Capitulo IX
"The daughter of white"
-¿Por qué soy diferente?-
Mientras que en el País Amarillo vivían los terrores causados por el Señor de la Oscuridad y, de los altos cobros de impuestos y excesos que cometía la reina Rin, en otro reino, más allá de las fronteras del País Magenta, al otro lado del extenso mar de Akuno, existía un lugar llamado País Verde, un reino pacifico y tan lleno de vegetación que hacia honor a su nombre. Era mundialmente conocido por ser uno de los principales productores agrícolas, al cual la mayoría de los reinos vecinos compraban sus productos.
Otra cosa por la que era famoso dicho país, además de sus numerosas granjas, era el hecho de que todos sus habitantes tenían el cabello de color verde, aunque fuese en distinta tonalidad, pero todos poseían una cabellera del mismo color a fin de cuentas.
En una de las villas más lejanas de la capital, donde la gran mayoría de sus habitantes eran campesinos que trabajaban en el cultivo de cebollas, las casas eran en su mayoría grandes, construidas de piedras y madera, pintadas uniformemente de marrón y techo de tejas. Cerca de cada vivienda, se encontraba un granero, más uno tres veces más grande a las afueras de la villa donde todos guardaban parte de su cosecha.
El viejo camino principal llegaba desde la lejana ciudad hasta le plaza central, donde se dividía en distintas direcciones que llevaban a todos los rincones del pequeño pueblo. Todo rincón reflejaba una gran alegría, niños corriendo entre las casas, persiguiéndose unos a otros o arrojándose piedras pequeñas. Las jóvenes de la villa paseaban juntas, llenando cestos de diversos vegetales para llevarlos a sus casas, mientras que los muchachos las miraban en lugar de hacer su trabajo reparando los maderos dañados de las casas o las cercas; a las afueras del poblado, entre los grandes campos de cultivo, los hombres trabajaban arduamente para que no se perdiera la cosecha por las plagas de insectos o ataques de animales como roedores, evitando el caos provocado por estos en años anteriores.
Pero aun más lejos de aquellos campos, donde el camino se pierde entre los árboles y no existe huella alguna de humanos en los alrededores, en lo más profundo del bosque, había una joven sentada al pie del un grande y viejo árbol. Su mirada triste se mantenía fija en las nubes que cruzaban el inmenso cielo azul y su cabello se mecía delicadamente con las ligeras brisas que soplaban. Aquella chica permanecía en silencio, apenas moviendo la boca, pero sin que palabra alguna saliera de sus labios. Su nombre era Yowane Haku, conocida en todo el pueblo no por poseer grandes virtudes o cualidades, ni por provenir de una familia de grandes recursos económicos. Ella era una chica solitaria y callada, siempre con la mirada triste, todo provocado por ser el objeto de burla y rechazo de los demás vecinos pues ella, a diferencia de todos, tenía el cabello de un color blanco como la nieve y sus ojos eran rojos como dos grandes rubíes.
Pasaba los días del mismo modo. Salía lo más temprano posible del pueblo, para evitar las malas miradas e hirientes palabras de las demás personas, y se escondía en lo profundo del bosque, donde permanecía hasta el atardecer; regresaba al pueblo, pero permanecía detrás de las cercas de las ultimas casas hasta que oscurecía y podía caminar tranquila hasta su casa, evitando ser vista por los pocos que permanecían en las calles.
Mientras permanecía en el bosque se dedicaba a mirar el cielo y las nubes, a los animales que curiosos se acercaban a ella o simplemente como el viento mecía a los árboles que le rodeaban. En algunas ocasiones cargaba un pequeño cuaderno donde dibujaba el paisaje que le rodeaba; pero principalmente, pasaba las horas preguntándose muchas cosas. ¿Por qué soy diferente? ¿Por qué no soy como los demás? ¿Cuál es mi destino? ¿Sólo soy un objeto de burla? ¿Por qué no estoy muerta? Preguntas como estas y aun muchas mas, rondaban por su cabeza a diario, mientras estaba sentada en aquel árbol.
-Dios… ¿Por qué Dios? ¿Por qué me hiciste así?- decía con una débil y triste voz. –Acaso… ¿mi única razón de existir es… ser la burla de todos? Ya estoy cansada de todo esto… ¡ya no puedo más! ¡Dios! ¡Por favor has algo!- comenzó a gritar, a pesar de sentir un fuerte nudo en la garganta. –Ya no puedo ser la burla de todos, quiero… quiero ser aceptada, que los rechazos terminen ¡ser feliz por una vez!- las lagrimas comenzaban a brotar de sus ojos, mientras su mirada desesperada de clavaba en el cielo, como si buscara el rostro de Dios. –Por favor… ¡cámbiame! Quero ser igual que todos en el pueblo, que me acepten. Un motivo para ser feliz, pero ya no puedo soportarlo mas. Mátame si quieres, ya no me importa, quiero… dejar de sentirme así… por favor.
La joven se sentó de nuevo, permaneció abrazando sus piernas mientras miraba el suelo. Sus carmesíes ojos poco a poco se inundaban de lágrimas hasta que finalmente, estas brotaron y tras resbalar por sus mejillas, rápidamente caían a la fría tierra, como gotas de lluvia. Así permaneció aquella joven de blanca cabellera hasta que el sol se ocultó detrás de las lejanas montañas del oeste.
El camino de regreso al pueblo era largo y resultaba peligroso por la presencia de ladrones que desde hacia unas semanas, amenazaban esta zona del País Verde. Esto ya no le importaba a Haku, quien incluso caminaba aun más despacio, esperando ser atacada y así terminaran con su sufrimiento. Pero contrario a lo que esperaba, no había nadie, el camino estaba desierto ni una sola alma podía verse alrededor.
Al llegar finalmente al pueblo, también le sorprendió el hecho de que ya todos se encontraran dentro de sus casas. Normalmente eso ocurría más tarde, cuando los hombres del pueblo entraban a sus casas para cenar después de pasar un tiempo en la plaza descansando de las actividades diarias. Sin darle mayor importancia, Haku llegó a su casa y entro rápidamente.
Esa noche, antes de dormir, se preguntó si Dios había escuchado sus suplicas y por eso no se había encontrado a nadie.
A la mañana siguiente, la joven Yowane se levantó temprano como de costumbre; rápidamente se vistió y desayunó poco como solía hacerlo. Por su condición, no podía darse grandes lujos y solo vivía de lo poco que podía cultivar para si misma y de lo que recolectaba del bosque. Sirvió su modesta comida en un pequeño plato blanco y lo llevó a la mesa, frente a la ventana. Desde ahí podía mirar la plaza del pueblo, cosa que aprovechaba para planear su ruta de salida hacia el bosque. También miraba el cielo, le gustaba su casa porque en ella había algunos nidos de palomas que siempre salían a volar mientras ella desayunaba. En varias ocasiones se quedaba perdida en sus pensamientos, incluso algunos trataban de volar como las aves, a un lugar lejano de esa aldea donde pudiera vivir en paz y feliz con mas personas como ella, o simplemente acompañar a esas aves en su recorridos diarios.
En esta mañana, el cielo había amanecido gris, lleno de oscuras nubes que presagiaban una fuerte lluvia. Sin importarle esto, Haku decidió salir a dar su acostumbrada caminata por el bosque y alejarse de todos. Cuidadosamente salió de su casa, asomándose por las ventanas y puerta antes de salir; en ocasiones, esa era la parte más difícil de su recorrido. Todo parecía estar despejado, así que se puso en marcha y abandonó su hogar. Recorrió con sumo cuidado las calles de la villa, escondiéndose detrás de los muros o barriles que encontraba a su paso; hasta la mitad del camino nadie la había visto. Su marcha continuaba por los callejones hasta que vio bloqueado su camino por un montón de cajas apiladas entre dos edificios; buscó la forma de superar el obstáculo sin éxito alguno. Finalmente se dio la vuelta y tomando valor se decidió a salir por la calle principal de la villa. "Falta poco y no se ve nadie cerca" pensaba "nadie notara mi presencia". Acelero el paso lo más que pudo para llegar al arco que señalaba los límites de la villa, pero antes de lograrlo un grito la detuvo en seco.
-¡Miren!- gritó la voz de un niño. –Es ella. ¡Es la hija de blanco!
-¿Que está haciendo esa rara mujer aquí?- agregó un muchacho. –Está en la entrada, espantara a los viajeros.
-Oye tú, rara. Regresa a tu casa y no vuelvas a salir.- le dijo otra persona que estaba cerca. –Hoy vienen por las cosechas y si te ven, ni se preocuparan por llevarse las verduras ¡Lárgate!
-¡Si lárgate!- gritó de nuevo el niño –No te queremos ver ¡eres fea!- siguió chillando y tomando una piedra, se la aventó a Haku, librándose por poco del impacto.
Las demás personas que estaban cerca, lejos de detener al agresivo pequeño, lo alentaron a continuar con la agresión y llamaron a varios niños para que se le unieran. Al instante, alrededor de siete infantes se reunieron y tomando piedras del suelo, comenzaron a atacar a la joven, quien no pudo hacer más que correr para evitar las pedradas. Varías lograron darle en la espalda, pero cuando una pequeña roca tocó su cabeza no pudo evitar gritar.
-¡Ya basta!- dijo entre lágrimas. -¡Dejen de arrojarme piedras! ¡Déjenme en paz!
En el mismo momento en que gritó, un rayo logro verse detrás de ella y con esto comenzó una intensa lluvia. Todos los niños miraron asustados la escena, fijando después sus miradas en Haku quien tímidamente se dio la vuelta y corrió a su casa.
-¡Es una bruja!- se escuchaban los gritos de los niños. -¡Bruja! ¡Bruja!
-¡Yo no hice nada! ¡Yo no fui!- gritaba Haku al borde del llanto, mientras las personas se acercaban a los niños para escucharlos.
Las miradas acusadoras de todo el pueblo se volvían contra Haku al oír las palabras de los infantes, mientras que ella ignorándolos completamente, corrió a su casa y se encerró en ella. Sabiendo que pronto irían en su contra, se escondió en el sótano, pues su entrada se encontraba oculta, la cerró con un candado y sentándose en el rincón más alejado, esperó a que sus vecinos llegaran.
Se quedó ahí sentada en el suelo, abrazando sus piernas con una mirada triste y amarga. En poco tiempo llegaron a sus oídos los gritos de las demás personas y lo golpes que tiraban a su casa. Ante la impotencia de no poder hacer nada por defenderse a si misma ni a su hogar, simplemente comenzó a llorar, sin saber cuanto tiempo pasaba, hasta caer profundamente dormida.
Durante los siguientes días, Haku ni siquiera se atrevía a asomar la cabeza por la ventana, seguía refugiándose en su sótano y el único motivo que tenía para salir era ir a la cocina por un poco de comida. A la mañana del octavo día, sus alimentos y agua se agotaron, viéndose en la necesidad de abandonar su hogar y buscar algo para los próximos días.
En esta ocasión intentaría por un camino diferente, en vez de ir por su acostumbrado recorrido por el este del pueblo, iría por el oeste, rodeando más casas, pero esto también la pondría a salvo, además de cubrir su cabeza con un velo que tenía a la mano. Se cubrió con el y abandono su morada.
Para su buena suerte, el camino que eligió resulto ser mucho mejor que el que ya acostumbraba tomar, pues pasaba por la parte trasera de todas las casas y graneros lo que evitaba que la vieran. También resultó provechoso para conseguir alimentos, pues algunos graneros estaban tan llenos que los productos salían por sus ventanas o estaban cerca de estas, por lo que Haku solo debía estirar un poco la mano para obtenerlos. Ella pensaba que si esta gente le maltrataba tanto sin razón alguna, no estaba mal robarles un poco de comida que tanto necesitaba. También fue al bosque a recolectar unas cuantas cosas, como frutillas, setas y algunas hierbas que podrían servir como medicina.
Ese escape de su casa le sentó muy bien, la brisa fresca soplaba en su rostro, haciéndola olvidar por un momento los problemas que había vivido hace poco. Pasó frente al viejo árbol donde solía perder el tiempo. Como si una extraña fuerza emergiera del árbol, Haku dio unos pasos hacia el, tenia toda la intención de sentarse y pasar ahí toda la tarde. Pero al estar cerca notó que había algo extraño en su lugar.
Detrás del árbol se asomaba lo que parecía ser un vestido de color verde y mientras mas avanzaba, se hacia mas notoria la presencia de una chica, pues se podían ver sus manos y su cabello. Al notarlo, Haku dio media vuelta y se preparó para irse. Sin mirar atrás dio unos cuantos pasos hasta que pisó una ramita seca; el ruido la paralizó y llamó la atención de la desconocida, quien de un rápido movimiento se levantó y fue a investigar lo que provoco ese sonido.
-Espera- dijo la voz de la chica desconocida. –No huyas. ¿Quién eres?
Haku no respondió, volteo a ver a la chica. Era una joven de aproximadamente 16 años, de ojos verde esmeralda y un largo cabello verde, peinado en dos coletas. Traía puesto un vestido de color verde azulado, que hacia juego con su cabellera. Ya sabía quien era.
-Déjame- dijo débilmente Haku. –Yo no hice nada.
-No, espera. No te haré nada.
-¡No es cierto! Siempre me dijeron eso, pero ¡era mentira!
-Por favor, créeme. Yo no te voy a hacer nada. No sabía que tú venías a este lugar, en serio.
-Sólo arrójame una piedra y ya déjame.- menciono Haku, dándole la espalda y sentándose en el suelo. –Es lo único que puedes hacer aquí. ¿Qué buscarías tú de mí?
-Quiero hablarte, eso es todo.
-¿Hablar? ¿Hablar conmigo? ¿Por qué lo harías? ¿Crees que no se quien eres? Eres Hatsune Miku, la chica que todos en la villa quieren, a la que todos aceptan… ¿por qué querrías hablarme?
-Oh, ya entendí. Entonces tú eres Haku.
-Si soy yo- dijo algo molesta. –Y no soy una bruja. No se como paso eso de la lluvia ¡yo no hice nada!
-Tranquila Haku, tranquila. Yo sé que no pudiste iniciar la lluvia, eso es imposible.- le sonreía mientras hablaba. –Se como te tratan todos ahí pero… debes saber que yo no soy igual. No vine a decirte nada malo ni atacarte, es solo que… creí que necesitabas… compañía.
-Compañía… Ya deja de mentir. ¿Cuántos te acompañan? ¿Qué no se han burlado lo suficiente de mí?
-Haku por favor, escúchame… Se que te han hecho mucho daño, que te tratan muy mal; pero yo no voy a hacerlo. No me gusta que te hagan eso, es tan… horrible. Quero ser tu amiga, que tengas en quien confiar.
-No te creo, ahora déjame sola.- dijo dándole la espalda. –Quiero estar sola.
-Haku yo…
-¡Déjame ya!
Miku dio un triste suspiro, dio unos cuantos pasos, acercándose a Haku. Le dejó una pequeña flor blanca y se alejó de ella.
-Ah, antes de olvidarlo.- dijo dándose la vuelta. –Me gusta tu cabello porque es diferente.- Dicho esto, se fue del bosque dejando sola a Haku.
Fueron muriendo así los días, Haku regresaba a su árbol para pasar el tiempo sentada mientras miraba el paisaje. Pero desde aquella tarde todo se había vuelto diferente; ya no pasaba los días sola, aquella chica, Miku, comenzó a ir al bosque para acompañarle. En algunas ocasiones, ella ya se encontraba ahí sentada, esperando a Haku; otras, llegaba después. Siempre permanecía alejada, sentada entre los árboles que rodeaban a la chica de cabello blanco, admirando el paisaje o jugando con los animales, pero en numerosas ocasiones, cantaba. El sonido de su dulce voz llenaba de alegría el bosque y resonaba en todos sus rincones, los alegres cantos tenían influencias aun entre los animales, que se acercaban curiosos hacia la chica de verde.
Con el transcurso del tiempo, Miku se acercaba cada vez más Haku, aunque fuera solo un paso. El cabo de unas semanas, ambas se habían sentado en el árbol, cada una en un lado contrario; esto representaba un avance para Miku, pues ya se había acercado lo suficiente para poder hablar tranquilamente con su compañera, aunque no podía mantener un conversación larga, por lo que era la chica de cabello verde quien platicaba todo el tiempo.
-Muchos me dicen que… hago mal por estar aquí, contigo. Dicen que eres mala y me harás daño. Yo sé que no es así. Si fuera verdad no estaría aquí, me hubiera ido desde el primer día que nos vimos.- decía Miku, siempre hacia una pausa, esperando una respuesta que nunca llegaba. –Pienso que… los que hacen mal son ellos por tratarte así. Eres diferente… pero es te hace mejor… al menos yo me aburró de ver solo cabello verde- dijo soltando una risita. –Pero… me gustaría que dejaran de se así. No los entiendo. No comprendo porque tienen miedo.
-¿Miedo? ¿A que le tendrían miedo?- logró escucharse la débil voz de Haku.
-A ti, por ser diferente. Ese es su motivo para tratarte tan mal, tienen miedo de ti por ser diferente. Eres distinguida, lista, sensible, algo que ellos nunca serán. Se ríen de ti por ser diferente, pero tú deberías reírte de nosotros porque somos iguales.
-Tú también eres diferente.
-¿Qué? No, soy igual que ellos. De ojos y cabello verdes.
-No. Eres diferente por dentro.- se levantó de su lugar, rodeo el árbol y terminó frente a Miku. –Eres diferente aquí dentro.- dijo presionando el corazón de la chica de cabello verde. Le dirigió una pequeña sonrisa -¿Quieres venir a desayunar mañana en mi casa? No tengo mucho pero… quiero estar contigo.
Miku permaneció unos segundos mirando a la joven directo a sus ojos. No podía creer lo que acababa de escuchar; tras darse un leve pellizco en la pierna y comprobar que no soñaba, le devolvió la sonrisa a Haku.
-Me encantaría. Estaré en tu casa mañana… amiga.
