Disclaimer: La mayoría de los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, sólo aquellos fuera de la Saga y la trama son de mi completa autoría.


CHAPTER 10

—Hola amor —me dijo en cuanto entré al coche, me estiré hasta alcanzar sus labios y lo besé como sino existiera un mañana; necesitaba besarlo, tocarlo, sentirlo cerca, para convencerme de que las pesadillas que me atormentaron la noche pasada, no eran más que eso: simples pesadillas—. ¿Lista para irnos?

—Por supuesto —me acomodé en el asiento y abroché el cinturón de seguridad, Edward encendió el coche y lo puso en marcha.

—¿Estás bien? Te noto algo... rara —comentó después de unos minutos en silencio.

—No es nada, sólo no dormí muy bien anoche —respondí encogiéndome de hombros, restando importancia al tema.

—Fue por lo que pasó después de la carrera con aquel tipo, ¿cierto? —no contesté nada, sabía perfectamente que si lo hacía íbamos a terminar envueltos en una discusión y eso es lo que menos quería; suspiró con pesadez ante mi silencio pero no insistió más con el tema—. ¿Por qué no tratas de dormir un poco? Aún tenemos hora y media de camino.

Asentí y me removí buscando una posición más cómoda, cerré los ojos y por varios minutos fingí que dormía, evitando así el tener que hablar. Una suave caricia en mi mejilla y un beso en la punta de mi nariz, eso fue lo último que sentí antes de caer en un relajante y profundo sueño.

—Bella, despierta amor que ya llegamos —abrí los ojos y me estiré como un gato desperezándome, Edward mantenía la puerta abierta para mí y salí del coche.

—¿Dónde estamos? Creí que nos hospedaríamos en un hotel —pregunté al ver la casa frente a nosotros. Era de madera color marrón oscuro, de una planta, con grandes ventanales al frente y un amplio porche.

—Es de un amigo de James —respondió abrazándome por la espalda y apoyando su barbilla en mi hombro—, sólo la usa un par de semanas al año y no ha tenido inconveniente en prestárnosla por el fin de semana.

—Es linda.

—Sí, lo es —besó mi mejilla y se apartó de mí, sacó del bolsillo de sus jeans un juego de llaves y me las tendió—. Ve entrando, yo sacaré nuestras cosas del coche.

Tomé las llaves y entré, esperaba encontrar polvo y telarañas por todas partes pero, contrario a lo que creí, la casa estaba perfectamente limpia; así que supuse que alguien se encargaba de limpiar con regularidad el lugar.

Un par de horas después decidimos salir a comer algo y hacer un poco de turismo, en el restaurante donde comimos nos recomendaron que visitáramos el Santa Barbara Country Courthouse, y sin duda acertamos al ir. Se trataba de un complejo de cuatro edificios, incluida una cárcel, que se encuentra en la zona centro de la cuidad, en un enclave rodeado de bellos jardines; Edward insistió en que subiéramos a la torre del reloj y, a pesar de que no me agradaba mucho la idea y pensar que era un total desperdicio de tiempo, terminé por aceptar.

Tras subir a pie sus ochenta y dos escalones estaba lista para ser hospitalizada a causa de un paro cardíaco-respiratorio, pero todo malestar abandonó mi cuerpo al ver que, sin lugar a dudas, estaba frente a una de las más hermosas vistas de Santa Bárbara que tendría el placer de apreciar; desde ahí se podían observar en todo su esplendor la ciudad, las montañas y el océano, no tenía palabras para describirlo y es que era algo... simplemente maravilloso y hasta cierto punto mágico.

—¿Sigues pensando que es una perdida de tiempo subir hasta acá? —preguntó con una sonrisa presuntuosa en su rostro.

—¡Oh está bien! Lo admito, tenías razón al decir que valía la pena subir, pero todo sería perfecto si hubiera un elevador —ambos reímos con diversión y tomados de la mano comenzamos a bajar las escaleras.

Después fuimos al Santa Barbara Botanic Garden, un jardín botánico de veintiséis hectáreas de extensión, que albergaba a más de mil especies de plantas raras y nativas de California.

Estaba por oscurecer cuando regresamos a la casa, me sentía exhausta y mis pies me estaban matando, pidiéndome a gritos que me tirara sobre la cama y no me levantara hasta el día siguiente, pero primero necesitaba tomar una buena ducha. Me duché y tras respirar profundamente en repetidas ocasiones, me puse uno de los camisones que Alice y Rose habían elegido para mí, era de seda en color negro, sencillo y me llegaba un poco más arriba de medio muslo.

—Vamos Bella, tú puedes hacerlo. Además, no es como si fueras a salir desnuda —murmuré; conté hasta diez esperando que los alocados latidos de mi corazón se normalizaran, y abrí con lentitud la puerta del baño.

La habitación estaba solamente iluminada por la tenue luz de una de las lamparas de noche, Edward estaba recostado en la cama y... dormía profundamente, o al menos eso era lo que su pausada respiración me daba a entender. Solté el aire que de forma inconsciente había estado reteniendo, no sabía si sentirme frustrada o aliviada por ese hecho.

Por la mañana me desperté y me encontré con que estaba sola en la habitación, salí de la cama y busqué a Edward por toda la casa pero no estaba en ningún sitio; fui a la cocina a buscar un poco de agua y me encontré una nota pegada en el refrigerador, la cual decía:

Salí a correr, preparé café por si quieres.

E.

—Ni siquiera un buenos días amor o un te amo, definitivamente, no eres muy romántico a la hora de escribir una nota, cielo —dejé la nota sobre la mesa, me serví un poco de café y salí al porche trasero.

En medio de dos palmeras, se encontraba atada una hamaca y no dudé en tumbarme sobre ella, el mar estaba a unos metros de distancia y desde ahí podía ver a algunas personas que corrían cerca de la orilla, le di un sorbo a mi café y cerré los ojos por un momento, perdiéndome en el relajante sonido que producían las olas al caer.

Varios minutos después pude ver a Edward que se acercaba, una vez estuvo a unos pasos de distancia se detuvo de golpe, me recorrió de pies a cabeza con la mirada y tragó en seco.

—Buenos días amor —dije poniéndome en pie de un salto, terminé con la distancia que nos separaba y lo besé.

—Buen día, voy a ducharme —murmuró alejándose de mí como si tuviera la lepra. Mientras lo veía adentrarse a la casa, escuché como mascullaba algo sobre agua fría y autocontrol.

Por demás confundida por su reacción, regresé a la habitación y saqué del armario un short color blanco, una blusa sin mangas color azul aqua y un traje de baño de una sola pieza para cambiarme; pasé frente al espejo y mis ojos se abrieron como platos al tiempo que mis mejillas se teñían de color escarlata cuando vi mi reflejo, había olvidado por completo que no estaba usando mi viejo y para nada sexy pijama, ahora entendía el por qué de la reacción de Edward.

De pronto las palabras agua fría y autocontrol tenían un nuevo significado, mis mejillas alcanzaron un par de tonalidades por encima del rojo y, con una sonrisa tonta en el rostro, me vestí y recogí mi cabello en una coleta.

Estaba terminando de hacer la cama cuando Edward salió del baño, perfectamente vestido con una bermuda color marrón claro y una playera gris; su cabello, a pesar de que había tratado de domarlo, lucía revuelto y desaliñado. Pero no en el mal sentido de la palabra de parecer un nido de pájaros, oh no señor, estaba casi segura de que su cabello luciría justo así después de una noche de sexo desenfrenado.

—El torneo comienza en un par de horas, nos da tiempo para desayunar algo —su voz me sacó de mis cavilaciones y parpadeé un par de veces para aclarar mis ideas, pues las palabras noche y sexo desenfrenado habían echado a volar mi imaginación, llenando mi cabeza de imágenes no aptas para menores.

—Termino aquí y voy a preparar algo —dije señalando con la cabeza la cama a medio hacer.

—Le recuerdo que sé cocinar, señorita Swan, así que soy perfectamente capaz de preparar el desayuno por mi cuenta.

—Cierto, había olvidado que es usted todo un estuche de monerías, señor Masen —sonriendo se acercó a mí, rodeó mi cintura con sus brazos y apoyé mis manos en sus hombros.

—¿Te he dicho ya cuánto te amo? —murmuró rozando con sus labios el lóbulo de mi oreja, mandando una serie de escalofríos por todo mi cuerpo.

—No —respondí con un hilo de voz, conteniendo apenas un gemido cuando sus labios bajaron a mi cuello, dejando un par de húmedos besos.

—Te amo más que a mi vida —sus labios buscaron los míos que sin protestar lo recibieron.

No sé el cuándo o el cómo pasó, sólo sé que cuando la nebulosa que cubría mi mente se disipó un poco, me di cuenta de un par de pequeños detalles; como que en ese momento me encontraba recostada en la cama, con el cuerpo de Edward cubriendo el mío, su playera había ido a parar a alguna parte de la habitación y nos besábamos como si estuviéramos viviendo el último momento de nuestras vidas. Deslicé una de mis manos por su espalda y entonces ocurrió, la magia desapareció como si hubiese sido una pompa de jabón que estalló ante mi toque.

—El desayuno... tengo que... preparar el... desayuno —balbuceó apartándose de mí como si una fuerza magnética lo hubiese repelido. Quise decirle, no, quise gritarle que el maldito desayuno me importada un jodido comino, pero no tuve tiempo ni siquiera de tomar aire antes de que saliera corriendo de la habitación.

—¡Maldición! —gruñí, me cubrí el rostro con una almohada y grité totalmente frustrada, estaba comenzado a pensar que fue un gran error acompañar a Edward. Y no es que no estuviera disfrutando de pasar tiempo con él, pero si las cosas seguían así, la frustración sexual iba a terminar por matarme.

Varios minutos después, salí de la habitación rumbo a la cocina. Edward estaba sentado de lo más tranquilo comiendo su desayuno y, juro por Dios, que tuve que hacer un gran esfuerzo para no estrangularlo. Es que... ¿acaso a él no le había afectado en lo más mínimo lo que pasó? Porque a mí sí que me había afectado, pero bueno, si lo que quería era que actuáramos como si nada hubiese pasado, así lo haría.

Unas horas después nos encontrábamos en la playa, Edward fue a registrarse para el torneo y mientras lo esperaba recorrí el lugar con la mirada, nunca había estado en un evento como ese y me sorprendió ver a tantas personas que al parecer iban a participar. El sonido de mi celular me asustó, saqué el aparato del bolsillo de mi short y vi que era un mensaje de Alice.

Dile a Edward que le deseamos suerte y... ¡Feliz primer aniversario tórtolos!

A.

¡No lo podía creer! Había olvidado por completo que ese día era nuestro aniversario ¿qué clase de novia era? Aunque él tampoco mencionó nada, ¿sería qué también lo olvidó? Un nuevo mensaje de Alice me sacó de mis pensamientos.

Por cierto, tanto Rose como yo concordamos en que el camisón color magenta es perfecto para esta noche ;)

A.

—Par de demonios —mascullé guardando de nuevo el celular en mi bolsillo.

—Hola, soy Leah Clearwater —alcé la vista encontrándome frente a mí una chica alta, de tez morena, cabello negro y corto a la altura de los hombros; que con una sonrisa me ofrecía su mano a modo de saludo.

—Hola, Bella Swan —respondí estrechando su mano.

—¿Vienes acompañando a alguien? —preguntó buscando algo o a alguien, y al parecer lo encontró pues sonrió ampliamente.

—Sí, a mi novio, él va a participar en el torneo.

—¡Mi novio también! Es el chico que está por allá, al lado de aquel bombón de pelo cobrizo —señaló a un chico que charlaba de forma animada con Edward, mientras esperaban su turno para registrarse.

—El bombón de pelo cobrizo es mi novio, su nombre es Edward —Leah se sonrojó y comenzó a balbucear incoherentes disculpas, arrancándome una sonrisa—. Tranquila, está bien.

—No sé mucho sobre surf, es más, ni siquiera me gusta, pero a Jacob le apasiona y siempre termina arrastrándome con él a estos tontos torneos —comentó después de un momento en silencio—. ¿Te molesta si espero contigo a que esto termine?

—No, en absoluto, yo tampoco entiendo mucho sobre surf.

Leah era una chica sin duda genial y el tiempo se me pasó volando, tanto que cuando me di cuenta, Edward estaba por comenzar su segunda y última ronda.

No iba a negar que me ponía los nervios de punta verlo maniobrar sobre la tabla, sabía que era bueno en lo que hacía, pero nadie estaba exento a sufrir un accidente; como ese chico que casi se ahogaba en la primera ronda y no había podido continuar en la competencia.

—Tu chico es un suicida —comentó de pronto Leah.

—¿Por qué lo dices?

—Porque está buscando hacer el tubo —respondió Jacob que después de terminar su ronda se había reunido con nosotras. Al ver mi cara de interrogación agregó—: El tubo es una de las maniobras más conocidas, el surfista tiene que lograr mantenerse en una posición concreta para que la ola le cubra formando un tubo con él dentro. Es difícil y a veces peligrosa.

Las palabras de Jacob no hicieron más que aumentar mi nerviosismo y, sintiéndome incapaz de seguir viendo a Edward, aparté la mirada. Los siguientes minutos fueron los más largos y angustiantes que había vivido hasta ese momento, de pronto la gente comenzó a gritar y asustada busqué a Edward; solté un suspiro de alivio al verlo salir del mar con una enorme sonrisa en su rostro.

—¡Lo logró! Lo siento cielo, pero serás segundo este año —Jacob se encogió de hombros restándole importancia a las palabras de su novia.

—¡Lo hice, lo hice, lo hice! —gritó llegando a mi lado y, tomándome por sorpresa, me alzó en sus brazos y me besó.

Leah propuso que fuéramos a comer los cuatro juntos, para celebrar el triunfo de su nuevo amigo así como el segundo lugar de Jacob, y terminamos pasando gran parte del resto del día con ellos.

Por la noche Edward y yo íbamos a salir a cenar, así que me puse un sencillo vestido de playa color lila con unas cómodas bailarinas a juego, apenas me maquillé y dejé mi cabello suelto.

No tardamos mucho en llegar a nuestro destino, el The Harbor Restaurant, uno de los poco restaurantes ubicados en el histórico muelle Stearn de Santa Bárbara. Nuestra mesa se encontraba junto a la ventana, ofreciéndonos una hermosa vista al mar, que en ese momento lucía como si hubiese sido bañado en plata pura a causa de el reflejo de la luna. Un pianista y un par de saxofonsitas tocaban en un improvisado escenario, dándole al lugar un toque de romanticismo totalmente único y algunas parejas bailaban al ritmo de la suave música en el centro de la, igualmente improvisada, pista de baile.

Durante la cena hablamos de todo y nada, reímos recordando algunos de los momentos maravillosos que habíamos pasado juntos e hicimos planes para el futuro, una tonta sonrisa se había quedado tatuada en mi rostro después de eso y es que... un futuro a lado de Edward no sonaba para nada mal. Unas suaves notas de piano comenzaron a sonar, seguidas casi de inmediato por el saxofón y Edward se puso en pie.

—¿Me concedes el honor de este baile?

—Oh no, no, no y no —Edward tomó mi mano, tiró suavemente obligándome a poner en pie y seguirlo a la pista—. Edward, yo no sé bailar y...

—No es tan difícil, además, yo te guiaré —me interrumpió, posó una de sus manos en mi espalda baja acercándome a él y con la otra tomó una de las mías—. Relájate y confía en mí.

Tomé una profunda respiración y comencé a moverme de forma torpe tratando de seguir el lento ritmo de la melodía, un par de pisotones después, mis movimientos se volvieron más relajados y fluidos, así que apoyé la cabeza en el pecho de Edward y me permití disfrutar del momento. La canción estaba por terminar, o al menos eso creía, cuando Edward rozó el lóbulo de mi oreja con sus labios y un escalofrío recorrió mi cuerpo entero.

Tanto tiempo disfrutamos de este amor, nuestras almas se acercaron tanto así, que yo guardo tu sabor pero tú llevas también, sabor a mí —susurró en mi oído, la que supuse era la letra de la canción, provocando que mis piernas se volvieran de gelatina y un suspiro abandonara mis labios—. Pasarán más de mil años, muchos más; yo no sé si tenga amor la eternidad, pero allá tal como aquí, en la boca llevarás sabor a mí.

Las últimas notas de la canción murieron, pero Edward y yo seguimos parados a mitad de la pista perdidos en la mirada del otro, sin importarnos nada ni nadie a nuestro alrededor.

—Feliz primer aniversario, amor —murmuró antes de besarme.

Cuando regresamos a la casa fui directo a la habitación, tomé el camisón color magenta y me encerré en el baño. Me miré por milésima vez en el espejo y respiré profundo, debía admitir que el dichoso camisón me quedaba bastante bien, aunque dejaba mi espalda al descubierto y algo más, pues como había predicho, a duras penas cubría mi trasero y el escote era demasiado profundo para mi gusto.

Edward no estaba en la habitación cuando salí del baño, lo encontré en el porche trasero apoyado en la barandilla y viendo fijamente el mar, con sigilo, me acerqué a él y lo abracé apoyando mi mejilla en su espalda.

—¿Qué haces aquí afuera? —pregunté y suspiró.

—Sólo pensaba, mañana tenemos que volver a Los Ángeles y, sinceramente, no quisiera regresar. Me gustaría quedarme aquí, contigo, comenzar juntos una nueva vida lejos de todo.

—A mí también me gustaría eso —Edward se soltó de mi abrazo y se giró quedando frente a mí, a pesar de la poca luz, pude notar como sus ojos se oscurecían al notar mi atuendo.

—Es tarde y... —oh no Edward Masen, esta vez no te me vas a escabullir.

Sin pensarlo dos veces lo besé y, antes de que pudiera reaccionar y apartarse, comencé a caminar hacia el interior de la casa. Sin romper el beso llegamos hasta la habitación, mis piernas chocaron con el borde de la cama y ambos caímos sobre ella, rompimos el beso cuando la necesidad de oxigeno se hizo presente, jadeando en busca de aire.

—Bella...

—Shhhh no digas nada —lo interrumpí—, no pienses y sólo déjate llevar.

Lo volví a besar, no sé de dónde saqué la fuerza necesaria para hacerlo, pero nos giré quedando a horcajadas sobre él. Con lentitud y sin dejar de besarlo solté uno a uno los botones de su camisa, acariciando con la punta de mis dedos la piel que iba quedando expuesta, mis labios hicieron un lento recorrido desde su cuello hasta su abdomen, marcando y besando cada porción de piel a mi alcance; no era una experta en el arte de la seducción, pero a juzgar por los gemidos y suspiros entrecortados que cada tanto Edward soltaba, debía de estar haciéndolo bastante bien.

Llevándome con él se incorporó sentándose en la cama y me besó, un beso demandante con el cual me hizo saber que él tenía el control a partir de ese momento y, en definitivo, yo no me iba a oponer.

Sus manos se movieron con una suave caricia por mis piernas, recorriendo suavemente desde mis tobillos, subiendo por mis pantorrillas y pasando por mis muslos hasta llegar a mis caderas; siguió su recorrido colándose bajo mi camisón, acariciando mi vientre y subiendo por mis costados hasta llegar al nacimiento de mis pechos, de pronto se congeló, deteniendo sus caricias de forma abrupta y pude notar como nacía la duda en sus ojos. Ah no Edward Masen, ni creas que me vas a dejar así, no puedes dejarme así de nuevo, dijo una voz dentro de mi cabeza y estaba totalmente de acuerdo.

Me moví, a penas un poco, pero fue lo suficiente para que nuestros sexos se rozaran y no pude acallar el gemido que abandonó mis labios al sentir su dureza, él cerró los ojos y gruñó aferrándose con fuerza a mis caderas, evitando que volviera a moverme; llevé mis temblorosas manos a sus hombros, deslicé con lentitud su camisa hasta sacarla por completo y clavé mis ojos en los suyos. Con decisión tomé el borde inferior de mi camisón y, con lo que esperaba fuera un movimiento sexy, lo subí sacándolo por mi cabeza quedando con tan sólo una única prenda cubriendo mi cuerpo: mis pequeñas bragas de encaje color negro.

Mi noción del tiempo se perdió por completo, pudieron haber pasado segundos, minutos o incluso horas o días, sin que lo notara; y es que desde que mi espalda tocó el colchón, me perdí en cada beso y caricia de Edward sin prestar atención a nada más, siendo solamente consciente de las placenteras sensaciones que recorrían mi cuerpo como si se tratara de electricidad.

El resto de su ropa desapareció, seguida unos segundos después por mis bragas, y con delicadeza se situó entre mis piernas. Clavó sus ojos en los míos, esperando que me echara para atrás pero no lo hice, susurró sobre mis labios un: te amo, antes de besarme y con lentitud comenzar a entrar en mí; cerré los ojos y me aferré con fuerza a las sábanas, soltando un jadeo que murió en sus labios, al sentir el pinchazo de dolor que atravesó mi cuerpo entero cuando traspasó la barrera de mi virginidad.

Por un momento permaneció inmóvil, con el rostro oculto en el hueco de mi cuello y respirando con dificultad, esperando a que mi cuerpo se acostumbrara a su invasión sin dejar de trazar suaves y tranquilizantes círculos en el hueso de mi cadera; tomé una profunda bocanada de aire y me moví un poco, esperando sentir alguna incomodidad o dolor, pero lo único que sentí, fue una ola de placer que recorrió cada una de mis terminales nerviosas y no pude evitar gemir ante la sensación, murmuré un ahogado: hazlo y Edward comenzó a moverse con un lento vaivén.

No hacían falta las palabras, cada caricia y beso hablaba por sí solo, sin duda alguna eso iba más allá del simple sexo, era una unión no sólo de cuerpos sino también de almas, un acto del más puro amor. Un fuego abrazador corría por mis venas, quemando todo a su paso incluyendo mi capacidad de pensar con claridad, al mismo tiempo que mi cuerpo se retorcía en busca de algo, algo que no sabía qué era, pero ansiaba como nada en el mundo. Edward aumentó el ritmo de sus embestidas, atrapó entre sus dientes uno de mis duros pezones y lo mordisqueó con suavidad, eso fue todo lo que necesité para que algo dentro de mí estallara en miles de pedazos, llevándome a tocar el mismo cielo con la punta de mis dedos.

Unos segundo después Edward se desplomó sobre mí, aplastándome con su peso, pero estaba demasiado exhausta como para reclamar o intentar moverme, mi orgasmo había sido por demás intenso reduciéndome a una masa temblorosa y jadeante.

—Te amo —dije minutos después, rompiendo el relajante silencio que nos envolvía. Tenía la cabeza apoyada en su pecho y él acariciaba mi espalda de forma distraída, suspiró y se pasó la mano en repetidas ocasiones por el cabello, alborotándolo más de lo que estaba.

—Bella, no quiero que pienses que si te traje aquí fue buscando que esto pasara, yo no...

—Lo sé —interrumpí su discurso, alzando el rostro lo suficiente para verlo a los ojos—. ¿Te arrepientes de haber hecho el amor conmigo?

—No, no podría arrepentirme —respondió sin titubeos y volví a acurrucarme entre sus brazos—. Es sólo que...

—Bien, entonces no digas más. —Le interrumpí comenzando a sentir una gran irritación—. Me haces sentir como la mala del cuento, que sedujo al pobre e inocente chico para robar su virtud —bostecé, sintiéndome somnolienta de pronto. Edward rió y besó el tope de mi cabeza.

—Anda mi chica mala, descansa que mañana tenemos que salir temprano.

—¿Por qué? —pregunté más dormida que despierta.

—Porque tengo que estar en mi trabajo a medio día.

—Pero es domingo —rebatí haciendo un esfuerzo por mantenerme despierta.

—Deja de refunfuñar y duerme, apena y puedes mantener los ojos abiertos —comentó con diversión y no pude rebatir a eso.

Continuará...


¡Hola! Aquí está el nuevo capítulo de esta historia y espero que les haya gustado. Muchas gracias por los alertas y favoritos, así como también a esas personitas que se toman un minutito de tiempo para dejarme un review, alegrándome el día y dándome un motivo para continuar.

¡Hasta el próximo capítulo!