Los amigos son de tamaños y formas distintas, eso todo el mundo lo sabes. Así que, ¿Por qué debería de ser distinto con los amigos imaginarios?

Sasuke estaba completamente equivocado. Por lo que yo sabía Sasuke sólo tenía un amigo y ese era Naruto. Tenía su misma edad, sí, pero no vestía igual que él ni se comportaba de la misma forma. Así que no entendía porque pensaba que Itachi había encontrado a alguien igual que él.

Esa no es la forma de ser amigos.

En nuestra amistad, lo importantes es el papel que desempeñamos en la vida de nuestro amigo intimo. Los amigos eligen a determinados amigos porque éstos son la clase de compañero que buscan en un momento dado, no porque tengan la estatura, la edad o el color de pelo correctos. No siempre se da el caso, pero con frecuencia ésa es la razón por la que Itachi, por ejemplo, me ve a mí y no vería a mi colega Tobi, que aparenta tener seis años y a quien la nariz le moquea sin parar. O sea, no veo que haya ninguna otra mujer que se relacione con Itachi, ¿vosotros sí? El hecho de ver amigos «imaginarios» no significa que los veas a todos. Tienes la capacidad de verlos a todos, pero como los seres humanos sólo utilizamos el diez por ciento del cerebro, poseemos un sinfín de habilidades que no aprovechamos. Nuestros ojos verían multitud de cosas maravillosas si realmente enfocaran como es debido. La vida es como una especie de cuadro. Un cuadro abstracto realmente estrambótico. Puedes mirarlo y pensar que no es más que un manchón. Y puedes seguir viviendo toda tu vida creyendo que no es más que un manchón. Pero si lo miras de verdad, si lo enfocas bien y usas la imaginación, la vida puede dar mucho más de sí. Porque de hecho el cuadro quizá represente el mar, el cielo, personas, edificios, una mariposa posada en una flor o cualquier otra cosa excepto el manchón que una vez estuviste convencido que era.

Después de lo ocurrido en la oficina de Sasuke yo necesitaba convocar una reunión de emergencia. Llevo años haciendo este trabajo y creía que ya lo había visto todo, pero resultaba obvio que no estaba en lo cierto. Bueno, Itachi podía verme, pero eso era normal. Sasuke tenía una especie de presentimiento de mi existencia, cosa harto extraña de por sí, pero a la que me estaba comenzando a acostumbrar, aun así era extraño. Por supuesto era corriente ser visto por más de una persona durante un trabajo, pero nunca por un adulto. El único amigo de la empresa que trataba con adultos era Gaara, pero eso no obedecía a ninguna clase de regla, sino simplemente a lo que le ocurría constantemente. Debo confesar que estaba confundida, de modo que pedí a la jefa que convocara a todos los sospechosos habituales para celebrar una reunión no programada.

Nuestras reuniones se organizaban para comentar cómo marchaba la tarea de cada uno de nosotros y dar vueltas a algunas ideas y sugerencias para ayudar a quienes se encontraban atascados. Yo nunca había tenido que convocar una para mi provecho, por eso me consta que la jefa se quedó asombrada cuando lo hice. El nombre que habíamos dado a esta clase de reuniones era ensalada de sugerencias, porque todos podíamos proponer ideas que hicieran más fácil nuestra situación de amigos imaginarios, como nos llamaban la gente y los medios de comunicación.

Las seis personas que se reúnen son las más veteranas de la empresa. Cuando llegué a la sala de ensalada de sugerencias, todos estaban riendo y bromeando. Saludé a la concurrencia y nos sentamos a esperar a la jefa. No nos instalamos en torno de largas mesas de reuniones con sillones de cuero en una sala de juntas sin ventanas. Nuestro planteamiento es mucho más desenfadado y lo cierto es que tiene un efecto mucho más positivo, porque cuanto más a gusto nos sentimos, más podemos aportar. Nos sentamos en círculo en asientos cómodos. El mío es un saco de alubias. El de Gaara un tapete de Yoga. Sostiene que así le resulta más fácil sentarse en posición de loto.

La jefa no es muy autoritaria, pero nos gusta llamarla así. En realidad es una de las personas más buenas, simpáticas cuando la llegas a conocer realmente. Y ella sí que ha visto cuanto hay que ver: sabe todo lo que puede saberse acerca de cómo ser un amigo íntimo. Es paciente, escucha con atención y es capaz de percibir como nadie lo que la gente no dice. Se llama Tsunade y es encantadora. Cuando entró en la habitación llevaba una túnica morada y la melena rubia rizadas al estilo rastafari recogidas en media cola de caballo para apartarlas de la cara. Toda ella iba cubierta de diminutas cuentas chispeantes que resplandecían al moverse, llevaba una hilera de margaritas clavada en el pelo a modo de tiara y cadenetas de margaritas le adornaban el cuello y las muñecas. Unas gafas redondas con los cristales tintados de morado se apoyaban en su nariz y, cuando sonreía, el rayo de luz que desprendía habría bastado para guiar a los barcos hasta la orilla en la noche más oscura.

—Bonito aderezo de margaritas, Tsunade —dijo Matsuri dulcemente a mi lado.

—Gracias, Matsuri—respondió Tsunade sonriendo—. La pequeña Tara y yo lo hemos hecho esta mañana en el jardín. Vas de punta en blanco hoy. Qué color tan bonito.

Matsuri sonrió radiante. Hace siglos que ejerce de amiga íntima, igual que yo. Es menuda, castaña y de voz dulce. Para la ocasión se había peinado con tirabuzones y lucía un vestido amarillo de verano con lazos a juego en el pelo. Calzaba relucientes y nuevos zapatos blancos que balanceaba sentada en su silla alta de madera hecha a mano. Aquella silla pintada de amarillo con corazones y barras de caramelo siempre me recordaba una silla de Hansel y Gretel.

—Gracias, Tsunade. —Las mejillas de Matsuri se sonrosaron—. Después de la reunión iré a merendar con mi nueva amiga íntima.

—Caramba—Tsunade levantó las cejas, impresionada—, qué bien. ¿Dónde será?

—En el jardín de atrás. Ayer le regalaron un juego de té por su cumpleaños —respondió Matsuri.

—Bonito regalo. ¿Qué tal van las cosas con la pequeña Maeve?

—Muy bien, gracias.

Matsuri bajó la vista a su regazo. La charla de los demás asistentes se fue apagando y toda la atención se centró en Tsunade y Matsuri. Tsunade no era la clase de persona que pedía a todo el mundo que se callara para comenzar la reunión. Siempre la comenzaba sin levantar la voz, sabiendo que los demás pronto terminarían sus conversaciones y se dispondrían a participar, cada cual en su momento. Siempre decía que lo único que necesitaban todas las personas era tiempo y que entonces eran capaces de entenderlo casi todo por sí mismas. Tsunade seguía observando cómo Matsuri jugueteaba con una cinta de su vestido.

—¿Maeve sigue mangoneándote, Matsuri?

Matsuri asintió torciendo el gesto con tristeza.

—Sigue diciéndome todo el rato lo que tengo que hacer, y cuando rompe algo y sus padres se enfadan me echa la culpa a mí.

Gaara, un amigo intimo pelirrojo que siempre habia mantenido una muy buena relación con Matsuri, chasqueó sonoramente la lengua en señal de desaprobación, aun sentado en su tapete y con sus ojos cerrados.

—Sabes por qué Maeve hace eso, ¿verdad Matsuri? —preguntó Tsunade en voz baja.

Matsuri asintió con la cabeza y dijo: —Me consta que tenerme a mano le brinda la oportunidad de ser la que manda y está reflejando el comportamiento de sus padres. Entiendo por qué lo hace y la importancia de que lo haga, pero esa clase de trato un día tras otro a veces resulta un tanto descorazonador.

Los demás le dimos la razón. Todos habíamos estado en su situación en algún momento. A la mayoría de los niños pequeños les gustaba mangonearnos, seguramente porque con nosotros no temían suscitar represalias.

—En fin, ya sabes que no lo seguirá haciendo durante mucho más tiempo, Matsuri—dijo Tsunade en tono alentador, y Matsuri asintió con la cabeza y sus tirabuzones se balancearon.

—Kanguro. —Tsunade se volvió hacia un chiquillo sentado en un monopatín con la visera de la gorra hacia atrás y unas curiosas marcas de pintura en su rostro. Había estado moviendo la tabla adelante y atrás mientras escuchaba la conversación. Al oír su nombre se detuvo—. Tendrías que dejar de jugar a juegos de ordenador con el pequeño Anthony. Sabes por qué, ¿verdad?

El chiquillo con cara de ángel asintió con la cabeza y cuando habló su voz sonó mucho más adulta que sus aparentes seis años.

—Bueno, porque Anthony sólo tiene tres años y no debería verse obligado a ajustarse a papeles de uno y otro sexo. Necesita juguetes que le permitan tener el control, utilizar su inventiva y que sirvan para más de una cosa. Un exceso de juguetes técnicos atrofiaría su desarrollo psicológico.

—¿Con qué clase de cosas crees que podríais jugar? —preguntó Tsunade.

—Bueno, voy a dedicarme a jugar..., bueno, con nada, en realidad, así podremos hacer teatro improvisado o usar cajas, utensilios de cocina o esos tubos de cartón que hay dentro de los rollos de papel higiénico.

Todos reímos al oír esto último. Los rollos de papel higiénico son mi favorito absoluto. Puedes hacer un montón de cosas con ellos.

—Muy bien, Kanguro. Procura no olvidarlo cuando Anthony intente hacerte jugar con el ordenador otra vez. Tal como hace Tobi con... —Se calló sin acabar la frase mirando en derredor—. Por cierto, ¿dónde está Tobi?

—Siento llegar tarde —dijo una voz desde la puerta. Tobi irrumpió en la sala con los hombros hacia atrás y balanceando los brazos como haría un hombre cincuenta años mayor que él. Tenía mugre por toda la cara, manchas de hierba en las rodillas y las espinillas, cortes, costras y barro en los codos. Se desplomó en su saco de alubias imitando el ruido de un choque con la boca.

Tsunade se rió.

—Bienvenido, Tobi. Parece que has estado muy ocupado.

—Pues sí —contestó Tobi muy gallito—. He estado con John en el parque desenterrando larvas. Se limpió los mocos de la nariz con el brazo desnudo.

—¡Ees!

Matsuri arrugó la nariz con cara de asco y arrimó su asiento al de Sakura.

—No pasa nada, princesa.

Tobi le guiñó el ojo a Matsuri apoyando los pies en la mesa que tenía delante y en la que había refrescos con gas y galletas de chocolate. Matsuri apartó la vista de él y la fijó en Tsunade.

—O sea que John sigue como de costumbre —sentenció Tsunade divertida.

—Sí, todavía me ve —contestó Tobi como si eso fuese algún tipo de victoria—. Los matones de la clase se están metiendo con él, Tsunade, y lo han amenazado para que lo mantenga en secreto; no piensa decir nada a sus padres. — Meneó la cabeza con tristeza—. Le da miedo que le critiquen o intervengan, lo cual empeoraría las cosas, y también le avergüenza haber permitido que sucediera. Es un compendio de las emociones típicas en los casos de acoso.

Se lanzó un caramelo a la boca.

— ¿Y qué piensas hacer al respecto? —preguntó Tsunade con preocupación.

—Lamentablemente, antes de que yo entrara en escena John ya estaba padeciendo intimidación crónica. De modo que había adoptado una postura de conformidad con las injustas exigencias de quienes creía más fuertes y estaba comenzando a identificarse con los bravucones y a convertirse en uno de ellos. Pero yo no permití que me acosara —dijo Tobi con chulería—. Hemos estado trabajando la postura, la voz y el contacto visual; como sabéis, éstos dan mucha información sobre tu vulnerabilidad. Estoy enseñándole a vigilar a los sujetos sospechosos y cada día repasamos una lista de posibles indicios. —Se recostó y cruzó los brazos detrás de la cabeza—. Estamos trabajando para que madure su sentido de la justicia.

—Y habéis estado desenterrando larvas —agregó Tsunade con una sonrisa.

—Siempre hay tiempo para desenterrar larvas, ¿no es cierto, Sakura? —Tobi me guiñó el ojo.

—Temari. —Tsunade se volvió hacia una adolescente con un pantalón de peto tejano y zapatillas de deporte sucias. Llevaba el pelo rubio cenizo en varias coletas y meneaba el trasero sobre una pelota de fútbol—. ¿Cómo le va a la pequeña Samantha? Espero que no andéis escarbando en los parterres de su madre.

Temari era como un chico y siempre andaba metiendo en líos a sus amigas, mientras que Matsuri era más dada a asistir a meriendas con lindos vestidos y a jugar con muñecas Barbie y My Little Pony. Temari abrió la boca y comenzó a parlotear en un idioma misterioso.

Tsunade enarcó las cejas.

—Observo que tú y Samantha seguís hablando vuestro propio idioma.

Temari asintió con la cabeza.

—Muy bien, pero ten cuidado. No es buena idea que sigáis hablando así durante mucho más tiempo.

—No te preocupes, me consta que Samantha está aprendiendo a formar frases y a ejercitar la memoria, así que no lo voy a alargar —dijo Temari volviendo a hablar normalmente. Añadió en tono entristecido—: Samantha no me ha visto esta mañana al despertar. Pero volvió a verme a la hora de almorzar.

Todos nos apenamos por Temari y le dimos muestras de condolencia ya que sabemos muy bien qué se siente. Aquello era el principio del fin.

—Gaara, ¿cómo está la señora Koharu? —preguntó Tsunade con más ternura.

Gaara abrió sus ojos aqua y dejó de meditar, movió la cabeza con tristeza.

—No le queda mucho. Anoche tuvimos una charla fantástica sobre una excursión que hizo con su familia hace setenta años a la playa de Sandymount. Eso la puso de un humor excelente. Pero esta mañana en cuanto ha contado a su familia que había estado hablando conmigo de ello todos se han marchado dejándola con la palabra en la boca. Piensan que se refiere a su tío abuelo Gaara, que falleció hace cuarenta años y están convencidos de que se está volviendo loca. Sea como fuere, permaneceré con ella hasta el final. Como he dicho, no le queda mucho y su familia sólo ha ido a visitarla dos veces durante el último mes. No tiene a nadie por quien resistir.

Gaara siempre hacía amigos en hospitales, hospicios y residencias de ancianos. Era bueno en esa clase de trabajo, pues sabía cómo ayudar a la gente a recordar para llenar el tiempo cuando no podían dormir.

—Gracias, Gaara.

Tsunade sonrió y entonces se volvió hacia mí.

—Bueno, Sakura, ¿cómo va todo por Fucsia Lane? ¿Cuál es esa gran emergencia? El pequeño Itachi da la impresión de estar bien.

Me acomodé en el saco de alubias.

—Sí, está muy bien. Aún tenemos que trabajar algunas cosillas, como lo que siente a propósito de su montaje familiar, pero nada que suponga un gran trastorno.

—Me alegro —dijo Tsunade, complacida.

—Pero ése no es el problema. —Miré a todos los presentes—. Su tío, que lo adoptó, tiene veinte dos años y a veces percibe mi presencia.

Todos dieron un grito ahogado e intercambiaron miradas de horror. Sabía que iban a reaccionar de aquella manera.

—Pero eso no es ni la mitad del asunto —proseguí, procurando no disfrutar demasiado con el drama, ya que, al fin y al cabo, el problema era mío—. He estado hoy en la oficina de Sasuke y me ha oído, además podría jurar que ha respondido a una de mis preguntas.

Doble grito ahogado de todos excepto de Tsunade cuyos ojos avellanas me miraron chispeantes de complicidad. Me sentí mejor al verlo, porque entonces supe que Tsunade sabría qué hacer. Siempre se las arreglaba para que uno saliera de la confusión.

—¿Dónde estaba Itachi mientras tú estabas en la oficina de Sasuke? — preguntó Tsunade insinuando una sonrisa.

—En la casa del Tío de Sasuke —expliqué—. Sasuke no me ha dejado bajar del coche para ir con él porque le daba miedo que pensaría su familia al saber que Itachi tiene un amigo que nadie más puede ver.

Me quedé sin aliento al terminar la frase.

—¿Y por qué no regresaste a pie a reunirte con Itachi cuando llegaste a la oficina? —preguntó Tobi despatarrado en su saco de alubias con los brazos detrás de la cabeza.

Los ojos de Tsunade chispearon otra vez.

—Porque no —contesté frunciendo un poco el entrecejo.

—¿Porque no qué? —preguntó Matsuri.

Ella también, no. Pensé.

—¿A qué distancia está la granja de la oficina? —preguntó Kanguro.

¿Por qué me hacían todas aquellas preguntas? ¿Acaso el meollo del asunto no era que ese hombre percibiera mi existencia?

—Queda a un par de minutos en coche y a unos veinte caminando —expliqué un poco confundida—. ¿A qué vienen todas estas preguntas?

—Sakura —dijo Gaara sonriendo—, no te hagas la loca. Sabes de sobra que cuando te separan de un amigo vas en su busca. Una caminata de veinte minutos no es nada comparada con lo que hiciste para dar con el último amigo que tuviste — sentenció riendo entre dientes.

—Venga, chicos, ya es suficiente. —Levanté las manos con un ademán de impotencia—. Intentaba averiguar si Sasuke podía verme o no. Estaba hecha un lío. Es la primera vez que me ocurre algo así.

—No te preocupes, Sakura —terció Tsunade sonriendo, y cuando habló su voz fue dulce como la miel—. Es poco frecuente, pero no es la primera vez que sucede. Todos dieron otro grito ahogado.

Tsunade se levantó, apiló sus carpetas y se dispuso a abandonar la reunión.

—¿A dónde vas? —pregunté sorprendida—. Aún no me has dicho qué tengo que hacer.

Tsunade se quitó las gafas de cristales morados y sus ojos castaño claro me miraron.

—Esto no es ni mucho menos una emergencia, Sakura. No puedo darte ningún consejo. Tendrás que confiar en ti misma para dilucidar si tomas la decisión correcta cuando llegue el momento.

—¿Qué decisión? ¿Acerca de qué? —pregunté sintiéndome más perdida que al principio.

Tsunade me sonrió.

—Cuando llegue el momento lo sabrás. Buena suerte.

Y dicho esto salió de la reunión dejando a todos los demás mirándome desconcertados. Sus rostros inexpresivos bastaron para que me guardara de pedir consejo a ninguno de ellos.

—Lo siento, Sakura, estoy tan confundida como puedas estarlo tú —dijo Matsuri levantándose y alisando las arrugas de su vestido de verano. Me dio un fuerte abrazo y un beso en la mejilla—. Ahora tengo que irme si no quiero llegar tarde.

La observé ir dando saltitos hacia la puerta con los tirabuzones rebotando a cada paso. —¡Pásalo bien en la merienda! —grité.

Tomar la decisión correcta, rezongué para mis adentros pensando en lo que había dicho Tsunade.

¿La decisión correcta sobre qué? Y entonces me sobrevino una idea que me dejó helada. ¿Y si no tomaba la decisión correcta? ¿Acaso alguien se vería perjudicado?