Capítulo 11.
Educación Sexual.
..
—¡Esto es increíble! –La castaña colgó el teléfono, enfurecida – Me dijeron que ellos no vendían calzones de castidad.
—Las SexShops venden productos para acentuar la vida sexual, no para reprimirla – explicó Rose – Es normal que no haya de esas cosas ahí. Si quieres algo así, mejor vete al vaticano. Ahí encontrarías gente igual de exagerada que tú.
—Si escucharas todo lo que este patán me ha dicho, nada te resultaría exagerado.
—¿Patán?
—Sabía que necesitaría pruebas, así que grabé todo lo que me dijo –continuó Bella, mostrando su celular – Escuchen por sí mismos.
Todos guardaron silencio para cuando la grabación comenzó a reproducirse.
"Explícame lo que Emmett dijo hace tres segundos"
"Ya os dije que no sé a qué se refería…"
"¡Mientes! ¡Di la verdad, o el futuro de tu descendencia termina aquí mismo!"
"No serías capaz…"
"¿Quieres apostar? Llevé Introducción a la Zoología el semestre pasado y, en una ocasión, vi cómo el profesor castraba a un gato. No parecía ser muy complicado y no creo que haya mucha diferencia entre un animal y tú"
"Yo…" – el sonido de unas pisadas acercándose –"De acuerdo, os diré lo que quieras, pero mantén tu distancia"
"Sin mentiras"
"S-Sin mentiras" –la voz de Edward se escuchaba claramente asustada.
"Empieza entonces, ¿Cuántas novias has tenido?"
"Ninguna"
"¡Dijimos que sin mentiras!"
"¡Os estoy diciendo la verdad! Antes de conocer a la princesa Alice, jamás he estado comprometido"
"Pero te has acostado con un sinfín de ellas, ¿A qué no?"
"Sí…"
"¿Con cuántas?"
"¡¿Qué?"
"Responde" – autoridad.
"No es de hombres…"
"Me importa un pedazo de tortilla lo que es digno o no para tu moral. ¡Responde!"
"N-no lo sé" –pavor – "Quizás unas quince… o veinte… puede que sean más"
"¿Y después?"
"¿Después qué?"
"¿Qué haces con ellas?"
"Las visito seguido, cada vez que puedo y…"
"¿Y…?"
"Y recuerdo…""
"¿Quieres decir "Cada vez que te acuerdas de que existen"?"
"¡No! ¿Porqué todo lo tenéis que mal interpretar?"
"¿Será porque tú no haces más que hablar con monosílabos?"
"¡Las visito cada vez que recuerdo dónde viven! Voltarie es muy grande, y generalmente son doncellas que viven en cabañas ocultas en el bosque. Algunas son más fáciles de encontrar que otras. Tengo mala memoria, así que tampoco logro localizarlas por sus nombres…"
La grabación se detuvo.
—¿Ahora lo ven? –preguntó Bella, caminando en círculos por la pequeña sala –¡Este tipo es un Don Juan! –señaló con un dedo a Edward, que se encontraba sentado en medio – El peor que he conocido en mi vida.
—Mira que no acordarse ni siquiera de los nombres de las chicas que se ha llevado a la cama… - murmuró Rose, apenas y logrando extraer la dichosa película porno.
—No es como ustedes piensan – intentó defenderse el acusado – Princesa Alice –se dirigió a la pequeña, que no había dicho ni una sola palabra y recién se le había permitido mirar otra vez – He cambiado. Os prometo que mi amor por vos será eterno, limpio y fiel…
—¡Calla! – Bella le dio un garrotazo en la cabeza – ¡Vil mentiroso! Al menos, si piensas engañar a alguien, podrías utilizar una de tus dos neuronas y elegir palabras menos comunes.
—¡No intento engañar a nadie!
—¿Ah, no? Prometes amor cuando ni siquiera lo conoces…
—Aha –los ojos de Edward chispearon con ocurrente maldad – En cambio, me imagino que vos, Isabella, claro que sí lo conocéis, ¿verdad?
—Más te vale que cierres ese pico… – siseó la castaña, pero él no se dejó intimidar más. Si la señorita quería jugar, pues jugarían.
—¡Por Dios! –rió Rose –por la única cosa viva y del sexo opuesto por la que Bella podría llegar a sentir alguna clase de amor es por Jake.
—Yo no diría eso – continuó Edward, acomodándose regocijadamente sobre el sofá. Ahhh, no habían palabras para describir lo estupenda que era la visión de esa chiquilla parada ahí, tan pálida, muda y tiesa como una estatua – Isabella, ¿Porqué no nos mostráis el resto de la grabación?
—¿Aún hay más? – preguntó Emmett, con curiosidad.
—¡No! –contestó Bella, casi aplastando su celular con las manos – No hay nada más.
—Mientes.
La mirada que le dedicó a Edward sólo se podía resumir en dos palabras: ASESINATO ASEGURADO. Sí, ese maldito se las pagaría; pero ahora, había perdido. Una de sus pocas debilidades se hallaba a tres pasos y Edward lo sabía, pues la mofada sonrisa que le estiraba los labios apenas y le cabía en el rostro.
—Creo… creo que sí he exagerado un poco –se rindió –Supongo que debemos darle una oportunidad. Hay que dejar a los tortolos un momento a solas –agregó casi con desesperación. Lo único que quería era alejar a Jasper de ese bastardo chantajista.
..
—Princesa Alice… Entenderé si vos ya no deseáis ser mi esposa.
—Decidme una cosa, Mi Señor – pidió la pequeña – Si nos casamos, vos, ¿Pensáis serme infiel?
—Sinceramente… No lo sé.
—Entiendo – murmuró ella.
—Princesa…
—No os alarméis. En verdad, comprendo y agradezco vuestra franqueza. Lo hago, pues, compartimos el mismo problema: no podemos querernos más que como buenos amigos.
—¿Queréis desistir de esta locura? Respetare vuestra decisión.
—Es muy pronto para decidir –negó con la cabeza – Además, si el destino nos ha unido, ha sido por algo, ¿No creéis lo mismo?
—Tenéis razón –sonrió él y tomó sus manos – Pero, prometedme una cosa nada más. Si llegáis a encontrar a alguien que cautive vuestro corazón antes que yo, no dudéis en decírmelo.
—Lo prometo.
Edward se acercó para besar la mejilla de Alice. Era un beso fraternal, el mismo que incontables veces le había dado a su madre o a alguna de sus primas. Luego, se marchó, dejando a Alice sola en la sala.
La princesita se acomodó en el sofá cercano a la ventana y miró con detenimiento las gotas de lluvia resbalándose por el cristal.
—Alice
—Joven Jasper –volvió el rostro de inmediato
—¿Puedo? –preguntó él
—Sí, claro – se hizo a un lado para darle más espacio.
—Qué locura, ¿no? – suspiró el rubio, recorriendo con la mirada todo el desastre que invadía la sala — D -Discúlpame por cubrirte los ojos –descubrió que tartamudeaba un poco al hablar, así que carraspeó un poco para hacerlo mejor – Fue algo instintivo. Si te lastimé…
—Agradezco vuestra preocupación –sonrió Alice, tranquilizándolo –Pero… -agregó la muchacha, con expresión confundida.
—¿Qué sucede?
—Estoy intrigada por algo que no logré entender.
—Dime, quizás yo pueda ayudarte.
—Vuestra hermana me preguntó si yo era "virgen" –el rostro de Jasper adquirió una palidez fantasmal – ¿A qué se refería con eso?
Silencio. Jasper sabía que debía de responder algo, pero había quedado petrificado en el asiento. Se sentía estúpido, como nunca antes en su vida. ¡Por Dios! No era nada anormal, trataba de convencerse mentalmente. Era una pregunta común. Natural. Pero la inocente expresión de Alice hacía todo muy diferente. Tanto que, realmente, lo último que deseaba era que ésta desapareciera.
Y ahí estaba otra vez esa absurda paranoia. Como si enfrente tuviera a una niña de cinco años a punto de ser terriblemente corrompida por el morbo. ¡Caramba!, se sentía peor que un loco aficionado a la religión y lo puritano, de esos que juran y perjuran que el sexo por placer es malo. Sexo malo. Sexo malo…
—¿Joven Jasper?
—B-bu-bueno… - balbuceó, regresando a la Tierra – V-ve-verás, Alice… Rose te preguntó si… si tú… e-eras… v-vi-vir-virgen.
—Sí –asintió la pequeña, ajena al pronto colapso que estaba a punto de sufrir el pobre muchacho.
—Y no entendiste nada.
—Exacto.
… Otra vez, el maldito silencio. Los dos se miraban a los ojos. Ella, esperando paciente e inocente. Y él, a punto de sufrir un paro cardiaco. Finalmente, cuando supo que esto era una tarea imposible, Jasper se puso en pie.
—Espérame un momento –suplicó– Necesito ayuda.
Y vaya que sí. Caminó apresuradamente hacia la habitación de las muchachas y tocó antes de entrar.
—Rose, Bella –dijo al llegar –¿Podría pedirles un favor?
..
De algún modo, desde el principio había intuido que solicitar la ayuda de su hermana y de Bella no era algo que pudiera tener un resultado totalmente positivo. Pero suponía que, pese a todo, ese resultado iba a ser mucho mejor a lo que él y su patético tartamudeo pudieran ofrecer.
—Veamos, veamos. ¡Creo que esto servirá!
Ahora, sabía que había estado en un completo error. En uno fatal.
—Rose, por favor, no vayas a ser tan… explícita –suplicó, viendo con terror el frasco de perfume que la rubia tenía entre las manos.
—Jazz, me sorprendes. Nunca creí que tuvieras mentalidad de viejito.
—No es eso –en verdad que no era así. Por su vida que no. – Pero recuerda que Alice no sabe nada de esto. Ten cuidado, o la asustarás.
—Jasper tiene razón –asintió Bella, recordando la sesión de sexo que Rose le había impartido hacía cinco años.
Decir que había sido horrible era quedarse corto. Más que horrible, había sido traumático. Bella había pasado cerca de tres meses sin poder dejar de asociar cualquier objeto con genitales.
—Lo que sucede es que ustedes son un par de anticuados – se defendió la rubia, mientras abría el refrigerador y sacaba una papaya y la cortaba a la mitad.
—Oh, no…– musitó Bella.
—¿Qué cosa? – se alarmó Jasper
—El frasco de perfume y la papaya... Por experiencia, sé que no son una buena combinación. Creo que Alice no se recuperará de esto.
Sin esperar más, Jasper corrió y logró alcanzar a su hermana.
—¡Espera! – le impidió sentarse.
—¿Y ahora qué?
—Gracias. Lo he pensado bien y creo que yo soy el más indicado para resolver las dudas de Alice.
—¿En serio? –Rose alzó una ceja, incrédula – De acuerdo –acomodó la papaya y el frasco de perfume en la mesita del centro – Quiero ver qué tal lo haces.
—No necesito esto – los hizo a un lado y, tras suspirar profundamente para coger un poco de valor, miró a Alice. Enrojeció de nuevo, pero se obligó a controlarse y pensar en algo que fuera un buen y sutil ejemplo. Abejitas y flores. Algo trillado, pero al final de cuentas, lo más razonable que había en ese instante –Alice… Imagínate una flor.
—¿Una flor?
—Sí. Y una abejita, por favor.
—Ahora imagina que la flor eres tú y la abejita es Edward –ayudó Bella.
—Y que Edward quiere insertar su aguijoncito en tu capullito – agregó Rose.
Jasper se quiso morir. ¿De qué había servido ser tan precavido? Frasco de perfume y papaya. Abejita y florecita. ¡Había sido lo mismo! Con ese par a su lado, hiciera lo que hiciera, la inocencia de Alice iba a acabar hecha trizas.
—Si la abejita pica a la florecita – continuó Rose – La florecita ya no es virgen.
—Y si la florecita ya no es virgen, nadie, absolutamente nadie, la querrá –amenazó Bella, con voz sombría – Será una flor marchita, podrida, carente de valor…
—¿Porqué le dices eso? –interrumpió Rose.
—Precauciones – justificó la castaña, regresando a la normalidad – Según sé, en su mundo, las florecitas sólo pueden ser de una abejita.
—¡Pero ahora no estamos en el siglo XII!
—Entonces –resolvió Bella, con aire intelectual – Lo único que no debe permitir la florecita es que la abejita derrame polen en su pistilo…
—¿Pisti-qué? – pestañeó Alice.
—Déjame explicarte mejor – Rose agarró la papaya y el frasco de perfume. Jasper deseó que en ese momento hubiera algo que la detuviera. ¡Lo que fuera! Un terremoto, un atentado terrorista, un Tsunami, ¡Qué el cielo se apiadara de él, por favor! –Imagina que el perfume es la abejita – alzó la loción y comenzó a moverla como un avioncito en el aire – y la papaya es la florecita. Ahora, supongamos que la abejita está volando felizmente en un día. Zdddd. Y por causalidad se topa con la florecita. La abejita dice "Yo quiero ensartar mi aguijoncito en ese suculento capullito" y lo hace – DLASH. El impacto del perfume con la pulpa de la papaya provocó un sonido grotesco. Bella cerró los ojos. Ni loca volvía a cometer el mismo error de ver tal escalofriante escena que refrenaba el deseo sexual de cualquiera –Hasta aquí… todo va perfecto. Pero, lo que la abejita debe de evitar, por el momento, es tener Flobejitas.
— ¿Flobejitas?
—Son los hijitos entre una flor y una abejita.
—Entonces –dedujo Alice– Si el príncipe Edward es la abejita y yo soy la flor… Eso… Quiere decir…
—Exacto – sonrió Rose con victoria – Disfruta de todo el sexo que tú quieras, como quieras y cuando quieras. Pero evita quedar embarazada.
Sexo, sexo, sexo… La palabra prohibida.
¡PLOT!
—¡Jasper! – exclamaron las muchachas al encontrar al rubio postrado en el suelo.
..
Isabella Swan.
—¿Cómo está? – exigí saber en cuanto vi a Rose.
—Bien. Fue sólo un desmayo. Ahora está dormido.
—¿En serio? –quise asegurarme – Jasper jamás se había desmayado.
—Siempre hay una primera vez – tranquilizó mi amiga
—¿Porqué no entras a verlo? – ofreció aquella molesta, burlona e irritante voz. Me giré para exterminarlo con la mirada, pero el muy idiota se mostraba inmune ante mis amenazas.
—Tengo que estudiar – respondí. Y es que sí quería verlo, pero tampoco quería demostrar más preocupación de la necesaria. Ya muy expuesta me sentía con el terrible hecho de que ese bastardo supiera de mis secretos sentimientos por Jasper — Hasta mañana –me despedí sin decir más.
Esperé un par de minutos adentro de la habitación y me asomé discretamente para asegurarme de que Rose se hubiera metido a la ducha y Emmett siguiera embobado mirando la televisión. Me deslicé a la habitación contigua lo más sigilosamente posible, casi sorprendida por mi innata habilidad.
—Ahora sí, maldito chantajista – la entrada violenta que tenía en mente se vino abajo al encontrarlo sentado en la orilla de la cama y sonriendo ampliamente.
¿Cómo? Se suponía que no debería de ser así. Se suponía, él debería de estar escondido en algún rincón, temblando por su vida, intimidado por mí presencia. ¿Qué coño hacía entonces con esa expresión tan relajada? En lugar de un ser peligroso, me sentí como Topo Gigio cantando antes de irse a dormir.
—Isabella –dijo, con esa ridícula forma de hablar tan suya – Os estaba esperando.
—Tú…
—Shh, Shhhh, Shhhhhh... –interrumpió como quien le dice a un bebé que dejé de balbucear – Por favor, os pido que te apacigüéis. La violencia, no resuelve nada. Vamos a negociar.
—De acuerdo –accedí – Negociemos. ¿Qué quieres que te rompa primero? ¿La nariz o la hombría?
Obviamente, no estaba dispuesta a esperar por una respuesta. Tenía la mía y con eso bastaba. Tomé impulso y liberé una patada directamente a la parte más sensible de todo hombre, disfrutando de la agonizante imagen previa que mi imaginación ya había idealizado y la cual se desvaneció en cuanto un par de manos sujetaron mi tobillo.
—Esta vez no te salieron bien los cálculos, chiquilla – sentí la sangre abandonar mi rostro y caer pesadamente hasta mi estómago, mientras él sonreía despiadadamente y me obligaba a enroscar las manos detrás de la espalda.
—¿Cómo…? –musité, aún pasmada
—Aprendo rápido – explicó él – Y he memorizado cada uno de vuestros movimientos.
—No lo creo –le di un pisotón e intenté escapar, pero él fue más ágil y volvió a acorralarme.
—Cuidad vuestras acciones, Isabella – advirtió, mostrándome un pequeño y familiar aparatito negro – Te tengo en mis manos.
—Mi celular…
—Lo tomé prestado mientras vos te lamentabas por Jasper – lo abrió y apretó un par de teclas. Mi corazón se detuvo.
"…Eres una vergüenza. Si antes detestaba a los príncipes, ahora es peor. No sólo son cursis y afeminados; si no que también, resulta, son reales y unos malditos traidores"
"¿Afeminados? ¿Porqué afeminados?"
"Algunos usan medias y vestiditos"
"Se llaman tú-ni-cas"
"Da igual. Son afeminados"
"¿Porqué no mejor admitís que para vos no hay ningún otro hombre bueno que no sea Jasper?"
"No intentes cambiarme el tema"
"Vamos, no tiene caso el negarlo. Se nota a leguas que vos darías la vida por ese muchacho"
Un momento de silencio
"¡Ehhh!, os habéis ruborizado"
"No tiene nada de malo dar la vida por una persona que es madura, inteligente y amable…"
Fin de la grabación.
—¿Cómo coños has logrado usar tú un celular? –exigí saber.
—Leí el instructivo.
—¿Estuviste husmeado entre mis cosas?
—¡Eso qué importa! – su voz sonó desesperada, impaciente. Como si algo en sus planes estuviera fallando – ¿Qué esperáis para pedirme que no lo haga?
—¿Qué no hagas qué?
—¡Que no le diga a Jasper que vos estáis enamorada de él!
— Ni creas que te voy a rogar.
—Eres difícil –me arrastró cerca de la puerta – Me pregunto qué diría el resto si saben que para vos, la salvaje Isabella, existe alguien más que tu perro sarnoso.
—No serías capaz…
—¿Queréis apostar?...
—¡Ustedes! – apareció Rose, casi derrumbando la puerta – Otra vez están peleando, ¡¿No? Sólo les digo una cosa –nos apuntó con el dedo – ¡No quiero más muebles destrozados!
Palidecí al contemplar a Jasper detrás de mi amiga. También estaban Alice y Emmett. Pero quién más me importaba era él. ¿Hasta qué punto de nuestra conversación habían escuchado? En realidad, no parecía como si se hubieran enterado de la parte que realmente me preocupaba. Pero no por eso el peligro era menor. Miré mi reflejó en los ojos de Edward. Era la viva reencarnación del terror. Sabía que en ese momento, si él quería abrir la boca, lo podía hacer. Unas cuantas palabras serían suficientes.
—¿Saben qué? – brinqué ante la desquiciada voz de Rose – Me van a tener que disculpar, pero creo que ustedes necesitan esto –alistó rápidamente una mochila con una cobija y comenzó a empujarnos a la salida – Esta noche, no dormirán aquí.
—¡¿Qué? –jadeamos Edward y yo al unísono.
—Lo que han escuchado. Ha sido suficiente por hoy –señaló la televisión rota – Si todavía tienen asuntos que arreglar, ¡Háganlo afuera! – Y cerró la puerta frente a nuestras narices…
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Mis vacaciones siguen ^^. Pero esta vez creo que no he tardado tanto, ¿verdad? *-*
En fin, espero les haya gustado el capítulo xD.
