Capítulo 11

Tia se introdujo en el complejo militar caminando con paso decidido, cubriendo el terreno como si supiese perfectamente adónde iba. Gracias a las breves instrucciones que Aníbal le había dado, tenía una vaga idea de dónde estaban los edificios, qué contenían, y dónde debería buscar a Murdock y Fénix. En el camino hacia uno de esos edificios, se fijó en tres prisioneros que estaban trabajando afuera, construyendo una pared, custodiados por dos soldados con ametralladoras. Los prisioneros parecían americanos, así que se preguntó si podrían ser los prisioneros de guerra de los que Quang había hablado, todavía encerrados allí desde 1973.

Al pasar cerca de ellos, uno de los guardias le llamó.

—¡Eh, tú! ¿Puedes vigilar a estos un momento? Tengo algo que hacer —le dijo en vietnamita.

—Sí, claro, pero date prisa.

Tia se descolgó el rifle del hombro y lo sujetó en sus manos, en posición amenazante, y cuando el soldado se fue, se acercó poco a poco hacia los tres hombres que construían la pared, de un modo aparentemente casual.

—Oye, tú. Ptss, aquí —dijo Tia en inglés, acercándose a uno de ellos—. No me mires. Escucha, pero sigue trabajando —dijo en un tono de voz muy bajo, que sólo ese hombre podía oír.

Harlow no pudo evitar echar un rápido vistazo a ese soldado, y luego siguió poniendo ladrillos.

—¿Quién eres? ¿Qué quieres? —dijo, también en un volumen muy bajo.

—¿Sois prisioneros de guerra americanos?

—Sí.

—¿Habéis visto a los otros americanos, Murdock y Peck?

—Sí.

—¿Dónde están?

—En ese edificio detrás de ti, en la celda de la última esquina.

—Vamos a rescatarles, y a vosotros. Pronto, así que estad alerta. Puede que necesitemos vuestra ayuda.

—¿Cómo lo vais a hacer? ¿Cuál es el plan?

—No lo sé todavía. De momento estoy echando un vistazo. ¿Hay más prisioneros de guerra además de vosotros tres?

—No. Pero Murdock habló de una chica que estaba con ellos. Debería de estar aquí en algún sitio.

—No te preocupes por ella.

—¿La habéis rescatado ya?

—Yo soy esa chica.

Harlow tuvo que mirarle otra vez. La leche. ¡Pero si es una mujer! ¿Cómo no me he dado cuenta?

—No me mires, por favor. ¡Sigue trabajando!

—No me lo puedo creer. ¿Cómo…? ¿Qué esta pasando? ¿Estás con ese Aníbal del que estos hombres hablan, el que dicen que va a venir a buscarles?

—Sí.

Tras decir eso, el otro soldado volvió de su rápida visita al retrete, sobresaltándola cuando apareció de repente a su espalda.

—No te ha llevado mucho —dijo Tia, colgándose el rifle a la espalda otra vez, casualmente, agachando la cabeza para esconder su femenina cara, con una aparente calma que en realidad no sentía.

—Ya me encargo yo otra vez. Ya te puedes ir, gracias.

Tia se marchó rápidamente, dirigiéndose al edifico detrás de ellos como si supiera exactamente adónde iba, con prisa, con su corazón saltándole en el pecho mientras se alejaba.

Harlow se acercó a Conley y Scott, todavía alucinado por ese giro inesperado de la situación.

—¡Tíos, no os vais a creer esto! —empezó, susurrando—. ¡Vamos a salir de aquí!

AAA

Murdock miró a su amigo mientras este se agitaba en la estrecha cama, preocupado por él, porque ahora gemía y se quejaba en un sueño inquieto y febril, bastante perturbado. A pesar de los antibióticos la temperatura de Fénix estaba subiendo, y su frente estaba cubierta de gotas de sudor, que él secaba de vez en cuando con la manga. Los ojos de Murdock siempre acababan mirando a esa mano hinchada que sobresalía del cabestrillo, que era una visión nada agradable de ver. Al contrario, era una visión horrible. Esa mano estaba deformada, horrorosa, y había que hacer un esfuerzo para contemplarla, pero a la vez era imposible no hacerlo. Murdock sólo podía mantener la esperanza en que Aníbal se diese prisa, y pensase en un plan audaz y brillante para sacarles de allí a tiempo de llevar a Fénix al hospital para tratar ese brazo antes de que se volviera gangrenoso y hubiese que amputarlo. Aunque, a jugar por esa mano tan ennegrecida e hinchada, podían estar ya en esa situación desesperada.

Mierda, Fénix. ¿Cómo podrás vivir tú sin un brazo? pensó, con un nudo apretando su estómago al recordar la expresión de pánico de su amigo cuando le preguntó su opinión acerca del tema. No muy bien, ya lo sé.

Su hombro palpitaba ahora, molestándole cada vez que movía el brazo o el torso, y deseó que fuese él el que tuviese que perder un brazo en vez de su amigo. A él no le importaría perder un miembro mientras Fénix estuviese bien. Después de todo, estaría fantástico con un brazo prostético pegado a su codo, con un gancho de pirata o un calcetín parlante por mano. O incluso mejor: una pieza que tuviese la forma de una pinza de langosta, también parlante, que volviese loco a M.A, haciéndole subirse por las paredes.

Riendo para sí tras esa absurda e hilarante imagen mental, volvió a secar la frente de su amigo una vez más, y le habló suavemente.

—Aguanta, Fénix. La ayuda va a llegar, lo sé. Sólo tienes que aguantar un poco más.

Entonces, deseando otra inyección de morfina para mitigar su propio dolor, se preguntó cuánto tiempo tendrían todavía hasta que el coronel psicópata decidiera tener una segunda ronda de emocionantes chutes masoquistas. Tendría que hacer cuanto pudiese para que el sádico coronel dejase a Fénix en paz, llevándole sólo a él a la cueva del gozo, ese sarcástico y simpático nombre que los tres prisioneros de guerra le habían dado a esa habitación de los horrores, una prueba más de la resiliencia de esos hombres. Por lo menos, el podría deslizarse en su propio universo paralelo e indoloro siempre que quisiese, y aguantar la tortura hasta que Aníbal les sacase de allí.

De repente, la llave traqueteó en la cerradura, y el sargento con el ojo amoratado, acompañado de otro soldado con cara de cabreo, entraron en la celda y se dirigieron directamente hacia él.

—¡Levántate! ¡El coronel Shu quiere verte! —ladró en inglés el soldado con cara de pocos amigos.

Desde la cama, Murdock miró hacia arriba, parpadeando con sus hinchados y magullados ojos. Por lo menos no parecían interesados en llevarse a Fénix esta vez, un consuelo para ser fuerte.

Ayúdame, dijeron los ojos de Murdock mientras miraba fijamente al hombre del ojo morado, pero el sargento evitó devolverle la mirada, desviando la vista. Le levantó de la cama, pero le trató de un modo notablemente más cuidadoso que el otro soldado, que era muy brusco y no tenía ningún miramiento con su hombro herido, estirándole del brazo fuertemente sin pensárselo dos veces. Murdock entendió que no podía comprometer a ese soldado pidiéndole ayuda directamente, porque eso le causaría problemas. Mientras le arrastraban fuera de la celda, miró atrás hacia su amigo, que todavía dormía. Por lo menos no parecían preocupados por él, y con un poco de suerte, esa mañana el psicópata tendría bastante con interrogarle y torturarle sólo a él.

Al salir de la celda, otro soldado llegó a la puerta. Murdock levantó la cabeza para mirarle, y no pudo evitar su sorpresa. ¡Era Tia!

—¿Adónde vas? —preguntó el soldado amargado en vietnamita, en un intercambio rápido de palabras que Murdock entendió.

—Registro de celda.

—Vale. Cierra la puerta cuando acabes, y deja la llave en el colgador ahí fuera.

Mientras los soldados le arrastraban por el pasillo, Murdock volvió la cabeza para mirar a Tia, que puso su dedo índice sobre sus labios para rogarle silencio. Se concentró entonces en mantener la cabeza quieta, mirando al frente, y no volver a mirar atrás para verla otra vez, suprimiendo la sonrisa que quería curvar sus labios. Lo que fuese que esa chica estaba haciendo, debía de ser parte del brillante plan de Aníbal para sacarles de allí. ¡Ya era hora!

AAA

Aníbal sujetó el walkie-talkie en una mano mientras fumaba el puro con la otra, esperando el informe de Tia. Quería aparentar confianza en lo que él llamaba "su plan", o la falta de este, más bien, pero la verdad era que no sentía ninguna. Pero, con o sin un plan, con o sin confianza en él, tenían que rescatar a Fénix y a Murdock lo antes posible, porque cuanto más tiempo estuviesen en esa prisión, más se incrementaban las posibilidades de encontrarles en un estado similar al de la última vez. Y Aníbal no podía hacer frente a eso, otra vez no. Además, esta vez sus hombres ya estaban heridos y necesitaban un hospital antes de sufrir ningún otro daño físico añadido, para hacer el asunto peor, y más urgente.

Aníbal nunca se había recuperado del shock que le supuso encontrar a Fénix en tal mal estado, y lo culpable que se sintió por ello. Cuando le rescataron, su teniente tenía magulladuras por todo el cuerpo; varios huesos rotos, tales como costillas, huesos faciales, dedos, y también dientes; marcas y heridas muy profundas e infectadas en su piel, como las que habían dejado las apretadas cuerdas en sus muñecas, tobillos y cuello; quemaduras superficiales y profundas de todo tipo, de muchos tamaños, algunas hechas con cigarrillos; marcas de latigazos en su torso y espalda; y una desagradable y profunda tos, resultado de los repetidos episodios de ahogamiento. Y la más inquietante de todas sus heridas: la laceración rectal. A juzgar por la apariencia de esa lesión, los médicos le habían dicho que Fénix probablemente había sido sodomizado muchas veces, brutalmente, pero él se lo guardó todo para sí y nunca contó nada de lo ocurrido, ni se quejó del retraso en el rescate, ni hizo comentario alguno que inculpase o incomodase a nadie por su desgracia, y nunca le echó la culpa a Aníbal ni le recriminó nada, aunque no hacía falta, porque él ya se sentía responsable. Fénix nunca reveló ningún detalle específico del abuso que había sufrido, y Aníbal sólo pudo hacerse una composición del horror al que fue sometido por lo poco que Murdock había revelado de su propia pesadilla, y de pasada, de la de Fénix, dejando caer comentarios aquí y allá, la mayoría de las veces de un modo accidental.

Ambos hombres recibieron terapia psicológica además de la rehabilitación física, pero a diferencia de Murdock, Fénix parecía haberse recuperado completamente de la terrible experiencia, sin secuelas aparentes. Pero Aníbal sabía que no era así. Por ejemplo, esa extraña incomodidad emocional en las relaciones y el absurdo comportamiento mujeriego de ligoteo continuo que tantas veces le ponía a él y al equipo en peligro, hicieron su aparición luego, tras la tortura. Y Murdock… bueno, ya había perdido varios tornillos en su cuarto año como piloto de guerra, y esa horrorosa experiencia sólo le empujó un poco más hacia el abismo de la locura.

Por todo ello, Aníbal tenía que sacar a sus vulnerables hombres de ahí lo antes posible, porque no podía decepcionarles por segunda vez. No, la historia no podía repetirse. En verdad no le extrañaba nada que Fénix le hubiese pedido a M.A que le pegara un tiro si alguna vez tenía que volver a un sitio parecido a aquel campo de prisioneros.

El repentino ruido del walkie-talkie le sacó de sus lúgubres pensamientos, de vuelta a la realidad.

—Aníbal —sonó la voz de Tia a través del aparato, con bastante distorsión—. Les he encontrado.

—Muy bien. ¿Cómo están? —contestó Aníbal, dudando de si quería saber la respuesta.

AAA

Tia volteó uno de los colchones y pretendió estar muy ocupada haciendo una búsqueda exhaustiva de la celda mientras los otros soldados se llevaban a Murdock a rastras. Después de revolver todo un poco, se paró a examinar a Fénix. Tocó su frente y estaba muy caliente. Estaba sudando, y volvía la cabeza de lado a lado, gimiendo y delirando, como sufriendo una pesadilla. Le retiró la manta para echar un vistazo a sus heridas, y se alarmó al ver el estado de su brazo. Entonces se fue hasta la puerta para asegurarse de que no hubiese otros soldados cerca que pudiesen oírla, y sacó el walkie-talkie.

—Aníbal, les he encontrado.

—Muy bien. ¿Cómo están? —contestó Aníbal en un tono muy bajo, que no podía disimular la preocupación por sus hombres.

—No muy bien. Fénix tiene muy mala pinta, y los soldados se acaban de llevar a Murdock de la celda.

—¿Adónde?

—No lo sé. Pero tienes que darte prisa. La celda está en el último edificio de la derecha, como ese soldado dijo, en la esquina más alejada.

—Vale.

—He hablado con los prisioneros de guerra. Todavía hay tres aquí. Saben que vas a venir y tratarán de ayudarnos.

—Vale. Quédate por ahí disimulando, sin levantar sospechas. Vamos a buscar el camión.

—¡Alguien viene!

AAA

Tia cortó la comunicación, y Aníbal, preocupado, no se atrevía a llamarle para ver qué estaba pasando.

—M.A, tenemos que traer el camión, pero no quiero dejar esta posición en caso de que Tia vuelva a llamar, porque no quiero arriesgarme a quedar fuera del alcance del walkie-talkie. Trae a Quang en el camión. No estoy seguro de cómo saldremos de allí, pero quizás podemos montar en ese pájaro en vez de usar la furgoneta —dijo Aníbal, señalando al gran helicóptero militar que se estaba acercando al complejo de la prisión.

—No tenemos piloto, Aníbal.

—Ya pilotaré yo si Murdock no puede. Tengo algunas nociones, y él me puede guiar, como hizo cuando aterricé aquel avión cuando se quedó ciego.

—¡Estás loco! ¡Yo no voy a volar! ¡Y menos contigo a los mandos!

—M.A, si logramos colarnos en esa prisión, sacarles de ahí, y volar a Hanoi en ese helicóptero, de una pieza, será el mejor resultado que podríamos obtener. Por favor, ¡no lo estropees todo con tu negatividad!

—¿Negatividad? ¡Ya te daría yo negatividad! —gritó M.A, enseñándole a Aníbal su puño enjoyado.

—Sargento, por favor, ve a buscar el camión. Estoy esperando. Todos estamos esperando. Contamos contigo.

Le dio otro walkie-talkie, con una frecuencia diferente al primer par, con la esperanza de no mezclarlos: en el bolsillo derecho, el de Tia, y en el izquierdo, el de M.A.

—Me encontraré contigo en la carretera.

La urgencia en su voz hizo a M.A doblegarse, con un gruñido. Agarró el walkie-talkie y desapareció en la jungla, con rumbo hacia el camión. M.A sabía que Aníbal tenía razón: el mejor modo de escapar sería robando ese helicóptero. Pero, ¡joder, cómo odiaba volar! Y mucho más sin un piloto competente y totalmente funcional, ya estuviese sano o loco como una regadera. Eso ya le daba igual.

AAA

Los soldados despojaron a Murdock de su chaqueta y su camiseta, y le ataron al poste en el mismo lugar que Fénix había ocupado, con las correas alrededor del cuello, las muñecas atadas detrás del poste, y más correas sujetando los tobillos.

Murdock echó un rápido vistazo a la habitación, y en contra de su sentido común, abrió la boca para expresar su opinión.

—Chico, a los médicos del hospital de veteranos les encantaría tratar tu síndrome masoquista/narcisista. Un montón.

—¿Ah, sí? —dijo Shu, dando golpecitos con la caña en su mano, tal y como había hecho el día anterior—. ¿Has visto el estado en el que se encuentra tu amigo? Claro que lo has visto… Ahora, si no quieres acabar el día incluso peor que él, te sugiero que empieces a contestar mis preguntas: ¿quién eres?

—Capitán H.M Murdock, Ejército de Tierra de los Estados Unidos, División Aérea.

—Bien. No ha sido tan difícil, ¿no? Sólo le llevó al idiota de tu amigo el toque mágico de esta caña dentro de su herida para que contestase la misma pregunta.

—Sí, ese hombre puede ser un poco lerdo y lento a veces. Yo, en cambio, ¡el más listo de la clase!

—¿Por qué estáis aquí?

—Vacaciones.

—¿De vacaciones? ¿De verdad? Bueno, entonces no creo que seas tan listo como dices.

Le arreó un repentino y fuerte golpe con la caña en la cabeza a Murdock que le hizo aullar de dolor. Shu mostró su sonrisa de hiena entonces. Por lo menos, este hombre mostraba su dolor, no como el otro, ese cabezota recalcitrante.

—Eso es lo que dijo tu amigo. Y la broma sólo le costó unas buenas sacudidas de su brazo roto… Te lo preguntaré otra vez: ¿por qué estáis aquí?

—Vinimos con ese general que torturaste y mataste, el General Fulbright.

—¿Por qué? ¿Para qué? El nunca dijo nada tampoco.

—Claro que no, porque la misión era alto secreto.

—¿Qué misión?

—Vinimos por la sopa de patata, a robaros la receta secreta.

El coronel golpeó a Murdock unas cuantas veces con la caña entonces, rápida y furiosamente.

—¿Te crees que haces gracia? ¡Ya te voy a dar yo gracia! —dijo, dándole golpecitos con la caña sobre el hombro izquierdo mientras Murdock gemía de dolor tras ese azote maníaco.

Oh, mierda. Aquí viene la caña, pensó Murdock, apretando los dientes y tensando todo el cuerpo en anticipación a lo que estaba por venir.

—¡Traed al otro! —ordenó el coronel Shu en vietnamita, hincando la caña en la herida de bala, sin piedad.

—¡NOOOOO! —gritó Murdock.

El psicópata sonrió, incrustando la caña más adentro, sin registrar que ese extraño hombre no se estaba quejando acerca de eso, en absoluto.

AAAAA