FIDELIO

Disclaimer: Harry Potter y sus personajes no me pertenecen a mí sino a JK Rowling, yo sólo se los tomo prestados porque tengo mucho tiempo libre y demasiada imaginación.

Advertencia: Este fic es Harry/Draco (es decir, chico/chico) y transcurre tras El Príncipe Mestizo. Léelo bajo tu responsabilidad.

Capítulo 10: El secreto de Draco

- Volvemos a encontrarnos, Peter.

Colagusano se encogió en su asiento cuando Lupin le lanzó una mirada dura desde el umbral de la puerta. Los dos viejos amigos de la infancia se quedaron inmóviles durante unos segundos, evaluándose mutuamente: el uno, enumerando mentalmente todos los males que había ocasionado la alimaña que tenía enfrente; el otro, pensando en las posibilidades que tendría de sobrevivir ante el ataque de un licántropo furioso.

Finalmente Lupin salvó de unas zancadas el espacio que le separaba de Pettigrew, y se sentó frente a él. Le hizo una señal a Kingsley, y el auror abandonó la estancia sin protestar. Colagusano empezó a sentirse mal cuando observó que Lupin se cruzaba tranquilamente de brazos. Ahora estaban ellos dos a solas en la habitación, y Remus ni siquiera se molestaba en apuntarle con su varita.

Volvió a invadirle la misma sensación de inferioridad que había caracterizado su amistad con Remus, James y Sirius. Cada cual a su modo, los tres habían sido tan brillantes que las (escasas) habilidades del pequeño Peter habían quedado completamente eclipsadas por el talento de sus tres amigos. Colagusano aún recordaba la forma en la que a veces le miraban cuando hacía o decía algo que ellos consideraban estúpido: con la misma simpática condescendencia que suelen emplear los adultos con los niños pequeños. Cada vez que James jugaba especialmente bien en un partido de quidditch, Lupin contestaba con brillantez a una pregunta o Sirius hacía un hechizo más rápidamente que nadie, Peter se sentía miserable. Evidentemente, ninguno de sus tres amigos podía siquiera llegar a imaginar que sería ese resentimiento lo que, años después, le impulsaría a afiliarse a las tropas de Voldemort.

- ¿Qué tal has pasado la noche, Peter? -preguntó Remus en tono casi amable, aunque sus ojos seguían mostrando aquella mirada fría y analítica.

- Bi... bien, Remus -consiguió decir Colagusano, casi mudo de terror.

- Me alegro -contestó Lupin, y esbozó una sonrisa que puso de punta los pocos pelos que Colagusano conservaba en su cabeza-. Por si no te has dado cuenta, estamos en La Madriguera, la casa familiar de los Weasley. Le hemos puesto un hechizo especial para protegerla de tus amigos mortífagos, aunque me temo que no durará mucho. Así que quiero decirte un par de cosas antes de que tengamos que soltarte.

El impacto fue tal que Colagusano dejó de temblar. Miró a Lupin, boquiabierto, mientras el color desaparecía de su rostro.

- ¿Soltarme? -repitió. Tragó con dificultad, haciendo esfuerzos por que su voz sonara lo más firme posible- ¿vais a ponerme en libertad?

- ¿Qué otra cosa si no? Tus compañeros tienen que estar buscándote, y no podemos llevarte al Cuartel General de la Orden, porque su guardián, Dumbledore, murió a manos de Snape -explicó en tono frío-. No podrías entrar allí.

- Pero... tendréis otro escondite -aventuró Pettigrew- en algún sitio tenéis que tener escondido al chico.

Lupin sonrió astutamente. Le brillaban los ojos, y en su interior empezaba a sentir una euforia inesperada al ver tan aterrorizado a Colagusano.

- El chico está bien escondido, sí. Ha encontrado quien le proteja, quien esté dispuesto a arriesgar su vida por él. Por eso no se me ha ocurrido ni por un instante la idea de llevarte allí. La verdad es que la Orden no está preparada para tener prisioneros, y ninguno de nosotros piensa arriesgar su vida por impedir que te rescaten los mortífagos. Quizá por alguien más valioso, como Crouch o Lestrange... -terminó en tono aburrido- pero tú no nos vas a servir de nada, Peter.

Colagusano estaba tan pálido que parecía a punto de desmayarse. Se pasó nerviosamente la mano por su escaso pelo, y miró a su viejo amigo. Lupin parecía perfectamente capaz de soltarle de nuevo, sin pensar en las consecuencias.

- Remus... -empezó, con voz temblorosa- si vuelvo a la guarida del Señor Tenebroso...

- ¿Voldemort te matará? -aventuró Lupin, pronunciando ostentosamente el nombre. Colagusano soltó un gritito, y el licántropo ensanchó su sádica sonrisa- ¿y¿debería importarme eso?

- Él no aceptará que me hayáis capturado y luego soltado sin más -siguió Pettigrew, haciendo caso omiso de las palabras de Lupin- sospechará, y ante la duda me matará. Además, he fallado la misión.

- Eso ya lo sé -replicó Lupin con aspereza-. Estudié contigo, Peter Pettigrew, sé perfectamente de lo que eres capaz, y me complace decir tus habilidades no van mucho más allá de traicionar a tus amigos. Imagino que debes de ser un pelele dentro de la organización mortífaga, una carga para tus compañeros. ¿Qué has estado haciendo desde que volviste con tu amo, Peter?

Colagusano apretó los dientes.

- Fui... fui el criado personal de Snape -masculló con odio.

La carcajada seca de Remus le hizo enrojecer.

- ¡El criado de Snape¡Felicidades, Peter! Traicionaste a James y a Lily, pasaste... ¿doce, trece? años convertido en rata, diste tu mano derecha por Voldemort para traerle de nuevo a la vida, y, después de tanto sacrificio... ¡eres el criado de Snape! Tu familia se sentiría orgullosa de ti... si la tuvieras, claro.

Colagusano bajó la cabeza. Las mejillas le ardían, y las palabras de Lupin habían penetrado con fuerza, golpeando en su fibra más sensible. El licántropo había dado en el clavo: había traicionado a James para demostrarle que podía ser más que él, para conseguir la gloria que por sus propios méritos jamás habría podido alcanzar... y, en lugar de eso, se había pasado los dos últimos años encerrado en una asquerosa buhardilla a la espera de que Severus Snape le ordenase limpiar su casa, traerle un poco de vino, o, sencillamente, ridiculizarle ante el resto de los mortífagos.

- Si pudiera dar marcha atrás...

La frase salió de sus labios sin que apenas fuera consciente de ello. Y, en ese momento lo supo: daría su otra mano gustosamente por la posibilidad de volver atrás en el tiempo. De vivir de nuevo el día en el que le habían convertido en el guardián de Lily y James, para sencillamente declinar la oferta y dejar esa pesada carga en los hombros de Sirius. O, mejor aún, volver al instante en el que había decidido unirse a los mortífagos, y sencillamente desechar la idea y pensar en otra cosa. Seguir viviendo con su anciana madre, que había muerto creyendo que su hijo había sido asesinado...

- Sí, ojalá pudieras -contestó Lupin, y, esa vez, su tono parecía algo más cálido, más humano-. Ojalá pudieras, Colagusano, pero el caso es que no puedes. No puedes traer de nuevo a la vida a James y a Lily, como tampoco puedes matar a esa bestia a la que un día decidiste ayudar a revivir.

Cuando levantó la cabeza, Colagusano tenía las mejillas arrasadas de lágrimas. Remus le observó con frialdad, mientras su viejo amigo le miraba con expresión implorante.

- ¡Entonces dime qué puedo hacer, Remus¡Durante dos años estuve insistiéndole al Amo para que me alejara del servicio de Snape...! Y cuando consigo que me encomiende una misión, la Orden me captura... ¡me matará si vuelvo! Y antes de eso me torturará... -se estremeció- me torturará hasta que le suplique a gritos que acabe conmigo.

- Es lo que te mereces -replicó Lupin en tono indiferente, paladeando el sufrimiento de Colagusano.

- Lo sé -reconoció Pettigrew, y pareció desinflarse aún más a ojos de Lupin-. Pero tiene que haber algo que pueda hacer, Remus... No quiero acabar así. No quiero morir pensando que mi vida ha sido un error tras otro... Déjame hacer algo, Remus, por favor.

Lupin se arrellanó en su silla, observando analíticamente a su antiguo amigo, como si estuviera dudando entre levantarse e irse, dejándolo a merced de su señor, o hacer algo más. Colagusano esperó en silencio, intentando parecer tan sincero como era posible. Él no creía en la redención, pero sí en la vida. Y sabía que Voldemort le mataría en cuanto le viera. Su única posibilidad era confiar en que la Orden quisiera protegerle.

- Quizá haya algo que puedas hacer -dijo, al fin, Lupin. Pettigrew no disimuló un suspiro de alivio, y se apoyó contra el duro respaldo de la silla, relajado por primera vez desde que le habían capturado- quizá puedas hacer un recado por nosotros.

Peter esperó en silencio mientras Lupin parecía reordenar sus pensamientos.

- Fuiste a Gryffindor, así que supongo que, aunque mínimo, algo de valor debió ver el Sombrero en ti... Bueno, Peter, pues ha llegado la hora de que lo demuestres.

- ¿Qué tengo que hacer? -preguntó Pettigrew, ansioso.

- Vuelve a la guarida de Lord Voldemort -ordenó Lupin, irguiéndose bruscamente en su asiento.

- ¡Me matará!

- ¡No seas tonto, Peter! -gritó Lupin, y de nuevo Colagusano volvió a sentirse como cuando era joven y Remus le reprendía por sus malas notas-. La Orden también tiene sus fuentes de información, y sabemos que tu amo está ahora mismo tratando con el Gurg de los gigantes. Es una tarea muy delicada, incluso tratándose de él, y no la abandonará por nada.

Colagusano asintió a regañadientes. Lupin siguió exponiendo su plan.

- Vuelve a vuestra guarida, confiesa a tus compañeros que has escapado de nosotros por tu cuenta. Ellos sospecharán de ti, pero da igual porque hasta que llegue Voldemort nadie estará capacitado para utilizar la Legeremancia contra ti. Arréglatelas para llegar junto a Nagini...

- ¿La serpiente? -interrumpió Colagusano, perplejo- cuando no está el Señor Tenebroso, es Snape quien la cuida.

Lupin disimuló una sonrisa de satisfacción.

- Entonces burla a Snape y... mata a la serpiente -interrumpió con un gesto a Colagusano, que se había quedado lívido de nuevo y estaba a punto de protestar- ¡me da igual cómo lo hagas, Peter, pero hazlo! Después, vuelve de nuevo aquí. Si traes el cuerpo de la serpiente contigo, la Orden te protegerá y no tendrás que volver a saber nada de Voldemort. Si no... -chasqueó la lengua con disgusto- te abandonaremos a tu suerte. Ésa es mi oferta, Peter. O la tomas o la dejas.

Pettigrew se mordió los labios. Le aterrorizaba la idea de acercarse a la serpiente, a la que odiaba desde que había tenido que ordeñarla para alimentar a su amo con su veneno, pero sabía que no tenía otra opción. O la mataba o le mataban a él.

Sintió un escalofrío, y asintió con la cabeza en dirección a Lupin. Y sólo entonces se permitió Remus una sonrisa de triunfo. Manipular al viejo Peter para que acabara haciendo justo lo que ellos querían había resultado tan fácil como había previsto.

X

Harry se despertó bruscamente, con un tremendo dolor de cabeza que le hizo soltar un gemido mientras se incorporaba. No le sorprendió encontrarse solo en la cama, pues sabía que había vuelto a despertarse tarde. Y esta vez nadie podría culparle por ello, pues se había pasado gran parte de la noche despierto, intentando alejar a Voldemort de su mente...

Mientras se vestía rápidamente, recordó las horas pasadas en silencio, con la cabeza enterrada en el hombro de Draco. Aunque ninguno de los dos había dicho una sola palabra, Harry sabía que el Slytherin tampoco había podido dormirse. Ya avanzada la madrugada, Harry se había ido adormilando, relajado entre los brazos de su acompañante, y, finalmente, el cansancio le había vencido cuando el sol ya despuntaba.

Salió de la habitación, y la luz que inundaba el pasillo le hizo cerrar los ojos, enviando punzadas de dolor a su cabeza. La cicatriz le ardía, pero el Gryffindor no se sorprendió. Después de una intrusión tan fuerte como la de la noche pasada, era de esperar que le doliera.

- ¿Draco? -llamó, bajando por las escaleras.

- Estamos aquí, Harry -le llegó la voz del Slytherin, sorprendentemente cerca.

¿Estamos? Harry miró por encima de la barandilla, y descubrió a Draco sentado en el sofá, al lado de... ¿Hermione?

- Hola, Harry -saludó la castaña- ¿cómo estás?

- ¿Qué haces tú aquí? -preguntó el aludido, sorprendido, llegando junto a ellos.

- Ha llegado esta mañana temprano -indicó Draco.

- Pero... ¿y el funeral? -masculló el moreno- ¿y Ron y Ginny?

Hermione le miró en silencio durante unos segundos. Harry se frotó las sienes, desesperado por el maldito dolor de cabeza que ni siquiera le dejaba pensar.

- No va a haber funeral alguno, Harry -explicó suavemente Hermione- los mortífagos están furiosos, y sería una ocasión perfecta para que volvieran a atacarnos.

- Ah... ¿y qué van a hacer con... con los cuerpos? -preguntó el Gryffindor, arrugando el entrecejo.

- Los enterraron esta madrugada, pero nadie pudo estar presente. De hecho, fueron los muggles los que les dieron sepultura... ayer la noticia corrió como la pólvora, y Scrimgeour no tardó en ponerse en contacto con nosotros para ofrecernos su ayuda.

- Scrimgeour... -repitió Harry con una mueca de desagrado.

- A estas alturas, todo el mundo sabe lo que pasó... de hecho, viene en El Profeta de hoy -dijo Hermione, y señaló un periódico que había dejado sobre la mesa. Ocupaba casi toda la página uno de los retratos que le habían tomado a Fleur para el Torneo de los Tres Magos; bajo ella, el rostro tranquilo de Bill le miraba desde una foto de carnet ampliada. Harry habría preferido que Hermione no llevara consigo aquel periódico-. Lo que nadie sabe es que capturamos a un mortífago, claro, ni que ya sabíamos de antemano que atacarían en plena boda. Consciente del peligro que significaba exponer a la familia de nuevo a la ira de los mortífagos, Scrimgeour consiguió que las autoridades muggles enterraran rápida y discretamente los cuerpos sin hacer preguntas comprometidas.

- ¿Y qué habéis hecho vosotros?

- Quedarnos en el cuartel general -contestó Hermione, encogiéndose de hombros-. Los Weasley se reunieron anoche allí, como era de esperar todos están destrozados... yo aguanté hasta esta mañana para darle apoyo a Ron, pero cuando todos se durmieron decidí que lo mejor que podía hacer por Bill y Fleur era ponerme manos a la obra.

- ¿Y el mortífago?

Las manos de Hermione, que habían estado jugueteando con uno de sus rizos castaños, se quedaron rígidas.

- Colagusano -contestó, mirando a los ojos a su amigo.

- Colagusano... -repitió Harry, haciendo un gesto de asentimiento. Se quitó las gafas mientras se frotaba de nuevo los ojos, intentando aliviar el insoportable dolor-. Espero no tener que verle... porque si le veo, le mato.

- No tendrás que verle -contestó Draco, poniéndose en pie- ¿es la cicatriz?

Harry asintió, y le miró con sorpresa. Draco sonrió mientras sacaba la varita de Harry de los vaqueros del moreno, y le apuntaba con ella.

- A mí también me ardía la Marca Tenebrosa después de... ya sabes. Claro que supongo que en la frente es mucho más molesto. Cierra los ojos.

Ante la mirada sorprendida de Hermione, que no entendía qué estaba pasando, Harry obedeció. Escuchó que Draco murmuraba algo ininteligible, y, al instante, el martilleo que torturaba su cabeza remitió poco a poco, hasta desaparecer.

- ¡Draco! -exclamó, sorprendido, abriendo los ojos mientras el Slytherin le devolvía la varita- ¿cómo lo has hecho?

- Técnicas de primeros auxilios -explicó Draco con sarcasmo- cuando eres un mortífago, no puedes dejar que un simple dolor de cabeza te aparte de las misiones que te encomiende el Señor Tenebroso. La única excusa válida para no acudir cuando te llame es estar muerto. Lo demás es irrelevante.

- Eso es horrible -murmuró Hermione.

- Todo lo relacionado con Voldemort es horrible -repuso Harry, todavía sorprendido de su milagrosa recuperación-. Gracias, Draco.

Hermione contuvo una sonrisa al ver la mirada que compartían. Entre los dos había una química evidente, y ella, que conocía a Harry desde la niñez, jamás había visto los ojos verdes de su mejor amigo brillar tanto cuando miraba a otra persona.

- No hay de qué, león -respondió en tono burlón el rubio-. Quizá ahora puedas ir a comer algo y luego ayudarnos a buscar en la biblioteca de mi padre, Hermione ya me ha puesto al corriente de todo.

- ¿Hermione? -repitió Harry, atónito.

- Aunque Draco está en desacuerdo con las suposiciones de Dumbledore -añadió la joven con cierto retintín.

Harry los miró alternativamente con las cejas arqueadas.

- ¿Es mi imaginación o entre vosotros dos ha pasado algo que yo no sé¿Es que has conseguido afiliarlo a la P.E.D.D.O.?

- No -contestó Hermione, muy tranquila- es sólo que me ayudó a capturar un boggart.

- ¿Que te ayudó a capturar un boggart? -repitió Harry, perplejo.

- Sí. Resulta interesante ver a las personas enfrentarse a sus mayores miedos -se limitó a confirmar la castaña, ante la mirada de advertencia que le dirigió el Slytherin.

- Y ahora, vete a la cocina a comer algo -ordenó Draco, viendo que la conversación tomaba derroteros peligrosos.

- Ve tú con él -dijo Hermione, levantándose y dirigiéndose al pasillo- yo voy mirando en la biblioteca, así adelantamos trabajo.

Draco se puso en pie mientras Harry observaba a su amiga doblar por un recodo y desaparecer en la penumbra de la Mansión Malfoy.

- ¿Te has dado cuenta de que tu amiga sospecha algo? -preguntó el Slytherin en voz baja.

- ¿Que si me he dado cuenta? -replicó el Gryffindor mientras los dos se dirigían a la cocina-. Conozco esa mirada, Draco. Probablemente no lo sospecha: lo sabe.

- Bueno, en ese caso es un alivio ver lo bien que se lo ha tomado -dijo el rubio, sentándose junto a Harry- no espero lo mismo de los dos Weasley...

Harry se aclaró la garganta.

- Eh... Draco, se me olvidó comentarte -el rubio alzó una ceja- Ginny también lo sabe. Yo se lo dije... -se obligó a seguir hablando al ver la expresión de Draco- se lo dije el día que pasó... el día en el que nos besamos por primera vez.

Draco Malfoy ni siquiera parpadeó; durante unos segundos, le miró con expresión indescifrable antes de contestar.

- Harry... Cuanto más conozco a los Gryffindors, menos os entiendo. ¿Te besas con otro chico y corres a contárselo a tu ex novia¡Ya se que te gusta ser sincero, pero esto ya clama al cielo!

- Ya. Es que aquí el especialista en guardar secretos eres tú, Draco Malfoy -contestó astutamente el moreno.

- Harry... -murmuró Draco a modo de advertencia.

El Gryffindor no insistió. Con un gesto que indicaba que se daba por vencido, al menos momentáneamente, tomó un sorbo de su taza. Por encima del borde observó furtivamente al Slytherin. Éste se había quedado ensimismado, con la mirada perdida y los dedos acariciando distraídamente el lugar donde tenía grabada la Marca Tenebrosa.

Y, en ese momento, Harry habría dado gustosamente su Saeta de Fuego por poder entrar, aunque sólo fuera por unos segundos, en la mente de Draco Malfoy.

X

- Cuánto tiempo sin verte por aquí, Severus.

La voz le sorprendió en cuanto puso un pie en el número 12 de Grimmauld Place. Levantó la cabeza, apartándose el grasiento pelo negro de la frente.

- Espero que nadie note tu ausencia -añadió Lupin, de pie en mitad de la estancia con las manos cruzadas a la espalda.

- Nadie me ha seguido -contestó Snape, sacudiéndose el polvo de la túnica-. No he podido venir antes, el Señor Tenebroso me tenía estrechamente vigilado. ¿Cómo está Draco? -preguntó repentinamente, mirando ansiosamente a su alrededor como si esperase ver aparecer a su ahijado de un momento a otro.

- Está a salvo, pero no puedes verle. Lo tenemos escondido en otro lugar -contestó Lupin fríamente. Snape percibió la actitud nada amistosa del licántropo, y enderezó la espalda, poniéndose en guardia para un posible enfrentamiento.

- Supongo que a estas alturas ya estaréis al tanto de mi misión y mi papel en... la muerte de Albus.

- Sí -contestó Lupin sin variar un ápice su expresión- ya sabemos por qué tuviste que asesinarle.

Snape le miró analíticamente durante unos instantes. Después, para sorpresa de Lupin, soltó una risotada sarcástica.

- Pero a ti te da igual¿verdad? A ti te da igual cuáles fueran sus órdenes y el esfuerzo que tuve que hacer por cumplirlas¿cierto? Lo único que te importa es que lo hice.

- Lo hiciste, sí -replicó Lupin con estudiada indiferencia.

- Y me odias por ello... todos me odiáis por ello... ¡pues entérate bien de una cosa, Lupin! -rugió Snape, salvando de unas zancadas los metros que le separaban del licántropo, hasta que su nariz ganchuda se situó a pocos centímetros de su rostro-. Él era como un padre para mí. Él me protegía cuando tú y tus amigotes me perseguíais en Hogwarts, él me rescató de las garras de Voldemort y confió en mi cuando nadie lo hizo, él me dio un trabajo que me salvó la vida -Snape había abandonado su habitual tono frío y susurrante por otro más agresivo, y Remus, a su pesar, tuvo que reconocer que estaba impresionado por el dolor que se reflejaba en su macilento rostro- ¿Puedes imaginar lo que sentí cuando me ordenó que le asesinase¿cuando comprendí que tenía que ser yo, precisamente yo, quien lo hiciera¿Cuando...?

El discurso se vio interrumpido cuando la voz de Snape se quebró, y el ex profesor de Pociones bajó la cabeza y se cubrió el rostro con las manos.

Lupin estaba atónito. Siempre se había visto, egoístamente, como uno de los que más habían sentido la muerte de Dumbledore. Ahora comprendía que, aquel día, Snape había perdido más que a un buen amigo.

- Severus... -murmuró torpemente, acercándose a Snape. Le colocó una mano en el hombro mientras el otro se enderezaba-. Tienes razón, nadie ha pensado nunca en... en lo que debiste sentir en ese momento... Lo siento.

Snape no contestó. Se notaba que estaba haciendo un gran esfuerzo por controlarse, y finalmente lo consiguió. Cuando levantó de nuevo la cabeza, Lupin se alegró al ver que su rostro volvía a mostrar su habitual expresión de perpetuo disgusto.

- Espero que Potter esté tratando bien a Draco.

Entornó los ojos al ver la sonrisa irónica que apareció en los labios de Lupin.

- Mejor de lo que tú mismo desearías, Severus -contestó el licántropo.

- Déjate de bromas, Remus -replicó Snape, taladrándole con la mirada.

- No es una broma -dijo Lupin, escondiendo la sonrisa y adoptando una expresión grave- Draco y Harry se... están llevando muy bien, por así decirlo.

- ¿Cómo de bien?

Había algo extraño en el rostro de Severus Snape. Una nota de pánico. Lupin arrugó el entrecejo. Había pensado el la mejor forma de minimizar el impacto que aquella noticia podía tener sobre el ex profesor, pero ahora presentía que el otro ya imaginaba algo.

- Están juntos, Severus -contestó suavemente.

- ¿En qué sentido?

- En el sentido que tú ya imaginas -replicó astutamente Lupin.

Como confirmando sus sospechas, Snape no pareció sorprenderse demasiado, aunque la expresión de desagrado que apareció en rostro indicó al licántropo que la idea no le hacía muy feliz.

- No puede ser... -masculló Snape entre dientes, con la mirada perdida- ¡maldita sea, no!

- ¿Qué pasa, Severus¿Por qué tengo la sensación de que la noticia no te coge por sorpresa? -preguntó incisivamente Lupin, avanzando hacia él-. ¿Por qué no puede ser?

- Tú no tienes ni idea, lobo -replicó ásperamente el ex profesor de Pociones, dando un paso atrás- no tienes ni idea de nada...

- La tendré cuando me lo cuentes -dijo Lupin, y, agarrando fuertemente a Severus por los hombros, le obligó a enfrentar su mirada-. Te has jugado la vida para venir aquí, Severus, y ahora me pregunto por qué.

- He venido por el plan... -masculló el ex profesor.

- No insultes mi inteligencia, ayer sabías perfectamente que Colagusano sería el elegido. No, Severus, tú has venido por algo más... Ocultas algo... al igual que tu ahijado, por cierto.

- Déjame, Lupin.

- De eso nada, Snape, tú no te vas de aquí sin decirme qué diablos nos estáis ocultando -dijo Remus, sereno aunque sin hacer ademán de soltarle. Y al ver el brillo de determinación que impregnaba el rostro del licántropo, Severus Snape supo que no tenía elección.

X

- No creo que vayamos a encontrar aquí algo que nos sirva... -murmuró Hermione con expresión decepcionada.

- Ya te lo dije antes -repuso Draco-. La vida de Ravenclaw no era el tema preferido para las lecturas de mi familia.

- Sin embargo, creo que Dumbledore pensaba que la clave del último horcrux estaba en la Mansión Malfoy -intervino Harry.

Draco y Hermione dejaron de examinar los estantes y le miraron con sorpresa.

- ¿Y eso cómo lo sabes?

- Porque se aseguró de que viniéramos aquí. Lo supe en cuanto vi a la familia de Fleur en Grimmauld Place... Dumbledore procuró darles acceso al Cuartel General antes de morir¿por qué no hizo lo mismo con Draco¿por qué no dejó un papel escrito o cualquier otra cosa que pudiera utilizar para acceder a la casa? Porque quería que tuviéramos que encerrarnos aquí, en la casa de los Malfoy.

Hermione arrugó la frente, pensativa, rumiando las palabras de Harry. Segundos después, asentía.

- Creo que tienes razón, Harry. Dumbledore nos quería aquí... ¿pero qué hay de especial en esta biblioteca?

Harry paseó la mirada por la sala. Como todos los multimillonarios que no parecían tener nada mejor en lo que invertir su dinero, Lucius era un coleccionista nato y había rellenado las estanterías de su biblioteca con cientos y cientos de libros.

- Aquí no hay nada de Ravenclaw, estoy seguro -afirmó Draco, mirando la familiar estancia-. A no ser que...

- ¿Qué?

Draco no contestó, y se dirigió hacia un rincón de la biblioteca, cuyos libros parecían haber sido ordenados y elegidos con especial cuidado. Los dos Gryffindors le siguieron, y enseguida constataron cuál era la peculiaridad de aquella zona.

- ¡Todos los libros son de Slytherin! -exclamó Hermione, al ver hileras e hileras de tomos cuyos títulos contenían el nombre del legendario mago.

- Exacto -corroboró Draco, pasando el dedo por el lomo de los gruesos libros- mi padre admiraba a Salazar Slytherin, y se enorgullecía de poseer la mayoría de los libros que se habían escrito sobre él. Fue sin duda el más controvertido de los cuatro magos que fundaron Hogwarts, y su vida, en especial el tramo que transcurrió desde su salida de Hogwarts hasta su muerte, sigue estando envuelta en cierto misterio.

- ¿Crees que Rowena Ravenclaw puede aparecer en alguno de esos libros?

- Es una posibilidad. Antes de ir a Hogwarts mi padre me obligó a leer un par de libros sobre Slytherin -Hermione y Harry cruzaron una mirada de estupor, pues no imaginaban a un Draco con menos de diez años sentado pacientemente mientras pasaba las páginas de alguno de aquellos tochos-. Todos los autores mencionaban la peculiar relación que había entre Salazar y Godric Gryffindor... quizá también encontremos alguna reseña, aunque sea breve, sobre Rowena Ravenclaw.

- No pareces muy convencido -terció Harry.

- Ya -admitió el Slytherin, cogiendo un libro al azar y girándose para mirarle-. Es que la teoría de los horcruxes no termina de convencerme, Harry.

- ¿El qué no te convence? Es cierto que Voldemort dividió su alma en siete partes, Draco, yo mismo vi lo que salió de ese diario...

- No me refiero a eso, sino a los objetos que vosotros tomáis por horcruxes -corrigió el rubio, pensativo.

- Dumbledore pensaba... -intervino Hermione.

- Ya sé lo que Dumbledore pensaba, me lo explicaste esta mañana. Pero Albus Dumbledore era de Gryffindor -puntualizó Draco-. Vosotros sois de Gryffindor. Media orden es de Gryffindor, y la otra media es de Hufflepuff o Ravenclaw, exceptuando a mi padrino.

- ¿Adónde pretendes llegar?

- A que no sabéis cómo piensa un miembro de nuestra casa. Yo soy Slytherin, puedo ponerme en su lugar, y sin duda alguna afirmo que, por mucho cariño que le tuviera al colegio de Hogwarts y por muy unido que me sintiera a él, jamás, jamás colocaría un trozo de mi alma en la copa de Hufflepuff.

- ¿Por qué no? -preguntó Harry, sorprendido.

- Porque si hay una casa a la que nosotros despreciemos, ésa es Hufflepuff -afirmó Draco.

- ¿Hufflepuff¡Pensaba que vosotros odiábais a Gryffindor por encima de todo!

Draco esbozó una sonrisa astuta mientras evaluaba de nuevo las hileras de libros.

- Desprecio y odio no son sinónimos, Harry. Un Slytherin considera a los de Gryffindor como a sus aliados naturales, a los de Ravenclaw como personas muy afines a su propia casa, y a los de Hufflepuff como los inútiles que no tenían cabida en ningún otro sitio. Mira, cuando los cuatro fundadores se conocieron, en principio todos congeniaron muy bien excepto Slytherin. Él sólo apreciaba a Rowena Ravenclaw por su inteligencia, pero despreciaba a Gryffindor, a quien consideraba un valiente atolondrado, y, por encima de todo, a Hufflepuff...

- ¡Eh! -exclamó de repente Hermione, que había observado pensativamente a Draco- ¡tú has leído Historia de Hogwarts!

- Claro¿tú no?

Hermione no contestó, pero miró a Draco con ojos brillantes antes de que el rubio retomara sus explicaciones. A pesar de la gravedad del momento, Harry tuvo que hacer un gran esfuerzo por aguantarse la risa.

- Con el tiempo, y gracias a la astucia de Ravenclaw, que consiguió apañárselas para que los dos magos se vieran obligados a conocerse mejor, Slytherin y Gryffindor terminaron apreciándose mutuamente y fueron grandes amigos. Pero Salazar jamás llegó a considerar a Helga como algo más que una inútil. Si la aguantó fue porque tanto Godric como Rowena se negaron a prescindir de ella en su proyecto de crear una escuela de magia. Y eso, mil años después, sigue estando vigente en las casas de Hogwarts.

- Pues yo nunca he tenido la sensación de que nuestras casas se respetaran especialmente -confesó Harry.

- Porque tenemos un concepto ligeramente distinto de lo que es el respeto -reconoció Draco con una sonrisa irónica-. Tú crees conocernos, pero no sabes cómo pensamos ni qué se comenta en nuestra Sala Común. Para nosotros, respetar a un rival es hacerle la vida imposible para que jamás pueda superarnos... porque existe la posibilidad de que lo haga. Por eso, cada vez que nos enfrentábamos a Gryffindor, intentábamos por todos los medios que ni siquiera pudieseis subiros a la escoba. Cuando nos tocaba jugar contra Hufflepuff, ni nos preocupábamos, con excepción del año en el que Diggory se hizo cargo del equipo.

- Creo que lo que Draco quiere decir -intervino Hermione- es que, a pesar de la rivalidad que separa a nuestras dos casas, en Slytherin consideran a Gryffindor como un digno oponente. En cambio, no veis ningún valor en la casa de Hufflepuff.

- Exacto -corroboró Draco.

- Bueno, en realidad hay también muchos alumnos de Ravenclaw y Gryffindor que opinan que Hufflepuff es el contenedor al que van a parar todos los que no son ni ambiciosos, ni inteligentes ni valientes -añadió Hermione, pensativa, y Harry asintió al recordar lo que le habían dicho en su primer año.

- Pues por eso me cuesta imaginar que el Señor Tenebroso consintiera en poner un trozo de su alma en un objeto que perteneció a Helga Hufflepuff -concluyó Draco- que considerara a ese objeto digno de contener algo tan preciado para él.

Un espeso silencio cayó sobre la estancia. Harry y Hermione se miraron durante unos segundos, desconcertados, leyéndose el pensamiento.

- Draco... si tienes razón¿sabes lo que significaría eso? -preguntó Harry con un tono de voz ligeramente desesperado.

- Sí -contestó el Slytherin, mirándole con gesto grave- que tendríamos que buscar, no uno sino dos nuevos horcruxes.

En ese momento, la puerta de la biblioteca se abrió tan repentinamente que los tres jóvenes magos dieron un respingo, sobresaltados. Se tranquilizaron cuando una pequeña y vieja criatura asomó la cabeza.

- Joven amo Malfoy -dijo el elfo sin poder disimular su pánico- siento tener que molestarle, pero un boggart ha aparecido en el armario de las cocinas...

Draco soltó un exagerado suspiro y siguió al elfo al exterior. Al pasar junto a Harry, dejó caer en sus brazos el libro que había cogido previamente.

- Lo que yo te decía, no serían capaces de enfrentarse ni a un doxy -masculló entre dientes- seguid vosotros, volveré en cuanto haya tranquilizado a los cobardes elfos de mi padre...

- ¡Eh, Draco! -le llamó Hermione, al tiempo que le lanzaba un objeto que acababa de sacar del bolsillo- si de verdad hay un boggart, necesitarás esto.

Draco miró sorprendido la varita de Hermione. Después, hizo un ademán de agradecimiento y salió de la biblioteca.

Harry miró el libro que Draco había escogido al azar: era una biografía común sobre Salazar Slytherin, bastante manoseado. Se preguntó si habría sido uno de los libros preferidos de Lucius, y la idea le produjo tal repugnancia que se dirigió a colocarlo de nuevo en su sitio. Sin embargo, Hermione le detuvo y le quitó el libro de las manos.

- Parece interesante -murmuró, examinando la portada, donde una colorida serpiente sacaba su bífida lengua en dirección al lector.

- Sí, interesantísimo -ironizó Harry, a quien la idea de pasarse el día leyendo sobre la escabrosa vida de Slytherin no le hacía muy feliz. Después, miró a su amiga-. Hermione, le has dejado tu varita a Draco.

La castaña sonrió, levantando la cabeza del libro.

- Ya lo sé, Harry, mi memoria a corto plazo sigue igual de bien que siempre.

- ¿Hay algo que quieras contarme, Hermione?

La castaña negó con la cabeza.

- Me sentía culpable y fui a pedirle perdón: así de simple. Es bastante más inteligente de lo que yo creía, y su forma de ver el problema desde su... eh, perspectiva Slytherin, está resultando ser muy esclarecedor.

Harry la miró con el ceño fruncido, pero Hermione no añadió nada más. Draco, aún ha sabiendas de que se acabaría enterando por Ginny o Ron, le había pedido que le ocultara a su amigo el incidente con el boggart, y ella pensaba cumplir la única promesa que hasta el momento le había hecho al Slytherin, consciente de que hacerlo significaba ganarse su confianza.

- Ya... -murmuró Harry, escéptico-. En fin, también quería agradecerte que hayas intentado acercarte a él... para mí es importante no tener que estar constantemente eligiendo entre vosotros.

- No hay de qué, me pareció que sería interesante llevarme bien con él. Además, intuía que nuestra relación con Draco Malfoy ni iba a limitarse a nuestra forzada estancia en esta casa... porque, corrígeme si me equivoco, me parece que tú sí tienes algo que contarme a mí, Harry.

Harry miró sobresaltado a su amiga, encontrándose con su mirada incisiva. En el fondo no estaba demasiado sorprendido, pues sabía que Hermione llevaba un tiempo queriendo forzar aquella situación, pero no estaba muy seguro de querer enfrentarla.

- A lo mejor sí, Hermione. Pero tengo la sensación de que, aunque te lo cuente, no te va a sorprender.

Ahora los dos amigos de la infancia estaban el uno frente al otro, Harry suspicaz y Hermione sonriendo abiertamente, ya alejado su interés del libro de Slytherin que sostenía bajo el brazo.

- Y tú no deberías extrañarte. Recuerda que fui yo quien adivinó que te gustaba Cho, y después Ginny... y perdona que te lo diga, pero ahora es aún más evidente.

- Ya. ¿Y no será que te lo ha dicho alguien? -replicó el moreno-. Cierta pelirroja, por ejemplo.

- Yo lo sabía antes que Ginny, Harry -confesó Hermione, mirándole a los ojos.

- ¿Qué? -exclamó su amigo.

- Verás... -murmuró la castaña, que de repente parecía azorada y buscaba las palabras justas para explicarse- fue cuando todavía estábamos en La Madriguera, claro, poco después de que Ginny se fuera a casa de Luna. Era temprano pero ni Draco ni tú habíais salido de la habitación aún. La señora Weasley nos mandó a Ron y a mí a hacer unas compras de urgencia, pero él no tenía nada decente que ponerse. No se preocupó por sacar su ropa de la habitación en su momento, y, cuando Draco y Lupin estaban instalados allí, sencillamente entraba cuando le daba la gana y cogía lo que quería. Creo que era su forma de demostrarle a Malfoy que allí el extraño era él.

- Ya. Pero al estar yo...

- No quería entrar por temor a que estuvieras despierto. Ya entonces estaba peleado contigo y no quería hablarte.

- Entonces entraste tú -adivinó el Gryffindor.

Hermione, con gran esfuerzo, sostuvo la mirada acusadora de Harry.

- Sí, entré yo.

- ¿Y qué viste?

- A vosotros dos, durmiendo en la misma cama. Abrazados.

Hermione contestó con una tranquilidad turbadora. Ante la evidencia, Harry volvió a suspirar y se sentó en uno de los cómodos sillones que Lucius había hecho instalar en su bien equipada biblioteca. La castaña se apoyó en el reposabrazos, viendo cómo Harry se debatía entre la incomodidad y la necesidad de explicarse.

- Cuando llegamos aquí, y tú te fuiste... estuvimos hablando, Ginny Ron y yo sobre lo bien que parecías llevarte con Malfoy -explicó Hermione, dándole tiempo a su amigo para que superara su vergüenza-. Algo que dijo Ginny me hizo sospechar que ella sabía algo. Le lancé una indirecta, y por su expresión pude ver que, efectivamente, ella también estaba enterada. Por la noche conseguimos estar a solas, y me lo contó todo.

- ¿Todo? -repitió el Gryffindor.

- Lo que tú le contaste a ella ese día. Y... sus impresiones personales.

- ¿Sus impresiones personales? -repitió de nuevo Harry, levantando la cabeza para mirarla.

- Mira, Harry, durante todos estos años yo fui su confidente¿sabes? -confesó Hermione, sonriendo con nostalgia-. Cuando estábamos en La Madriguera durante los veranos, ella me hablaba de lo que sentía por ti y al mismo tiempo me aconsejaba respecto a Ron. Yo le dije en su momento que, si quería que tú te fijaras en ella, debía tratarte como a un amigo, dejarte que la conocieras. Me alegré mucho cuando empezasteis a salir, y fui la primera persona con quien habló cuando vinisteis de vuestra primera cita por los jardines de Hogwarts...

Arrullado por el familiar y cálido tono de su mejor amiga, Harry empezó a tranquilizarse. Quizá, después de todo, lo suyo con Draco no sería visto de modo tan horrible. Quizá...

- Aquella mañana estaba radiante -siguió rememorando Hermione, consciente del efecto calmante que sus palabras provocaban en Harry-. Pero, la primera vez que os vi juntos, me dio mala espina. Me parecía que seguías tratándola más como a una amiga que como a una novia, y me pregunté si serían impresiones mías o ella también se habría dado cuenta. Semanas después de dí cuenta de que no me equivocaba.

- ¿Ella se quejó? -preguntó suavemente Harry.

- Se desahogó conmigo, como siempre. Decía que, pasada la euforia inicial, cada vez que estabas con ella era como si te hubieran obligado. Que cada vez que la abrazabas o la besabas era tan forzado como si estuvieras siguiendo las directrices de algún manual. Que cuando estabais juntos, ella se limitaba a charlar mientras tú asentías, medio ausente. Ahora me pregunto si por aquel entonces ya...

- No, todavía no me gustaba Draco -negó Harry, confesando por primera vez lo que sentía- pero sí es cierto que me sentía incómodo cuando estaba con Ginny. Y nunca llegué a saber por qué. A veces tenía la sensación de que ella me pedía más de lo que yo podía llegar a darle.

- No sé si sabes que ella se había estado... eh, reservando -Harry la miró con expresión desconcertada, y Hermione puntualizó-: que todavía no se había acostado con ningún chico... ¡Harry, por Merlín, que tienes diecisiete años! -exclamó, al ver que su amigo se sonrojaba y apartaba la mirada.

- Habló conmigo sobre eso -se forzó a confesar el moreno.

- Sí. Decía que mientras Michael y Dean estaban todo el día insistiendo con el tema, tú no parecías ni remotamente interesado.

- Me alegra ver que mi vida sexual es tema de debate público -gruñó Harry, aún azorado- pues no, no estaba interesado. Una noche me pidió que la llevara conmigo a la Sala de los Menesteres -confesó, bajando la voz-. En ese momento supe que jamás podría hacerlo, le puse una excusa tonta y me fui corriendo a mi dormitorio. Creo que fue entonces cuando decidí que tenía que cortar con ella.

Harry se sintió algo mejor cuando vio que Hermione le miraba con comprensión. Hablar de esos temas estaba resultando menos complicado de lo que había imaginado. Se preguntó por qué no lo había hecho antes; se estaba quitando un peso de encima.

- ¿Qué más te dijo? -preguntó con cierta timidez.

Hermione le miró con seriedad, como evaluando su posible reacción. Después, pareció decidirse a continuar.

- Mira Harry, no es ningún secreto que Ginny sigue enamorada de ti -al ver la expresión de su amigo, se apresuró a continuar- ¡pero tú no tienes que sentirte culpable por ello! A ella siempre le gustaste y siempre le gustarás, hasta el día en el que venga un chico que logre desplazarte... Pero tienes suerte, Harry: Ginny te quiere sinceramente, quiere que seas feliz aunque no sea a su lado. Me dijo que te había animado a aclarar tus dudas respecto a Malfoy. Y a mí me comentó que jamás te había visto tan interesado por nadie. Por extraño que resulte, se alegra por ti.

El Gryffindor sintió una súbita oleada de cariño hacia Ginny. Sabía de compañeros que vivían amargados por las jugarretas que les hacían sus ex novias (y viceversa) y le conmovía la lealtad de la pelirroja.

- Lo siento por ella... me habría gustado tanto hacerla feliz, Hermione... -confesó con voz ronca.

- Lo sé -dijo la castaña, acariciando suavemente el hombro de su amigo- sé que jamás quisiste hacerle daño. Y creo que ella también lo sabe.

- Es que todo fue tan inesperado... ella, Draco...

- Reconozco que me llevé una buena sorpresa aquella mañana -confesó Hermione con una sonrisa.

Harry se ruborizó de nuevo.

- En realidad no llegaste a ver nada. Yo le abrazaba porque tenía pesadillas, es la pura verdad -añadió al ver la expresión de Hermione- ahora sé que no eran pesadillas, Voldemort se aprovechaba de la conexión que existía entre ambos gracias a la Marca para hacerle revivir la muerte de sus padres.

- ¿Y él dejaba que le abrazaras?

- Él ya estaba enamorado de mí, me lo dijo el día que me lié a tortazos con Ron -le confió con una breve sonrisa.

- Sí, yo también imaginé que debía de quererte mucho cuando empujó a Ron para apartarle de ti. Draco Malfoy no suele ser de ese tipo de personas; más bien, es de las que se quedan fuera de la pelea, dejando que otros se partan la cara por él.

Harry asintió, corroborando sus palabras. A él también le había sorprendido que Draco se expusiera a la ira del pelirrojo por ayudarle.

- Sé lo que piensas... lo que piensa Ginny, lo que pensará todo el mundo... Después de haber salido con dos chicas¿cómo puede gustarme un tío, y un tio como Draco Malfoy? Ni yo mismo lo sé, Hermione -confesó, mirándola a los ojos-. Lo único que sé es que jamás había necesitado tanto a nadie. La primera noche en la que entré al cuarto que compartía con Lupin, y vi las heridas que recubrían su cuerpo... desde entonces esa imagen me persigue día y noche. Desde entonces sólo quiero pillar a Voldemort y destrozarlo para que no vuelva a ponerle las manos encima nunca más. No sé cuándo ni cómo me enamoré de él, ni te puedo decir con seguridad en qué momento me dí cuenta de que lo quería -terminó, con un hilo de voz, temeroso de que Hermione no le comprendiera-. Sólo sé que le quiero.

Hermione se quedó unos instantes en silencio, mientras su amigo la miraba con ansiedad.

- ¿Crees que podréis aceptarlo? -añadió Harry, armándose de valor.

- Yo no te pedí tu aprobación cuando empecé a salir con Ron -observó Hermione.

- No es lo mismo -replicó Harry.

- Sí lo es, a fin de cuentas. Si le quieres, adelante, sabes que yo siempre te apoyaré... siempre, Harry, siempre -prometió Hermione, mientras se inclinaba sobre él y le besaba en la mejilla.

Harry la abrazó con fuerza. Era uno de esos momentos en los que daba gracias a Merlín por haberle permitido conocer a Hermione Granger. Por tener a su lado a aquel dechado de comprensión que siempre parecía tener la palabra justa para cada situación, y que leía sus sentimientos con tanta facilidad como si él fuera uno de sus libros.

- Hermione...

La miró, sintiendo la necesidad de decirle cuánto la quería, de confesarle que para él era la hermana que nunca tuvo. Sin embargo, al ver la sonrisa que la castaña le dirigía, supo que, de algún modo, todo eso ella ya lo sabía.

Al separarse de él, Hermione se percató de que todavía llevaba el dichoso libro en brazos. Volvió a examinarlo, y sólo entonces se dio cuenta de que la punta de un gastado separador de tela sobresalía de entre las páginas centrales. Distraídamente lo abrió por el punto que señalaba el marcapáginas. Y, al examinar lo que había aparecido ante sus ojos, se quedó paralizada.

- ¡Harry! -llamó- ¡mira esto!

En pocos segundos él atisbaba por encima de su hombro, sobresaltado por el tono de urgencia de Hermione. Lo que vio le confundió: era un viejo grabado de Salazar Slytherin que ocupaba una página del libro, impreso en blanco y negro. El viejo mago mostraba su habitual mirada torva, y su amplia melena canosa no conseguía disimular un rostro afilado tan astuto como severo.

- ¿Qué pasa? No veo nad...

En ese momento, siguió la dirección de la mirada de su amiga, y enmudeció. En el dibujo, Salazar Slytherin, ya viejo y a todas luces consumido por los achaques de la edad, se apoyaba en un bastón.

Un bastón negro cuyo mango representaba una plateada cabeza de serpiente.

X

Remus Lupin salió de la chimenea sin ceremonia alguna, desparramando hollín negro en la cara alfombra de los Malfoy y con las palabras de Snape resonando, como una amenaza, en sus oídos.

- ¡Harry¡HARRY! -aulló, recorriendo la planta baja con pasos desesperados.

- ¿Lupin?

El licántropo dio media vuelta al escuchar la voz de Hermione. La castaña le observó mientras se acercaba, sobresaltada por la expresión de pánico que mostraba el rostro de su sosegado ex profesor.

- ¿Dónde está, Hermione¿Dónde está Harry! -casi gritó al llegar frente a ella- Está con ese traidor¿verdad?

- ¿Traidor? -repitió ella, perpleja.

En ese momento, Malfoy apareció a sus espaldas, proveniente de la cocina. Iba acompañado de un elfo al que daba instrucciones en voz baja, y aún sostenía en la mano derecha la varita de Hermione.

Se quedó paralizado cuando Remus, con un ronco gruñido, dio media vuelta sobre sus talones y se abalanzó sobre él.

- ¡Tú! -rugió, agarrando de la pechera de la camisa al Slytherin y zarandeándolo con violencia- ¿dónde está¿qué le has hecho!

Draco, atónito y medio asfixiado, cruzó una mirada de desconcierto con Hermione. La castaña se acercó a la carrera, descolocada por la actitud de Lupin.

- ¡Profesor Lupin! -gritó, tan asombrada que empezó sin darse cuenta a dirigirse a él por su antiguo tratamiento- ¡profesor Lupin, Harry está bien¡acaba de subir al piso de arriba!

Automáticamente los músculos de Remus se distendieron, y Draco logró librarse de su presa, frotándose el cuello mientras se apartaba cautelosamente del licántropo. Hermione se acercó a él y le examinó, lanzándole a Lupin una mirada de reproche.

- ¿Está bien? -repitió Lupin, como si no pudiera creerlo.

- Y bajará de un momento a otro -afirmó resueltamente Hermione, encarándose con él- ha ido a por el antiguo bastón de Lucius, por lo visto...

Hermione se detuvo. Acababa de escuchar un gemido a sus espaldas, y, cuando miró, Draco había dejado de acomodarse la arrugada camisa y la miraba con gesto de pánico.

- ¿Ha ido a por el bastón de mi padre?

- Sí, Draco. Verás...

Pero no pudo continuar. Antes de que llegara a terminar la frase, Draco había enarbolado la varita de la castaña y se precipitaba escaleras arriba como si le fuera la vida en ello. Automáticamente, el licántropo corrió tras él. Hermione, intrigada y asustada a partes iguales, les siguió.

X

Harry tiró a un lado sin muchos miramientos su túnica de gala (ya le quedaba pequeña; apuntó mentalmente comprarse una nueva para su graduación en Hogwarts... si llegaba vivo a ella), y pocos segundos después un par de calcetines viejos fueron a hacerle compañía. Finalmente, bajo un libro de quidditch, encontró lo que buscaba: el viejo bastón que había pertenecido a Lucius Malfoy. Lo examinó cuidadosamente, con un temor casi reverencial, y constató que, como ya había imaginado, era prácticamente idéntico al que Salazar Slytherin ostentaba en aquel viejo grabado.

Escuchó gritos en el piso inferior, y una voz ronca que conocía muy bien le hizo girar la cabeza. ¿Lupin? Se levantó, mientras arreciaban los extraños ruidos. Alguien se precipitaba escaleras arriba, gritando su nombre. Reconoció al instante la voz: era Draco. Harry abrió la boca, dispuesto a preguntarle que qué pasaba, pero no pudo pronunciar una sola sílaba.

Sin que él se diera cuenta, el bastón había empezado a emitir un extraño resplandor dorado. De repente, Harry notó cómo vibraba en su mano, y sólo le dio tiempo a bajar la cabeza para mirarlo antes de que algo parecido a un gancho invisible empezara a arrastrarle. La habitación empezó a difuminarse, en un torbellino de formas que giraban cada vez más deprisa.

Lo último que vio con claridad, antes de que el traslador le llevase fuera de allí, fue el rostro desencajado de Draco precipitándose hacia él desde el exterior del torbellino.

X

- ¡Harry¡HARRY, NO!

Mortífago y licántropo gritaron casi al unísono mientras Harry desaparecía. Draco se abalanzó hacia él, pero el cuerpo del Gryffindor ya había desaparecido. Maldijo en voz baja, mientras sus rodillas impactaban con el duro suelo.

- ¡MALFOY! -rugió Lupin, agarrándole de nuevo de la camisa y obligándole a levantarse, alzándole casi en vilo. Recordaba demasiado bien las palabras de Severus, que todavía danzaban en su mente.

"El bastón que mi ahijado llevó a La Madriguera es un traslador. Lo hechizó el mismísimo Señor Tenebroso, y, aunque teóricamente sólo se activaría a una orden de Draco, ahora él está furioso y en cuanto Potter lo toque, le llevará a la guarida de los mortífagos"

Draco estaba conmocionado. Cuando Hermione traspasó el umbral de la puerta, jadeando, atisbó en sus ojos grises y no vio más que desconcierto. Y dolor.

"El Señor Tenebroso era consciente de lo que Draco sentía por Potter. De hecho, ésa fue la única razón de que él le castigara con la misión de matar a Dumbledore"

- ¿Dónde ha ido¿DÓNDE? -gritó Lupin, acercando su rostro al del joven mortífago.

"En realidad, Draco fue enviado a La Madriguera con la única misión de ganarse la confianza de Potter y atraerlo a la guarida de los mortífagos. En caso contrario, el Señor Tenebroso había amenazado con matarme."

- A nuestro cuartel general -murmuró Draco, al parecer demasiado ausente para sentir la violencia de Lupin.

El licántropo le soltó, pero no por compasión; sus propias piernas ya no le sostenían a él. Harry se precipitaba a manos de los mortífagos... Harry estaba ya en poder de Voldemort... había fracasado, todo había fracasado.

"No debes dejar que Draco traicione a Potter para salvarme, Lupin... prométeme que no le dejarás"

Le había fallado incluso a Severus. Y todo había sido en vano.

De repente, Draco se recobró. Apuntándose con la varita de Hermione, recubrió su cuerpo con una túnica negra. El uniforme de los mortífagos.

- Me voy -anunció, mirando a los otros dos.

- ¡De eso ni hablar! -gritó Lupin.

Pero, antes de que pudiera volver a agarrarle, Draco ya había dado un paso al frente, había girado sobre sus talones y había desaparecido de la habitación.

X

Harry aterrizó de bruces en un suelo sucio y húmedo. Se incorporó rápidamente, con desagrado, todavía sosteniendo en sus manos el dichoso bastón.

Escuchó una exclamación de sorpresa, y sintió cómo alguien le levantaba en vilo. Y, cara a cara, se encontró con un rostro que le resultaba vagamente familiar. Era un hombre alto, corpulento, que le miraba como si no pudiera creer lo que veía.

- ¡Potter! -exclamó.

Al escuchar el timbre de su voz, Harry identificó al hombre. Esa misma voz la había escuchado años antes, en un siniestro cementerio mientras un no menos siniestro grupo de mortífagos formaba filas en torno a una bestia que acababa de renacer. Además, su expresión bovina era prácticamente calcada a la de su hijo.

- ¡Eh, Crabbe, mira lo que tenemos aquí! -gritó el hombre, dándose media vuelta- ¡Es Potter!

Inmediatamente otro hombretón salió de entre las sombras para dirigirse hacia Harry. Éste ya evaluaba las posibilidades que tenía de salir ileso de un enfrentamiento con los padres de sus dos fornidos compañeros de escuela, cuando sintió un estampido que indicaba que alguien había aparecido a sus espaldas.

- Apartad inmediatamente vuestras manos de mi presa.

Reconoció la voz, y también el timbre imperioso de ésta, aunque creía haberlo olvidado. No podía ser... a Harry se le cayó el alma a los pies cuando vio aparecer a Draco en su campo de visión, vestido con el uniforme negro de los mortífagos, cuya capa negra ondeaba tras él a su paso.

- Malfoy... -murmuró Goyle.

Y a pesar de que Draco Malfoy, al lado de los imponentes corpachones de los padres de Crabbe y Goyle, no parecía más que un atrevido mozalbete a punto de ganarse una reprimenda, Harry no pudo dejar de notar que Goyle le liberó inmediatamente, al tiempo que él y su amigote retrocedían. En ese momento, mientras se inclinaba para recuperar el resuello, Harry observó furtivamente a aquél a quien había llegado a amar más que a sí mismo... y le vio con otros ojos.

Draco Malfoy ya no era el chico herido y aturdido que había llegado a La Madriguera medio muerto. La túnica negra ocultaba su extrema delgadez y sus heridas, y le daba una imagen más imponente. La barbilla alzada, los ojos grises, fríos pero al mismo tiempo brillando peligrosamente, el porte orgulloso mientras se acercaba a Crabbe y a Goyle... rezumaba autoridad y poder por los cuatro costados. Acababa de convertirse en la viva personificación de todo lo que representaba el apellido Malfoy.

- ¿Sorprendidos¿Pensasteis que no lo conseguiría? -su voz era altiva, fría pero distante. Como si no le importase demasiado lo que esos dos trogloditas pensaran.

Harry tragó con fuerza. Una posibilidad empezaba a abrirse paso en su mente, pero no quería darle crédito. Aún no.

Crabbe y Goyle cruzaron una mirada sombría.

- El Amo no está -informó el primero- ¿quieres que le llame?

Harry advirtió el matiz servicial en el tono de Crabbe, y le miró sorprendido. Sin duda, tanto Crabbe como Goyle habrían sostenido en sus brazos más de una vez a Draco Malfoy cuando apenas era un crío, y le habrían visto corretear en compañía de sus propios hijos. Sin embargo, ahora en sus rostros sólo había respeto y devoción cuando miraban al hijo de su antiguo amigo Lucius.

- No -dio Draco, tajante- él me dijo que no lo hiciera, no podemos arriesgarnos a interrumpir su reunión con el Gurg y que los gigantes ataquen al Amo. Ya se ocupará de él cuando esté de vuelta... creo que Potter podrá aguantar hasta entonces.

Harry sintió que le faltaba el aire al ver la mirada de Draco, hiriente, dura, posándose sobre él. Su sonrisa cruel. Su tono de voz, cínico, mordaz.

- Creo que lo llevaré abajo antes de encerrarlo. Quiero que mi padrino lo vea... se pondrá muy contento, siempre le tuvo especial aprecio -añadió el Slytherin con un marcado sarcasmo.

Crabbe y Goyle esbozaron una sonrisa bobalicona y se apartaron respetuosamente para franquearle el paso. Y Harry se quedó mirando a Draco, paralizado.

Acababa de comprender que todo había sido una farsa.

Que lo único que a Draco le interesaba de él era el prestigio que le reportaría entregarle en bandeja a Lord Voldemort.

Si cualquier otra persona hubiera puesto a Harry en esa situación, él se habría debatido, habría luchado como lo hicieron sus padres, dispuesto a vender cara su vida. Sin embargo, en ese momento ni siquiera se le ocurrió oponer resistencia. Estaba demasiado destrozado... él había confiado en Draco, había puesto todas sus esperanzas en el Slytherin, y ahora toda su estrategia se le presentaba clara... demasiado tarde, sin duda.

Se sintió miserable cuando notó que los ojos se le humedecían. Porque Draco Malfoy iba a conseguir lo que ni siquiera Voldemort había sido capaz de lograr aquella noche en el cementerio: que se enfrentara a la muerte temblando, llorando como un cobarde.

Al advertir su debilidad, Draco dibujó una mueca de odio en su rostro, y apuntó con la varita a Harry.

- ¡Crucio! -gritó con decisión.

Y Harry se dobló sobre sí mismo, sintiendo que el dolor recorría cada fibra de su cuerpo, paralizaba su garganta, le impedía respirar... como si una mano invisible estuviera rasgando sus músculos, destrozando sus huesos, triturando cada centímetro de su piel...

Claro que, a pesar de todo, no era más que una insignificante molestia si se le comparaba con aquel otro dolor, éste más profundo, menos ostentoso pero igual o más violento.

El lacerante e insoportable dolor que estaba desgarrando su alma.