Autor's Note:

Hey, readers in English! I'm so, so, so sorry, but I don't think I can continue with the translations any more. I probably will, if there are people who ask for it, but I'll take longer than I expected to update it. I really owe you a giant apology. I hope you understand, it takes me too long to do them, and it's much less complicated for me to publish the chapters in my native language. As I said, I am not abandoning the translations in their entirety, if there are people who request it, I will continue to do them, but I will really take much longer than I expected. So I hope you all understand it and be patient. I'm really sorry, but I love you all, and I hope you understand.


Dame una sonrisa.

Escrito por Annie Park.

N/A: ¿Alguno de ustedes sigue aquí? Eso espero.

Voy a subir un pequeño maratón de esta historia, por el retraso enorme, y en serio espero que lo disfruten.

¡Los amo!

Quiero aclarar que tal vez no siga traduciendo la historia al inglés, pero si veo que hay lectores en ese idioma que lo pidan, lo seguiré haciendo. Además, todas las partes de este capítulo (calculo serán tres o cuatro) serán narradas desde el punto de vista de Mikey.

TMNT no me pertenece. La trama de esta historia sí.


Capítulo dos. La familia Hamato — Parte Uno.


El aire matutino olía a miel con arándanos cuando Mikey se deslizó fuera de su habitación esa mañana. Sonrió, el aroma familiar haciendo crujir su estómago, y bajó los escalones de dos en dos, casi tropezándose con el dobladillo de sus pantalones largos al final del tramo eterno de escalones. Avanzó a trompicones por la alfombra, sintiendo el calor del tejido debajo de sus pies descalzos, y cruzó la sala con una velocidad inhumana.

Cuando atravesó el umbral, rebotando sobre sus talones como si tuviera resortes integrados, Leo se rió de él.

—¿Hiciste panqueques? —chilló, sus ojos brillantes.

—Buenos días a ti también.

—¿Hiciste panqueques? —repitió Mikey, asomándose al sartén bañado en mantequilla, como si Leo no hubiera hablado en absoluto.

Una media sonrisa cruzó los labios de su hermano mayor antes de que depositara un grueso y perfecto redondo círculo de masa dulce en un plato.

—Arándanos y plátano, tus favoritos —respondió, mientras se giraba y volteaba un nuevo círculo de masa en el sartén—. La miel está en…

—El tercer estante —dijo Mikey distraídamente, estirándose sobre los dedos de sus pies para alcanzar el jarabe—, lo sé, Leo. He vivido más tiempo aquí que tú.

Sonriendo, empujando un nuevo puño de rebanadas de plátano a la mezcla cremosa con una mano, y sin girarse a mirarlo, estiró su otra mano hacia donde estaba Mikey y le dio un golpe de broma en las costillas. Mikey se tambaleó hacia un lado, riéndose.

—Hey.

La sonrisa de Leo se amplió un poco más, mientras terminaba el otro hot-cake y lo ponía sobre la enorme pila de los recién preparados.

Justo en ese momento, Alopex entró por la puerta. El enorme cabello blanco revuelto detrás de su cabeza y los anteojos morados de marco grueso desacomodados sobre el puente de su nariz delgada.

—Algo huele bien aquí —gruñó, sentándose en una de las sillas.

—Bueno, Alex —dijo Leo, apagando la estufa—. Al parecer Mikey sí se bañó esta mañana.

—¡Hey! —gritó él, a través de la comida que jugaba en su lengua.

Leo se volvió para revolverle el desastre de cabello rubio, arrugando la nariz.

—No hables con la boca llena, Miguel Ángel —le indicó, antes de sentarse en la silla a su costado.

Mikey no hizo caso y se esforzó por hablar entre dientes, mientras empujaba el tenedor con una cantidad inexplicablemente grande de su desayuno a su boca.

—¿Dónde está papá, todavía no se despierta?

Leo hizo una mueca sutil con la boca, esa de apretar la comisura de los labios en una, torcida, línea preocupada. Un cambio ligero a su habitual, extraña sonrisa de la mañana, pero Mikey lo conocía lo suficiente como para distinguir cada una de ellas. Incluso Al había hecho una pausa con su tenedor a mitad de camino hacia su boca antes de empujar el contenido que no se había caído en la lengua; sus dedos largos tamborilearon superficialmente sobre la mesa y masticó lentamente.

—¿Sucede algo? —dijo Mikey, echándose hacia atrás. Su voz sonaba más pequeña de lo que pretendía, pero había comenzado a entrar en pánico. Los arándanos comenzaron a saber amargos en la punta de su garganta—. Últimamente se levanta muy tarde.

Hubo un silencio tenso en el que Alopex no dejaba de mirar su plato, con el ceño fruncido, y Leo parecía desconectado. Un vertiginoso miedo le picó en la boca del estómago, mientras enterraba la cabeza en el cuello del suéter. El olor a Raphael inundó su nariz y se sintió un poco más relajado. Había sido buena idea no quitárselo en toda la noche.

—Mike… —comenzó Al, con voz ronca.

—Sólo está cansado —interrumpió Leo, deslizando una mano por encima de la mesa para tomar la pequeña mano de Mikey entre la suya. Frotó el pulgar cuidadosamente contra el espacio entre el dedo pulgar y el índice, y le dio una sonrisa suave, sus ojos imposibles de decodificar—. ¿De acuerdo? Sabes cómo se preocupa por el negocio.

Mikey no sabía que estaba mirando detenidamente a sus manos hasta que alzó la vista para verlo. Frunció el ceño.

—Pero Al y yo le ayudamos —dijo, un poco aturdido.

Leo le dio un apretón a su mano, como hace antes de que la suelta, pero esta vez no la dejo ir.

—Lo sé. Me refiero a que últimamente no gana tanto dinero como solía cuando él estaba a cargo, y eso le preocupa. Incluso en los últimos meses que trabajó. Y aún ahora, cocina los especiales, los postres. Ya está grande Mike, se cansa. Al va a entrar a la universidad, tiene que recortar gastos. No habla contigo de eso porque no quiere que hagas algo tonto. Pero estamos bien, Mikey. Al está haciendo pruebas para conseguir una beca, yo tengo un trabajo de medio turno allá en Florida. Los gastos no son tantos, no te preocupes.

Mikey miró a Al de nuevo, y ella hizo un esfuerzo visible por componer una sonrisa.

—¿Están seguros? —preguntó él—. Puedo conseguir otro empleo, o…

—No, Mike —contestó Al, bajando la vista para partir un panqueque con el tenedor, y por un momento volvió a ser la misma chica cínica y sarcástica que él conocía cuando volvió a mirarlo, alzando una ceja—. Esa clase de cosas estúpidas son las que mencionaba Leo. Papá sabe lo ridículamente ofrecido que eres para ayudar en problemas que no te corresponden.

Hubo un silencio, en el que Mikey estaba intentando sentirse mejor por la manera en que lo dijo. No es que le gustara exactamente lo que había dicho, pero la burla en su voz le recordaba que tal vez no había nada grave, que Al era ella misma, que no estaba mintiendo. Y entonces Leo soltó:

—Dije cosas tontas, no estúpidas, Al.

Había un tono bromista en su voz, y cuando Mikey se volvió a verlo, estaba sonriendo suavemente hacia él.

—Sí, Al, presta atención —se burló Mikey.

Al frunció el ceño.

—Definitivamente necesitamos más mujeres en esta casa —gruñó.

Leo se rió a carcajada limpia, y el sonido de su risa pareció volver a acomodar a Mikey sobre sus pies. Todo pareció volver a la normalidad mientras seguían comiendo, pero por alguna razón los panqueques de Loe no parecían tan dulce como antes en su boca.

Tal vez la miel estaba caducada.

.

.

.

Para las cinco de la tarde que Mikey logró ver a Raphael en la cafetería, todavía no se había quitado su sudadera, y él le había hecho un comentario al respecto, pero estaba lo suficientemente distraído por la conversación rara de la mañana que no había prestado atención hasta que lo vio sonreír.

Entonces sonrió de vuelta, pero no contestó.

—¿Estás bien? —preguntó Raph, inclinándose sobre el mostrador para mirarlo con el ceño fruncido.

Mikey inclinó la cabeza a un lado.

—¿Eh?

—¿Estás bien? —repitió, su ceño profundizándose.

—¿Por qué no lo estaría? —dijo, encogiendo un hombro.

Raphael alzó las cejas esta vez.

—Bueno, hice un comentario acerca de que extrañaba tu ridículo overol, y sólo sonreíste. No lo sé. Pensé que ibas a decir una respuesta estúpida, como que te ves lindo en todo. Tú sabes, esa manía tonta de auto-halagarte tuya —a continuación, sonrió un poco—. No estoy diciendo que sea mentira, pero… Muy bien, es en serio, ¿qué sucede?

Mikey se mordió el labio, mientras Raphael se cruzaba de brazos.

—No es nada.

—Oh, no. Hay algo. Lo sé. Sólo dime de una maldita vez qué es.

Mikey se revolvió incómodo. Comenzó a trazar círculos torpes con los pies antes de tirar de una de las mangas de la sudadera. Intentó sacar su mejor sonrisa mientras decía:

—¿Sabes? Estoy comenzando a ver por qué te gusta tanto esta sudadera. No me la quité en toda la noche.

Raphael pareció aturdirse un poco, a juzgar por la manera en que comenzó a parpadear.

—¿En serio? —soltó, como si acabara de decirle que saltó de un acantilado de tres mil millones de metros de altura sin paracaídas y hubiera salido con vida.

Mikey sonrió, auténticamente.

—¡Oh, sí! Es muy cómoda. Además, es como si estuviera contigo todo el tiempo.

Raph parpadeó una vez antes de mirar hacia otro lado, luciendo avergonzado. Mikey se preguntó si sería por el hecho de que le gustaba tanto su ropa o por la extraña mención de que le gustaba pensar que estaba durmiendo con él anoche, lo cual ahora también sonaba muy raro en su cabeza. Estúpido, Mikey. No debes decirle a tu mejor amigo que te gustaría dormir con él, suena extraño.

Estuvo a punto de golpearse la frente contra el mostrador, cuando Raphael volvió a mirarlo, un extraño, extraño brillo en sus ojos. Mikey se encontró deseando saber lo que estaba pensando, antes de fijarse en que vaya, Raphael tenía lindos ojos.

—De acuerdo —dijo, mientras se pasaba una mano por el cabello. Mikey encontró extrañamente atractivo el gesto—. Suficientes rodeos, ¿qué sucedió que te tiene tan nervioso?

Mikey parpadeó, porque se había distraído lo suficiente con el hecho de que era ridículamente extraño que le gustara cómo se había revuelto el cabello, que en realidad no sabía de lo que estaba hablando.

—Mike —gruñó, como una advertencia.

Mikey frunció los labios por tres segundos antes de que Al saliera por las puertas detrás de él, maniobrando para abrir la puertecilla del mostrador con las caderas sin dejar caer la bandeja que llevaba en las manos. Entonces la miró y la conversación de la mañana lo golpeó en la cara como una cubeta de agua fría contra la espalda.

Mike.

—Lo siento —soltó, a borbotones. Tiró de la manga del suéter de nuevo, y dio una larga y honda inhalación antes de hablar (demonios, no quería lavar esa cosa nunca, desaparecería el aroma)—. Es sólo que Leo y Al estaban actuando extraño en la mañana acerca de papá y me asusté.

Raphael frunció el ceño.

—¿Qué sucede con tu papá?

Mikey miró hacia otro lado, y cuando sus ojos regresaron a Raphael, pudo ver la manera en que la preocupación hacía surco en sus ojos, y se sintió mal. No debió haberlo metido en esto. Esto tal vez ni siquiera era un problema, sólo un desorden dramático de su punto de vista. Un malentendido. Tal vez su papá sólo estaba cansado.

—No lo sé —suspiró, y pudo escuchar la derrota en su propia voz—. No lo sé. Leo dijo que sólo estaba cansado, que por eso no se levantaba temprano en las mañanas, pero… no sé, hay algo que no me gusta, ¿sabes? Tal vez porque que si pasara algo malo realmente, no me lo dirían.

Todo el rostro de Raphael se contrajo por un segundo. Vaciló, sus ojos repentinamente suaves mientras inclinaba su cuerpo sobre el mostrador y estiraba una mano para frotarle el hombro.

Mikey miró hacia su mano un momento antes de mirar hacia él de nuevo.

Raphael le dio una sonrisa que en realidad parecía una mueca, pero de alguna manera lo hizo sentir mejor.

—Todo va a estar bien —susurró, su voz como el terciopelo, sus ojos cálidos. Y se sentía como si en realidad iba a estarlo.