Holaaaa mis amados lectores!
Volvii!
Muchas gracias por sus mensajes, espero que me cuenten como les fue en este mes(?)
Desde ya muchas gracias por leer y seguir mis Historias, es algo que aprecio mucho.
En este tiempito que tenga voy a tratar de actualizar, el martes me sacan 2 muelas! asi que en si voy a estar con 10 puntos en la boca :c
Gracias por todo los amo!
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Esclava del Amor
Capítulo 11
-Claro que sí; en los burdeles. Tenemos prostitutas que proceden de lugares tan lejanos como Asia o Arabia.
-¿Crees que habrá alguna de Nubia? ¿Puedo comprar los servicios de un hombre y una mujer?
-Qué bien que hayan servido ostras esta noche -comentó Sesshomaru en tono seco.
Anhelaba pasar la noche con su hermano, pero ahora habría preferido mucho más quedarse en su casa. Pensaba en la hermosa criatura que había ordenado que llevasen a su alcoba. Su gusto por las prostitutas ordinarias y libidinosas se esfumaba minuto a minuto. Bankotsu eligió ver una pantomima.
Se trataba de una ruidosa farsa de un amante sorprendido por el regreso de un esposo celoso, que se ve forzado a ocultarse debajo de la cama. Luego mostraba el gran sufrimiento del amante mientras el esposo y la esposa tenían repetidos encuentros sexuales sobre el lecho debajo del cual él se hallaba escondido. El lenguaje era en extremo grosero. Los gestos de los actores actrices, indescriptiblemente vulgares y todo ello aderezado con una música estridente y bailes floridos.
El teatro estaba atestado de hombres en su mayoría soldados romanos; también había muchos comerciantes y un gran número de jóvenes de Aquae Sulis.
Sesshomaru, aunque aburridísimo, se sintió agradecido que Bankotsu se muriera de risa del principio al fin de la pieza. El único reparo que formuló el hermano menor fue que durante el intervalo no hubieran animado al público con una pelea de osos o toros. La obra, que parecía interminable, provocaba los aplausos más fuertes en las escenas más groseras. Por fin terminó, y al salir del teatro Sesshomaru alegó una excusa para no visitar el burdel esa noche.
-Deberías ver las rameras que abundan ahora a las puertas del Circo Máximo. Las alcahuetas trabajan de sol a sol.
-Eso es porque los placeres sádicos de los juegos excitan al máximo el apetito sexual -explicó Sesshomaru, disimulando la repugnancia que aquello le producía.
-Hoy en día, en Roma, cualquier dueño de una tahona o un negocio de restauración posee jóvenes esclavas para satisfacer los placeres sexuales de los clientes. Se puede obtener una mujer por dos centavos.
-Aquí, en Aquae Sulis, estamos atrasados -comentó Sesshomaru, mientras en silencio agradecía a los dioses que así fuera y se preguntaba por qué Roma iba perdiendo su gloria al volverse cada vez más conocida.
Tomaron una litera en dirección a la peor calle de Aquae Sulis donde Sesshomaru llevó a su hermano a un burdel que atendía los apetitos más depravados. Pagó cinco sestercios de oro a la dueña del prostíbulo y deseó buenas noches a Bankotsu.
-Debo de estar envejeciendo -comentó con una sonrisa burlona-. Las carreras de hoy me consumieron toda la energía, y pronto amanecerá.
-¡Disfruta de todos los placeres, hermano! ¡Ya dormirás cuando hayas muerto! -insistió Bankotsu-. ¿O será tu serrallo de esclavas lo que te arrastra a tu casa? Ahora que lo pienso, has estado algo distraído toda la noche. Volveré, para ver cuál es la gran atracción.
Sesshomaru rió. -Ven cuando quieras, Bankotsu. Mi villa es tuya mientras estés en Aquae Sulis.
-Acepto tu generosidad. Prefiero dormir en el cuartel con mis hombres, porque necesitan que alguien los vigile, pero quizás aproveche tu peristilo y el baño privado.
Sesshomaru experimentó un profundo alivio al escapar de allí. Al día siguiente lo esperaba una larga y ardua jornada, dominada por perversas lecciones de esgrima. Entonces hizo una mueca. Sesshomaru no se engañaba ni por un momento. La fuerte atracción que lo impulsaba a regresar a su villa era la fascinante mujer que se hacía llamar lady Kagome.
Aunque Kagome temía la llegada del bruto que había ordenado que la mantuvieran cautiva, observaba subyugada la cámara del general. Era tan grande que debía de ocupar todo un costado de la villa. Las persianas abiertas revelaban la existencia de unos ventanales de vidrio, lo cual le sorprendió. ¿Acaso los primeros castillos y atalayas, construidos siglos después de que los romanos abandonaran Britania, no se valían de cueros de animales para tapar las hendiduras que se empleaban para disparar flechas? La pared más amplia ostentaba un hogar de mármol.
En la parte superior había un fresco; Kagome la estudió y vio que las figuras que aparecían en el y eso eran de dioses y diosas romanas, y la mayoría de ellos desnudos. Quedó fascinada, pues jamás había visto desnudos artísticos. El dios dominante, que estaba situado en lo alto y asía un rayo de oro, debía de ser Júpiter. La mujer que aparecía más abajo, hacia su derecha, con el vientre hinchado por un embarazo, debía de ser Juno, la diosa de las mujeres y los partos. Y había muchos otros que Kagome no reconocía.
En el extremo inferior izquierdo se representaba un banquete, una orgía a juzgar por el modo en que los cuerpos se entrelazaban entre sí. Kagome se ruborizó y decidió que el artista había pintado a Baco y sus bacanales. Los cuerpos masculinos eran espléndidos, de espaldas y torsos anchos, todos muy musculosos, con extremidades como troncos de árbol. Las mujeres, bastante excedidas de peso, lucían pechos, vientres y muslos generosos. Sólo una mujer tenía un cuerpo esbelto. Estaba parada en medio de una arboleda y apoyaba una mano en un ciervo. Tenía cabello dorado, largas piernas y los pechos desnudos. Todo el fresco resultaba bastante perturbador.
Kagome bajó la vista hacia el hogar de mármol, negro con vetas de color oro. Sobre él había un gran brasero de bronce en forma de plato; Kagome trató de imaginar para qué serviría. Luego sus ojos se posaron en la cama que presidía la alcoba. Era maciza y se hallaba colocada sobre una plataforma alta, con escalones. Supuso que se podía considerar una cama de dosel, salvo que los doseles eran columnas romanas altas hasta el cielo raso, con la parte superior decorada con curvados cuernos de carnero.
El lecho estaba cubierto con pieles de animales, sobre las cuales descansaba una docena de almohadas y almohadones bordados en negro, oro y púrpura. También aquello resultaba perturbador. Con toda inatención le dio la espalda. En un nicho que se hallaba en la parte posterior de la alcoba había un escritorio de ébano y un enorme sillón. Vio numerosos pergaminos y papeles, pero lo que más admiración causó en ella fueron las plumas y las tablillas de madera y cera.
Recorrió los objetos con los dedos en actitud reverencial; había leído acerca de ellos, pero jamás había soñado que los llegara a ver y tocar en realidad. Detrás del escritorio había mapas desplegados en la pared. Tres eran de Bath, o Aquae Sulis, como la llamaban allí. Los estudió y vio que uno mostraba cómo era la ciudad antes; otro, cómo era en ese momento, y el tercero presentaba las mejoras planeadas. Trazó con los dedos el camino romano conocido como la Vía del Canal. Otro mapa, más grande abarcaba la zona norte de Inglaterra y partes de Escocia, mientras que por lo menos cuatro mapas representaban Gales.
A partir del momento que Kagome descubrió los pergaminos, toda su atención se centró en ellos. Resultaba evidente que Sesshomaru Taisho leía a los filósofos griegos. Allí estaban Homero y Sófocles traducidos al latín por un tal Suetonio. Eligió una caja de cuero que contenía un pergamino de sátiras de Horacio; lo desenrolló y leyó al azar:
"-y cuando arde tu deseo, sin duda si hay una criada o un paje cerca a quien atacar, ¿no elegirás sonreír y aguantar? -¡Yo no! A mí me gustan los amores fáciles y baratos!".
Kagome dejó que el pergamino volviera a enrollarse solo. ¡Qué filosofía repugnante! Encontró una historia de Julio César, de cuando Roma era una república, no un imperio. Se sentó en el gran sillón de ébano y se puso a leer. Tan absorta estaba en la lectura que perdió la noción del tiempo. De repente oyó la voz profunda de un hombre. ¡Por Dios!¡Había llegado él!
El cuerpo poderoso de Sesshomaru llenó la puerta al detenerse en el umbral. Los ojos negros recorrieron a Kagome desde el cabello azulado hasta las sandalias con suelas de corcho y ascendieron de nuevo a los párpados plateados. Cruzó el cuarto hasta donde se hallaba la joven, donde la luz de las antorchas le iluminaba el rostro. En contraste, el rostro en sombras del general lucía oscuro y peligroso.
Los ojos de color negro azabache no perdían detalle. Vio la seda magenta que volvía claro como la luz de la luna el cabello de Kagome. Vio cómo el género moldeaba la redondez de los pechos erguidos y revelaba los pezones duros como diamantes. La vio saltar de la silla, vio que los labios de Kagome se abrían en una breve exhalación, notó que las manos delicadas se agitaban al dejar caer el pergamino que sostenían. "¿De veras sabrá leer?", pensó.
Cuando Kagome se puso en pie, la tela adherente le acarició las curvas del cuerpo; revelaba el lugar donde se hundía el ombligo y, algo más tentador, el sitio donde el abultado hueso del pubis levantaba la seda magenta sugiriendo el delicioso Monte de Venus. Los ojos de ébano descendieron hasta la falda abierta a un costado, luego por las piernas esbeltas hasta los delicados tobillos y los menudos pies.
Después Sesshomaru invirtió despacio la dirección de su mirada delineándole el cuerpo desde los dedos de los pies hasta las sienes. Aquella muchacha era como un extraño regalo de los dioses. ¿Había hecho algo excepcionalmente noble o valiente en los últimos tiempos para merecer tal recompensa? La excitación le causó un absoluto placer. Sentía que los latidos de su miembro iban al compás de los de su garganta.
-Ven a mí -dijo con suavidad.
Kagome se sobresaltó, tanto por la petición como por el tono de voz. Alzó el mentón y se le encendieron los ojos de color violeta.
-¿Adónde debo ir? -preguntó en un dulce tono sarcástico-.¿Hasta tu cama?
-Ése sería mi deseo. -Las palabras eran directas, pero el tono sonó bajo y ronco. El estómago y los pechos de Kagome se contrajeron en un estremecimiento. Los ojos negros la miraban.
-¡Pero no sería "mi" maldito deseo! -desafío con imprudencia.
-No tienes opción. Eres mi esclava -replicó Sesshomaru con calma.
Su mirada le decía que iba a consumirla, a devorarla. En lo más hondo de sí, Kagome sabía muy bien que era inevitable. Sabía que para él era hermosa. Sabía que en ese momento él la deseaba más que a cualquier otra mujer, y eso la fundía por dentro como lava ardiente. Era la total masculinidad de Sesshomaru la que causaba en ella ese efecto. Él era más hombre que cualquier otro que jamás hubiese conocido o evocado en sus fantasías, y hasta la fibra más íntima de su feminidad clamaba por él. Sesshomaru le había pedido que se acercara, y eso era lo que ella anhelaba, por increíble que pudiera parecer.
Comenzó a avanzar sinuosa, provocativa, sensual, ondulando las caderas, consciente de que la seda magenta se adhería a sus nalgas y las moldeaba de forma posesiva. Como Eva, quería hacerle hervir la sangre. Sus jugos perversos burbujeaban descontrolados, corrían salvajes por las venas, fluyendo hacia el caliente centro femenino entre sus piernas.
-¿Tu esclava? ¿Qué fue de tus ridículas suposiciones de que yo era una espía o una sacerdotisa druida? ¿Acaso se han desvanecido todos tus recelos respecto a mí?
Él lanzó una carcajada. -Soy romano. Los romanos no temen a las mujeres. No me importa lo que fueras antes de hoy. Hoy, lo que hayas sido terminó. De ahora en adelante eres mi esclava, mi propiedad. Tienes una sola razón para vivir, y es la de complacer a Sesshomaru Taisho-
Mientras se ondulaba ante él desplegando fuego y pasión, Kagome descubrió en el brillo de los ojos dorados que la complacía en grado sumo. Brotó en ella un nuevo poder femenino.
-Muy bien, romano. Si te complace pensar que soy tu esclava, que así sea, pero permíteme quitarte la idea de que seré una esclava bien dispuesta. Antes de someterme a tus exigencias, deberás usar tu látigo-
Estas palabras sólo sirvieron para estimular el apetito del general que estaba ávido de ella, voraz.
-Soy romano. No necesito azotar a mis esclavas. -Subió los escalones hacia la cama y se sentó para quitarse los protectores de las canillas y las sandalias. Los músculos de las fuertes pantorrillas se abultaron como bloques de hierro. Los muslos desnudos parecían aún más potentes. Kagome se humedeció con la lengua los labios resecos. Dejó de avanzar, se detuvo frente a él con las manos apoyadas en las caderas y le hizo burla.
-¡"Soy romano"! Qué maldita arrogancia. ¡Eres menos civilizado que un salvaje!-
Él se aflojó el cinturón ancho de cuero y dejó a un lado la espada corta y una daga.
-¿Eso es lo que esperas? -preguntó con suavidad. La serena interrogación resultaba más amenazadora que si hubiera gritado y prometido ser más salvaje que cualquier hombre vivo.
-Por Dios, no -susurró ella con tal vulnerabilidad que lo hizo vibrar hasta lo más hondo y aceleró salvajemente los latidos del miembro viril.
Sesshomaru se quitó la pechera ornamental y la faja de bronce de la coraza. Ahora solo lo cubría una corta túnica de lino blanca. Abrió las rodillas, apoyó los codos en ellas y se inclinó hacia Kagome.
-Acércate a mí -ordenó.
Sesshomaru Taisho se sentó sobre la colcha de piel como si fuera un trono, y él, el emperador del mundo.
-No, no puedo. -Kagome se estremeció un poco. Su negativa ya no era desafiante, aunque sí firme.
-Dame una razón por la que no puedas -exigió él mientras con los ojos acariciaba el cuerpo tembloroso de la joven.
-Soy virgen -confesó Kagome con brusquedad.
Él la miró incrédulo. -¿Ahora me dices que eres una vestal virgen? -replicó él sin dar crédito a las palabras de ella.
-No, una virgen vestal, no. Sólo virgen.
Él se golpeó los muslos y rió. -¡Imposible! -La risa cesó.
Ella daba la impresión de hablar en serio- . ¿No has tenido otro hombre antes que yo?-
Pensar en esa posibilidad causaba en él sensaciones gloriosas y extrañas.
-No, nunca he yacido con hombre alguno.
-¡Pero eso es ridículo! No tiene sentido. Eres mujer; el único objetivo de la hembra es complacer al macho. ¿Por qué no tienes experiencia en los actos de Venus?
-Porque no estoy casada -explicó ella.
-¿Y? -preguntó Sesshomaru, aún sin comprender.
-En el lugar de donde yo vengo, una muchacha debe permanecer virgen hasta convertirse en novia. -Kagome se ruborizó por la intimidad del tema.
-¿Por qué? -inquirió Sesshomaru-. No tiene sentido preservar el himen. No existe lógica ni beneficio en ello. "Si es así, ¿por qué la posibilidad de que esta muchacha sea virgen te lleva al borde de la locura? "¿Por qué tu virilidad está a punto de estallar?".
-No lo sé -susurró Kagome-. Lo único que sé es que en mi cultura ningún hombre contrae matrimonio con una muchacha que no esté intacta. Si una mujer soltera está físicamente incompleta, no tiene valor ni honra alguna. Es lo más importante en la existencia de una joven. A él lo irritaba que ella hablara de su cultura y su vida anterior.
-¿No te he dicho que a partir de ahora han cesado de existir tus experiencias pasadas? Desde hoy... desde esta noche, eres mía. El único objetivo de tu vida es complacerme. ¡Ven! La voz era imperiosa; el rostro, orgulloso como el de una águila romana.
En Kagome se encendió de inmediato la ira.
-¡¿y yo no te he dicho que no me convertiré en tu esclava?!
Sesshomaru se puso en pie y la señaló. -¡Sí que eres mi esclava, y pronto lo aprenderás!
-Quizá sea tu esclava, romano -replicó Kagome con gesto atrevido-, pero no soy esclava en tu cama. ¡No sin azotes! ¿Eres capaz de disfrutarme después de haberme azotado ferozmente?
El general descendió las escaleras hacia ella. Aunque sin saber cómo, Kagome se mantuvo inmóvil. Sesshomaru Taisho se le acercó tanto que casi se tocaban.
-Te castigaré, pero mi arma no será el látigo. -Los ojos dorados taladraron los de ella, dominándola con su presencia imponente. "Tómame y llévame a tu lecho", gritó una voz perversa dentro de Kagome. Sesshomaru percibió el incienso egipcio y también otra cosa, mucho más embriagadora.
Su boca descendió hasta encontrar la de ella en un beso intenso y brutal, como para probarle que él era el amo, y ella, la esclava. La boca de Kagome era deliciosamente suave y dócil, hasta que de repente ella le mordió el labio inferior con los pequeños dientes afilados, él tuvo que tirarle con violencia del cabello para que lo soltara. Kagome se echó atrás, jadeante, exhibiendo un brillo victorioso en los ojos de color chocolate.
-Fui yo quien te sacó sangre, romano-
Él llevó el brazo atrás con la intención de golpearla, y en ese preciso instante fue como si los dioses le sujetaran el puño para evitar que pegara a esa joven. Con una sensación de vértigo en las entrañas, Sesshomaru comprendió que, si en verdad le hubiera pegado, le habría aplastado los delicados huesos de la cara. Con paso enérgico se dirigió a la puerta, la abrió con fuerza y vociferó:
-¡Jaken!-
Al cabo de un minuto, el esclavo entró en la alcoba. Bajó la mirada para que el general no se diera cuenta de su admiración por la nueva esclava. De inmediato supo que Kagome no se había entregado al amo. Y supo también que aquella muchacha había despertado en Sesshomaru un deseo voraz como éste jamás había experimentado por otra mujer. Una enorme erección abultaba la túnica del general romano, que hervía a la vez de furia y deseo, una combinación fatal.
-Esta dama se cree demasiado fina para venir a mi cama. No está convencida de que es mi esclava. No tengo duda de que entre los dos podemos convencerla de que es propiedad mía. Sé que juntos la convenceremos de que acepte su destino-
-Haré lo máximo que pueda, general-repuso Jaken.
La mano de Jaken aferró el látigo, pero antes de llegar a blandirlo le sorprendió ver que Sesshomaru Taisho palidecía por el castigo que había ordenado. "La desea con desesperación y la quiere sin marcas. Me pregunto si ella sabrá cuánto poder le otorga eso" El rostro de Sesshomaru Taisho era una máscara de bronce.
-Cambia la seda fina por una tosca toga marrón, y cubre su hermoso cabello con una pañoleta. Límpiale la cara para sacarle la pintura de labios y ojos que la embellece. Dale sólo pan y agua.
-Toda mi vida he usado ropa que me desagradaba -gritó Kagome con voz desafiante-¡No me importa en absoluto!-
-Ah, pero ahora que has conocido el placer de lucir exquisita, tu vanidad femenina no soportará los trapos feos por demasiado tiempo. "Maldito, maldito Sesshomaru Taisho; sabes exactamente cómo atacar mi orgullo."
-Mañana a las cinco de la mañana ponla a fregar los suelos de baldosas. Creo que hay por lo menos una veintena en mi villa. Demorará hasta el anochecer en dejarlos todos sin una sola mancha. Luego haz que la traigan de nuevo a mi alcoba, y ya veremos si la dama ha cambiado de opinión. Kagome adoptó la postura altiva de una diosa.
-Te rechazaré por toda la eternidad. Los ojos dorados la quemaron.
-¡De un modo u otro te tendré de rodillas a mis pies! "Si no pongo distancia entre ellos, las chispas incendiarán la villa" pensó Jaken.
Kagome siguió al amo de esclavos por un vestíbulo. El hombre eligió para ella una cámara pequeña y aireada y la hizo entrar. Las antorchas encendidas dejaban ver que el lugar estaba pintado de color durazno; el suelo era de mosaicos de terracota. En el centro había un dibujo del dios celta del sol, Sul.
La cabecera de la cama era de hierro forjado, pintado de dorado con diseños en forma de rayos de sol. La colcha, de tela dorada, parecía de satén y brocado entretejidos. En un rincón había un hogar con plato oval encima de un brasero, igual que el que viera en la alcoba del general. También había un tocador con un espejo de bronce muy pulido. Al fin y al cabo, aquél no parecía el cuarto de una esclava. Jaken convocó a las esclavas de la casa, que acudieron de inmediato aunque era casi medianoche.
Impartió órdenes en voz baja. Cuando regresaron, una traía agua perfumada y toallas; otra, una túnica lisa de lino marrón y una pañoleta. Una esclava quitó los finos cobertores de la cama y los reemplazó por sábanas de tela áspera. La esclava dejó el recipiente de agua y esperó en pie con la toalla.
-Lávate la cara -ordenó Jaken.
Tras vacilar un momento, Kagome obedeció. Jaken pensó que la muchacha tenía la piel tan hermosa que no necesitaba maquillaje alguno. Una esclava tendió la túnica.
-Quítate la seda magenta -dijo Jaken.
Kagome se inclinó para quitarse las sandalias de corcho y las arrojó al otro extremo del cuarto; chocaron contra la pared. Luego tomó de un manotazo la fea túnica de color marrón y la arrojó tras las sandalias. Los ojos grises de Jaken no mostraron ninguna emoción. Se volvió hacia una esclava y ordenó:
-Quítale la seda magenta. La muchacha obedeció de inmediato.
Kagome permaneció de pie, soberbia, mientras la despojaban de la fina prenda. Luego, como gato orgulloso, fue hasta la cama y se metió entre las sábanas ásperas.
-Retírense -ordenó Jaken. Cuando quedaron a solas, dijo en voz baja: No seas tonta. Dale lo que desea. Él se enorgullece de poseer un gran dominio de sí mismo. Jamás lo he visto anhelar con tanta vehemencia a una mujer. Concédele lo que pide... es muy poco. Será más que generoso contigo.
-No puedo -respondió Kagome.
-En realidad, no quieres. Esta noche estabas tan exquisitamente adorable que podrías haberlo seducido con un solo parpadeo- Al ver que ella no respondía, Jaken apagó las antorchas y se marchó. Kagome yacía en la oscuridad, reflexionando sobre el encuentro con el Primus Pilus y los consejos que le decía Yaken. Cleopatra pasó a la historia como una de las más grandes amantes por haber conquistado a César y seducido al general romano Marco Antonio. ¡Si ella quisiera, quizá pudiera competir con Cleopatra! Jaken le habla dicho que el sacrificio que debía hacer no era tan grande. Ni siquiera el gran romano, había valorado en mucho la virginidad.
Al cerrar los ojos Kagome veía ese cuerpo magnifico y fuerte, de músculos prominentes, y el rostro de águila, tan duro, tan orgulloso, con esa cicatriz que iba desde la sien hasta la mejilla y tornaba el rostro de bronce en algo casi irresistible. Veía los ojos de color dorado que brillaban de lujuria, el cabello plateado, los hombros fuertes y los brazos abultados por encima y por debajo de los amuletos de oro.
Kagome solía mentir, pero nunca a sí misma. Mientras yacía acostada allí, admitió que lo deseaba. Quería que el espléndido general romano la iniciara en los ritos místicos de la femineidad. Lo único que debía hacer era posar su mano en la de él. "Y reconocer que soy su esclava -dijo una voz en su interior. Sólo piensa -dijo otra voz-. Ninguna otra mujer de tu época tendrá una oportunidad como ésta.
Kagome, si de repente retornaras a tu tiempo y no hubieras compartido el lecho de este romano, ¡no te lo perdonarías por el resto de tu vida!". Pero ¿cómo podría regresar sin ser ya virgen? Por fin la venció el sueño. Al cabo de una hora comenzó a soñar. Soñó que alguien le había atado las manos a la cabecera de la cama. Forcejeaba en vano con las ataduras. El símbolo del sol de hierro que aparecía forjado en la cabecera de la cama se reía de ella. "¡Dios mío, hasta en mis sueños soy una esclava sometida!"
Sesshomaru Taisho yacía desnudo sobre las pieles de su gran cama con pedestal. Tenía los brazos cruzados detrás de la cabeza, y los ojos dorados los mantenía fijos en la nada. Su cuerpo aún se hallaba excitado por el encuentro con la nueva esclava. Como era un hombre que poseía un gran dominio de sí mismo, se obligó a serenarse. El problema radicaba en que hacía casi una hora que permanecía echado allí, y su imperioso miembro masculino se endurecía más a cada minuto. Hasta el escroto y los testículos estaban tensos y doloridos. Con impaciencia bajo las piernas de la cama y se puso de pie.
La erección le llegaba al ombligo. Con una maldición, tendió la mano hacia la campanilla para llamar a una esclava que saciara su lujuria. Maldijo de nuevo y bajó la mano. No tenía ganas de un intercambio sexual rápido. Esa noche no deseaba a más mujer que a una. Tomó la antorcha pequeña que aún ardía y encendió todas las lámparas de la alcoba. Sus ojos se posaron en el fresco de la pared que representaba a los dioses. Le asombró advertir que en la pared de su habitación se hallara pintada una mujer casi idéntica a Kagome. Las otras diosas eran casi grotescas comparadas con ella. Tenía una delicada mano posada en el cuello de un ciervo. Ambas mujeres eran idénticas, desde el cabello hasta los largos brazos desnudos.
Sintió como si esa mano le acariciara la nuca, y se convirtió en un ciervo en celo, vestía una túnica que dejaba un pecho desnudo. Le ordenaría a Jaken que adornara a su Kagome con una prenda similar. Deseaba su compañía en la cena todas las noches después de la jornada. Hasta que la domara, la haría sentarse en el suelo, a mano, junto a su sillón. Una vez que ella aceptara su papel, le permitiría reclinarse en su propio sillón, que se hallaría frente al de él, para que lo entretuviera con charlas civilizadas.
Cuando se convirtiera en su concubina, compartiría su sillón con él y se reclinarían en la intimidad, tocándose y saboreándose. El falo duro como mármol latía y se encabritaba. Sesshomaru sabía que si en ese momento se tocaba, el semen brotaría en un chorro de sólo pensar en Kagome. ¿Kagome, la Cazadora? No. ¿Kagome del Bosque? Tal vez. Descartó la idea de que fuera una diosa, aunque la noción de que pudiera ser un regalo de los dioses persistía en sus pensamientos. ¿Kagome, la Virgen? ¡Casi había eyaculado! ¿En verdad lo habrían premiado con una virgen? Era muy improbable.
Sesshomaru se rió de sí mismo. No era más que una expresión de deseo. Sin embargo, ¡debía agradecer el regalo a los dioses! Les ofrecería un sacrificio. Tomó un pequeño terrón de sal de un estuche de plata y lo rompió en un plato plano de bronce. Esparció la sal con incienso y mirra; luego encendió el incienso en el brasero, debajo del plato. Se sirvió una copa de vino tinto rojo como la sangre y la alzó en el aire. Después frotó la moneda de oro, con la efigie de César, que siempre llevaba colgada al cuello.
-Júpiter Óptimo Máximo, el mejor y el supremo, te ofrezco mi agradecimiento por el regalo de la esclava. -Luego agradeció en silencio al dios griego Eros, para no ofender a los dioses romanos. Bebió el vino y derramó un poco sobre el plato de bronce: -Formulo un deseo: que sea virgen. –
Vació la copa. Le ardía la sangre, pero no a causa del vino, ¡sino de la mujer! El aire se llenó de las esencias aromáticas que iban ardiendo, pero lo único que Sesshomaru olía era el almizcle egipcio.
Kagome le había saturado los sentidos. El general romano se paseaba de un extremo a otro de la habitación, sacrificando el sueño por las visiones de ella. No pensaba en el arduo día que tenía por delante, en las interminables horas de entrenamiento de los hombres hasta que sus habilidades de lucha estuviesen lo bastante afianzadas como para enviarlos a los páramos oscuros de la salvaje zona occidental. En lo único que pensaba era en Kagome. Si no se cuidaba, ella se convertiría en una obsesión. ¿Acaso los dioses estaban jugando con él? ¿Se reían de él? Por fin decidió que no tendría paz hasta conocer cuál era el secreto de esa mujer.
Debía saber si era en verdad virgen, y sólo había una forma de averiguarlo. En cierto momento de su sueño, Kagome abrió los ojos. ¡Quizá no estuviera soñando! Veía todo oscuro, pero sentía que había alguien más en la habitación. Intentó lanzar un puñetazo, pero tenía las manos bien sujetas. De modo que no era un sueño; ¡de veras se hallaba prisionera!
Cerró los ojos con fuerza hasta que la luz de la antorcha la encandiló de repente. De manera instintiva se valió de la única defensa de que disponía y lanzó un puntapié salvaje para mantener a raya al depredador. Le aprisionaron también ambos tobillos con una fuerza perversa. Cuando abrió los ojos para ver quién la atacaba, quedó paralizada de miedo. ¡Era el poderoso general romano, que se erguía ante ella al pie de la cama!.
Las manos que le aferraban los tobillos parecían grilletes de hierro. La sombra del gigante se proyectaba en la pared y lo hacia parecer aún más enorme. Y estaba desnudo. Kagome intentó tragar saliva, pero no lo consiguió. Intentó respirar, pero le resultó imposible. Siempre había querido saber cómo eran las partes masculinas. Ahora las veía. Las veía, pero no lo creía. ¡Era inconcebible que esas partes entraran en los pantalones de satén de los hombres de la Regencia!
El órgano sexual del romano era demasiado grande, demasiado duro, y se levantaba como una columna romana. Resultaba evidente que el hombre estaba allí para violarla, y Kagome supo que si la empalaba la mataría. Kagome logró recuperar su voz y dijo en un susurro bajo, sin aliento:
-Por favor, no lo hagas. Los ojos dorados acariciaron las curvas y ondulaciones de la belleza de alabastro. Ella era absolutamente distinta al resto de las mujeres. Mucho más delicada. Como si la hubiesen refinado una y otra vez a través de los siglos, hasta alcanzar la perfección. Tenía un vello suave en el vientre, que otorgaba a la piel una textura de terciopelo. Sin embargo, la piel que cubría los pechos lascivos era casi transparente y dejaba ver delicadas venas azules. Era etérea como un ángel. El monte de Venus se elevaba como un arco coronado de zarcillos de oro pálido. Cuando por fin abrió los pétalos del centro, Sesshomaru esperaba que el color fuese el mismo tono rosado de los labios y las aureolas de los pezones. Con las muñecas atadas detrás de la cabeza, los pechos se alzaban como lujuriosas frutas maduras, listas para que él las saboreara. Al verlo de pie, bebiendo inmóvil su belleza, inundado de deseo, Kagome encontró el coraje para suplicar de nuevo:
-Por favor, Sesshomaru, no lo hagas-
-Me muero de deseo -dijo él en voz baja.
-Si me violas, me matarás -susurró ella.
-No he venido a violarte -aclaró Sesshomaru con voz ronca.
-Entonces ¿por qué has venido?
-Sólo a buscar la verdad.
-¿A qué te refieres? -preguntó Kagome, desesperada por entender.
-Quiero saber si en verdad eres virgen. Ella comprendió de pronto. Fue como una revelación.
-¡Por Dios! ¡No serás capaz de hacerlo! -Sin embargo, aunque le resultaba increíble, sabía que él lo haría. Sesshomaru quería probar su virginidad. Una oleada de furia desplazó el miedo
-¡Cerdo romano! ¡Creí que la virginidad no significaba nada para ti! Dijiste que no tenía sentido preservar el himen. ¡Dijiste que no había lógica ni beneficio en tal cosa!.
-Quiero la verdad. Kagome sabía que era un hombre de palabra. En aquel momento él tenía más determinación que cualquier ser viviente. Ninguna súplica sobre la Tierra lo haría cambiar de idea. Entonces Kagome se dio cuenta de otra cosa: ¡Él estaba haciendo aquello porque no la creía!.
Yacía ante él por completo indefensa, y aun así era ella quien poseía todo el poder. Poseía el poder porque aún conservaba la virginidad. Comenzó a temblar. Él percibía cada temblor, pero eso no lo detuvo. Kagome temía que le hiciera daño, pero Sesshomaru no alimentaba esa intención. Le rodeó con un brazo las piernas, por encima de los tobillos, y le levantó las rodillas. Los dedos de la otra mano tocaron el centro femenino. Kagome se echó atrás, tragó con fuerza y concentró la atención en la medalla de oro que colgaba alrededor del cuello de Sesshomaru. Estaba tan caliente y seca al tacto, que Sesshomaru deseó tener algo con qué lubricarla para no hacerle daño. Miró la cabeza hinchada de su falo y vio una gota grande y transparente de líquido seminal. Recogió la gota con un dedo, levantó más alto las rodillas de Kagome y con gran suavidad y cuidado hundió el dedo hasta el fondo. La oyó soltar una exhalación. Era un delicioso sonido femenino. Ella se hallaba muy tensa, pero él aún dudaba que estuviese intacta.
Y de repente encontró la barrera. ¡Sesshomaru estaba exultante!. También Kagome se sintió dichosa. Entonces, con el poder que sólo posee una mujer hermosa, dijo:
-Jamás te premiaré con eso.
-¡Lo harás! ¡Lo harás! -Era un juramento; con gesto deliberado, encontró el pequeño capullo del centro femenino y con un dedo trazó un círculo alrededor.
Kagome abrió los ojos, conmocionada al sentir un delicioso cosquilleo interior. Entonces su sexo aferró el dedo de Sesshomaru con un temblor convulsivo. Él lo retiró con delicadeza suave, paseándolo por la hendidura rosa en una caricia tan sensual que la hizo palpitar. De pronto Kagome se sintió ardiente y húmeda en su interior. A toda costa debía evitar que él descubriera que las caricias la habían excitado hasta casi desbocarla.
Él se puso de pie y desató las tiras que le sujetaban las muñecas. Kagome resistió el impulso de frotárselas. En cambio, lo miró a los ojos.
-Me gustaría dormir un poco, general. Mañana tengo que fregar muchos pisos-
Que ella eligiera el trabajo de una esclava doméstica, en lugar de a él, lo enfurecía. Sólo el férreo dominio de sí mismo que poseía evito que la abofeteara con fuerza. Quizá la dama no creía que él la obligara de veras a realizar un trabajo tan arduo y degradante. ¡Ya lo comprobaría al amanecer!
Una esclava de la casa la despertó antes del amanecer. Le llevó una tina con agua fresca para que se lavara; luego tomó la túnica marrón y la pañoleta y esperó paciente.
-No me pondré eso -dijo Kagome con tono arrogante.
-Es lo único que tienes para cubrirte. Jaken no cederá –informó la esclava en voz baja. Tras un momento de reflexión, Kagome se lavó con desgana y se vistió con la espantosa ropa.
Un niño de unos once o doce años le dio una pequeña rebanada de pan y una taza de agua. Kagome estuvo a punto de arrojar los alimentos contra la pared, pero una voz interior le indicó que tal vez ésa fuera toda la comida que vería aquel día. El muchacho era delgado y resultaba evidente que aún no había alcanzado la pubertad. Sus ojos oscuros resultaban demasiado grandes para el rostro menudo.
-Debes darte prisa -apremió.
-Haré exactamente lo contrario -dijo Kagome. Los hombros delgados se hundieron.
-Si no te apresuras, azotarán a Sim -dijo la esclava.
Kagome ardió de furia. -¡Llevadme con Jaken! -ordenó.
El trío se encaminó hacia las cocinas del primer piso, luego pasó por una cocina trasera en la que había un hogar gigante con grandes hornos negros y una enorme cisterna que contenía agua hirviendo. Al verla llegar, Jaken ordenó a una esclava que llenara un balde con agua caliente.
-Llegas tarde. Debes comenzar con las salas de baño. Primero friegas los azulejos con el jabón de lejía, luego los enjuagas bien y los secas con un paño de gamuza.
-¿Y si me niego? -inquirió ella.
-Te presento a Sim. Él será tu víctima-
Por un momento Kagome pensó que Jaken había autorizado al niño a azotarla si ella desobedecía, pero enseguida comprendió la terrible realidad: si ella no hacía con exactitud lo que él pedía, ¡azotarían al niño en su lugar!. Miró a Sim, con sus hombros delgados y sus ojos grandes y tristes.
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Muchos besos Shahara!
