-Entonces, ¿lo harás?

-Hijo, no creo que pueda ayudarte en esto, no conozco al padre de tu amiga, podría empeorar las cosas, no sé si será buena idea.

-Madre, por favor. –Le suplico, poniendo mirada de cachorrito. –Ella lo está pasando muy mal, primero lo de su madre, ahora esto. No puede con todo, es demasiada responsabilidad, necesita ayuda.

-Está bien, dame la dirección de su casa, veré que se me ocurre, pero no te prometo nada.

-Gracias. –Le di un beso en la mejilla, sonriendo. Ella sonrió.

-Debe gustarte mucho. –Comenta. –Me alegro, esa joven merece la pena, quizás sea tu forma de olvidar de una a vez a Kyra.

-Créeme, Kyra ya no es un problema en mi vida. He aprendido a vivir sin ella. Ahora me preocupa Kate, creo que… está sola en el mundo madre y nadie se merece eso. Necesita a su alrededor gente que la quiera y que la cuide, que la ayude a ser policía que es lo que más desea, empezando por su padre.

-Ay Richard, ten cuidado hijo, quizás Kate no sea una dama en apuros que necesita un caballero que la proteja.

-No he dicho que sea una dama en apuros, ella es fuerte madre, más fuerte de lo que yo seré jamás, la admiro. Pero todos necesitamos a alguien, todos.

-o-

Día diez

-Lo tuyo se llama bipolaridad. –La miré, esperando a que siguiera, mientras que terminaba de vestirme con el uniforme. Aún no podía acudir al entrenamiento físico, tendría que esperar a la semana siguiente, cuando el doctor Davidson me diera completamente el alta. Eso me ponía de mal humor, me gustaba hacer deporte, sentirme activa, sentía cierta envidia de mis compañeros. Lanie se puso los deportes y aclaró: -No quiero saber nada de ti, gracias por ayudarme con lo de mi padre, sigo enfadada contigo, ¿clases particulares? –Imitó mi voz, haciendo gestos teatrales que en vez de hacerme enfadar me sacaron una sonrisa. –Vamos Kate, aclárate de una vez, lo vas a volver loco y lo que es peor, te vas a volver loca a ti misma.

-Lanie, no sé qué hacer. Él… no parece mala persona, quiere ayudarme con lo de mi padre, pero sigo sin entender que es exactamente lo que quiere de mí.

-Bueno, teniendo en cuenta que tú tampoco sabes lo que quieres de él…

-¡No es lo mismo!

-¿A no?, ¿Cuál es la diferencia?

-Pues… ¡o vamos Lanie!, se supone que estás de mi parte.

-Lo siento cielo, pero estoy de la parte que te haga feliz en un futuro. Te he cogido cierto cariño en estos días. –Dijo con una sonrisa. Negué con la cabeza, terminé de vestirme y salimos, hablando de otros temas.

-Por cierto, ¡enhorabuena!

-¿Por qué lo dices? –Preguntó sorprendida.

-Bueno, después de lo que te dijo Gates, supongo que te sientas orgullosa de la nota que has sacado.

-¿Ens? Ah, no, bueno, sí me alegro, pero las he sacado mejores. Soy chica de matrículas.

-Creía que estabas aquí por haber suspend…

-Y así es. Pero porque suspendas un examen no quiere decir que seas estúpida. Estoy muy contenta con mi trabajo en la universidad, un suspenso no elimina todos mis demás méritos, aunque baste para joderme. –Dijo con cierta amargura. Asentí compasiva y fuimos al comedor.

Casi todo el mundo estaba desayunando. Distinguí a Rick, Esposito y Ryan en una mesa, cerca de la línea divisoria. Lanie me dio un codazo.

-Chica, si quieres fingir que le odias al menos deja de sonreír cuando le miras.

-¡No sonrío!

-Esto… -Sonrió de forma exagerada. -…es sonreír, al menos en el planeta donde yo vivo.

-¿Quieres café? –La corté, dirigiéndome a las mesas. Me serví mi café, recordando la semana pasada, cuando Rick me había enseñado a tratar a la máquina.

-Vuelves a sonreír... –Comentó con voz cantarina. Puse los ojos en blanco y cogí la esencia de vainilla. Debajo del bote había un papelito, "Para K. B.". Lo cogí, sorprendida y lo leí.

"He hablado con mi madre. Hará lo que pueda. ¿Qué hay de esas clases particulares? R.R.(C.)"

Entonces sonreí, sin importarme la mirada de Lanie. Miré hacia los chicos y vi que me estaba mirando, moví los labios, formando la palabra gracias en ellos. El sonrió y volvió a girar la cabeza hacia Ryan, que le estaba diciendo algo.

-¿Y bien?, ¿te has aclarado? –Mi amiga me miraba con curiosidad.

-Es un buen hombre. –Me limité a decir y me dirigí a la mesa, tomando mi café, sin soltar la nota.

-o-

-¿Quién es usted? –La mujer se sintió intimidada, ver a aquel hombre le traía recuerdos dolorosos, muy dolorosos. Se dijo a sí misma que por su bien lo mejor que podía hacer era marcharse, pero entonces se vio años atrás, en el suelo llorando con la mano en la mejilla, aún con las crueles palabras de su padre taladrándole los oídos. Pensó en la joven de la que se había enamorado su hijo. La chica ya había sufrido la pérdida de su madre, no era justo que perdiese a su padre también y si ella podía hacer algo para evitarlo, lo haría.

-Usted no me conoce, ni yo a usted, pero nuestros hijos sí. Quisiera hablar con usted.

-¿Nuestros hijos? –El hombre la miró con el entrecejo fruncido.

-Su hija, Kate y mi hijo, Richard. Se conocieron la semana pasada, en la academia.

-Ya. Usted es la madre del que se está follando a mi hija. –Martha se contuvo para no golpear al desconocido que tenía delante, tomó aire y se mordió el labio, apretando el puño. –Y diga, ¿qué es lo que quiere?, ¿mi bendición? –Preguntó con sorna.

-No, quiero hablar con usted sobre el daño que le está causando a su hija. –Dijo sin tacto alguno. Jim Beckett miró fijamente a la mujer pelirroja que llamaba a su puerta y se atrevía a hablarle de su hija sin conocerle de nada. Tenía carácter, sin duda, en eso le recordaba a su querida Johanna. Se dio la vuelta y entró en la casa, dejando la puerta abierta. Martha le siguió, con cierto temor.

La casa olía a cerrado y estaba desordenada. Además había algunas botellas en distintas esquinas, sobre muebles o en los sillones. Suspiró. Desde luego tenía por delante un reto muy complicado. Lo que hace una madre por los hijos, pensó. Caminó hacia la cocina, donde Jim estaba sentado en la mesa, con un vaso de whisky en la mano. Martha se sentó enfrente de él, observándolo con atención. -¿Quiere? –Preguntó. Ella negó con la cabeza, Jim se encogió de hombros y se bebió la copa de un trago.

-Bien, ahora explíquese, ¿quién coño es usted?, ¿por qué quiere ayudar a mi Katie?, ¿por qué dice que le estoy haciendo daño? Y por último, deme un motivo por el que no debería matar a su hijo con mis propias manos, sabiendo que se está tirando a mi niña. –Para estar borracho habla sin dificultad, pensó Martha.

-¿En ese orden? –Jim asintió, mientras que llenaba su copa de nuevo. –Bien. Ya se lo he dicho, soy la madre de Richard, su hija me cae bien, es una buena chica y me da mucha lástima por todo lo que está sufriendo. Usted la está destrozando con su comportamiento, ha perdido a su madre y está perdiendo a su padre, que es un egoísta y no piensa para nada en ella. Y por último, no acostumbro a meterme en la vida personal de mi hijo, pero las madres lo sabemos todo, Richard no se acuesta con su hija y aunque así lo hiciera, son adultos, Kate no es una niña. Además, si quiere hacerle daño a mi hijo primero tendrá que pasar por encima de mi cadáver. –Jim la miró, asimilando la respuesta de la pelirroja y se rio.

-Me cae bien, es directa.

-Me gustaría poder decir lo mismo, pero lo siento, usted no me cae nada bien.

-Porque soy un egoísta, ¿no?

-Exacto.

-Y seguro que le parezco un cabrón y un miserable.

-Sí, la verdad es que sí.

-Bien, muy bien. –Volvió a reírse. Martha suspiró, esto va para la largo, murmuró.

-¿Qué le parece si le invito a comer y me sigue contando sobre lo hijo de puta que soy? –La invitó. Ella se encogió de hombros y asintió. –Genial. Ya verá lo bien que cocino, al menos mi mujer dice que lo… -Pero se calló a mitad de la frase. Se dio la vuelta, ignorando a la pelirroja y abrió la nevera. La cerró con frustración. –Pues no hay nada que comer, ¿le gusta la comida italiana?

-Sí.

-Bien, pediremos a domicilio. Me parece que tenemos mucho de qué hablar, ¿señora?

-Martha Rogers.

-Un placer Martha Rogers, soy Jim Beckett, el hijo de puta que no piensa en su hija. –Y le tendió la mano.

-º-

-¿Estás bien? –Lanie me preguntaba con preocupación, mientras que yo seguía con la vista fija en el tablón de anuncios, donde habían puesto el nuevo horario para las evaluaciones psiquiátricas. La mía sería al día siguiente. Pensaba en la semana anterior cuando Gates me había dicho que no se fiaba de mi estado mental para llevar pistola y en como había reaccionado durante el simulacro de interrogatorio. ¿Y si la inspectora tenía razón y no estaba lista? ¿Tendría realmente un problema mental? ¿Estaría loca? Suspiré y me giré, le sonreí a mi amiga para tranquilizarla y fuimos al comedor. Cuando llegamos vimos como no había hombres.

-Parece que por fin han habilitado el nuevo comedor para ellos. –Comentó Lanie. Noté su tono de fastidio, me encogí de hombros y fuimos a servirnos. Comimos con rapidez, teníamos solo una hora, nos esperaba la primera clase de tiro. Cuando terminamos fuimos a asearnos y adecentarnos y poco. Escuché a Gina quejarse por el escaso tiempo que tenía para rizarse el pelo, puse los ojos en blanco, preguntándome cómo diablos había aprobado el examen. Nos dirigimos hasta la sala de tiro, pero por el camino una mano surgió de uno de los pasillos y tiró con fuerza de mí. Rick me hizo un gesto para que no gritase y me sonrió. Me puse la gorra de nuevo y lo observé, mirando luego alrededor, no había nadie y en ese pasillo no había cámaras de seguridad.

-Rick, ¿qué haces?

-Tengo que hablar contigo.

-¿Es sobre mi padre?, ¿te ha dicho algo tu madre? –Pregunté ansiosa.

-No, pero no te preocupes, ella ha ido a verle hoy, esta noche la llamaré. Mi madre hará todo lo que pueda por él, tranquila, confía en mí. –Me tranquilizó.

-¿Entonces? –Lo miré dudosa. Se encogió de hombros.

-¿Has pensado lo de las clases particulares? –Preguntó, entusiasmado. Sí, lo había pensado durante la clase de Historia de la Policía de Nueva York. Durante toda la hora mis tres voces se habían puesto a discutir entre ellas, como siempre, y al final había llegado a una conclusión, conclusión que me podría llevar por mal camino.

-Lo he pensado, sí.

-¿Y bien? –Parecía un niño pequeño, esperando a que su madre le diga si le ha gustado el dibujo que le ha hecho. Sonreí sin darme cuenta.

-Acepto. –Dije, en su rostro empezó a asomar una gran sonrisa, pero le hice un gesto. –Lo haremos los fines de semana y no se lo diremos a nadie. No quiero que Perlmutter se entere. –Él dejó de sonreír.

-Kate, vamos a entrenar y a estudiar, no creo que Perlmutter pueda recriminarte por eso.

-Le dije que me iba a centrar en ser policía y a… ignorarte. –Dije con suavidad, intentando no herir sus sentimientos. –No creo que le haga mucha gracia saber que voy a pasar el fin de semana contigo, aunque sea entrenando. Rick, por favor, necesito tener a los profesores a mi favor, esto es muy importante para mí. –Le rogué. Él suspiró.

-Tranquila, no se lo diremos a nadie, de todas maneras Perlmutter tiene sus propios problemas, el capitán Montgomery se está planteando despedirlo. Parece que tirarse a una alumna no está muy bien visto.

-Espero que solo lo expedienten. –Me miró sorprendido. -¿Qué? Es un cabrón, pero en el fondo me cae bien, no me gustaría que lo echaran.

-Bueno, eso depende del capitán. Será mejor que vayamos al campo de tiro, Gates está a punto de llegar.

-Sí. –Dije con poco entusiasmo. Rick observó mi rostro.

-¿Estás bien?, no pareces muy entusiasmada.

-Estoy bien, vamos. –No quería ir a la clase, me preocupaba que Gates no me dejara disparar y todo el mundo se enterase de que estaba loca. Además, me sentía insegura, quizás ella tuviese razón y no debería tener un arma en la mano. Entramos en el campo de tiro y nos acercamos al resto. Lanie me miró y sonrió, burlona. Le hice un gesto para que se callase, pero no funcionó.

-¿Qué hacíais el escritor y tú en ese pasillo?

-Hablar. –Dije sin más.

-Ya. –Entrecerré los ojos y la ignoré, aunque no pude evitar sonreír. Tampoco podíamos hacer otra cosa, lo único que se permitía entre compañeros era hablar. El problema es que la falta de tiempo no permitía hacerlo, además Rick y yo hablamos en lugares apartados, nuestras charlas no eran precisamente sobre el tiempo.

Gates entró y nos miró a todos, llevaba un carro con varias cajas, le indicó a Ryan que cerrase la puerta y caminó hasta nosotros. Sin decir nada empezó a abrir las cajas y fue dejando en la mesa bolsas negras cerradas. Cuando terminó se colocó al lado de la mesa. Nos miramos entre nosotros.

-¿A qué esperáis? Vamos, ¡coged una cada uno y abrirla! –Nos acercamos y cogimos las bolsas, con curiosidad. Pesaban y mucho. Las abrimos y sacamos el contenido. Un arma, un cargador y balas de fogueo. Cuando terminamos la inspectora nos miró de nuevo.

-Esa será vuestra arma. Es responsabilidad vuestra. En la Academia se les proporcionarán balas de fogueo, para evitar accidentes. En la lista de material que se les dio antes de venir aquí estaban escritos los materiales usados para el mantenimiento de vuestra arma. En cualquier momento se les podrá pedir que la entreguen, para ver si la están conservando bien. En caso contrario se pondrá una sanción que podrá ir desde la suspensión de sueldo hasta la expulsión. Deberán llevar el arma siempre encima, cargada. Cada dos semanas durante la clase de tiro se les entregarán balas nuevas. Se hace un exhaustivo control de esas balas, dispararla sin motivo está penalizado con la inmediata expulsión. Durante esta semana irán a Administración para que registrar el arma. Si la pierden y alguien la utiliza, serán expulsados, si se la dejan alguien, serán expulsados, si la rompen, serán penalizados con suspensión de sueldo. ¿Alguna pregunta?

-Creía que no nos darían el arma hasta pasar la evaluación. –Dijo Lanie.

-La evaluación se hace durante esta semana, es un requisito previo para registrar el arma a vuestro nombre. En caso de no aprobar se les pedirá que la entreguen y se discutirá en una junta si están capacitados para seguir en la Academia. Bien, hoy me limitaré a enseñarles como mantener el arma en buen estado, los disparos los dejaremos para la semana que viene cuando ya se haya terminado la evolución psicológica.-Gates nos enseñó a limpiar la pistola, a cargarla con rapidez y sujetarla como es debido. Cuando terminó la clase nos marchamos, con el arma en nuestro cinturón. Todos parecían entusiasmados, todos excepto Lanie. Esposito intentó animarla.

-Vamos Lanie, que lleves un arma no quiere decir que vayas a dispararla.

-No quiero aprender a disparar. –Murmuró. –No quiero matar a nadie.

-Y no lo harás. –Intervine. –Estás aquí para ser médico, mira esto como una especie de trámite. –Ella se encogió de hombros.

-¿Le ha gustado la comida? –Preguntó. Asentí en silencio. –Me alegro, es del italiano de la esquina, sirven la mejor lasaña de toda la ciudad, le daré el número. Puede dárselo a su hijo, para cuando quiera invitar a cenar a mi Katie, es su favorito. Seguro que le gustará después de un buen polvo. –Se llenó de nuevo el vaso, por sexta vez. Durante la comida no habíamos hablado. Él se había limitado a comer y a servirme vino. Yo había saboreado la lasaña, que realmente estaba deliciosa y lo había observado con atención. Fruncí el ceño, no me gustaba nada que hablase así de su hija.

-No debería hablar así de su hija. –Él se bebió la copa de un trago y me miró, encogiéndose de hombros. –Mi hija dedica su tiempo a follar cuando debería centrarse en su trabajo. Papá voy a ser policía, yo haré justicia por mamá. –Imitó de forma infantil la voz de su hija, soltó un bufido. –No sabía que para ser poli tuviera que bajarse las bragas.

-¡Basta! –Lo miré furiosa. –Kate es una gran chica y se lo digo yo, que solo ha visto una vez. Está sufriendo muchísimo y necesita el apoyo de su padre. Ya se lo he dicho, Richard no se acuesta con ella, pero, si lo hiciera ¿qué? ¿Tan malo es que ella busque una forma de ser feliz?

-No la crie para que se portara como una puta. –Bramó. Me reí, sarcástica.

-Hacer el amor con alguien no es ser una puta.

-Para hacer el amor con alguien primero hay que amar a ese alguien. Y mi hija solo conoce al cabrón de su hijo desde hace unos días. Nadie se enamora en tan poco tiempo.

-¿Cuánto tardó usted en enamorarse de su mujer? –Me miró fijamente, todo asomo de enfado se esfumó. Ahora parecía un hombre triste y desamparado, sentí lástima.

-Mi Johanna…

-Sí, su Johanna, ¿cuándo se enamoró de ella?

-La primera vez que la vi. –Susurró.

-º-

-¿Por qué no me habla de ella? -Ahora que estaba más tranquilo, calmado, podía intentar un acercamiento. Tenía muy claro que aquello iba a ser complicado, pero quizás utilizando el recuerdo de Johanna Beckett podía ayudar al hombre. Jim Beckett cogió de nuevo la botella, pero esta vez Martha lo frenó, colocando su mano sobre la suya, quitandole la botella. -Hábleme de Johanna, Jim.

-Ella era... era extraordinaria. Una mujer fuerte, segura de sí misma, tierna, con ideales. Me costó tres años... tres largos años decirle lo que sentía, aún recuerdo su mirada y esa sonrisa... un año después nos casamos y dos años después tuvimos a Katie. Nuestra vida era maravillosa. Ella era una gran abogada, solo le importaba la verdad y la justicia y por supuesto Katie. La pobre lloró mucho cuando se fue a la universidad, pero con el tiempo se acostumbró. No sé, supongo que tener a la niña crecida nos dejaba más tiempo para nosotros, ya me entiende... -Martha asintió, animándole a seguir. -Esa sería una gran navidad, Katie estaba muy cambiada, más adulta y había dejado al novio que se había echado en la universidad. -Jim sonrió. -Lo primero que hicimos cuando regresó de Stanford fue ir a patinar. A las dos les encantaba patinar. Mire. -Se levantó y fue hasta el comedor, luego volvió con una foto en la mano. -Era preciosa, ¿verdad? -Cogió la foto y asintió. Johanna tenía una alegre sonrisa, aunque no podía competir con la de su hija. Observó con atención a la muchacha. Como ha cambiado en tan pocos meses, pobrecilla, pensó. Recordó la sonrisa durante la cena en la casa de su hijo. La de la foto era distinta, alegre, viva. Dejó la imagen en la mesa y sonrió. -Su mujer era muy guapa, Kate ha salido a ella.

-Lo sé...

-¿Cómo era la relación entre su mujer y Kate?

-Johanna amaba a su hija más que a nada y Kate tenía en ella una gran madre y una buena amiga. Se lo contaba todo, estaban muy unidas.

-¿Y usted?, ¿cómo se lleva con su hija?

-Katie es la niña de mis ojos, daría mi vida por ella. -Dijo sin dudar. -Pero desde aquello... durante el funeral la vi tan triste, hicimos una recepción en casa y no se movió de su cuarto. No quiso ver a la familia ni a sus amigos. Yo tampoco podía más, me estaba ahogando. La cogí de la mano y nos fuimos de aquel infierno. Paseamos durante horas, jugamos, me habló sobre Stanford, incluso hicimos un muñequito con palitos. Durante unas horas nos olvidamos del dolor, pero luego tuvimos que volver a casa y lo notamos.

-¿Qué notaron?

-Que Johanna no estaba, sentimos el vacío. Katie se fue a su dormitorio y yo al mío. Lloró toda la noche y yo no pude hacer nada, no la consolé, no tenía fuerzas para aquello. Nuestra relación se enfrió bastante y de repente bajó un día de su habitación y me soltó que dejaba la universidad y que iba a ser policía. Lo primero que pensé es que se había vuelto loca, así que no le di mucha importancia. Pero cuando la llevé a la Academia la semana pasada tuve que hacerme a la idea... Katie será policía. -Suspiró.

-¿Usted no quiere que lo sea?

-No. Odio que esté allí, es peligroso, es absurdo, es innecesario. Pero cuando luego pienso en mi Johanna, pienso en que la justicia no ha hecho nada por ella...

-Kate puede darle esa justicia.

-Podría, o eso creía yo, pero resulta que tiene otras prioridades. -Murmuró, Martha suspiró. Otra vez aquello. Jim volvió a coger la botella y llenó de nuevo su vaso, bebiéndoselo de nuevo de un trago.

-¿Cuándo empezó a beber? -Preguntó. Jim dejó el vaso en la mesa y se levantó.

-Eso se lo contaré otro día, seguro que usted tiene otras cosas que hacer. -Martha asintió y dejó que la acompañase a la puerta. Ya en el exterior miró al hombre agotado y cansado que tenía delante de él y sonrió con suavidad.

-¿Le gustaría cenar conmigo este viernes?, podríamos seguir esta conservación.

-¿Aún tiene ganas de hablar conmigo?

-Digamos que he encontrado la charla... interesante.

-Bueno, si no cambia de opinión... deme su dirección. -Martha le dio la dirección y tras darle la mano se marchó. En cuanto llegó a su casa encontró a su hija en el sofá, junto a un chico de su edad, besándolo. Tosió con incomodidad.

-Ma...má... esto no es lo que...

-Querida, no seré yo quien te juzgue. Estaré arriba. ¿Te quedas a cenar...?

-Ashley. -Dijo el muchacho, cortado. -Es un placer conocerla, señora Rogers.

-Llámame Martha, por favor, señora suena fatal. Entonces, ¿te quedas o no?

-No... yo... será mejor que me vaya ya... es tarde... otro día. Adiós Alexis. -Le sonrió a la chica con timidez y se dirigió a la puerta. Martha sonrió.

-¿Así te despides de mi hija?, te diré una cosa joven, a las mujeres de esta familia nos gusta la pasión.

-¡Mamá! -Alexis se puso colorada, Ashley sonrió con incomodidad y se marchó con rapidez. La muchacha miró a su madre, que sonreía alegremente.

-¿Qué tal tu primer beso?

-Pues... ha sido... alucinante. -Sonrió. -¡Pero no se lo digas a Rick!

-Tranquila cielo, antes de dejar que tu hermano lo mate primero quiero conocerlo mejor. -Ambas se rieron. Alexis abrazó a su madre. Martha suspiró, pensando en su niña que se hacía mayor y también en Kate. ¿Qué sería de mi Alexis si yo le faltara?

-o-

-Kate, ¡Kate! -Lanie me miraba desde su cama. Yo estaba completamente ida, sacudí la cabeza y forcé una sonrisa, tratando de disimular, pero fracasé. -Ahora me vas a decir qué diablos te pasa, empiezas a preocuparme, chica.

-Estoy bien...

-Kate, o me dices que te pasa o voy a buscar al escritor. -Amenazó.

-Está bien, tú ganas. -Me bajé de la litera y me senté a su lado. Tomé aire y empecé a hablar. -Tengo miedo Lanie, tengo mucho miedo. Tengo miedo de no poder aprobar la evaluación de mañana, de estar loc...

-¡Eh!, quieta, vale, para ahí. Tú no estás loca. Eres una chica joven, hasta hace poco una niña y has sufrido una pérdida terrible, de la que obviamente aún no te has recuperado. Si actuaras como si no hubiese pasado nada, como si todo estuviera bien, entonces si tendrías un problema mental. No estás loca Kate, solo estás herida y creo que estás empezando a sanar. Mañana aprobarás esa evaluación, te lo aseguro.

No dije nada, le di las gracias con una sonrisa. En Lanie veía a una gran amiga, apenas acababa de conocerla, pero sentía que podía confiar ciegamente en ella. Era sincera, directa, amable, una buena persona. Ella me devolvió la sonrisa y volvió a centrarse en el libro que estaba leyendo, me quedé con la boca abierta cuando me di cuenta de que libro era.

-¿Flores para tu tumba? ¡Lanie!

-¡Qué! Para un escritor que conozco... quería saber cómo eran sus libros, y chica, no están nada mal, estas escenas subiditas de tono... ¡uf!

-Ya vale, ten cuidado con el libro, le tengo mucho cariño.

-¿Al libro o a su autor?

-¡Buenas noches! -Se rió y empezó a leer una de las escenas de sexo en voz alta, cambiando los nombres de los personajes por los de Rick y el mío. Al final no pude evitar tirarle mi almohada, haciendo que las dos estallásemos en una carcajada. Cerré los ojos, pensando en que hacía mucho tiempo que no me reía así.

-Entonces, ¿crees que podrás ayudarle?

-Será difícil hijo, pero haré lo que pueda. Ese pobre hombre está destrozado, me da mucha lástima. Hemos quedado este viernes para cenar y seguir hablando, creo que con la ayuda del recuerdo de su mujer podrá curarse. Te tendré informado.

-Muchas gracias madre, no sabes lo importante que es esto para Kate.

-¿Y para ti?

-Sí, para mí también. Cambiemos de tema dime, ¿cómo está Alexis?

-Oh... bien, muy bien, mejor que nunca.

-¿Madre?, explícate.

-Está bien Richard no te preocupes, de hecho creo que dentro de poco te presentará a alguien.

-¿Alguien?, ¡más vale que ese alguien tenga nombre de chica! -Digo enfurecido, Alexis es mi hermanita pequeña y nadie se le acerca sin que yo antes haya conocido hasta el apellido de soltera de su abuela.

-Sí, tranquilo, tiene nombre de chica. -Respiro aliviado, solo es una nueva amiga, mucho mejor. -Bueno querido tengo que colgarte, buenas noches.

-Buenas noches madre, un beso. -Cuelgo y me dirijo a mi habitación, pero antes de entrar en el pasillo de los chicos escucho algo, viene del de las mujeres, son risas, risas alegres y divertidas. Escucho atentamente, son ¡Kate y Lanie! Me siento tranquilo al oír esas risas, significa que Kate está mejor, ella también se está curando.