Hola hola... ¿Cómo han estado? ¿Cómo han empezado la semana? Espero que bien. Jeje.

Me alegra mucho que les esté gustando la historia! Es un aliciente para seguir. Aunque no es de mi autoría claro está... Pero igual el trabajo de adaptarla para compartir con ustedes es especial. Y me hace sentir de maravilla.

Ahora, poniéndonos serios... Mis horarios son un poco fuera de serie, ya que en vez de actualizar a una hora desente, siempre lo hago en la madrugada y como que la mayoría está en los brazos de Morfeo soñando con Shaoran bebé de luz... jiji..

Por eso quiero tratar de ser "normal" y actualizar a un horario como la gente para que ustedes se den un respiro de sua tareas y disfruten.

Así que sin más dilación... El cap 11..

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Capítulo 11

Shaoran siempre había sido un hombre disciplinado. Tanto si estaba expresando sus opiniones en la Cámara de los Lores como si estaba resolviendo asuntos domésticos con su ama de llaves, nunca se distraía, nunca permitía que nada se interpusiera en su trabajo, y mucho menos una mujer.

Pero desde la cena con la señorita Kinomoto había tenido serios problemas de concentración. Llevaba días evitándola, y aun así no podía apartar de su mente la imagen de Sakura empapada por la lluvia. El deseo de estar con ella le atacaba en los momentos más inoportunos.

Lo que más le preocupaba era que llevaba más de cinco meses viviendo con una mujer que tenía el cuerpo de una diosa y él no se había dado cuenta.

Shaoran miraba sin prestar atención cómo una docena de hombres trasladaban un trozo del suelo reparado al hipocausto. El señor Terada no paraba de gritarles órdenes, pero él no entendía ni una palabra. Estaba totalmente ausente.

Había sido necesario verla bajo la lluvia para apreciar lo bella que era. Ahora la evidencia de esa belleza lo tenía abrumado. La noche que cenaron juntos, a pesar de que ella llevaba un insulso vestido gris, no pudo dejar de mirarla y desearla ni un instante. ¿Cómo se le había pasado por alto esa belleza durante cinco meses? Él siempre había sido un experto en reconocer esas cosas.

Quizá era porque ella trabajaba para él, y él nunca se había permitido fijarse en las mujeres que estaban a su servicio; especialmente en aquellas que se esforzaban en pasar desapercibidas.

O quizá había estado trabajando demasiado, dejándose llevar por la presión de abrir el museo a tiempo y sus obligaciones con el Club de Anticuarios. No había disfrutado de los placeres de un cuerpo de mujer desde la última temporada en Londres.

Shaoran se removió nervioso y se preguntó si las piernas de Sakura serían tan largas como le habían parecido bajo el vestido mojado. Desde que la había visto bajo la lluvia, soñaba con esas increíbles piernas.

—¿Señoría?

—Humm. —Shaoran despertó abruptamente y se encontró con el señor Terada observándole.

—¿Se encuentra bien? —preguntó el anciano, preocupado—, Si me permite ser directo, últimamente parece cansado, señoría.

—Estoy bien, señor Terada —contestó él pasándose la mano por el pelo alborotandolo un poco más—. Continúe con su trabajo.

Él sabía que no podía permitir que sus sensuales sueños sobre Sakura lo distrajesen de su museo y de su excavación. Ninguna mujer valía ese sacrificio, aunque tuviera el cuerpo de una diosa.

Sólo había dado dos pasos hacia los establos cuando inconscientemente cambió de dirección y se dirigió a la antika. Llevaba dos semanas evitándola, permitiendo que su imaginación lo atormentara. Quizá por eso había llegado a obsesionarse tanto. Si la veía otra vez, seguro que se curaba. Seguro que si veía una vez más ese glorioso cuerpo lograría olvidarse de ella por completo.

Sakura estaba en la antika, pero otra vez llevaba puesto ese horrible delantal que ocultaba sus redondas curvas y su perfecta silueta. Cuando Shaoran lo vio, primero se lamentó de no poder disfrutar de tan agradable vista, pero luego decidió que era mejor así. Quién hubiera podido imaginar que un delantal funcionara tan bien como protección o, mejor dicho, como cinturón de castidad.

La verdad es que ese delantal era muy útil para su trabajo, pero no entendía por qué lo llevaba entonces, si no estaba en la excavación y lo único que hacía era leer una carta.

—Si no cumple con su horario de trabajo ahora que es de día, señorita Kinomoto, saldré muy perjudicado por nuestro acuerdo —dijo él al entrar en la habitación. Cuando ella levantó la mirada él vio que algo le preocupaba.

—¿Le pasa algo? —preguntó.

—He recibido una carta de su hermana.

—¿Y qué dice Tomoyo en su carta para que usted ponga esa cara de preocupación?

—Hace días le escribí diciéndole que me quedaría aquí hasta primeros de diciembre.

—¿Y?

—Ella dice que Londres es muy aburrido en diciembre, pero que por suerte el marqués de Covington va a celebrar un gran baile en su casa el día de fin de año para festejar el setenta y un aniversario de su abuela. Dice que se va a asegurar de que yo también esté invitada.

—¿Y?

Sin responder a su pregunta, ella dio media vuelta y se dirigió a la ventana.

—Cuando acepté quedarme tres meses no tuve en cuenta lo de los bailes —se dijo a sí misma—. ¿En qué estaría pensando? Supongo que puedo rechazar la invitación de Covington, pero no podré rechazarlas todas.

—Señorita Kinomoto, no entiendo ni una palabra. ¿Por qué le preocupa tanto un baile? Pensaba que se moría de ganas de entrar en sociedad.

—No sé bailar —respondió, sorprendida de que él fuera incapaz de entender el problema.

—Ah. —La observó encaminarse al otro extremo de la habitación—. Eso sí que es un problema. Moverse en sociedad ya es difícil cuando se ha nacido en ella, y supongo que saber bailar es de rigor para las jóvenes damas.

Ella refunfuñó.

—Siempre puede quedarse aquí —añadió él, incapaz de resistirse.

—Oh sí, eso le gustaría. Estoy segura de que está encantado de ver lo mal que lo estoy pasando. No entiendo cómo a lady Miara se le ha ocurrido ese disparate sabiendo lo que usted piensa de mí.

—¿Disparate?, ¿qué disparate?

Sakura levantó la carta y empezó a leer:

"Querida Sakura: Si queremos introducirte en sociedad, tienes que aprender a bailar. No creo que te resulte atractivo asistir a las clases para niñas del sábado por la mañana en Wychwood, así que, por favor, atiende mi consejo y pídele ayuda a mi hermano. Shaoran no tiene costumbre de asistir a fiestas pero es un excelente bailarín y estoy segura de que no se negará a enseñarte a bailar el vals y un par de cuadrillas".

Ella le miró directamente e hizo una mueca de incredulidad.

—Dudo que usted aceptara enseñarme nada.

Shaoran estaba encantado con la idea. Por fin había encontrado un modo de convencer a Sakura de que se quedara en Tremore Hall más tiempo.

Era brillante, así los dos conseguirían lo que querían. Ante tal descubrimiento no pudo evitar sonreír.

—¿Lo ve? —gritó ella enfadada al verlo a él tan contento. Lo señaló acusadoramente con la carta que aún tenía en las manos—. Le encanta ver cómo mi poca educación en las artes de la alta sociedad me impide lograr mi sueño. Seguro que piensa que si fracaso volveré aquí con el rabo entre las piernas y que aceptaré quedarme hasta que la excavación haya concluido.

—No piense tan mal de mí. A mí me gustaría que se quedara porque quisiera quedarse, no porque no tuviera otra opción.

Ante esa inesperada respuesta, ella dobló la carta y se la guardó en el bolsillo.

—No le creo.

—Con todo el poder y la influencia que tengo, si quisiera podría obligarla a quedarse hasta que la excavación de la villa estuviese finalizada. Podría hacerlo sin importar si es o no la nieta de un barón. Tengo muchos defectos, señorita Kinomoto, pero nunca he disfrutado viendo cómo alguien pasa apuros en sociedad. Usted ya ha dejado bien claro que no le gusto, pero no crea que no soy un caballero.

Ella apartó la mirada un segundo y luego respondió:

—Lo siento, no quería insultarle. Es sólo que no puedo entender el motivo de su amabilidad.

Desde que Shaoran se había convertido en duque a los doce años, nadie le había cuestionado sus motivos, y él raramente sentía la necesidad de justificar sus acciones, pero en esa ocasión decidió que era importante hacerlo.

—Cuando le dije que quería que se quedase, lo dije en serio, señorita Kinomoto. Mientras esté aquí, intentaré convencerla por todos los medios, pero si después de todo usted quiere irse, no la obligaré a permanecer en Tremore Hall ni un día más. Prefiero que mi museo no abra a tiempo que forzarla a hacer algo que no desea. —Mientras hablaba, Shaoran vio que ése era el mejor momento para llevar a cabo su plan—. Como veo que no me cree, me gustaría demostrárselo.

—¿Cómo?

—Contrariamente a lo que usted piensa, yo no quiero que usted fracase, así que estoy dispuesto a atender la sugerencia de Tomoyo y enseñarle a bailar. —Antes de que ella pudiera responder, añadió—: A cambio de más tiempo, por supuesto.

—Humm. Supongo que no habría hecho ese ofrecimiento sin esperar nada a cambio, ¿no?

—No, pero debe admitir que estoy siendo muy sincero con mis intenciones.

—Qué considerado por su parte. —Ella lo miró directamente a los ojos, cruzó los brazos y, ladeando la cabeza, le preguntó: ¿Cuántos bailes? ¿Y cuánto tiempo quiere a cambio? —añadió disgustada.

Shaoran tenía la sensación de estar discutiendo los términos de un negocio financiero. Bueno, en el fondo era lo que estaba haciendo.

—Las danzas populares son complicadas y una joven dama debe aprender muchos pasos. Le daré clases cada noche, le enseñaré a bailar el vals y los bailes más comunes a cambio de que se quede hasta marzo.

—Me quedaré hasta el quince de diciembre.

—¿Dos semanas? No es una oferta justa, a mí no me gusta nada bailar y dos semanas más no me compensa. Doce semanas, quizá.

Ella golpeaba la carta contra su brazo mientras lo miraba. Shaoran sabía que ella luchaba entre el deseo de hacer un buen papel en su debut social y la animosidad que sentía hacia él. Aún no sabía a qué se debía dicha antipatía, pero estaba dispuesto a averiguarlo y a convencerla de que se quedara más tiempo. Estaba impaciente por oír su respuesta.

Por desgracia, el miedo a fracasar en ese baile no era suficiente para tentarla a quedarse más tiempo.

—Tres semanas: me quedaré hasta el veintiuno de diciembre —contestó negando con la cabeza.

—Febrero.

—No me servirá de nada tomar clases si no puedo asistir a ese baile, ¿no cree? Tres semanas.

Shaoran aceptaría todo lo que pudiera obtener.

—Es una adversaria muy dura, señorita Kinomoto, pero accederé a sus condiciones. El veintiuno de diciembre será su último día. La veré en la sala de baile esta noche a las ocho. Avisaré a los músicos y a la señora Terada.

—¿La señora Terada? ¿Por qué?

Él la miró sorprendido, y respondió:

—¿Por qué? Es su dama de compañía.

—Sólo en el sentido más amplio de la palabra. Usted y yo estamos solos muchas veces. —Abrió los brazos señalando a su alrededor—. Ahora mismo estamos solos. —Apartó la mirada y tomó aliento—. Preferiría que estuviéramos sólo usted y yo.

Shaoran empezó a sentir curiosidad. ¿No tendría la señorita Kinomoto intenciones románticas respecto a él? No, eso no era posible. Él ni siquiera le gustaba. Aunque a él no le importaría. Desde que la había visto bajo la lluvia deseaba gustarle, pero optó por descartar esos pensamientos y dijo:

—No estaremos solos, los músicos también estarán allí.

—Ya sé que los músicos estarán, supongo que eso no puedo evitarlo. Pero la señora Terada es algo completamente distinto —contestó sonrojada.

Shaoran no entendía nada.

—Es que —continuó ella— no puedo soportar hacer algo mal. Me da vergüenza.

Shaoran se acordó entonces de que su trabajo siempre era perfecto, inmaculado, y de golpe lo entendió todo.

—Lo que está tratando de decir es que no soporta hacer el ridículo frente a los demás, que sólo permite que la vean si lo tiene todo controlado, ¿es así?

—Eh... sí.

—Señorita Kinomoto, es usted demasiado exigente consigo misma, todo el mundo comete errores.

—Sí, lo sé... pero... —Hizo una pausa y se mordió el labio inferior. Tras un momento, suspiró y continuó—: La verdad es que tengo un miedo horrible a que se rían de mí —confesó en voz baja—. Hasta que no baile medianamente bien preferiría que nadie me viera.

Shaoran la miró y empezó a entender por qué siempre era tan reservada, por qué nunca mostraba sus emociones y por qué no dejaba de trabajar hasta que todo estaba perfecto. Y en ese instante tuvo ganas de matar a su padre. ¿Por qué era tan insegura? ¿Por qué era incapaz de ser feliz y de reírse de sus fallos? Podía entender que su padre la hubiera arrastrado por medio mundo, pero por más que lo intentara nunca entendería que no se hubiera preocupado de los sentimientos y las emociones de su hija. Cuanto más conocía a Sakura, menos respeto sentía por su padre.

—Yo veré sus errores —susurró él con una voz muy suave.

—Eso es distinto. A mí no me importa lo que usted piense.

Él rió a carcajadas.

—Eso sí que me lo creo. Muy bien señorita Kinomoto, estaremos solos usted y yo. Esta casa es lo suficientemente grande como para que un cuarteto de cuerda, un duque y su pupila puedan esconderse. Encontraré el lugar adecuado.

—Gracias —dijo ella y, evitándole, se dirigió hacia la puerta. Ya iba a salir cuando Shaoran habló y ella se detuvo.

—Además de bailar, ¿podría tentarla a que se quede más tiempo a cambio de lecciones de etiqueta?

—No, gracias. —Dio dos pasos más y notó cómo él la seguía con la mirada.

—¿Por qué no?

Sakura volvió a pararse y le contestó por encima del hombro.

—Encontré cuatro libros de etiqueta en su biblioteca.

Shaoran se echó a reír y ella abandonó la habitación. Estaba disfrutando mucho de esa batalla con la señorita Kinomoto. No había podido conseguir más tiempo a cambio de clases de etiqueta, pero seguro que surgirían nuevas oportunidades. Si estaba alerta, podía incluso lograr que se quedara hasta que el museo abriera.

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Uhm... Con que nuestra castaña está entrando de a poquito bajo esa coraza... interesante... ¿Qué les está pareciendo el juego de lleva y traiga entre ambos para conseguir lo que quieren? ¿Ustedes creen que Shaoran logrará conseguir lo que se propone? Bueno... Ahora a por el sgte capítulo ;)