Once
El sol penetra con fuerza por la ventana de mi habitación. Entorno los ojos y me doy la vuelta sobre la cama, a la vez que me pregunto por qué no habrá sonado el despertador, sobre todo hoy, que voy a ir a ver a la madre de Edward.
Alrededor de las diez, Jasper viene a recogerme. Se ofreció voluntario para llevarme al bosque de apartamentos de la señora Cullen. Hace sólo unos días les conté a él y a Alice la historia completa. Les hablé del collar, de mi hermana Emma, y de hasta qué punto mi relación con Edward se había intensificado en menos e una semana.
– ¿Estás nerviosa? –pregunta Jasper mientras detiene el coche frente al edificio.
Nos encontramos en una de esas urbanizaciones con jardín en las que todas las viviendas, incluso los arbustos que las rodean, son de una perfección impecable. La casa de la señora Cullen se encuentra justo al final. En la parte delantera está aparcado un automóvil con manchas de óxido, y sobre el felpudo de entrada hay varios periódicos enrollados.
– ¿Quieres que entre contigo? –pregunta Jasper.
Niego con la cabeza y me bajo del coche, sujetando el collar en la mano. Diez escalones conducen a la puerta. Los subo despacio, tratando de serenarme, de aminorar el ritmo de los latidos de mi corazón.
Al llegar al octavo escalón, me detengo y giro la vista en dirección al coche de Jasper. Levanta los pulgares y yo le respondo con el mismo gesto, agradecida de que me haya acompañado. Y de que yo misma haya sido capaz de llegar hasta aquí.
Los dedos me tiemblan ligeramente, respiro hondo y continúo en dirección a la entrada. Por fin, llamo al timbre. Oigo que alguien se mueve en el interior. La puerta se abre segundos más tarde.
– ¿En qué puedo ayudarte? –pregunta la mujer.
Es mayor de lo que había imaginado, puede que pase de los sesenta y cinco años; tiene el pelo gris y un geto torcido en los labios.
– ¿Esme Cullen? –pregunto, y noto el temblor de mi voz.
– ¿Y quién eres tú? –sus pequeños ojos verdes se encogen al mirarme. Las marcadas líneas de expresión que los rodean se extienden como ramas de árbol.
–Tengo algo que creo que le pertenece –digo yo, haciendo caso omiso de su pregunta.
Frunce los labios con gesto malhumorado.
–Te has debido de confundir de persona.
Se dispone a cerrar la puerta, pero consigo frenarla al colocar un pie en el umbral. Levanto el collar frente a sus ojos.
– ¿De dónde has sacado eso? –dirige la vista más allá de mí, en dirección a la calle, para comprobar si he venido sola.
–Edward quería que lo conservara.
– ¿Quién eres? –insiste.
–Una amiga de su hijo.
–Mi hijo está muerto –se dispone de nuevo a cerrar la puerta, pero mi pie se lo impide.
–Por favor –suplico–. Sé que parece descabellado; pero, por favor, escuche lo que tengo que decirle. Sueño con él.
Niega con la cabeza y me abandona junto a la perta; dice que va a llamar a la policía.
–Espere –insisto, abriendo la puerta de par en par.
La madre de Edward levanta el teléfono y empieza a marcar.
De modo que suelto de sopetón todos los detalles que Edward me ha contado: el Día de la Madre y las tostadas francesas que salieron pastosas, las flores silvestres que le regaló, y el collar que le arrancaron de un tirón.
–Fue en el cuarto de baño –le explico–. Usted lo buscó por todas partes, pero no lo encontró. Estaba entre los tubos del radiador.
La señora Cullen deja de marcar y suelta el teléfono. Se lleva a la boca una mano temblorosa.
–Su hijo quiere que sepa que no la culpa de su muerte –prosigo.
– ¿Cómo sabe todo esto? –pregunta, acercándose a mí de nuevo.
Sueño con él –repito yo, entregándole el collar.
Lo toma y trata de decir algo. Mueve los labios para hablar, pero no es capaz de articular palabra.
–Sé que no tiene sentido –añado yo–; aunque acaso no haga falta que lo tenga. Puede que lo único de veras importante sea que deje de vivir atormentada por el remordimiento.
Y tal vez haga lo mismo.
Y este fue el capítulo once, falta uno solo y ya termina esta historia.
Espero que les guste. Saludos :D
Only Love.
