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"Nunca supe esperar. Nunca quise, yo amaba sin negociaciones previas. Nunca aprendí a cuidarme y, a pesar de todo, amo todas mis cicatrices."
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—XI—
La necesidad de un último adiós.
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«—Y usted: ¿cree que existe un destino, un plan trazado desde que nacemos hasta que morimos, o simplemente estamos inmersos o atados a un escenario caótico?
—No sé si todos tenemos un destino, o si estamos flotando casualmente como en una nube; pero yo creo que pueden ser ambas, puede que ambas estén ocurriendo al mismo tiempo.»
Taichi apagó el televisor, dejando dentro de la habitación aquél fragmento de conversación en el aire. Miró a su alrededor, el tiempo de vacaciones llegaba a su fin, las maletas a medio empezar o a medio terminar (dependiendo de cómo lo vería cualquiera) seguían allí, recordándole que la realidad estaba por volver.
Debían enfrentar a muchas personas, plantearse el peor de los escenarios no era nada en comparación a las posibles reacciones de sus amigos, porque no había ninguna duda de que una noticia como esta calentaría el horno para todos los digielegidos y, sobre todo a Matt.
Yamato.
La reacción que más temía ver Taichi era la de él. ¿Cómo lo tomaría? Mal. No había muchas opciones al respecto, ¡¿de qué otro modo llevaría la noticia?! Si la situación hubiese sido al revés, seguro que mal no describiría la ira de Taichi. Sin embargo, no era él, su mejor amigo, quien había traicionado a nadie.
—No lo entiendo —le hubo dicho la noche pasada a Sora—. ¿Cómo puedo sentirme así? Yama y tú terminaron, no es cómo que si yo hubiese sido el culpable de ello.
—Supongo que el mayor peso recae en ti —explicó Sora—. Yo como la ex tengo la opción de continuar mi vida con quien lo desee, pero tú eres el mejor amigo, existe un código entre hombres, algo como que no puedes salir con la ex del otro. Igual no es que me esté lavando las manos con esto, puede que Yama termine perdonándote y a mí me odie el resto de su vida.
Taichi guardó silencio por un segundo. Estaba ausente, perdido en sus cavilaciones. De un momento a otro su frente se arrugó y el labio inferior le colgaba en un gesto que demandaba insatisfacción.
—No es justo —dijo, abandonando la tumbona descolorida del pórtico para ponerse de pie—. No es mi culpa haber pasado la mitad de mi vida enamorado de ti.
Sora bajó la cabeza para ocultar el sonrojo creciente en su cara.
—Supongo que estás arrepentido de todo ahora, ¿no? Se trata de Yamato, es como un hermano para ti.
Taichi desdibujó aquella expresión de enfado y la reemplazó por una cara atónica. Se puso a reír luego.
—Eso es una estupidez. Hay que ser bien idiota para arrepentirse de una decisión como la que tomé. Es que... ¡bah! Olvídalo. Lo que sucede es que mañana debemos regresar y, desde que me di cuenta de ello, he estado con unas malditas sensaciones que palpitan en mi pecho... y estómago. Son nervios pero no es un arrepentimiento. ¿Qué cosas dices?
Acabó recostándose una vez más en la tumbona, al lado de su novia. No continuaron con el tema, parecía que hablar de ello ponía a Sora peor de lo que ya se sentía. Cuando la culpabilidad se hace dueño de un alma esta se vuelve miserable y masoquista, desea recibir dos veces más daño del que ha causado, es una manera de sentir que se puede continuar con la vida que has dejado a medio camino. Si haces sufrir debes sufrir. Es una forma de controlarlo, de huirle al karma, creas o no en ella.
Taichi se dispuso a terminar de empacar mientras Sora continuaba en el baño. Hacía ya varios minutos que estaba allí y la verdad que el muchacho no quería averiguar el por qué se tardaba tanto dentro. Comenzó doblando un par de camisas pero a mitad de la labor, no supo cómo, terminó absorto en el contenido de su celular.
Hizo algunas contorsiones malabaristas en cuanto el teléfono comenzó a vibrar dentro de sus manos tomándolo desprevenido. Por poco lo dejó caer al suelo.
—Moshi-moshi —dijo luego del quinto repique—. ¡Pao! Pero qué sorpresa, justo estaba por llamarte.
—Eso no es cierto. Apuesto mi vida a que ni atención le prestaste a mis mensajes.
—No digas esas cosas, solo lo olvidé, pero ya estamos hablando, ¿no?
—No gracias a ti. En fin, ¿recibiste la información?
—Sí, ya lo he comentado con Sora. Me ha dicho que sí, ¡¿puedes creerlo?! Solo resta hacer todo oficial y en un par de meses estaremos volando a Estados Unidos.
—Es cierto que me considero alguien de mente abierta, Taichi, pero recuerda que hasta hace poco salíamos. No me restriegues en la cara tu felicidad —La última palabra estuvo acompañada de una pequeña risa corta.
—Vamos, déjate de bromas, si fuiste tú quien me dejó por mensaje de texto.
Ese fue el mensaje que recibió Taichi aquél día en la playa por parte de Pao, mientras Sora dormía a placer. El texto era corto, pero se daba a entender: «Conocí a alguien. Espero lo entiendas». Bastaron tan solo dos cortas oraciones para terminar la relación a conveniencia que mantenían el par de jóvenes. Taichi lo entendió y una parte suya daba las gracias... Un peso menos que llevar sobre sus hombros.
—En mi defensa —respondió Pao—, nunca terminamos, porque para terminar un noviazgo primero hay que comenzarlo. Pensé que sabías que esto solo era pura diversión.
Taichi no pudo evitar torcer los ojos ante aquellas palabras. Por supuesto que siempre estuvo claro sobre el rumbo en el que estaba dirigida esa relación que nunca fue una relación como tal, habían sido los demás quienes le empujaban siempre a enseriar las cosas con la muchacha en cuestión. Por un momento hasta pensó en que debía pedirle a Pao ser novios solo porque Hikari y Sora vivían diciéndole que eso era lo correcto, después de todo, gozaba de los privilegios de un novio sin serlo en absoluto.
Podían decir lo que quisieran de Pao, que era un lanzada, desinhibida, fiestera y hasta una loca en potencia, pero hasta donde Taichi sabía Pao era más que eso. Pao siempre fue un lindo ser humano que, como él hasta esa semana, no había dado con la persona correcta que le hiciera desprenderse de los clubes y momentos banales que le servían como mascaras para ocultar las inseguridades que arrastraba consigo. Ella fue quien le acompañó por un largo año en el que pudo haber caído por un precipicio emocional. Salir de una chica y entrar en otra casi todas las semanas no resultaba ser tan satisfactorio como Tai lo hacía ver. Era agotador, emocionalmente era fuerte. Trataba de darle la menor importancia a la muchacha, pero lo cierto es que se había encariñado con ella. Además, sin ella como mediadora no se hubiera dado tan rápido el proyecto en el que ya estaba por embarcarse, solo faltaba firmar unos papeles y tendría una buena vida en USA como Embajador entre el Digimundo y la Tierra, al lado de Sora, viviendo felices.
—Será raro no verte todos los días en el trabajo.
—Ya te acostumbrarás. No soy tan 'extrañable'. Bueno, eso dicen todas las que se han acostado conmigo.
—¡Já! Ahora te haces el humilde. No lo olvides, yo más que nadie te conozco. No hemos desnudado el uno al otro...
—Literalmente —interrumpió el otro. Los dos chicos rieron—. También te extrañaré, mi extrovertida Pao.
En su interior se desprendían sentimientos, muchos de ellos se mezclaban, se trataba de un adiós. Todo apuntaba a ello. El fin de un ciclo que debía dejar atrás. El final de algo que jamás comenzó. Tenía tanto que agradecerle, sin embargo, no quería pecar de sentimental. Taichi le deseó mucha suerte en su vida. Pao le deseó lo mismo. Hubo un segundo silencioso y luego el sonido intermitente que anunciaba el final de la llamada. Quizá, en un futuro, sus caminos se encontrasen y de todos modos, aunque eso fuera un hecho, la despedida significaba algo más...
Taichi levantó el rostro y se encontró con Sora que recién salía del baño.
—¿Todo bien? —le preguntó al verla un poco desorientada.
Sora, por inercia, le miró. Parecía que hasta ese instante reparaba en la presencial de Tai, a pesar de que estaba justo en frente de ella, sentado en la cama matrimonial doble de roble.
—¿Ah? Sí, ehhh... —balbuceó, aun abstraída en sí misma—. No es nada, el desayuno me ha caído un poco pesado.
—¿Podrás viajar hoy? —preguntó preocupado.
Sora asintió.
—Bien. Enseguida termino de recoger todas mis cosas y voy a por el taxi. Debemos estar dos horas antes en el aeropuerto.
—Está bien.
—¿Segura que no te sientes mal? Estás algo pálida.
—No. Estoy bien. Descuida. Saldré un rato a tomar aire. Seguro que eso tranquilizará el malestar.
Taichi asintió y le vio perderse por la puerta. Sora estaba actuando como Sora más que nunca, porque sí, Sora podía convertirse en un adjetivo siempre y cuando se le atribuyera a la aludida. Esa extraña necesidad de mostrarse bien ante el mundo cuando en realidad algo le molestaba siempre le caracterizaba. Tai lo entendía. Esta vez sí la entendía porque sabía que a esas alturas del partido los nervios son jugadores claves que no les importa cometer faltas agresivas, estaba claro que su novia se preocupaba por lo que pudiera ocurrir al llegar a Japón, al punto de generarle dolor en la panza. Él por su parte intentaba mantenerse tranquilo, no era como que llegarían gritando por todo el aeropuerto de Odaiba que había dormido con Sora y que ahora eran novios. Estaba seguro que habría un momento y lugar perfecto para encarar todo el asunto de una vez por todas.
Tal vez, correría la suerte de marcharse a Estados Unidos sin tener que confesarse ante nadie, pensó.
—Eres un maldito, Tai —soltó en la solitaria habitación.
*.*.*
El piloto anunció que estaban por pasar por una nube, debían abrochar sus cinturones de seguridad por posibles turbulencias. Taichi enseguida siguió la orden del sujeto por el altavoz. Giró el rostro para ver a Sora que peleaba para cerrar el suyo.
—Déjame ayudarte —pidió él.
Ella alejó las manos para recibir la ayuda.
—Listo —anunció Taichi, regresando la mirada hacia Sora—. Es solo una nube, además de que aquí estoy yo. No dejaré que nada malo te pase.
Taichi se acercó más a Sora y la sujetó por la cabeza. Los labios del muchacho besaron fugazmente y con ternura la frente de la otra, que parecía temblaba del susto. Él volvió a buscarle con la mirada a la que insistentemente Sora rehuía. El avión se sacudió por milésimas de segundos, apenas se sintió. Taichi apretó la mano empuñada de Sora y le dedicó una amplia sonrisa de: todo-estará-bien. Ella asintió levemente.
—Tienes el corazón acelerado. ¿Tan asustada estás? En los aviones siempre hay turbulencias, es normal. Así que descuida que no nos caeremos en picada.
—No es por eso —contestó ella—. Se trata de Yamato. Hoy he hablado con él.
Una nueva turbulencia estremeció el avión. Sora cerró los ojos y apretó más el puño.
—¿De qué hablaron exactamente?
—No le mencioné nada de lo que ha ocurrido entre nosotros. Si eso es lo que te preocupa.
—Pude imaginarlo. ¿Te ha dicho algo que te ha puesto así de nerviosa?
—Solo que quiere hablar conmigo.
—Vale, ya. Entiendo. Ya.
—Hay algo más que quiero decirte, ha dicho que irá a recibirnos en el aeropuerto.
—No me parece algo loco, somos sus amigos, es lógico que quiera buscarnos. Además, él quiere hablarte, ¿qué puede significar?
Aquella pregunta la había soltado con sorna. Cuando los ex piden "hablar" o ir a tomar un "café" significa que, en realidad, lo que quieren es pedirle al otro regresar como pareja. Hay que ser idiota para pensar que se trata de una invitación normal que nació solo porque sí. Los exnovios no toman café, esa era su teoría, por muy simple o ridícula que pudiera parecer. Así de exagerado como él no hay dos.
—No irá. Le pedí que no lo hiciera. Sabes cómo es él, no se aparecerá ahora que le he dicho que no.
—¿Por qué estas nerviosa, entonces?
La nueva sacudida hizo que Taichi despegara el trasero del asiento para luego volver y caer sobre el mismo con brusquedad. Aquella turbulencia había sido fuerte, Sora tuvo que contener un grito.
—Maldita sea —se quejó el muchacho.
No hubo más sacudidas, las personas dentro del avión se desinflaron y recuperaron el color que les había arrebatado del rostro la última movida. La señal que anunciaba que podían desabrocharse el cinturón parpadeaba en un tono anaranjado. Ya habían pasado la nube agitadora.
Taichi se despojó del cinturón de seguridad y llamó a la azafata para pedirle un poco de té. Sora estaba mirando la pantalla al frente de su asiento, estaba hipnotizada completamente por los qué sucederá que le aguardaban en la ciudad donde residía.
—¿Estás bien? —Una vez más preguntó Taichi. Era la tercera vez que le preguntaba lo mismo.
Como si acabara de resurgir de un sueño Sora volvió a la realidad algo atontada y pestañeando sin cesar. Le tomó más de un segundo recomponerse de sus pensamientos. Entonces sonrió ancho y largo a Taichi y le abrazó por las costillas con una fuerza gigantesca.
—Ya basta de tonterías —Hizo una pausa antes de soltar lo siguiente de un solo tiro—. Te amo, Taichi, y mientras tú me ames yo siempre estaré bien.
El muchacho le rodeó y le apretó mucho más contra su cuerpo. Besó su pelo y acarició su espalda. También dijo que la amaba.
—Gracias por estas vacaciones. Por ser un gran amigo. Por todo.
—No seas ridícula. No debes agradecerme nada.
Posiblemente ese día su intuición, la misma que le hizo líder de los digielegidos en 1.999, le había fallado por completo. Taichi no se hubo dado por enterado de nada, sino hasta llegar al aeropuerto de Odaiba.
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Saliendo del avión Sora le tomó de la mano. Él acompañó la acción con esa sonrisa juguetona e inocente, continuaron caminado.
A través de los cristales se observaba el cielo azul brillante por el sol y a los aviones que aparcaban o esperaban para salir del aeropuerto, personas que parecían lejanas y pequeñas debido a la altura en que se encontraban se movían en sus carros de equipajes; había mucho movimiento en la pista de aterrizaje, vidas e historias que en esa terminal se entrelazaban y que una vez abandonado aquél lugar jamás volverían a conectarse.
Sora apretó fuerte el agarre. Taichi volteó a verle por instinto.
—¿Sucede algo? —preguntó confundido.
Ella negó con su cabeza vehemente.
—No —Y rió fuerte, y corto.
Sin pensarlo dos veces, Sora se arrojó contra él, tomó la nuca de Taichi con su mano y lo atrajo hacia ella, obligando de este modo al otro a bajar la cabeza para así alcanzar sus labios y ahogar el deseo repentino de besarle. Igual tuvo que ponerse de puntillas, porque Taichi era más alto de lo que alguna vez pensó.
Lo besó fuerte, tan fuerte que terminaron estrellados contra la pared del pasillo. Las personas le veían, algunos reían y otros criticaban la muestra de cariño tan explícita, después de todo habían llegado a Japón, lugar en donde ver escenas como esas no eran muy frecuentes. Fríos y distantes nipones que no criticarían si tan solo conocieran la historia detrás de aquél beso.
El beso fue intenso, pero así como intenso también fue corto, aunque lo suficientemente largo para robar todo el aire contenido en los pulmones del muchacho.
—¡Guao! —dijo el sorprendido y falto de aliento Yagami una vez sus bocas se separaron—. Eso fue... —No podía pensar con claridad, el mundo le regresaba de a poco.
Estaba sin habla y con los ojos brillantes. Jamás imaginó que Sora hiciera un acto como ese. Ella no era impulsiva, no le reconocía... Le encantaba verle así.
—¿Por qué...? Este. Guao. No, no me lo esperaba. Yo... Guao. Eso fue grandioso.
—Siempre me han dicho que los aeropuertos tienen la magia de hacer un último adiós, o un primer beso únicos. Tampoco lo pensé antes, se me acaba de ocurrir. No sé, simplemente me dejé llevar.
—¡Bendito sean los aeropuertos, entonces!
Una azafata les pidió que continuaran caminando hacia la salida, impedían el paso a los demás pasajeros que deseaban salir del avión. Taichi rodeó los hombros de Sora en un abrazo y continuaron caminando. No era mentira, un beso en aquél lugar significaba un inicio o final. En cualquier caso estaban bañados de la magia que nace de una terminal de pasajeros.
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Recogieron las maletas. Salieron del terminal uno. Él caminó, ella se detuvo al lado de la salida. Al darse cuenta de que iba caminando solo se volvió y le vio a varios metros de distancia. No hizo falta preguntar una vez más a qué iba todo eso, qué sucedía, la mirada de él ya hablaba por sí sola. Las personas transitaban ajenas a la pareja. Sora, con las piernas juntas, con sus ojos grandes y rebosados con gruesas pestañas miraba hacia sus pies. Él solo podía observarle a ella.
Solo dos metros les separaban. Parecían kilómetros.
—No vendrás, ¿cierto? —¿Preguntaba si iría con él a Estados unidos o si le acompañaría hasta la salida? No lo supo al instante.
—No puedo hacerlo, Taichi, lo siento.
Él dio un paso, que se congeló de inmediato. Los dedos del muchacho se enredaron con su cabello castaño. No podía entender. Ya no quería hacerlo y aun así lo intentó.
—Puedo intentar convencerte, pero no diré nada que antes no haya dicho. ¿Tan malo sería estar junto a mí?
—Taichi.
—¿Es que lo amas aún a él? —Ella no le contestó—. No llores. No te atrevas.
Sora acortó la distancia, Taichi no dejó que existiera un último contacto físico.
—Si de algo sirve, sí te amo —sinceró la joven.
—¿Y qué es lo que quieres que haga con esas palabras? No son más que eso.
—No puedo hacerte feliz. No soy con quien tienes que estar. Mi camino es estar al lado de él.
Taichi río amargo, con sorna. Mordió su labio para que las palabras cortantes no salieran de su garganta. Aun así salieron.
—Y le miraras directo a los ojos, y le dirás que lo amas, y le besarás, ¿con qué cara? ¿Con qué cara le sonreirás todos los días sabiendo que durante seis noches estuviste enredada debajo de las sábanas conmigo? Conmigo, quien fui su mejor amigo. ¿O es que acaso ya lo sabe? No, no lo sabe. ¿Cómo podrías decirle que te acostaste con el sujeto a quien llamas hermano?
—Lo intenté, vale. Lo intenté. No tengo culpa de que las malditas causalidades nos lleven a este momento. Ahora es mi culpa, pero te recuerdo que te tomó más de diez años decir lo que realmente sientes por mí. Si lo hubieras dicho antes... No importa. No importa porque nada se puede hacer ya.
—¿Y qué fue lo que hice? ¿Qué fue lo que estuvimos haciendo a lo largo de estas dos semanas? ¿A eso llamas nada?
Las respuestas jamás llegaron.
Haruiko había ido a por su hija y esperaba justo detrás del joven. Hubo un saludo incómodo. Lagrimas que nunca se vieron fueron borradas con el ruedo de la manga de una chaqueta. Rostros cabizbajos. Un hola y nuevos adioses. Haruiko tomó la maleta de su hija, le esperaría en el auto, pensó que debían tener un momento a solas y con él cerca jamás sucedería. Nuevamente solos, las palabras parecían no brotar, eran innecesarias, qué más daba.
Estaban de pie, de frente, mirándose. Sin más que decir, pero seguían allí. ¿Por qué? Se trataba de ello, se trataba de la necesidad de tener un último adiós, uno que ninguno de los dos quería dar ni recibir pero allí estaba demandando por salir.
—Puedes irte tranquila. No diré ni una sola palabra sobre esto. Nosotros... Nunca existió.
—No quiero que me odies.
—Tampoco podría hacerlo. Sería indigno e hipócrita de mi parte pues hasta hace unas horas esperaba a que Yama no me odiara. Las vueltas que da la vida, es sorprendente.
Sora asintió. Solo quedaba una última cosa por decir: los motivos de su decisión. Caminó dispuesta a marcharse, pero en el camino no pudo evitar acercarse hasta Taichi. Fue la última imagen de ellos dos juntos como pareja en una concurrida e inmensa terminal, con Sora en puntillas susurrándole al oído palabras a Taichi, con Sora besando por última vez la mejilla del otro, y con un Taichi que parecía ajeno a todo lo que sucedía a su alrededor, un Taichi absorto en las palabras de la otra y que ahora quedaba solo en medio de aquella concurrida e inmensa terminal, un Taichi que se daba cuenta de que la vida puede ser ambas cosas, puede ser una nube que flota y va hacia donde sople el viento y, a la vez un plan trazado por el destino. Daba igual, su vida estaba en un constante escenario caótico, ya sea por sus decisiones o porque así debía suceder.
*.*.*
Desde que llegó a Japón se había recluido dentro de las solitarias paredes de su apartamento evitando el contacto con su familia y amigos, le parecía increíble que aquél espacio que le vio perder la razón y recuperarla tantas veces estuviera tan vacío y sombrío. Se trataba solo de una pieza, un espacio inanimado. Posiblemente aquello no se deba más que a un eufemismo de sí mismo, el reflejo de lo que estaba siendo como persona. Solo sus padres y hermana pudieron romper y atravesar la burbuja que se había autoimpuesto. Dejaría Japón y no se despediría de nadie más.
La última caja descansaba sobre el mesón de la cocina, aún abierta. Ella dejaba ver las imágenes de su larga vida en Japón. Algunos recuerdos de su infancia captados y congelados para la eternidad en fotografías. En la mayoría ella estaba. No se trataba una caja para llevar a Estados Unidos, se trataba de una que debía dejar en Japón, en el ático de sus padres, ganando polvo con los años hasta que en algún punto en el futuro tuviese la suerte de olvidar que existía, porque en la mayoría de sus recuerdos Sora estaba presente. ¿Olvidarla?, jamás podría, pero le han dicho que algunas cosas son más fáciles de dejar en el pasado, esperaba que con los recuerdos fuera igual.
Miró a su alrededor por última vez. Intentaba no sentirse nostálgico, pese a sus esfuerzos, no podía dejar de creer que dejaría todo atrás. Que sus padres estarían a kilómetros, con un mar de por medio y más de veinte horas de distancia. Estaría en un nuevo país sin su bicicleta de toda la vida ni su primer auto. Ya no vería la plaza en donde jugaba con sus vecinos al futbol ni reconocería cada mañana de camino al trabajo su antiguo colegio. Dejaba amores fugaces, amores perennes, amores distantes, amores dulces. Dejaba amistades de toda una vida, hermanos del alma, camaradas y cómplices de juergas. Ya no engordaría por culpa del puesto de comida que quedaba justo en la esquina en casa de Hikari y que tanto le gustaba. Extrañaría las pláticas con su hermana, ver a su sobrino juguetear en el jardín, vaya que echaría de menos el ir a enseñarle a Hiro todos los domingos a patear un balón.
No era como si todo fuera igual a hace quince años. Las cosas cambiaron. Muchos se casaron y formaron sus familias. Apenas y veía a Ken ya Miyako, pero tenía la certeza de que estarían allí, a tan solo cuadras lejos.
Al lado de la caja de fotografías estaba un sobre con letras doradas e impresas en un papel de aspecto elegante y formal. La invitación a la boda Ishida-Takenouchi. Supuso que ella no pudo contarle sobre Phuket ni la cama matrimonial o la tumbona descolorida.
Tomó el sobre y lo echó en el cesto de la basura.
—¿Estás listo, hermano? —Hikari acababa de entrar.
Taichi asintió.
—Es la última caja —aseguró él—. Por favor, entrégasela a mamá por mí.
Hikari se acercó hasta su hermano y le abrazó con fuerza.
—¡Ay, hermano! Te echaré tanto de menos.
—No es como que me vaya a morir. Siempre que quieras podrás visitarme.
—Lo sé.
—¡Qué rápido te repones a una despedida!
—Es que las despedidas nunca lo son del todo.
Hiro, el hijo de Hikari, entró y apuró al par de hermanos que estaban despidiéndose. El niño pidió el baño y Taichi recordó que tenía que ir también.
—¡Apúrense, chicos, o nos cogerá una cola terrible de camino! —gritó, pero ya los chicos se habían marchado.
Hikari esperó paciente a los dos. Pero era más que obvio que ninguno de ellos regresaría sino hasta haber pasado al menos unos diez minutos en el baño. No era la primera vez que esos dos hacían lo mismo justo antes de salir de casa. Mientras esperaba se dio el permiso de revisar la caja de su hermano mayor. Ella es de esas mujeres que creen que la última caja que queda antes de una mudanza es la que más pesa. Casi siempre son las que tienen dentro un pedazo de nosotros, por ello no se sorprendió al ver el cajón de los recuerdos. Sonrió. Era difícil no hacerlo cuando observaba lo feliz que fue su hermano junto a personas que realmente le quisieron. Pasó una fotografía tras otra, se detuvo al ver una en particular.
—¡Estamos listo! —anunció Taichi.
Hikari desvió la mirada.
—Hubiésemos estado listo hace una hora, pero mi tío ya tiene la vejiga de anciano.
—Pero aun puedo patear de maravillas.
—Eso crees tú, cuando vayamos en vacaciones te daré una paliza. Será una goleada que no te dejará dormir noches enteras.
—Ya, chicos. Mejor apuremos el paso, el transito se pondrá pesado.
Taichi y Hiro gritaron al unísono para proclamar el asiento delantero. Corrieron, tercos como mula, por el pasillo para ver quién llegaba de primero al auto. Hikari desvió la mirada otra vez a la fotografía en donde ocho niños, al lado de sus Digimon, posaban en la Ciudad del Inicio. La apartó del resto y la guardó en su bolsillo. Esta era una fotografía que Taichi debía conservar y no dentro de una caja.
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El momento más importante de su vida fue ver a su hijo nacer. Fue tenerlo entre sus brazos y mirar aquellos cachetes tan rosados y esos deditos tan pequeños que parecían no ser de verdad. Mirando hacia el pasado, recapitulando momentos gratos y agrios, se dio por enterado de que las decisiones siempre conducen a caminos que no son lo que siempre esperó, pero que una vez conocidos resultan ser los correctos. Sus ojos se llenaron de lágrimas de felicidad. Ace tenía sus ojos y su cabello, pero no se parecía del todo a él, había heredado la nariz y boca de su madre, y al ver como su boca se curvaba y abría para dar paso a un bostezo, dedujo que también había heredado gestos significativos de la mujer que le dio a luz.
—¡¿Puedo verlo, Tai, puedo verlo?!
Agumon se impacientaba, desde hace mucho que esperaba poder conocer al primogénito de su camarada.
—Pero ten cuidado, no debes hablar muy alto o se pondrá a llorar.
—Sí, Tai, no lo haré, ¿puedo verlo ya?
Taichi mostró al pequeño que estaba envuelto dentro de una manta azul. Las manos del recién nacido se estregaban contra su carita en un gesto descontrolado.
—¿Se siente mal? —Inquirió el Digimon.
—No, es que quizá tenga hambre.
—Ah, pero yo puedo darle un poco de la carne que dejé del almuerzo. Estuve guardándosela.
Taichi rio. Era cierto, Agumon jamás había visto tan de cerca a un bebé, a pesar de que Ace tenía ya quince días de haber nacido, ahora era cuando podía darle rostro a aquél nombre que estuvo pronunciando por días enteros. Le emocionaba saber que Taichi había hecho un hijo, quizá desconocía el proceso de elaboración, pero igual le fascinaba saberse protector de un niño parecido a su valiente Tai.
—No seas tonto, Agumon, los bebés no comen carne. Ves que ni siquiera tienen dientes. Es por eso que tienen que estar con su madre.
Agumon puso una de sus garras sobre su hocico. Estaba confundido y pensativo. Lo Digimon nacen comiendo de todo. Los humanos eran más complicados.
—Pero ¡¿se morirá de hambre hasta tener dientes?! —dijo angustiado el Monstruo digital.
—Las cosas no funcionan así, debemos hacerle de comer algo que pueda tragar sin masticar, en este caso le daremos leche, será lo único que ingiera hasta tener más edad.
Taichi regresó el bebé a su cuna y le mostró a Agumon cómo preparar un biberón. Niko, la madre del niño, era quien siempre los preparaba, no fue una sorpresa para nadie cuando al final del día la cocina se vio casi que incendiada y hecha trizas por culpa de un padre inexperto y de un Digimon igual de ignorante que él. La misión no fue fallida, Ace pudo comer aquél día y los siguientes a él. El tiempo les hacía ganar experiencia y estaban seguros que no habría más casi incendios por una simple leche caliente.
Ese día, viendo a Agumon echado en el sofá, dormido y derrotado por un bebé de quince días; a Ace dentro de la cuna pareciendo un ángel y el aparatoso desastre de su hogar, decidió que existen distintos tipos de amor. Unos te hacen perder la cabeza más que otros, pero al final de día es amor, no importa en la medida en que se encuentre, ni la intensidad con que se viva, ni siquiera el tiempo que duren: El amor es amor.
En ese momento comprendió la decisión de Sora. Desde hace mucho que no le veía, pero sacando cuenta su bebé ya tendría que estar por cumplir los tres años de edad.
«Estoy embarazada, Taichi. Tengo cuatro semanas de gestación»
Era irónico como la vida le hacía tener que darse cuenta de las cosas. La noticia le había destruido el corazón en su momento. Fue como una bomba nuclear implantada dentro de sus entrañas. Exagerado, pero así era él, siempre exageraría los hechos, aunque sí le dolió de sobrecenara aquél adiós en la terminal del aeropuerto. Sin embargo, ahora la comprendía. Tuvo que pasar un año, tuvo que enamorarse de nuevo, vivir la emoción de un amor diferente pero genuino. Lo de Niko fue un romance de oficina. Un amor loco que iba en diferentes direcciones. Ella vivía para su trabajo y a él no le molestaba no estar casado con ella. Durante dos años vivieron su amor como quisieron, no al margen de lo que la sociedad les demandaba, pese a ello, eran felices. Al final la relación no funcionó, alegaron que querían cosas diferentes y que eran distintos. A pesar de todo, Taichi no estaba arrepentido de nada. Ace nació un año después de la ruptura y ese pequeño se había convertido en su nuevo amor. Eso sin contar a su eterno amigo y camarada, un Digimon incondicional que desde que la embajada entre mundos fue abierta podía vivir junto a él. Agumon resultó ser un ser irremplazable. Amaba a ese condenado Digimon.
En un rincón de la sala, al lado del diploma de Ciencias políticas, en medio de reconocimientos internacionales y mundiales estaba la fotografía que se tomaron los primeros ocho Digielegidos en la Ciudad del inicio. Hikari era una mujer sabia, sabía lo que hacía cuando le dio aquella foto el día que se iba de Japón. Sonrió lleno de nostalgia a una Sora de 11 años, a un Yamato solitario que ya no lo era y a un Taichi valeroso, a un valiente que con el pasar de los años iba y venía cuando le daba la gana. Los tres siempre hicieron un gran equipo. Echaba de menos a sus dos mejores amigos.
Se sumió en una sonrisa que se había esforzado por borrar. Las voces del pasado resultaban ser muy chillonas. La Sora de Isla Phuket hizo hincapié en su memoria. Le comprendía. Ahora lo hacía. Y esperaba, de todo corazón, que ella fuera realmente feliz.
Él no estaba arrepentido absolutamente de nada y estaba seguro de que Sora tampoco.
NA:
Yo sé bien que no es lo que esperaban, pero lo es. Siempre tuve en consideración este final, a pesar de que escribí uno alternativo en donde las cosas salen bien para la pareja, pero cuando me pidieron una historia "cannon" supe que así debía terminar. No sería justo para el pequeño Ace (copia de Taichi) ni para la rubia ni el pelirrojo de Sora y Yama no haber nacido. Digan lo que digan, no importa cuánto odie el Sorato, esos niños son hermosos (aunque todavía no sé si son dos niños, dos niñas o un niño y una niña).
Estoy segura de que me matarán, pero lo hecho está hecho.
Por cierto, estoy preparando el epilogo, sí, así que no me den unfollow todavía, plis.
También les diré que, pues, a veces hago dos historias diferentes para un mismo capítulo, me explico: escribo dos veces un capítulo de forma "diferente", esto es porque 1) no me convence del todo como lo he desarrollado, 2) porque luego ocurre una nueva propuesta que me resulta mejor. Al final los leo y subo el que más me ha gustado y con el que pega mejor con el desarrollo del fic. Pues, ¿por qué digo esto? Porque eso fue lo que pasó con el capítulo pasado, y resulta que es no es el que quería subir. Me di cuenta de ello cuando subía este capítulo. No me gusta el que está subido, pero ustedes ya leyeron, así que no sé si deba dejarlo así, pese a que no me gusta, o subir el que sí me gusta, pese a que ustedes leyeron el otro. Si me dicen que sí, lo editaré el día que suba el epilogo, así se leen todo de nuevo de una sola vez(?)
No saben lo genial que se siente y lo difícil que es llegar a esta parte de una historia. Para los que me han leído y apoyado desde el inicio, para los que se han incorporado ya luego, para los que empiezan a leer, gracias por el apoyo. Gracias. De verdad gracias. No me maten por el final.
Grazzie mile. :*
