Hola hola aki sta lo nuevo jejeje espero todo haya kedado akarado jeje
recuerden de ke nada me pertenece
Capítulo 11
Le Havre era un lugar encantador. Sus pequeñas edificaciones encaladas y sus casitas de madera se arracinaban al pie de una alta colina. Las barcas pesqueras y los yates oscilaban plácidamente junto a los aseados muelles, a un lado del puerto. Intrépidas flores azules se abrían paso entre las grietas de las piedras del viejo malecón. Secándose al sol había trampas para langostas y redes extendidas. El aire de la mañana arrastraba un fuerte y extrañamente agradable olor a pescado.
A primera vista, Le Havre podía parecer una pequeña ciudad pesquera que subsistía por y para el mar, como tantas otras. Pero, cuando se rodeaba el puerto, los muelles se volvían más lujosos y los edificios más numerosos. Buques cargueros, cuya carga acarreaban decenas de hombres a través de largas pasarelas, flanqueaban un vapor de línea. Como casi todo en Cordina, Le Havre era mucho más de lo que parecía. Gracias a su ubicación y a la habilidad de sus gentes, era uno de los mejores puertos de escala del Mediterráneo. Y también era el centro de la base naval de Cordina.
Emmett condujo por las calles estrechas y sinuosas y atravesó una reja. Redujo la velocidad lo justo para que los guardias de la entrada lo reconocieran y le dedicaran saludos marciales. En aquella zona había bungalós pintados de un rosa desvaído que a Rosalie le recordó el interior de una venera. Palmeras y flores crecían con profusión, pero Rosalie reconoció enseguida la estructura y la disposición de una instalación militar. Momentos después, Emmett detuvo el coche frente a un edificio de fachada enlucida, custodiado por marinos vestidos de blanco.
—Durante las próximas horas —le susurró a Rosalie—, estaremos en misión oficial —extendió el brazo hacia el asiento de atrás y recogió su gorra. Mientras se la colocaba sobre el pelo desordenado por el viento, unos de los marinos le abrió la puerta del coche. Con los ojos ensombrecidos por la visera, Emmett devolvió los saludos. Sabía que el sedán ya se había detenido detrás de él, pero no miró hacia atrás al conducir a Rosalie al interior del edificio.
—Primero, hay que cumplir una serie de formalidades —le advirtió, colocándose la gorra bajo el brazo.
Las formalidades consistían en un grupo de oficiales, de almirante para abajo, y en sus respectivas esposas y agregados, que esperaban para saludar a su Alteza Real.
Rosalie saludó a aquellas personas y fingió no notar sus miradas curiosas. «No es el tipo del príncipe», parecían decir todas las miradas que se cruzaba. Y estaba completamente de acuerdo con ellas.
En honor a Rosalie, los invitaron a un té y a visitar el edificio. Rosalie fingió ignorarlo todo acerca de los equipos que le mostraban, hizo las preguntas que se esperaban de ella y escuchó con formalidad las respuestas simplificadas. Evidentemente, no podía decirles a aquellas personas que conocía los radares y los sistemas de comunicación tan bien como los técnicos que los manejaban. En caso de necesidad, habría podido utilizar aquellos equipos para contactar con la base del SSI en Londres o con el cuartes general de Aro en Atenas. Contempló las maquetas expuestas en vitrinas, escuchando con aparente fascinación a un almirante que le explicaba la diferencia entre un destructor y un portaaviones.
Más tarde, sin abandonar la pompa que requerían las circunstancias, los condujeron al exterior para aguardar la llegada a puerto del Indépendance. La banda, cuyos uniformes blancos refulgían al sol, comenzó a tocar una marcha en cuanto Emmett pisó el muelle. Una muchedumbre se agolpaba, gritando alegremente, tras el cordón de seguridad. Niños y bebés eran alzados en brazos para que pudieran ver al príncipe.
Rosalie contó una docena de escoltas mezclados con la multitud, además de los dos hombres que nunca se apartaban de los flancos de Emmett.
«Aro ya está fuera», pensó. «Todo supone un riesgo».
El destructor, de color gris oscuro, maniobró para atracar mientras la muchedumbre aplaudía y la banda seguía tocando. Los marinos que permanecían en el muelle estaban tan firmes como los que se alineaban en la cubierta del barco. Después de seis meses en el mar, el Indépendance al fin regresaba a casa.
La pasarela fue arriada solemnemente. Sonaron las sirenas. El capitán bajó a saludar a los oficiales y se inclinó ante el príncipe.
—Bienvenido a casa, capitán —Emmett le tendió la mano, y la multitud estalló en vítores otra vez.
Se leyó un discurso, como era de rigor en tales ocasiones. Rosalie aparentó que prestaba atención mientras escudriñara lentamente la multitud.
No la sorprendió verlo allí. Aquel hombre menudo, de hombros levemente caídos, permanecía al borde de la muchedumbre, agitando una banderita cordinesa. Con su rostro apacible y sus anodinas ropas de faena, nadie habría reparado en él, ni le recordaría. Era uno de los mejores hombres de Aro.
Ese día, nadie atentaría contra el príncipe Emmett, pensó Rosalie, pero sintió que los músculos de su cuello se tensaban. Su infiltración en palacio había sido unas de sus principales aportaciones a la organización que dirigía Aro. Sabía que, en ese momento, la gente de Aro no tenía orden de matar, sino de observar y mantenerse a la espera.
En cualquier caso, no ignoraba que a Aro le interesaba Jasper más que Emmett, y Carlisle más que Jasper. No se conformaría con el segundo en la línea al trono después de haber esperado tanto.
Aun así, Rosalie cerró con fuerza la mano sobre el asa de su bolso. Se movió solo unos centímetros. Lo suficiente para tapar a medias el cuerpo de Emmett.
¿Aquel hombre habría sido enviado para transmitirle un mensaje?, se preguntó. ¿O solo habían ordenado seguir al príncipe y observar? El instinto le decía que se trataba de la segunda posibilidad. Escudriñó de nuevo la multitud, fingiéndose distraída. Sus ojos se encontraron con los de aquel hombre solo un instante. Él la reconoció, pero no hizo ninguna señal. Rosalie dejó que su mirada siguiera vagando entre la multitud, sabiendo que volvería a encontrarse con él unos días después, en el museo.
La vistosa ceremonia, con su música militar y sus banderas, prosiguió con una visita al barco y la consabida revista de tropas. Rosalie caminaba junto a la mujer del almirante, mientras Emmett pasaba frente a la fila de oficiales y marineros. De vez en cuando el príncipe se detenía a hacerle algún comentario o alguna pregunta personal a alguno de los hombres. Rosalie notó que escuchaba atentamente las respuestas. Hasta un observador casual se habría dado cuenta de que Emmett inspiraba en los hombres a los que saludaba algo más que el respeto debido a su rango. Había en ellos afecto, un afecto fraternal y viril.
Rosalie estaba convencida de que Emmett estaba harto de ver barcos, pero aun así el príncipe recorrió el puente de mando, la zona de oficiales y las galerías mostrando una aparente fascinación. El barco estaba reluciente, recién fregado, sin rastro de herrumbre y ni un solo desconchón en la pintura.
Emmett cruzó rápidamente el buque y, sin embargo, no pareció apresurarse al atravesar la cubierta. Debía hacer las preguntas pertinentes y los cumplidos de rigor, pero también sabía que los marineros ya tenían listos sus macutos. Volvió a estrecharle la mano al capitán, sabiendo que aquel hombre tenía todo el derecho del mundo a sentirse orgulloso de su barco y de sus hombres. Cuando comenzó a bajar por la pasarela, los vítores se alzaron de nuevo. Emmett se preguntó si la gente gritaba por él o porque al fin las ceremonias se hubieran acabado y los hombres pudieran bajar a tierra.
El protocolo exigía que Emmett fuera escoltado de nuevo a través de los cuarteles. Fue entonces cuando Rosalie notó que estaba impaciente por marcharse. Sin embargo, Emmett siguió mostrándose encantador, estrechó unas manos, besó otras, y pronunció una última galantería. Pero cuando estuvo sentado tras el volante de su coche, soltó en voz baja una maldición.
—¿Disculpe, Alteza?
Emmett se limitó a darle una palmadita en la mano a Rosalie antes de encender el motor.
—Cuatro horas es mucho tiempo para estar de pie. Gracias por aguantar a mi lado.
—Al contrario, me ha parecido fascinante —nada le había parecido nunca tan maravilloso como sentir de nuevo el soplo del viento en la cara cuando el descapotable comenzó a ganar velocidad—. La visita al barco ha sido particularmente instructiva. Me ha parecido curioso que el cocinero tuviera enmarcada una receta de crêpes en la que la medida de harina estaba en quilos en vez de en tazas.
—Después de unos cuantos meses en el mar, la comida se convierte en una prioridad absoluta —Emmett la miró un instante, sorprendido porque Rosalie estuviera tan contenta de haber visitado un barco y asistido a varios pomposos discursos—. Si hubiera sabido que de veras te interesaba, no me habría dado tanta prisa.
—Supongo que para ti es todo rutinario y un tanto aburrido.
—Lo cierto es que estaba pensando en los hombres. Lo que de verdad querían era bajar a tierra y abrazar a sus esposas o a sus amantes... o a ambas —giró la cabeza hacia ella, sonriendo—. No puedes imaginarte lo que es pasar cuatro meses en alta mar cuando la única mujer a la que ves es un desplegable a todo color con manchas de grapas por medio.
Rosalie sintió que sus labios se curvaban levemente, pero logró contener la sonrisa.
—No, creo que no puedo imaginármelo. Pero creo que a ti te gusta estar en alta mar, Emmett. Lo he notado por la forma en que hablabas con esos hombres y mirabas el barco.
Él guardó silencio un momento, agradablemente sorprendido porque Rosalie hubiera comprendido tan rápidamente la nostalgia que le producía el recuerdo de aquellos años.
—Cuando servía en la Marina, era un oficial más que un príncipe. No puedo decir que lleve el mar en la sangre como el capitán Dumont, pero nunca olvidaré aquellos tiempos.
¿Qué es lo que más añoras? —preguntó ella casi sin darse cuenta.
—Ver el sol alzarse sobre el mar, escapar de una tormenta... Dios mío, una vez atravesamos una terrible cerca de Creta. Las olas eran murallas de veinte metros de alto. El viento era como la ira de Dios, tan atronador que uno podía gritarle al oído a un compañero y no se le oía. No se veía el cielo. Solo el agua. Murallas y murallas de agua. Una experiencia como esa te cambia para siempre.
—¿En qué sentido?
—Hace que te des cuenta de que, seas quien seas, hay algo más grande, mucho más grande que tú. La naturaleza es un poderoso igualador, Rosalie. Mira el mar —señaló con una mano hacia el mar mientras con la otra giraba el volante para tomar una curva—. En calma, es de una belleza casi imposible. Un huracán no lo hace menos hermoso, pero sí mucho más peligroso.
—Da la impresión de que sientes inclinación por el peligro —ella era capaz de comprender aquella inclinación, quizá demasiado bien.
—Solo a veces. El peligro resulta a menudo seductor.
Rosalie no podía objetar nada al respecto. Conocía la seducción del peligro desde hacía años.
Emmett detuvo el coche, haciendo una breve señal al coche que iba tras ellos.
Espero sus reviews
byee
