Después de regresar de la tienda, Dani aparcó la bici en la parte trasera de su cabaña y entró para cambiarse de ropa. No tenía bañador, aunque de haberlo tenido tampoco se lo habría puesto. Por más natural que fuera para una adolescente pasearse delante de desconocidos en bañador o biquini, ella no se sentiría a gusto en bañador delante de Santana durante un día en la playa con sus hijos. O francamente, incluso sin los niños.

A pesar de que se había resistido a la idea, tenía que admitir que sentía curiosidad por ella. No por las cosas que había hecho por ella —por más agradecida que le estuviera por eso—, sino por la tristeza que a veces reflejaba su rostro cuando sonreía, la expresión de su cara cuando le hablaba de su esposa, o la forma como trataba a sus hijos. Había una soledad intrínseca en ella imposible de ocultar, y ella sabía que en cierto modo se asemejaba a la suya.

Dani sabía que Santana se sentía atraída por ella. Tenía la suficiente experiencia como para detectar cuándo una mujer la encontraba atractiva; la dependiente en la verdulería hablando demasiado, o una desconocida que se giraba al verla pasar, o una camarera pasándose por su mesa más de lo necesario… Con el tiempo, había aprendido a fingir que no se daba cuenta de la atención que le dedicaban esas mujeres; en otros casos, les mostraba un absoluto desprecio, pero sabía lo que pasaría si no se comportaba de ese modo. Más tarde. Cuando esa desconocida la acompañara a casa. Cuando se quedaran solas.

Pero se recordó a sí misma que esa vida había quedado atrás. Abrió un cajón de la cómoda, sacó unos pantalones cortos y las sandalias que se había comprado en Anna Jean's. La noche previa, había pasado una velada agradable con su amiga, tomando vino, y ahora iba a ir a la playa con Santana y su familia. Se trataba de actividades normales en una vida normal. Pero para ella el concepto era nuevo, como si estuviera aprendiendo las costumbres de una tierra extranjera, y eso le provocaba una sensación de alegría y de recelo a la vez.

Tan pronto como acabó de vestirse, vio el todoterreno de Santana, que se acercaba por el sendero de gravilla. Suspiró hondo cuando el vehículo se detuvo delante de su casa. «Ahora o nunca», se dijo, y salió al porche.

—Tiene que abrocharse el cinturón, señorita Dani —comentó Kristen desde el asiento trasero—. Mi mamá no conducirá a menos que se lo ponga.

Santana miró a Dani, como preguntándole: «¿Estás lista?».

Ella le regaló su sonrisa más valiente.

—De acuerdo —dijo—. Vamos.

Al cabo de menos de una hora llegaron a Long Beach, un pueblo costero lleno de las típicas casas coloniales de madera de dos plantas y con unas impresionantes vistas al mar. Santana estacionó en un pequeño aparcamiento que quedaba arropado por las dunas. La hierba crecida parecía querer imitar al mar con su movimiento ondulante, empujada por la suave brisa marina. Dani salió del vehículo y contempló el océano, aspirando con energía.

Los niños saltaron al suelo e inmediatamente se pusieron a correr hacia el sendero entre las dunas.

—¡Voy a ver qué tal está el agua, mamá! —gritó Josh, sosteniendo en la mano la máscara y tubo de buceo.

—¡Yo también! —añadió Kristen, siguiendo a su hermano.

Santana estaba ocupada descargando trastos de la parte trasera del todoterreno.

—¡Esperen! ¡Un momento! —gritó, intentando retenerlos.

Josh suspiró, incapaz de ocultar su impaciencia mientras apoyaba todo el peso de su cuerpo primero sobre un pie y luego sobre el otro. Santana empezó a descargar la nevera portátil.

—¿Quieres que te ayude? —se ofreció Dani.

Santana sacudió la cabeza.

—Puedo apañarme sola, gracias, pero ¿te importaría ponerles a los chicos un poco de loción solar y vigilarlos unos minutos? Sé que se mueren de ganas de meterse en el agua.

—De acuerdo —contestó Dani al tiempo que se volvía hacia Kristen y Josh—. ¿Están listos?

Santana se pasó los siguientes minutos sacando las cosas del vehículo y llevándolas hasta una de las mesas de madera más cercana a la duna, un espacio que no invadiría el agua cuando subiera la marea. Aunque había otras pocas familias, disponían de bastante espacio para ellos solos. Dani se había quitado las sandalias y se hallaba de pie mientras los pequeños chapoteaban alegremente en la orilla. Mantenía los brazos cruzados, e incluso desde lejos Santana pudo detectar una singular expresión de satisfacción en su cara.

Santana agarró un par de toallas y se las colgó sobre el hombro antes de acercarse a ella.

—Cuesta creer que ayer lloviera tanto, ¿verdad?

Ella se giró al oír su voz.

—Había olvidado lo mucho que echaba de menos el océano.

—¿Hacía tiempo que no veías el mar?

—Demasiado tiempo —contestó ella, escuchando el ritmo cadencioso de las olas al chocar contra la orilla.

Josh entraba y salía del agua; a su lado, Kristen estaba de cuclillas, buscando conchas nacaradas.

—Debe de ser muy duro a veces, tener que encargarte tú sola de ellos —comentó Dani.

Santana vaciló, considerando el comentario. Cuando habló, su voz era muy suave: —Normalmente no cuesta tanto. Solemos seguir una rutina, ¿sabes? En nuestra vida diaria, me refiero. Pero es cuando nos salimos de esa rutina, cuando hacemos cosas distintas como ahora y no seguimos ningún ritmo marcado, cuando la situación a veces se complica hasta tal punto que puede volverse frustrante. —Propinó unas pataditas a la arena y hundió los pies un poco—. Cuando mi esposa y yo hablábamos de tener un tercer hijo, ella intentaba prevenirme de que iba a implicar un cambio rotundo: de llevar una vida más o menos controlada, a permanecer en estado de alerta perpetuo, a entrar en «zona de defensa». Solía bromear aduciendo que no creía que yo estuviera preparado para enfrentarme a ese combate diario. Pero aquí estoy, en zona de defensa cada día… —Se calló un instante y sacudió la cabeza—. Lo siento, no debería haber dicho eso.

—¿El qué?

—Parece que cada vez que hablo contigo no sea capaz de hacerlo sin nombrar a mi esposa.

Por primera vez, ella se volvió hacia Santana.

—¿Y por qué no ibas a hablar de tu esposa?

Santana empujó una pila de arena hacia delante y hacia atrás, aplanando la nueva superficie que acababa de formar.

—Porque no quiero que pienses que no puedo hablar de otros temas, que me he quedado anclada en el pasado.

—La querías mucho, ¿no?

—Sí —repuso ella.

—Y ella era una parte muy importante de tu vida y la madre de tus hijos, ¿no?

—Sí.

—Entonces es normal que hables de ella. Tienes que hacerlo. En parte, tú eres como eres por ella.

Santana le dedicó una sonrisa de agradecimiento, pero no se le ocurrió nada que decir. Dani pareció leerle el pensamiento.

—¿Cómo se conocieron? —Su voz destilaba ternura.

—En un bar. Típico, ¿no? Ella había salido con unas amigas a celebrar un cumpleaños. Hacía calor y el local estaba abarrotado de gente, con poca luz y la música muy alta, y ella… Ella destacaba entre todas. Quiero decir, sus amigas parecían un poco descontroladas, y era obvio que lo estaban pasando bien, pero ella permanecía serena e impasible.

—Supongo que era muy guapa, ¿no?

—Ni que lo digas. Así que… me tragué los nervios, me acerqué disimuladamente y me decidí a desplegar todos mis encantos.

Cuando hizo una pausa, Santana vio la sonrisa que curvaba la comisura de los labios de Dani.

—¿Y? —preguntó ella.

—Y todavía necesité tres horas para que me dijera su nombre y me diera su número de teléfono.

Dani rio.

—Y a ver si lo adivino. La llamaste al día siguiente, ¿no? Y la invitaste a salir.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque pareces esa clase de chicas.

—Hablas como si estuvieras acostumbrada a toparte con mujeres como yo.

Ella se limitó a encogerse de hombros.

—¿Y entonces qué pasó?

—¿Por qué quieres que te lo cuente?

—No lo sé —admitió ella—. Pero me interesa.

Santana la estudió detenidamente.

—Está bien —aceptó al final, y se preparó para seguir—: Así que…, bueno, tal y como por arte de magia has averiguado, le pedí si quería almorzar conmigo al día siguiente. Nos pasamos el resto de la tarde charlando. Aquel fin de semana, le dije que un día nos casaríamos.

—Bromeas.

—Ya sé que suena raro. Créeme, ella pensó que estaba loca, también. Pero es que… tuve la certeza. Ella era inteligente y afable, y teníamos muchas cosas en común, y queríamos lo mismo en la vida. Ella se reía mucho y también me hacía reír… Sinceramente, de las dos, yo fui la afortunada.

La brisa del océano continuaba empujando las olas, que se enredaban en los tobillos de Dani.

—Es probable que ella también pensara que era la afortunada.

—Eso fue solo porque conseguí engatusarla.

—Lo dudo.

—Bueno, eso es porque también he conseguido engatusarte a ti.

Ella rio.

—No lo creo.

—Solo lo dices porque somos amigas.

—¿Crees que somos amigas?

—Sí. —La miró directamente a los ojos—. ¿Tú no?

Por la expresión en la cara de Dani, supo que la idea la había pillado por sorpresa, pero antes de que ella pudiera contestar, Kristen se les acercó saltando y chapoteando, con las manos llenas de conchas.

—¡Señorita Dani! —exclamó—. ¡He encontrado algunas que son preciosas!

Dani se inclinó hacia la pequeña.

—¿A ver?

Kristen alzó las manos y puso las conchas en la mano de Dani antes de girarse hacia Santana.

—Mami, ¿podemos empezar a preparar la barbacoa? Tengo hambre.

—Claro que sí, cielo. —Dio unos pasos hacia el agua para echar un vistazo más de cerca a su hijo, que buceaba entre las olas. Cuando Josh asomó la cabeza por encima del agua, Santana formó un cono con sus manos alrededor de la boca y gritó—: ¡Josh! ¡Voy a preparar la barbacoa, así que será mejor que salgas del agua un rato!

—¿Ahora? —replicó Josh.

—Solo un rato.

Incluso en la distancia, Santana vio cómo su hijo dejaba caer pesadamente los hombros. Dani también debió de darse cuenta, porque se apresuró a intervenir.

—Puedo quedarme aquí a vigilarlo, si quieres —se ofreció.

—¿Estás segura?

—Kristen me está enseñando todos los tesoros que ha encontrado.

Santana asintió y volvió a girarse hacia Josh.

—La señorita Dani se quedará aquí para vigilarte, ¿de acuerdo? ¡No te adentres demasiado! ¿Entendido?

—¡Está bien! —gritó el muchacho con alegría.