RENACIMIENTO
Por Mal Theisman
Notas aclaratorias:
Robotech y sus personajes pertenecen a sus respectivos propietarios, es decir: Harmony Gold, Tatsunoko Production y todos los demás, y no es mi intención infringir sus derechos de ninguna manera concebible. Esta historia es simplemente para propósitos de entretenimiento y nada más.
Aquí viene la segunda parte del Capítulo 9... continuada directamente de la primera. Como debe ser.
Capítulo IX: Pesadillas, sueños e ilusiones
(Parte II)
Jueves 22 de septiembre de 2011
– Muy bien, comandante, hora de despertar para su interrogatorio...
– ¿Eh? – murmuró ella entre sueños, hundiendo instintivamente la cabeza en la almohada, en un vano y desesperado intento por arrancar unos minutos más de sueño.
Por desgracia para ella, ese gesto le sirvió de bien poco, ya que al llamado original se le sumó una delicada pero insistente sacudida de su hombro, impidiéndole cualquier posibilidad de volver a dormir. Ya desesperada, ella intentó conmoverlo con unos gruñidos de queja, dándose cuenta de su total fracaso al sentir que él le estaba besando el cuello con ternura... y no le quedó otra opción más que despertarse en cuanto sintió que ese beso estaba acompañado por algunas risitas tiernas.
"Espera a que salga de esta habitación y verás..." se prometió a sí misma mientras volteaba para enfrentar a su acosador, dispuesta a arrancarle la cabeza a mordidas por esta nueva despertada… desistiendo de hacerlo en cuanto se enfrentó a un par de ojos azules que la miraban con ternura infinita.
– Bien, ya estás despierta – sonrió Rick, aprovechando la ocasión para jugar con el cabello de Lisa y acariciarle el rostro. – ¿Qué dices si comienzo?
– Como... – la frase quedó interrumpida por un inoportuno bostezo – quieras...
Rick se acomodó en su silla y tomó la mano de Lisa en la suya, antes de comenzar con las preguntas, sonriendo hasta lograr hacerle olvidar su disgusto por haber sido despertada.
– Aquí vamos. ¿Cuál es tu nombre completo?
– Elizabeth Claire Hayes.
Otra sonrisa de Rick, seguida por una caricia en la mano de Lisa que hizo que ella se estremeciera sin control en esa cama de hospital.
– ¿Qué fecha es hoy?
– El día después de ayer... – contestó ella con voz de cansada, como si no tuviera muchas ganas de seguir con ese interrogatorio... pero sí teniendo muchas ganas de bromear a costa del teniente comandante Hunter.
– Lisa...
– Está bien, está bien... – se rindió Lisa, tratando de ablandar a su piloto con la sonrisa más radiante que podía lograr algunos minutos después de ser despertada. – 22 de septiembre.
– ¿Cuál es tu color favorito? – continuó Rick.
– El azul.
La sonrisa que Rick le dedicó bastó para enternecer a Lisa, hasta el punto de maldecir aquella intravenosa que le limitaba los movimientos.
– ¿Quién es tu piloto favorito? – le preguntó él, y las caricias que prodigaba en la mano de Lisa ya recorrían todo el brazo de la joven comandante.
– Tú – le contestó ella, mirándolo a los ojos con toda la ternura de la que era capaz.
– ¿Me amas?
– Con locura.
– ¿Quieres que te dé un beso? – le preguntó Rick, ya a pocos centímetros del rostro de Lisa, perdido irremediablemente en el fuego de la mirada de ella.
– ¿Qué clase de pregunta es esa? – susurró ella casi en los labios de Rick, estirando sus brazos para abrazarlo a la vez que se cuidaba de no quitarse la intravenosa. – Ven para acá...
– Respuesta correcta...
Esa frase fue la última que pudo articular el teniente comandante Hunter, ya que con la fuerza con que las manos de Lisa lo atraían a sus labios, poco tiempo le tomó para que se fundiera en un tierno y enloquecedor beso matinal que logró borrar de su mente cualquier cosa que pudiera llegar a decir, o a pensar.
En cuanto a la comandante Hayes, que atravesaba su sexto día de internación, y comenzaba el segundo que pasaba consciente, aquel beso le pareció una forma infinitamente mejor de despertarse que cualquier otra que hubiera conocido. Y aunque no tenía forma de saberlo, o siquiera de pensarlo con lo ocupada que la mantenían los labios y caricias de Rick, para él también era una forma más agradable de comenzar el día.
Pero de cualquier manera, las once y media de la mañana eran una buena hora para comenzar el día, y por más que Lisa quisiera dormir un rato más, ni Rick ni los médicos del hospital la dejarían... y conociendo a su hombre como lo conocía, Lisa sabía que sería capaz de traer a una banda militar para despertarla si siquiera intentaba resistirse.
Rick Hunter era un tipo afortunado al ser amado por Lisa con la pasión con que lo hacía, porque de lo contrario hacía tiempo que ella lo hubiera matado…
Por su parte, y ajeno a los impulsos romántico–homicidas de su novia, Rick se ocupaba de mantener algo de orden en aquella habitación, lo que incluía levantar objetos que hubieran acabado en el suelo, dejar el sofá en condiciones presentables tras haberle servido de litera durante toda la noche y asegurarse de que Lisa estuviera cómoda en su cama.
Luego de eso, y siendo que estaba cerca del mediodía, era hora de que Rick hiciera el chequeo rutinario de Lisa que el doctor Kinnunen le había encargado hacer algunos días atrás. Era algo realmente simple, que para alguien que hubiera atravesado por el curso militar de primeros auxilios (como Rick lo había hecho tras la básica) se hacía extremadamente fácil. Se trataba de cosas sencillas: revisar la temperatura corporal con ayuda de un termómetro, chequear el color de la piel y medir el pulso.
Claro está que Rick Hunter se ocupaba de darle su toque particular... con lo que además del termómetro, la medición de temperatura incluía un beso para calcular la temperatura en los labios de Lisa; el chequeo del color de la piel venía acompañado por caricias y además de tomárselo en las muñecas, él apoyaba la cabeza con suavidad en el pecho de Lisa para sentir el latido de su corazón.
Por último, Rick se colocó bien cerca del rostro de Lisa, mirándola a los ojos para asegurarse de que no hubiera problemas de dilatación desigual en las pupilas... y de paso aprovechaba para perderse en la mirada clara de la mujer a la que amaba.
– Veamos... sí, todo en orden... – murmuraba el piloto con tono erudito, para luego concluir: – Sigues teniendo los ojos más preciosos que haya visto jamás.
– Rick... – se sonrojaba ella.
Para remarcar aquel comentario, Rick volvió a besarla, primero con ternura y luego con locura, dándole rienda suelta a su lengua y dejando que sus labios permanecieran juntos hasta que ella fuera capaz de decir "basta"... era la forma que tenía Rick de revisar la capacidad respiratoria de Lisa.
Definitivamente no ganaría el Premio Nobel de Medicina con sus métodos de diagnóstico, pero ciertamente la aplicación de dichos métodos hacían interesantes los cuidados médicos para un tosco aviador como Rick...
– Hoy tenemos que celebrar, preciosa... – dijo Rick al oído de Lisa en cuanto terminaron el beso.
– ¿Por qué?
– Porque mientras tú dormías el sueño de los justos, yo hablé con el doctor Kinnunen, y me dijo que porque te portaste bien, vas a recibir una recompensa – explicó Rick, guiñando el ojo y poniendo expresión de niño con secreto.
– Ooohh... – sonrió ella, juntando las manos. – ¡No puedo esperar!
– Te lo diré ahora mismo... ¡Felicitaciones, Hayes! – exclamó Rick, agachándose a plantarle un beso en la frente a Lisa y conteniendo sus propias ganas de seguir ese beso al ver la reacción que provocaba en ella.
Como para demostrarle a Lisa de lo que estaba hablando, Rick procedió a desconectar con puro profesionalismo el aparato de intravenosa, y luego quitó con sumo cuidado y delicadeza, para no provocarle dolor alguno, las líneas de alimentación intravenosa que llegaban a los brazos de Lisa... besando suavemente los lugares de los brazos en donde habían estado conectadas como si eso ayudara a cicatrizar las heridas.
– ¡Te has graduado del suero intravenoso a la papilla! – anunció Rick con gran fanfarria, dejando un plato con algo de lo que sólo se podía decir que era espeso en consistencia y anaranjado en color. – ¡Bienvenida al mundo de los alimentos semisólidos!
En ese momento, contemplando el plato que ella tenía en frente, Lisa no encontraba motivos para sentirse orgullosa o bienvenida... sino que sólo podía pensar en lo poco apetitoso que se veía aquel plato de papilla presentado con tanta alharaca... y su primer comentario fue bastante comprensible y descriptivo de sus emociones al respecto:
– Eegh...
– Vamos, sabe mejor de lo que parece... – le aseguró Rick, juntando una cucharada del menjunje y levantándola hasta la altura de los ojos de Lisa. – Créeme.
– ¿Por qué habría de creerte? – respondió ella, retrocediendo como por instinto ante la cuchara amenazante.
Rick sonrió tiernamente, con ganas de reír al ver cómo ella reaccionaba ante la papilla y teniendo el presentimiento de que acabaría riéndose largo tiempo de lo que iría a ocurrir en los próximos minutos... era una sensación que no sabía de donde salía, pero que sí sabía que pasaba cada vez que se juntaban sus ganas de bromear y las oportunidades que Lisa le abría.
– ¿Te olvidaste que yo estuve internado aquí? La comida sólo puede mejorar en comparación con cómo era el año pasado... – insistió Rick, guiñando el ojo.
Por desgracia, el efecto de ese comentario fue exactamente el opuesto al pretendido; en lugar de darle pie a una broma, Rick sólo logró que ella entristeciera... ya que Lisa había sido responsable de la internación de Rick en aquel mismo hospital militar, y todo a causa de un torpe error de juicio por el que aún se sentía culpable.
– Lo siento... – murmuró ella en voz baja y desviando la mirada, y fue sólo ahí cuando Rick se dio cuenta de lo que había causado sin pensar...
– ¿Por qué, por el accidente? – le dijo él, tratando de poner buena cara al mal tiempo y levantar el humor de Lisa. – Bah, no te preocupes. Es más, debería agradecerte... me ablandaste la cabeza.
Esta vez su comentario sí fue un éxito, ya que logró que el semblante de Lisa cambiara hasta hacerse más alegre... e incluso una sonrisa lenta apareció en su rostro, encantando a Rick como sólo ella sabía hacerlo...
– Tonto... – dijo ella entre sonrisas.
– Entonces, ¿qué dices, Hayes? – contraatacó Rick, retomando el tema del plato de papilla y alzando una vez más la cucharada hasta acercarse a los labios de Lisa. – ¿Vas a comer tu comidita, o voy a tener que hacer el avioncito?
– Tú dímelo... tú eres el piloto – devolvió ella.
Ya no había forma de disimular el brillo travieso en los ojos de Rick, o esa sonrisa juguetona que aparecía inevitablemente en sus labios cada vez que veía la oportunidad de una broma... era una sonrisa que lograba borrar todas las penas en Lisa Hayes, y una de las razones que la habían hecho enamorarse de ese piloto cabeza dura con la locura con que lo hacía.
– Lo pediste, Hayes... – anunció Rick, maniobrando con la cucharada como si fuera un caza de combate. – Abre bien grande la boca...
Lisa, obediente por primera vez a las instrucciones de alguien inferior a ella en rango, simplemente abrió la boca en espera de esa cucharada, forzándose a ser fuerte a pesar de todo.
– Aaaaaaahhhh...
Pero para la infinita sorpresa y alegría de Lisa, no fue una cucharada de... algo... lo que entró en su boca, sino los labios de Rick, quien en un rápido movimiento había logrado dejar la cucharada en el plato y lanzarse sobre Lisa sin darle la menor oportunidad de prepararse. En cuanto a Rick, poco le faltó para abalanzarse sobre Lisa cuando sintió que ella se estremecía de placer en el instante en que la besó...
– Ooooohhhhh... – respondió Lisa cuando el beso terminó, mirando a Rick con ojos brillantes y cargados de deseo.
– Bueno, aquí va en serio... – le dijo Rick, volviendo a tomar la cucharada de papilla y esta vez colocándola bien cerca de la boca de Lisa. – Abre bien grande que viene el Veritech cargado de papilla...
Haciendo de tripas corazón, y cerrando los ojos para no ver la papilla entrando en su boca, Lisa se obligó a comer ese menjunje, procurando hacer que tardara lo menos posible en desaparecer de su boca... y sufriendo a cada segundo.
– ¿Rico, no? – le preguntó Rick, sonriéndole y preparando una segunda cucharada.
La expresión en el rostro de Lisa daba a entender que ella consideraba a esa papilla como muchas cosas... y la palabra "rico" no figuraba en ninguna de ellas.
– Comestible – murmuró ella, haciendo una mueca bastante chistosa al decir esas palabras.
Sin nada que opinar, Rick sencillamente se encogió de hombros mientras volvía a la segunda cucharada de papilla:
– Es comida de hospital, ¿qué pretendes? – le preguntó Rick, causándole una leve risa a la comandante Hayes.
– Que no te oiga la enfermera Lovett...
Finalmente, y tras un forcejeo que nada tuvo de irritante y mucho tuvo de divertido para los dos, Rick logró que Lisa se terminara la papilla; ya para las últimas cucharadas, la resistencia de Lisa se convirtió en algo más teatral y juguetón, a tal punto que ella abiertamente disfrutaba la situación extraña de ser alimentada como si fuera una bebita... por no mencionar la mirada tierna que Rick le dedicaba cada vez que ella le hacía alguna expresión de bebé.
Por más que se devanara los sesos, Lisa no sabía qué podía tener aquel piloto para despertar en ella tal ánimo juguetón que desconocía poseer. Quizás fuera que él era de por sí tan bromista y juguetón que ella, en el mejor ánimo de competir, había decidido no quedarse atrás... o quizás era que con él se sentía tan cómoda como para revelarle aquel lado de su personalidad que guardaba bajo el hielo...
Tras poner el plato en una bandeja para que la enfermera lo retirara en cuanto pasara, Rick volvió a encontrarse con que Lisa lo estaba mirando con pura ternura y amor... y como siempre solía pasar con él, bastaba con que ella le sonriera para que le entrara un impulso incontenible de tomarla en brazos y besarla...
Estaban los dos a punto de encontrarse en un beso cuando una voz desde la puerta los volvió a la realidad:
– No interrumpo nada, ¿no?
– ¡Claudia! – exclamó Lisa al ver de quién se trataba.
– Qué gusto verte, Claudia... – agregó Rick, sintiéndose ligeramente molesto de que la teniente comandante Grant le interrumpiera algo que prometía ser muy agradable para él...
– Lo mismo digo, muchachos. ¿Cómo está la convaleciente?
– Convaleciendo, y bastante bien... – fue la respuesta de Rick, quien no pudo evitar hinchar el pecho de orgullo por ser él quien le prodigara todos los cuidados. – Ya está comiendo papilla.
El suave golpe de Lisa en la cabeza le demostró la opinión que a ella le merecía esa papilla en particular, mientras Claudia simplemente entraba a reír de la escena tierna que protagonizaban esos dos amigos suyos tan cabezas duras...
– Mis condolencias, – dijo ella en cuanto acabó de reír. – Cuando me tuvieron aquí la comida era lamentable.
Esas palabras lograron que Rick y Lisa se miraran a los ojos por unos segundos, como si entre ellos estuvieran compartiendo algún chiste interno que no necesitaba de palabras para ser expresado, a lo que Claudia les respondió con una expresión confundida... que encontró respuesta cuando Rick y Lisa dijeron a coro:
– Es comida de hospital, ¿qué pretendes?
Por su parte, Claudia ya estaba sentada en el sofá... y a juzgar por lo que Lisa veía en su rostro, su mejor amiga venía con toda la intención de tener una charla de esas en las que la presencia de Rick no era exactamente algo deseable.
– Oye, Rick... – le dijo Claudia como quien no quiere la cosa. – A la entrada del hospital me crucé con Max.
– ¿Qué dice de nuevo? – preguntó él, interesado en saber alguna novedad sobre su amigo, a quien no veía desde hacía unos días.
– ¿Por qué no le preguntas tú mismo?
– Es que yo... – balbuceó Rick, mirando insistentemente a Lisa como si buscara una respuesta pero no se animara a hacer la pregunta.
Era afortunado entonces de que Lisa ya interpretara bien el caos de pensamientos que tenían lugar en su cabeza, ya que luego de sonreírle y tomarlo de la mano, la comandante Hayes decidió que Rick necesitaba un descanso de esa dura tarea de cuidarla... sin mencionar que quería saber de qué quería hablarle Claudia.
– Ve en paz, Rick... – le aseguró Lisa, aprovechando para acariciar la mano de su piloto. – Claudia me cuidará.
Rick no parecía convencido de eso... o simplemente estaba queriendo convencerla de lo contrario apelando a su mejor expresión de perrito abandonado que busca dueño... y por unos breves instantes Lisa se sintió lo suficientemente encantada por esos ojos azules como para darle gusto.
– ¿Segura? – preguntó Rick.
"Plan B", rezongó Lisa para sus adentros... que Rick no dijera luego que no le había dado opciones de retirarse con gracia.
– Puedes quedarte... – le dijo entre sonrisas, mientras Claudia soltaba una risa al reconocer en el rostro de Lisa esa expresión que ella solía poner antes de largar una bomba. – A menos, claro, que quieras escuchar una conversación de chicas...
Al ver el cambio abrupto de expresión en el rostro de Rick Hunter, Claudia reflexionó que, fuera lo que fuera, debía haber algo en la psiquis masculina que hacía que la frase "conversación de chicas" actuara en los hombres como agua bendita arrojada a alguien poseído por un demonio...
Y Rick Hunter no la decepcionó, ya que tras darle un fugaz beso en los labios a Lisa –despertando en Claudia la profunda envidia y nostalgia de saber que no tendría más de esos–, comenzó una abrupta retirada que lo llevó a la puerta de la habitación en menos de cinco segundos.
– Vuelvo en un rato... cualquier cosa sabes cómo ubicarme – le dijo Rick antes de desaparecer por la puerta.
– Pásala bien y mándale mi cariño a Max – contestó Lisa, sonriéndole con ternura. – Nos vemos, amor...
En cuanto Rick dejó la habitación y la puerta se cerró, las dos amigas se lanzaron de inmediato a su conversación, y fue Claudia la que empezó apelando a su mejor tono conspirativo, lo que Lisa entendió como señal de que el tema de conversación sería precisamente el piloto que acababa de eyectarse de la habitación en la que estaban.
– ¿Cómo se está portando?
Si la mirada enternecida de Lisa y el rubor en sus mejillas no fueron suficiente respuesta para Claudia, las siguientes palabras bastaron para pintarle el cuadro completo:
– Es un amor...
– Vaya, – sonrió Claudia con su mejor aspecto maternal. – Eso significa tantas cosas...
– Ni te imaginas; prácticamente no se ha movido de mi lado desde que llegué aquí.
La sola imagen de Rick Hunter pasando los últimos seis días en esa habitación fue suficiente para que Claudia entrara a reír... además, claro, de la expresión de enamorada perdida que veía en Lisa.
– Perrito guardián hasta el final.
– ¡Claudia! – exclamó Lisa, un tanto ofendida por esa calificación.
– Si se comporta como perro y te pone esas caritas de perro sin dueño, pues podría decirse que es un perro, ¿no? – retrucó su amiga con una lógica que Lisa Hayes no podía discutir.
Aunque sí podía hacer que esa afirmación de Claudia jugara a su favor...
– Es mi perrito – dijo Lisa con la mirada perdida en la puerta por donde Rick acababa de irse... con tal ternura que Claudia simplemente estalló en una carcajada.
La conversación fue interrumpida por la enfermera Lovett, quien pasaba por la habitación en una de sus rondas, observando todo con una minuciosidad tal que Lisa no pudo evitar preguntarse si se debía a alguna obsesión por asegurarse de que Rick no hubiera arruinado algo al asumir su trabajo de enfermera, aunque más no fuera haciéndose cargo de la ahora desactivada máquina de alimentación intravenosa.
Tras dejar todo en condiciones y verificar que la paciente continuara en buen estado, la enfermera Lovett se retiró, dejando libres a Lisa y Claudia para continuar con su conversación.
– A veces no entiendo cómo consiguió tanto tiempo libre para pasarlo junto a mí... – preguntó Lisa, jugando distraídamente con un bolígrafo que Rick había dejado por ahí.
– ¿Te quejas de eso?
– Jamás... – le aseguró Lisa, disipando la mirada de confusión de Claudia. – Es sólo que me preocupa que pueda estar perdiendo tiempo de vuelo.
Por unos segundos, Lisa creyó ver en Claudia esa expresión tan típica de ella que esbozaba cada vez que creía que alguien le estaba tomando el pelo, y llegó a temer alguna reprimenda verbal que no sabía por qué podía venir... pero antes de que estallara la tormenta, el semblante de Claudia cambió a algo más comprensivo y tierno... haciendo que Lisa se sintiera aún más confundida de lo que estaba.
– ¿No te dijo nada? – preguntó Claudia con una enorme sonrisa en los labios.
– ¿Decirme qué?
Claudia se acomodó en el sofá, y tras pensar un rato simplemente comenzó:
– Lisa... no sé cómo vayas a tomar esto pero...
– ¡No me asustes y dímelo ya! – la interrumpió Lisa con una exclamación de ansiedad que Claudia no había visto venir.
"Bueno, que diablos..." se dijo Claudia antes de largar la noticia... una noticia que no podía creer que Lisa fuera la única persona de la nave que a esas alturas no conociera.
– Rick está suspendido oficialmente del servicio activo.
Lisa la miró con incredulidad, abriendo bien grandes los ojos como si no pudiera comprender los conceptos que iban en esa frase:
– ¡¿Qué?! – balbuceó, sacudiendo la cabeza como para despertar de una posible pesadilla. – ¿Qué pasó?
– Insubordinación y obstrucción de operaciones militares. Tuvo una discusión muy dura con el almirante Gloval en la red táctica – comenzó a explicar Claudia, rememorando los detalles de ese día. – Y bueno... digamos que alteró los ánimos en la Central en momentos en que no tendrían que haber estado alterados en lo más mínimo...
– ¿Por qué diablos estuvo discutiendo con el almirante?
"Lisa, Lisa, Lisa... cuando te enteres, te querrás morir" pensó Claudia, sin poder evitar sonreír ante la ternura que seguramente vería en la mirada de su amiga en cuanto le explicara lo acontecido...
– Quería ir a rescatarte... – explicó con voz suave – y el almirante le negó el permiso diciendo que su misión en ese momento tenía prioridad.
– ¿Que hizo qué?
No pudo decir más... sencillamente no hubo forma de que Lisa dijera una sola palabra mientras procesaba la enormidad de lo que Claudia le había dicho en tan corta frase. Su corazón se estremeció y se sintió increíblemente feliz... increíblemente alegre al saber que Rick literalmente había puesto su carrera en juego por ella... y de pronto cayó en la cuenta de que quizás ese piloto la amara más de lo que él llegaba a demostrarle.
Había desafiado sus órdenes... por ella. Había discutido con el almirante Gloval... por ella. Había puesto su carrera en jaque... por ella.
Jamás sabría cómo evitó romper en lágrimas de felicidad en ese momento... aunque no pudo evitar que en su rostro se dibujara una sonrisa gigantesca y que sus ojos se humedecieran. Tuvo que desviar la mirada para que Claudia no lo notara, aunque ella sabía bien que era un gesto inútil... y que su mejor amiga sabía bien lo que el saber eso había despertado en Lisa Hayes.
– ¿Hizo eso? ¿De veras lo hizo?
– De veras lo hizo – asintió Claudia con una enorme sonrisa. – En cuando supo que tu vuelo había sido atacado, lo primero que hizo fue pedir permiso para ir a rescatarte... y cuando Gloval le dijo que no, simplemente enloqueció... todo lo que quería era ir a tu lado y ayudarte.
Lisa simplemente sonrió, tratando de imaginarse la escena... e inevitablemente recordando todas aquellas veces en que él la rescató; la Base Sara... la nave insignia de Breetai... durante su viaje para proponer negociaciones de paz... aquel rescate monumental en los restos infernales de la Base Alaska... y pensar que una vez más lo iba a hacer, que una vez más iba a desafiar órdenes y peligros para ir por ella... fue más de lo que podía concebir.
– Y después – prosiguió Claudia, hablando con un tono maternal y suave mientras veía la mirada de felicidad de su amiga – después pasó días en este camarote, cuidándote mientras estabas inconsciente. No se movió de aquí, excepto cuando había alguien más que pudiera cuidarte, negándose a irse cuando le ofrecíamos quedarnos y relevarnos... y de cualquier manera dudo que hubiera pasado más de una hora lejos de ti.
Lisa seguía sin poder decir nada... aunque su mirada lo decía todo.
– De todas formas, dudo que hubiera podido irse a algún lado cuando vine a visitarte la tarde del ataque – continuó su amiga, riendo suavemente con los recuerdos.
– ¿A qué te refieres? ¿Le pasó algo más?
– Nada malo... aunque estaba tan mareado que no sé cómo lograba mantenerse en pie.
– ¿Mareado? – preguntó otra vez Lisa, sin entender a qué se refería su amiga.
– Por la donación de sangre.
Lisa la miraba sin entender de qué diablos estaba hablando, y Claudia tuvo que hacer un esfuerzo por no romper en carcajadas al pensar que justamente ella, de entre toda la nave, desconocía todo lo que su piloto había estado haciendo por ella desde el instante funesto en que tuvo lugar el ataque.
– Lisa... Rick donó sangre para que te hicieran una transfusión... y a juzgar por el mareo y la palidez que traía cuando lo vi esa tarde, debió haber donado mucha sangre.
Probablemente Claudia dijera alguna cosa más luego de terminar la explicación, pero Lisa estaba demasiado elevada en las nubes y eufórica de amor como para prestarle atención. Cada vez que creía que Rick había llegado al límite de la galantería y de su capacidad de sacrificarse por ella, siempre se las arreglaba para sorprenderla, pero esto... esto era sencillamente demasiado para absorber.
Había pasado los últimos seis días a su lado, sin nada más que hacer excepto cuidarla... había desafiado órdenes oficiales y discutido furiosamente con un almirante con tal de ir a rescatarla... e incluso había donado de su propia sangre para ayudarla... sencillamente era demasiado.
Casi de la nada, ella sintió un calorcito que le recorría todo el cuerpo y que la hacía estremecerse de felicidad... un calorcito que ella quería atribuir a la sangre que él le había dado para que pudiera seguir adelante, y la sola idea de que por sus venas estuviera corriendo la sangre de Rick la hizo conmoverse y sentirse amada hasta lo indescriptible.
A Claudia Grant sólo le bastó ver la mirada de puro amor en los ojos de Lisa para saber que ella no iba a dar cuartel ni respiro en cuanto Rick Hunter volviera a esa habitación...
– Lisa… después de estos días, espero que tengas una ligera idea de hasta qué punto te ama ese cabeza dura... y te aseguro que si todavía te quedan dudas, tendré que quitártelas a golpes.
Para cuando Rick regresó a la habitación, ya hacía rato que Claudia se había ido, y al ver a Lisa sola, mirándolo entrar mientras permanecía sentada en su cama de hospital, con una revista sobre las piernas, Rick se reprendió en silencio por haberse ido y exponerla a quedarse sola aunque más no fuera un minuto. No importaba lo bien que le había venido un breve cambio de aires y la posibilidad de ponerse al tanto, vía Max, de la actualidad del Grupo Aéreo; eso no valía la pena de dejar a Lisa Hayes sola en una habitación de hospital.
Había sido un rato refrescante para Rick, que sirvió entre otras cosas para calmar sus inquietudes sobre el estado actual del Grupo Aéreo del SDF-1. Aparentemente, por lo que Max le decía, el comandante Shamkhani estaba haciendo un buen trabajo de mantenerle la silla caliente al suspendido Líder Skull, pero eso provocaba una sensación de deshonra para el Skull, cuyos miembros veían que por primera vez desde la entrada en servicio de la fortaleza espacial, el Comandante del Grupo Aéreo pertenecía a otro escuadrón que no fuera el de la calavera y las tibias. De manera inversa, señalaba Max, los muchachos del Escuadrón Scimitar estaban con el ánimo por las nubes, bien orgullosos y gallitos de que su líder mandara a todos los escuadrones de combate, aunque más no fuera de manera provisoria.
Pero nada de eso importaba para Rick, porque ya estaba de vuelta en esa habitación junto a ella.
Desde el momento en que entró a la habitación, Rick notó algo extraño en Lisa. No era nada que pareciera malo o peligroso, y no daba señales de haber pasado por alguna clase de inconvenientes médicos en su ausencia. Pero había algo más en su mirada... algo en esos ojos verdes que para Rick era sencillamente inescrutable.
– ¿Todo bien, amor? – le preguntó, deseoso de romper el incómodo silencio que se había hecho en esa habitación.
Ella sonrió, y la sonrisa fue deslumbrante.
– Todo bien, amor... – le respondió ella, dejando que la sonrisa permaneciera allí mientras su corazón se estremecía de sólo verlo, ahora que sabía todo lo que había hecho por ella.
Esa sonrisa y esa respuesta tranquilizaron a Rick, quitándole cualquier sensación de culpa que pudiera llegar a albergar. Dejando sobre la mesa una pequeña bolsa con comida que había comprado para el "té", Rick continuó caminando hacia lo que Lisa jocosamente llamaba "su puesto de batalla"... el sofá desde donde se quedaba contemplándola y cuidándola durante horas.
Pero para Lisa eso no resultaba suficiente.
– Ven para acá – le dijo a Rick en un tono muy similar al que ella usaba para las órdenes en la red táctica.
– ¿Qué pasa?
– Ven para acá – repitió ella el pedido, esta vez de manera más insistente aunque misteriosa... picando la curiosidad del piloto de una manera irresistible.
Ella podía estar hospitalizada, podía estar confinada a esa cama de hospital y dudosamente pudiera permanecer en pie por sí misma durante mucho tiempo en las condiciones en las que estaba, pero seguía conservando ese don de mando que siempre había tenido... y a juzgar por el brillo en su mirada, esa era una orden cuya desobediencia la comandante Elizabeth Hayes no estaba dispuesta a tolerar.
Además, juzgó Rick, "se ve tan hermosa..."
Rick no tardó en arrastrar una silla hasta colocarla junto a la cama de Lisa, sentándose en ella sin despegar la mirada de los ojos de ella, perdiéndose en su profundidad como si recién los hubiera descubierto por primera vez... aunque para Lisa eso seguía sin ser suficiente.
– Acércate – le ordenó.
Otra orden que Rick jamás osaría discutir.
Y en cuanto llegó a una distancia razonable, los brazos de Lisa se lanzaron en un intempestivo ataque para rodear al piloto por la espalda, sin encontrar alguna clase de obstáculo por parte de Rick. Tras encontrar un buen lugar donde apoyar sus manos, Lisa simplemente atrajo a Rick hacia ella, deteniéndose sólo un minuto... y haciendo que el corazón del piloto se paralizara del hambre y pasión que podía ver en los ojos de Lisa...
Ese instante no habrá durado más de un segundo, pero ellos bien podrían haber jurado que fue eterno.
Y mientras Rick Hunter sentía que se hundía en el mar esmeralda de la mirada de Lisa, ella comenzó a hablar, en una voz susurrante y cargada de cariño que por poco hizo que Rick se desmoronara de la emoción.
– Richard Hunter – dijo ella, con sus labios a meros centímetros de los de él. – ¿Tienes acaso alguna remota idea de cuánto te amo?
A Rick le bastó negar levemente con la cabeza para que ella hiciera una leve y sugerente sonrisa que acabó por hechizarlo completamente.
– Permíteme darte una muestra... – susurró ella, ya con los ojos entrecerrados y sus labios apenas encontrándose con los de él...
El beso que Lisa le dio en ese momento actuó como una corriente eléctrica por todo el cuerpo de Rick, estremeciéndolo de la cabeza a los pies y haciéndole perder la razón en medio de una tormenta de sensaciones que se confundían... sensaciones que iban desde la suavidad de los labios de ella hasta la pasión que los dos ponían en ese beso, como si ambos estuvieran compitiendo por ver quién estaba más enamorado del otro... y siempre dispuestos a ir más lejos con la muestra.
Pero lo que Rick Hunter no sabía era que, en lo que a Lisa Hayes concernía, ese beso era una pálida muestra de lo que sentía por él...
Domingo 25 de septiembre de 2011
– Muuuuuy bien...
Ya hacía diez minutos que el doctor Martti Kinnunen leía los resultados de la última serie de análisis efectuados sobre Lisa Hayes; diez minutos que el doctor había pasado leyendo y releyendo cada punto del informe, aparentemente sin prestar atención a los dos jóvenes que esperaban ansiosos alguna idea sobre lo que terminaría por indicarles que hicieran.
– ¿Muy bien qué, doctor? – lanzó Rick, ya cansado de esperar alguna señal de vida de parte del médico.
– ¿No tiene paciencia, comandante Hunter? – preguntó el médico, con una expresión de extrañeza que le hizo pensar a Rick que estaba siendo objeto de una concienzuda y deliberada tomada de pelo.
– No, doctor Kinnunen, no la tengo... ¿así que por qué no me dice de una vez lo que quiere decir?
Encogiéndose de hombros, el médico simplemente dio vuelta las páginas hasta llegar a la última página del reporte... aquella que detallaba las conclusiones y recomendaciones.
– Ya que insiste...
Ahora era Lisa la que clavaba sus ojos con impaciencia en la figura impasible del facultativo médico, conteniendo las ganas de arrancarle la cabeza a mordidas y obligándose a tener en cuenta que de él dependía que saliera o no de esa habitación de hospital... con lo que convenía a sus intereses que Martti Kinnunen continuara con vida.
Por más difícil que se le hiciera contener esas ganas.
– Comandante Hayes – proclamó el médico tras dar una última leída a las conclusiones. – A pesar de mis mejores esfuerzos para darle rienda suelta al sádico que como buen médico llevo dentro, leyendo estos análisis no encuentro ninguna razón para que usted siga ocupando esta habitación.
– ¿Eso significa que...?
Antes de que terminara la frase, Kinnunen ya había levantado un dedo admonitorio al cielo, deteniendo en seco a Lisa.
– No crea que la estoy dejando libre, comandante Hayes – le aseguró el médico con una franqueza tal que descorazonó a Lisa, que segundos atrás se había ilusionado con la posibilidad de desentenderse por completo del tratamiento médico. – Simplemente la estoy dando de alta de la internación, pero tendrá que continuar haciendo reposo en su habitación... hasta que haya pasado el plazo que figura en esta orden de internación.
Plazo de reposo que, recordaba ella con amargura, duraba aproximadamente un mes a partir del día del accidente... un mes que debería pasar en su camarote lejos del trabajo y sin hacer absolutamente nada que implicara esfuerzo...
– Y bajo estricta supervisión, debo agregar – continuó Kinnunen.
Fue entonces que Lisa volteó para encontrarse con el rostro travieso de Rick, que la miraba con tal cariño que ella recordó de pronto por qué el prospecto de pasar otros veinte días sin hacer nada se había vuelto más interesante para ella que lo que había sido en un comienzo...
– Y dado que no puedo pasar todo el día ocupándome exclusivamente de usted, supongo que puedo seguir delegando esa tarea en el teniente comandante Hunter, tal como lo he estado haciendo durante estos últimos diez días.
– ¿Qué te parece, amor? Voy a seguir siendo tu enfermero – le aseguró Rick, guiñándole un ojo y sonriéndole a su novia para remarcar la idea... lo que provocó en Lisa una sincera carcajada que enterneció a su piloto.
Sin embargo, quien no había quedado enternecido en lo más mínimo era el doctor Kinnunen, que acababa de ver la escena con su mejor rostro médico de poker, moviéndose exclusivamente para tomar una hoja de su anotador y darle una revisada final.
– Conmovedor, comandante Hunter, realmente conmovedor – murmuró para luego darle aquella hoja a Rick. – Aquí le paso la lista de medicamentos y síntomas a los que tiene que seguir atento, aunque confío en que con el paso del tiempo se van a hacer cada vez más innecesarios.
Agradeciendo esa lista con un asentimiento de la cabeza, Rick se tomó unos segundos para leerla junto a Lisa antes de preguntar:
– ¿Alguna otra cosa más, doctor?
La respuesta de Kinnunen, sin embargo, estuvo dirigida a Lisa, ignorando olímpicamente a Rick.
– Quiero verla una vez por semana para evaluar su progreso, comandante Hayes. Además va a necesitar ejercicios regulares de fisioterapia... algunas sesiones diarias para ejercitar sus músculos – le informó a Lisa, para luego preguntarle a Rick: – Por cierto, comandante Hunter ¿recibió los...?
– Acá los tengo, doctor – se apresuró a responder Rick, mostrando una serie de cuadernillos de ejercicios básicos de fisioterapia.
– Excelente – sonrió el médico, dándole otra lista más a Rick e indicándole punto por punto sus contenidos. – Aquí tiene el plan de ejercicios que organicé con el doctor Medina, del departamento de Kinesiología. Una vez por las mañanas y otra por las noches... y asegúrese de que los cumpla a rajatabla.
– Lo haré, doctor... – le aseguró Rick con esa arrogancia tan típica de él. – Cuente con ello.
– Fuera de eso – prosiguió Kinnunen con un tono abierto a innumerables interpretaciones – nada de esfuerzo físico, ¿me entendieron?
Tras mirarse con expresiones confundidas, como tratando de dilucidar si Kinnunen les había dado alguna clase de mensaje encubierto, Rick y Lisa lentamente asintieron... sintiendo en sus corazones que lo hacían muy a su pesar.
– Fuerte y claro, doctor – respondió Rick por los dos.
Algunos segundos incómodos transcurrieron en esa habitación de hospital, sin que Rick, Lisa o Kinnunen encontraran algo más con qué llenar el tiempo. Se trataba de una de esas situaciones incómodas en las que nadie deseaba estar, o que al menos deseaban que pasara rápido...
– Bueno, no tengo otra cosa más por decir... – acabó por decir Kinnunen, guardando su libreta en uno de los bolsillos del guardapolvo – salvo desearle una rápida recuperación, comandante Hayes. Sé de buenas fuentes que se la extraña en la Central de Operaciones.
La sonrisa de Lisa fue cálida y genuina, mientras le tendía la mano al médico para que se la estrechara.
– Muchas gracias, doctor.
Tras terminar de saludar a Lisa, el doctor Kinnunen extendió la mano para saludar a Rick, sin dejar pasar la ocasión de hacer un chiste a costa suya:
– Mucha suerte, comandante Hunter... tendrá mucho trabajo por delante – le dijo el médico, mirando de reojo a Lisa.
Sin contener una risita, Rick agradeció el saludo del médico y no tuvo mejor idea que darle la razón a aquel comentario
– Ya lo creo... ¡ouch! – alcanzó a decir Rick antes de que un oportuno codazo le hiciera perder el aliento.
Desde donde estaba, Lisa simplemente miraba a su novio con ojos entrecerrados y una sonrisa triunfal en sus labios, disfrutando de la humillación de Rick como sólo ella sabía hacerlo.
– Al menos mis brazos siguen funcionando bien, amor – le susurró al oído, provocando en Rick una cara de incredulidad... de esas que él solía hacer antes de llegar a pensar una buena venganza por aquel último acto de agresión.
– Gracias por la demostración innecesaria – bufó Rick en cuanto pudo volver a hablar.
Ya cerca de la puerta, el doctor Kinnunen volteó una vez más para terminar de despedirse de Lisa y Rick:
– Discúlpenme si no les digo "hasta la próxima". Tengo perfectamente claro que nadie desea volver a ver a un médico.
– Lo entendemos, doctor... – le dijo Rick, poniendo una mano en el hombro de Lisa. – Suerte.
Tras asentir, el doctor Kinnunen dejó la habitación, listo para continuar con sus deberes médicos mientras Lisa y Rick permanecían juntos, recorriendo con la mirada esa habitación que había sido literalmente su hogar durante los pasados diez días... y al encontrarse sus miradas cayeron en la cuenta de que habían estado prácticamente viviendo juntos por diez días completos.
Baste decir que ese pensamiento los hizo estremecerse... y unirse casi por instinto en un abrazo protector.
– Bueno, amor – le dijo Rick, hablándole al oído mientras su mano subía y bajaba por la espalda de ella. – ¿Qué dices si cargamos tus cosas y vamos a tu camarote?
– Con gusto... – le respondió Lisa, dándole un corto beso en la mejilla.
No tardaron mucho en juntar toda la ropa y demás objetos personales que habían estado trayendo a la habitación mientras duró la internación de Lisa, y tras recogerlos todos en un par de grandes bolsos (uno con las cosas de Rick y otro con las de Lisa), el piloto se los cargó al hombro, dándole por un instante a Lisa la impresión de hallarse junto a una mula de carga.
– ¿Estás seguro de que puedes con todo eso, Rick?
Sin demostrar molestia alguna, Rick se limitó a flexionar el brazo como si estuviera en una competencia de fisicoculturismo, provocándole unas carcajadas a Lisa con la imagen que estaba dando.
– ¿No has visto mis músculos? – le dijo él con tono arrogante, indicando su brazo con un gesto de la cabeza.
Tanta arrogancia merecía un castigo... uno de esos que eran insufribles.
– Ando con ganas de volver a verlos, si a eso te refieres... – contestó Lisa casi en susurros, acariciando el brazo de Rick a la vez que le guiñaba el ojo y le dedicaba una de sus mejores sonrisas hambrientas...
– Ooohh, Hayes... – se estremeció Rick ante el asalto inesperado de Lisa. – Mucho cuidado con lo que deseas...
Sin darle oportunidad de decir nada, Rick simplemente la besó, primero en la frente y luego en los labios, antes de extender su brazo en dirección de Lisa.
– ¿Qué haces? – le preguntó ella, extrañada ante ese gesto tan raro.
– Poniendo el brazo para que te sujetes – le respondió Rick con una sonrisa.
– ¿Y para qué querría sujetarme de tu brazo?
La sonrisa de Rick se hizo tierna y cariñosa... y cada palabra que decía le provocaba tiernos escalofríos a Lisa en todo su ser, como si pudiera sentir el cariño rozando su piel.
– Para que puedas caminar sosteniéndote en mí... – le contestó él. – No quisiera que te caigas.
Sin que se lo dijeran dos veces, Lisa tomó el brazo de Rick, agradeciendo por dentro que él llevara dentro tanta caballerosidad y que estuviera tan dispuesto a cuidarla y protegerla... sin dar crédito de que hubiera alguien en el mundo que la quisiera tanto y que siempre encontrara nuevas maneras de demostrárselo.
– ¿Te dije alguna vez lo loca que me vuelves cuando te pones caballeroso? – le dijo ella al oído, remarcando esas palabras con un juguetón mordisqueo de la oreja de Rick.
– Si lo hago más seguido... ¿me lo dirás más veces?
La risa que ella hizo ante ese comentario bastaba para hacer que todos esos días en el hospital valieran la pena para Rick.
– Camina, piloto – le indicó ella, señalando en dirección de la puerta de la habitación.
Aquel golpe doloroso contra el asiento del transporte la hizo sentir primero un dolor espantoso, un dolor que le recorría todo el cuerpo y prometía hacerse insoportable hasta que de pronto despertó, y mientras sus ojos se acostumbraban a la oscuridad tras un breve instante de confusión, su mente comprendió por fin en que todo había sido una pesadilla... nada más que una horrenda pesadilla.
En su estado de confusión, Lisa tardó en reconocer que estaba en su propio camarote... luego de días de internación, ella esperaba encontrarse con la habitación de hospital donde había pasado su convalecencia. Sintiendo algo mojado en su frente, ella pasó el brazo para secarse, reparando en que aquella pesadilla la había hecho sudar en sueños... sin dudas a consecuencia de los eventos espantosos que habían turbado su descanso.
Su pecho todavía subía y bajaba, y su corazón latía con un ritmo acelerado, lo que la hizo inhalar y exhalar lentamente en un intento de recobrar el aliento y tranquilizarse, mientras se repetía en silencio que sólo había sido un sueño...
Por lo menos estaba en su propio camarote, segura y resguardada, ya libre del instrumental médico... aunque en un acto reflejo buscó a tientas el botón que la comunicaba directamente con la enfermera de guardia, reprendiéndose luego por ese momentáneo acto de pánico.
Su mirada recorrió la habitación, observando cada detalle como si fuera la primera vez que posaba sus ojos en el lugar, buscando el reaseguro de lo familiar para exorcizar el miedo que le había provocado ese mal sueño. Todas sus cosas estaban donde tenían que estar... todos los recuerdos que ella guardaba y que había atesorado en su vida... todo estaba donde tenía que estar...
Y junto a su litera, despatarrado en el sofá que había llevado allí y apenas recubierto por una frazada, Rick continuaba durmiendo en paz, completamente ajeno a todo lo que le pasaba a Lisa, con una tonta media sonrisa en el rostro.
– Rick... – murmuró ella, sin quitarle los ojos de encima a la figura dormida del hombre al que amaba...
Todavía seguía allí, junto a ella, durmiendo sobre el sofá a pesar de que ella le había dicho que no tendría problemas en que durmieran juntos en la litera... y a Lisa todavía le despertaba una leve sonrisa el que Rick se hubiera rehusado "para que no te aplaste un brazo por accidente", pero trayendo el sofá al dormitorio para no perderla de vista ni siquiera un segundo...
Había días en la vida de la comandante Lisa Hayes en que no podía creer que las cosas que le ocurrían fueran parte de la realidad y no de alguna clase de sueño o ilusión optimista. Sencillamente no podía concebir que hubiera una persona en el mundo para la que ella significara literalmente todo... que la amara como lo hacía él, que la cuidara con la dedicación y paciencia con que lo hacía él...
Ella siempre había pasado sola sus períodos de convalecencia, siempre se había cuidado sola, recurriendo a los médicos cuando estaba fuera del alcance de su autosuficiencia. Las convalecencias eran para ella largos días de soledad en compañía de los libros y de su propia tristeza, los tratamientos médicos eran cosas que ella sola debía aplicarse... no podía ser que ella se viera ahora cuidada y atendida por un hombre como Rick, no podía ser que ella creyera que esos días, a pesar de sus heridas, eran de los más felices que alguna vez hubiera tenido...
Sentirse querida y cuidada... y no sentirse sola... por más que pasara el tiempo, ella jamás dejaba de maravillarse de eso.
Lisa creía haber tenido una vaga idea de lo que Rick sentía por ella, pero los eventos de los últimos días le habían demostrado que esa vaga idea no se acercaba ni remotamente al amor que él le demostraba con todos los gestos que había tenido para con ella. No solamente se había quedado a cuidarla, sino que se había tomado el trabajo de aprender todo lo que pudiera con tal de darle mejores cuidados, había cocinado para ella en cuanto dejaron el hospital por el camarote... había pensado solamente en ir a buscarla ni bien se enteró del ataque... había desafiado al almirante Gloval al serle negado el permiso... había enfrentado y aceptado una suspensión del servicio... y todo por ella.
Había demostrado que quería sacrificarlo todo por ella... y aún era feliz.
¿Era posible en su vida que alguien la amara como lo hacía él? Sencillamente no podía ser, tenía que ser algo falso, tenía que ser solamente un sueño...
Cerró los ojos, creyendo firmemente que al abrirlos todo volvería a como tenía que ser... a la vida solitaria que ella conocía de sobra.
Y cuando los abrió, lo primero que vio fue a Rick, que continuaba durmiendo en el sofá, ignorante de las cavilaciones de su novia y sin ser capaz de notar el amor puro con el que ella lo estaba mirando...
Era real... después de todo lo que había pasado, era real... Rick Hunter la amaba y estaba dando todo por ella... todo para hacerla sentir bien.
Las lágrimas comenzaron a correr por las mejillas de Lisa, primero una, luego otra y otra más después, para finalmente romper en un llanto de felicidad que la hacía temblar de emoción... queriendo llorar aún más al notar la sonrisa que Rick llevaba en sus labios... esa sonrisa que sólo veía en él luego de que se besaran y acariciaran...
Era real...
A las lágrimas le siguieron sollozos entrecortados, que bien pudieran ser palabras o simples sonidos ininteligibles... Las lágrimas nublaban la mirada de Lisa, impidiéndole ver con claridad a Rick pero aún distinguiéndolo en donde permanecía durmiendo... tan pacífico y tranquilo, tan calmo a pesar de todo... y tan enamorado de ella como para no dejarla sola ni siquiera un sólo segundo.
El llanto se hizo más intenso y los temblores más frenéticos, hasta el punto en que la orgullosa comandante Hayes simplemente se dejó caer sobre la cama, recostando la cabeza en la almohada y sollozando de pura felicidad mientras sus lágrimas bañaban todo lo que encontraban.
En medio de sus sollozos, ella escuchó un sonido junto a ella... tal vez fueran palabras, pero no podía distinguirlas, no podía reconocerlas, no podía siquiera oírlas bien con el sonido de su propio llanto...
Hasta que una palabra bien clara y fuerte se hizo escuchar:
– ¡Lisa!
Dándose vuelta súbitamente, notando primero que las luces de la habitación estaban encendidas, Lisa se encontró con el rostro semidormido de Rick, que estaba inclinado sobre ella y mirándola con evidente preocupación... y fue entonces que Lisa cayó en la cuenta de que su llanto debió haberlo despertado...
Daba hasta su posibilidad de dormir por hacerla sentir bien... ¿cómo podía haber alguien que la amara así?
– ¿Qué pasa, bonita? ¿Pasó algo malo? – le preguntaba él con insistencia, acariciando su brazo y deteniéndose sólo cuando su mano llegó a la mejilla de Lisa.
– No... – le aseguraba ella, sin lograr disuadir a Rick o convencerlo de lo contrario.
– Dímelo, no tienes que preocuparte...
– En serio... – le contestó Lisa, con tonos entrecortados por el llanto. – No pasó... nada malo...
La mano de Rick comenzó a jugar con los cabellos de Lisa, mientras él le besaba la frente con infinita ternura, arrancándole una sonrisa en medio de tantas lágrimas... una sonrisa que para él valía lo que todo el oro del mundo.
– Entonces, ¿por qué lloras? – volvió a preguntar Rick con suavidad, mientras sus dedos se enredaban en los mechones castaños de Lisa.
– Es que... – comenzó a responder Lisa en cuanto el aliento volvió a su cuerpo, pero de golpe perdió el hilo de lo que iba a decir, apenas atinando a sonreír con timidez.
– Anda, vamos... dímelo – insistió Rick, aunque luego la insistencia cedió paso a la travesura. – O si no quieres decírmelo a mí...
Dejando momentáneamente a Lisa, Rick fue a una de las mesas del dormitorio, mientras ella lo observaba, momentáneamente intrigada por lo que él fuera a hacer... como sólo él lograba intrigarla, con ese aire aniñado de ternura que él le imprimía a todo.
– Puedes decírselo a él... – continuó Rick, ya nuevamente junto a Lisa... y sosteniendo a un pequeño mono de peluche cuya sonrisa bastó para arrancarle a Lisa una suave carcajada, mientras Rick apoyaba al muñeco en la cama, junto a ella.
– ¡Tonto! – lanzó ella en medio de las risas, recibiendo como recompensa un beso en la mejilla y más caricias por todo el cuerpo.
– Seré tonto, pero soy tu tonto... – le aseguró Rick antes de darle un beso tierno, inocente y prolongado en los labios, sintiendo el sabor de las lágrimas de Lisa en sus propios labios y creyendo que se consumiría en el cariño puro que podía sentir en ella...
Ella sólo quería derretirse en ese instante... nada más le importaba en el mundo, y finalmente se sintió capaz de decirle a Rick el porqué de su llanto.
– Lloraba... estoy tan feliz... no puedo creer... que tú estés haciendo todo esto por mí... que yo...
Al no escuchar una sola respuesta por parte de Rick, ella temió haberlo asustado o intimidado, y por más que ella quisiera levantar la mirada para ver cómo estaba él, no se atrevió a hacerlo...
Y de pronto, sintió que él volvía a besarla en los labios, esta vez con más urgencia y pasión, como si hubiera encontrado una manera placentera y escueta de responderle... una que la estaba llevando rápidamente a la locura absoluta.
– ¿Tonta, cuántas veces tengo que decírtelo? Te amo, y esa es toda la razón que necesito...
Otra vez la besó, pero esta vez el beso fue algo más largo e intenso, era una invitación de él a que ella probara en carne propia hasta qué punto la amaba... hasta qué punto la deseaba, y esa era una invitación que Lisa Hayes no iba a rechazar en lo más mínimo.
Era un sueño hecho realidad para ella... tenerlo a él junto a ella y besándola de la forma en que lo hacía, cuidándola como la cuidaba, era algo tan maravilloso y extraño para Lisa el sentirse amada que no quería perderse ni siquiera un segundo de eso... no quería dejarlo escapar, no quería que eso se esfumara... necesitaba sentirlo junto a ella, lo necesitaba a como diera lugar, o si no ella desaparecería...
Los brazos de Lisa se aferraron a la espalda de Rick como si fuera un salvavidas, y sin poner la menor resistencia él se dejó llevar por ellos hasta encontrar un lugar junto a ella en la litera, y en cuanto él se acostó, ella se acercó hasta reducir la distancia que los separaba a cero... sintiéndose mutuamente en todo el cuerpo y creyendo honestamente que esas emociones los harían estallar.
El beso no había disminuido en intensidad sino todo lo contrario, se había transformado en algo más que una muestra de cariño o amor, se había convertido en una verdadera tormenta que los iba a enloquecer irremediablemente... eran sensaciones que iban desde la suavidad de los labios hasta la urgencia de los besos... todo ello mezclado en una única y demoledora combinación que les había hecho perder noción de todo lo que existía fuera de ellos dos...
Pasando sus brazos por la espalda de Lisa, Rick la atrajo hacia sí, sintiendo cómo el cuerpo de ella se tensaba primero y luego se relajaba en ese abrazo, sintiendo cómo todo el cuerpo de Lisa, desde sus senos hasta sus pies, se estrellaba contra el suyo, produciéndole sensaciones inenarrables que le hacían perder el sentido de una manera que sólo encontraba expresión en besos cada vez más frenéticos y desesperados... a lo que ella respondía con más intensidad.
Una parte racional de la mente de Rick lo obligó a recordar que ella necesitaba reposo, y que no podía someterla a mucho stress físico... por más que solamente anhelara seguir con aquel encuentro. Fue así que, poco a poco, como si no estuviera del todo convencido de que fuera lo correcto, Rick dejó que la intensidad cediera paso a la tranquilidad, y que la pasión del beso se transformara en cariño, hasta que en vez de estar atacando los labios de Lisa, sus besos simplemente la acariciaban.
Y finalmente el beso terminó, y como si ambos hubieran despertado del sueño más placentero de sus vidas, los dos abrieron los ojos lentamente, encontrándose con la mirada irremediablemente enamorada del ser querido...
– Elizabeth Hayes – le dijo él al cabo de unos gloriosos instantes de silencio, cortando la frase solamente para darle un beso fugaz en los labios que, para renuencia de ambos duró bien poco. – ¿Tienes alguna remota idea de cuánto te amo?
Ella no dijo nada... no respondió una sola palabra. Simplemente se quedó mirando al hombre que la abrazaba y la besaba, a ese joven arrogante e insufrible que ante ella se revelaba como una persona sensible e irremediablemente cariñosa, alguien que daba todo en la vida por ella no por el cargo que ocupara o por el parentesco o relaciones que ella tuviera, sino simplemente por quién era ella...
– ¿Sabes? – le dijo él en voz baja y mirándola a los ojos en cuanto acabó de besar cada rincón de los labios de Lisa. – A pesar de que odie verte llorar, nunca había notado lo hermosos que se ven tus ojos cuando lloras... tienen un brillo especial.
– Tonto, tonto, tonto, tonto... – repetía ella como una letanía, alternando los "tonto" con golpes fingidos en el brazo y cortos besitos en los labios de su piloto.
Tras reír un buen rato con ese festival de señales confusas que Lisa le estaba dando, Rick juzgó que ya era hora de volver a su sofá y dejar que ella durmiera, y con infinita tristeza comenzó a moverse para dejar esa litera... pero no acababa de pararse cuando sintió que ella le estaba tirando del brazo, como si no quisiera que se fuera.
– Lisa, tienes que dormir – le dijo él, sin hacer nada por recuperar su brazo.
– Lo sé – le aseguró ella, mirándolo con una expresión de enamorada que podría haber dejado atontado de por vida a Rick. – ¿Pero te importaría... si duermes conmigo?
– Amor, estoy acá en el sofá...
– No me refería a eso... – sonrió ella, muy divertida, a la vez que palmeaba el lugar de la litera en donde él acababa de estar acostado.
– ¿Estás segura? No quisiera lastimarte, o--
Levantándose súbitamente, Lisa puso un dedo en los labios de Rick, logrando que él dejara de hablar y que la mirara fascinado como si nada más existiera en el mundo.
– ¿Por qué no dejas de preocuparte por si me aplastas los brazos o no, y me das un beso, piloto?
Rick no necesitaba que esa invitación se la repitieran, y tomando entre brazos a Lisa, comenzó a besarla una vez más con toda la ternura que él era capaz de poner en ese sencillo gesto... y así, entre brazos, los dos volvieron a caer en la litera, sin la menor intención de soltarse o dejarse ir, llenándose de las sensaciones que les provocaba el estar juntos; la sensación de sus pieles, el aroma de sus cuerpos y el sabor de sus bocas...
Poco a poco, conforme pasaba el tiempo, los movimientos de los dos se hacían cada vez más lentos y pausados, hasta que llegó un momento en el que Lisa simplemente se dejó arrullar por los brazos de Rick, que la hacían moverse lentamente junto a él... con un ritmo pausado que lentamente la hacía dormir y olvidar todas las preocupaciones, dejándose llevar por los susurros y besos que él le daba... hasta que finalmente se quedó completamente dormida en brazos del hombre al que amaba, sintiéndose completamente segura y protegida.
Él la siguió unos instantes después, siendo el rostro plácido y completamente dormido de Lisa lo último que vio antes de que el sueño lo reclamara para sí.
Lunes 26 de septiembre de 2011
Sentados alrededor de la enorme mesa de la Sala de Conferencias del SDF-1, los miembros del Consejo Provisional del GTU estaban a punto de dar inicio a una sesión especial, a la que habían sido convocados además los ministros del Gabinete, que ocupaban algunos lugares de esa mesa. En algunas mesas aledañas, equipos de taquígrafos se preparaban para confeccionar las minutas de aquella junta. Las expresiones de los asistentes a esa junta denotaban confusión y expectativa por lo que se iba a tratar... que por otro lado, no les había sido dicho.
Sin embargo, se sentía en el aire que sería algo grande. Era poco común que el pleno del Gabinete fuera convocado a una sesión del Consejo; por lo general, sólo participaban aquellos ministros que se ocuparan de los temas de interés particular tratados en una determinada sesión.
El hecho de que todo el Gabinete estuviera allí daba una muestra de la importancia singular de aquella sesión.
La atención de Tommy Luan, que encabezaba esa junta en su carácter simultáneo de Presidente del Consejo y del Gabinete, estaba enfocada en uno de los consejeros sentados en torno a la mesa, un hombre de edad madura cuyo rostro estaba marcado por un par de notorias cicatrices, y cuyo brazo aún mantenía la rigidez del yeso con el que estaba recubierto.
De cualquier forma, y a pesar de sus heridas, había sido imposible evitar que ese consejero se hiciera presente en la junta.
– Gusto verlo nuevamente aquí, consejero Pelletier – saludó Luan al consejero en cuestión, asegurándose de que todos los concurrentes lo escucharan e hicieran algo de silencio. – Espero que se haya recuperado de sus heridas.
– Muchas gracias, presidente... – respondió en agradecimiento el consejero Pelletier. – Ya estoy mejor, y creo que fueron suficientes días de descanso en lo que a mí respecta.
– Esas son cuestiones médicas, y yo con los médicos no discuto... – replicó Luan, levantando una mano y dejando salir su carácter bonachón en medio de la sesión.
– Completamente de acuerdo.
– Bueno, dejando al margen las bienvenidas por su regreso a este Consejo, Marcel, ¿qué le parece si damos inicio a la junta?
Pelletier asintió, y todos los presentes interpretaron correctamente las palabras de Luan: el tiempo de cháchara acababa de terminar, y venía siendo hora de discutir las cuestiones serias que hacían al gobierno diario de algo tan caótico y enloquecedor como un planeta entero en medio de la reconstrucción.
– Señores, tenemos algo muy importante que discutir hoy – anunció Luan, y si su seriedad no bastó para convencer a los asistentes, el tono ominoso con el que dijo esas palabras sí lo logró.
Los miembros del Consejo y los ministros del Gabinete permanecieron en completo silencio mientras Luan carraspeaba para indicarle a uno de sus edecanes que encendiera la pantalla principal y cargara la presentación a ser exhibida.
– Como ya hemos visto en nuestra junta de ayer, – comenzó Luan en cuanto la presentación empezó a correr – el programa de urbanización está por dar sus primeros resultados en las próximas semanas. Tomando en cuenta la situación en todos los continentes de la Tierra, estimamos que en el próximo mes podremos inaugurar un total de ciento noventa y dos ciudades, entre las que se cuenta Nueva Macross, además de recuperar otras cuarenta y seis que sufrieron daños durante el ataque Zentraedi. Y esto es sólo la primera fase del plan de urbanización.
Algunas caras de sorpresa aparecieron entre los asistentes; muchos de ellos tenían solamente idea del avance de la urbanización en las regiones de las que provenían y con las que se mantenían en contacto, pero era la primera vez que tenían las cifras a nivel global... y eso bastó para convencerlos de la importancia de aquella reunión.
Si antes había silencio, ahora no podía escucharse ni la respiración de los presentes... y hasta los taquígrafos habían quedado congelados, ya que no había ningún sonido que pudieran transcribir al papel.
– No necesito decirles que esto cambiará radicalmente el panorama al que nos enfrentamos – prosiguió Luan, satisfecho de tener la completa atención de los concurrentes. – Para empezar, nos permitirá reubicar en las nuevas ciudades a un total estimado de cuarenta y cinco millones de personas, reduciendo así las cargas en los campos de refugiados, permitiéndonos desmantelar algunos de ellos o reconvertirlos en poblados y puestos avanzados, y dando los primeros pasos para la reconstitución de una sociedad civil, con economía y servicios funcionales.
Varios consejeros comenzaron a cuchichear entre ellos, haciéndose comentarios por lo bajo respecto a cuestiones que les preocupaban de entre todo lo que Luan les estaba diciendo.
– Y aquí viene el problema principal – anunció Luan para recuperar la atención de todos.
Una vez más volvió el silencio a aquella sala de conferencias.
– A partir de noviembre, nuestra situación cambiará radicalmente – comenzó a explicar el Presidente. – No sólo deberemos hacer frente a las exigencias que nos impone la reconstrucción y la atención de las necesidades básicas de los refugiados, sino que también tendremos que lidiar con nuevas ciudades y los problemas asociados: calidad de los servicios públicos, desarrollo urbano, economías locales... y eventualmente, temas políticos.
La sola mención de la palabra "políticos" fue suficiente para que a muchos de los consejeros se les fuera el alma a los pies. Desde hacía meses, la idea de tener que enfrentar interminables negociaciones políticas con cada pequeño líder con pretensiones de estrellato había estado en el corazón de los temores del GTU... y las palabras del Presidente reavivaron la llama de esos temores en los consejeros del Gobierno de la Tierra Unida.
– El reciente caso de Denver nos impone considerar seriamente las inquietudes y preocupaciones de las ciudades antes de que se conviertan en problemas incontrolables que pongan en riesgo vidas humanas... sin ofender, Marcel – agregó Luan con una sonrisa triste.
– No hay ofensa, señor Presidente – sonrió Pelletier desde su asiento.
– En el caso de las grandes ciudades, ya hemos encontrado una solución a través de los Estatutos de Autonomía. Dmitri, ¿cuántas ciudades han aceptado los Estatutos?
Sintiendo el peso de todas las miradas, el Ministro de Asuntos Diplomáticos tardó un poco en anunciar la respuesta, ganándose un disimulado gesto de impaciencia por parte del exuberante Luan.
– Hasta la fecha, un total de once, señor Presidente, y hay negociaciones en curso con otras diecisiete.
Desde su sitio, Luan asintió y agradeció el reporte, aunque por dentro maldecía una vez más la timidez de aquel hombre por demás competente al que le había asignado el manejo de las negociaciones diplomáticas y representaciones del GTU ante los distintos gobiernos y autoridades.
– Eso resuelve el problema de las grandes ciudades, pero tenemos que considerar los problemas de las nuevas... y hacerles sentir que forman parte del GTU en lugar de ser meros sujetos de nuestras leyes y autoridades.
"O personas sometidas a la ley marcial" fue lo que todos pensaron pero ninguno se atrevió a decir... mucho menos el almirante Gloval, quien permaneció extrañamente silencioso durante toda aquella junta, como queriendo evitar que los militares intervinieran excesivamente en esta cuestión.
La mano del delegado civil del Comando Europeo se alzó, llamando la atención de Luan.
– ¿Sí, consejero Burckhardt?
– Podríamos ofrecer a las ciudades alguna clase de representación política ante el GTU... – comenzó a explicar el delegado pero pronto fue interrumpido por uno de sus pares.
– ¿Qué está sugiriendo, que nos manden embajadores? – cuestionó el consejero militar del Comando de Oceanía, evidentemente escéptico o cauteloso ante la propuesta formulada.
– No es lo que propongo – se apresuró a explicar el consejero Burckhardt, preparándose mentalmente para dejar caer la bomba. – Sugiero que matemos dos pájaros de un tiro, señor Presidente... y pensemos seriamente en llamar a elecciones para el Senado.
Los gritos y cuestionamientos de los consejeros no tardaron en escucharse, y tal como Burckhardt temió, la tormenta de críticas y declamaciones fue espectacularmente intensa.
– ¡¿Tan pronto?!
– Meter al mundo en un proceso electoral de esa magnitud en la situación en la que nos hallamos, sería una invitación al desastre...
– ¡Imagine lo que podría salir de semejante elección!
– ¡Podríamos estar abriendo las puertas para el caos!
– ¡CALMA!
Como por arte de magia, todos los consejeros hicieron silencio tras escuchar el cavernoso grito del pequeño Presidente del Consejo.
– Mejor así... – sonrió Luan, ya más calmado. – Consejero Burckhardt, asumo que usted tiene perfectamente en claro los riesgos a los que nos enfrentaríamos... riesgos que debatimos hace unos meses al tratar esta misma cuestión.
– Lo entiendo, señor Presidente, y mis colaboradores y yo hemos estado pensando en una forma de minimizar estos riesgos.
En su asiento, Luan sonrió y se frotó las manos, como preparándose para escuchar algo que le resultaría sumamente interesante.
– Pues estoy más que interesado en oír sus propuestas, Hans...
Con el visto bueno del Presidente, y tras toser un poco, el consejero europeo se puso de pie y comenzó a explicar su plan ante sus pares y los ministros del Gabinete. Si Burckhardt sintió en algún momento la presión de sentirse observado, jamás lo demostró.
– En primer lugar, las elecciones no tendrían lugar sino hasta dentro de cinco o seis meses. Eso debería darnos tiempo a avanzar con la reconstrucción y solucionar la mayoría de los problemas que encontremos en las nuevas ciudades, calmando así eventuales malestares de la ciudadanía...
– Me parece interesante – intervino Luan. – Prosiga.
– En segundo lugar, – continuó Burckhardt tras agradecer silenciosamente el comentario de Luan – limitaríamos las elecciones a los Estados Miembros, a las Regiones Autónomas y a aquellas otras regiones que estén lo suficientemente estables como para garantizar un gobierno ordenado y funcional a nivel local, además de asegurar un desarrollo ordenado de los comicios. Excluiríamos en principio a regiones sin centros urbanos de importancia o cuyas poblaciones se hallen en su mayoría en campos de refugiados. Los criterios para seleccionar qué regiones podrán participar de las elecciones deberán ser aprobados por este Consejo antes de formular cualquier llamado a elecciones.
Ayudaba bastante a la propuesta del consejero Burckhardt el que las Fuerzas de la Tierra Unida hubieran delimitado una división territorial en los días inmediatamente posteriores al bombardeo. Salvo en el caso de los Estados cuyos gobiernos nacionales habían sobrevivido al ataque, el resto de la Tierra había quedado efectivamente sin gobierno, y para organizar sus actividades, las nuevas autoridades militares habían dividido al mundo en regiones bajo la administración de los comandos militares de alcance continental.
Dichas regiones respetaban en la medida de lo posible las antiguas fronteras nacionales; las grandes naciones como Rusia, Canadá, China y los Estados Unidos habían sido divididas en varias regiones contenidas dentro de sus antiguos límites, otras como Colombia, Grecia, Austria, Nigeria y Tailandia pasaron a constituirse íntegramente en regiones, y en ciertos casos, se habían constituido regiones a partir de múltiples naciones pequeñas, como en el caso de las Guyanas, las naciones centroamericanas, los Estados balcánicos y algunas naciones del Medio Oriente.
Burckhardt detuvo la explicación al ver que la consejera civil para América del Sur levantaba la mano para hacer una pregunta:
– ¿No le parece que establecer esa clase de distinciones podría causar malestar entre las regiones que no puedan elegir senadores?
– Podemos resolverlo haciendo que este primer Senado sea estrictamente provisional, anunciando un futuro llamado a elecciones para cuando el número de regiones que cumplan los requisitos aumente, digamos, al doble del actual. Mientras tanto, podemos aceptar que las autoridades de esas regiones designen representantes ante el GTU, sin derecho a voto en el Senado pero con la posibilidad de participar en sus debates.
Las expresiones de varios de los asistentes a la reunión cambiaron de la incredulidad y escepticismo original a un contenido apoyo y aprobación de la propuesta de Burckhardt, y esas expresiones pronto se transformaron en vigorosos asentimientos que llenaron la sala.
Tratando de mantener la calma, Burckhardt hizo un llamado a silencio antes de exponer sus siguientes argumentos.
– Entiendo que puede parecer acelerado pensar en llamar a elecciones en un momento como éste, pero creo que debemos adelantarnos a los futuros problemas. Un Senado elegido por el voto ciudadano no sólo nos daría legitimidad ante la población, sino que nos permitiría enfrentar grandes decisiones para las que vamos a necesitar un importante respaldo ciudadano... y que no podrían ser implementadas sin ese respaldo.
– Se refiere a la aprobación de la inmigración Zentraedi, ¿no? – dijo el consejero militar para el Comando Eurasiático, haciendo la referencia que todos tenían en mente pero que nadie se atrevía a poner en palabras.
– Entre otras cosas – contestó Burckhardt, dejando flotar el tema en el aire.
La "cuestión Zentraedi", como se la conocía, era quizás uno de los temas más espinosos que estaban en la agenda del Consejo del GTU. Si bien desde el primer día había Zentraedi viviendo en la Tierra, la gran mayoría de ellos habían conseguido permisos de residencia limitados y sólo después de que hubieran prestado servicios en las tareas de reconstrucción. Incluso la vasta mayoría de los Zentraedi que vivían en la Tierra en ese entonces se habían agrupado en comunidades propias ubicadas a cierta distancia de las ciudades y campos de refugiados humanos; sólo unos cuantos Zentraedi micronizados vivían libremente entre los humanos en Ciudad Macross, por tratarse de la única comunidad en toda la Tierra que tenía experiencia de convivir con ellos.
Y allí radicaba el problema: lo que la inmensa mayoría de la humanidad conocía acerca de los Zentraedi era que poco más de cinco meses atrás habían aparecido de la nada en el cielo para convertir a la Tierra en cenizas y a la Humanidad en una especie en peligro de extinción. Los ánimos de los sobrevivientes del holocausto espacial no iban a ser precisamente hospitalarios para los Zentraedi. Y con eso venía asociado el tema del tamaño con el que se le permitiría a los Zentraedi formar parte de la sociedad humana: si se les exigía la micronización, se exponía a los Zentraedi a sufrir la violencia por parte de turbas iracundas, pero si se les permitía permanecer macronizados, la presencia de gigantes en las ciudades podría resultar en caos y pánico... sin mencionar el peligro constante de tener viviendo entre la población civil a gigantes de 15 metros de alto que sólo conocen la guerra como estilo de vida.
Por el momento, el GTU había logrado posponer una decisión argumentándose en la prioridad de restaurar un mínimo de orden al planeta, pero el tiempo se estaba agotando... sin mencionar que, de no lograrse una solución rápida, se corría el riesgo de alienar a los Zentraedi aliados a la Tierra, que habían peleado para la supervivencia de la Humanidad.
Todo lo cual hacía que el GTU fuera extremadamente cauteloso a la hora de discutir ese tema... y que tuviera perfecta conciencia de que sería altamente desaconsejable tomar una decisión sin alguna clase de respaldo de la ciudadanía.
– Conociéndolo, consejero Burckhardt, asumo que ya tiene un informe detallado y una presentación para acompañar esta propuesta, ¿no es verdad? – preguntó Luan.
– Así es... – respondió Burckhardt antes de llamar a uno de sus asistentes e indicarle que preparara todo para una exposición de su propuesta para reconstituir la rama legislativa del Gobierno de la Tierra Unida.
Luan se volteó hacia una persona que estaba sentada en esa mesa; la única que no formaba parte del Consejo o del Gabinete.
– ¿Coincidiría con las leyes vigentes, Su Señoría?
La jueza Justine Huxley se acomodó en su asiento para responder; había tenido toda la sesión para preparar la respuesta a esa pregunta que, con sus años de experiencia, sabía mejor que nadie que llegaría.
– El anterior Gobierno de la Tierra Unida jamás sancionó una ley electoral; las elecciones para el Senado quedaban a criterio de cada Estado Miembro, siendo que el senador era un representante tanto del Estado como del gobierno de ese país.
– Entiendo. ¿Entonces no existe ningún problema legal para un llamado a elecciones?
– Técnicamente no habría ningún impedimento para convocar a elecciones, – continuó la jueza Huxley – aunque dado que casi no quedan gobiernos nacionales, deberemos dictar una ley electoral de alcance global. Y para asegurar que esta ley electoral sea verdaderamente global y justa, no deberemos hacer excepciones en su aplicación con las Regiones Autónomas o los Estados Miembros. Si vamos a elegir un Senado mundial, que se haga en todas partes bajo las mismas reglas.
Los asistentes a esa junta demostraron su acuerdo con las palabras de la presidenta de la Corte Suprema, sintiéndose aliviados de tener a la ley en su favor.
"Al menos es legal, o puede serlo... En fin, veremos qué sale de todo esto", dijo Luan para sus adentros, sonriendo al ver en otro lugar de la habitación cómo los asistentes del consejero Burckhardt preparaban todo para exponer ante el Consejo Provisional. En lo que a él le concernía, consideraba muy interesante saber qué tenía planeado ese consejero para superar ese difícil escollo... y los que en consecuencia le seguirían.
– Muy bien, consejero – proclamó Luan con su mejor voz de mando. – Una vez que escuchemos la presentación, procederemos entonces a someter su propuesta a votación...
Martes 27 de septiembre de 2011
– ¿Todavía te duele?
El rostro de Lisa, contorsionado en una mueca de dolor, y sus gemidos ahogados, debió ser suficiente respuesta para la pregunta de Rick, y casi al instante él se dio cuenta de que había preguntado una obviedad.
– Algo... – alcanzó a decir ella, mientras se frotaba la pierna insistentemente para tratar de calmar el dolor.
– Te dije que no te esforzaras tanto – la reprendió Rick, logrando que ella le devolviera una mirada asesina.
– Gracias, pero tu consejo llegó diez segundos tarde.
Había algo en la expresión de Lisa, algo en la manera en que miraba a Rick cuando estaba enojada con él, que al suspendido piloto de combate se le hacía irresistiblemente encantadora, al punto de que le despertaba ganas de provocarla aún más... eso solía hacer que el beso con que él la sorprendía después fuera algo de otro mundo.
– Te lo dije antes de que empezaras.
Ella simplemente lo fulminó con una mirada que por poco logra que él se le abalanzara encima para besarla... de no ser porque ella aún estaba tratando de calmar el dolor que le había provocado una sesión de ejercicios en la que se había esforzado demasiado.
Los ejercicios de fisioterapia habían sido, hasta ese momento, un éxito rotundo; Lisa había reaccionado muy bien al tratamiento, y la visita que hicieron al doctor Medina esa misma mañana sólo les había confirmado el éxito que habían alcanzado. Desafortunadamente, para la siguiente sesión los dos se dejaron llevar por las ganas de seguir más allá de lo que habían recomendado los médicos... y los músculos de la pierna de Lisa rápidamente hicieron conocer su desacuerdo.
– ¿Todavía tienes algo de ese ungüento? – le preguntó ella, sin dejar de hacer muecas de dolor.
Sonriendo, Rick sostuvo en alto un frasco repleto de ungüento analgésico, y al verlo la expresión de dolor en el rostro de Lisa desapareció, dejando en su lugar una sonrisa de inminente satisfacción.
– Listo y a las órdenes, comandante Hayes.
– ¿Qué esperas entonces? – le indicó ella arqueando una ceja, como si lo único que le importara era saber por qué Rick aún no le estaba pasando el bendito ungüento.
Sin que tuviera que repetir la orden, Lisa miró cómo Rick abría el frasco y se llenaba la mano con la crema, listo para aplicarlo en cuanto ella lo dispusiera. Casi al instante, Lisa se levantó el pantalón de ejercicio hasta dejar al descubierto la pierna adolorida, y entonces, con sumo cuidado, Rick comenzó a pasar sus manos por la pierna de Lisa, acariciándola mientras pasaba el ungüento por las zonas donde el dolor era más intenso.
Lisa no hubiera podido decir qué era lo que le provocaba esos escalofríos tan intensos; si el frío de aquella crema al contacto con su piel, o los suaves movimientos de la mano de Rick recorriendo cada centímetro de su pierna con cuidado exquisito. De cualquier forma, no le importaba, ya que en ese momento, embargada de placer como estaba, ella dudosamente hubiera podido dedicar algo de tiempo a una cuestión tan trivial como esa... todo lo que le importaba era dejarse arrullar
– ¿Mejor? – le susurró Rick mientras sus manos continuaban subiendo y bajando, aplicando la crema por toda la pierna de Lisa y volviéndola completamente loca al mismo tiempo.
– Sí... – murmuró ella con voz entrecortada y los ojos cerrados, dejándose acariciar y envolver por esas sensaciones. – Muchas gracias.
Pero no era solamente Lisa la que se estaba volviendo rápidamente loca de placer; el propio Rick estaba perdiendo la cordura con cada segundo que sus dedos pasaban tocando la pierna de Lisa y recorriéndola, sintiendo la firmeza de sus músculos y la suavidad de su piel... y todo eso, sumado al frío de esa crema analgésica, se mezclaba en su cabeza en un cóctel explosivo que amenazaba con hacer que no respondiera de sí.
Según las instrucciones, el ungüento debía aplicarse en la zona de dolor durante unos dos minutos... sólo que, perdidos como estaban, Rick pasó alrededor de diez minutos frotando la pierna de Lisa. No era que él no supiera las instrucciones de aplicación, sino que, como él razonaba, debía hacerlo hasta que ella se sintiera del todo bien, y cada vez que amagaba con quitar sus manos, ella dejaba salir un gruñido de desacuerdo que lo convencía rápidamente de seguir con el tratamiento.
Después de todo, no se trataba de algo molesto.
Finalmente, ella abrió los ojos, y el brillo hambriento que él pudo ver en ellos, sumado a la sonrisa de completa satisfacción que él veía en sus labios, lo atontaron lo suficiente como para que dejara de acariciarle la pierna... ya que era eso lo que había estado haciendo, más que simplemente aplicar un ungüento.
– ¿Vamos de vuelta? – ofreció él, tanto para romper el silencio como para dejar de pensar en lanzarse sobre ella... por más que esos ojos verdes lo invitaran a hacerlo.
– ¿Qué dices? – le preguntó ella un tanto confundida... y aunque no quisiera reconocerlo, molesta porque él hubiera dejado de recorrerle la pierna.
– Ya sabes lo que dicen, si te caes del caballo...
– Está bien, está bien... – contestó ella, poniendo sus piernas en posición para una sesión de abdominales, pensando que de cualquier manera ella ganaría; si le volvía a doler, bueno... aún quedaba ungüento en ese frasco.
– Muy bien, cuando tú quieras... – le indicó Rick, colocándose en la colchoneta para sostener los pies y rodillas de Lisa. – Yo te sostengo.
Y que Rick la sostuviera era algo bueno, juzgó Lisa mientras se levantaba para hacer el primer abdominal, porque a ella poco le faltaba para dejarse caer sobre él.
– Uno... dos... tres... – contaba Rick con cada abdominal de Lisa.
Por su parte, Lisa se concentraba en seguir adelante y hacer el mejor esfuerzo posible... lo que fuera necesario para distraerla del hambre voraz que ella estaba sintiendo por él en ese instante; un hambre que había ido en aumento constante e imparable desde el día en que los dos llegaron a ese camarote, libres ya de la vigilancia implacable del doctor Kinnunen y la enfermera Lovett.
Estando los dos solos allí, y Rick cuidándola de la manera en que lo hacía, era cada vez más difícil para Lisa el quitarse de la cabeza ciertas ideas que la habían estado acosando. Y por más que lo lograra, esas ideas siempre volvían en sus sueños...
– Ocho... nueve... diez... – continuó contando Rick, y en cuanto Lisa terminó de hacer el décimo abdominal, él simplemente lanzó sus brazos detrás de ella y la besó apasionadamente, con tanta fuerza que ella se derritió en sus brazos como hielo al sol, cerrando los ojos mientras los labios de él la llevaban a las nubes.
"¡¡Dios, Rick, si sigues así no respondo de mí!!" gritaba ella en su interior a cada segundo que los labios de Rick la hacían suya.
– ¿Y eso por qué fue? – atinó a preguntar Lisa en cuanto recobró el aliento... un par de segundos después de terminar el beso.
Mientras esperaba la respuesta de Rick, ella no encontró mejor cosa que hacer que perderse en esos intensos ojos azules que la miraban con adoración.
– ¿Necesitas preguntar? – susurró él contra sus labios, dándole un corto beso antes de que ella retomara los abdominales.
Lisa estaba decididamente resuelta a no dejarse derrotar por el cansancio y el dolor... ella seguiría adelante y completaría esa serie, y si para eso tenía que seguir aunque cada músculo de su cuerpo le clamara piedad, pues lo haría. No iba a dejar que algo tan tonto como el agotamiento la detuviera.
– Veintisiete... veintiocho... – seguía contando Rick, aunque para ese momento cada número era un grito de aliento.
Un poco más...
– Veintinueve...
Ya casi... ya casi...
– ¡Y treinta! – exclamó Rick, soltando a Lisa y levantando un puño al aire en señal de victoria antes de lanzarse a abrazarla. – ¡Felicitaciones, preciosa! ¡Lo lograste!
– Ouch... – gruñó ella, por más que ese abrazo le tapara todo el dolor.
– ¿Qué se siente triunfar?
– Duele como no te imaginas... – le dijo ella, llevándose las manos a la espalda y gruñendo a cada segundo
– Creo que ya te hemos torturado lo suficiente – resolvió Rick mientras se ponía de pie, señalándole la litera. – Siéntate allí, te traigo algo para tomar.
– Que sea fresco...
– Ajá... – dijo él, ya camino a la cocineta.
– Bien fresco... – repitió ella en un tono más alto.
– Lo tienes... – respondió Rick desde la lejanía.
– ¿Te dije que lo quiero fresco?
– Entendido, comandante... ya se lo traigo.
Dicho y hecho, un par de segundos después Rick apareció en el dormitorio con una lata bien fría de Petite Cola dietética; después de todo, ella necesitaba siempre un poquito más de azúcar.
– Aquí tienes – le alcanzó la lata a Lisa mientras ella se secaba el sudor de su frente.
En cuanto la tomó, Lisa abrió la lata y comenzó a beberla con desesperación, a tal punto que Rick pensó honestamente que acabaría con la lata en menos de cinco segundos.
– Oooohhhh... – exclamó ella, tomándose un respiro y sintiendo que su cuerpo entero se relajaba.
– Espero que te haga bien.
– Ya lo está haciendo – dijo Lisa, tomando la mano de Rick y mirándolo a los ojos con pura ternura. – ¿Qué haría sin ti, Rick?
Encogiéndose de hombros, él volvió a poner esa sonrisa pícara que ella había aprendido a temer y adorar.
– No sé... realmente no sé.
– Tonto – le dijo ella, pasándole el brazo por detrás de la espalda y atrayéndolo lentamente.
– Tampoco sé qué haría yo sin ti, si eso te sirve de consuelo – dijo él, ya con los ojos entrecerrados y los labios listos para encontrarse con los de Lisa en un beso.
Lisa simplemente se dejaba consentir... durante mucho tiempo, ella se imaginó lo que sería tener a Rick exclusivamente para ella, las 24 horas del día, pero tenerlo realmente, tenerlo a su disposición... eso era mil veces mejor que cualquier cosa que hubiera podido pensar.
– Tonto... – le dijo ella antes de darle un tierno beso en la mejilla – pero eres mi tonto.
En cuanto a Rick, había momentos en los que honestamente pensaba que acabaría estallando en mil pedazos de las sensaciones que lo estaban volviendo loco. No podía dar crédito a todo lo que sentía... el amor que le tenía a esa mujer, la pasión con la que ella lo amaba ("¡Y pensar que alguna vez la creí una Reina del Hielo!" se repetía incrédulo) y el paroxismo que le provocaba verla todo el tiempo, sentirla todo el tiempo... y por sobre todas las cosas, tocarla cuando se presentaba la oportunidad.
¿Podía ser posible que una persona tan hermosa y tierna como ella lo amara como lo hacía? ¿Qué había hecho él para merecerla?
Lentamente, sin pensarlo, la mano de Rick se posó en el hombro de Lisa, y al sólo contacto con su mano, los músculos de ella se tensaron perceptiblemente, como si ese sencillo toque hubiera bastado para hacerle correr electricidad por todos lados.
– ¡Hayes, estás demasiado tensa! – exclamó Rick tras repetir el experimento, con iguales resultados, mientras ella dejaba escapar una risita enternecedora.
– ¿Y tú cómo lo sabes? – le preguntó ella en tono desafiante.
– Confía en mí...
Ella pensó en voltearse para enfrentarlo, pero por alguna razón no pudo hacerlo, debiendo contentarse con lanzar otra sesión de esgrima verbal contra su piloto favorito.
– Cuando me dices eso es que me preocu-- – la frase de Lisa quedó interrumpida, ya que algo le impidió siquiera pensar coherentemente... algo como una onda de placer que la iba a demoler irremediablemente. – ¡Aaaahhhhhhh, Rick!
Sin que ella lo notara, Rick se había colocado a sus espaldas, acomodándose antes de comenzar a masajearla lentamente, sintiendo cada nudo debajo de la piel de Lisa y tratándolo con sumo cuidado
– Rick, esto se siente tan--
– Shhhh, bonita... – le susurró él al oído, sin dejar de masajearla – déjame a mí.
Conforme continuaba el masaje, Rick encontraba que la camiseta de ejercicio de Lisa lo obstruía cada vez más, impidiéndole atenderla como se merecía... y como él deseaba hacerlo. Sin embargo, él no sabía cómo preguntárselo... no sabía de qué manera podía pedirle que se quitara la camiseta sin que ella lo interpretara en otro sentido... especialmente si se trataba del sentido que esos días de convivencia habían despertado en lo más profundo de su ser.
Pero por esas cosas de la vida, no se le hizo necesario preguntar, ya que por sí sola y con rápidos movimientos Lisa se deshizo de la camiseta, dejando al descubierto su espalda y ofreciéndola a Rick para que siguiera con su masaje... y provocando que, a sus espaldas, su piloto sólo atinara a reciprocar ese gesto quitándose su propia camiseta, por más que eso no tuviera absolutamente nada que ver con el masaje.
La piel desnuda de la espalda de Lisa, en la que apenas había quedado el sostén, se le ofrecía voluntariamente a Rick para que hiciera lo que quisiera, y él estuvo bastante tentado a responder a esa invitación, aunque nunca supiera de dónde había sacado semejante autocontrol para limitarse a seguir con el masaje.
Sintiendo las manos de Rick acariciándola, Lisa pensó que acabaría derritiéndose al sólo toque de esas manos... realmente era un toque mágico que la volvía completamente loca y la hacía entregarse a su voluntad. Ella jamás se había dejado acariciar de esa manera, ni siquiera con Karl, jamás se había puesto completamente a merced de un hombre, jamás se había expuesto voluntariamente como lo estaba haciendo con Rick. Ella siempre había sido conservadora y tímida, excesivamente consciente de ella misma... y era por eso que el estar con el torso descubierto a excepción del sostén, en una habitación cerrada junto a un hombre que la estaba masajeando era algo que la sorprendía mucho más que lo que pudiera sorprender a Rick.
Por su parte, Rick ya no pensaba, ya no podía pensar... todo su universo se limitaba a esa piel tan suave que tenía tan cerca, y para lo único que tenía energía era para continuar con ese masaje, siguiendo un ritmo tan simple como enloquecedor, disfrutando cada instante de eso y estremeciéndose con el sólo contacto con la piel de Lisa, aunque no tanto como ella se estremecía, según lo que podía percibir en ella.
Lisa estaba al borde de la locura, estaba caminando esa fina línea que separaba el placer del éxtasis absoluto, y las manos de Rick no la estaban ayudando a contenerse. ¿Cómo podía ser posible que alguien la hiciera sentir las cosas que le hacía sentir él? ¿Cómo podía ser que él despertara en ella ese fuego tan intenso que amenazaba con consumirla completamente?
¿Cómo podía ser que alguien la amara como lo hacía él?
Casi sin pensarlo, ella dejó escapar un gemido ahogado... algo ininteligible, pero perfectamente claro en su significado más profundo.
Escuchar ese gemido fue para Rick como si un dique hubiera reventado en su interior, dejando salir algo que había permanecido dormido dentro de él durante demasiado tiempo... era como un llamado, era como una invitación a seguir adelante, un hechizo que lo hacía actuar sin pensar, y fue sin pensar que el masaje se transformó en una caricia que bajó de los hombros de Lisa por sus brazos, mientras sus labios encontraban en el cuello de Lisa un lugar donde posarse y comenzar a besarla...
Ella iba a explotar, de eso no le quedaba la menor duda, ese beso la iba a hacer explotar por completo, no iba a quedar nada de ella, él la iba a devorar a besos y ella se iba a dejar... no había forma de que pudiera evitarlo, ni iba a dejar que lo hiciera. Ella sentía cómo él la atacaba por todas partes, cómo sus manos paseaban por su piel sin pedir permiso, cómo él regaba cada centímetro de su cuello con besos tiernos y desesperados, cómo ella se estremecía sin control, como si al fin hubiera llegado la hora tan deseada...
Y antes de que ella misma se hubiera dado cuenta, ya se había volteado y lanzado sus brazos tras la espalda de Rick, estrellándose contra su cuerpo y buscando sus labios como si su vida dependiera de ello. Ese beso fue distinto a todos los que se hubieran dado en su vida, fue algo tormentoso, una explosión de amor que los hizo temblar. Todos los reparos, todas las dudas, todas las inhibiciones fueron borradas por ese beso como si jamás hubieran existido, y lo único en lo que Rick atinaba a pensar conforme los dos caían sobre la litera era en el delicioso sabor de los labios de Lisa.
Nunca supieron cómo fue que los pantalones de ejercicio de ambos acabaron en un rincón de la habitación.
Todos los sentidos de los dos estaban al máximo; el menor roce de sus cuerpos bastaba para llevarlos a la Luna ida y vuelta, y lo que los cabellos de Lisa provocaban en Rick cada vez que tocaban su piel era sencillamente indescriptible. Ella no dejaba de besarlo, no podía dejar de hacerlo, no podía concebir una vida en la que los labios de él no estuvieran firmemente junto a los de ella, en la que sus lenguas no se encontraran de la manera en que lo hacían... no podía creer que alguna vez ella hubiera podido vivir sin las manos de Rick recorriéndola, tocándola y despertando esas cosas que tanto tiempo habían pasado durmiendo en su interior.
Pero las manos de Rick tenían ideas propias, y mientras la mente del atribulado piloto estaba demasiado ocupada en un vano intento de sobrevivir a la tormenta de amor y de locura que ella estaba infligiéndole, esas manos encontraban tras mucho tantear el broche del sostén de Lisa. Casi al mismo instante, el cuerpo de ella se arqueó, y sus besos se hicieron más furiosos...
Si necesitaba preguntar si tenía permiso, ahí acababa de tener su respuesta.
Lisa apenas se movió para permitirle a Rick quitarle el sostén y lanzarlo lo más lejos que pudiera... y cuando volvió a apoyarse sobre él, fue para el piloto lo más cercano a la pura gloria que jamás hubiera podido imaginar... sentir los senos de Lisa sobre su piel, sin nada que los separara, era algo que jamás había sentido en su vida, y la única forma que tenía de demostrarlo era besándola como si su vida dependiera de ello...
En cuanto a Lisa, ella no se había quedado quieta; sus propias manos recorrían los brazos de Rick y jugaban en todos los rincones que encontraran, mientras ella dejaba en paz la boca de Rick para atormentar suavemente la línea de su mandíbula, y de allí bajar hacia el cuello del joven piloto... sin pensarlo, ya que ella no pensaba en ese momento; solamente sentía, y lo que sentía era un amor hacia Rick que carecía de términos adecuados para expresarlo... un amor que sólo encontraría expresión en eso que ellos estaban por hacer.
¿Estaban por hacerlo? En la mente de los dos no había la menor duda de ello... o tal vez hubieran tenido dudas de haberse permitido un respiro para pensar.
Pero así como las manos de Rick habían actuado por su cuenta, las de Lisa estaban haciendo lo propio... y bastó que los dos hubieran quedado momentáneamente de costado sobre la cama para que esas manos suaves se deslizaran sobre los abdominales del piloto, haciéndole tiernas cosquillas a lo largo del camino (cosquillas para las que él encontraba venganza con besos furiosos en los labios de Lisa)... descendiendo más y más... más y más... sin pensar en detenerse... hasta que sin siquiera dignarse a pedir permiso, esas manos transpusieron la frontera hasta entonces infranqueable de los boxers de Rick.
Sólo fue un momento, sólo fue un instante en que los dos pudieron abrir los ojos y verse... y lo que Lisa vio en los profundos ojos azules de Rick fue un amor y un deseo que jamás había creído posible... un hambre que sólo encontraría una manera de saciarse.
Por su parte, Rick sintió que esos intensos ojos verdes lo hipnotizaban, que se quemaba vivo en el fuego verde de la mirada de Lisa... que no existía nada en el mundo que no fueran esos ojos y el deseo con que lo miraban... ese fuego del que él apenas había tenido una pequeña muestra antes de que ella partiera en ese fatídico vuelo, y por el cual él haría cualquier cosa sin pensarlo.
Las miradas de los dos se encontraron, y todas las preguntas obtuvieron respuesta.
Sus cuerpos empezaban a actuar por sí solos... hasta que el infortunio atacó.
Fue en realidad algo que los dos, enloquecidos mutuamente como estaban, jamás hubieran considerado posible; fue una combinación de movimientos desafortunados, una mala pasada que jugaron sus piernas descontroladas, un mal movimiento que reavivó en Lisa el dolor atroz que había sentido al realizar sus ejercicios...
Un dolor que por un instante alcanzó a borrar de la mente atontada de Lisa todo lo que estaba por hacer, encontrando expresión en un desgarrador lamento:
– ¡AAAGGGHHH!
Como si acabara de despertar de un trance, Rick sacudió la cabeza para poner en orden sus pensamientos, encontrándose con el rostro contorsionado de dolor de Lisa.
– ¡¿Estás bien?!
– Sí, estoy bien – murmuró ella, volteándose y recorriendo la zona afectada con su mano, maldiciendo para sus adentros a cada segundo. – Fue sólo un tirón.
Todos los instintos protectores de Rick cobraron vida en ese instante, y con sumo cuidado se incorporó para tener una mejor perspectiva de la pierna de Lisa... esas piernas interminables y perfectamente torneadas que lo volvían loco...
Una vez más él se sacudió la cabeza. Ella estaba sufriendo dolores y él no podía darse el lujo de pensar en lo que sus instintos le reclamaban.
– Diablos, déjame ver...
La única respuesta de Lisa fue otro lamento... sus músculos volvían a jugarle una pésima pasada.
– Aaaaggggghhh...
Con extremo cuidado, Rick posó sus manos en la pierna de Lisa, acariciándola y masajeándola suavemente, procurando no hacer más intenso el dolor... mientras en su interior solamente tenía ganas de gritar por verse tan cerca... tan cerca de llegar.
– ¿Te duele?
– Un poco... – dijo ella en un suspiro, recostando su cabeza en el hombro de Rick mientras ponía su pierna a completa disposición de su novio.
Rick hizo lo posible por no pensar en lo que había quedado inconcluso apenas segundos atrás... pero encontró que le era imposible en tanto que la cabeza de Lisa siguiera recostada en su hombro, en tanto que su cabello largo y sedoso continuara cayendo sobre su piel... y menos mientras sentía el aliento de ella haciéndole cosquillas cerca de su cuello.
No parecía haber mucho problema con esa pierna... simplemente fue un calambre agravado por la mala postura, algo de lo que tenían que cuidarse.
– Rick...
– ¿Sí?
– ¿Qué estuvimos a punto de hacer?
Esa pregunta lo detuvo en seco, confundiéndolo más allá de lo imaginable... como si no hubiera sido obvio y evidente lo que ese calambre había impedido.
– ¿A qué te refieres?
– Sabes de lo que estoy hablando... – continuó ella, y su tono se hizo más serio y preocupado. – ¿Tú querías...?
– ¿Que si yo quería?
– Tú sabes... – le insistió ella.
Rick suspiró, juntando fuerzas y rogando que pudiera mantener la cordura. No podía mantener esa discusión sin mirarla, así que lentamente volteó para enfrentarse con esa carita con la que él soñaba... y lo que vio en los ojos claros de Lisa fue una mezcla de timidez e inocencia que lo conmovió hasta el alma.
– Ajá... – fue todo lo que pudo decir.
– ¿Entonces?
– Bueno, yo no quería... – comenzó a decir, llevándose una mano a la nuca por instinto, mientras su cerebro confundido buscaba poner en palabras claras lo que sentía. – Bueno, sí quería, digo, sí quiero, pero sólo si tú...
Se hizo el silencio, mientras Rick sentía que lo invadía un sordo terror... cada palabra contaba, y el miedo a que ella no se sintiera deseada lo espantó; debía decir sus palabras claramente y no dar lugar al error.
Debía hacerle saber que anhelaba hacer el amor con ella más que cualquier otra cosa en el mundo... y que quería hacerlo como ella se merecía.
– Si yo... – lo invitó a continuar Lisa.
– ¿Quieres o no? Digo... si quieres...
Una sonrisa tímida se dibujó en los labios de Lisa, y ella desvió momentáneamente la mirada antes de decirle:
– Me encantaría, sólo que...
Ella no terminó la frase; sintió que él posaba un dedo bajo su mentón, levantándole la cabeza hasta que una vez más sus ojos se encontraron, y la sonrisa que ella vio en él la hizo derretirse de amor, aunque no tanto como el beso que él le dio en ese momento.
– Claro, lo entiendo... además... – le aseguró en el tono más suave que él pudo lograr.
– ¿Sí?
– Quiero hacerlo... contigo, claro – ahora era el turno de Rick de cohibirse y parecer inocente, cosa que conmovió a Lisa a más no poder. – Sólo si tú quieres.
Ella estaba demasiado hechizada por esos ojos azules para esbozar una respuesta coherente... así que debió conformarse con asentir de manera casi imperceptible.
Tan imperceptible fue que Rick no captó la respuesta, obligándolo a repetir la pregunta:
– ¿Y quieres hacerlo?
– ¡Por supuesto! – se apuró a responder Lisa, sobresaltando momentáneamente a Rick con la energía de sus palabras. – Es sólo que...
Rick esperaba una respuesta, pero sabía que tenía que darle todo el tiempo del mundo para que encontrara la forma de responderle... y estaba dispuesto a esperarla, sonriéndole a cada instante y acariciando el contorno de sus hombros y brazos con la punta de su dedo índice.
– Nunca lo hice, ¿y tú? – lanzó Lisa al fin, sintiendo que se libraba de un peso enorme al decirlo.
¿Qué iba a decir él? Esa duda la carcomía... tenía que saber si para él... si para él también iba a ser la primera vez.
– Tampoco – respondió finalmente Rick, logrando que Lisa riera con ternura.
– ¡Qué coincidencia! – exclamó Lisa, y a eso los dos rieron con más fuerza, relajando notablemente el ambiente y haciéndolos sentir más cómodos el uno con el otro... aún si eso fuera posible.
– ¡Ya lo creo!
Ahora era Lisa quien acariciaba a Rick, jugando con el vello de su pecho mientras le daba algunos fugaces y tiernos besos en los labios.
– ¿Tú cómo crees que sería...? – le preguntó ella, ansiosa de saber qué pasaba en la mente del hombre al que amaba.
– Yo quiero que sea especial...
Esas palabras operaron en Lisa como un bálsamo... saber que ambos querían lo mismo, que los dos querían que la primera vez que hicieran el amor fuera algo especial, algo con significado, algo maravilloso... y no algo accidental.
– Yo también.
Lisa no tenía forma de saber que Rick se sentía igual de aliviado... ese episodio le había hecho temer que ella tuviera más hambre que él... era bueno saber que los dos querían exactamente lo mismo.
– Además tú estás... – continuó él, señalando la pierna de Lisa y mordiéndose el labio para evitar mandar señales equivocadas. – Bueno, lo de tus heridas...
– Así es...
– Imagina lo que sería si estamos haciéndolo y...
– ¿Como recién? – le guiñó el ojo ella con tal ternura que él no pudo evitar besarla.
– Como recién.
Los dos rieron con ganas, encontrándose en un nuevo abrazo mientras volvían a caer cuidadosamente en la cama, para no volver a provocarle dolor a Lisa.
– ¿Entonces? – preguntó ella, que jugaba distraídamente con el cabello de Rick.
– ¿Entonces qué? – replicó él, demasiado distraído acariciando el rostro de Lisa con la punta de su dedo.
– ¿Crees que podamos esperar a que...?
Moviéndose levemente para besarla en la frente, a la vez que la abrazaba y la estrechaba contra su pecho, Rick le aseguró con toda la confianza del mundo:
– Por ti, yo esperaría cualquier cosa...
Él no podía verla, pero sabía más allá de toda duda que ella estaba sonriendo una de sus sonrisas lentas... y el no poder verla no fue obstáculo para que él no reaccionara a ella como solía hacerlo: besándola tiernamente.
– Lo mismo digo, amor... – le dijo ella en una voz tan baja que casi no la escuchaba.
– Hayes...
– ¿Sí? – preguntó Lisa, momentáneamente embobada por las sensaciones que la invadían.
– Dame un beso.
Otra risa más; una risa suave y cariñosa, la risa enloquecedora de la mujer a la que él amaba...
– Los que quieras...
Y dicho eso, Rick sencillamente dejó que Lisa hiciera lo que quisiera con sus labios... a él no le importaba mientras los tuviera junto a los suyos, torturándolo y haciéndole conocer el cielo a la vez.
– Te diré una cosa, amor... – le dijo él en cuanto terminaron de besarse, mientras ella simplemente se dejaba acurrucar contra el pecho de Rick, contenida por sus brazos.
– ¿Qué cosa?
Rick rió; era una risa pícara e inocente a la vez... una risa que Lisa jamás le había oído, una risa que le daba escalofríos de placer a cada instante...
– Me va a ser difícil...
Encontrándose una vez más con la mirada de Rick, ella comenzó a acariciarle el rostro, recorriendo cada centímetro con la punta de sus dedos mientras veía cómo él la miraba a los ojos como si no existiera nada en el mundo.
– Te confesaré algo...
Rick no le dijo que siguiera; sólo se limitó a sonreír, y ella creyó que se hundiría en el amor que veía en esos ojos azules mientras le susurraba contra los labios, en su tono más seductor:
– A mí también.
NOTAS DEL AUTOR:
- En primer lugar, deseo pedirles a todos disculpas por la publicación inusual de este capítulo en dos partes... tras mucho batallar y mucho reventarme la cabeza contra el teclado, el monitor y el CPU de mi sufrido equipo, decidí que no tenía sentido seguir peleando y busqué adaptarme a lo que tenía. Dicho eso, a continuación vienen las pocas y exiguas "notas del autor" para ambas partes del capítulo.
- El "Persian Love" es el… ahem… hotel… al que Hikaru quiere llevar a Minmay durante su escapada en Macross: Do you remember love?
- Vamos en camino, no se preocupen, hay algunos baches… pero vamos en camino…
- Como de costumbre, vaya mi agradecimiento a todas las personas que leen esta historia y dejan sus comentarios, y en especial a quienes han sido mis betas y compañeras en este trabajo: Evi, Sara y Kats… ¡Un abrazo grande, colegas!
- ¡Mucha suerte en todo y hasta la próxima, con el capítulo 10!
