LIBRO 11

EL molino negro.

Las rejas del jardín de Luxemburgo estaban cerradas cuando las campanas de la catedral comenzaron a replicar. August y el inspector Javert estaban de pie cerca del farol del lado derecho de la entrada, para cualquiera que los hubiera visto en ese momento no se trataba más que de un trabajador que regresara de la jornada de laboral acompañado de su hijo; mientras Javert parecía una estatua del jardín por lo firme de su postura August al contrario no dejaba de moverse de un lado para otro inquieto, el pilluelo al que le había encargado pusiera en movimiento a todos los demás niños de Paris en busca del carruaje en que se habían llevado a mademoiselle Sophie y a la joven Cosette aun no llegaba y ahora August tenía miedo de que le hubieran tomado el pelo y hubieran perdido la única y frágil pista que podían seguir para encontrar a las damas.

Tal vez este mismo pensamiento pasaba por la mente del inspector de la policía pero nunca exteriorizó nada, simplemente estaba cruzado de brazos con la gorra sobre la frente tapando su rostro. Fue hasta que se escucharon pasos de hombre a la derecha que Javert levantó un poco la gorra para ver, un viejo cargador venía avanzando hacia ellos, vaya que Jean Valjean era bueno con sus disfraces, ahora Javert entendía el por qué no lo había podido encontrar durante todo ese tiempo desde que se le escapara en la encrucijada del convento del pequeño Picpus hasta volverlo a encontrar en la barricada de los insurgentes.

Jean Valjean estaba listo para el viaje, el traje de paisano que trabajaba de cargador era lo más apropiado aunque llevaba dinero para lo que se pudiera ofrecer en un pequeño morral de cuero viejo.

Ahora lo único que faltaba era que el pilluelo que les servía de informador llegaba, todos pedían en silencio que llegará…

No pasarían ni cinco minutos después del último replique de las campanas cuando un niñito pequeño de unos cinco años llegó corriendo descalzo, su aspecto daba pena, no era el niño que August había visto y al cual le había entregado el pan pero de cualquier forma el jovencito lo tomó como una buena señal.

¿Te manda Jean Pierre?- preguntó August al niño solo tenerlo enfrente.

El mozo de Vidocq no sabía el nombre del primer pilluelo al que había visto pero recordaba que el nombre de Jean Pierre había salido en las pocas palabras que habían cruzado cuando le entrego los panes.

El niño de cinco años asintió enérgicamente, ya tenía edad para hablar pero al parecer no podía o no quería hacerlo.

¿Hacia dónde tenemos que ir? ¿A dónde se fue el carruaje? ¿Qué camino tomó?- August hubiera sacudido con fuerza al niñito si no hubiera sido por tener lastimado un brazo.

El niño sacó un papel arrugado, como donde se envolvían los pescados en el mercado. Javert lo tomó para que los demás pudieran verlo, el papel no tenía nada escrito, solo tenía un dibujo mal hecho de un molino.

Parecía un molino al menos el dibujo tenía unas largas aspas como las de los molinos. ¿Qué significaba un molino? ¿Qué relación había con el rapto de Cosette? Jean Valjean fue el primero en reaccionar.

Es una indicación- explicó el padre de Cosette- en la salida norte de la ciudad se encuentra una vieja taberna con el emblema de un molino negro en la entrada. Ese es el camino que siguieron, se las llevan hacia el norte.

Bien podría ser el dibujo de una calle, un puente ó algo que tuviera relación con un molino; pero Javert coincidía con Jean Valjean, el papel tenía manchas de vino, apestaba a pescado sí, pero no era por ser del mercado por la hora en la que lo habían dibujado, tenía que ser algún lugar donde se sirviera comida y no fuera muy limpia, por eliminación solo quedaban posadas y no todas servían pescado tenía que ser una posada de las afueras que diera comida a los recién llegados o a los que necesitaban soportar un largo viaje y de el punto de entrada ó salida de Paris a la siguiente posada hacia cualquier pueblo del norte hacia un muy tramo para el cansado viajero.

No hay tiempo que perder- ordenó Javert- tenemos que movernos ó les perderemos la pista.

Jean Valjean asintió no sin antes darle una moneda de cinco francos al pequeño niño, éste le sonrió tomando la moneda.

Esperen- dijo de pronto August recordando algo importante. Se giro hacia el niño pequeño antes de que se fuera- ¿Dejaron a alguien en la posada para esperarnos?

El niño asintió, con un movimiento de su manita, indicó que había otro niño más alto esperando.

Ya veo- pensó Javert- el pilluelo de Vidocq movilizó a todos los chiquillos de la ciudad, este es uno de tantos y todo aquel que vea al carruaje nos avisará, el problema se presentara cuando abandonen Paris… no hay tiempo que perder…

Cosette se despertó sobresaltada cuando el carruaje se detuvo repentinamente. Sophie le abrazaba, las dos chicas parecían hermanas tratando de protegerse tanto del miedo como de lo desconocido que les deparaba el futuro.

La puerta del carruaje se abrió y uno de sus captores envuelto en su capa negra las sacó de un empujón. Las chicas intentaron protestar o hacer algo pero no pudieron ni siquiera abrir la boca ya que otros dos rufianes les apuntaban con unas pistolas pequeñas.

Sophie se puso frente a Cosette, no podía dejar que le hicieran daño, las pobres chicas no tuvieron más opción que avanzar dócilmente en contra de su voluntad.

El olor a vino dio de golpe en Sophie, pero no tuvo oportunidad de ver dónde pudieran encontrarse ya que fue empujada junto con Cosette al interior de otro carruaje, un rápido vistazo antes de que la nueva puerta se cerrara y pudo ver los campos verdes a la tenue luz del atardecer. Las estaban alejando de Paris no había duda ¿hacia dónde? No lo sabían, lo único que podían sentir era el frío de la inminente noche, el frío del miedo y el frío de saberse pérdidas.

El cambio de carruaje fue muy rápido pero no paso desapercibido para un muchachito desgreñado que alimentaba a los caballos de dos caballeros que habían llegado por la mañana a la taberna, le había llamado la atención que el carruaje negro no se detuviera para que dieran de comer a sus caballos y para que les cepillaran sino que el chofer había hablado enérgicamente a la dueña de la posada, le había pagado por otro carruaje nuevo con caballos nuevos y había abandonado el carruaje negro como si no le importara perder su costoso valor.

El pilluelo estaba a punto de meterse para protegerse del frío cuando un nuevo niño harapiento llegó corriendo, unas rápidas palabras, la promesa de un pan y el niño de la cuadra de la posada entraba corriendo en busca de un papel y un carbón. Al no saber leer ni escribir lo único que se le ocurrió fue el hacer un burdo dibujo del emblema de la taberna ó posada dependiendo el cliente y entregárselo al niño recién llegado.

El niño harapiento regresó en loca carrera hacia el punto anterior donde había dejado a otro niño, así la cadena de pilluelos que seguían al carruaje negro iba y venía con la promesa de que se les entregarían panes por su ayuda y quién sabe, tal vez hasta un céntimo por la información…

Continuara…