Corazón Salvaje
XI
Al día siguiente Prim despertó a media mañana, por fin había logrado dormir como Dios manda, sin embargo, le resultó extraño no encontrar a la mojigata de su hermana ni a su madre en la sala ni en el comedor, por lo que entra en la cocina y Clove le informa que ninguna se había levantado aun, entonces, tratando de reparar de alguna manera la pequeña indiscreción de la noche anterior, se dirige a la alcoba de su hermana, de seguro Katniss estaría haciendo sus oraciones de las mañanas.
—Katniss, Katniss… ¿Puedo entrar? —Cuestiona al tiempo que abre la puerta, notando que su hermana en efecto permanecía en la cama, pálida, con la frente perlada de un sudor frio y temblando. — Katniss… ¿Katniss qué tienes? —Se asusta la chica, el estado de su hermana la inquietaba, pues además jadeaba y murmuraba en medio de un sueño al parecer muy desafortunado— ¡Jesús! ¡Mamá! ¡Mamá! ¡Mamita! ¡Ven pronto!
Katherine se molestó de inmediato, ante los gritos de su hija menor, quien siempre reaccionaba con aquellas exageraciones al avistar una araña o algún otro insecto, pero al descubrir que aquella alharaca se debía a su pequeña Katniss, se consterna y envía de inmediato a Clove en busca del médico.
Desde que Sophie supo de las intenciones de su hijo respecto a aquel malnacido de Gale del Diablo, se había empecinado en hacerle cambiar de parecer. No perdía ocasión para sugestionarle, para pedirle, para suplicarle que cesara en aquella locura. Pero se impacientaba al notar que sus esfuerzos no rendían frutos. Nada parecía funcionar, Peeta estaba convencido, así que ahora recurría a las discusiones, de alguna manera tenía que abrirle los ojos su idealista vástago.
—Quiero hacerlo mamá, por favor no intentes hacerme cambiar de parecer —replicaba el muchacho aquella mañana mientras el desayuno les era servido.
—¡Es que no entiendo por qué tienes que ser tan necio! —reiteró Sophie, ya bastante mortificada, mirando hacia el techo como en una súplica. Y en realidad suplicaba la dama, pedía paciencia y temple para encontrar la manera de convencer al hijo como alguna vez había logrado manipular al padre.
—No es necedad, es un deber —declaró Peeta con vehemencia, plenamente convencido de que la razón estaba de su lado—. Se lo prometí a mi padre en su lecho de muerte y quiero cumplir.
—¿Para qué? Ese hombre no tiene remedio es un delincuente, un malhechor. Si te involucras con él te vas a arrepentir.
—Correré el riesgo —puntualiza el joven levantándose del asiento que preside la mesa del suntuoso comedor, sin apenas probar bocado, su madre apenas puede dar crédito al comportamiento grosero que exhibe, pero, incluso ante aquella evidente declaración de sus intenciones, ella no logra refrenar su lengua.
—¿Y dónde lo vas a buscar? ¿En las tabernas del puerto o en los burdeles?
—Si es tan conocido como dices cualquiera me podrá informar —replica el chico con el mismo tono despectivo que ha usado su madre.
—¿Y vas a atreverte a andar por ahí preguntando? —Exclama, ahora escandalizada.
—No te preocupes —le calma él, serenándose también a sí mismo—, debo visitar a Don Noel Undersee y de seguro él sabrá algo…
—Por favor hijo, no tiene caso —suplica, levantándose y haciendo ademán de detenerlo—. No es decente que te mezcles con esa gentuza.
—Nos vemos, mamá —Se despide Peeta, colocándose el sombrero, dispuesto a salir de aquella casa de inmediato, antes de hacerle alguna grosería a su insistente madre.
Aquella mañana Gale y Tresh hacían el recuento de lo que aún quedaba en la bodega del Satán, aparte de algunas barricas de vino y unas pocas telas, ya habían vendido la mayor parte de la carga que trajeron de sus viajes por las islas al sur del continente. Tras su encuentro con Prim, el humor del capitán era notablemente más relajado, sin embargo, aún estaba preocupado por Annie, sabía que la muchacha no se tomaría nada bien lo que pretendía, menos aún después de haber visto a Prim aquel día y haber prácticamente adivinado lo que él tenía con la joven condesita Everdeen. Realmente Annie parecía cortada por el mismo patrón que él, pero había tenido la desdicha de ser mujer, cuando se es un pobre huérfano es preferible ser hombre, las mujeres siempre llevaban las de perder. Antes de continuar por aquellos derroteros le preguntó a su segundo:
—¿Le dijiste a Annie que al rato pasaré por ella?
—Sí. Y se puso muy brava cuando le dije que la ibas a llevar a la casa del licenciado—le comenta Tresh con una sonrisa traviesa—. Dice que te quieres deshacer de ella porque tienes a otra. ¿El collar que compraste, era para esa mujer? —Inquiere al final con curiosidad.
—Sí —repone Gale, sin agregar más nada. A pesar de los años de amistad y de que sin dudar le confiaría la vida al joven con quien hablaba, en su filosofía de vida no entraba el rendir explicaciones a nadie. Él había aprendido, a las malas, a valerse por sí mismo, haciendo oídos sordos a cualquier opinión que él mismo no solicitara.
—Nunca habías dado un obsequio tan caro.
—Valió la pena— señala recordando aquellos dulces besos agradecidos y la visión de su piel perfumada entre los pliegues de sus sábanas.
—¿No me digas que te estás enamorando?
—Tal vez —responde Gale, con una media sonrisa.
Al llegar a su despacho, Noel Undersee se sorprende al encontrar a un joven aguardándole, de seguro Tabby, su anciana ama de llaves le habría permitido entrar a esperarle; a todas luces era un hombre adinerado, las finas ropas de lino claro, la empuñadura de plata del bastón e incluso su porte aristocrático lo corroboraban, de seguro la mujer no quiso hacerle ningún desaire.
—Buenos días, ¿me estaba esperando a mí?
—Don Noel, ¿no me reconoce? Soy Peeta Mellark.
—¡Peeta! ¿Pero eres tú realmente? —exclama Noel Undersee acercándose, sustituida la curiosidad por verdadera alegría y entusiasmo—. ¡Que grata sorpresa! Déjame abrazarte, hijo mío. ¡Cómo has cambiado! Eres un real mozo, caramba. Bastante parecido a tu señora madre, pero con todo el aire y la estampa de los Mellark. Dichoso el que no desmiente la casta... ¡Esto hay que celebrarlo! Tomemos algo. ¿Qué te apetece? ¿Brandy? ¿Coñac?
—Lo que usted quiera, Don Noel —repone Peeta, conmovido por la sincera bienvenida de aquel viejo amigo de su padre.
—¡Qué bien luces, Peeta! A mí me encontrarás viejo, acabado... Y, además, pobre. Mi carrera es como la política: medran poco en ella los hombres honrados, y yo no he podido curarme de esa enfermedad hereditaria. Honrado fue mi abuelo, honrado fue mi padre, y si yo hubiera tenido un hijo, estoy seguro de que sería más estricto y más pobre que yo, lo cual es casi, casi, imposible —dice riendo jovialmente el hombre mayor.
—Si su mal no es más que ése, pronto vamos a remediarlo. Tengo mucho trabajo para usted —ofrece Peeta, afectuoso y magnánimo.
—¿Qué? ¿Cómo? Espero que no andes envuelto en un enredo de papeles —se alarma Noel.
—No ando envuelto en nada, pero tengo muchas cosas que arreglar en Campo Real, y tengo la esperanza de que usted puede ayudarme.
—Cuenta conmigo siempre y a cualquier hora.
—Acaba de demostrármelo y, además, ya me lo decía el corazón. Por algo llamé con tanta confianza a las puertas de su casa. La verdad es que apenas ayer he llegado a Saint Peter, he pasado estos días en Campo Real al lado de mi madre.
—¿Y cómo está la señora Mellark? —se interesa, siempre atento, el viejo notario.
—Con sus eternos achaques, pero mejor que nunca, me parece.
Complacido el anciano levanta su copa:
—Por ti, muchacho. Por tu feliz regreso a estas tierras.
—¡Salud! Don Noel, por usted. Pronto notará usted que, como todos los Mellark, me gusta ir al grano, pero antes de entrar en materia más complicada, necesito de sus labios una información clara, fidedigna e imparcial.
—Si está a mi alcance ayudarte, con todo gusto. ¿Qué información requieres...?
—Estoy seguro que no ha olvidado a ese muchacho: Gale. Usted mismo lo llevó a la hacienda, mi madre dice que aún se hace llamar Gale del Diablo y que es un delincuente.
—¿Para qué quieres saber de Gale? —Inquiere ahora un tanto preocupado.
—Don Noel, antes de morir mi padre me pidió que lo cuidara, que no lo desamparara nunca, por desgracia yo era muy chico, mi madre me metió a un colegio en el extranjero, y luego hice mis estudios superiores y el servicio militar... pero ahora que he vuelto quisiera cumplir.
—¿Y Doña Sophie está de acuerdo con eso? —Cuestiona con suspicacia el hombre mayor.
—No —responde prontamente y con franqueza el joven—. Pero ya soy suficientemente mayor para tomar mis propias decisiones.
—Bueno, Gale no es precisamente el tipo de hombre que necesite ser protegido, él se basta a sí mismo.
—Pero si está en un mal camino, yo podría ayudarle a convertirse en una persona de bien —Alega, aunque luego cobra consciencia de la expresión de Noel, mezcla de curiosidad y escepticismo y cuestiona: —¿Qué pasa?
—No es fácil para mí explicarte o para ti entender, Peeta. Tú eres hijo de una familia rica, has tenido una vida acomodada, pacífica, fácil. Mientras que Gale ha crecido en los arrabales, solo, teniendo que defenderse con uñas y dientes.
—¿Entonces es cierto lo que me ha dicho mi madre?
—¿Que es rudo, audaz, y se dedica a negocios poco limpios? Sí. Pero también es cierto que es noble, generoso, muy querido por los pobres. Los defiende, los protege, les da de comer… —declara con vehemencia.
—Eso habla bien de él, tal vez nunca se ha topado con alguien que le tienda la mano. Pero yo podría ofrecerle un empleo digno. En Campo Real o aquí en el pueblo...
—Dudo mucho que acepte tu proposición. No lo conoces, Gale es dueño de su vida, está acostumbrado a mandar, no a obedecer.
—De todos modos, quiero intentarlo —Insiste.
—No te lo aconsejo.
—¿Por qué?
—Porque Gale es un rebelde antigobierno y no tiene buena opinión de los de tu clase.
—Pero fuimos amigos, él no puede olvidar eso. ¿Dónde puedo encontrarlo? ¿Qué lugares frecuenta? Le advierto Don Noel que soy muy terco y si usted no me lo dice lo averiguaré en otro lado.
El notario lo ve, resignado, sabe de primera mano que no hay manera de convencer a un Mellark empecinado, por cuanto cede, dándole las señas que necesita, y que sea lo que Dios quiera.
El médico ha evaluado a Katniss, sin hallar una causa precisa que dé cuenta de su delicada condición, la joven luce vulnerable y débil, por lo que le receta un tónico y se dispone a marcharse tras darle todas las recomendaciones del caso a la señora Everdeen, la cual con prestancia transmite las órdenes a Clove, aprovechando de enviarla al convento a avisar a las religiosas de la enfermedad de Katniss y su imposibilidad de regresar aquel día.
—¿Qué dijo el médico? ¿Qué tiene?—Inquiere Prim con curiosidad.
—No lo sabe —suspira preocupada—. Nunca debí permitir esa locura de entrar al convento, esa es una vida demasiado dura para ella, pero en cuanto se alivie voy a insistir y no permitiré que regrese.
Al poco rato Prim se sobresalta al escuchar que tocan la puerta. La mujer mayor, que aplicaba compresas tibias en la frente de Katniss, le pide a su hija que, dada la ausencia de Clove, acuda a abrir la puerta. Primrose le obedece algo mosqueada pero, al notar que el visitante es su prometido, su actitud cambia de inmediato.
—¿Peeta? No pensé que vinieras tan pronto.
—¿Por qué? ¿Ya te arrepentiste? ¿No quieres verme? — Le pregunta evidentemente preocupado.
—Disculpa, no sé bien ni lo que digo —se corrige de inmediato—. Es que estamos un poco preocupadas, Katniss amaneció enferma.
—¿Qué le ocurre?
—Tiene mucha fiebre.
—¿Ya la vio el médico? —Interroga con auténtica preocupación.
—Sí, parece que comió algo que le hizo daño —miente, aunque la verdad está bastante preocupada pues sospecha que la enfermedad de su hermana se debe a lo que le confesó la noche anterior—. Mi mamá la está cuidando.
—Me pasé la noche entera pensando en ti —admite el joven, atreviéndose a acorralarla contra la pared y acercando mucho su rostro al de ella, ante lo cual Prim finge escandalizarse.
—¡Peeta, por favor!
—Quiero besarte, abrazarte, sentir que realmente eres mía.
—Esto no es decente —apostilla—, mejor vete porque mi mamá no va a poder estar con nosotros.
Peeta se muestra decepcionado, por ello con astucia la joven condesa recula, siempre cuidando las apariencias... Son muy distintos los coqueteos que dedica a Peeta de la desenfrenada pasión que se da el gusto de desatar con Gale.
—¿Por qué no vuelves mañana? Entiende por favor. Es más, ni siquiera debí haber permitido que pasaras.
—Pero, ya que estoy aquí ¿vas a negarme un beso? —Insiste él. Entonces Prim se pone de puntillas y le ofrece un casto beso en los labios— Mañana volveré a las once. Te amo.
Gale llevó a Annie a la casa de Don Noel aquella misma tarde, la muchachita se mostraba hosca y resentida, sin embargo, acató las órdenes de Gale, quien le prometió que, si se portaba bien, obedeciendo a Don Noel y a Tabby, la recompensaría. El notario esperó que la jovencita se retirara para compartir sus impresiones con el capitán del Satán:
—Trataré de buscarle acomodo lo más pronto posible, pero lo veo muy difícil, es demasiado bonita para el gusto de las señoras.
—Supongo que sí. No sabe cuánto se lo agradezco. Ahora tengo que irme, tengo...
—Espera. En la mañana recibí la visita de Peeta Mellark y me preguntó por ti.
—¿Por mí? —Pregunta con asombro— ¿Acaso me recuerda?
—Sí y con mucho afecto.
—¡No me diga! ¿Lo sabe entonces?
—¿Que eres su medio hermano? No creo.
—Entonces por qué preguntó por mí.
—Dice que su padre antes de morir le pidió que nunca te desamparara... —Explica el notario.
—¿Y se le ocurre cumplir ahora, después de tanto tiempo? Es un poco tarde ¿No cree?
—Yo quisiera pedirte que lo escuches, Peeta es un buen muchacho, bien intencionado y quiere ayudarte.
—Eso lo hubiera hecho hace quince años, en ese entonces habría agradecido la ayuda de donde viniese. Por el contrario, su santa madre me corrió como si fuera un perro sarnoso.
—Peeta es diferente y está muy interesado en ti.
—Pero yo no. No necesito su amistad ni su ayuda. Y si vuelve a verlo mejor dígale que no se cruce en mi camino. Por favor —añade acercándose a la puerta y dejando a Noel un tanto consternado.
Peeta ansiaba encontrarse aquel mismo día con Gale, así que se dirigió a la taberna que le indicó Don Noel. Estaba dispuesto, de ser necesario, a esperar toda la tarde, porque sentía el compromiso moral de ayudar a Gale. Al entrar en la reducida taberna torció el gesto, era obscura, húmeda y desordenada, pequeños grupos de borrachos se acomodaban en unas mesas al fondo, y las más cercana a la barra y a las escaleras eran las únicas disponibles. Definitivamente el acaudalado hacendado desentonaba en aquel ambiente, y hasta el cantinero lo miró raro.
—Busco a un hombre llamado Gale, Gale del Diablo.
—No lo conozco— Responde el alto hombre de color que se encuentra tras la barra.
—Sí lo conoces y como me dijeron que aquí viene a comer, voy a esperarlo —declara, tomando asiento en la mesa más cercana. —¿Tienes coñac?
—Sí, señor.
—Dame una botella y un vaso que esté limpio.
En la habitación de Katniss al fin la chica recobraba el sentido. Su madre se había retirado a comer dejándola al cuidado de su hermana. Primrose se paseaba de un lado al otro de la estancia, nerviosa y casi arrepentida, no cabía en sí el remordimiento sobre lo que había hecho, a pesar de que a su juicio la misma Katniss la había orillado a ello. ¿Por qué tenía que entrometerse en su vida, señalándole lo que está bien y mal? ¿Por qué siempre iba tras ella, juzgándola y reconviniéndola?
—¿Prim? ¿Prim, eres tú? —Musita Katniss al cobrar consciencia.
—¡Vaya! Al fin despiertas —repone aliviada, acercándose al lecho donde yace su hermana—, nos tenías muy asustadas.
—¿Yo?
—Amaneciste con una fiebre terrible, tuvimos que llamar al médico. ¿Qué te pasa? —Y por primera vez reconoce en voz alta que se siente culpable de aquel lamentable estado— No me digas que fue por lo que te dije anoche. No te apures, que no le he dicho nada a mi mamá. Katniss, de verdad me da mucha pena...
—Está bien, no te preocupes tanto. Mejor olvídalo.
Prim sonríe aliviada porque su travesura no tuvo mayor impacto, tan sólo hacía falta convencer a Katniss de guardar silencio respecto a su indiscreción y enviarla cuanto antes a su amado convento.
—Estuve pensando, mañana Peeta vendrá a visitarme y, si tú te muestras indiferente y nos felicitas, él pensará que tu vocación es verdadera, al mismo tiempo tranquilizarás a mi mamá, quien pensará que la ruptura de tu compromiso no te afectó tanto. Es lo mejor, Kat. Hermanita, de verdad. Para ti y para todos.
Unos cuarenta minutos después, un muchachito baja corriendo la estrecha escalinata de la taberna de Chaff, gritando con emoción y algarabía.
—¡Ahí viene el capitán!
A Peeta una corazonada le hizo presentir que se trataba de Gale y se levanta, al tiempo que Chaff sale de atrás de la barra y al recibir a Gale le informa:
—Gale, este hombre te está esperando.
—¿Qué se le ofrece? —Pregunta con desdén Gale, adivinando a la primera la identidad del rubio frente a sí.
—¿Eres tú, Gale? Soy Peeta Mellark —Aclara, extendiendo una mano que no recibe respuesta alguna de su interlocutor—. No me digas que ni siquiera recuerdas mi nombre.
—El apellido Mellark es muy conocido en estas tierras.
—Fuimos amigos hace años —insiste—. El licenciado Undersee te llevó a mi hacienda y hasta planeamos huir juntos, comprar un barco…
—¡Ah! —sonríe entonces con hipocresía— ¿Vienes por tu dinero? Ahí está —señala, lanzando una pequeña bolsa con monedas a la mesa que ocupaba Peeta— y con intereses. Y como en esta fonda no dan de comer, mejor me voy.
Gale se gira, con intenciones de retirarse de inmediato, entonces Peeta intenta agarrarle del brazo, para poder explicarle la verdadera razón de su visita. No obstante, el capitán nota con antelación sus intenciones y retrocede, evitando su contacto.
—No me gusta que me toquen. —Señala mientras sube de dos en dos los pequeños escalones y sale de la taberna en busca de aire.
Dentro de aquel desastrado lugar Peeta se queda estupefacto, de ninguna manera habría anticipado tanta antipatía por parte de alguien a quien todos estos años había tenido en tan alta estima, a pesar de que Don Noel le hubiese advertido sobre la personalidad de Gale.
—Arrogante el tipo, ¿no? —Musita casi para sí mismo, y al avistar al perplejo muchacho que llegó antes de Gale le ofrece el saquito de monedas— Muchacho, toma, te lo regalo.
Una vez Katherine supo que su niña había recuperado el sentido le subió una taza de caldo de pollo. Prim permanecía también en la habitación, atenta y preocupada, más por lo que Katniss pudiera decir, que por su estado de salud. También disgustada por la insistencia de su madre, que obligaba a Katniss a comer como a una niña chiquita. Al final pudo más su impaciencia que su tacto:
—Ay, mamita, por favor no insistas. Comerá más tarde si así lo desea.
—Entonces te prepararé un zumo —ofrece Katherine recogiendo la mesita y saliendo de la habitación.
—Ay, no sé cómo la aguantas es tan insistente —se queja Prim en cuanto su madre se va—. ¡Cómo hace calor aquí! ¿Katniss, estás de acuerdo en lo que te dije? Es lo mejor, de verdad, así Peeta no te tendrá lástima... —Apostilla con mala intención.
—Está bien —concede Katnnis con voz queda—, acepto. Más que nada para evitarle una incomodidad a Peeta. Pero, que algo te quede bien claro —añade entonces con mayor convicción en su voz y en sus gestos—, mi vocación no es una farsa, siempre sentí el deseo de ser religiosa. Y si mi mamá y mi tía Sophie no me hubiesen hablado de ese compromiso te aseguro que hace mucho que habría entrado al convento…
—Sí, yo te creo. La cuestión es que te crean los demás.
—Nadie tiene por qué dudar de mí.
—Por supuesto que no —añade la menor con condescendencia—. Pero no está de más una palabrita, para disipar cualquier duda.
—¿Quieres a Peeta? —Pregunta entonces Katniss, incorporándose en la cama y mirando directamente a su hermana, sus ojos grises parecen taladrar en los azules de Prim, como buscando la verdad oculta en ellos.
—Como te dije, para mí fue toda una sorpresa, apenas lo conozco. Pero, como está tan enamorado, estoy segura que voy a terminar por corresponderle más temprano que tarde.
—A mí no me importa si te enamoras o no —repone con amargura—. Pero escúchame, hermanita: si lo has aceptado de ahora en adelante tendrás que comportarte como se debe, se acabaron los caprichos y las excentricidades, como esa de darle confianzas a gente baja. Y no me mires así, sabes perfectamente a quien me refiero.
—Sí. Claro, pero ya te dije que mi amistad con Gale…
—¡Por favor! Un tipo con una mirada tan atrevida e indecente, no es precisamente amistad lo que busca en una mujer.
—¿No me digas que se atrevió…?
—¡Conmigo nadie se atreve a nada, porque yo no doy pie! —Añade, el mal humor apoderándose de ella.
—Por supuesto, pero no tienes de qué preocuparte, hermanita. Te prometo, te juro, que no lo voy a volver a ver. Tu jugo ya debe estar listo, en seguida te lo traigo.
Cato Ludwig había llegado a la residencia Mellark en Saint Peter, y ha tenido la suerte de encontrar allí a la señora Mellark, pues su amigo había salido desde tempranas horas y aún no había vuelto. Sin embargo, la dama le dio una cálida bienvenida a su hogar, reiterándole que Peeta no tenía amigos de su categoría en el pueblo. A todas luces Cato era un hombre de mundo, letrado y culto, que sabía exactamente qué decir para impresionar. Minutos después de su llegada aparece el joven Mellark que se alegra mucho con tan inesperada visita, es entonces que Sophie se retira dejando a los caballeros a solas.
—¿Y volviste a ver a Prim? —Le cuestiona Cato, muerto de curiosidad.
—Desde luego. Ya estamos comprometidos y pronto me voy a casar con ella.
—Vaya, tú sí que eres rápido —señala sorprendido—. Pero dame los detalles…
—Ya te había dicho que somos parientes, ¿no? En cuanto volví hablé con ella, le dije que la quería y me aceptó.
—¿Así de fácil?
—No creas, hubo ciertas complicaciones. Resulta que yo, sin saberlo, estaba comprometido con su hermana.
—No me digas…
—Sí, su hermana mayor. Mi madre había acordado el compromiso cuando éramos niños, al saber que me había enamorado de Prim, puso el grito en el cielo pero, al final tuvo que aceptarlo, cuando volví a casa me enteré que la muchacha había decidido tomar los hábitos.
—¿Entró al convento por decepción?
—Me temo que sí.
—¡Qué barbaridad! ¡Qué desperdicio! —Exclama escandalizado, mas luego repone:— Bueno, siempre y cuando sea bonita.
—Lo es. Aunque sólo la he visto una vez, con su hábito de novicia.
—¿Y no hay forma de hacerla cambiar de parecer? —pregunta socarronamente— Digo, porque aquí hay un guapo disponible.
En ese instante Sophie regresa, anunciando que la habitación de Cato ya se encontraba dispuesta.
—Ya está lista su habitación, Cato. Si quiere puede pasar a refrescarse mientras yo cruzo dos palabras con mi hijo.
—Muy amable, señora, muchas gracias. Con permiso.
—Agradable tu amigo. ¿Qué pasó? ¿Hablaste con el licenciado Undersee? ¿Qué te dijo de ese Gale?
—Lo vi —Confiesa Peeta, tras dar un largo trago de brandy.
—¿A Gale? —Inquiere con infinita preocupación.
—Sí. Apenas cruzamos palabras. ¿Y qué crees? Me devolvió el dinero de mis ahorros…
—¡Vaya! Qué desplante para un patán como ese.
—Si lo hubieras visto no dirías eso. Tiene buena estampa, es arrogante, altivo…
—Alzado, querrás decir —puntualiza la dama.
—Bueno, no se mostró muy amigable, ni siquiera pude explicarle para qué lo busqué. Se fue dejándome con la palabra en la boca.
—Así aprenderás a no mezclarte con gente de esa calaña —le reprende, aunque un poco más calmada por cómo resultaron las cosas le aconseja: —Hijo, tu padre cuando te pidió eso, no sabía lo que estaba diciendo, estaba malherido, agonizando. Prométeme que no volverás a buscar a ese individuo. No quiero que tengas tratos con esa clase de maleantes. Me da miedo.
—No volveré a buscarlo. Pero si Gale, por el motivo que sea, lo piensa mejor y decide aceptar mi amistad no me echaré para atrás.
El ocaso se podía ver perfectamente desde la estancia que hacía de sala en la cabaña de Gale del Diablo, el sol, una perfecta bola naranja teñía las pocas nubes que aquella tarde empañaban el firmamento. Primrose, ya bastante molesta, caminaba de un lado a otro cada minuto más enojada, hacía más de una hora que aguardaba por Gale y Thom había sido el blanco de su mal humor. De pronto Gale irrumpe en la casa hecho una furia, con las botas en una mano, la camisa en la otra y el pantalón todavía mojado y goteando. Prácticamente ni vio a Prim, sino que sin reparar en nadie siguió directo hasta su habitación.
—¿De dónde vienes vestido de esa manera? O mejor dicho desvestido... —Inquiere la condesa, siguiéndole al interior de la alcoba.
—De nadar —responde secamente, sin dedicarle siquiera una mirada.
—¿De nadar? ¿Sabiendo que yo estoy aquí esperándote? ¿O fuiste con alguna mujerzuela? —Grita ella, ante lo cual el la corta, gritando también:
—¡Fui solo! Quería desquitar el coraje.
—¿Con quién te enojaste? —Insiste ella, indignada por el comportamiento del capitán del Satán.
—¡Con un tipo!
—¿Y porque te enojas con alguien me tienes aquí esperándote desde hace horas? ¡Sin importarte todas las dificultades que tengo que pasar para venir a verte! —Se queja, pero al notar que Gale se dispone a desnudarse se escandaliza:— Pero… ¿qué estás haciendo?
—¡Cambiándome!
—¡Pero no delante de mí!
—¡Yo no te pedí que te metieras a mi cuarto! —Señala, aún a los gritos, Gale. Entonces, cuando ella herida se dispone a marcharse, Gale recapitula.— ¡Espera! ¡Espérate! Perdón, soy un bruto…
—Sí, lo eres.
Gale le pide perdón, la abraza y la besa, y de pronto aquel mal humor queda en el pasado. Son apenas dos amantes, que se olvidan de la rabia en cuanto la pasión muestra su cara, Prim se siente libre entre sus brazos y él al fin siente que tiene un lugar al que llegar.
En aquella oportunidad no hay tiempo para retozar en la cama, Prim tiene prisa por irse, hacía mucho rato que ha salido de casa y, aunque Katniss está enferma, no quería buscarse más problemas con ella.
—Mi hermana insiste en que fuiste atrevido, grosero, vulgar e indecente… ¿Qué le dijiste, eh? ¿Qué le hiciste?
—Te juro que no le hice nada…
—Te conozco y sé la fama que tienes... —apostilla ella, mirándolo pícaramente a través del espejo en el que repasa con delicadeza su apariencia.
—¿Pero con tu hermana? Por favor, es bonita pero demasiado fría, a mí me gustan las mujeres con sangre en las venas.
—¿Las mujeres? —Inquiere con un deje de ironía en su tono.
—Una mujer… tú…
—¿Seguro?
—¿No me crees? —Le pregunta él, girándola y levantándola para buscar sus labios, sin embargo antes de que se unan ella declara:
—Te advierto que yo tampoco estoy dispuesta a ser un juguete… una conquista más en tu vida.
—¿Y qué soy yo para ti? ¿Una aventura? ¿Un pasatiempo mientras tu familia encuentra al prometido?
—Eso no sucederá.
—¿Por qué no?
—Porque mi mamá no tiene dinero para mi dote.
— ¿Ah, no? Si tu hermana ha decidido hacerse monja, ahora tienes la de ella...
—No. Peeta iba a casarse con Katniss sin que ella llevara dote.
—Qué costumbres tan ridículas las de ustedes —señala Gale, apartándose un poco y sonriendo divertido—, una mujer tiene que pagar para conseguir marido. Yo en cambio daría una fortuna con tal de tenerte para siempre.
