Hola, les traigo una adaptación de Dulce Prisionera de Kat Martin, espero que les agrade

"Ocho años atrás, Natsu Dragneel había jurado vengar la muerte de su padre y recuperar su buen nombre. El ambicioso Zancrow, su medio hermano, había matado a su padre y lo había incriminado a él. Natsu escapó de la muerte por poco, pero las cicatrices de su alma son más profundas que las de su cuerpo. Con ayuda de un amigo, ha pergeñado un plan para llevar a Zancrow a la ruina, y este plan incluye a la muy atractiva joven llamada Lucy"

Los personajes pertenecen (al siempre troll) Hiro Mashima

SPOILER: LEMON


Capitulo 11

Vestida con un atuendo de montar de terciopelo color rubí de elegante corte militar, Lucy avivó el fuego que ella había encendido en la chimenea de la casa de piedra de la viuda. La vivienda era más grande de lo que había imaginado, con tejados de pizarra, paredes encaladas y toda la fachada cubierta de hiedra.

La llave que le había dado el marqués la dejó en un interior de suelos adoquinados y techo sobre enormes vigas de roble. El salón estaba inmaculado; el sofá y los sillones colocados frente a la enorme chimenea, tapizados en tela floreada rosa y blanca le daban un aire cálido y alegre.

Atizó el fuego y se quedó mirando cómo las finas llamadas se extendían en los leños. Con las manos cerca del fuego para gozar con su calor, esperaba oír las pisadas de Natsu, pero lo único que se oía eran los ruidos y crujidos propios de la casa.

Ya eran más de las dos de la tarde. ¿Se habría dado cuenta de su fanfarronería y habría decidido no presentarse? ¿Tan seguro estaba de que no iba a delatarlo?

Lucy suspiró en medio del silencio. Después de la visita del día anterior al castillo Metalicana, había regresado a Hargeon Hall a seguir representando el papel de solícita futura esposa de Zancrow. Ese día, tras presentar sus excusas, fue al establo y pidió que le ensillaran un caballo para llegar hasta el pueblo, no muy lejos de allí.

Lucy se acercó inquieta a la ventana, tironeando de las charreteras doradas de su traje de montar. Los botones de latón formaban filas paralelas en la chaqueta de terciopelo color rubí; ella se acordó del uniforme de caballería color escarlata que llevaba Natsu en el baile.

Miró a través de las ventanas con paneles de cristal hacia la verde campiña que se extendía frente a ella. Por Dios, ¿dónde estaba Natsu?

- ¿Me estás buscando, duquesa? - la voz grave salió de atrás, y Lucy estuvo a punto de desmayarse

- ¡Dios Santo! ¡Casi me muero del susto! ¿Cómo has logrado entrar?

Él estaba junto a un extremo de la repisa de la chimenea, con un fornido hombro apoyado en ella y con cierta postura de despreocupación, aunque la tensión que rezumaba su sólido cuerpo no pasó inadvertida a Lucy.

- No fue tan difícil entrar. Ya deberías saber que soy un hombre de grandes recursos - su tono traslucía cierta amenaza, aunque era suave y hasta un poco seductor.

Él cruzó la habitación para llegar hasta ella, y Lucy captó un destello ardiente en su mirada. Un músculo palpitó en la mandíbula de Natsu y las manos, caídas a los costados, se cerraron en puño. Cielo Santo, estaba enfadado. Furioso, más bien. El marqués ya se lo había avisado, pero, aun así, ella no se sentía preparada para su ira.

- Sé... sé que estás enfadado, supongo que tienes derecho a estarlo, pero tenía que verte.

- ¿Por qué?

- Sé quién eres.

Él se acercó, tenía la mandíbula tensa y una mirada penetrante en los ojos.

- Me has amenazado, Lucy; no me gusta que alguien me amenace.

Ella alzó el mentón.

- ¡Bueno, a mí tampoco me encanta que me secuestren pero eso no impidió que tú me llevaras por la fuerza!

- No tenía alternativa.

Él llevaba traje de montar, cómodos pantalones de ante y camisa de batista blanca de manga larga. La chaqueta estaba tirada en una silla mullida.

- De modo que accediste a mis deseos y has venido contra tu voluntad. ¿Acaso creíste que te podía delatar?

Él fijó una mirada intensa y sagaz en su rostro.

- Esperaba que no, pero no lo podía saber. Tampoco pensé que Kamika se iba a quedar de brazos cruzados mientras a mí me colgaban, sin embargo fue así, y con gran alegría de su parte.

Lucy le apoyó una mano sobre el brazo y sintió que los músculos bajo la manga de la camisa le temblaban por la tensión.

- Lady Garou te traicionó, pero yo no lo haría. No creo que hayas matado a tu padre. Tengo el convencimiento de que lo adorabas. Quiero ayudarte a demostrar tu inocencia - dio un paso atrás, se alzó la falda y se inclinó hacia delante, en una elegante reverencia completa - su excelencia.

Natsu no se movió. Los largos músculos de la garganta se le habían contraído, pero no dijo nada. Por un momento, le sostuvo la mirada con sus brillantes y hermosos ojos verdes. Acusaba un ligero temblor en la mano cuando la estiró para tocarla, después entrelazó los dedos de su mano con los de Lucy e hizo que ella se incorporara. A continuación, la atrajo hacia sí y la envolvió en sus brazos.

- Ay, duquesa. Hace mucho tiempo que no oigo esas palabras.

Lucy se aferró a él y deslizó los brazos alrededor de su cuello, sintiendo su mejilla presionada contra la suya. Los ojos le picaban por las lágrimas contenidas, pero parpadeó para impedir que afloraran.

- Quiero ayudarte. Por eso vine. Quiero que me cuentes lo ocurrido a ver si encuentro alguna forma de ayudarte

Él negó con la cabeza.

- Agradezco el interés, pero no puedes hacer nada; además, este asunto sólo puede traerte problemas. Incluso puede ser peligroso.

Ella se apartó un poco y alzó la mirada hacia su rostro.

- Quiero saber lo que pasó. Por favor, Natsu, ¿no me lo vas a contar?

Pasaron largos segundos. Era como si el eco del tictac del reloj resonara en toda la habitación. Él soltó un suspiro de cansancio y se volvió echándose hacia atrás un mechón de pelo mientras la guiaba hacia el sofá. Se sentó a su lado.

- Me resulta difícil hablar de esto. Por aquel entonces, yo era muy ingenuo. Ni siquiera sospechaba nada - negó con la cabeza - Lo planearon desde el principio; Zancrow y la condesa. Los dos...

- ¡Zancrow! ¿Zancrow es el hombre que mató a tu padre?

Él asintió.

- ¿Y qué te creías?

- Pensé... que tal vez lo habían engañado, que lo habían convencido de tu culpabilidad por error.

No hubo errores.

- Kamika quería dinero. Zancrow quería hacerse con el ducado. Decidieron deshacerse de los dos, de mi padre y de mí, tal vez no de los dos a la vez, pero se limitaron a esperar el momento oportuno para poner en marcha el plan. Aquella noche, cuando mi padre salió de casa y me siguió a la posada, Zancrow oyó lo que estaba ocurriendo. Vio la oportunidad de oro y no la desaprovechó - se echó a reír con amargura - Se lo puse muy fácil a ambos. Me había enamorado de Kamika y no veía el peligro; yo sólo pensaba en ella.

Lucy percibió una leve agitación que reconoció como celos. Le dolió el pecho al pensar en un Natsu enamorado de la hermosa condesa. Era ridículo, pero el agudo dolor persistía.

- Sé que te llevaron a la prisión. ¿Cómo lograste escapar?

- No me escapé.

- Pero...

- La primera noche que pasé en Palacio del Infierno me atacó una banda de reclusos. Querían la ropa, los zapatos. Allí, eso era toda una fortuna. Me golpearon hasta dejarme casi inconsciente, me desnudaron y después me dejaron sólo con los trapos que no quisieron. Uno de ellos era más grande que los otros, más fuerte. Se quedó con casi todas mis cosas.

Desvió la mirada unos segundos, atrapado en el dolor de sus recuerdos.

- Sin embargo, no pudo usarlas por mucho tiempo. Más tarde, esa misma noche, sus compañeros lo atacaron y lo apuñalaron hasta dejarlo sin vida. Le quedó el rostro muy desfigurado tras el asalto. Cuando los guardias lo encontraron, pensaron que era yo, ya que teníamos la misma altura y el mismo color de cabello - sacudió la cabeza - A menudo he pensado si Zancrow no estaría detrás de aquel ataque. Gajeel intentó detener la ejecución, pero Zancrow me quería muerto. No es hombre a quien le gusten los riesgos. - Se encogió de hombros, con los tendones cada vez más rígidos - Supongo que jamás lo sabré.

El corazón de Lucy quedó compungido.

- Natsu...

Ella quería tocarlo, abrazarlo, eliminar de su hermoso rostro la mirada acosada que lo ensombrecía. Pero esperó que terminara, con el pecho dolorido y la garganta ahogada en lágrimas por el sufrimiento que sin duda él había tenido que padecer.

Natsu dirigió la mirada hacia la ventana.

- Esa noche pude eludir al verdugo, pero hubo momentos en los que deseé estar muerto. A la mañana siguiente, cuando vinieron en busca del prisionero llamado Draiko, el hombre al que habían matado, yo me hice pasar por él. Me llevaron a las colonias. Me hicieron esclavo y trabajé como un animal durante cuatro años, hasta que me escapé. Lo único que hacía que siguiera en pie cada día era la promesa que me había hecho de regresar.

Lucy no se dio cuenta de que estaba llorando hasta que sintió sus propias lágrimas que rodaban por las mejillas.

Natsu se inclinó hacia ella.

- Tranquila - dijo, secándole las mejillas húmedas con el dedo - todo lo sucedido pertenece al pasado - le alzó el mentón con la mano - como te dije antes, tú no puedes hacer nada.

Lucy miró con intensidad aquellos ojos verdes.

- No estés tan seguro. Me quedo en Hargeon Hall un día más. Lo suficiente para poder echar un buen vistazo, para hacer preguntas. Me enteré de lo tuyo. A lo mejor descubro alguna otra cosa que te pueda interesar.

- Y a lo mejor, tus preguntas despiertan las sospechas de Zancrow. Si eso sucede, soy hombre muerto.

Lucy sintió que se le estremecía todo el cuerpo, pero logró sobreponerse.

- Tú también puedes hacer algo que lo alerte.

- No soy tan tonto.

- Ahora que lo pienso... ¿qué me dices de tu aparición en el baile de disfraces? Pudo haber sido un desastre. ¿Y si alguien, aparte de mí, te reconocía?

- Llevaba una máscara - dijo Natsu con terquedad.

- Sí, aunque de bien poco habría servido si alguien te hubiese visto entrar en el despacho de Zancrow. Y ademas, yo tampoco soy tan tonta como para no ir con sumo cuidado. Tienes que dejar que te ayude, Natsu. Es obvio que cuanto más te demores en conseguir pruebas, tantas más posibilidades hay de que te descubran.

Natsu apretó los labios hasta que se convirtieron en una fina línea.

- Más que obvio, te lo aseguro.

- Deja que te ayude, Natsu.

Él se limitó a negar con la cabeza.

- No. No quiero que te hagan daño.

- Maldita sea; quiero ayudarte.

- He dicho que no, Lucy; hablo en serio.

Ella alzó el mentón.

- ¿Crees realmente que puedes detenerme?

La mandíbula de Natsu se puso rígida. Su semblante se cubrió de ira.

- ¡Serás descarada y arpía! ¡Eres la mujer más terca y obstinada que ha conocido!

- ¡Lo ayudaré, su excelencia, le guste o no!

- ¡Maldita seas, tendría que haberte dado una paliza!

Fue hacia ella y la agarró por los hombros con ojos que soltaban chispas. Pasó un largo segundo, pero ninguno de los dos se movió. Gruñó por el fracaso y la empujó hacia él.

- Aunque en realidad, prefiero besarte.

Aprisionó su boca con un beso pasional, moviendo los labios ardientemente sobre los de ella, con urgencia por separarlos.

Ella tendría que haberse enfadado, haberlo apartado, pero en lugar de ello, se aferró más a él. Maldecía el calor que empezaba a recorrerle el cuerpo, la sensación de aquellos brazos que la rodeaban, el sabor de su lengua en la boca. Las dos lenguas se enredaban, la de él se metía en su interior intensamente, como si fuera el dueño de su boca. El beso era duro, brusco, hambriento. El calor que sentía se empezó a desplazar desde la base de la garganta a los hombros, y de allí a los pechos, que comenzaron a henchirse bajo el vestido.

Natsu intensificó el beso, tomando posesión de su boca con tal avidez que ella creyó que iba a desmayarse. El calor emanaba desde su estómago y se esparcía por toda la piel. La mano de Natsu descendió hasta un pecho para tomar en la mano ahuecada su redonda voluptuosidad, provocando que el pezón se le pusiera rígido. A continuación, desabrochó los botones de latón del corpiño, separó la tela e introdujo la mano. La invadió una oleada de calor, una sensación que la derretía y le arrancaba de sus labios un suave grito de placer. La palma de la mano de Natsu le acarició el pezón que aún se endureció más, formando un doloroso pico bajo su mano.

Lucy lo oyó gemir.

Le estaba besando la curva de la garganta, quitándole las horquillas que le sujetaban el pelo, hundiendo los dedos en la espesa melena rubia que caía sobre sus hombros.

- Natsu...- susurró ella.

Pero el beso apasionado ahogó su débil protesta y las manos de él continuaron el asalto. Le sacó el corpiño del vestido por los hombros y aflojó la cinta que ataba las enaguas de batista blanca. Una segunda cinta sobresalía y él la terminó de aflojar, dejando su cuerpo desnudo hasta la cintura.

- ¡Qué hermosa! - susurró devorando con su ardorosa mirada la piel desnuda. Cuando descendió la cabeza e introdujo un pezón en su boca, una oleada de calor hizo arder el cuerpo de la joven.

- Dios Santo...

A Lucy se le escapaban las palabras, pero no trató de detenerlo. En lugar de ello, arqueó el cuerpo hacia arriba pidiendo más y temblando cuando la lengua de Natsu se paseó por la tensa cresta. Ella clavó los dedos en sus hombros y los músculos se estremecieron bajo su mano. Le oía latir el corazón bajo su chata tetilla, que se endureció con su tacto. Ella se estremeció y la mano de él descendió aún más, le subió la falda y trató de sujetarla alrededor de la cintura. Él maldijo el miriñaque con ballenas que, aunque más pequeño por ser uno para montar, se interponía de igual modo en su propósito.

Natsu alzó la cabeza. Respiró hondo.

- Tenemos que parar, Lucy. Si no paramos ahora, en unos cuantos minutos más no podré detenerme.

Pero ella no quería que se detuviera. Estaba enamorada de Natsu Dragneel. Había intentado negárselo a sí misma, pero en cuanto lo vio, en cuanto él la tocó, supo que era cierto. Era un criminal que se había dado a la fuga, un hombre acusado de asesinato. En cualquier momento lo podían descubrir y si lo hacían, le costaría la vida.

Ella se abrazó a su cuello, deslizó los dedos entre los espesos mechones y con la mano le hizo descender la cabeza hasta unir su boca con la suya para besarla.

- Hazme el amor, Natsu. Por favor. No quiero detenerme.

Natsu gruñó. Negó ligeramente con la cabeza mientras le acariciaba un pecho suavemente.

- Te deseo, Lucy, no recuerdo haber deseado a una mujer con tanta fuerza, pero no es lo... no podemos...

- Por favor... - susurró ella, temerosa de que si no aprovechaba este momento, la última oportunidad de descubrir la pasión verdadera, tal vez no volviera a presentarse otra nunca. Natsu la besó con delicada intensidad. Cuando ella le desabrochó los botones de la camisa y deslizó las manos en su interior, un escalofrío le recorrió el cuerpo y ella supo que había ganado.

Con mano temblorosa, Natsu comenzó a desabrocharle la ropa, para quitársela. Acto seguido se inclinó para quitarle el calzado y las medias. En cuestión de minutos, había desnudado su cuerpo, en tanto él se quitaba la camisa y las botas de montar. Los ceñidos pantalones eran lo único que cubría su cuerpo. Tapaban el voluminoso bulto del sexo, pero cuando la tendió en el sofá, aquella dureza hizo presión sobre el muslo de Lucy.

Ella pensó que tendría que estar asustada, pero se dio cuenta de que no lo estaba. Él era un hombre fuerte y corpulento, pero en el fondo ella sabía que iba a poner todo su cuidado para no hacerle daño. Sus manos le acariciaban los pechos, los tocaban, excitaban los pezones hasta que todo su cuerpo se estremeció de placer. Ella gimoteó cuando él descendió las manos y las posó en su monte de Venus. Después paseó los dedos por la maraña de vello rizado y castaño entre sus piernas.

La sensación era tan nueva, tan intensa, que se puso algo tensa y por un momento se asustó. Natsu la besó otra vez. Su boca y su lengua se movían con suave persuasión, y el miedo comenzó a desvanecerse. El calor ardiente acabó con cualquier duda y subió en espirales por todo el cuerpo de ella antes de concentrarse en el estómago.

- Natsu...- se quejó Lucy al sentir que él separaba los húmedos labios del sexo y deslizaba un dedo en su interior.

- ¡Dios, qué hermosa eres!

A continuación la besó con intensidad, la lengua adentrándose en su boca con el mismo ritmo sensual de la mano. Ella se movía sin cesar, sintiendo el fuego, arqueándose contra él. Lo deseaba y no le importaban las consecuencias.

De pronto él se detuvo y dirigió la mirada hacia su rostro. Respiraba entrecortadamente, y tenía en los ojos un brillo hambriento que ya no trataba de ocultar.

- Tenemos que parar, Lucy. No voy a casarme contigo. Aunque no tuviera que enfrentarme a la prisión, tampoco me casaría contigo. No puedo. Deténme antes de que sea tarde.

Ella sintió que se le retorcía el corazón.

- ¿Estás... estás casado?

Él negó con la cabeza, sacudiendo su mata de pelo rosa.

- No.

Él no la amaba. No iba a casarse con ella. La idea le provocó un dolor agudo en sus entrañas. A pesar de todo, la deseaba, deseaba con todas sus fuerzas este preciso momento de pasión.

- Entonces, hazme el amor. Es lo que deseamos los dos.

A él se le ensombreció el semblante y tensó la mandíbula.

- Hay cosas que no sabes, que no puedo explicarte. Lo lamentarás, Lucy. Lo lamentarás de veras. Deténme ahora que aún estoy en condiciones de escucharte.

- Esto es lo que deseo, Natsu. - Él clavó la mirada en sus ojos.

- No sabes la clase de hombre que soy, las cosas que he llegado a hacer.

- ¡No me importa!

La miró fijamente.

- He aprendido qué es la avidez, Lucy. Hace años que aprendí a tomar lo que deseaba para sobrevivir - le alzó el mentón con la mano - Tal vez tú te arrepientas, pero te aseguro que yo no lo lamentaré.

Se apropió de su boca con un beso salvaje mientras con la mano abarcaba su seno, acariciándolo con avidez y excitando la punta. En cuestión de minutos, ella moría de deseo por él, se estremecía y gemía mientras él acariciaba su húmeda vulva una vez más.

- Estás a punto, Lucy. Húmeda y resbaladiza. Entraré con suavidad, sin hacerte daño. Confía en mí, mi amor. Deja que haga de esto una buena experiencia para ti.

Ella se dio cuenta de que confiaba en él. Más que en ningún otro hombre que había conocido.

- Sí... - respondió con suavidad, jadeando sobre la dura belleza masculina de su rostro - Sí, por favor, Natsu.

La dejó un instante para quitarse los pantalones, después se echó encima de ella en el sofá extendiendo las piernas y colocando su imponente figura entre los muslos de ella. La besó otra vez mientras sus dedos seguían consumando la magia, y de inmediato deslizó su miembro en su interior. No se detuvo hasta encontrar la barrera de su inocencia.

- Soy un canalla egoísta, Lucy - la besó en el cuello - Siempre recordarás con tristeza la noche en que te secuestré.

Se hundió en sus profundidades y Lucy lanzó un grito, que fue ahogado con sus labios.

Un instante de dolor atravesó su cuerpo. Fue un momento abrasador que soportó apretando los dientes con fuerza. Tan pronto como vino, desapareció. El cuerpo de Natsu se imponía sobre ella, apoyado en los codos, los músculos agarrotados, inmóvil gracias a una poderosa fuerza de voluntad.

- Lo siento. Traté de no hacerte daño. ¿Estás bien?

Ella tragó saliva y le dedicó una sonrisa temblorosa.

- El dolor ha desaparecido. Sólo siento una extraña sensación de plenitud.

La sensual boca de él esbozó una sonrisa.

- Vas a sentir algo más, eso te lo prometo.

Y así fue. Con mucha lentitud comenzó a mover la cintura, saliendo casi por completo de su interior. Contraía las nalgas y volvía a introducirse. Dentro y fuera. Se hundía en ella hasta sentirla plena, después se retiraba hasta hacerla anhelar su retorno. Ella sentía la dureza de él con todo detalle, las estocadas y los avances de su miembro; percibió unas leves vibraciones que la recorrían. Le temblaba el cuerpo; lo arqueó hacia arriba para recibirlo con más profundidad aún. Se aferró a su cuello, resbaladizo por el sudor, advirtió la tensión de los músculos y la cálida sensación en la vagina se desplazó por todo su cuerpo.

Un ardor especial se concentraba más abajo del estómago. Su cuerpo ardía. Él entraba y después salía, con más rapidez, más dureza, más profundidad. El corazón le latía con más y más intensidad hasta que el placer resultó insoportable.

- ¡Natsu!

Lucy se mordió el labio inferior, su cuerpo se puso rígido, se estremeció y después estalló en mil pedazos. Fue un estallido de placer, oleadas de fuego y de sensaciones increíblemente agradables. Lo abrazó y dijo su nombre entre sollozos contra su hombro, y así dejó que el placer inundara todo su cuerpo. El cuerpo de Natsu se puso tenso. Ella sintió la última de sus estocadas y oyó un rugido que salía de su garganta y retumbaba en la habitación.

Él se limitó a abrazarla durante largos momentos. Lucy se aferró a él pensando que jamás había experimentado nada tan maravilloso, jamás se había sentido tan increíblemente plena. Pasara lo que pasase, fuera cual fuese el destino que la vida les deparara, siempre iba a poder recordar ese momento. Un regalo especial de la pasión del que nunca la podrían despojar. Entonces Natsu se apartó.

- Se está haciendo tarde. Será mejor que te vistas - había cierta brusquedad en su voz, una brusquedad que sorprendió a Lucy. Era un tono distante que antes no tenía - Ya has estado demasiado tiempo fuera de casa.

A Lucy la invadió una sensación de desconcierto. Deseaba extender los brazos y tocarlo, sentir el consuelo de su sólida firmeza, como había hecho antes.

- Lo que acabamos de hacer... tú no... ¿tú no has disfrutado?

Él dirigió una dura mirada hacia su rostro.

- ¿Si he disfrutado? Sí, duquesa, claro que he disfrutado; más que eso. Ya te dije que no iba a ser yo quien lo lamentara - tomó los pantalones y se los puso, moviéndose para ajustárselos - No voy a disculparme por lo ocurrido, si eso es lo que quieres. Te advertí antes de empezar.

Ella bajó la mirada, y sintió frío en su desnudez, incómoda por la dureza y la frialdad que él mostraba y deseando que la ternura volviera a aparecer.

- Yo no te he pedido una disculpa. Todo esto es una novedad para mí. No estaba segura... no sabía si...

Él se puso la camisa y se frotó la cicatriz del cuello, como si la piel aún le quemara.

- Eres muy habilidosa, milady. Ha sido el mejor revolcón que he tenido en mucho años.

Lucy se mordió el labio inferior, pero no pudo impedir el suave grito de tristeza que salió de su garganta. Se dio vuelta, buscó su ropa y se metió las enaguas por los hombros esforzándose por no llorar. Pero la batalla estaba perdida y las lágrimas corrieron por sus mejillas.

Había sido un momento muy especial para ella pero para él no había significado nada.

Ella se inclinó hacia delante con la visión nublada y buscó el corpiño de su traje de montar. Sus dedos rozaron los de él cuando se lo alcanzó.

- Lucy... lo siento. No quería decir eso.

Ella apartó la mirada, se obligó a meter los brazos por las mangas y comenzó a abrocharse los botones.

- Fue idea mía, su excelencia. Podía haberlo detenido pero no lo hice. Un hombre no puede respetar jamás a una mujer así.

Ella resolló por la dureza con que él la agarró y la atrajo hacia sí, obligándola a encontrarse con su penetrante mirada.

- No digas eso. Ni siquiera lo pienses. Fue mi culpa. Me he comportado como un animal, que es en lo que me transformado. Me llevé tu inocencia. No me importó el precio que pagarías, lo único que prevaleció es la urgencia hambrienta de acostarme contigo. Yo traté de avisarte. Traté de decirte la clase de hombre que soy pero tú no me escuchaste. Ahora ya lo sabes.

Un dolor descarnado ensombrecía su semblante. Se veía el arrepentimiento en la dureza de su mandíbula. De sólo mirarlo, el pecho de Lucy se estremeció de dolor. Se apartó y apoyó una mano temblorosa en su mejilla.

- Te diré lo único que sé. Sé que eres un amante apasionado y delicado. Sé que te resististe mucho más tiempo de lo que ningún otro hombre habría hecho, pero que yo no te dejé. Te deseaba, igual que tú a mí. Eres tú quien lamenta lo ocurrido, su excelencia. Te aseguro que no es mi caso.

Él negó con la cabeza.

- Debería haberme detenido. Debería haberte protegido...

- Yo deseaba lo que me diste. Eso es lo único que importa.

Él la miró, tratando de encontrar la verdad, de leer su rostro. Lo que vio tuvo que ser convincente porque cerró los ojos un instante y cuando los volvió a abrir, el dolor había desaparecido.

Un largo suspiro se le escapó de los labios.

- Tal vez haya consecuencias. Debí ser más cuidadoso pero..- le lanzó una mirada de prueba - me temo que en ese momento no estaba muy lúcido.

- Supongo que he de tomarlo como un cumplido, su excelencia.

- Con ese propósito lo he dicho, milady.

Ella esbozó una leve sonrisa, presa de una súbita timidez. Al volverse para terminar de vestirse, advirtió que sus piernas estaban manchadas de sangre. Natsu debió de percatarse de eso, porque salió de la habitación y regresó enseguida con un paño húmedo y una pequeña toalla de lino. Un intenso rubor cubrió las mejillas de Lucy pero aceptó el paño. Natsu simuló no darse cuenta, se volvió y salió, dejándola sola.

Se reunió con él a los pocos minutos, vestida de nuevo con su traje de terciopelo color rubí y el cabello recogido en un moño en la nuca. El corte agresivo de su traje le dio la fuerza necesaria para volver a enfrentarlo.

- Si me entero de algo importante, haré que lo sepas por medio de Redfox.

Los ojos de él se ensombrecieron peligrosamente.

- Ya te lo he dicho, Lucy, es demasiado peligroso. Aléjate de Zancrow; hagas lo que hagas, no le preguntes nada.

Ella sonrió con dulzura.

- Lo que usted diga, su excelencia.

- Y, maldita sea, no me llames así, que alguien puede oírte.

- Como desees, Natsu. ¿Me ayudas a montar?

Él la alzó con facilidad pero sus manos se demoraron en la cintura de la joven.

- Adiós, lady Lucy - dijo con brusquedad, la mirada aún fija en su rostro - Eres una mujer muy especial.

La garganta de Lucy se puso tensa.

-Adiós, Natsu.

Ya empezaba a echarlo de menos. Trató de ignorar la punzada de dolor que había en su pecho y el ardiente deseo de llorar, espoleó su caballo y no volvió la mirada atrás. Lo que ella había dicho era la verdad; no se arrepentía de haber hecho el amor con él. Había sido el momento más singular y sobresaliente de su vida. Jamás iba a arrepentirse. Lo único que lamentaba es que Natsu no la amara. Y que jamás volvería a ocurrir.

En cuanto se marchara de Hargeon Hall, iba a ir a la ciudad. La temporada de Crocus ya había empezado, y ella debía encontrar un esposo. Natsu había dejado muy claro que no estaba interesado en el matrimonio, y aunque consintiera en hacerla recuperar la dote, ella no iba a casarse con él si él no la quería.

Sintió una aguda punzada de dolor. Natsu quería acostarse con ella. Era un hombre viril que disfrutaba con los placeres que le podía dar el cuerpo de una mujer. Aparte de eso, no sentía un interés especial por ella.

Lo que no invalidaba su intención de ayudarlo. Lucy cabalgaba de regreso a Hargeon Hall, apartando de la mente el sentimiento de soledad que de pronto la invadió y concentrándose en cambio en la mejor forma de empezar a investigar.

-N&L-

Zancrow se encontraba de pie en la puerta del salón diurno, donde se habían reunido a desayunar los invitados que aún no se habían marchado. Entre ellos se encontraba la hermosa joven Wendy Marvell, sentada junto a su padre, sir Wallace, frente a una larga mesa con mantel de lino cargada de vajilla de plata.

Zancrow devolvió la sonrisa que Wendy le dedicó, esforzándose por reprimir su necesidad imperiosa de frotarse las manos de alegría. En los próximos treinta días su problema quedaría resuelto. Se casaría con Wendy Marvell y quedaría con el control de su inmensa dote y de la fortuna que heredaría de su padre. El engranaje comenzaría a funcionar en cuanto terminara la relación con Lucy Heartfilia.

Zancrow frunció el entrecejo al verla sentada frente a lady Garou, interesada en lo que tenía todo el aspecto de ser una conversación amistosa. Lucy se reía de algo que había dicho Kamika; los extremos de sus grandes ojos marrones se curvaron hacia arriba por el regocijo. La expresión de Zancrow se ensombreció aún más. Kamika no era una mujer ingeniosa, o al menos él nunca la había considerado así. La mayor parte de las veces, su sentido del humor era procaz y más adecuado para los juegos de cama que para la charla de salón.

En los últimos años ella le había negado hasta ese pequeño placer y sólo le daba la mordacidad de su lengua viperina, sin el consuelo de acompañar sus cáusticas críticas con la entrega de su cuerpo. Se limitaba a pedirle dinero de forma insidiosa; aseguraba que lamentaba haber firmado alguna vez el trato que tenían. El mes anterior, no sabía cómo, ella había descubierto el nebuloso estado de sus finanzas. Lo único que la había hecho contenerse y dejar de enseñarle los colmillos, era el compromiso con lady Lucy.

Las vio charlar quizá con demasiada confianza; pidió a Dios que la Heartfilia tuviera el buen sentido de cerrar la boca y no decir nada del fallido compromiso. Entonces pensó en la astucia con que Lucy lo había manipulado a él y se relajó un poco más. Ella era una sólida adversaria para Kamika; por otra parte, él tenía otras cosas más importantes que atender.

Zancrow se volvió hacia el extremo opuesto de la mesa y comenzó a avanzar en dirección de Wendy Marvell.

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Lucy volvió a reír por otro de los estúpidos comentarios de lady Garou. Había logrado sentarse enfrente de la condesa, pero el interés de la mujer se centraba casi exclusivamente en el apuesto Romeo Conbolt, conde de Balkan. Por desgracia, el conde estaba sentado demasiado lejos, y Kamika enseguida se cansó tratando de llamar su atención.

- Créame, en realidad, los hombres me dan lástima - dijo con un suspiro - Ése que ve allí va de una cama a otra tan vertiginosamente que una llega a pensar que sin duda ha de marearse tratando de recordar los nombres de todas sus amantes.

Lucy elevó la mirada a través del largo trecho de lino blanco almidonado, dejando a un lado el centro de plata que había en la mesa, y deteniéndose en el conde de Balkan, de oscuros cabellos, que charlaba con sir Wallace Marvell.

- Es muy apuesto. Supongo que se lo puede permitir.

- ¡Mujer! Y un buen partido, además. Terriblemente acaudalado. Por estos días anda a la caza de una esposa, aunque dudo mucho que se deje cazar.

- Si lo que usted dice de su poca fidelidad es cierto, mejor será que elija una esposa muy tolerante.

La condesa se rió con ligereza. Llevaba un atuendo de seda color malva con encajes de Bruselas de color negro que iban del codo a la muñeca. Su aspecto era elegante y hermoso, frío y sereno, a pesar de que el conde siguiera sin hacerle ningún caso.

- Pero a decir verdad, todos se alejan, tarde o temprano - dirigió la mirada a Zancrow y después de nuevo a Lucy - Excepto su excelencia, por supuesto. El duque está realmente entregado. Tengo la certeza de que será un esposo admirable.

La mentira le salió con facilidad. Ambas la reconocieron como tal. Lucy se limitó a sonreír.

- Sé que lo será, pero de no ser así, supongo que a una esposa que cumple con sus deberes conyugales se le ha de permitir la misma libertad que la del hombre con quien se casó.

La fina ceja negra de Kamika se arqueó. Sonrió con obvia aprobación.

- Es usted mucho más inteligente de lo que imaginaba, lady Lucy. Zancrow es un hombre afortunado al haberla encontrado.

Pero la petulante sonrisa de Zancrow hacía suponer que sentiría desprecio por una mujer que le pusiera los cuernos, al margen de cuántas amantes pudiera tener él mismo.

Lucy jugueteó con el faisán y los huevos que tenía en el plato y apoyó el tenedor sin llevarse un bocado a la boca.

- Me contaron que usted conocía a su hermano.

La condesa la miró con interés renovado, sorprendida ante la mención del escándalo olvidado hacía ya tanto tiempo, escándalo que Zancrow se había encargado tan bien de enterrar. Suspiró con dramatismo.

- Sí, lo conocía. Estuvimos muy enamorados. Natsu quería que nos casáramos.

A Lucy casi se le cae la taza de porcelana que acababa de tomar. No... no sabía que habían estado comprometidos.

- Aún no era oficial. Quedé viuda sólo unos meses antes. Queríamos esperar que pasara el tiempo de duelo recomendable en esos casos antes de anunciar nuestros planes. Por eso nos veíamos obligados a encontrarnos en secreto.

- Entiendo - Lucy se llevó la servilleta a la boca, contenta de haber vuelto a recobrar la calma por el momento - Zancrow apenas habla de él. Supongo que la pérdida tanto de su hermano como de su padre es demasiado dolorosa para él.

- Así es - le dedicó una sonrisa seductora - Pero, aparte de la noche del asesinato, los recuerdos que me quedan de Natsu son en realidad muy agradables - se inclinó para acercarse a ella - Era un amante magnífico. Joven y viril. Casi insaciable en la cama - dirigió la mirada hacia Zancrow - Pero tengo la certeza de que su futuro esposo, siendo otro Dragneel, hará un buen papel.

Difícil, pensó Lucy. Los desapasionados besos de Zancrow no tenían la fogosidad de los de Natsu. Lo único que quería es que no fuera tan obvio para Kamika Garou.

- Supongo que presenciar el asesinato debió de ser terrible para usted. Quiero decir, saber que el hombre a quien amaba iba a morir en la horca y, con él, todos los planes que los dos habían hecho.

La condesa puso una expresión de tristeza.

- Fue terrible. El pobre Zancrow estaba muy consternado. Ninguno de los dos creímos que un hombre como Natsu fuera capaz de cometer tal asesinato - lanzó otro suspiro dramático - Supongo que en realidad fue culpa mía. Por las razones que fueran, el duque se oponía a nuestra boda. Natsu estaba decidido a casarse conmigo sin importarle lo que pudiera decir su padre. Discutieron con violencia. Natsu perdió los estribos, sacó una pistola y le disparó. Zancrow llegó a los pocos minutos, pero fue demasiado tarde.

Lucy sacudió la cabeza.

- Creía que Zancrow aseguraba haber tratado de persuadir a Natsu pero que su hermano no lo escuchaba. Si no llegó hasta que el duque ya estaba muerto...

Por un instante, la condesa se sintió incómoda, pero enseguida trató de quitar importancia a sus palabras.

- Quizás haya llegado antes del disparo. No puede pedirme que recuerde con exactitud qué pasó en realidad después de tantos años.

Lucy esbozó una sonrisa forzada y se apoyó con naturalidad en el respaldo de la silla. No se atrevía a seguir insistiendo, a pesar de lo mucho que deseaba hacerlo.

- Por supuesto que no. Admito que sólo he oído rumores aquí y allá acerca de lo ocurrido. Es un asunto tan horripilante que dudaba en mencionárselo.

- Sí... en fin; es cierto que hay temas más agradables para hablar - Volvió a mirar al apuesto conde de Balkan y le sonrió, pero él no le devolvió la sonrisa. Sin embargo, lo hizo otro hombre, el esbelto vizconde de Hibiki, de cabello castaño. La condesa le lanzó una mirada contrariada a Balkan y después comenzó a flirtear abiertamente con Hibiki.

- Como le digo - dijo a Lucy con aire de complicidad - hay asuntos mucho más agradables para hablar. Creo que voy a entrar en uno de ellos. Me temo que va a tener que excusarme.

- Por supuesto.

Lucy observó la elegante partida de la condesa, seguida al poco tiempo por el esbelto Hibiki, de cabellos claros, que fue tras de sus pasos. La condesa era mayor que él, pero no había perdido su encanto. Era hermosa, malévola y seductora en extremo. No era de extrañar que Natsu hubiera estado tan enamorado de ella.

Un molesto pensamiento afloró a su cabeza: tal vez, en cuanto volviera a verla volvería a enamorarse de ella.


Irati-chan: Bueno supongo que este capitulo te responde la pregunta xD muchas gracias por el review

Nata: Y ese fue el encuentro, un poco movido no? xD muchas gracias

Muchas gracias por los review :3