Candy se sentía algo mejor cuando se terminó la tetera de Earl Grey y tras comerse un par de galletas para asentar el estómago tras el vuelo en helicóptero. De hecho, se sentía tan bien que debió de quedarse dormida durante un rato, porque lo siguiente fue que Parker había regresado con la bandeja de la comida. Pero el malestar reapareció después de que se comiera el plato de pasta y la fruta y se adentrara en el dormitorio que Terry había dicho que sería suyo durante su estancia. Era una habitación dominada por una cama enorme con dosel y cortinas doradas con el mismo estampado que las sillas y las cortinas de las ventanas, que daban a un jardín muy bien cuidado en la parte trasera de la casa.
Era una habitación preciosa. La alfombra dorada era gruesa, las paredes estaban empapeladas con seda en color crema y los muebles eran de la época de Regencia, al igual que en Mulberry Hall. El baño, igualmente lujoso, era de mármol dorado y crema, con apliques de oro y varias toallas calentándose en la repisa junto a la bañera, ligeramente hundida. Era todo muy bonito… y totalmente inapropiado para alguien que, al fin y al cabo, era sólo una empleada.
Candy dejó su maleta sin deshacer en una de las sillas y salió inmediatamente del dormitorio. En cuanto Terry regresara de visitar a su madre, tendría que decirle que no podía quedarse allí. Que si realmente hablaba en serio sobre querer su ayuda profesional, entonces preferiría regresar a su apartamento y simplemente visitarlo allí cada día.
Mientras tanto, pasar el rato hablando con Annie le pareció una idea excelente.
–¿Terry Baker ha intentado seducirte? –preguntó Annie ávidamente en cuanto le pasaron la llamada de Candy.
–No seas ridícula, Annie.
–¡Tenía tantas esperanzas!
–¿Esperanzas de qué? –preguntó Candy.
–De que dejases de vivir como una monja.
–Según Susana Marlowe, no llevo una vida de monja.
–¡No es más que una mujer vengativa!
–¿Cómo van las cosas con el caso del divorcio?
–Me temo que no hay nada nuevo –respondió su hermana. Susana Marlowe sigue insistiendo en que tuviste una aventura con su marido, y Neal Leagan no hace nada para ayudar. Me temo que podría complicarse mucho, Candy.
Justo lo que Candy estaba intentando evitar.
–Tal vez si nos reuniéramos todos y hablásemos de ello.
–No es una buena idea –le dijo Annie–. Aunque estuvieran los tres abogados representando a sus clientes, probablemente acabaría en una discusión violenta.
Candy ya lo imaginaba. Pero no sabía qué más podía hacer para convencer a Susana Marlowe de que estaba inventándose su aventura con su marido. Era complicado por el hecho de que Candy estaba convencida de que la falta de colaboración de Neal Leagan se debía a que tenía una aventura con otra mujer, y preferiría que enturbiasen el nombre de ella antes que el de su verdadera amante.
–Simplemente haz lo posible por mantener mi nombre fuera de esto, Annie –dijo Candy.
–Y tú intenta decirme algo más interesante la próxima vez que me llames –le dijo su hermana.
–Y por «interesante» imagino que te refieres a «sexual».
–Estás con Terry Baker, hermanita. ¡El hombre con el que has fantaseado durante años!
El hombre con el que seguía fantaseando, pensó Candy.
–No es como me había imaginado que sería –era mucho más de lo que había esperado, admitió para sí misma.
–¿En qué sentido? –preguntó Annie–. Espero que no estés juzgándolo por no comportarse como una estrella de cine y sí como un hombre que se cayó desde lo alto de un edificio hace seis meses. Porque, si es así, he decirte que efectivamente se cayó de un edifico hace seis meses.
–No, no le juzgo por eso –contestó Candy–. ¿Sabes esas entrevistas que concede en las que dice que el divorcio de sus padres es la razón por la que nunca se ha casado?
–Sí.
–Bueno, pues habla en serio. Lo que significa que…
–Que no le haría gracia descubrir que la fisioterapeuta que su hermano ha contratado está metida hasta el cuello en el divorcio de otra pareja –concluyó Annie con su habitual franqueza.
Sobre todo teniendo en cuenta lo que habían hecho juntos la noche anterior, pensó Candy.
–Tal vez debería intentar hablar con Neal de nuevo.
–No, yo lo intentaré –insistió su hermana–. Ese hombre oculta algo, o más bien a alguien, y parece muy contento de que tú te lleves todas las críticas.
Sí, Candy también lo creía. Si aquel hombre no fuera tan detestable, entonces tal vez podrían haberlo convencido para que dijese la verdad. Sin embargo…
–Llama a Neal y pregúntale si querría hablar conmigo –dijo Candy.
–Lo hará –contestó su hermana antes de colgar.
–¿Te importa explicarme quién es Neal?
Candy dio un respingo, se dio la vuelta y vio que Terry había regresado a la sala y estaba de pie junto a la puerta, mirándola con los párpados entornados.
–¿No te han dicho que es de mala educación escuchar las conversaciones telefónicas de otras personas?
–Si me lo han dicho, obviamente lo he olvidado –contestó él mientras entraba.
Las horas que había pasado convenciendo a su madre de que estaba prácticamente recuperado habían sido tan duras como Terry había imaginado. Tanto que en aquel momento se encontraba exhausto. Había regresado a su suite con la esperanza de descansar antes de tener que representar el papel nuevamente durante la cena. No le hacía gracia regresar y oír el final de la conversación de Candy en referencia a un hombre llamado Neal con el que necesitaba hablar desesperadamente.
–¿Y bien? –preguntó.
–No creo que esto tenga nada que ver contigo.
–Me dijiste que no estabas con nadie –le recordó él.
–Te dije que no estaba casada ni prometida. Y es la verdad.
–Pero obviamente estás con alguien. ¡O al menos lo estabas!
–¿Te encuentras bien, Terry? –preguntó Candy al ver lo pálido que estaba.
–¿Te parece que estoy bien? –preguntó él mientras se tambaleaba de un lado a otro.
–No. Tienes que tomarte un analgésico y tumbarte hasta que te haga efecto. Te ayudaré a ir a tu dormitorio.
–¡No necesito ayuda!
Candy se estremeció ante la vehemencia de sus palabras.
–Obviamente necesitas irte a la cama.
–¿Eso es una invitación, Candy? Si lo es, entonces debería advertirte que no tengo fuerzas para hacerte el amor en este momento, y tampoco estoy de humor.
–¡Ya basta, Terrence!
Candy se dio la vuelta y vio a William Grandchester de pie en la puerta, con rostro de desaprobación mientras miraba a su hermano pequeño.
El hecho de que aquella mirada crítica no fuese dirigida a ella no hizo que Candy se sintiera mejor; las palabras de Terry habían dejado claro que le había hecho el amor el día anterior.
Sintió las lágrimas de vergüenza acumulándose en sus ojos.
–Si me disculpáis –dijo antes de correr al dormitorio en el que aún no le había dicho a Terry que no pensaba dormir; ni ésa ni ninguna otra noche.
–Bueno, eso ha sido bastante grosero incluso para ti –dijo William mientras cerraba la puerta tras él.
–No recuerdo haberte pedido opinión sobre mi comportamiento, William –murmuró Terry.
–Tu voz se oía por todo el pasillo –respondió su hermano.
–¡Qué sorpresa!
–¿Exactamente cuál es tu relación con Candice White?
–Fuiste tú quien la contrató –Terry se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia su dormitorio.
–No te he preguntado eso.
–¡Es lo único que vas a obtener! –respondió Terry, más dolorido a cada paso.
–¿Te has ido a la cama con ella?
Terry se detuvo y se dio la vuelta lentamente para mirar a su hermano mayor.
–Métete en tus asuntos.
–Interpretaré eso como un sí –murmuró William.
–Puedes interpretarlo como te dé la gana.
–Oh, créeme, lo haré.
–Desde luego –dijo Terry con desprecio.
Su hermano le dirigió una mirada arrogante.
–Dejando eso a un lado, creo que le debes una disculpa a la señorita White.
–¡Ni hablar!
–Te habías propuesto insultarla deliberadamente –William le obsequió con una de sus miradas de superioridad.
Terry sabía perfectamente lo que había hecho. Pero no estaba seguro de por qué lo había hecho… ¿Qué más daba que Candy estuviera detrás de un hombre llamado Neal con el que había estado saliendo antes de que ellos dos se conocieran?
–Dime una cosa, William. Cuando decidiste contratarla, ¿investigaste su pasado como tienes por costumbre?
–Candice White la primera de su promoción.
–Me refería a su pasado personal –dijo Terry.
–No creo que su vida personal sea asunto mío. Y tampoco debería ser asunto tuyo si tu falta de interés por ella es genuina.
No, no debería, pensó Terry. Pero la noche anterior había hecho que fuera tan…
Había creído que Candice era diferente. Había esperado que lo fuera. Pero todo el tiempo que había pasado entre sus brazos había estado anhelando a alguien llamado Neal.
–Por si no te has dado cuenta, Candice White estaba llorando cuando ha salido corriendo de aquí –dijo William.
–Me he dado cuenta –admitió Terry–. Pero tenemos cosas más importantes de las que preocuparnos que los sentimientos heridos de Candice, ¿recuerdas?
–Vayamos de uno en uno con los problemas –insistió William–. Tu primera prioridad es disculparte con la señorita White.
–¿Por decir la verdad?
Su hermano parecía implacable.
–Yo no la he oído llamarte canalla cruel y sin corazón, pero de momento ésa también es la verdad.
Terry apretó los labios.
–Obviamente Candice es mucho más moderada que yo. Ahora, si no te importa, tengo que ir a tumbarme antes de caerme al suelo.
No esperó a que su hermano respondiera, simplemente recorrió el resto del camino hasta su dormitorio y cerró de un portazo antes de tirarse sobre la cama con un suspiro de alivio. Las horas que había pasado con su madre habían acabado con sus fuerzas. Y la conversación con Candice más aún. ¿Le debía una disculpa? Su vida privada era asunto suyo. Unos pocos besos, o algo más que eso, no le daban derecho a Terry a saber de todos los hombres con los que ella se había acostado. William tenía razón; sí le debía a Candy una disculpa.
–Lo siento.
Candy giró la cabeza sobre la almohada y miró hacia la puerta, donde se encontraba Terry. Estaba apoyado sobre su bastón con una mano y contra el quicio de la puerta con la otra. Se balanceaba ligeramente.
–Deberías estar en la cama –dijo ella mientras se incorporaba.
–Sinceramente no creo que pueda regresar a mi dormitorio –admitió Terry mientras cojeaba por la habitación hasta sentarse sobre la cama–. No creo que me quede energía para tumbarme, y mucho menos para caminar.
Candy estaba bastante segura de ello; tenía las mejillas hundidas, los ojos oscurecidos por el dolor y los labios apretados con determinación. La misma determinación que le había permitido ir hasta su dormitorio.
Se levantó rápidamente para ir a su lado.
–¿Vas a dejar que te ayude esta vez? –tenía miedo de tocarlo después del modo en que había reaccionado antes.
–Si no lo haces, probablemente me deslice hasta el suelo antes de desmayarme.
Candy negó con la cabeza, mientras le quitaba el bastón y los zapatos. Después lo ayudó a recostarse sobre las almohadas y a ponerle las piernas sobre la colcha.
–No deberías haberte esforzado en venir hasta aquí.
–Parece que William cree que te debo una disculpa.
Candy se quedó quieta.
–¿Y tú lo crees?
–Antes me he pasado de la raya –murmuró Terry al ver que Candy evitaba mirarlo.
–Sí –convino ella–. Y dado que no tengo intención de explicarte quién es Neal, creo que lo mejor sería que volviese a mi apartamento y te recomendara a alguien para que se hiciera cargo de tu terapia.
–William asegura que eres la mejor –dijo él.
–Aun así…
–También me ha dicho que tu vida privada no es asunto nuestro.
–Tu hermano es muy… dogmático –comentó Candy.
–Pero normalmente tiene razón.
–Puede ser –Candy asintió sin estar segura de si se sentía aliviada o decepcionada por que Terry sintiera lo mismo que William. Si hubiera seguido preguntándole quién era Neal, probablemente significaría que estaba verdaderamente interesado en ella. Sin embargo, obviamente había decidido, guiado por el consejo de su hermano, que su vida privada no era asunto suyo. Necesitaban un cambio de tema.
–¿Qué tal estaba tu madre?
–Tan radiante y positiva como de costumbre –contestó Terry–. Menudo espectáculo hemos montado. Mi madre fingiendo que sólo ha venido de compras y yo fingiendo que todo va bien con mi recuperación.
Candy aún tenía que conocer a Eleanor Grandchester, pero no le cabía duda de que le caería bien; tenía que ser especial para que los tres hermanos la adorasen como lo hacían. Y también dudaba que, estando tan apegada a sus hijos, Eleanor se hubiera dejado engañar por el aparente bienestar de Terry.
–No deberías haber intentado caminar sin tu bastón –le reprendió Candy nuevamente cuando Terry gimió de dolor al intentar colocar la pierna en una posición más cómoda.
–Nunca me había dolido tanto –dijo Terry–. Los músculos de la pierna deben de haberse agarrotado por completo.
Candy se sentó en la cama y deslizó las manos suavemente por la pierna derecha de Terry para palpar sus músculos.
–Tal vez un analgésico te serviría para relajar los músculos.
–No –contestó él.
Candy se mordió el labio inferior.
–Podría aliviarte parte de la tensión con un masaje. Pero será doloroso.
–No puede ser peor de lo que ya es –murmuró Terry con los dientes apretados.
–Será mejor si te quito los pantalones.
–¿Estás intentando verme desnudo, Candy?
–¡Creo haber dicho tus pantalones, no toda tu ropa!
–Adelante –dijo él, y se quedó mirando rígidamente el dosel, sabiendo que la intensidad del dolor era culpa suya por haber intentado prescindir del bastón un par de horas–. No estoy en condiciones de impedírtelo –añadió con cierta amargura.
Candy intentó mantener una apariencia profesional mientras le desabrochaba los pantalones, antes de bajárselos por los muslos y dejar al descubierto sus boxers negros. Por dentro, sin embargo, estaba nerviosa, y más cuando le rozó ligeramente con los dedos el abdomen y las piernas antes de bajarle los pantalones del todo y obligarse a mirarle las piernas.
Su pierna izquierda era fuerte y musculosa, cubierta por una fina capa de vello y ligeramente bronceada, pero la derecha mostraba las cicatrices blancas de las operaciones a las que se había sometido en los últimos seis meses, y los músculos del muslo estaban visiblemente agarrotados bajo la piel. Candy se estremeció al pensar en el dolor que Terry experimentaría cuando intentara masajearle esos músculos sin la ayuda de los analgésicos.
–Tal vez deberías beberte un par de copas de vino antes de que empiece.
–Hazlo, Candice –la alentó Terry, que obviamente había adivinado el motivo de su reticencia.
Candy tomó aliento y se recordó a sí misma que era una profesional. Que debía olvidar que había compartido intimidad con aquel hombre y hacer el trabajo para el que William Granchester la había contratado.
Terry cerró los ojos y apretó los dientes al sentir los dedos de Candy en el muslo. Con los ojos cerrados y los dientes apretados se concentró en no gritar cuando ella empezó a masajearle los músculos. Una y otra vez. Hasta que al fin comenzó a sentir que la tensión disminuía, y que el resto de su cuerpo también se relajaba mientras el dolor se calmaba.
–Es magia –murmuró minutos más tarde, al descubrir que podía recostarse sobre la colcha.
–Es práctica –explicó Candy.
Ahora que el dolor había disminuido un poco, Terry pudo mirar a Candy mientras ella seguía masajeándole el muslo. Y vio que tenía las mejillas sonrojadas por el ejercicio. También la punta de su lengua asomaba entre sus labios y varios mechones de pelo habían escapado de su trenza.
–Creo que ya puedes parar.
Candy le dirigió una mirada asustada, pues estaba tan concentrada en calmarle el dolor que no se había dado cuenta de que el dolor ya había parado y que Terry tenía la atención puesta en ella.
Dejó de masajearle el muslo y se sentó de golpe.
–Ahora podrás dormir.
–Ésa es mi intención –dijo Terry–. ¿Quieres dormir conmigo? –extendió la mano a modo de invitación.
Una invitación que Candy no aceptó.
Terry sabía que su comportamiento de antes había estado fuera de lugar. Que las cosas entre ellos en Mulberry Hall habían ocurrido tan deprisa que no había habido oportunidad real de hablar de relaciones pasadas o presentes.
Tal vez Candy aún sintiera algo por alguien que había conocido en el pasado, pero eso no le había impedido responder ante él.
–Por favor –insistió Terry.
Candy no sabía en qué había estado pensando Terry durante los últimos minutos de silencio, pero tras su conversación de antes, no hacía falta una gran imaginación para adivinar de qué se trataba. Ni para saber que Jordan se había hecho una idea equivocada de su relación con Neal Leagan. Quería decírselo, pero sabía que la verdad resultaría menos aceptable para él.
–Te prometo que seré bueno –añadió Terry.
Candy se carcajeó.
–¿Este truco suele funcionarte? –preguntó.
–¿Para adular a las madres y a las fisioterapeutas? ¡Espero que sí!
–Eres imposible.
–¿Pero encantador? –volvió a ofrecerle la mano. Tras una breve pausa, Candy le dio la mano y se tumbó a su lado en la cama. Candy se puso de medio lado y la estrechó entre sus brazos.
Unos pocos minutos en el paraíso no podían ser malos, se dijo Candy a sí misma.
Sólo unos pocos minutos.
Notas
Queridas amigas les dejo estos 2 capítulos como regalito de pascua, ya empezamos la cuenta regresiva para el final de esta adaptación, nos quedan 3 capítulos para terminar esta adaptación y empezar la historia de William Grandchester.
