EREN

Era domingo por la mañana y estaba tumbado en la cama kilométrica de mi suite. Mi suite… El botones subiría en breves para ayudarme a hacer las maletas. Probablemente pasarían mil huéspedes por allí después de mí, pero ninguno llegaría a imaginar con exactitud lo que había acontecido en ese colchón, en ese suelo. El País de la Jodienda, ni más ni menos. Mi nido de copular. Cuántas horas habría pasado yo en esa cama… Días enteros haciendo el vago. No habría movido el culo ni aunque me echaran un cubo de agua fría encima; en cambio, la presencia del botones me hizo dar un salto, como si me hubieran metido una estaca por el culo. Así era, en cierto modo. Un pisito en la rue Washington me esperaba. «Te gustará —había dicho Armin—. Podrás ir al Lido andando». Eso me habría consolado si la noche anterior, al volver de cenar, no hubiera llegado a mis oídos la vida sexual de mis vecinos, que estaban de luna de miel; y, mientras tanto, yo estaba solo en el País de la Jodienda… por primera vez en mi vida. Eso me había deprimido. Pero, Eren, ¡has vadeado incontables veces ese río llamado sexo! Sí, ¿y qué? ¿No tengo derecho a entristecerme porque he follado mucho, porque he vivido entre lujo y comido los mejores entremeses? Lo cierto es que no debería tener derecho, pero lo tengo, y me pareció demasiado triste que esos recién casados estuvieran en plena faena, a escasos metros de mi ser, mientras yo había intentado que varias chicas de mis contactos me hicieran compañía, y la respuesta de todas había sido: «Tengo mejores cosas que hacer». Y esos dos no parecían tener algo mejor que hacer, solamente pensaban en follar con el otro. Tenían su propio universo. Cuando yo me acostaba con una tía, también lo hacía con su novio, con sus hemorroides, con sus facturas sin pagar y con su próximo viaje. En realidad, yo les importaba tres cojones, a todas y cada una de ellas, pero las buscaba: necesitaba ese subidón de vez en cuando.

Y ahora estaba despidiéndome de mi ring de combate. El botones lo tuvo todo listo en menos de dos horas; me trajo un café, incluso. Qué cosa tan horrible es mudarse. Siente uno que lo están arrancando de su hábitat natural. Era el momento adecuado, sin embargo, y yo lo sabía. Un día más y no habría sido capaz de largarme, de subir al camión y poner rumbo a mi nueva cueva. Tenía tres alcobas. ¿Por qué demonios? El portero lo aclaró todo: «Estas viviendas están diseñadas para familias». Por supuesto. Así que tenía una habitación para mi testículo izquierdo, con los millones de hijos que encerraba, otra para el derecho y otra para… Bueno, ya sabéis como es esto: mucho espacio para un solo tipo. Con un poco de suerte, estaría todo el día por ahí, extraviado, enterrado en la marea de gente. No me sentía preparado para deshacer las maletas, así que fui a tomar un apéritif con Connie.

—Mi hermano Martin se ha licenciado en arqueología —me comentó con un gesto demencial—. Ese tío… Ese tío es un artista. Martin Springer. Suena bastante bien. Mi padre siempre me llama Connard, Connard Springer. Estoy muy preocupado, Eren. ¿Qué haré en la cena de Navidad? Uno hablará de arqueología, la otra de fotografía, ¿y el viejo Connie qué dirá, que tiene una coctelería… y que ni siquiera el local es suyo? Eso, ríete. Tú al menos puedes decir que eres matasanos, pero yo tengo los estudios mínimos. Y estará mi viejo para restregármelo: «¿Has visto a tu hermano, Connard? Estoy tan orgulloso de que haya ido a la universidad». Con diecinueve años yo estaba recorriéndome las discotecas y los cafés y camelándome a la vecina. La vecina… Dios, espero que no la inviten. Me van a echar en cara todo eso, los muy cabrones, y que sólo iba a casa para pedir dinero.

Y Connie empezó a decir que había hecho lo que había podido y que hacía lo que podía aunque no pudiera con su vida, aunque se encontrara más abatido de la cuenta. He oído eso antes, en algún otro lugar. El arte de «hacer lo que se pueda» lo aplicaba diariamente. Me había funcionado… hasta hacía poco. Hay una triste e innegable realidad: el ser humano progresa a base de sobreesfuerzos. Sobreesfuerzo… ¿están ustedes familiarizados con esa palabra? ¿Para cuántos de ustedes es la vida un sobreesfuerzo? «Estoy perdiendo la cabeza —admitió finalmente Connie, enfadado—, o lo que es peor: la paciencia. No pienso volver a casa por Navidad. Pueden irse todos al demonio». Ese fue el momento en el que explotó, una explosión de sinceridad: la clave estaba en aceptar que había renunciado. Pero, ¿a qué? Es algo que todavía no sé. Había renunciado a su familia hacía mucho, o eso parecía. «Llevo años intentando que mi padre me llame por mi nombre, pero no cambia: Connard, ve a comprar un paquete de Camel; Connard, ve a ayudar a tu madre a poner la mesa; Connard, hazme un masajito en la espalda, ¿quieres? He trabajado muy duro para manteneros, hijos míos. Es lo mínimo que me merezco… ¡Y una mierda! Ponía como excusa su pie deforme para no trabajar. Ha vivido en una baja constante. No sabe lo que es servir más de mil copas en menos de cinco horas. No lo sabe. Y cree que yo me dedico a vivir la vida mientras Nifa saca adelante el negocio. Si hubiera ido a la puta Sorbona, quizás… Bueno, quizás me llamaría por mi nombre, tal vez me tendría una pizca de respeto».

Así que de eso se trataba. Descubrí algo en ese preciso momento. Un nuevo mundo que, como América, en realidad era mucho más antiguo, algo mucho más primitivo que mis instintos. Después de los bocadillos y las cervezas, quiso la casualidad que me encontrara con Keith Shadis en una calle, con un niño a cada mano, sus ahijados. Podrían haber sido sus nietos, mis hijos, incluso, pero Keith había llevado una vida de gran soledad, y ésta lo había endurecido por fuera, pero ablandado por dentro. Había que hablar con él para percatarse de ello, por supuesto, o se quedaría uno con la impresión equivocada. Podía haber sido mi padre, aquel tío, y yo podría haber sido el hijo de Keith y Carla Shadis, y Alemania habría sido una gran desconocida. ¡Se hizo lo que se pudo! ¡E incluso lo que no se pudo! Pero las cosas resultaron ser como fueron: Zeke fumaba a escondidas mientras Grisha se aficionaba al póquer y Diana salía con sus hermanas las gorgonas. Luego estaba yo. Unecht.

Miraba hacia atrás y volvía a ver la Berlín de mi infancia. Estaba solo. ¿Estaba logrando lo que quería? No, porque no sabía lo que quería. Era un niño desgraciado, miserable y desamparado. Tenía todo y nada a la vez. De hecho, ni siquiera era un niño: para serlo, te tienen que tratar como a un niño se le debe tratar, y a mí me trataban como a un sarraceno en tierras cristianas. Me sentía tan asqueado con mi familia y con la vida en general, que me echaba a llorar. Luego, cuando contaba con la edad de coger el coche, me perdía durante días.

Me sentí terriblemente indefenso después de despedirme de Keith Shadis. Ahora entiendo perfectamente lo que ocurrió: había cambiado. Solamente una metamorfosis de ese calibre podría afectarme de tal manera. Tres habitaciones, dos de ellas vacías. Pero, ¡bueno! ¿No era yo una familia? Una familia de uno. Esa casa era condenadamente grande… como la de Berlín. ¿Era un cambio o un retroceso? Optimismo: tenía una casa enorme… ¡para llenarla de sueños e ilusiones! ¡Sí! ¡Eso debía hacer!

Entonces me encontré tranquilo y en paz con mis semejantes. ¡Qué día tan espléndido! El cielo estaba tan despejado como mi mente. Hasta las cagarrutas me hubieran parecido hermosas si me hubieran plantado una ante los ojos. Bien, bien, ¿qué iba a hacer a continuación? Veamos… Buscar trabajo, me dije. No me imaginaba que mi vieja amiga Petra Ral me ayudaría a lograrlo. En cuanto me lo ofreció, acepté: dar masajes a modelos podría ser muy interesante. También fue por aquella época, más o menos, más concretamente cuando retomé la lectura, en la que empecé a llevar gafas para ver de cerca.

—Fíjate, Eren Jaeger: estás iniciándote en el gafapastismo —comentó Mikasa—. Te has independizado y me pides libros. Lo próximo será ver películas suecas.

—Estoy aplicando nuevas técnicas —Sonreí—. Los hombres que leen ligan más, a no ser que seas Armin.

—Por una vez estoy de acuerdo contigo. —Escudriñó su estantería, su estantería colmada de libros, y después me miró de reojo—. ¿Tienes experiencia?

—He leído toda la obra de Henry Miller. ¡Eso no te lo esperabas! Y un montón de libros de ciencia, de biología y de medicina. Ah, y también la Biblia… ¿Por qué me miras así?

—No pareces ser muy católico. —Alcanzó una novela y me la pasó—. Esta es perfecta para ti: el protagonista es un dandi capullo y perverso. Era la favorita de mi padre.

—¿El retrato de Dorian Gray? —Hojeé la novela; la edición tenía más de veinte años—. Ya veo: Oscar Wilde. Inglesa tenías que ser.

—Sí, sí. Cuídalo con tu vida, ese libro fue el único que traje de Mánchester. Ah, y Wilde era irlandés.

No tardé en descubrir que la llegada del invierno cambiaba a Mikasa. Se quedaba en la cama hasta el mediodía y muchos días se saltaba el gimnasio. Riko la echaba de menos porque no soportaba lidiar con un inepto como yo. La solución que se le ocurrió fue empezar a enseñarme el tipo de karate que dominaba. «Mientras tú estabas de jarana —dijo—, Mikasa se iniciaba en el kyokushinkai». Y paf, se le ocurrió darme una patada que me hizo caer de culo sobre el tatami. Le supliqué que tuviera cuidado. «Sólo sabes quejarte —bisbiseó—, pero no te preocupes: voy a convertirte en un ser de provecho, Jaeger». El proceso para llegar a ser un tipo válido incluyó varios puñetazos en lugares sensibles. Mierda, era normal que Djel y Ralph me hubieran dejado hecho un Cristo: era un verdadero blandengue. En cambio, Mikasa le daba al saco de boxeo como si verdaderamente le zurrara a su peor enemigo. Riko tuvo la maravillosa idea de organizar un combate de kyokushinkai entre nosotros… que tuvo los resultados esperados: el asunto acabó conmigo tirado en el suelo, mareado, con Mikasa acuclillada a mi lado: «Creo que le he dado muy fuerte».

—No, no —contesté mientras me ponía en pie, tambaleando—. Sigamos… ¡No te contengas!

Sabe Dios que no lo hizo. Lo siguiente que recuerdo es a Riko recogiendo mi cadáver y un chorro de agua fría que me devolvió a la vida.

—Eren —dijo Mikasa—, eh, ¿estás vivo?

—Más o menos. —Me froté la cara—. Creo que dejé de estarlo cuando tu maravilloso pie impactó contra mi desgraciado estómago.

—Eso es porque todavía estás muy verde —remachó Riko, mirándome desde lo alto con indolencia y los brazos en jarra—. Pero te felicito, Jaeger: ya no eres el tío con la barriga cervecera del primer día. Has mejorado mucho. —Se dio la vuelta y empezó a correr en la cinta—. Pero el kyokushinkai requiere más motivación.

—Ah, ¿sí? —Miré a Mikasa—. ¿Se puede saber qué motivos tienes tú para aprender cómo romperle el cuello a una persona?

—La defensa personal es importante. —Se encogió de hombros, bebió un poco de agua y echó a andar hacia las duchas.

—Mikasa tiene lo que hay que tener para esto —empezó Riko—. A ti todavía te falta. El kyokushinkai es más que un arte marcial: es una filosofía, chico, un camino que se recorre con la cabeza abajo, la mirada alzada y la boca cerrada.

—Estoy trabajando en eso último.

Aquello era misión imposible. Después de sudar la gota gorda, invité a la cantante a tomar algo, pero para mí sorpresa, alegó tener algo que hacer. Cuando pregunté, respondió escuetamente: «Tengo que ver a un viejo amigo», y luego añadió: «Búscame después de comer e iremos a tomar un café». De modo que acabé telefoneando a mi colega Erwin Smith. «Qué alegría oírte, Eren —rió afablemente—. ¿Qué te parece si quedamos y me aclaras un par de cosas sobre la ciudad?». No había conocido a un tío tan benevolente —exceptuando a Armin— en toda mi vida. El caso es que me reuní con él e intenté que soltara prenda, toda la prenda que un abogado puede soltar, sobre la gachí que justificaba su presencia en París. Era una larga historia, por supuesto.

—Ya nos hemos visto un par de veces —dijo—, pero todavía sigue recordándome los errores del pasado. Aún no comprende que soy solamente un hombre.

—Tarde o temprano te perdonará. Es cuestión de tiempo.

—Lo sé. —Sonrió—. Me necesita.

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MIKASA

Era difícil negarle un poco de dinero a mi viejo amigo Denis Eibringer, ese chalado ruso. Vivía en una pocilga que apenas podía pagar. Daba verdadera lástima oír ese acento ruso rogando por unos cuantos euros. «Así que, ¿ahora tienes pasta? Cuando vivíamos todos juntos, nunca tenías… Vaya, sí que tengo suerte de haber recurrido a ti… Aunque primero llamé a Hitch. Está chiflada y endeudada. No pensaba que tú me ayudarías… Gracias. Oye, ¿sabes que esas hermanas locas, las Cusacovic, se han forrado…? Yo tampoco puedo creerlo. Me estoy pudriendo, el traje se me cae a pedazos… y no he llegado a pagarlo del todo. ¿Podrías acercarme a Correos…? Tengo que recoger un paquete de mi tío Raskólnikov…». Luego empezó a buscar su paquete de cigarrillos por todo el cuarto. Renqueaba ligeramente porque, según dijo, un prestamista le había dado un aviso no muy amigable. «Oye, ¿no te da vergüenza la persona que eres? Quiero decir… Yo me avergüenzo de mí mismo a todas horas. Mírame, te he sacado cincuenta euros… y puede que nunca te los devuelva. Tengo sífilis, para colmo. En Rusia ya me habrían matado… Bueno, ¡aquí está! ¿Un pito? ¿No? Bueno… ¿No has dicho que tenías una moto? No puedo ir a Correos cojeando…», y, después de ponerse la chaqueta llena de parches, exhaló lastimosamente y añadió: «Debería robarlo en vez de dar sablazos a mis amigos. Pero soy demasiado vago… No puedo trabajar ni robar. Estoy todo el día en la cama, con dolor de riñones. Soy un hijoputa gandul desde que nací. Prefiero morirme de hambre antes que mover un dedo».

Para su buena fortuna, accedí a llevarlo a Correos. Allí cuchicheó en ruso con un tío y recogió el «paquete», lo cual lo dejó profundamente abatido. Su tío le había mandado dinero… pero dinero ruso. «Pero, ¿cómo se puede ser tan desconsiderado? Cinco mil rublos equivalen a… No lo sé exactamente, pero no es mucho más de lo que tú me has prestado. Encima tendré que ir al banco a cambiarlos… ¡Estoy acabado! No puedo ir al banco con estas pintas. ¿Harías el favor de acompañarme? Te invitaré a un café por todo el follón que te estoy dando…». Al salir del banco con sus sesenta y seis míseros euros, sonrió como sonríe un tipo realmente acabado: «Ahora mismo sólo podría salvarme una tía rica, pero ya estoy cerca de los cincuenta… ¿Sabes lo que quiere decir eso? Que pronto tendré que comprar Viagra. ¡Dios Santo! Conozco un sitio por aquí cerca… ¿Te apetece un bocadillo de jamón?»

Comió mientras se mortificaba por haberse cortado el dedo. De repente se alegró y empezó a preguntarme: «Bueno, bueno, ¿cómo has estado últimamente? Veo que vas en chándal… ¿Gimnasio? Así que Mikasa Ackerman se está poniendo en forma, quién lo diría… Pídete algo más, hija mía, no te cortes: después de todo, estoy pagando con tus cincuenta… ¡Ay! Yo me estoy volviendo loco en ese establo en el que vivo… Loco, ¿eh? Ya me lo decía mi tío: estás loco, Denis, estás loco… como tu padre. ¡Ese viejo sí que estaba verdaderamente loco! Abandonó a mi madre por un hombre, por un danés».

Un poco después, de vuelta en casa, tras haberse tomado un par de cervezas… «Es una pena que nos estemos conociendo más íntimamente porque me has prestado algo de guita… ¿Sabes? Si algún día tengo pasta y la sífilis no me mata, iré a viajar por el mundo… y te invitaré. Dos cabezas son mejor que una y media».

No me atreví a decir nada, por lo que le aseguré que algún día se recuperaría física y económicamente.

—Bueno, supongo que da igual quedarse aquí o irse a la Conchinchina —continuó—, porque este mundo está completamente podrido. Mira a tu alrededor… mira a esta gente… ¿Has conocido a alguien que valga la pena?

—Pues, de hecho… sí, creo que sí.

Rechacé el trago de whisky barato y entonces, como le sabía mal que me fuera así, me ofreció un puro. «Te aprecio más que la hostia, Mikasa, de verdad. Oye, iba en serio eso de invitarte a dar la vuelta al mundo… Todo artista tiene que viajar. Yo solamente he visto este puto país de gabachos desde que salí de Smolensk… Debería haber ido a Polonia con Zeramuski, ese grandísimo hijo de perra… Creo que está en chirona. Pero, bueno, ¡que le den a ese cabrón! Nunca me ha dado nada, el cerdo. Tú eres la persona que más me ha dado en la vida, incluso cuando no tenías pasta y me animabas con lo de mi dedo. Fúmate ese purito en muestra de mi gratitud».

El día fue pasando así, entre piscolabis y copitas, observando el humo del puro hacerle la contra a la gravedad, bostezando en los semáforos, no haciendo nada en específico, nada más que vivir. Días así parecían utópicos. No había nada importante que hacer, nada que decir, nada que perder. La vida… Bueno, a veces da una tregua, una caricia antes de un puñetazo. Paseé por las Tullerías con el sabroso puro en la boca, con la certeza de que ese parque era uno de los confines del mundo. Todo saldría bien… al final, que es el momento que importa. Era cuestión de esforzarse mínimamente, cosa que había hecho durante toda mi vida. Volví a casa pensando en que nací como una nulidad, pero eso nunca me había afectado, jamás. Y me importaba todavía menos cuando era más joven y estaba realmente tarada. Había disfrutado esos años de formas perjudiciales y, gracias a la Providencia, no había terminado como Denis Eibringer. Era milagroso. Ya en la puerta del edificio, me sentía agradecida con la vida misma por haberme dado una oportunidad. Revisé el buzón: panfletos, un recibo y un sobre del tamaño de un folio. ¡Si eran facturas o documentos indeseables, los echaría al horno de la panadería! Bien, así que abrí el sobre y examiné su contenido, siempre con el puro entre los labios. Eran trece fotos; doce de ellas eran mujeres desconocidas, todas aparentemente dormidas, y la última era una mía, de cuando tenía unos dieciséis años. Salía sentada en el capó del coche de mi hermano, mirada fija en la cámara. Esa foto la había tomado Erwin Smith.

Las rompí en mil pedazos y me llevé las manos a la cabeza. Era cosa suya, claro. El mensaje era claro: «Recuerda que estoy aquí, que he estado con muchas mujeres y que tú puedes ser la siguiente». Bien, pues lo siguiente que hice fue ir a la cocina y coger una botella de bourbon que Moses Braun me había regalado. Si no hubiera sido por eso, tal vez me habría tirado por la ventana. Me sorprendí al descubrir que me temblaba el pulso, y entonces tuve una revelación: él siempre había estado a mi lado, siempre había tenido los ojos en mi persona, desde hacía casi diez años. Creo que fue un bourbon, dos copas de coñac y medio litro de cerveza después cuando sonó el móvil.

—Hola, guiri karateca. ¿Dónde estás? —Era la voz de Eren—. Me debes un café.

Guardé silencio mientras me arrellanaba perezosamente en el sofá. Un barullo vivaz llegaba desde la calle. Por un momento me olvidé de mi interlocutor.

—Ahh, Ereen, ¿eres tú?

Lo escuché reírse.

—¿Se te ha dormido la lengua o estás borracha?

—¿Qué más da?

—No, si yo no digo nada. Soy el menos indicado para criticar la bebida.

Resoplé.

—Ven a mi casa. Estoy muy borracha y muy sola.

—Uy.

—Uy qué.

—Nada, nada. Es sólo que no te imaginaba diciendo eso. En diez minutos estoy ahí.

Al oír aquello, apenas podía creerlo. Yo también podía sentirme sola y ponerme como una cuba. Si yo hubiera abierto el pico para contarle todo lo que me había metido, me miraría espantado. Por aquel entonces ya sabía yo que era un engranaje oxidado de la sociedad y me faltaba un hervor. Era simplemente una chica a la que gustaba pasarlo malamente bien y la música. Fijaos si me gustaba tanto que, en una de esas, iba tan piripi y estaba tan contenta que no me percaté de que me había roto un dedo del pie. Fue a la mañana siguiente cuando la cosa amaneció hinchada y negra, y no supe explicarle a Levi qué había sucedido con exactitud. A día de hoy, lo desconozco. El caso es que la chavala que alguna vez fui bebía como una cosaca porque sí, porque la juventud no necesita motivos para pillar un buen pedal, pero ahora, como adulta, bebía porque había demasiados motivos.

Eren silbó y entonces abrí los ojos.

—Bueno, bueno, bueno, ¿qué es todo esto? —Miró el coñac y las cervezas—. ¿Estás celebrando algo?

Maybe —respondí echando la cabeza hacia atrás y riendo sin humor—. París es una fiesta.

—Supongo que la hora del café queda anulada. —Se sentó a mi lado, pero manteniendo la distancia de un cuerpo—. Así que Santa Mikasa se ha quitado el hábito y la aureola por segunda vez.

—Si yo te contara. —Suspiré.

—Cuéntame.

—No.

—Está bien, está bien. —Lanzó una mirada perspicaz a mi brazo izquierdo… Inmediatamente lo retiré de su vista—. Las he visto. Las vi hace algún tiempo. Había una reciente, cuando las vi.

—Ah.

—Si no quieres hablar de ello, lo entiendo.

Clavé la mirada en él. La cara me ardía y los párpados me pesaban.

—No, no quiero hablar de ello. No hablo de ello. Sueño con ello, convivo con ello, pero no hablo de ello. Yo…

De nuevo esa sensación de miseria. Sobria no habría hecho lo que hice a continuación: me desplomé sobre su regazo. Así, con el pelo cubriéndome los ojos, no pudo ver las lágrimas. Eren Jaeger no movió ni un músculo, ni siquiera se escandalizó por mi forma de actuar. Apoyó los pies en la mesita y una de sus manos fue a parar a mi cabeza.

—Estoy contigo —susurró.

—No te vayas.

—No lo haré. Quiero ayudarte. —Su otra mano tomó la mía—. ¿Algún día… me contarás lo que ocurre?

—Sí —contesté—. Algún día.

—Vale —asintió—, pero, por favor, no te hagas más cortes. Si te pasa algo, ¿quién me va a atizar en el gimnasio?

Sonreí.

—Por eso no lo haré más.

. . .

Eran las ocho pasadas cuando desperté, cubierta por una manta. Me incorporé trabajosamente y atisbé el cielo oscuro por la ventana. La noche, la misteriosa noche se cernía sobre París. Olía bien. Silbidos y, de repente, ¡zas!, algo se rompió, algo de cristal. «Du heilige Scheiße», gruñó Eren. Parece otra persona cuando habla alemán. Luego apareció con una sonrisa y con un par de platos. «Un pequeño accidentito con un vaso —dijo—. He hecho la cena».

—Me sorprende que sepas cocinar —señalé.

—Los tutoriales de YouTube son muy útiles —aclaró—. Espero que te guste la cocina alemana.

Eran salchichas con curry.

—A los alemanes nos gustan mucho las salchichas… Bueno, a algunos más que a otros. —Sonrió con perversidad—. Pero no todo son salchichas, allá en Alemania.

Y ahora estábamos cenando y tuve que decirle que quitara los pies de la mesa. De repente, rió como si hubiera cometido una canallada.

—Bourbon de Kentucky, ¿eh, chica sensata y abstemia?

—Cállate. Me duele la cabeza.

—Una no, ¡dos veces te he visto toda curda! —Levantó las cejas rítmicamente—. Y las dos veces te has lanzado a mis brazos, querida.

—Eso es porque siempre apareces en el momento menos oportuno —rezongué.

Entonces dijo con voz aguda:

—Estoy muy borracha y muy sola. —Rió, y yo también, la verdad—. No te preocupes, yo también he llamado a Armin para decirle eso.

—Se merece el Cielo por aguantarte.

—Cierto. —Se mesó la barba—. Por eso voy a portarme bien de ahora en adelante —aseguró—. Oye.

—Ajá.

—¿Qué pensaste de mí la primera vez que me viste?

—Pensé que eres un salido y un gilipollas, la verdad. Te pegué un post-it en la frente en vez de darte un bofetón —admití— porque no parecías tan mal tipo. Luego haces que un viejo chalado casi me mate y, de la noche a la mañana, mi casera es tu madre. Si te sirve de consuelo, admito mi error: no eres un gilipollas. Un poco salido sí estás, desde luego, pero… Bueno, eres… una buena persona. ¿Se puede saber qué pensaste tú de mí?

—Mejor que no lo sepas —Alzó las manos— o me pondrás de pervertido para arriba.

Le di un golpe en el hombro.

—Me hago una idea de lo que querías, Jaeger. Pero, vaya, no lo conseguiste.

—Me alegro de no haberlo conseguido. —Sus ojos se clavaron en los míos—. Si lo hubiera logrado, para ti yo no sería nada.

—Si me hubieras conocido diez años antes, otro gallo hubiese cantado.

—¿Cuándo perdiste la virginidad?

Reí.

—A los quince.

Mientras terminaba de devorar su plato, se juntó más a mí, acomodándose para escuchar la historia. La Mikasa de Mánchester era algo curioso hasta para mí. Todavía tenía u pie en esos años, supongo. Los ingleses nos anclamos al pasado con facilidad. A Eren esta curiosidad le resultó jocosa.

—No me mires con esa cara —rezongué—. Cómo se me ocurre decírtelo. Eran otros tiempos. Me faltaba un tornillo, más o menos como a ti. Digamos que yo tenía certeza de todo, pero no sentía nada… Nada que no fuera amor por mí misma. El peor de los narcisismos, uno enfermo. Estaba acostumbrada a no hacer nada, también.

Tal y como mi tío Kenny. Ese viejo inmundo era una rata ladrona, y cuando parecía no poder ir a peor, se hizo reverendo. Enseguida lo saqué a patadas de mi cabeza.

—Yo peregrinaba de discoteca en discoteca. Dejaba que me engatusaran para tomar una copa… Joder, me encantaba beber. Por aquel entonces, yo no parloteaba ni una palabra de francés, ni tenía idea de que acabaría aquí.

—Parece que echas de menos esos tiempos.

—Realmente no. No volvería a ellos por nada del mundo. Supongo que estoy orgullosa de la persona en la que me he convertido. —Eché la cabeza hacia atrás—. Eso es todo.

Al parecer, eso impactó a Eren.

—Tengo que decirte algo —se aclaró la voz—. Las dos semanas que pasé fuera no se debieron a… una fuga romántica.

—Lo sé.

—¿Lo sabes? —se sorprendió.

—Volviste muy raro, menos Eren y más barbudo.

—Durante esas semanas me di cuenta de que yo no estoy orgulloso de mí mismo, de nada de lo que he hecho.

—Has hecho cosas buenas, Eren. Eso es más que suficiente para estar orgulloso —contesté—. Aunque te empeñes en creer lo contrario, eres un buen hombre.

—Eso lo dices porque te invito a comer.

—No, ¡claro que no! —Solté una carcajada—. Invitarme a comer es lo mínimo que puedes hacer por mi esmero en ir contigo al gimnasio… en vez de quedarme en la cama.

Me pareció que Eren se sentía indignado. «¡Y luego el vago soy yo! —gruñó—. Bueno, bueno, Mikasita, así que esa es tu verdadera naturaleza: ser vaga, borracha y fiestera».

—Sí, es cierto. —Me encogí de hombros y sonreí—. Pero no soy incorregible.

Aceptarse es un objetivo primordial en la vida. Las siestas de medio día me fascinaban, que me invitaran a comer y a beber me hacía rejuvenecer. Cuando llevaba vida comunitaria, en ese fumadero de opio que compartía con Hitch, Eibringer y los demás tarados, me especialicé en dar sablazos. Una comida, unos euros, una invitación al cine o al teatro: cualquier cosa que quisiera. Así conseguía vaguear durante todo el día, engendrar ideas y acumular energía para materializarlas. Cuando conocí a Eren me encontraba yo en una época de cambio. Estaba empezando a ser un miembro útil de la sociedad. Un horror. Al momento de tomar esas salchichas con curry, estaba integrada casi en su totalidad, aunque una pequeña parte de mí continuara en estado de barbarie.

—¿Sabes una cosa? —dijo Eren mientras cogía los platos y se ponía en pie—. De todas las cosas que pretendía hacer contigo cuando me colé en el camerino del Empíreo, ahora mismo sólo haría una de ellas.

Entonces se dirigió hacia la cocina. Iba a fregar mientras yo me quedaba con ganas de saber. Barrió los cristales del suelo. Luego escuché el grifo y entonces se puso a canturrear en alemán… Pero, te conozco, Eren Jaeger. Oh, sí, estás esperando. Nunca dejas nada a medias. Y yo tampoco.

—¿Qué harías conmigo? —pregunté finalmente.

De nuevo el idioma de Napoleón. Cambió el tema. Me ofreció ir a dar un paseo; conocía un sitio tranquilo para estirar las piernas. «No puedo ni tenerme en pie», le dije. Nos encontramos sin nada que hacer. Al fin desembucha: no quería volver a casa porque todavía no la sentía como tal. Cosas de alemanes, pensé. Echaba de menos el Bristol, pero sabía que no podía vivir en un hotel para siempre. Yo sí qué podría vivir en un palacio como ese… si me pagaran la estancia.

—Oye —insistí—, no escurras el bulto. Habla.

—Es mejor dejarlo estar.

—Vaya. —Suspiré—. No te atreves a volver a tu casa, no te atreves a decírmelo… Eres un cobarde.

Ya lo tengo. Poco después volvió de la cocina con algo en la mano, se sentó a mi lado, mirándome fijamente y diciendo: «Puedo ser muchas cosas, pero no un cobarde». Colocó la cuchara que había cogido sobre mi boca y es entonces, solamente entonces, cuando se hubo procurado una barrera de seguridad, cuando besó la otra cara de la cuchara. Un momento curioso, por decir de menos. Después lo miré, sin ningún gesto, y empezó a ponerse nervioso. «Eso era —aclaró separándose— lo que quería hacer». Inmediatamente me sentí conmovida.

—¿Acabas de besarme, Eren Jaeger?

Nop —Se encogió de hombros—, acabo de besar una cuchara sobre tu boca. No creas que voy robando besos por ahí, eso se consensua. Solamente te he hecho una demostración.

—No sé cómo tomarme esto.

Intenta olvidarlo, me dije. Al fin y al cabo, no era más que una tontería, y cada día se cometen mil tonterías sin importancia. Y Eren es propenso a ello, sin duda. Pero él ya no era el mismo. Aunque se había vuelto más reflexivo, continuaba siendo impulsivo… Pero no podía quitármelo de la cabeza. El sofá empezó a hundirse como arena movediza. Me puse en pie de un salto y fui a por un Ibuprofeno. Cuando volví al salón, Eren estaba poniéndose la chaqueta.

—Hora de que me vaya —dijo—. Creo que deberías acostarte.

—Es temprano.

—Lo sé.

—Eren.

—Dime.

—Eres un buen tipo.

Hacía tanto tiempo que no elogiaba a alguien con sinceridad, que me sentí anonadada. Que si había conocido a alguien de provecho, había dicho Eibringer. Increíblemente sí. Un olor tenue a perfume… muy tenue, eso percibí cuando Eren se acercó. Mi mente estaba curiosamente alerta. ¡Mis nervios tensos y vibrantes! Diez centímetros nos separaban. Antes de que pueda decirse una sola palabra, todo parece estar escrito. Me fijé en todos los detalles, no se me escapó nada: hasta advertí los pequeñísimos poros de su nariz. Cruzamos miradas, no hay nada que decir. Se remojó el labio inferior, inquieto. No sabía cómo actuar y eso lo trastocaba. ¿Y ahora qué…? Eso nos preguntábamos. Permanecimos ahí durante siglos. Después de esa eternidad, me animé a dar un paso. Y luego, muy despacio, casi con sigilo, Eren inclinó la cabeza. Nuestras narices se tocaron, tragó saliva y entreabrió la boca. Cálido, su aliento se alzó por mi rostro. Habría podido volverme loca si hubiera tardado un momento más. Nuestros labios se tocaron, se superpusieron con levedad, rozándose tímidamente. Nos separamos al segundo.

—Sabes… —balbuceó—. Sabes a curry.

—No, tú eres el que sabe a curry.

Finalmente, se dirigió hacia la puerta. Se frotó la base del cuello con insistencia. Entonces, pese a todo, guiñó un ojo y me apuntó con un dedo.

—Nos vemos mañana.

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ERWIN

En Mánchester tuve algunos amigos importantes, unos generosos, otros intransigentes y otros completamente detestables. Las circunstancias habían convertido a mi padre en un lameculos y yo, como buen hijo de lameculos, procuraba llevarme bien con todos esos chorras; habían colocado a mi padre como catedrático en la universidad, así que debíamos mostrar nuestro agradecimiento. Algunos eran tan agasajadores que resultaban agobiantes. Hubo uno, Daz, que resultó ser un pobre desgraciado: lo encontraron muerto en su residencia de soltero, con una gran brecha de oreja a oreja y una botella de vino contra el pecho. Probablemente fue un asesinato, pero no merece la pena nombrar al difunto Daz…

Acabé en la casa de Aurille. Había olvidado todo lo referente a él hasta que pasé por la orilla del Sena y recordé el espléndido cuadro del río que presidía su casa de Mánchester. Estaba pensando que apenas conocía gente en París cuando, de repente, ¡paf!, saltó la palabra como una liebre: Aurille, el señor Aurille.

Me encontraba en su maravilloso apartamento en la rue de Chabrol, aquel del que tanto alardeaba ante mi padre. Aurille se las daba de buen samaritano; ofreció una casa al profesor Smith y, además, la amuebló. Una manera elegante de mear el terreno. Cada día venía a visitarnos con sus carísimos trajes y la mujer correspondiente de la jornada. Por las mañanas, si mi padre no estaba, entraba con su llave, me despertaba de un sonoro grito y me exigía que le preparara el desayuno. Su amigo, Deletov, sugería que no lo contradijera: tenía malas pulgas, ese Aurille. Malas, buenas, ¿qué importaba? ¡Nos había ayudado! Por eso, y porque el profesor Smith todavía no había reunido el dinero suficiente para pagarle, estaba yo dispuesto a lustrarle los zapatos con un cepillo de dientes, a quitarle el polvo de la americana con un pincel y a masticarle la comida, si fuese necesario. Era un maniático, aunque no viviera con nosotros, no toleraba que el fregadero estuviera atestado de platos y cubiertos. Eso lo enfurecía tanto que, un día, ordenó a una de sus chicas que fregara. Estaba en su apartamento parisino tronchándome de la risa al recordar eso. ¡Un gabacho loco!

—Egvin, Egvin —empezó—, pensaba que los Smith habíais muerto, llevo años sin sabeg nada de vosotros. ¡Ah! Sígvete más champán… Como si estuvieras en casa. —A continuación se dispuso a presentarme a su nueva y joven mujer. La llamó varias veces, lo cual lo frustró—. Les femmes ... Elles sont toutes des ordures.

Aurille había nacido rico, por lo que su única preocupación era morir rico también. Se presentaba como un comerciante acaudalado, un mercader de diamantes, con una villa en Italia y varios campos de tabaco en América. Me di cuenta de que era un imbécil nada más verlo, pero son los imbéciles los que tienen suerte en este mundo. Ahora me parecía divertido que ese tipejo pagara la cuenta de los restaurantes sacándose un pequeño diamante del bolsillo, o que fuera por su hotel dando órdenes como un pachá y abofeteando al personal si le apetecía, y todo con una barriga que aumentaba de tamaño con cada comilona que se daba… tres al día, por lo menos. Y el orgullo con el que solía hablarme de Francia: «Es un país encantador, Egvin… Ahí la gente es inteligente». Me decía que había fornicado en una limusina frente al Arco del Triunfo… Sus amigotes se reían demasiado cuando lo escuchaban hablar de ello. Al fin y al cabo, había emborrachado a la chavala para poder pasársela por la piedra, y luego la había dejado tirada, sin bragas, en la habitación de algún hotel. Por lo demás, mi padre y yo no éramos más que esclavos para ese hijoputa rechoncho… Afortunadamente, de eso hacía ya mucho tiempo.

Estuvimos hablando de negocios, de mi padre y de nuestras vidas. Le comenté un asunto, rió y me dio unas palmaditas en la espalda. Enseguida habló con su amigo Deletov. En realidad, Deletov era su perro faldero que haría cualquier cosa por un habano y un traje italiano limpio y planchado. Era una garrapata humana, pero sabía lamer el culo como nadie, y tenía buenas cualidades. Cuando lo vi, me percaté de que su presencia continuaba inquietando: era sombrío y sus dientes habían ennegrecido. No era muy hablador, así que simplemente se dedicó a asentir cuando Aurille le dio indicaciones y la fotografía que yo le había mostrado.

—¿Ves lo que te digo, Egvin? —Suspiró—. Mujeres. Tiene que ir uno a buscarlas cuando deberían arrojarse a nuestros pies… Es bonita, esa muchacha. ¿Disfrutaste mucho metiéndosela, Egvin? Seguro que sí. Yo te ayudaré, ami, porque sé cómo te sientes. Yo también hice lo propio, cuando joven, y más de una vez… —Se echó a reír—. Oui, oui. Mi padre me llevó a una de nuestras haciendas en el campo, señaló a la criada y dijo: «Hijo, puedes hacer lo que quieras con ella. Es una mujer». Así que esa misma noche entré a su habitación; la putita dormía desnuda, y eso facilitó el trabajo… Ah, pero todas estas historias ya las sabes, Egvin. —Luego se dirigió de nuevo a Deletov—. Sé discreto, no queremos alertar a la mademoiselle… Acércame la botella, Egvin. Me alegro de que vigiles lo que es tuyo: así es como debe ser. ¡Ah! Si controláramos más a las mujeres, este mundo sería un lugar mejor.

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EREN

Soy un hombre que se volvió a bautizar a sí mismo. Muchas cosas habían sucedido en los últimos años, fue el cúmulo de todas ellas lo que impulsó el cambio, pero no estoy muy seguro. Sin embargo, hay algo que es una certeza: renací de una herida. Esa herida ya estaba infectada. Debería haver muerto hacía mucho. De hecho, en Alemania me dieron por muerto; era un viejo fantasma, una entidad que, gracias a Dios, se había extinguido de una vez por todas. Usaban el pretérito para referirse a mí, me habían enterrado. Les daba pena. No obstante, yo solía reír, y disfrutaba enormemente de la bebida, me acostaba con muchas mujeres y me aferraba a mi blando colchón. Estaba muerto, pero terriblemente vivo. No pensaba en el pasado y probablemente no tenía futuro, así que… ¿qué más daba? La herida había sido asestada. Hablo de ella como si fuera cosa del pasado, pero la llevo conmigo.

Lo que nadie esperaba fue mi resurrección. Decidí quiénes y quiénes no sabrían que había abandonado el sepulcro. Fue ella quien me anunció que yo era un hombre nuevo: un buen hombre. Ella… Recuerdo que la segunda vez que la vi, me dio a entender que no esperaba volver a verme. Tuvo que pasar mucho tiempo para que ocurriera lo que me aturdió completamente. Salí de su casa con las manos en los bolsillos, la boca abierta y la mirada perdida. Y la consciencia increíblemente tranquila. Había yo besado a muchas mujeres y me había imaginado besando a muchas más, pero aquello me había descolocado. Había sucedido como un movimiento de traslación, con tanta naturalidad y, al mismo tiempo, extrañeza, que no sabía cómo reaccionar. Ella era mi amiga y nos habíamos besado. Podría decirse que fue un descuido, que los labios que iban a la mejilla se desviaron o que fue una tontería; sin embargo, sabía que no era el caso. Nos habíamos besado porque habíamos querido, porque la situación era favorable. Por un momento sentí que no valía menos que el barro. ¿Y ahora qué? Miré hacia su puerta. ¿Y si volviera a llamar? ¿Me abrirías la puerta, Mikasa? ¿Qué harías conmigo en ese caso? ¿Qué haríamos?

—Eren —dijo una voz—, Eren. —Una mano me sacudió levemente.

Parpadeé. Era Franz. Le expliqué lo que había sucedido: la noche anterior había besado a tal y cual, y después me había marchado a casa sin que sucediera nada más. Nos encontrábamos desayunando en una terraza cuando Franz me miró como si hubiera perdido el juicio. «¿Dices que te besó?», preguntó. Negué: había sido mutuo, ambos decidimos hacerlo, nadie se impuso sobre nadie. «¿Después no pasó nada más? —continuó Franz—. ¿No echasteis un quiqui?»

—No —dije—, ni siquiera pensaba en eso.

Oír eso alimentó su teoría sobre mi locura. A todo esto se presentó Armin, a quien Franz puso al día: «¿Sabes que este tío ya no piensa en fo…?». No había revelado la identidad de la otra parte del beso, pero Armin, muy suspicaz él, me echó una miradita que hablaba por sí misma. «Ya veo», dijo, sonriendo, y agregó: «¿Qué tal con tu trabajo?». Precisamente después de desayunar, a las nueve y media, tenía que ponerme manos a la obra. Era sorprendente la cantidad de dolencias que decían tener, aquellas modelos. La agencia estaba buscando gente como yo, «asesores de salud y físico», para tenerlas contentas. Así fue como me vi ante la espalda desnuda de Anka Rheinberger, una bielorrusa —«rusa no, cariño, recuérdalo»— con cantidad de contracturas.

—Oye —dijo—, ¿conoces por casualidad un hotelito agradable? Estoy buscando alojamiento temporal, hasta que acabe con los trámites del divorcio… —De repente, al mencionar eso, enfureció—. Ese hijo de puta, Gustav, quiere joderme todo lo que pueda mientras estemos casados, pero no lo va a conseguir. Me da demasiado asco, ese tipo. ¡Ah, menos mal que no soy una top model, o ya estaría acaparando las portadas! ¡No pienso aguantarlo ni un día más!

Miré por la ventana. Estaba lloviznando. Iba a ser interesante eso de tener trabajo.

OOO

HOLAAA

He vuelto. Con el capítulo once, para vosotros, jugadores. Hasta hay beso y todo, que la cosa avanza. Próximamente, más y mejor.

Saludos a todos los que leen y dejan sus reviews.

PD: Puede que vuelva con una idea muy loca para un fic cuyo título es Cowboys from Hell.