Y como premio a sus lindos comentarios aquí les traigo el capítulo más largo para que les dure hasta el próximo año, en el siguiente aparecerán personajes que determinarán las acciones del marqués respecto a Hermione, ¿podrá Hermione soportarlo?, ya lo veremos.
CAPITULO 11
Harry irrumpió en la cocina llamando a su mayordomo tan fuerte que sobresaltó a Maxi y se ganó una mirada furiosa del cochero, que se hallaba sentado en un taburete en el rincón.
—Y ahora, ¿qué mosca le ha picado?
El marqués le lanzó una mirada capaz de asustar al más valiente. No le había picado ningún insecto, pero había una parte de su anatomía que le estaba causando problemas con su insistencia en levantarse, tanto si quería como si no. El ojiverde se ajustó la levita y maldijo al miembro que desde su juventud había creído controlar tan bien. Por lo visto, había esperado mucho para mostrarse defectuoso.
—¿Sí, señor? —dijo Snape apareciendo en la puerta.
—Lleva la bañera a la habitación de la Srta. Hermione y asegúrate de que disponga de suficiente agua caliente — dijo Harry, agradeciendo la distracción—. Que Hagrid te ayude, así tendrá algo que hacer.
—¡Eh, un momento! —empezó a protestar, pero entonces entornó los ojos con recelo—. ¿ por qué diantres necesita Mione darse un baño a estas horas?
—Ha estado recogiendo moras —dijo Harry, dejando el cubo que se había ocupado en llenar sobre la mesa.
Con una última mirada al cochero, fue a su habitación. Era inconcebible la audacia de este, aunque tampoco podía reprochársela. Hermione no era una de esas damas de virtud incierta a las que él estaba acostumbrado. En otras casas, incluida la suya, todo el servicio sabía cómo y cuándo ser discreto. Pero Harry no deseaba que todos se enteraran de que habían estado revolcándose. ¡Maldición!
Se quitó la ropa arruinada. La erección había llegado al punto de ser dolorosa, el pelinegro hubiera necesitado enterrarse en Hermione para aliviar aquella compulsión implacable.
Aunque un prado no era su lugar preferido para desflorarla, tenía que admitir que hubiera servido de sobra. El lugar no importaba con tal de que consiguiera poseerla, mientras ella le respondiera con una pasión igual a la suya. ¡Maldición!
Llenó la palangana que le había preparado el mayordomo y metió la cara una, dos, tres veces antes de levantarla chorreando para secarse. Aquello se le estaba yendo de las manos. Su tendencia a perder el control cada vez que se acercaba la castaña resultaba inquietante, como poco. Le gustaba la chica. Admiraba su valor callado, su fuerza, su inteligencia. Las circunstancias se habían confabulado para darle una transparencia de la que carecían las mujeres de su tiempo y que era deliciosamente refrescante. Era una persona en la que se podía confiar, leal y lógica. Para ser una mujer, añadió con una sonrisa. Bajo aquella apariencia razonable, ardía un fuego que le había chamuscado más de una vez. Era una mujer misteriosa, tan atractiva o más que Ginebra. Y mucho más directa y desinhibida, mucho más de todo. Quizá demasiado.
Harry volvió a maldecir con rabia. Pensándolo objetivamente, no estaba seguro de que le gustara lo que sucedía cuando trataba de seducirla. Perdía todo sentido y sutileza, toda conciencia de sí mismo. Únicamente con pensar en cómo había perdido la cabeza con las moras le hacía jurar en voz alta. Y no sólo ocurría cuando la tocaba, ella empezaba a afectarlo incluso cuando no estaba cerca, de una forma que él nunca habría sospechado.
Lo que había comenzado de una manera harto sencilla se estaba convirtiendo en algo más complejo de lo que alcanzaba a imaginar. Por primera vez en años, el ojiverde puso en duda su buen juicio. Hizo una mueca al pensar que los planes que se había trazado para la pequeña condesa tendrían que ser reelaborados.
Tres días después, Harry estaba tras de la puerta de la cabaña, esperando al amante de Luna. Puesto que las noticias de que las Granger habían recuperado inesperadamente su fortuna no habían atraído a nadie, le había pagado a un mozo del pueblo para que entregara a cada uno de los sospechosos un mensaje de parte de «la hermosa dama que vive en Hogwarths».
Era una súplica febril de que «se encontraran aquella tarde donde siempre» y no significaría nada para un inocente, pero el culpable acudiría sin falta, aunque sólo fuera para encontrar que lo habían desenmascarado.
Potter sonrió al imaginarse al bastardo capaz de seducir a una chica tan ingenua. Los había visto antes. Naturalmente, no daba ningún crédito a la opinión de Luna, estaba casi convencido de que la naturaleza amable y tierna que ella atribuía a su amante era tan falsa como su título. Por desgracia para él, había elegido el nombre equivocado para representar aquella charada.
Harry apretó la mano en torno a la pistola. Aunque prefería usar los puños, su hombro no estaba para contiendas y un hombre acorralado siempre era peligroso. Previniendo aquella eventualidad, Snape se hallaba apostado entre los árboles, listo para intervenir si el bribón se le escapaba. Hagrid, que no era fiable para cumplir órdenes, no había sido informado de la aventura. Seguramente, no se había movido de su cómodo asiento en la cocina de Maxime.
Un sonido en el exterior lo alertó de inmediato. Alguien se acercaba y, a juzgar por el ruido, no se preocupaba por el sigilo. Por un instante le pasó por la cabeza el temor de que Luna hubiera adivinado sus intenciones, pero entonces se abrió la puerta y entró una figura claramente masculina.
Un pelo rojizo oscuro , alto y de constitución mediana. Hasta ahí, el individuo encajaba perfectamente en la descripción. El joven se volvió repentinamente y sus ojos azules relampaguearon alarmados. Iba bastante bien vestido, aunque no con el estilo exquisito de la buena sociedad.
El impostor.
Se quedó allí, mirando a Potter con la boca abierta hasta que el silencio se hizo molesto.
—¿Y bien? ¿No tienes nada que decir en tu favor? —estalló Harry, preguntándose si aquel tipo era idiota o sólo un cobarde—. Podría matarte por esto.
Sus palabras produjeron efecto al fin. El joven se dejó caer en una de las sillas y escondió el rostro entre las manos.
—Lo sé. Lo sé. Y no merezco otra cosa —gimió.
El ojiverde lo contempló con disgusto, ofendido con que aquel triste mocoso se hubiera hecho pasar por él.
—¿Sabes quién soy?
—¿El tutor de la señorita Luna? —preguntó el joven, evidentemente confundido.
Harry soltó una carcajada que resonó de una forma horripilante en la choza.
—Soy el marqués de Godric —tronó y pudo disfrutar al ver cómo el joven se quedaba blanco como la cera.
—¡Su excelencia! Yo... Perdóneme, no quería...
—¿Robar mi nombre? ¿Hasta dónde te atreviste a llevar la charada? ¿A Chesterton? ¿A Londres? ¿Acaba todo en este acto de corrupción de menores, o te has atrevido a firmar pagarés en mi nombre?
—¿Corrupción de menores? Alto ahí, señor mío.
—No, alto ahí tú —dijo Harry implacablemente—. Has utilizado mi nombre para gozar del sexo, para abusar de una chica inocente que...
—¡Basta!
El joven se puso en pie, miró a Potter a la cara y volvió a sentarse despacio. Obviamente se había dado cuenta de que era mejor para él dominar su genio.
—Haga lo que quiera conmigo. Máteme ahora mismo, si le place, pero no meta a la dama en esto.
—Ya es un poco tarde para eso, ¿no te parece, muchacho?
Harry sintió cierto alivio al ver la ira que cruzaba por el rostro del joven. Por lo visto, la belleza de Luna no era totalmente vana. Al cabo, se levantó y, por primera vez lo miró directamente a los ojos.
—Mi nombre es Ronald Billius Wesley, señor. Y no tiene motivos para calumniar a lady Granger. Ella es la única inocente en todo esto.
—Ya no —dijo el marqués.
—No —repitió Wesley bajando los ojos—. Pero no es lo que usted piensa... Yo... estaba inspeccionando esta propiedad... Dirijo la granja para mi tío, el señor Dudley. Él me había estado hablando de comprar más tierras. La encontré en el bosque y creí que era un ángel, un hada, de tan exquisita y hermosa. Wesley se sonrojó y clavó la mirada en sus botas.
—Cuando dijo que era una de las hijas del conde, supe que no me haría mucho caso, siendo pariente pobre del hacendado, de modo que mentí. Sabía que el marqués... que su excelencia tiene un pabellón de caza cerca de aquí, de modo que declaré ser Godric. Pensaba que sólo íbamos a vernos un momento y no creí que hiciera daño a nadie.
—Pero volviste a verla.
—Sí —admitió Wesley—. No pude contenerme. Era encantadora y majestuosa, como una reina, pero también tierna y dulce.
Harry alzó una ceja escéptica. Él todavía no había descubierto aquel aspecto de Luna.
—-Siempre me decía que sería la última vez, pero era como un fuego que me abrasaba la sangre, necesitaba verla.
Ronald alzó la cabeza como si buscara comprensión. Harry rehusó dársela, pero se sintió incómodo. Lo que el muchacho acababa de describir encajaba peligrosamente con su propia obsesión por Hermione.
—La amo, señor.
La completa devastación que veía en la cara del muchacho hizo que el ojiverde se alegrara de todo corazón de no suscribir aquella estupidez.
—-Entonces, ¿por qué la abandonaste?
—¿Y qué otra cosa podía hacer? No tengo dinero ni esperanzas, carezco de título, no tengo absolutamente nada que ofrecer a una dama como Luna.
—Aun así, un hombre que proclama estar enamorado no abandona a su amada ni a su hijo a su suerte. Las Granger se hallan en una situación sumamente precaria para que tú añadas más cargas de las que sobrellevan.
La expresión asombrada del pelirrojo le hizo soltar un bufido exasperado. Luna no debía haber sido demasiado cándida respecto a la situación en que se encontraban.
-—Yo creía que su tutor le impediría casarse con alguien... sin título ni fortuna —dijo el muchacho, volviendo a ocultar el rostro tras las manos.
Harry dudaba que hubiera alguien más indicado que aquel jovenzuelo chiflado que, sin la menor duda, estaba dispuesto a pasarse la vida de rodillas a los pies de Luna para adorarla. Con todo, aquella chica también tenía su carácter y raramente coincidía la opinión de Luna con la suya. Aunque a Harry le hubiera gustado poner su vida en orden, no tenía ganas de que le considerara culpable en caso de que su gran amor se amargara.
Ahora le tocaba a la rubia decidir.
Potter la encontró en el jardín, cosiendo primorosamente a la sombra del gran aliso. Llamándola para no sobresaltarla, se acercó y apoyó una mano en el tronco. Luna lo saludó con un movimiento de cabeza que no lo irritó lo más mínimo. Si todo salía bien, pronto se vería libre de aquella niña fantasiosa.
—Lo he encontrado —-dijo sin preámbulos, disfrutando con su expresión anonadada—-. Se llama Ronald Billius Wesley y es sobrino del señor Dudley, para quien dirige la granja vecina.
Contempló las emociones encontradas que cruzaban por la cara de Luna, esperanza, consternación, desengaño y una ira creciente. Antes de que se pusiera hecha una furia, continuó.
—Dice que usó mí nombre para impresionarte, pero que no pretendía hacer ningún daño. Dice que te ama y que se casaría contigo si tuviera un porvenir.
Luna se puso muy seria. Harry vio lo que parecían lágrimas de verdad anegar sus ojos mientras ella se enfrentaba a la realidad.
—Si lo quieres, lo contrataré para que administre una de mis fincas —dijo él, divirtiéndose al contemplar cómo aquella boca primorosa se abría sorprendida— - Si no, trataré de concertar un matrimonio honroso para ti, aunque no disponemos de mucho tiempo.
Luna suspiró y se contempló a sí misma con una sonrisa que la hizo parecer menos mimada e indefensa. Harry se preguntó si no sería eso lo que Wesley había visto en ella. Entonces, Luna lo miró recelosa.
—Este... señor Wesley, ¿dice que quiere casarse conmigo? ¿No lo habrás obligado tú?
—Ni siquiera le he hablado de la propuesta de emplearlo.
Luna frunció los labios y se levantó con aire decidido.
—Quiero verlo.
—Está aquí cerca —dijo el pelinegro y silbó.
Snape esperaba entre los árboles, vigilando al canalla sin corazón que había resultado ser un muchacho amedrentado al que sus responsabilidades asustaban más aún. Aunque Harry no podía perdonar sus actos, tampoco pretendía acabar con él. Bastante castigo tendría al verse encadenado a Luna de por vida, pensó con una sonrisa sarcástica.
El pelirrojo descendió por la pendiente y se hincó de rodillas a los pies de Luna, lo que no hizo sino confirmar las sospechas de Potter. Miró a su mayordomo mientras los dos amantes se reunían entre lágrimas, pero, como de costumbre, la cara de Snape no expresaba nada. El marqués lo llamó con un gesto mudo y ambos volvieron a la casa,
—Snape —dijo Harry con desprecio mientras huían de aquella escena melosa-—. Si alguna vez se me reblandece el cerebro hasta el punto de suplicarle a una mujer para que me conceda sus favores, pégame un tiro en la cabeza.
—Sí, señor.
Algo en la voz del mayordomo sonaba tan falso que llamó la atención del pelinegro. Pero Snape parecía tan sobrio que decidió que debían ser figuraciones suyas. Distraído, el siempre vigilante marqués no alcanzó a ver la amplia sonrisa de su sirviente.
Hermione estaba sentada en un rincón, sintiéndose fuera de lugar en su propia cocina. Había ido a ayudar con la cena, pero Maxi le había dicho que, en el caso de que necesitara una mano, tenía a Hagrid y a su hija para eso.
—Como señora de la casa, no debería estropear sus bonitas manos —había dicho la cocinera.
La lógica le decía que debía alegrarse de tener una responsabilidad menos. Sin embargo, no podía evitar la sensación de que la habían desplazado mientras escuchaba el incesante intercambio de bromas entre Maxi y el cochero.
—Anda con cuidado con ese gato del demonio —-dijo Hagrid interponiéndose entre la cocinera y la bestia inmunda.
—¿Con quién? ¿Con esta cosita? —replicó la cocinera, acariciando al animal.
Para asombro de la castaña, el gato dejó que lo acariciara antes de darse la vuelta y volver a encogerse sobre los ladrillos de la chimenea. Otra deserción. Hermione no tardó en fruncir el ceño ante su propio egoísmo. Tendría que alegrarse de que el gato le diera confianza a otro ser humano, de que a Hagrid le gustara la amable cocinera, de verse aliviada de algunas cargas, por el momento. Pero tenía que dominarse para no ponerse a gritar por la futilidad de encariñarse con gente que podía desaparecer al día siguiente.
Como si hubiera leído sus pensamientos, la causa de su dolor apareció en la puerta. Era alto y tenía que inclinarse para pasar , la castaña se preguntó por qué se molestaba en bajar a la cocina. La ojimiel creía que un noble de su alcurnia siempre se quedaba en sus aposentos, lo que era la razón de que ella buscara la compañía de los sirvientes.
Hermione lo evitaba desde el incidente de las moras y sólo tenía que mirarlo para que aquella oleada de sensaciones se apoderara de nuevo de ella, reviviendo las caricias de sus manos, de su boca saboreándola. Ruborizada, apartó los ojos e inclinó la cabeza con la esperanza de que la dejara en paz. Pero, claro, Harry no lo hizo. ¿Tenía que aprovechar la menor oportunidad para atormentarla? Vio que sus botas relucientes se detenían ante ella.
—Creo que la ocasión requiere una cena para celebrarlo, Maxi —dijo y Hermione levantó la cabeza sorprendida—. El pretendiente de Luna ha vuelto a pedir su mano.
La castaña lo miró estupefacta mientras que Maxi lanzaba grititos de alegría y Hagrid lo atosigaba con preguntas hostiles. Harry levantó una mano para detener la riada de maldiciones que salía de la boca del cochero.
—Sólo es un crío, Hagrid. Luna le tiene confuso y doblegado.
—¿Quién es? ¿El sobrino de Dudley?
—Precisamente.
—Aquí llegan, señor —anunció Snape desde la puerta.
La ojimiel se obligó a sonreír, pero su mente era uní caos. ¿Luna se casaba? ¿Quién era aquel muchacho? ¿Por qué no había dado la cara antes? Aunque había soñado con que alguien solucionara los problemas de su hermana, ahora se descubría extrañamente herida por no haber intervenido en aquel final.
Pero entonces entró la rubia, sin aliento y con las mejillas encendidas, arrastrando tras de sí a un joven. Lo primero que pensó Hermione fue en lo poco que se parecía a Harry. Era joven, pelirrojo, desgarbado, más alto, menos fuerte, con una expresión de inseguridad que no era ni la sombra de la del verdadero marqués.
¿Cómo podía haber pensado Luna que era el verdadero Potter? La sonrisa se esfumó pero, no obstante, se acercó a felicitarlos. El cochero, que había jurado privar al amante de Luna de sus atributos, le dio unos joviales palmetazos en la espalda. La castaña tenía la impresión de que todo el mundo se había vuelto loco. Luchó por mantener su cordura mientras estudiaba al hombre que iba a casarse con su hermana.
—¿Y cómo va a mantener una esposa y un hijo, señor Wesley? —preguntó.
—¡Ah, eso! —contestó Luna con un movimiento de la mano—. Harry le ha ofrecido un puesto como administrador de una de sus fincas.
—No ganará una fortuna, pero sí lo suficiente para mantener una casa —dijo este mirando ceñudamente a Luna.
—Después de haber vivido aquí, no seré exigente se apresuró a asegurarle la muchacha.
Por alguna razón, aquel comentario hirió a Hermione, que había hecho lo imposible con lo poco que tenía. Tampoco contaba nada?
—¿Qué va a pasar con nuestro tutor? —preguntó empujada por algo oscuro a lo que no se atrevía a poner nombre—. Estoy segura de que se da cuenta de que Luna es menor de edad.
Cuando vio que la felicidad de su hermana se desvanecía, la castaña quiso tragarse aquellas palabras. Sin embargo, era mejor que la situación quedara perfectamente clara.
—Según mis informes, vuestro tutor se encuentra fuera del país —dijo Harry—. Haced públicas las amonestaciones. Cuando el clérigo local las haya leído tres domingos consecutivos, podréis casaros. Dudo que vuestro tutor llegue a enterarse del aviso, por no hablar de que plantee alguna objeción.
Y si se le ocurría hacerlo, tendría que vérselas con el marqués de Godric. Su gesto desdeñoso lo decía claramente. Harry lanzó una mirada a la ojimiel en la que la conminaba a no dudar de él. Sin embargo, en vez de tranquilizarse, a ella le resultó enojosa la confianza del marqués.
—A pesar de todo, me gustaría estar segura de que esto es lo que mas le conviene a mi hermana. Luna, ¿puedo hablar contigo un momento en privado?
Asintiendo de mala gana, Luna dedicó una sonrisa resplandeciente a Wesley y fue al salón con su hermana.
—Llévanos un té, Maxi —dijo con un movimiento de la mano.
Hermione se preguntó si el puesto que le ofrecía Potter incluía cocinera y doncella, pero sabía la respuesta. Hasta las casas más pobres disponían de criados. Todas menos Hogwarths. Apretó los labios y empujó a su hermana a una de las salitas que daban a la galería.
—¿Estás segura de que es esto lo que deseas, Luna?
—Sí, yespero que no vayas a echarlo a perder ahora,hermana.
La pulla le dolió porque, durante años, no había hecho otra cosa que luchar para mantener a su hermana contenta.
—Sólo quiero lo mejor para ti y debo admitir que tu... caballero es bastante joven. ¿Serás feliz con él? ¿En una casa pequeña y con un hijo al que cuidar?
Luna suspiró e hizo un mohín.
—¿Preferirías que me quedara aquí, trabajando como una criada y atada a una casa que no significa nada para mí, a un legado que no me ha reportado nada? Mione, no te sientas dolida, sé que has trabajado duramente por las dos, pero yo no soy como tú. Siempre has sido la lista, la fuerte, la valiente. Puedes montar a caballo, amasar el pan y llevar las cuentas. Tú sabes hacerlo todo, ¡todo! Te odiaba por eso, pero ahora tengo algo que es sólo mío. ¡Oh! Harry me ha propuesto arreglar un matrimonio con otro hombre, pero me siento cómoda con Ronald. Él no me apartará en un rincón mientras resuelve sus asuntos como esos nobles arrogantes hacen. No, él me prestará atención. Sí, vivirá pendiente de mí y yo no tendré que hacer otra cosa que estar bonita para él.
Hermione sintió un nudo en la garganta y lágrimas en los ojos- Jamás se le había ocurrido que su hermana pudiera sentir celos de ella. ¿Y por qué? , sólo podía parpadear consternada, incrédula.
Sin embargo, la rubia tenía razón en una cosa. Las dos habían oído hablar de matrimonios en los que la infidelidad era común en ambos cónyuges y la ojimiel tenía la corazonada de que era mejor que su soñadora hermana se viera apartada de la tentación. Aunque técnicamente era una mala boda, su unión con el señor Wesley no podía ser considerada humillante. En realidad, era probable que viviera mejor que en Hogwarths, donde cada día era una lucha constante.
Hermione reprimió los sollozos cuando Luna la abrazó, el primer signo de afecto que recibía de ella en mucho tiempo. Quería decirle muchas cosas, pero antes de que pudiera pensar en las palabras, ella se había ido, charlando excitadamente sobre su boda como si nada hubiera ocurrido entre ellas.
La castaña se apoyó en el quicio de la puerta, respiró hondo y trató otra vez de poner orden en el caos de su mente. Todo ocurría demasiado aprisa. ¿Qué había ocurrido para que todo cambiara cuando, tan sólo quince días antes, la vida era perfectamente predecible? La respuesta no tardó en llegar.
Harry había aparecido y ya nada volvería a ser igual.
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El pelinegro estaba decepcionado. No sabía muy bien qué había esperado de Hermione, pero no aquella tranquila resignación. ¡Demonios, hasta sus oponentes políticos le profesaban más admiración! Había hecho lo imposible para salvar la reputación y la idea romántica que su hermana tenía del amor, pero, ¿acaso le había dado las gracias?
No quería que ella se echara a sus pies llevada por la gratitud, pero por lo menos podía fingir que le impresionaban sus dotes deductivas. Era como si le dijera, «Buen trabajo, su excelencia. Ahora, largo de aquí».
¡Ah, no! La mocosa no se iba a librar tan fácilmente de él, tanto si le gustaba como si no. Su irritación iba en aumento, siempre tomaba lo que quería, él era un Potter y nadie se atrevía a negarle sus deseos.
De repente, sus dudas se esfumaron. Deseaba a aquella mujer, no sólo físicamente, sino para que compartiera con él sus pensamientos, su alegría y su pasión para siempre. Era un apetito alarmante en intensidad. Cuando Harry notó que el sentimiento lo invadía, sintió un impulso primitivo de echársela al hombro y llevarla a su cueva. Bueno, al menos a su pabellón de caza.
—-Su excelencia, ¿puedo tener unas palabras con usted?
Hagrid interrumpió los impulsos salvajes que se habían adueñado de sus pensamientos. El cochero lo contemplaba con expresión pensativa.
-¿Qué?
—Que si le apetece que demos un paseo por el jardín.
Harry apretó los dientes. Era la última persona con quien le apetecería pasear. ¿Qué pretendía el cochero, volver a asaltarlo? Flexionó el brazo. Aunque no esperaba otra bala, él siempre estaba preparado para cualquier contingencia.
Hacía una noche cálida y deliciosa, el aire estaba cargado de perfumes y el cielo plagado de estrellas. Por desgracia, su acompañante no era una dama, sino un sirviente hirsuto por el que Potter tenía pocos sentimientos caritativos. Pero no era la primera vez que se veía obligado a asociarse con personajillos a los que estimaba poco o nada, de modo que mantuvo una expresión estudiadamente neutral mientras caminaba junto al anciano.
—Yo... sólo quería darle las gracias, señor — dijo Hagrid, sorprendiéndolo—. Ya sé que no siempre lo he tratado como usted se merece, pero tenía que pensar en mis chicas. Ahora que me he dado cuenta de que sus intenciones son buenas, puedo decir que nunca he visto un trabajo más astuto.
El placer de Harry al oír los parabienes del viejo estaba empañado por su deseo de escuchar unos sentimientos similares de boca de cierta dama de la casa. Con todo, asintió y siguió caminando.
—Vaya, si no llega a ser por usted, Luna nunca habría recuperado a su hombre y sólo por eso debemos estarle agradecidos. Pero...
Hagrid hizo una pausa como si meditara lo que iba a decir. El marqués tuvo un negro presentimiento. Ahora que su misión había terminado, ¿le había dado la castaña instrucciones de que lo despidiera? Por primera vez en muchos años, sintió que se acaloraban sus mejillas, haciendo que se alegrara de la oscuridad. Si a Hermione se le había ocurrido que podía deshacerse de él de una manera tan ruin, sería mejor que pensara en otra cosa. Aún no había acabado con ella ni en sueños.
—Todavía nos queda un problemilla. Y, puesto que se debe a su presencia aquí, he pensado que quizá a usted se le ocurriera el medio para remediar la situación, por así decir.
Harry se preguntó de qué demonios estaba hablando, no estaba de humor para descifrar los comentarios crípticos de aquel patán.
—Quizá si fueras más explícito...
En la oscuridad, vio la sonrisa del cochero y se detuvo en el acto. La sonrisa del viejo era siempre más amenazadora que sus halagos. Potter se puso tenso. Sus ojos penetrantes exploraron el jardín, pero nada se movía excepto las hojas de los árboles.
—Bueno, verá... es un asunto bastante delicado —dijo Hagrid, rascándose la barba—. Admito que lo juzgué mal, señor, pero me ha demostrado que me equivocaba. Ahora espero que haga lo correcto.
_¿Y qué es lo correcto?
—Bueno, el caso es que hace ya tiempo que aquí no hay una dama de compañía como es debido. Por supuesto, antes la había, pero, en cuanto se acabó el dinero, se fue como el resto de la servidumbre. Todos se fueron, excepto la señora Pomfrey y un servidor. El buen Dios se llevó a la señora Pomfrey el otoño pasado y desde entonces estoy solo. Era lo mejor que podíamos hacer, aunque yo sabía que no era correcto.
Harry asintió, pero aún no sabía de qué estaba hablando el cochero. Este le lanzó una mirada astuta.
—Admito que no vino aquí por su propia voluntad, pero como su decisión fue quedarse, usted y yo sabemos lo que sus elegantes amigos van a pensar al respecto. En otras palabras, ha arruinado a mi Hermione sólo con quedarse aquí sin otra mujer que Luna.
Harry estuvo a punto de reírse a carcajadas cuando se dio cuenta de lo que el viejo estaba sugiriendo. Disimuló su humor, pero relajó sus músculos. Sin embargo, fue el cochero el que empezó a inquietarse.
—Ahora no se ponga a practicar boxeo conmigo —dijo alzando ambas manos—. No quiero pelear con usted, pero creo que debería portarse bien con Hermione y la única manera de hacerlo es casándose con ella. Es de su misma clase, hija de un conde, no podría encontrar un linaje mejor en todo Londres. Si usted se marcha, será a mi pequeña castaña a la que despreciarán y no a su hermana, por mucho que la pobre niña no haya hecho nada para merecerlo.
Harry no tardó en hacer una lista de varias actuaciones de la ojimiel que no podían considerarse precisamente correctas. Sin embargo, aunque el cochero las ignoraba, gracias al cielo, él las recordaba vivamente. Sabía perfectamente que había comprometido la reputación de Hermione en varias ocasiones y lugares que iban desde la cocina al prado. Al mismo tiempo, tenía por fuerza que admirar el valor y la lealtad del viejo, no muchos sirvientes se atrevían a sugerirles una boda a sus superiores. El pelinegro apretó los dientes, a pesar de la mordacidad con la que a menudo se habían enfrentado, se sentía tentado a aliviar los temores del cochero.
—Te aseguro que no tengo intención de dejar a la señorita Granger plantada.
Por desgracia, parecía que la castaña últimamente, olvidándose de su pasión floreciente, prefería que la dejaran sola. Los sentimientos que Harry albergaba a ese respecto distaban mucho de ser firmes.
—¿Y qué significa eso? —dijo Hagrid insatisfecho—. ¿Está diciendo que va a casarse con la chica?
El marqués titubeó. Era un jugador experimentado y nunca enseñaba sus cartas. Hacía poco que había comenzado a revisar sus planes originales, aunque las dudas que lo asaltaban tenían tendencia a esfumarse frente a la mujer en cuestión.
Harry contempló el cielo estrellado. Conocía los temores del anciano porque también los había sentido, pero no tenía obligación de casarse con Hermione. Sólo unos pocos sirvientes leales estaban al tanto de su estancia allí y no tenía por qué enterarse nadie más.
Y todavía podía dar caza al tío Tom, arrebatarle el control de la herencia de las manos y entregar la custodia de alguien más fiable. Una vez convenientemente vestida y acompañada, Hermione podría disfrutar de la temporada de Londres. Harry se la imaginó en los salones de baile, rodeada de pretendientes y sus manos se convirtieron en puños.
Ya no era la chica inocente de antes, por supuesto y su profundamente arraigado sentido del honor lo llamaba a cumplir con su deber. Con todo, la castaña no había salido perjudicada por lo que había sucedido entre ellos. Harry sólo había desatado su pasión, pero ella todavía podría ofrecer a su futuro esposo una virginidad intacta.
Y de repente, aquello determinó la decisión del marqués, no una vida entera de sopesar opciones y explorar alternativas, sino una reacción visceral y violenta ante la idea de que alguien pudiera hacer el amor a la mujer que él había elegido como esposa. La posesión, pura y simple, lo arrastraba, junto con unos celos rabiosos de un hombre sin rostro y sin nombre que le retorcieron las entrañas.
De ese modo, el hombre al que describían como brillante, cínico, despiadado, pero jamás impulsivo, bramó su respuesta sin considerar siquiera las posibles repercusiones de sus actos para él mismo y para la mujer que tan a menudo parecía disgustada con él.
—Sí, me casaré con ella -—dijo, prácticamente ladrando.
Hagrid asintió vehementemente.
—Sí, por los dioses. ¡Qué buena noticia, señor! Espere a que se lo cuente a Maxi. Esto va a hacerla feliz, sí señor.
—Claro, será un verdadero éxtasis para todos masculló Harry..«Excepto, claro, para la futura novia».
Hermione se ocultaba en la penumbra de la cocina creyendo que allí estaría a salvo de miradas indiscretas. Maxi se había ido a la cama para levantarse temprano, pero ella ya no tenía que despertarse al amanecer. Maldijo en voz baja, furiosa por su mal humor. Tendría que estar contenta. Luna había dejado atrás un futuro lleno de peligros y tenía la felicidad garantizada.
Entonces, ¿por qué se sentía como si alguien le hubiera roto el corazón? Era la primera vez que tenía celos de su hermana. Y, mezclada con aquella envidia abrasadora, había desespero y desolación. Luna y Hagrid se marchaban y la casa que tanto había luchado por mantener en pie se haría pedazos. No era un secreto que el cochero iba a seguir a Maxi a Londres. Tendría que hablar con Harry para que empleara a Hagrid en sus cuadras y así pudiera estar cerca de la mujer de la que se había encariñado.
Y entonces ella iba a quedarse verdadera y completamente sola. Las lágrimas amenazaban con derramarse y Hermione se aferró al borde de la vieja mesa como si fuera un salvavidas. ¿Y si caía enferma allí sola? Tendría que establecer algún tipo de relación con el pueblo, pero, ¿a quién podía dirigirse? ¡De ningún modo podía decir que se encontraba sola en la mansión!
—¿Hermione?
La voz de su viejo amigo la hizo parpadear y ahogar un sollozo. No quería que la viera en aquel estado o no iría a Londres con Maxi. Hermione se dio la vuelta y agradeció la escasa luz de la cocina.
-¡Oh, Hagrid! ¿Eres tú? Estaba buscando el último pedazo de esa deliciosa tarta de cerezas que Maxi ha hecho.
—Lo siento, pero me la he comido yo —dijo el cochero sin el menor remordimiento—. Pero podemos tomar una copita de ese vino que ha comprado su excelencia. Tenemos cosas que celebrar.
Hagrid encendió la vela con una astilla del fuego y se volvió a mirarla,
—Es maravilloso, ¿verdad? —dijo ella—-. ¡Tendríamos que haber brindado por la felicidad de Luna! Y pensar que su caballero estaba todo este tiempo al alcance de la mano.
—¿Qué? ¡Ah! El hombre de Luna, sí. Su excelencia es muy listo, de eso no hay duda. Me equivoqué con él, Mione.
Sus palabras la sorprendieron tanto que estuvo a punto de dejar caer la botella. De lo que no cabía la menor duda era de que Maxi había ablandado su hostilidad hacia el marqués. Con todo, la castaña no esperaba una capitulación tan rotunda. Hagrid se dio cuenta de su sorpresa y sonrió.
—Bueno, comprenderás que tenía que cuidar de mis niñas, ¿y que sabía yo de ese tipo, excepto que era despiadado, peligroso y que nadaba en dinero? No eran buenas credenciales, que digamos, sobre todo siendo uno de esos elegantes señoritingos de Londres. Pero él es distinto, Mione.
Hermione sintió que se le erizaban los pelos de la nuca. ¿Por qué tenía la sensación de que Hagrid hablaba para convencerla? Sirvió el vino y se quedó mirándolo. Lo conocía lo bastante como para desconfiar de su repentino cambio de opinión.
—Es un buen chico. Tan listo como el que más ,sabe hacer lo correcto cuando se le da un empujoncito.
El viejo le guiñó un ojo y bebió de su copa. —Y tampoco es uno de esos tipos esmirriados e insípidos. Estoy seguro de que engendrará muchos hijos.
La castaña volvió a parpadear. ¿Qué le importaba ella los hijos que pudiera engendrar? Paladeó el vino, hacía tiempo que no probaba una cosecha como esa.
—Será un buen marido para ti —dijo Hagrid mientras dejaba la copa vacía.
Hermione estuvo a punto de escupir el trago que tenía en la boca. Tragó con esfuerzo y tosió. Aun así, le costaba trabajo hablar.
—¿Marido? —-preguntó, convencida de que había oído mal.
—Aja. Estoy seguro de que será perfecto para ti.
La sorpresa de la ojimiel fue sustituida por una frialdad que brotaba de lo más hondo de su corazón.
—¿Perfecto?
—Eso mismo. Ha sido de lo más razonable. Yo sólo le he explicado que estar aquí sin una carabina apropiada levantaría comentarios entre los demás nobles. Él ha estado de acuerdo, ni siquiera ha discutido.
Así era Harry, razonable, claro como el cristal. Y, claro, haría lo que se esperaba de él porque era un hombre honorable. La tomaría como esposa tanto si ella quería como si no.
La sola idea le produjo escalofríos. No se hacía ilusiones, aunque era hija de conde, nunca había ocupado el lugar que le correspondía entre la sociedad de buen tono. No estaba preparada para otra cosa que no fuera la vida en la campiña. En cuanto a sus demás atributos... Hermione sabía que no podía compararse con las bellezas rutilantes que aguardaban el regreso del ojiverde a Londres. ¡No estaba dispuesta a que nadie le tuviera lástima! La ira le dio fuerzas y dejó la copa con un golpetazo.
—Pues bien, puede tomar su noble y sacrificada oferta y ahorcarse del árbol más alto— dijo con una voz que temblaba de emoción.
—Vamos, Mione. Déjate de rabietas, es una buena noticia.
—¿Para quién? ¿Lo has obligado a tomar esa decisión para así poder irte con Maxi? Has de saber que no tengo intención de retenerte aquí. Tampoco te necesito. Puedes hacer lo que te venga en gana sin necesidad de que te sientas responsable de mí.
A pesar de sus esfuerzos, temblaba de ira, pero se dio cuenta de que Hagrid se quedaba pasmado.
—Vamos, pequeña. No es asi, de ningún modo. Yo creía... ¡Condenación! Creía que te gustaba ese tipo.
—Figuraciones tuyas. Le agradezco lo que ha hecho por mi hermana, nada más. Ni loca voy a permitir que me ponga los grilletes. Fui yo la que entré en su despacho y le disparé, gracias a nuestra querida Luna.
— Mi niña, sé razonable.,.
¿Razonable? ¿Sensata? Hermione ya no quería ser nada de eso. Estaba resentida contra todo y contra todos por haberle arrebatado la placidez de su existencia y los seres que más quería. Era la indignidad final, le habían preparado una boda por vergüenza mientras que su hermana se casaba por amor.
—¡No! —dijo en voz baja, aunque sonó como una amenaza siniestra en las sombras de la cocina . Y no quiero oír una palabra más de tu ridículo plan, Hagrid. Vete a Londres con Maxime, pero no trates de ponerme en un bonito paquete, como si fuera un trasto inservible.
— Hermione...
En otro tiempo, el tono quejumbroso de Hagrid la hubiera conmovido, pero aquella noche no. Ella estaba tan furiosa que le dolía la cabeza. Temió que si no salía pronto de allí perdería lo que le quedaba de decoro y explotaría en mitad de la cocina. Sin atreverse a ponerse a prueba, pasó junto al cochero con un aire regio más propio de su hermana.
Y entonces echó a correr por la escalera del servicio, rezando para no tropezarse con nadie y menos con Harry.
Tras una noche de insomnio, la castaña seguía del pésimo humor. Aunque se encontraba algo más, tranquila, se sonrojaba cada vez que se imaginaba a Hagrid obligando al marqués a que aceptara casarse con ella. Su primer impulso fue pasar el día encerrada en su habitación fingiendo estar enferma, pero siempre había hecho frente a los problemas, de modo que acabó decidiéndose a bajar sin que nada en su expresión dejara entrever el torbellino que la consumía por dentro. Era mediodía cuando entró en el comedor, pero los restos del desayuno seguían sobre una mesa de servicio y la ojimiel picoteó sin orden ni concierto. Era evidente Maxi no tenía ninguna necesidad de nadie en la cocina, pero quizá pudiera engatusar a Snape para que la ayudara a limpiar alguno de los cuartos de arriba. Aunque era el ayuda de cámara personal de Harry, parecía más que dispuesto a colaborar con ella siempre que era necesario. Hermione no tenía ganas de buscar a Hagrid y tener que oír un sermón sobre su reputación amenazada. ¡Ja! Cuando la supervivencia diaria era lo más importante, nadie tenía tiempo para pensar en cosas tan intangibles.
Estaba levantándose de la mesa cuando una chica con un delantal blanco y almidonado se acercó y le hizo una bonita reverencia.
—¿Puedo traerle algo más, milady?
—¿Quién eres? —-pregunto la castaña sin salir de su asombro.
La chica sonrió.
—Soy Dora, milady, la nueva doncella. El señor me ha mandado llamar a Londres. ¡Jamás en mi vida había estado en el campo!
¿La nueva doncella? Hermione se sintió indignada ante las libertades que se tomaba el dichoso marqués. Abrió la boca, pero volvió a cerrarla, negándose a verter sus imprecaciones sobre una chica inocente.
—No... Gracias, Dora —dijo con una sonrisa forzada.
Fue a la puerta y contempló distraída cómo la chica empezaba a recoger la mesa. Era obvio que la doncella estaba allí para limpiar, de modo que notenía sentido estorbarle. Apretó los labios y decidió trabajar en el jardín mientras el tiempo fuera bueno
Las herramientas se guardaban en un viejo cobertizo. Un vistazo a los rosales le dijo que iba a necesitar una pala para sacar las malas hierbas Rodeó los establos para ir a buscarla y entonces se dio cuenta de que había heno fresco en los pesebres. Una mirada al prado cercano le bastó para comprobar que los dos únicos caballos que tenían estaban tranquilamente al sol.
Su irritación creció. Empezaba a sentirse como una extraña en su propia casa, completamente al margen de lo que ocurría a su alrededor. Asomó la cabeza por la puerta de la cocina.
—¿Qué pasa en los establos, Maxi?
—¡Lady Hermione menudo susto me ha dado! —-dijo! la cocinera llevándose la mano a su amplio busto—í Me parece que el señor Snape y el señor Thomas han ido a Londres a traer los caballos de su excelencia. También han traído a Dora y debo decir que es un alivio tener alguien para que ayude aquí.
La castaña se sonrojó. No había el menor reproche en el comentario de la cocinera, pero, aun así, ella se sentía culpable. De algún modo, el triste estado en que se encontraba Hogwarths era culpa suya.
—¿Y dónde están las bestias?
—Tengo entendido que su excelencia ha salido a caballo para ir a hablar con los arrendatarios.
¡Sus campesinos! Hermione apretó los dientes para no hablar y cerró la puerta. ¡Cómo se atrevía! De acuerdo que en los últimos tiempos no había hablado con la gente que trabajaba las tierras de su padre.
Eso era porque no tenía ningún mando sobre la heredad, tío Tom controlaba las rentas y su recaudación, como todo lo demás, ¿Qué derecho tenía Harry a entrometerse?
Por mucho que hubiera soñado con encontrar quien compartiera sus cargas, jamás había tenido intención de abandonar sus responsabilidades Ya era bastante malo que el ojiverde se hubiera adueñado de su casa, instalando en ella a sus propios criados sin pedirle permiso, gastando el dinero de sus bolsillos insondables a manos llenas, para que encima se comportara como si las tierras que pertenecían a los Granger desde hacía siglos fueran suyas.
¡Cómo se atrevía! No había ningún vínculo entre ellos, a pesar de los ridículos esfuerzos de Hagrid. Su única conexión con los Granger era que el impostor se había valido de su nombre y eso ni siquiera podía considerarse una verdadera relación. ¿Qué derecho tenía a irrumpir en sus vidas, poniéndolo todo patas arriba, arrebatándole sus tareas y dejándola sin nada que hacer?
Conteniendo los sollozos, fue a sentarse a un altozano y se llevó las manos al rostro mientras el resentimiento, la rabia y la desesperación amenazaban con hacerla estallar. ¿Cuántas veces había lamentado su posición como cabeza de familia, cocinera, doncella, mozo de cuadras, ama de llaves y chica para todo? Desde la muerte de su padre, no había hecho otra cosa que cargarse con responsabilidades que habían terminado por volverse agobiantes. Pero prefería estar agobiada antes de que nadie la necesitara. Le daba pánico no tener nada importante que hacer, se sentía anulada. Hacía que se sintiera como una rareza de buena cuna, la hija excéntrica de un conde que llevaba pantalones y se entretenía trabajando en la tierra o en los fogones, que podía jurar como un marinero y cuidar de su caballo, pero que carecía de un lugar propio en el mundo aristocrático en el que había nacido.
Hermione sabía que no podía volver atrás, que nada serviría ponerse un vestido elegante y jugar a ser una dama. Era incapaz de pasar el resto de sus días pintando acuarelas, tocando el pianoforte charlando de «absolutamente nada». No podía volver a ese mundo fatuo, era demasiado diferente. Pero, si no podía regresar y también había perdido su sitio en su propia casa, ¿qué iba a hacer? ¿Como iba a vivir?
No sabía cuánto tiempo llevaba allí, inmersa en sus propias miserias, cuando oyó un .sonido de cascos. Se apresuró a secarse unas lágrimas delatoras. Jamás permitiría que Harry la viera, no era una llorica como su hermana. No, ella estaba hecha de un material mucho más duro y el ojiverde estaba a punto de comprobar cuánto.
-jHermione!
Ignorando el calor que se apoderó de su cuerpo al oírlo pronunciar su nombre, la castaña se volvió tratando de no fijarse en sus músculos mientras desmontaba, segura de que nunca había existido un judas tan guapo y atractivo.
—¿Cómo te atreves? —le preguntó con toda la frialdad de que era capaz.
Por toda respuesta, Harry levantó aquella ceja infernal.
.—Esta vez te has extralimitado.
- En serio? No sabía que me hubieras puesto límites, Hermione.
Sintió que sus mejillas enrojecían, pero ella se negó a dejarse arrastrar a otro de sus juegos de esgrima verbal.
—¡Maldito seas! ¡No tienes ningún derecho a ver a nuestros colonos!
—Sólo trataba de descubrir cómo les va. Ayer mismo me tropecé con una familia que abandonaba las tierras porque no podían seguir soportando el abuso. Creí que te gustaría ver a tu tío rendir cuentas por su codicia, que ha estado a punto de destruir tu patrimonio.
Hermione parpadeó. ¿Corno se había enterado de lo de su tío Tom y por qué no le había dicho nada a ella? Naturalmente que quería llevar a su tío ante la justicia, pero Harry estaba pasando por encima de ella y ella se negaba a ser pisoteada. Lo miró con furia. Él permanecía tan frío, compuesto y elegante que tuvo que hacer un esfuerzo para no abofetearlo.
—¡Maldito seas tú y tus aires despóticos! — estalló al fin.
Hermione le golpeó en el pecho con los puños, incapaz de reprimir la ira y el dolor de tantas humillaciones, incluida su propuesta de matrimonio. Le golpeó salvajemente aunque sus puños hacían poca mella en aquel pecho firme. Al cabo, Harry le sujetó las muñecas y la miró con dureza.
—¿A qué viene todo esto?
—¡No tienes derecho! ¿Quién te crees para venir y hacerte el dueño y señor de la casa? ¿No te das cuenta de lo que haces, bestia arrogante? No, tú te quedas ahí, tan tieso como tu mayordomo, sin pestañear siquiera. ¿Es que no sientes nada?
Harry entornó los ojos.
—Sí siento. Siento excesivamente en lo que a ti respecta, ¡maldición!
La castaña lo miró, asombrada por la furia que asomaba a su rostro, por la postura amenazante de su cuerpo. Se arrepintió de sus palabras, pero era demasiado tarde. Harry no la dejó escapar.
Las profundidades verdosas de sus ojos se iluminaron y Hermione vio apabullada cómo le levantaba la mano y llevaba sus labios al punto donde el pulso palpitaba en su muñeca. Se echó a temblar y sintió que las fuerzas la abandonaban. Cuando él repitió lo mismo en su otra muñeca, Hermione notó que se desvanecía y hubiera caído si Harry no la hubiera tomado en brazos. El mundo giraba enloquecido mientras ella se aferraba a su cuello. Vagamente, supo que habían entrado en los establos y que la dejaba sobre el heno fresco.
Hermione se estremeció al volver a mirarlo. Ya no era el marqués que ella conocía. Aquel hombre que se cernía sobre ella era un desconocido con el pelo revuelto por el viento y un brillo salvaje en los ojos. Se quitó los guantes, los tiró a un lado y siguió con la levita. El chaleco vino a continuación.
¡ Dios! ¿Acaso iba a quitarse todo? El corazón de la castaña le estallaba en el pecho. Ya lo había visto desnudo, claro, pero no a propósito, no desvistiéndose como un hombre poseído por los demonios. Era como si la pátina de frialdad con la que se ocultaba cayera al suelo con las ropas.
La camisa se abrió para revelar aquel pecho hirsuto con la cicatriz roja del disparo. Harry se detuvo a mirarla y Hermione se estremeció de miedo y excitación cuando lo vio echarse sobre ella, buscar su boca con lascivo abandono. La ojimiel no sabía qué había encendido aquél estallido, si la ira o la locura, ni siquiera sabía si sólo jugueteaba con ella, pero no podía rehusarse más de lo que podía dominar su propia pasión desbocada. Había olvidado cómo era el tacto de su pecho y se lo acarició deleitándose con el movimiento de los músculos, el vello suave, los pezones duros, la piel suave de su espalda. El ojiverde gimió y descargó su peso sobre ella hasta que Hermione pudo sentir su erección.
Y el calor. Era un fuego que surgía de Harry para envolverla. Él le acariciaba las orejas, los cabellos mientras descargaba besos sobre el cuello. Las lenguas se unieron en un vals embriagador que disparó su deseo. Sintió aquellas manos fuertes sobre los senos antes de que él empezara a tironear impacientemente de su camisa mientras mascullaba imprecaciones.
Había desaparecido el amante dulce y sosegado de la colina de las zarzas, en su lugar había un hombre cuyas manos temblaban al tocar su vientre desnudo. La besó allí, metió la lengua en el ombligo, sobresaltándola con una sacudida de placer, antes de trazar con la punta la cintura de los pantalones. Hermione estaba ebria de un ardor dulce y le sonrió mientras él trataba de abrir la bragueta.
Su chispazo de humor se evaporó al oír el sonido de un botón que saltó y cayó a su lado mientras él le abría los pantalones. Y entonces sintió el deleite de que una mano explorara el vello de sus regiones más ocultas.
—¡Hermione! ¡Dios, pequeña! —murmuró junto a su estómago.
La mano siguió bajando, obligándola a separar los muslos, sondeándola.
—Estás húmeda. Lista para mí.
Harry se estremeció y levantó la cabeza para mirarla. Sus ojos ardían con un fuego que ella nunca había visto, con una ferocidad que la esclavizó. El aire pareció temblar entre ellos, cargado de anticipación.
Y entonces sintió uno de sus dedos insinuándose hacia arriba. Hermione gritó y cerró los ojos ante aquel placer impío, tan exquisito, tan intenso... Alzó las nalgas y salió al encuentro de los nudillos y Harry introdujo más aquel dedo mientras apretaba el pulgar contra su cuerpo. Con un gemido inarticulado, la castaña se sujetó a su brazo y le clavó las uñas. Echó la cabeza hacia atrás mientras que el calor crecía hasta explotar en sus entrañas y una espeluznante oleada de fuego la dejó exánime.
Durante un rato, Hermione fue incapaz de moverse, hasta que una especie de olisqueo hizo que abriera los ojos.
Vio a Harry y, por encima de su hombro, una gran forma oscura. Su caballo, obviamente cansado de esperar un mozo de cuadras que no aparecía, frotaba los ollares contra su espalda. Con una maldición, el pelinegro apartó la testuz del animal, pero éste no estaba dispuesto a desistir. Aunque Hermione hubiera querido echarse a reír, la expresión que veía en su cara se lo impidió. La miraba con una emoción tan exquisita que ella parpadeó. Al instante siguiente habría desaparecido y sus rasgos volvían a ser impasibles Harry se levantó dejándola allí, con la camisa abierta y los pantalones bajados.
—Bien, ahora lo sabes —dijo él en un susurro— Ahora, los dos conocemos la pasión que hay bajo la superficie.
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En silencio, Hermione dejó que la señora Aboth la ayudara a probarse el primer vestido para los últimos retoques. La castaña no era capaz de humillar a la viuda, que obviamente se sentía orgullosa de su trabajo. El vestido le sentaba perfectamente, flotando sobre su cuerpo como si careciera de costuras. Hermione se sintió extasiada.
A requerimiento de la costurera, se miró al espejo. La chica que le devolvió la mirada no tenía nada que ver con ella, sino con una versión más joven y despreocupada, mas esbelta y bonita de sí misma.
—Es precioso, señora Aboth.
El color le parecía familiar, como un cielo de estrellas que se extendiera sobre... Hermione se envaró al recordarlo.
—El señor en persona lo escogió porque hacía juego con sus ojos y tenía razón —dijo la señora Aboth con una sonrisa—. Está hermosa, como el brillo del amanecer.
Hermione dio la espalda al espejo, todo su placer arruinado con la sola mención de Harry. Había pasado la mayor parte de la noche en vela, preguntándole cómo podía haberse mostrado tan lasciva con él, que le habían bastado unos pocos instantes para transformar toda su ira en un deseo arrollador. Hermione había llorado al recordar como, después de haberle proporcionado la experiencia más intensa de su vida la había abandonado medio desnuda en el suelo del establo.
Lo había acusado de ser incapaz de sentir y la venganza de Harry había sido terrible. Si pretendía darle una lección, había tenido un éxito rotundo. Jamás volvería a tratar de atravesar su coraza de frialdad por miedo a cortarse. Con todo, Harry había sentido placer ¿Lujuria, anhelo, disgusto?
Aunque lamentaba lo que había sucedido entre ellos, la ojimiel se preguntaba qué habría pasado de no haberles interrumpido el caballo. En la colina, ella había sido fuerte, pero ayer, toda su determinación se había disuelto bajo el fuego salvaje de sus caricias.
De repente sentía escalofríos y tuvo que pasarse las manos por los brazos.
—Vaya, milady no está acostumbrada a descubrirse tanto, ¿verdad? Pero yo tengo la solución.
La señora Aboth sacó un chal salpicado de lentejuelas que hacía juego con los complicados adornos del traje. Aunque trató de convencerse de que no iba con su carácter llevar aquella exquisitez, Hermione sintió su peso sensual sobre los hombros como una caricia, como si fueran las manos del marqués, ¡Infiernos! ¿Acaso no podía pensar en otra cosa que no fuera aquel dichoso hombre?
—¿Le ocurre algo, milady? Se ha puesto un poco pálida. Permítame —dijo la costurera mientras le pellizcaba las mejillas—. Así está mejor mi madre me ha ordenado que la lleve primero a la cocina. Quiere verla antes que nadie. Espero que no tenga inconveniente
Hermione asintió distraída y se dejó llevar. Maxi alabó el trabajo de su hija y después la condujeron al comedor, donde Luna aguardaba a su caballero, que últimamente pasaba casi todo su tiempo en la mansión. Aunque intentó reunir valor, lo cierto era que la castaña no tenía ninguna gana de asistir a la comida especial que Maxi había preparado. La cena del día anterior había sido un trámite enojoso y estirado que no quería volver a repetir.
Hagrid ya no comía con ellas, se quedaba en la cocina con Maxi y su hija. Hermione no se lo reprochaba, el aire del comedor se hacía irrespirable entre los pavoneos de Luna y las zalamerías de Wesley. Harry y ella no se dirigían la palabra.
Parecía estudiarla, como si fuera un bicho raro, lo que era cierto, por supuesto. Sólo que a Hermione no le gustaba que se lo recordaran. Ni siquiera le había propuesto matrimonio, a pesar de las fantasías del cochero. Extrañamente, en vez de sentirse aliviada. La castaña sólo experimentaba una decepción dolorosa. Cada vez estaba más convencida de que aquella propuesta sólo había sido una broma de Harry para divertirse a su costa y contentar al cochero.
Se enfadó consigo misma. ¡Harry no podía ser tan cruel! Además, ¿qué sabía del marqués en realidad? Era un hombre, y como tal, un misterio para ella. De lo único que estaba convencida era de que no podía continuar así, sin sentirse segura del papel desempeñaba en su propia casa y avergonzada por la pasión que el ojiverde despertaba en ella sin el menor esfuerzo. Aunque le agradecía lo que había hecho por Luna, no veía razón para que siguiera en Hogwarths. Con cada día que pasara se haría más difícil prescindir de él. Se haría más difícil para los demás, aclaró Hermione consigo misma. Ella no podía sino alegrarse de perderlo de vista.
Decidió pedirle que se fuera durante la cena. Era demasiado arriesgado hablar con él a solas. Aunque no hizo ruido, Harry debió oírla porque se dio la vuelta y esperó a que entrara en el comedor. Sus ojos parecieron desvestirla a zarpazos que incluían la ropa interior. De pronto, hermione fue consciente de que había sido su dinero el que había pagado aquellas ropas y se sintió extrañamente perversa y excitada a la vez.
En contra del sentido común, ella lo miró intensamente, desde los hombros, pasando por el pecho, hasta los gruesos muslos embutidos en un pantalón de ante. Se echó a temblar y decidió cambiar de actitud. Era mejor no torturarse más con el marqués de Godric. No tardaría en marcharse, como ella sabía desde el primer día.
Si al menos no fuera tan alto, atractivo, tan seguro de sí, tan soberbiamente masculino. Si no pusiera en peligro su paz de espíritu...
Si Hermione no amenazara el dominio que siempre había tenido de sí mismo..., pensó Harry mientras la miraba acercarse. Estaba más hermosa que nunca vestida con aquella seda dorada y él tuvo que luchar para refrenar el deseo que abrasaba sus ingles, cuerno deseo aquello era lascivia pura, pero había ido más allá, como había quedado patente en el establo, era una necesidad salvaje y profunda de aparearse.
Un impulso animal casi incontrolable.
No estaba seguro de que le gustara aquella sensación desgarradora. Pero cuando vio aquella tela amoldarse a sus curvas, el blanco níveo de los senos que había saboreado, cuyo recuerdo estaba grabado a fuego en su mente, empezó a dudar de que le quedara alguna alternativa.
Harry le ofreció su brazo. Hermione le sonrió con una frialdad que no delataba su pasión secreta y se dejó llevar a la mesa. Los platos de Maxi carecían de sabor para el marqués, absorto en la contemplación de la ojimiel. Cada instante parecía infaliblemente erótico, el revoloteo de sus pestañas, una inclinación de cabeza, el roce de su pelo sobre la nuca, lo atraían como imanes.
Trató de distraerse con los otros comensales. Pero la adulación abyecta con que Wesley agasajaba a Luna sólo le recordaba su propia obsesión. Se alegraría cuando mandara a aquel par de tortolitos a la más lejana de sus posesiones y no tuviera que volver a verlos.
Tras la comida, condujo a una Hermione inusitadamente fría al salón, enfadado consigo mismo por el fuego que el más leve roce de sus manos desataba en sus entrañas. Si ella notó su inquietud, no lo demostró. Se limitó a acomodarse y a volver hacia él una cara sombría.
—Supongo que, ahora que has conseguido tu objetivo, no tardarás en dejarnos —dijo.
Aquellas palabras hicieron que se pusiera visiblemente rígido, pero lo disimuló alzando una ceja.
-Tanta prisa tienes por librarte de mí, Hermione? La castaña se sonrojó y miró de reojo a la pareja. Pero Luna y su caballero estaban demasiado embelesados en el sofá.
—Sólo quiero saber cuánto tiempo piensas quedarte —explicó ella.
- ¿Eran imaginaciones suyas o le temblaba la voz?, se preguntó Harry.
—Ahora me siento responsable de ti y quiero aclarar la situación con tu tío —replicó él, derivando la conversación deliberadamente hacia asuntos prácticos.
—¡Gracias al cielo! —intervino Luna, dejando a su prometido en mitad de un arrumaco—-. ¡Quizás puedas conseguirme una dote!
Harry hizo un gesto con la cabeza en dirección a Luna, pero mantuvo los ojos fijos en su hermana. Aunque acostumbrado a adivinar los pensamientos de la gente, la expresión gélida de Hermione le resultaba ilegible. ¿Acaso quería que se quedara para siempre? Harry aún no conocía una mujer que lo hubiera rechazado y, a pesar de todo su distanciamiento, presentía que podía encender su pasión con la misma facilidad que en el establo. La miró deseando que contestara a unas preguntas que no podía expresar con palabras.
-¡Hermione!
El grito sobresaltó a todos. Un hombre bajo y robusto irrumpió en el salón seguido de cerca por Snape.
¿quien será?, ¿que hará Harry?, ¿Hermione recibirá la propuesta del marqués?
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