whitlock. Tome su caballo y vaya a por la autoridad.

Pero Jasper Whitlock replicó cortante:

-Llévese usted mi caballo. Yo me quedo aquí con él.

-Es su caballo –insistió James, con un tono no muy agradable.

Jasper Whitlock esbozó una sonrisa que Alice sólo pudo calificar como perversa.

-¿Qué pasa? ¿Tiene miedo de no poder dominarlo, Malfrey?

El conde se mostró ofendido.

-¡Desde luego que no! Sólo que… bueno, es mi prometida la que ha sido insultada, y yo soy quien debería quedarme aquí para consolarla.

Todo el mundo se volvió hacia Alice, que de hecho no necesitaba consuelo alguno, cosa que se apresuró a aclarar:

.A mí no me ha insultado nadie. Y desde luego no necesito consuelo. Estoy perfectamente.

Al ver la expresión decepcionada de lord Malfrey, por no mencionar la de su madre, que movió la cabeza haciendo oscilar sus rizos negros (una mujer de su edad debería tener algunas canas, ¿no?), Alice se mordió el labio. Era evidente que tenía que haber fingido estar mareada o algo. Por lo visto no era muy adecuado que una dama inglesa se dedicara a atrapar ladrones con sus propias manos ni a bajar de los barcos por las escalas. ¿Pero cuándo iba a aprender? A ese ritmo jamás lograría ser una buena esposa para un conde.

-Por favor, señores –gimió el chico al que el capitán sujetaba con mucha firmeza-. Les juro que no lo volveré a hacer. ¡Pero suéltenme!

A Alice le pareció de lo más sincero. El pilluelo parecía loco de terror.

Pero lady Malfrey no pensaba lo mismo, puesto que replicó:

-Deja de discutir con este hombre, James, y ve a buscar a la policía. A ver si podemos volver a nuestro picnic.

James se volvió iracundo para agarrar las riendas del caballo del capitán Whitlock. En ese momento Alice decidió que ya estaba más que harta de la situación. No sabía si era adecuado que una dama inglesa fuera por ahí deteniendo ladrones, pero de una cosa estaba segura: no estaba bien ahorcar a un niño.

De manera que alzó el brazo bruscamente y señaló con el dedo hacia arriba, justo por encima del hombro del capitán, al tiempo que lanzaba un chillido escalofriante.

Tal como esperaba, Jasper se sobresaltó de tal manera que soltó un instante al chico.

-¿Qué? –gritó, volviendo la cabeza hacia donde señalaba Alice-. ¿Qué pasa?

El muchacho, que evidentemente no era tonto, salió disparado a tal velocidad que era dudoso que ni siquiera el caballo del capitán hubiera podido alcanzarle (y eso suponiendo que el capitán lo montara a tiempo, cosa que no hizo). Jasper Whitlock, dándose cuenta de las intenciones de Alice y de sus motivos, la miró con una expresión que sólo podía calificarse de escéptica.

-¿Qué? –lord Malfrey todavía buscaba la razón del estridente chillido de Alice-. ¿Qué pasa, amor mío? ¿Son gitanos? ¡Ni quiero ni pensar que los gitanos se hayan atrevido a asomarse por Hyde Park! –luego, advirtiendo de que el ladrón se había escapado, exclamó: ¡Whitlock, idiota! ¡Le ha dejado escapar!

Jasper Whitlock clavó su cínica mirada en el conde.

-Igual que usted –observó.

-¿Está loco? Lo primero que hará será robarle el bolso a otra pobre dama.

-Eso dígaselo a su prometida –replicó Jasper con sequedad.

Lord Malfrey se volvió hacia Alice con expresión horrorizada.

-¡Ally! –gritó-. ¿Acaso…acaso has gritado a propósito? ¿Para que el ladrón se escapara?

Alice alzó la vista al cielo.

-Vaya por Dios. ¿No parece que va a llover? –preguntó-. No está el día muy prometedor, ¿no cree milord?

-¡Alice! –exclamó el conde escandalizado-. ¡No puedes dejar escapar a delincuentes como ése! ¡Pero so podría asesinar a su próxima víctima!

-A mí me pareció muy dispuesto a enmendarse, milord –replicó Alice con suavidad.

-¿Y tú como lo sabes? Eres demasiado inocente para tratar con gente de esta calaña, y la verdad es que doy gracias a Dios. Pero te aseguro que los bribones como él no se reforman nunca.

Alice no pudo evitar mirar un instante a Jasper Whitlock al oír la palabra bribón en labios de su prometido. Y le miró justo a tiempo para verle disimular una risa. ¡Qué hombre tan insufrible! Por favor, alguien debería darle de latigazos.

-Creo que se equivoca, milord –le dijo a James, aunque sin dejar de mirar a Whitlock-. Yo no creo que ningún bribón sea incapaz de reformarse.

Para sorpresa de Alice, el capitán Whitlock dejó de pronto de reírse. De hecho se puso muy serio y volvió a montar el caballo.

Alice no pudo resistirse a preguntar en tono ácido:

-¿Se marcha tan pronto, capitán?

-Lo cierto es que llego tarde a una cita –contestó él mirándola desde su montura con una sonrisa del todo carente de simpatía-. Y no querría mantenerla más tiempo apartada de su fiesta.

-Muy amable, Whitlock –dijo Malfrey, agarrando la mano de Alice y apretándola contra su brazo.

Jasper Whitlock observó la escena con un evidente mohín.

-Si veo a un policía le daré la descripción del chico –dijo cortante-. Aquí en Inglaterra no somos bárbaros consumados, lady Alice, por mucho que usted lo crea. No le habrían ahorcado, se lo aseguro. El muchacho lo dijo para manipular sus sentimientos. Y ya veo que le funcionó de maravilla. Bueno –concluyó, alzándose un poco el sombrero-. Que tengan un buen día –y con estas palabras se alejó.

Alice no pudo por menos de advertir que era un jinete excelente que montaba con elegancia su brioso caballo. Pero pensó que no debería de sorprenderse de que Jasper Whitlock resultara tener tanto garbo a caballo como en la cubierta de un barco. Aquel hombre espantoso parecía dominar cualquier situación que se le presentase.

Algo que evidentemente también advirtió lord Malfrey, a juzgar por sus palabras:

-Este individuo tiene la costumbre de aparecer a tu lado con alarmante regularidad, Alice. Yo diría que está enamorado de ti.

Alice miró cautelosa a Rosalie, puesto que no estaba del todo convencida de que su prima se hubiera olvidado por completo del capitán.

-No, milord. No se equivoque usted –dijo con el tono más indiferente de que fue capaz -. Jasper Whitlock ha dejado bien claro que para él soy la persona menos grata de toda Inglaterra.

-Pues entonces es un mentiroso –declaró lady Malfrey, que seguía allí con todos los demás disfrutando de la diversión, porque no todos los días tenía una madre el placer de ver a su hijo atrapar un ladrón, aunque por desdicha el odioso criminal se hubiera escapado-. Porque cualquiera que conozca a Alice tiene sin lugar a dudas que considerarla la persona más agradable del mundo.

Alice sonrió, aunque las palabras de su futura suegra la incomodaron de sobremanera. La dama apenas la conocía para hacer una declaración como aquélla. Pero imaginó que sólo intentaba ser amable.

Como hizo su prima, sin duda, cuando insistió en que no le había molestado (no, no, en absoluto) el comentario de lord Malfrey en cuanto a que Jasper Whitlock estaba enamorado de Alice.

-Es lord Malfrey el que está enamorado de ti, Ally –le recordó Rosalie mientras volvían juntas hacia las sábanas del picnic-. Es natural que crea que todo el mundo lo está también. Además, te he dicho que Jasper Whitlock ya no me interesa nada. El señor McCarthy es un hombre diez veces mejor.

Alice oyó esta declaración muy complacida. Estaba del todo de acuerdo con ella, por supuesto, y así lo manifestó. Emmett McCarthy, señaló, era más guapo, más amable y mucho, mucho más inteligente que Jasper Whitlock, porque Emmett había tenido el buen gusto de enamorarse de Rosalie, por no mencionar el hecho de que llevaba las puntas del cuello a una altura adecuada.

-Sin embargo creo que… -Rosalie volvió la cabeza hacia sus dos pretendientes, que las seguían a unos metros de distancia-. En fin, que no es del todo… propio de una dama detener a un ladrón como hiciste tú. Deberías haber dejado el asunto en manos de los caballeros.

Alice alzó las cejas.

-¡Pero Rossie! –exclamó-. ¡Si te llego a hacer caso el ladrón se habría escapado con tu bolso!

-Y yo habría perdido un peine y cincuenta peniques –replicó Rosalie encogiéndose de hombros-. No habría sido tan malo como perder mi dignidad, que creo que es lo que te pasó un poco a ti, Ally, cuando,… En fin, hiciste lo que hiciste. ¡Vaya si hasta te has despeinado…

Alice alzó la mano para meterse algunos de los mechones de pelo bajo el sombrero. Se sentía algo irritada con su prima, que por lo visto era la criatura más desagradecida del mundo. Después de todo lo que había hecho por ella, primero convenciéndola de que Jasper Whitlock no valía nada como futuro marido, luego disponiendo que el apuesto y deseable Emmett McCarthy se enamorase de ella y por último recuperando su bolso. Y eso sin mencionar siquiera las increíbles mejoras que Alice había logrado en el hogar de su prima, entre las que se contaban haber erradicado la sopa de ternera, haber convertido a María en una indudable doncella profesional y haber obligado a los niños a comportarse como es debido.

¡Y aquél era el agradecimiento que recibía por todos sus esfuerzos! ¡Que no era propio de una dama!

Por lo visto nadie reconocería ni apreciaría jamás sus muchos talentos. Así que para completar la transformación que tenía planeada para lord Malfrey (que consistía en convertirle, de un caballero con titulo pero sin un penique en un hombre de fortuna además de privilegios) tendría que avanzar con cuidadosa sutileza para que el conde no llegara nunca a averiguar que le estaba manipulando. Porque nada aborrecía más un hombre que una mujer que se entrometiera en sus asuntos. ¿Acaso no eran sus tíos un excelente ejemplo? De hecho la habían enviado a Inglaterra cuando por fin se dieron cuenta de que eso era precisamente lo que había estado haciendo ella, entrometerse, desde la edad de cinco años.

Bueno, era la cruz que les había tocado a las personas como ella. Era muy posible que sus acciones más altruistas jamás fueran reconocidas por las personas que se habían beneficiado de ellas. Era triste pero cierto.

A pesar de todo, Alice no podía dejar que la autocompasión entrara en sus pensamientos. Al fin y al cabo tenía muchas cosas por las que estar agradecida, entre las que se incluía, por supuesto, su fortuna de cuarenta mil libras, sus dientes y constitución sana, sus tobillos excepcionalmente esbeltos y, los más importante, su talento para enderezar las cosas que se habían torcido. Porque ¿quién no soñaba con una existencia libre de desagradables dramas y catástrofes? Para eso habían nacido las personas como Alice: para esforzarse por evitar tales calamidades.

Y tenía muy clara cuál sería la primera calamidad que enderezaría en cuanto se casara: el pelo de su suegra. Si no podía convencer a una dama de que lo dejara encanecer de manera natural, por lo menos podría lograr que se pusiera una peluca con un tono menos artificial que aquel negro ébano que teñía ahora sus rizos.

¡Desde luego! A veces parecía que su trabajo no acabaría nunca. Todavía le quedaba registrar también todos los uniformes de los lacayos, porque no pensaba permitir que ni uno de ellos se marchara con una cucharilla de plata que su futura suegra había alquilado para la ocasión… y a expensas de Alice, por supuesto.

¡Por encima de su cadáver!


¡Hola! En serio, me lo paso súper bien yo también con esta historia y con esta peculiar parejita de Alice y Jasper! xD

El próximo capítulo y el siguiente les aseguro que les va a encantar! Se llevaran varias sorpresas xD ;P

Gracias por tooooodos sus reviews, alertas y favoritos ;)

Saludos,

Christina.