ADVERTENCIA: LEMON LEVE.

Capítulo diez

—Está enamorada de mí —anunció Naruto mientras se acercaba a grandes pasos hacia la sombra del velamen donde Iruka se encontraba sentado, escribiendo en su diario de navegación.

Naruto sacó uno de los puros de Iruka de la caja de plata y lo encendió con la lámpara que utilizaba para trabajar. Se incorporó de nuevo y sacó el humo, saboreando el momento.

Iruka consultó su reloj y le miró.

—Hace dos horas creo que dijiste que te odiaba.

—Oh, sí, me odia, de acuerdo.

—¿Disculpa?

Naruto se apoyó en el cabestrante y observó a sus hombres trabajando. Se sentía bastante orgulloso.

—Compito conmigo mismo —dijo, despacio— por el corazón de la dama.

—No tenía noticia que fuera su corazón lo que buscaras—. Iruka realizó una última anotación y cerró el diario. Miró a Naruto con una de sus plateadas cejas levantada.

—No soy un completo bárbaro —dijo Naruto con indignación.

—¿Me estás diciendo que tus intenciones con la señorita Hyuuga se han hecho honorables?

—Por supuesto que no.

—Ah —exclamó Iruka, en una seca reprobación—. Muy bien. Morderé el anzuelo —gruñó—. ¿Cómo es posible que compitas contigo mismo por una misma mujer?

Naruto sonrió con pereza y lentitud mientras observaba el puro.

—La señorita Hyuuga cobija una fascinación secreta por el difunto príncipe de la Corona —dijo—. Le ama a él y me odia a mí.

—Entiendo—. Iruka empezó a reírse y se rascó la cabeza—. ¿Qué vas a hacer?

Naruto exhaló un anillo de humo, pensativo, y observó cómo se desvanecía en el aire.

—He decidido permitir que me continúe viendo como El Kyuubi por el momento.

Iruka le miró con expresión de simpatía.

—¿Por qué? Seguro que te hubieras acostado con ella antes si simplemente la hubieras convencido de que eres el último de los Uzumaki.

—Lo sé —dijo Naruto y, levantando la vista hacia las velas ccontinuó —: pero ha sido la única forma de que se sintiera tranquila. Y... ¿te parecería muy extraño si te dijera que quiero que me desee por mí mismo? No por mi nombre, no por algún romántico ideal... No sé—. La voz se le cortó y frunció el ceño con la vista dirigida al horizonte.

—Supongo que la vanidad de cualquier hombre se vería satisfecha al obtener el deseo de una mujer que tiene verdaderos motivos para detestarle.

—No tiene nada que ver con mi vanidad—. Naruto le lanzó una mirada de enojo y luego se dio la vuelta—. Es sólo que... bueno... ¿puedes imaginarte lo decepcionada que se sentirá cuando sepa la verdad? —espetó, enfadado.

—¿Decepcionada?

—¿Te parezco un príncipe?

Iruka mantuvo un silencio paciente.

—Con cuánta amabilidad me hace notar la diferencia entre quién soy y quién podría haber sido —dijo en voz baja, al final, observando el puro que tenía en la mano. Luego levantó la vista, como disgustado consigo mismo—. Supongo que solamente yo podría competir conmigo mismo por una mujer —murmuró.

—No eres tan malo, Uzumaki.—. Iruka rió con suavidad—. No tan malo como podrías haber sido, en cualquier caso, si yo no hubiera aparecido para mantenerte en el buen camino. Quizá deberías contarle algunos de los obstáculos con los que hass tenido que enfrentarte. Hacer que vea las cosas en perspectiva.

—No quiero su compasión —gruñó con el ceño fruncido—. El problema consiste en que Hinata quiere estar a salvo.

—Eso parece muy natural.

—Pero no en el sentido que dices. En ese sentido, está tan a salvo como en casa, como tú siempre dices, y creo que finalmente se está dando cuenta de eso. Lo que quiero decir… —Miró a Wallace, que estaba teniendo dificultades con el cabo de un juanete—. No tengo ni idea de lo que quiero decir.

Inquieto, Naruto se apartó del cabestrante y caminó por la cubierta mientras fumaba, asegurándose de que los hombres se ocupaban con energía en sus tareas.

—La fantasía siempre resulta un terreno más seguro que la realidad— comentó el Iruka mirándole.

—Excepto cuando encierra a una saludable y deseable mujer joven dentro de sí misma, allí donde nadie pueda hacerle daño. No confiará en mí.

—¿Cómo podría hacerlo, llegados a este extremo?

Naruto se encogió de hombros.

Ambos se quedaron en silencio un momento. Repentinamente, Naruto levantó la vista del suelo de madera.

—Quiero decir, Naruto, ¿Te estás enamorando de ella?

Naruto miró a Iruka unos largos instantes.

—No seas absurdo —replicó.

Iruka se rascó la sien mientras le observaba con una expresión tan fascinada como confundida.

—¡Por todos los infiernos!

Dando media vuelta, Naruto se precipitó hacia el timonel para arrebatarle el timón, desesperado por tener algo que hacer.


Hinata pasó el resto de la tarde escribiendo una carta para tía Kurenai en la cual le decía que no debía preocuparse demasiado por ella. El capitán pirata que la había raptado era un hombre malvado, seguro, pero no actuaría con violencia, le decía. Incluso podía mostrarse casi educado cuando quería.

No podía contarle la suavidad con que besaba ni la amabilidad que sus manos podían mostrar.

Luego escribió a las matronas de las casas de caridad y de los orfanatos que ella mantenía. Les daba instrucciones para que continuaran sin ella hasta que pudiera encontrar la forma de volver. Mientras escribía todos los detalles acerca de quién necesitaría qué, a qué casas había que llevar la comida, qué niños necesitaban atención —como el pequeño Saito, cuyo padre era un bruto, y la pequeña Kairi, ciega, y los Di Rosas para ver cómo se las arreglaban después de que su granero se hubiera incendiado—, Hinata se dio cuenta con asombro de cuánto peso había llevado. Ésa era otra razón por la que le resultaba tan duro que El Kyuubi la hubiera apartado de la gente que había acabado dependiendo de ella.

Dudaba de que le diera la oportunidad de mandar esas cartas, pero, por lo menos, estaba preparada por si acaso.

Dedicó un largo rato a su aseo para prepararse para la cena a la que el capitán le había ordenado asistir. Resultaba absurdo hacer algo así con ocasión de una cena que seguramente consistiría en galletas con sidra, pero el ritual de vestirse era una parte tan familiar de su existencia que le hacía sentir que su anterior vida estaba un poco más cerca.

Escogió un vestido estilo Watteau de un tono melocotón. Todavía se encontraba extrañada de que Naruto hubiera ordenado que todos sus objetos personales fueran subidos a bordo. Era un asesino altamente considerado y atento.

En la cubierta principal había un armario entero dedicado a su ropa, amontonada y tirada ahí dentro de cualquier manera porque fueron sus groseros hombres quienes realizaron esa tarea.

Hinata estaba contenta de disponer de sus irremplazables recuerdos, como los retratos en miniatura de su familia y las joyas de su madre.

De pie enfrente del lavamanos de madera de las Indias, en el camarote de Naruto, se cepilló el pelo mientras continuaba pensando en las palabras de él. Sólo recordar su voz en susurros le hacía sentir un escalofrío en las piernas.

«Amame.»

Qué cosa tan absurda de decir. Sólo él podía decir algo así. Aunque se daba cuenta de que era obvio que él hablaba del aspecto estrictamente físico. Simplemente era un temerario fugitivo que reclamaba gratificación para sus apetitos excesivamente consentidos.

«Un príncipe perdido —le susurró el corazón— que me pide ayuda para encontrar el camino de vuelta a casa.»

Ignoró esa voz interna y se concentró en sujetarse pulcramente el pelo con unas agujas con topacios engarzados mientras entonaba las viejas canciones que tanto le gustaban. Escogió un peinado sencillo: ella no era una artiste de mode como Haruko, su doncella.

Por el contrario, ponerse ese voluminoso vestido sin la ayuda de su doncella no era una tarea sencilla, pero al fin consiguió atarse el corsé y se arregló las enaguas de color crema de tal forma que los volantes asomaran ligeramente por la apertura delantera del vestido. Cruzó la habitación a paso ligero y dio un par de giros, feliz de sentirse como un ser humano de nuevo. Consultó el reloj que llevaba en el bolsillo y vio que todavía tenía que esperar una hora.

Con un suspiro, empezó a pasear por la habitación. La vida en el mar era muy aburrida. ¿Cómo era posible que un hombre de acción como el capitán lo soportara? No era extraño que se sintiera infeliz. Estaba echando a perder su vida y todo su potencial. Un hombre como él —fuerte, listo, carismático y valiente— ¿cómo era posible que no triunfase si ponía su empeño en ello? Si destinase todas sus fuerzas a ello, conseguiría que el mundo fuera un lugar mejor.

Pero los hombres eran tan necios, pensó, negándose a recordar a su padre. Era obvio que el capitán disfrutaba buscándose problemas, pero ¿por qué alguien escogía una vida dedicada al crimen y marginada de todo aquello correcto y decente? ¿Por qué no había hecho algo productivo con su vida?

Dedicó tres segundos justos a pensar en si ella podría reformarle, luego se rió de sí misma y rechazó ese necio reto. No cabía duda de que innumerables mujeres lo habrían intentado. Se preguntó a cuántas mujeres habría tomado como cautivas antes, cuántas mujeres habrían dormido entre sus brazos en esa blanda y deliciosa cama, cuántas habrían recibido un beso ahí fuera en el balcón hasta sentir que sus sentidos eran lo único que las agarraba a la vida. El recuerdo de la dulzura de ese beso le hizo sentir un deseo tan doloroso que sintió las piernas flaquear. Se acercó al armario de Naruto y lo abrió. Acarició una chaqueta de color escarlata que estaba colgada de una percha y examinó el suave tejido entre el pulgar y el índice. Pasó la mano por un chaleco de satén a rayas negras y azules y, con los ojos cerrados, recordó la sensación del contacto con su cuerpo.

¿Amarte? Hermoso salvaje, si tú pudieras amarme... —pensó contristeza—. Si yo pudiera domarte, aunque sólo fuera un poco.»

Pero eso no iba a suceder y ella no debía, ni por un instante, engañarse a sí misma y pensar lo contrario. Ese hombre estaba hecho para romper corazones y vivir peligrosamente, pensó con seriedad, y, durante todos esos solitarios años, ella todavía no se había recuperado de la muerte de su madre. No quería volver a sentir nunca ese dolor y esa pérdida aplastantes. Sabía que eso era lo único que Naruto le ofrecería al final. Pero él sabía cómo ser irresistible.

Oyó el crujido de la puerta a sus espaldas cuando todavía se encontraba fisgoneando en su armario. Se quedó inmóvil. La había pillado.

Se oyó un portazo.

—¡Por Dios, mujer, ten compasión! —exclamó él—. Exhibir tus encantos no es la manera de mantenerme a raya, nena.

Ella se volvió, ruborizada.

—Sólo buscaba algo que hacer—Señaló el armario —Quería ver si había alguna cosa que necesitara un arreglo.

El sonrió y se acercó a ella.

—Sólo mi corazón.

—Eres tan casanovas. —susurró ella, mucho más ruborizada.

El le arrancó la pañoleta con tal rapidez que ella no tuvo tiempo de darse cuenta de que levantaba la mano.

—¡Devuellveme eso!

—En este barco no debe haber ni un gesto de pudor.

—Capitán, te lo pido...

—Ah, ah. ¿Cuál es mi nombre? —preguntó mientras inhalaba el perfume del tejido de gasa.

Ella le miró firmemente apretando las mandíbulas.

—Devuélvemelo.

—Pero es que he vuelto a hacerme un corte —dijo él con expresión plañidera—. Necesito una venda.

Hinata cruzó los brazos y dio unos golpecitos impacientes con el pie.

—¿Ah, sí? ¿Dónde?

—En mi corazón, ya te lo he dicho. Lo has partido en dos. Está sangrando.

—Eres un verdadero diablo.

Él le lanzó la pañoleta.

—Eso dicen.

Y empezó a desvestirse.

Ella, altiva, le dirigió un gruñido de desdén, escandalizada como estaba, y se dirigió hacia la puerta. El corazón le latía de forma enloquecida a causa del esfuerzo que tuvo que hacer para ignorar la seductora languidez con que él se quitó el fular.

—Si yo fuera tú, no saldría ahí fuera con ese aspecto.

Ella se detuvo y le miró por encima del hombro con ojos glaciales.

—¿Por qué no?

—Porque provocarás un motín. No estoy bromeando. Es mejor que te quedes aquí conmigo. Aquí estarás segura —le respondió con una ceja levantada.

Ella se encaró a él con los brazos cruzados, la pañoleta todavía en la mano.

—¿Así que vas a exhibir tus músculos ante mí?

—Exacto. Ven. Ayudame a escoger qué me pongo para ser una correcta compañía para ti esta noche.

—No hay nada en ti que sea correcto.

—Por supuesto. ¿Verdad que te resulto estimulante? —preguntó, articulando las palabras con lentitud.

—¿Qué hace un pirata con esa colección de finos trajes de noche, por cierto? —preguntó ella, sin poder resistirse a su juego.

—Una excelente pregunta, mi inteligente cautiva. Durante mis viajes, a menudo bajo a tierra para catar los variados frutos de las ciudades del mundo, podría decirse. Cuando lo hago, prefiero ser recibido como un caballero.

—¿Y funciona?

—Nunca falla.

—¿En qué ciudades has estado?

—En todas.

—¿Qué haces en tierra?

—Bueno, veamos. Siempre voy a la ópera, por supuesto.

—Para mirar a las damas.

Él sonrió, vanidoso.

—Soy uno de los que, de verdad, prestan atención a la música. ¿Quieres que te lleve a la ópera, nena?

Ella negó con la cabeza con la única intención de llevarle la contraria.

Adoraba la ópera, y cuanto más desgarrada fuera la tragedia del héroe, mejor.

—¿No te gusta la ópera o te consideras italiana? —se burló él—. ¿Qué te gusta hacer? —le preguntó mientras le tomaba ambas manos y se las llevaba al primer botón de su chaleco.

Hinata aceptó la tarea automáticamente.

—Discutir.

—Ya lo había adivinado —respondió él con sequedad mientras observaba la eficiencia con que ella le desabrochaba el chaleco—. ¿Acerca de qué te gusta discutir?

—Oh, de cualquier cosa. Ideas. Política. Religión. Filosofía. Los derechos del hombre.

—¿Y de la mujer?

Ella levantó la vista hacia él. Le había hecho la pregunta en un tono deliciosamente perverso.

—No es un chiste, capitán. Hay personas que creen que debería existir un abanico de posibilidades mayor para que las damas pudieran ejercer sus facultades: una educación más práctica, más oportunidades para contribuir al mundo. ¿No crees que las mujeres tienen derecho a, por lo menos, algunos de los derechos de que disfrutan los hombres?

—Siempre he sido un excelente partidario del derecho de la mujer al placer erótico —respondió como en un ronroneo mientras la miraba a los ojos.

Ella le dio un golpecito en el pecho, comprendiendo por fin el placer de él en escandalizarla.

—Hablaba del derecho a la propiedad privada, por ejemplo, o del derecho al enjuiciamiento de un esposo que se tome su papel disciplinario demasiado a pecho.

Tuvo que apartar el tenebroso recuerdo de Toneri.

—¡Qué nobleza de pensamiento la tuya! Eres una verdadera visionaria. Creo que yo estoy hecho de un material más simple —dijo como aburrido de ella, ya.

Ella se sonrojó.

—No creo que se trate de una especial nobleza de pensamiento. Simplemente intento estar informada de lo que sucede en el mundo. Una nueva era de libertad se cierne sobre nuestra civilización, capitán, pero tú no sabes nada de eso, ¿verdad? Tan concentrado como estas en tus vendettas y en tus placeres...

¿Por qué aprovechaba cualquier oportunidad para insultarle?, se preguntó Hinata tan pronto como hubo pronunciado esas palabras y vio su débil expresión de dolor.

Naruto se apartó de ella y Hinata se quedó allí, detrás de él arrepentida y sin saber qué decir, y sin saber por qué debería estar arrepentida. Le miró mientras él se sacudía el chaleco con un golpe de hombro, lo dejaba caer al suelo, y se quitaba la camisa por encima de la cabeza.

—Capitán —empezó— no quería...

De repente, Hinata contuvo una exclamación. Él se dio la vuelta rápidamente para ocultar lo que ella había visto y bajó la vista al suelo.

—Es mejor que te vayas ahora, señorita Hyuuga. Los hombres no se van a amotinar. Te mentí —murmuró él.

—Naruto. —le pidió con suavidad—. Dejame ver.

Él se quedó quieto con la camisa todavía entre las manos y ella se acercó. Sus ojos recorrieron el esplendor de su piel dorada, de sus brazos y de su pecho musculoso, de su vientre bien dibujado. «Un hombre hermoso». No podía creer que hubiera estado durmiendo entre sus brazos durante las tres últimas noches sin violarle a él.

Naruto se volvió y le dio la espalda con un gemido paciente. Al verla, ella retrocedió. Tiempo atrás había sido azotado hasta casi haber perdido la vida.

Le habían flagelado.

Le habían torturado. Las cicatrices entrecruzadas formaban una red de protuberancia que se expandía por toda su espalda.

Naruto tenía la cabeza levantada y sus ojos tenían una expresión cauta aunque orgullosa.

—¿Vas a desmayarte? —le preguntó con una ironía mordaz.

—No. ¿Te duele?

—Por supuesto que no.

—¿Puedo tocarte?

—¿Quieres hacerlo? —Aunque todavía estaba irritado, era obvio que todavía deseaba ser perdonado. Aunque no del todo.

Ella posó una mano sobre su espalda y la deslizó hacia su omóplato. Él respondió a ese contacto con un casi gemido sin aliento y Hinata sintió un cosquilleo en el vientre.

—¿Quién te hizo esto? —le preguntó en voz baja.

—El viejo capitán Jiraiya empuñó el látigo —respondió él con una frivolidad fingida—. Pero, indirectamente, fue tu padre.

Ella frunció el ceño.

—¿Quién es el capitán Jiraiya?

—Quién era. Era el rey de los piratas —respondió en un tono de frío sarcasmo—. El hombre al que una vez serví.

—Resulta difícil imaginarte a las órdenes de cualquier hombre.

—Digamos que le debía algo.

—¿Por qué?

—No, Hinata.

Ella se calló.

—Esto no hubiera tenido que sucederte nunca —dijo ella con tristeza mientras recorría una larga cicatriz que le avanzaba desde el hombro en diagonal hasta la cadera izquierda.

—Fue culpa de mi estupidez —gruñó él—. Yo me ofrecí voluntario.

—¿Qué quieres decir?

—Un día Iruka se encontraba muy inspirado y discutió con el viejo perro de mar para que soltara a algunos de los prisioneros cuyas familias no tenían el dinero del rescate. Ni siquiera tú, señorita Hyuuga, habrías discutido con el capitán Jiraiya.

—¿Te hiciste azotar en lugar de Iruka-sensei?

Esos anchos y poderosos hombros se levantaron en un gesto de indiferencia.

—Él no hubiera sobrevivido.

—Fue una acción muy noble.

Él se quedó en silencio.

—No deberías avergonzarte de estas cicatrices —le dijo ella con dulzura mientras le acariciaba lánguidamente la espalda—. Deberías sentirte orgulloso.

—Dios, eres la mujer más extraña que he conocido —dijo él—. Si crees que lo soporté con un silencio estoico, estas muy equivocada. Grité y maldije a ese bastardo a cada latigazo. Fue el odio lo que me mantuvo con vida.

—¿A mi padre?

—Y a Dios.

—¡No digas eso! —exclamó ella mientras imploraba mentalmente a los cielos que no le tomaran en serio.

Se hizo un largo silencio cuando ella resiguió su columna vertebral con la punta de los dedos. Él sintió un ligero escalofrío.

—Hinata. —le dijo—. Me gusta cómo me tocas.

Con el corazón repentinamente acelerado, ella se acercó a él y deslizó ambas manos por su cintura para acariciarle el pecho y el vientre. Le besó con suavidad en la espalda una vez. Luego, otra vez.

Hinata no podía creer que estuviera haciendo eso, pero no podía detenerse.

Contuvo el aliento con la mejilla contra la espalda de él mientras con las manos exploraba cada línea de su cálido torso, la suave piel, los poderosos brazos. Levantó una mano para acariciarle el cuello y tocó el suave terciopelo de su pelo largo.

Él echó la cabeza hacia atrás en un gesto de rendición bajo sus caricias.

Hinata oyó un suave gemido que escapó de sus labios y notó los golpes de su corazón bajo su tacto. Naruto se quedó inmóvil mientras ella deslizaba la mano izquierda hacia la sinuosidad de la parte inferior de su espalda y hasta el terso músculo de su nalga enfundada en los pantalones azules. Era grato acariciar ese cuerpo tenso y poderoso.

—¿Te gusto? —preguntó él en un murmullo enfebrecido.

—Sí —respondió ella sin aliento.

Él se dio la vuelta y le pasó ambas manos por el cuello hasta la nuca. Esta vez ella recibió el beso con agrado. El sabor a coñac de su lengua. Él debió de sentir su deseo porque la apretó contra su cuerpo y empezó a besarla con pasión, penetrando con fuerza con la lengua entre sus labios.

La empujó contra el armario con firmeza y, sin dejar de besarla, deslizó las manos hacia sus caderas. Ella le tocó y sintió su piel caliente. No podía creer que tuviera ese efecto sobre él.

Hinata posó ambas manos sobre el desnudo pecho de él en un intento de atemperarle, pero era demasiado fuerte. No dejaba de besarla ni un momento, ni siquiera para que tomara aliento. Hinata sentía cada músculo de su tenso cuerpo apretado contra el suyo.

Al cabo de unos instantes, ella sintió que casi se desmayaba, sobrepasada e inundada por el sabor de él y el tacto de sus grandes, calientes y temblorosas manos en su cuello, sus hombros y sobre su pecho. Le desabrochó las cintas del vestido con una destreza que la sorprendió.

—Hinata. —susurró él cuando le hubo deshecho el último lazo—. Dios, cómo te deseo.

Ella sintió que las piernas le flaqueaban al escuchar el deseo en su voz.

Mantuvo los ojos firmemente cerrados mientras aguantaba el torrente de sensaciones y emociones en su interior. Él la sujetó por las nalgas y la atrajo con más fuerza contra su cuerpo, como para asegurarse de que ella notaba la firmeza de su erección contra su estómago.

Hinata apartó un poco el rostro de él.

—Capitán, por favor...

—Tengo un nombre, maldita sea. Usalo.

—¡Dijiste que nunca me forzarías!

—Pronuncia mi nombre. Dilo, Hinata, o te tomaré aquí mismo.

—Naruto.—dijo ella con voz ahogada.

—Otra vez.

—¡No!

Naruto enredó los dedos en su pelo en un súbito y salvaje gesto de ternura.

—Otra vez, Hinata. Complaceme.

—Pero tu no eres...

—Por favor —susurró él.

De repente, la besó con tanta suavidad y tanta dulzura que ella se estremeció.

Naruto le acarició las mejillas con los dedos mientras le sujetaba el rostro con ambas manos.

A su pesar, la dulzura de ese beso, de esa lengua que le acariciaba la suya con lentitud, le producía un placer casi doloroso que la narcotizaba y la confundía. Sintió que empezaba a flaquear. Naruto la había seducido tanto que no pudo continuar reprimiendo la necesidad de tocarle.

Él se quedó quieto al sentir sus caricias dubitativas sobre el pecho. Se apartó un poco y observó cómo ella le acariciaba elmusculoso estómago y el pecho hasta que llevó sus manos hasta la nuca.

Hinata levantó los ojos hasta los suyos. Estaba asustada pero sabía que le deseaba. Fue ahí cuando notó, en esa aproximidad tan ahogante las cicatrices que llevaba en ambas mejillas, tres en cada lado y se preguntó como nunca había notado esas marcas en su bello rostro. De seguro era otro castigo que había tenido que recibir.

Naruto notó la atención de ella en sus cicatrices, pero no le dió mas tiempo para pensar.

Naruto, con una expresión casi dolorida, acercó su frente a la de ella y emitió un largo y tembloroso suspiro.

—Hinata, por el amor de Dios —dijo, despacio—, dime quién soy porque ya casi no puedo recordarlo.

Ella se quedó completamente inmóvil, con los brazos todavía alrededor de su cuello. Fuera quien fuese, la tristeza de su voz le agrietaba los fundamentos de sus defensas. Por un momento se sintió tan débil que deseó fingir que lo era —tal como él le había sugerido en una ocasión—, sólo para imaginarlo...

Sentía el corazón desbocado y los labios de él sobre los suyos, rozándola. Se rindió.

—Naruto.

Él apretó los brazos alrededor de su cintura.

—Oh, sí. Más —jadeó él con suavidad, embriagado.

—Naruto.

Ella levantó un poco más la cabeza para hacer ese beso más profundo y acarició de nuevo su pecho, tan sólido y real. Tan peligroso.

—Naruto. —susurró—. Naruto.

Él la levantó suavemente del suelo y la llevó hasta la litera. Sin dejar de besarla, la tumbó de espaldas en ella. Se tumbó encima de ella, cubriéndola con su cuerpo grande y poderoso. El peso de su cuerpo sobre ella le resultaba delicioso. Él se apoyó sobre sus codos y le acarició el rostro con delicadeza.

—No temas —murmuró.

La besó con gran lentitud y ternura, robándole el aliento mientras le abría el vestido y le acariciaba los pechos. El poder y la amabilidad de esa caricia la hizo sentir extrañamente frágil y blanda.

No sabía en qué momento había empezado a sentir eso, pero algo en la sensación de tenerle entre las piernas le resultaba profundamente placentero y la hacía retorcerse debajo de su cuerpo en busca de algo que él poseía. Se dio cuenta de que estaba gimiendo.

—Sí, nena —susurró él—. Siéntelo. ¿Qué quieres? Haré cualquier cosa que desees.

Los movimientos de Naruto seguían a los suyos completamente, con una fluidez que resultaba sorprendente y embriagadora. Cada vez que él presionaba hacia abajo contra su pelvis levantada, Hinata sentía una felicidad cada vez más salvaje. Cada vez, una dulce ansiedad. Y cada vez, ¿por qué él?, ¿por qué ahora?

Hasta que ya dejó de importarle. Ella bajó las manos por el cuerpo de él hasta sujetarle las caderas. Empezó a guiarlo con precisión contra ella con un movimiento rítmico que aumentaba a cada latido de su corazón. Él, generoso, le ofrecía lo que pedía.

Hinata sintió que la mente se le inundaba por el oleaje del deseo. Entonces él se apartó un poco y empezó a subirle los volantes del vestido hacia las rodillas, hasta los muslos. Ella se esforzó en abrir los párpados y le miró. Él la miraba con una expresión que ella no fue capaz de descifrar, pero que poseía una oscura ternura. Él cerró los ojos y volvió a besarla. Ella se sintió de nuevo en ese sueño provocado por el láudano. Él se detuvo, jadeante y con los ojos cerrados. Y entonces la acarició, solo una vez.

Hinata se sorprendió de sentirse tan húmeda. Lo notaba en los dedos de él. Le miró, aturdida, y observó su expresión de placer y de concentración. Luego cerró los ojos y gimió al sentir que él la penetraba suavemente con un dedo.

Naruto la besó de nuevo e introdujo dos dedos dentro de ella con una gran lentitud. Con el pulgar empezó a acariciar su centro más delicado moviéndose deliciosa e intencionadamente. Ella le acariciaba el musculoso brazo mientras, durante unos momentos, se rendía bajo su habilidad y le permitía que la acariciara como quisiera. Se sentía como yendo a la deriva en un mar de placer. Él le mordisqueó el cuello y el lóbulo de la oreja.

—Es agradable, ¿eh, nena? —le susurró al oído.

Ella se sentía demasiado aturdida por las sensaciones como para responder, pero entendió por su risa suave, aterciopela que él ya lo sabía. Su voz era como la de una fantasía susurrándole al oído. Entonces no pudo evitar arquear la espalda, empujada hacia él por el deseo, a cada caricia, necesitando ir al encuentro de su tacto.

—No luches, Hinata. Así es. Deja que te inunde.

Ella se sujetó en sus hombros y su entrecortada respiración se convirtió en una inhalación corta, rítmica.

Él se calló y toda su atención se concentró en darle cada vez más placer. Bajó la cabeza y le besó un pecho antes de lamerle el pezón con la punta de la lengua. Naruto abrió los ojos y la miró con intensidad. Su piel estaba bronceada y sus labios eran llenos y flexibles. Le dirigió una media sonrisa como de sátiro antes de volver a pasarle la lengua por el pezón endurecido.

Hinata sintió que él deslizaba el dedo pequeño hasta la hendidura de sus nalgas y gimió ante el inesperado placer al sentir que él tomaba un pecho en su boca y lo succionaba, consumido por la pasión.

—Sí, sí ...—exclamó ella con un sentimiento de urgencia mientras echaba la cabeza hacia atrás—. Es sublime.

Sentía algo crecer en su interior.

Con la cabeza encima de su pecho, él incrementó el ritmo entre sus piernas. El beso en el pecho le resultó doloroso y ella le condujo el rostro hasta su boca. Se sintió completamente poseída por él al oír su voz que le susurraba a la oreja en un tono de suave autoridad. Ella hubiera hecho cualquier cosa que él le hubiera pedido.

—Grita de deseo por mí, nena.

Pero ella sólo pudo emitir un grito entrecortado, casi de dolor.

—Naruto.

Él emitió un suspiro tembloroso.

—Te deseo tanto.

Naruto casi se detuvo y ella no pudo soportarlo. Se agarró a su hombro, gimiendo.

—Naruto, oh, Naruto, por favor.

Al oír su gruñido de desesperado deseo, Hinata sintió que la primera oleada de placer la inundaba para ceder paso a otra inmediatamente. Se sujetó con fuerza al cuello de él mientras se retorcía bajo su tacto empapado. Fue el momento de mayor vulnerabilidad en toda su vida, y él no le falló. Un grito de éxtasis estalló en su garganta, pero algo más profundo que la alegría emergió y se deslizó con las lágrimas, mejillas abajo. Él las atrapó con los labios mientras ella continuaba empujando su cuerpo contra el de él, desesperada, retorciéndose de deseo hasta que

hubo extraído la última gota de placer de sus dedos.

Hinata se quedo quieta, incapaz de moverse, con un profundo sentimiento de liberación, de totalidad, de curación. Él apartó la mano con suavidad y ella sintió sus carnes hinchadas. Se sorprendió al sentir la respiración tan acelerada, el pulso tan rápido y la calidez y el placer entre los muslos.

Con los ojos cerrados y el cuerpo tembloroso, Naruto la rodeó con los brazos y murmuró a su oído que era lo más bonito que había visto en su vida. Parecía una mentira, pero ella no pudo no creerle del todo. Había cierta verdad en el tono en que lo decía.

Hinata le besó en la mejilla sintiéndose, de alguna forma, completamente debilitada y extrañamente cerca de él.

—Oh, Naruto... —suspiró, demasiado agotada como para mover la cabeza.

Él no dijo nada. Reposó la cabeza en la almohada. Hinata le pasó los dedos por el suave pelo rubio y le acarició la cicatrizada espalda con los ojos cerrados, tomando conciencia de que en ese momento se sentía más cerca de él de lo que nunca se había sentido de nadie. De ese desconocido que mostraba tal tragedia en el fondo de los ojos, de ese fugitivo que podría ser un héroe con sólo intentarlo.

Había una dulzura tal en su interior.

Abrazada a él, se preguntó si ya no era demasiado tarde para ella. «Me tienes», había dicho él antes. Y así parecía ser, de momento. Pero, oh, pensaba con los ojos fuertemente cerrados, eso la aterrorizaba. Lo que le daba miedo se mostraba con demasiada rapidez. Rezó como si los cielos pudieran evitar que su corazón cayera en el mar que era él. «Por favor, Señor, no con él. Con quien sea, pero no con él. Él es demasiado peligroso para mí.»

Era un pirata y un libertino.

Moriría joven, mucho antes de que aprendiera cierta sabiduría y aceptara el maravilloso hecho de amar a una mujer. Si esa calamidad le sucedía algún día, ella estaba segura de que no la elegiría a ella, a la simple, prudente, aburrida y estricta hija de su enemigo.

Él era un criminal. Había destruido su vida. Decían que era la encarnación del diablo. Ese canalla salvaje e irresistible que se colaba en sus fantasías y por quién ella había flaqueado desde el primer momento en que posó sus ojos en él.

Fuera él quien fuese.


Un pequeño limon para preparar sus mentes a lo que se viene a futuro :3

Me ha costado demasiaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaado redactar este episodio, ya que cuando iba en la parte hot me daban taldos y lskdfj moría xD.

En fin, gracias por leer, por los reviews, mensajes y comentarios en face, habia dicho que son las mejores lectoras de la vida?

Corazones gheis para todos, ahora voy a responder algunos de sus reviews por mp que me preguntaban por dudas que tenian con la historia :3

el próximo episodio estará pronto.

Bye!