CAPÍTULO IX: PADRINO Y AHIJADO
Harry observó con entereza como el grupo de aurores se llevaba encadenado a Yaxley, que aún estaba inconsciente tras los dos potentes hechizos por los que había sido alcanzado. El Ministro de Magia en funciones fue el último en abandonar Grimmauld Place con un gesto de nostalgia dibujado en su rostro.
-Me trae muchos recuerdos este sitio -le dijo a Harry y a Ginny. -Recuerda Harry, que el legítimo propietario de esto, te lo legó a ti, haciendo que tú que seas el único que pueda entrar aquí. No lo olvides nunca.
Dicho esto, se giró sobre sí mismo y salió al rellano que terminaba en unas irregulares escaleras. Antes de desaparecerse, le dedicó a la pareja unas últimas palabras:
-Os dejaré aquí apostado a Marck Slethian -afirmó, -es muy competente y no entrara en la casa. Aun así, deberíamos de ir pensando en algún tipo de defensa si vais a pasar aquí mucho tiempo -aconsejó.
Ambos lo despidieron alzando la mano y cerraron la puerta tras de sí. No hacía ni una hora que habían llegado a aquella casa y ya habían tenido serios problemas. Harry nada más que hacía preguntarse cuánto tiempo habría estado entrando aquel sujeto allí. Por suerte, hacía ya muchos meses que aquella casa no escondía ningún objeto de valor.
Pasados unos segundos, el mago se fijó en que tanto Ginny como él estaban completamente sudando, incluso habían empezado a hiperventilar de nuevo. La pelirroja tenía sus ojos clavados en su rostro, que ahora se giraba en dirección al de ella. En aquel momento, Harry Potter comprendió el por qué se había enamorado de ella. La menor de los Weasley era una combatiente feroz, una chica valiente que no se venía abajo por muy grandes que fueran los problemas. Lo había demostrado allí mismo, con el feroz hechizo que había impactado de lleno en el pecho del mortífago.
-Parece que vivimos en constante peligro -le dijo a su acompañante mientras se acercaban poco a poco hasta fundirse en un tierno abrazo.
-Atraes el peligro, Harry Potter -contestó en un susurro pasando sus brazos por encima de su cuello para después unir sus labios a los suyos.
El mago sintió un escalofrío de alegría recorrerle todo el cuerpo mientras chica le sonreía con sus rostros a pocos centímetros. De nuevo, se unieron en un beso que para ambos fue eterno. Esta vez, Harry pudo sentir como la lengua de la chica avanzaba inexorable en busca de la suya.
Nervioso, rodeó con sus brazos la cadera de la chica, que soltó una especie de gruñido al notar los brazos del mago. Con decisión, la pareja llegó hasta el salón y se tendieron en el sofá, besándose y acariciándose apasionadamente.
Todo parecía ir de perlas hasta que un nuevo crujido los hizo sobresaltarse. Asustado, Harry agarró de nuevo su varita pero se relajó al ver a Kreacher en la entrada a la sala.
-¿Desea el amo que los deje solos? -le dijo mientras el chico observaba un destello de picardía en los ojos del elfo.
-Con que te quedes arriba bastará, Kreacher.
No tuvo que decir nada más, pues el viejo elfo doméstico se dio la vuelta para subir las escaleras a toda velocidad. Tras esto, Harry afrontó de nuevo la situación. Y si, tenia que afrontarla porque tal y como se estaban sucediendo las cosas, acabaría siendo aquella su primera vez, cosa que le ponía bastante nervioso. Por otro lado, tampoco sabía si Ginny ya tenía experiencia o no. El terreno era tan incierto que era imposible tener nada por cierto.
Sumido en tales dudas, se dirigió al sofá donde Ginny lo esperaba con una mirada ardiente que delataba pasión. El dragón interior de Harry rugió con muchísima fuerza. La joven se había quitado los zapatos y descalza, separó un poco las piernas para que el mago pudiera encajarse y seguir besándola.
El cuerpo de este reaccionó casi enseguida a los besos y las caricias de la joven, provocando la misma una abultada erección. Con acompasados movimientos de cadera, Ginny comenzó a rozarse suavemente con Harry, el cual tuvo que quitarse las gafas pues comenzaban a empañársele. Con gesto divertido y sabiendo entonces que ella tenía más experiencia, notó como la chica metía la mano en el interior de su pantalón, acariciándole la punta de su sexo con sumo cuidado.
-¿Estás preparado?
Por toda respuesta, Harry soltó un gruñido propio de un gato. Ginny soltó una carcajada divertida para posteriormente besar al mago mientras que con un movimiento vertical de arriba abajo lo masturbaba.
Para Harry, el reloj se paró en aquel momento. Las horas se hicieron eternas y el silencio se levantó en su dorado trono, derrocado tan solo por el movimiento que ocasionaba la fricción de sus dos cuerpos. Desnudos y con Ginny encima de él, disfrutaron de aquella escena. Ella, con pasión, apoyando sus pies descalzos en el sofá, saltaba sobre él gimiendo cerca de su oído.
-Harry… -dijo en uno de sus últimos movimientos.
El chico notó como el cuerpo de la Weasley se tensaba por completo para caer casi desplomada sobre su pecho. Así, unidos aún pero sin ningún movimiento estuvieron durante casi una hora, desnudos, conociéndose al completo, abrazados, fundidos y formados en un solo ser. Mientras el mago sonreía pletórico, la chica dormía profundamente.
Seguramente, la pasión del momento hubiera sido provocada por la explosión a los sentidos que había supuesto aquel enfrentamiento. Extenuado, Harry sonrió a la chica cuando abrió los ojos y se puso de pie. Había sido magnífico. Años después comentarían la confianza que les generó aquella escena, en la que los dos, desnudos, se volvieron a abrazar y volvieron a amarse, haciendo infinito el tiempo y el placer de los sentidos.
[…]
-¿Nos ponemos manos a la obra? -preguntó Ginny al que era su novio con una sonrisa mientras los dos terminaban de vestirse. -Pronto se va a hacer de noche y tenemos que ir a visitar a Andrómeda, y mi madre no va a dejar que pasemos aquí la noche solos.
Harry afirmó en silencio mientras recapacitaba sobre todo lo que acababa de pasar. Con una sonrisa terminó el té que Krecacher les había preparado. En primer lugar, y con ayuda del elfo, limpiaron el salón y los cuartos de baño de la casa. Kreacher, por otro lado se encargó de la cocina y recibió la orden de que -aunque no lo abandonara- limpiara y ordenara el hueco que se suponía que actuaba como su hogar.
Ginny sacó de su maleta sendos productos mágicos de limpieza y con la ayuda de Harry consiguió dejar relucientes los cuartos de baño y el salón. Los dos, entre risas, se habían puesto pañuelos de color violeta y delantales para no marcharse. En un ambiente distendido, del que también participaba Kreacher con alegría, dejaron la planta de abajo reluciente, como los chorros del oro.
Tras un minuto de descanso y tras darse una ducha -aprovechando que los cuartos de baño podían volver a utilizarse-, decidieron salir en dirección a la casa de Andrómeda. Harry cogió las dos escobas para darle la suya a Ginny.
-Kreacker quiero que vigiles la casa -ordenó, -y quiero que me informes si cualquier persona, animal, fantasma o cosa intenta entrar, ¿de acuerdo?
-Por supuesto, amo.
Cuando salieron, el auror que el ministro les había proporcionado se dio la vuelta. Era un tipo joven que seguramente aún estuviera en la Escuela de Aurores. Con una sonrisa, la cual delataba que había escuchado todo lo ocurrido en el interior de la casa se despidió, desapareciéndose con un último gesto de complicidad.
El trayecto hacia la casa de los Tonks fue aún más frío ya que la noche caía con velocidad y aunque fuese verano, en Gran Bretaña solía hacer bastante fresco en la nocturnidad.
Antes de salir habían decidido volar pegados para poder ponerse la capa de invisibilidad que Harry había heredado de su padre. Aunque era un tipo de vuelo más lento, ambos se sentían más seguros bajo aquel trozo de tela tan valioso.
El vuelo duró alrededor de una hora en la que Harry y Ginny sobrevolaron Londres. Divertidos, observaron los enormes monumentos de la ciudad, prometiéndole este que algún día irían.
[…]
El timbre de la casa de la familia Tonks sonó con fuerza ante la presión de la mano de Harry sobre este. Por respeto, dio algunos pasos hacia atrás.
-¿Si? -dijo una voz desde detrás de la puerta.
-Somos Harry Potter y Ginny Weasley -afirmó esta última con voz clara y potente.
Tras unos segundos en los que Harry supuso que la madre de Tonks estuvo dudando, abrió la puerta. Cuando sus ojos se hubieron acostumbrado a la luz, la mujer a la que contempló Harry, no era para nada lo que hubiera esperado.
Andrómeda Tonks tenía el gesto completamente desencajado, los ojos rojos de llorar y unas enormes ojeras.
-Pasad -les dijo con una sonrisa totalmente forzada.
La casa estaba bastante sucia y desordenada. La mayoría de las fotos estaban completamente destruidas, los cristales de los marcos rotos, etcétera. Ginny miró preocupada a Harry, devolviéndole este la mirada y cogiéndole la mano. Era como si la casa estuviera completamente abandonada. ¿Era aquel un entorno propicio para su ahijado?
Entre estas dudas navegaba el mago cuando llegaron al salón. Andrómeda les ofreció asiento con una tímida sonrisa. Al lado de la butaca donde la mujer había tomado asiendo había una cuna en la que profundamente dormía un bebé paliducho, con una cabeza bastante peluda. Harry no pudo evitar sonreír al ver al vástago de Remus y Tonks. En la cabecera de la cuna, vio la única imagen que quedaba en aquella casa, destruida por el dolor: una foto de Remus, Tonks y su hijo posando sonrientes.
-¿y bien? -preguntó en un tono sorprendentemente seco Andrómeda Tonks, que ni si quiera les había ofrecido un refrigerio -cosa que aunque no era obligatoria denotaba cierta impaciencia-. -¿Para qué habéis venido?
Harry frunció ligeramente el ceño notando la hostilidad del tono con la que se había expresado la madre de la difunta auror y viuda.
-Veníamos a visitar a Ted -contestó este ligeramente contrariado, -Remus y Tonks me nombraron su padrino antes de… antes de la Batalla de Hogwarts -añadió.
La bruja miró con ojos nublados al bebé dormido, fruto del amor de su hija. Tras esto, miró con severidad a Harry.
-¿Hay algún papel que lo afirme? -inquirió.
-Sí, el testamento de Remus Lupín, su legítimo padre -contestó Harry completamente desorientado por el comportamiento de su interlocutora.
Ginny le agarraba la mano con fuerza, como si todo aquello no fuera más que una pesadilla.
-A mí me dejaron la custodia del niño, y no pienso separarme de él -le dijo Andrómeda, -es lo único que me queda después de la maldita guerra.
Dicho esto, de sus ojos comenzaron a brotar decenas de lágrimas que cortó con ferocidad.
-No pretendo quitarle al niño, solo venía a ofrecerle mi ayuda y a pedirle permiso para que pueda verlo.
La señora Tonks soltó un bufido altanero que hizo sentó a Harry como un jarro de agua fría.
-¿Piensas que voy a dejar a mi nieto en manos del culpable de la muerte de Tonks?
Tanto Harry como Ginny contuvieron la respiración tras aquel ataque. El mago abrió los ojos como platos y encolerizó de tal manera que la mano de Ginny tuvo que aferrarse con mucha afuerza a la suya para que no cogiera la varita.
-¿Yo, culpable?
-¡Si! ¡Tú, Harry James Potter! ¡Te erguiste estandarte de una causa por la que apenas has luchado dejándome viuda y sin mi preciada hija! -gritó.
El elevado tono de la discusión hizo que el niño se despertase y empezara a llorar, asustado más que otra cosa.
-¡Usted debería de saber perfectamente que todos estuvimos en riesgo de morir! -contestó Harry bastante irritado.
-¿Tú? ¿A punto de morir? ¡Mira donde estás Potter! ¿Acaso has muerto? ¡Tu no hacías falta en este mundo! ¡No tenías a nadie a quien cuidar!
El mago tuvo que respirar profundamente controlando la enorme furia que le corría por las venas. Incluso Ginny tenía la mirada completamente encendida de rabia. ¿Cómo había sido capaz de soltar todos aquellos improperios? El llano del niño se hizo cada vez más potente, tanto que los gritos de su abuela en dirección a la pareja que tenía frente a sí eran inaudibles. Con velocidad, cogió al niño y lo acunó entre sus brazos hasta que lo calmó.
-Fuera de mi casa, Ted está en buenas manos. Si quieres verlo, tendrán que obligarme en un tribunal. ¡Fuera!
Harry y la menor de los Weasley se levantaron de sus asientos, no se rebajarían al nivel de aquella nueva arpía.
