Un día a la semana
Esta es una adaptación
Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.
Argumento:
Una aventura prohibida.
Una vez a la semana, Bella Swan se refugiaba en los brazos de su amante secreto en una lujosa habitación de hotel. No obstante, la arrebatadora pasión que compartía con Edward Cullen debía permanecer en secreto, ya que sus adineradas familias estaban enemistadas desde hacía muchos años.
Edward, al que siempre le gustaba tener todo bajo control, estaba empezando a perder el rumbo con aquella sofisticada mujer y, sin darse cuenta, se encontró deseando cada vez más, poniendo así en peligro su secreto. Hasta que Bella le dijo una terrible mentira que podría cambiarlo todo.
Capítulo 11
Después de salir del coche de Renne, Edward fue directo a casa y sacó su partida de nacimiento de la caja fuerte. Se sintió aliviado. Era mentira.
No obstante, seguía estando inquieto. Fue a casa de sus padres y le preguntó al ama de llaves dónde estaban guardadas las fotografías de la familia. A su madre le encantaba hacer fotos. Se pasó horas viendo cajas y álbumes, buscando parecidos. Y no llegó a ninguna conclusión. Él era más grande y ancho que su hermano. Sus rasgos faciales eran también más anchos que los de sus padres, mientras que Jasper se parecía muchísimo a su madre. El color de la piel y de los ojos era el mismo para todos, y eso lo tranquilizó.
Pero la paz le duró sólo hasta que encontró un paquete en el que ponía: Embarazo. Había muchas fotografías de su madre embarazada, pero todas de 1979, que era el año en el que había nacido Jasper, no él. No encontró ninguna fotografía de su madre embarazada en 1975.
Luego volvió a su despacho y le pidió a Alice que no lo molestasen. Se pasó allí el resto del día, dándole vueltas a la cabeza.
¿Lo habían tratado sus padres de manera diferente? Intentó recordar su niñez. Él era el mayor, siempre había sido muy maduro, así que le habían adjudicado la mayoría de las tareas y habían esperado que cuidase de su hermano pequeño. Los hijos mayores siempre pensaban que los pequeños estaban mimados, y él no era una excepción. Pero Jasper siempre había ido detrás de él, «para ayudarte», decía.
Entre ambos había un estrecho vínculo, pero, ¿y sus padres? Siempre habían puesto el trabajo por delante de la familia.
Se miró el reloj por enésima vez. Aquél estaba siendo el día más largo de toda su vida. Por mucho que intentaba convencerse de que no debía sacar conclusiones precipitadas, algo le decía que Renne le había dicho la verdad. Entonces pensó que tal vez por eso su madre le hubiese dejado las acciones a Jasper, su hijo biológico. Y que su padre quisiese que Jasper, su hijo biológico, estuviese al frente de la empresa.
En cuanto Carlisle volvió del juicio, Edward entró en su despacho, tiró su partida de nacimiento encima de la mesa y le exigió que le contase la verdad. Carlisle insistió en que no sabía de qué le estaba hablando, y cuando Edward se lo dijo, palideció y no lo negó. Entonces, Edward tuvo que enfrentarse al hecho de que, hasta entonces, toda su vida había sido una farsa.
Dos años después de haberse casado, les habían dicho que no podían tener hijos. La madre de Edward, a la que, además, después del accidente Charlie le había prohibido que viese a su mujer, había caído en una profunda depresión. Carlisle, por miedo a que su negocio sufriese las consecuencias, la había llevado a una casa de campo en Sydney y había viajado desde Wellington todas las semanas para verla.
Deprimida y sola, su madre se había hecho amiga de una criada que estaba embarazada y soltera. Y habían organizado una adopción ilegal a cambio de mucho dinero. Esme había conseguido incluso una falsa partida de nacimiento. Un año después, había vuelto a Nueva Zelanda con Edward en brazos. Y habían dicho a todo el mundo que era su hijo. Cuatro años más tarde, Esme se había quedado embarazada de Jasper.
—;Tú lo sabías? —le preguntó Edward a Jasper que había entrado a mitad de la conversación.
—Claro que no —le aseguró él—, pero no cambia nada, Edward. Sigues siendo mi hermano.
—Y mi hijo —añadió su padre con voz temblorosa.
—Quiero detalles —pidió Edward—. Nombres, fechas…
—¿Para qué, Edward? Te criamos como a un Cullen, te quisimos desde el primer día. ¿Para qué quieres desenterrar el pasado?
—¿Te preocupa que te metan en la cárcel por fraude, y por haber comprado un bebé? —fue la despiadada respuesta de Edward a su padre, de la que se arrepintió al instante—. Me marcho a Sydney hoy, en vez del miércoles. No sé cuándo volveré. Necesito la dirección de la casa, el nombre de mi madre, de su amante, mi padre, las fechas en las que ella trabajó allí…
Se preguntó si sus padres biológicos se habrían puesto en contacto con los Cullen a lo largo de los años. Si habían querido verlo o sólo les había importado el dinero.
—Ya veo por qué quieres que sea Jasper quien dirija la empresa, y no yo.
—Eso no es verdad —protestó Carlisle—. No quiero que la dirija Jasper. Ni tú. Quiero que lo hagáis los dos juntos.
Edward vio mucho miedo en los ojos de Carlisle. ¿Desde cuándo llevaría temiéndose aquello?
No obstante, en esos momentos no podía llamarlo «papá».
—Edward, sigo pensando lo mismo acerca de la empresa, y de ti —comentó Jasper, que estaba tan pálido como su padre.
Edward se puso en pie bruscamente. Tenía que irse a casa y hacer la maleta.
—Me iré hacia el aeropuerto dentro de dos horas. Llámame para darme los detalles que te he pedido.
—Iré contigo —dijo Jasper enseguida, levantándose también.
Edward se detuvo y se volvió a mirarlo.
No era su hermano. Ni siquiera su hermano adoptivo.
—Esto es algo en lo que no puedes ayudarme…
—Pero…
Jasper parecía tan sorprendido con la noticia como Edward. Siempre habían estado muy unidos. Incluso se parecían. ¿Cambiaría todo aquello su relación?
Edward le dio una palmadita en el hombro.
—Gracias, pero prefiero hacer esto yo solo.
Bella salió del juicio el lunes desconcertada con la ausencia de Edward. Y cuando no lo vio aparecer tampoco el resto de la semana, empezó a preocuparse. ¿Qué días le había dicho que iba a estar fuera? Como estaba medio dormida cuando se habían despedido, no se había enterado bien.
No podía llamarlo a su despacho y no contestaba al teléfono móvil. Como no quería ser pesada, no quiso dejarle un mensaje, pero cada vez estaba más inquieta.
Cuando le dio plantón el viernes por la tarde, en el hotel, la confusión se transformó en ira. ¿Acaso estaba jugando con ella?
Sin importarle que la reconociesen, preguntó por la reserva de la habitación en recepción.
—Lo siento, pero la reserva fue anulada el lunes —le informó la recepcionista, mirándola con tanta lástima que Bella se apresuró a marcharse de allí, tenía ganas de vomitar.
También se había encontrado mal el día anterior, pero lo había achacado a los nervios. Se le pasó por la cabeza que podía haberse quedado embarazada, pero no. Edward siempre utilizaba protección, y ella tomaba la píldora.
Ese día, le dejó un mensaje en el teléfono de su casa, al que él tampoco contestó. A pesar de sentirse revuelta y sola, esa noche salió con un par de amigas al estreno de una película. Se encontraron con Jacob Black fueron a tomar algo. Como Edward tampoco la llamó durante el resto del fin de semana, volvió a salir y se aseguró de que la fotografiaban.
El lunes siguiente, Edward tampoco apareció en el juicio y siguió sin contestar al teléfono. Bella se preguntó por qué había tenido esperanzas, por qué había pensado que era lo suficientemente buena para él. Se había contentado con tener sexo, hasta que él había hecho que se enamorase.
Se dijo que tenía que olvidarlo y llamó a Jacob y a un par de amigos más. Fue fácil volver al mundo de las fiestas. Ni siquiera el malestar que no la abandonaba la detenía, aunque era incapaz de beber alcohol. Edward Cullen lo había estropeado todo. ¡Nadie rechazaba a Bella Swan! Iba a ponerlo tan celoso que volvería a ella de rodillas, y entonces, lo trataría como a un perro.
Pero Edward no volvió. Y Bella siguió fingiendo ser el alma de las fiestas porque no quería meterse en la cama. El único modo en que conseguía aliviar el dolor que tenía dentro era haciéndose un ovillo y abrazándose con fuerza. En su cama, en la que él le había hecho el amor, y se había despedido con un beso por última vez. Las lágrimas la acechaban día y noche, haciendo que le doliesen los ojos. ¿Qué había hecho para que Edward no quisiese saber nada más de ella?
Una noche, en un bar, alguien le tocó en el hombro y, al volverse, vio a Jasper Cullen que le sonreía.
—¿También vas a hacer que me echen de aquí? —le preguntó él en tono de broma.
Bella se aferró a su simpatía como si fuese un salvavidas. Nunca los habían presentado de manera oficial, así que lo solucionaron enseguida. Las amigas de Bella arquearon las cejas y se susurraron las unas a las otras que era muy guapo. Jasper era uno de los solteros más codiciados de la ciudad, pero para Bella, no tenía comparación con Edward. No había magia en su rostro.
Quería preguntarle por él, pero sabía que estaba demasiado dolida, que su corazón estaba a punto de romperse. Y no quería que nadie se diese cuenta de lo sola, triste y herida que estaba.
Después de un rato charlando juntos y comentando el juicio y lo tremendos que eran sus padres, Jasper le confesó:
—¿Sabes? Le dije a Edward que la mejor manera de terminar con todo era conquistándote.
Aquello fue como otra puñalada para el corazón de Bella, pero no dejó de sonreír.
—¿De verdad? ¿Y cuándo se lo dijiste?
—Cuando empezó el juicio —contestó él, sonriendo de oreja a oreja a una mujer muy guapa que acaba de entrar.
Bella la reconoció, era la secretaria de Edward.
—¿Y qué te dijo él?
—Edward es demasiado listo para seguir mis consejos. Me alegro de haber charlado por fin contigo, Bella Swan. Nos veremos en los tribunales —le guiñó un ojo—. Siempre había querido decir eso.
Bella se quedó otro minuto allí sentada, sonriendo como una tonta, intentando encontrar sentido a lo que Jasper le acababa de contar.
Se preguntó si Edward había trazado un plan desde el principio. Entonces recordó que había sido al comienzo del juicio cuando había empezado a llevarle regalos y a comportarse como si tuviese celos.
Empezó a costarle trabajo respirar. Estaba claro, no era más que un plan. En realidad, no le gustaba. Sólo había querido que se enamorase de él.
Corrió al baño y vomitó. Alguien la ayudó a salir del bar y a tomar un taxi. Y todos los periódicos recogieron su malestar al día siguiente.
—Creo que te estás pasando. ¿Qué bebiste anoche? —le preguntó su madre.
—Nada —se defendió ella, no queriendo compartir con su madre que tenía el corazón roto—. Debió de ser un virus, nada más.
Después de cinco noches seguidas saliendo, estaba agotada. La falta de sueño y el constante dolor de estómago hacían que le doliese mucho la cabeza, así que el viernes por la noche se compró un test de embarazo. Sólo por precaución. Estaba casi segura de que no estaba embarazada, sólo estaba triste y confundida.
Pero la prueba dio positivo.
«No, no, no. No puede ser verdad».
¿Cuándo había sido su último periodo? Tomó aire y volvió a sacar un segundo test de la caja.
El jueves por la mañana llegó tarde al juicio. Hizo ruido con los tacones al entrar y muchas cabezas se giraron a mirarla, el juez le puso mala cara.
—Lo siento —se disculpó en voz alta.
Y entonces lo vio. La estaba mirando con expresión fría. Feroz.
Bella se sentó, temblando, absorbiendo la emoción que la invadía cada vez que lo veía. El vacío de su interior empezó a llenarse… pero no pudo sentirse feliz.
Le dolía el estómago. ¿Por qué la había mirado Edward así? Ella era quien debía sentirse agraviada. La había utilizado y la había dejado sin más.
«Tienes que contárselo», se dijo a sí misma.
—Todavía no —susurró. Su madre se giró y la miró con preocupación. Bella sacudió la cabeza en silencio.
Todavía no. Los test de embarazo no eran del todo fiables. Tenía que ir al médico. ¿A cuál? No se fiaba de la discreción de los de la clínica Elpis, ya que todos eran voluntarios.
Edward pensaría que lo había atrapado. O peor, dudaría de su paternidad. No pudo evitar pensar mal de él, a pesar de que su sentido común le decía que era un hombre honrado y responsable. Haría lo correcto con ella.
Aquélla fue la mañana más larga de su vida. Consiguió aguantar hasta la hora de la comida y entonces, corrió al baño, donde vomitó por tercera vez en esa semana.
Cuando salió, Edward estaba saliendo, solo. Bella se sentía fatal, pero no podía seguir así. Se obligó a dejar de temblar y blindó su corazón con determinación.
Él tenía las manos en los bolsillos y la cabeza agachada, por un momento, a Bella le pareció que estaba triste, pero entonces recordó la semana que había pasado ella. Le había hecho sentirse como un fracaso como mujer, amante y amiga. No iba a permitir que se fuese de rositas. Pero su expresión fría y distante la bloqueó.
Aquél no era el hombre que ella conocía, o que creía conocer. Aquélla era otra persona.
Edward miró a su alrededor al ver que se le acercaba.
—Este no es ni el momento ni el lugar… —le susurró.
—Bueno, si hubieses respondido a mis llamadas… Edward la agarró del brazo y rodeó el edificio con ella.
—Me sorprende que hayas sido capaz de salir de la cama esta mañana. ¿De la cama de quién?, por cierto. ¿Acaso te acuerdas?
Aquello fue como una bofetada.
—¿Puede saberse qué te pasa? —inquirió ella—. ¿Un día lo quieres todo, y otro, nada?
No conocía a aquel hombre y sintió ganas de vomitar. Tuvo miedo. No podía vomitar allí. Tuvo miedo de que aquellas palabras fuesen las últimas que se dijesen.
—Pensé que teníamos… —se le quebró la voz—… algo especial.
La expresión de Edward no cambió. No había conseguido enternecerlo, sólo le había dado otra oportunidad para machacarla. Estaba furiosa. No volvería a cometer aquel error nunca más.
—Pues parece ser que has estado disfrutado de cosas muy especiales con muchos otros —murmuró él—. ¿Qué tal Jacob?
—Bien —respondió Bella. Aunque un poco frustrado, porque había estado resistiéndosele toda la semana.
—¿Cuántos hombres necesitas, Bella, para estar satisfecha?
Aquello era demasiado. ¡Ella no había hecho nada! Era ella la agraviada.
—No tienes derecho a preguntarme eso —contestó enfadada—. No tienes derecho porque todo ha sido una mentira. Me has utilizado. Sólo querías que tu padre se jubilase y te dejase su puesto.
Edward puso cara de asombro y ella se dio cuenta de que había dado en el blanco.
—Querías que nuestros padres dejasen de pelearse y esperabas conseguirlo conmigo. Sólo tenías que conquistarme y yo, que soy una tonta y una crédula, picaría el anzuelo.
Él no tardó en recuperarse.
—Deja que te diga algo. Nadie te toma en serio, Bella Swan. No eres más que una niña rica y mimada que escarceas con las obras benéficas como con los hombres.
Bella nunca se había sentido tan enfadada, tan dolida. Se irguió y lo miró con altivez.
—Pues será mejor que vayas empezando a tomarme en serio, porque voy a darte un hijo.
Edward retrocedió como si le hubiese dado una bofetada. Se quedó pálido y aturdido.
Aquello era demasiado. La miró fijamente. Ella también estaba pálida. ¿Embarazada? Articuló la palabra en silencio.
—No es posible —consiguió decir en un susurro—. Siempre he utilizado protección.
Ella no despegó los ojos de los suyos, tenía los labios apretados.
Edward dio un paso atrás, intentó controlarse. Durante los últimos días había cambiado mucho su vida, se había enterado de cosas sorprendentes, pero aquello no se lo había esperado.
No se había olvidado de Bella en los diez días que había estado fuera, pero entre el trabajo, conocer a su madre e intentar averiguar el paradero de su padre, no había encontrado el momento de llamarla. A todo eso había que añadir la petición de Renne de que dejase de ver a su hija.
Pero no había esperado ver a Bella de nuevo en las revistas. Todo el mundo parecía contento con su reconciliación con Jacob Black, aunque, al parecer, también había salido con otros. Y también la habían pillado borracha. Edward se había dado cuenta de que era una mujer débil, débil y caprichosa. Y eso no le convenía en esos momentos.
Renne Swan le había hecho un gran favor.
—Quiero que me digas la verdad —le exigió—. ¿Estás embarazada de mí, o no?
Se dio cuenta de que ella estaba sudando y muy pálida, pero le dio igual. Sólo quería la verdad, y la prueba, para decidir lo que iba a hacer.
Ella parpadeó, abrió la boca. Parecía tan afectada como lo estaba él. Prefería verla enfadada a verla así.
—Creo que tengo motivos para preguntártelo —añadió él.
—Me dejaste, cerdo. Ni siquiera me llamaste por teléfono. ¿Durante cuánto tiempo querías que estuviese esperándote?
—Pobrecita Bella. Siempre tienes que ser el centro de la atención, ¿verdad?
Ella retrocedió, tragó saliva, se miró los zapatos. Edward se dio cuenta de que su bonito pelo chocolate estaba apagado, sin vida. Entonces la vio levantar la cabeza y descubrió la decepción en sus ojos.
—Eres como los demás, ¿verdad? —dijo Bella.
Edward estaba furioso, no quería que se sintiese decepcionada, pero no podía hacer nada más que fulminarla con la mirada. Estaba enganchado a una mujer mimada y caprichosa que llenaba en él un vacío que, hasta entonces, no había sabido que tenía.
¡Embarazada! Qué ironía. Otra mujer se había quedado embarazada hacía treinta y cuatro años, pero había decidido que el dinero era más importante que criar a un hijo.
—¡Edward! —lo llamó Jasper desde lo alto de las escaleras—. El juez va a volver.
Iban a dar el veredicto ese mismo día. Bella no había levantado la vista al oír a Jasper.
—Ahora no es el momento de solucionar esto —dijo Edward.
Ella lo miró a los ojos. Edward no quiso leer lo que vio en ellos.
—No tienes que solucionar nada —replicó ella, se dio la media vuelta y se marchó.
Edward alzó la cabeza y miró al cielo. Sintió que la ira desaparecía. En esos momentos, sólo había en él necesidad y decepción. Bella era como una droga para él y, a pesar todo, el mono era muy fuerte. Pero una droga era una droga. Y Edward tenía que luchar por sobrevivir sin ella.
bueno aki les dejo el capi
keda un capi mas y el epilogo
espero ke les haya gustado
gracias a todas por sus reviews =)
me regalan review? *** a las ke dejen review les daré un adelanto***
los kiero se kuidan =D
