Pasado…

El viento soplaba muy fuerte, una persona corría por las pequeñas calles de esas ciudad en ruinas, sus botas estaban llenas de lodo, y la capa que usaba para cubrirse estaba empapada, todo él lo estaba, desvió su mirada para observar si al cruzar a su siguiente destino, no habría problema alguno, sin embargo ya lo esperaban, maldijo en voz baja, tenía que pelear.

–Hakuto, Naktsune.– Pronunció en voz baja, dos hitodamas aparecieron enfrente suyo. –Quiero que los distraigan.– Ordenó, ambos espíritus obedecieron sin chistar y se fueron volando, pero antes, uno de ellos posó su vista en su shaman, sostenía su pecho.

–Hana-dono, estás herido…– Habló la hitodama de largas orejas negras y ojos blancos, el joven se limitó a sonreír.

–Estoy bien, ahora vete.– Le dijo mientras dejaba de sostener la herida que tenía en el abdominal izquierdo, una cortada, probablemente de algún disparo de arma, nada que él no pudiese controlar.

Ambos espíritus provocaron cierto ruido que desconcertó a los guardias del camino, así corrieron de inmediato un poco lejos, cosa que el joven aprovechó para pasar desapercibido por sus perseguidores.

Corría velozmente, hace ocho meses que se había ido, su cabello había crecido considerablemente, al igual que la barba que ahora poseía, realmente ocho meses parecían años, y a pesar del poco tiempo que llevaba, se veía más adulto, cosa que lo ayudaba un poco, gracias a la barba y el cabello, no aparentaba mucho el tener dieciocho años, el viento y agua jugaban con su cabello, el sudor que recorría su frente como si no fuese suficiente el haberse empapado, y el camino lleno de lodo, piedras, enredaderas, cada cosa era un obstáculo en ese lugar, pero era necesario, porque esa era su misión, aunque para ello, debió abandonar a su familia.

Lejos del Medio Oriente, Alumi observaba la Luna, que brillaba con cierto tenue brillo, observó hacia atrás, y en su futón descansaban sus dos hijos, uno sobre el otro mientras bostezaban y daban patadas entre sueños, unas frías lágrimas se escaparon de sus ojos, deseaba verlo tanto, que estuviera devuelta en casa, que por fin pudiera disfrutar de la tranquilidad, aquella que se le fue arrebatada… desde siempre… que pudiera disfrutar de su propia familia, ella vio los collares que los bebés tenían entre sus manos, uno la Luna, el otro, el Sol, para ella representaban más que al dios de la Vida y al de la Naturaleza, estos eran la esencia de los abuelos de los niños… eran la esencia de su padre…

Las dos hitodamas se adelantaron en su camino, precavidos ambos espíritus de no ser percatados por el enemigo, él corría, jadeaba, y la herida que tenía empezaba a sacar mucha sangre, el cansancio se apoderaba de él, y finalmente… cayó.

Pudo escuchar el crujir de los árboles con el viento que arrasaba constantemente junto con la potente lluvia, sintió unas manos cálidas que tocaban su pecho, y enrollaban lentamente y con mucho cuidado la herida que tenía, entreabrió los ojos, y con la luz que la Luna le proveía, alcanzó a ver la sombra de una mujer.

–Alumi…– Musitó, sin embargo, su acompañante lo escuchó.

–No soy Alumi, Hana.– Le dijo mientras acomodaba unas hojas medicinales que había conseguido.

–Sanae…– Habló en tono de voz bajo, la mujer, de más o menos su misma edad, sonrió.

–Más vale que vine, sino ya estarías muerto, Hana-san.– Respondió mientras preparaba un té con las hierbas medicinales que había conseguido.

–¿Cómo me encontraste?– Preguntó tosiendo un poco, tratando de levantarse, ella lo volvió a poner en su lugar.

–Azor estaba volando cerca, me guió hasta ti, cuando te encontré, Hakuto y Naktsune te estaban cargando hasta las ruinas de esta casa.– Ella le dio el té, que a pesar de saber horrible, él tomó sin reclamar nada.

–Estoy… muy triste Sanae…– Le dijo finalmente, cuando los minutos pasaron dentro del refugio, y por fin pudo respirar bien.

–Volveremos pronto, te lo prometo.– Le dijo de espaldas, mientras observaba las estrellas, finalmente la lluvia y el viento se habían tranquilizado.

–No me refiero a eso…– Respondió, mientras acariciaba el pico de su halcón peregrino, que permanecía fielmente a su lado, al igual que las hitodamas de sus espíritus.

–¿Entonces?– Preguntó Sanae, mientras secaba su cabello castaño claro, posando sus ojos celestes en el cielo.

–Me he dado cuenta de muchas cosas, Sanae…– Dijo bajando la vista, mientras se sentaba con dificultad, debido al dolor de la herida. –Fui un estúpido…– Dijo mientras apretaba los puños, con su mirada firme en el suelo.

–Hablas de tus padres, sabes que cuando lo haces te pones así, ahora nuestra prioridad… son otro tipo de cosas.– Respondió tratando de sonar firme, sin embargo, ver a su amigo en ese estado, la hacía sentir muy mal.

–Sólo quiero… que si sobrevivimos a esto… que ellos no me perdonen jamás.– Habló mientras veía la Luna llena.

–No seas así…– Le pidió, mientras lo volteaba a ver con una mirada decaída.

–Si hay un monstruo en todo esto… ese siempre sui yo…– Se lamentó bajando la mirada, mientras la luz de la Luna, los cubría dulcemente…

Presente…

Los rayos del Sol cubrieron su rostro, Miki entreabrió los ojos, la naturaleza realmente era hermosa, y más cuando los rayos matutinos traspasaban con delicadeza entre los árboles y hojas del lugar, jamás pensó ver un lugar tan natural, mucho menos que la Selva Amazónica fuese tan tranquila, más aún cuando llevaba entrenando allí un poco más de dos meses, y mucho menos con alguien que, según su hermano y Len, estaba mal de la cabeza, los entrenamientos no habían sido nada fáciles, había hecho desde ir a buscar a la ardilla que ahí vivía, hasta recorrer el río entero y subir una cascada, todo eso, mientras había una fuerte tormenta, hasta habían peleado con Aarón y Garak, aunque la primera vez perdieron en un instante, ahora eran más fuertes, se sentían más fuertes.

–¡Eh, hale, hale, es hora de levantarse, el Sol ya salió, arriba!– Garak gritaba muy fuerte, lo que hizo que los chicos se despertaran perezosamente, Miki se estiró y se puso en pie, pudo divisar que tanto Arale como Yohken seguían dormidos, y vio como Aarón entraba con dos baldes de agua.

–¡Buenos días, Yohken, Arale!– Saludó al mismo tiempo que dejaba caer el agua fría sobre ellos, cosa que los hizo parase de inmediato.

–¡Ahhh, Aarón-sensei, ¿Qué demonios crees que haces?!–Preguntó Yohken mientras temblaba.

–A poco no oíste los gritos de Garak-san.– Habló Zelda mientras se estiraba al lado de Jun.

–Aarón-sensei, ¿Qué haremos hoy?– Preguntó Miki, mientras veía a los árboles.

–¡Buena pregunta!– Le dijo dejando los baldes de lado. –Se van.– Terminó, cosa que a todos sorprendió.

–¿Cómo, que nos vamos?– Preguntó Len, mientras dejaba caer el plátano que tenía en la mano al suelo.

–Estás bromeando…– Dijo Jun, que permanecía firme en su lugar.

–¿Sólo así? ¡Son… menos de tres meses!– Reclamó Zelda.

–Y fueron muy satisfactorios.– Respondió Aarón tomando asiento en una de las barandillas de soporte de la casa.

–Pero vendrás con nosotros, ¿No?– Preguntó Miki, Aarón simplemente sonrió.

–¡Pero no estamos listos!– Dijo Arale, que se secaba el cabello.

–Lo están.– Respondió mientras Garak permanecía a su lado.

–¡Aarón no puedes hacer esto!– Reclamó Yohken, mientras se acercaba a él.

–¡Sí, no es que seamos nuestro padre, dos meses no son suficientes!– Dijo Miki mientras se ponía al lado de Yohken.

–¿Saben cuánto duró el entrenamiento de su padre?– Contrarrestó mientras dejaba el plátano que pelaba de lado.

–Sí, dos meses.– Respondió Miki.

–Catorce años.– Sonrió junto a Garak, mientras todos se quedaban perplejos.

–¿Qué, catorce, ¡Y nos quieres dejar con dos meses!?– Reclamó Len de inmediato.

–No.– Respondió. –Ustedes tienen diecisiete años.– Sonrió mientras comía el plátano junto a su ardilla, que tenía en el hombro.

–Disculpa.– Intervino Yohken. –Por si no te das cuenta, ¡Tenemos diecisiete años!– Le gritó, a lo que tanto Aarón como Garak comenzaron a carcajearse.

–Exacto, el entrenamiento de un shaman comienza desde que nace, eso depende de los padres.– Respondió mientras daba otra mordida al fruto.

–Así que ya están listos, esto sólo fue para pulir sus habilidades un poco.– Dijo Garak, que permanecía recostado mientras se cruzaba de brazos al lado de Aarón.

–¿Y ahora?– Preguntó Yohken.

–Hana-niichan hubiera querido esto, así que antes de irse, quiero que tú y Miki se enfrenten a mí.– Respondió poniéndose serio, mientras tragaba la cáscara del plátano.

Todos estaban en un campo extenso, el viento movía el pasto y las hojas de los árboles cercanos comenzaron a caer, danzando en el campo, Yohken y Miki tenían sus armas listas, y a sus espíritus igual.

–Es fácil, se me logran hacer una herida, lograron su cometido, de lo contrario, yo fallé.– Dijo parado a unos cuantos metros enfrente suyo.

–No fallarás, ya verás que tus entrenamientos sirvieron de algo.– Respondió Miki.

–Sobretodo, cuando te pateemos la cara.– Habló Yohken con una sonrisa confiada.

–Por algo dicen que de tal palo tal astilla.– Dijo Garak mientras él y los demás veían desde arriba de una roca.

–Dai Tengu, necesitaré el máximo de tu ayuda.– Dijo Aarón al momento de que el espíritu aparecía a su lado.

–¿Por qué lo dice, Aarón-sama?–

–¡Porque me van a patear la cara jajaja!– Comenzó a carcajearse mientras permanecía en su lugar.

–Uy este muchacho nunca se toma nada en serio…– Musitó Garak enfadado. –¡Muy bien, que dé inicio el combate!– Gritó alzando la mano.

–¡Reikato, posesiona la Futsunomitama no Tsurugi!–

–¡Atzune, posesiona a Harusame!–

CONTINUARÁ…


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Gracias a quién lea, deje reviews y favs, follow también, no los respondo porque no me gusta dejar notas muy grandes en este fic, pero muchas gracias, los leo siempre :3