¡Buenas noches/tardes/días o lo que sea mientras que leéis el capítulo! Si os preguntáis por qué he actualizado tan rápido, la respuesta es bastante sencilla, casi la mitad del capítulo es lo que dije que había quitado del anterior. Espero que os guste tanto como a mí, porque tengo la impresión de que es el que mejor me ha quedado. Si actualizo como siempre, supongo que el próximo va para mediados de la semana que viene. ¡Y muchas gracias por los comentarios! Aunque son poquitos, me suben un montón el ánimo.

(Editado 29/07/18)


CAPÍTULO 11: LA PRIMERA PRUEBA


Pasaron varios días hasta que fue capaz de hablar por primera vez con Harry Potter. El chico estaba infinitamente frustrado con el Torneo. Le dio las gracias por confesarle la tarea de la primera prueba y conversaron en unas ocasiones. Para sorpresa de todos, un día se llegó a sentar con él en clase de pociones. Draco se enfadó en seguida. La relación de Harry y Weasley empeoró. Snape los miró como si acabara de ver un cerdo brotar de uno de los tubos de ensayo. Hermione tenía un aspecto sospechosamente satisfecho. Crabbe y Goyle adoptaron la actitud de su líder, tal y como era de esperar.

En todo caso, ese momento tan sumamente extraño para ambas casas pasó rápidamente a mejor vida cuando Colin Creevey apareció para llevarse al cuarto campeón. Algo sobre una comprobación de varitas y una sesión de fotos para El Profeta.

En esas semanas también quedó en un par de ocasiones con Hermione para que le ayudara con encantamientos y transformaciones. Se podría decir que no había ido del todo bien: el shinobi seguía igual de perdido que al principio y Hermione había salido hecha una furia consigo misma, sintiendo que no estaba hecha para la docencia. Para Itachi era obvio que nunca en la vida conseguiría hacer magia. Incluso para hacer creer a la gente que sabía realizar el encantamiento lumos tenía que utilizar genjutsu. Eso era algo que la chica no veía ni vería jamás. Hermione se limitaba a decirle que con tiempo y esfuerzo llegaría a su meta, pero la meta estaba tan lejana en el tiempo como Konoha lo estaba en el espacio.

Habría sido bonito aprender una nueva disciplina de lucha, pero puesto que no era un mago y que en su propio mundo no le serviría de mucho, no le veía el sentido. No era práctico y si no era práctico Itachi no estaba interesado en ello. Eso le llevaba a hacerse una pregunta... ¿qué era lo que hacía allí exactamente? Ah, sí: la biblioteca. Había ido a Hogwarts para buscar algo que pudiera ayudarlo a regresar y no lo había encontrado. Durante una clase se había dado cuenta de que todavía le quedaba esperanza, solo tendría que buscar a alguien que supiera del tema. Encontró a esa persona, pero acabó resultando que era el líder de los mortífagos que él mismo había atrapado durante los Mundiales y le ofrecía la solución a los problemas que le habían surgido en los últimos meses a cambio de dar la espalda a todos sus ideales (los pocos que todavía mantenía). Aceptó, ¿y qué se encuentra a la noche siguiente? Un libro sobre una especie de mundo perdido, escrito por alguien que tuvo la oportunidad de ir y volver para contarlo. Apostaría con toda certeza que ese libro antes no estaba allí, él lo habría visto de ser así. Al día siguiente fue para intentar recuperarlo antes que Pansy, pensando que si contenía lo que esperaba tendría la oportunidad de darle la espalda a su cliente, buscar a Danzo, matarlo y volver victorioso junto a su familia. Como era de esperar, el libro había desaparecido. Tampoco estaba en la sección prohibida.

Magnífico.

Ahora también tenía que preocuparse de que no fuese Hermione la que se lo había llevado.

—El señor Ollivander quiere hablar contigo cuando termines de comer —le dijo Colin Creevey en la hora de la cena. Daba la impresión de que todo el mundo se había puesto de acuerdo para utilizar al pobre chico como mensajero. Colin se fue corriendo de vuelta a su mesa antes de que Itachi pudiera terminar de ingerir la bullabesa. Obviamente sus compañeros de casa le habían intimidado de alguna manera.

El joven miró a la mesa principal, donde estaban los profesores sentados junto al fabricante de varitas, Rita Skeeter y el fotógrafo que la acompañaba. Una pluma y un pergamino flotaban alrededor de la periodista, escribiendo a toda velocidad. Los que estaban cerca debían de estar muy molestos.

Cuando terminó la cena Itachi se acercó al señor Ollivander, esperando que a aquellas alturas hubiera olvidado el alboroto que causó en su tienda.

—Buenas noches, ¿has comido bien, joven? —saludó el hombre, estrechándole la mano con una fuerza muy poco común entre las personas de su edad.

—Sí, señor. Estaba todo delicioso, como siempre.

—Sí, ¿verdad? —dijo Ollivander, con cierto matiz soñador en su tono—. Qué recuerdos tengo de los tiempos que pasé aquí de joven. Pero eso no es de lo que quería hablar... ¿Cómo va tu varita? Espino, treinta centímetros, corazón de dragón. Creo que lo he dicho bien, ¿no es así?

—Funciona bastante mejor de lo que esperaba, la verdad. Veo que se ha deshecho del bigote.

—No iba a quedarme toda la vida con el bigote azul, como comprenderá. ¿Me deja verla?

Itachi le tendió la varita y observó la mirada perdida del mago.

—¿Sabes? Le tengo mucho cariño a esta varita, fue de las primeras que hice. Nada excepcional, pero en este caso no importa mucho si no me equivoco. Ya vino el otro día alguien como tú a mi tienda, acompañado por el Ministro de Magia. Todo un honor, no todos los días entra Cornelius Fudge en tu tienda, aunque fui yo mismo quien le vendió su primera varita. Si no me equivoco era un alto cargo del Ministerio de Magia de Japón, un señor muy extraño, me preguntaba —dijo recolocándose las gafas— si tenía algo que ver con usted, señor Uchiha. Pero apartemos la cuestión para otro momento.

Cuando terminó de examinarla, le devolvió la varita con aire satisfecho. Una pequeña parte de la mente de Itachi comenzó a trabajar a una velocidad vertiginosa en el alto cargo del Ministerio de Magia de Japón.

—Me gusta ver que todavía hay gente que cuida tan bien de las varitas —dijo Ollivander, dando una pequeña palmadita en el brazo de Itachi.

El shinobi sonrió, agradecido, pero sin querer dejar pasar la oportunidad.

—Disculpe señor, pero, ¿le importaría describirme al hombre que visitó su tienda? —preguntó, procurando parecer tímido y avergonzado por la pregunta.

—Bueno, era algo alto... Un señor mayor, aunque creo que sería más joven que yo —rio—. Llevaba la cabeza vendada, con un ojo cubierto. ¿Te suena?

—Sí —se apresuró a responder Itachi—, es la mano derecha del ministro.

—Ah —parecía altamente complacido—, entonces fue un doble honor recibir a ambos en mi humilde tienda. Ha sido un placer hablar contigo, joven, pero me temo que debo abandonar el colegio y tú deberías ir derecho a la —dijo, estrechándole la mano nuevamente, esta vez en señal de despedida.

—Igualmente, espero volver a verle pronto.

Itachi se despidió una vez más del señor Ollivander, que salió por la puerta principal para desaparecer en las afueras del castillo. Se dio la vuelta para dirigirse a su habitación y lo primero que vio fue un pergamino flotando ante él.

—¿Importa si hablamos un momentito? —genial, justo lo que le faltaba.

—Lo siento mucho, señora, pero tengo que irme. Va a dar el toque de queda y...

—¡Ah! Pero estoy segura de que a Dumbledore no le importará. Es una simple conversación —la pluma empezaba a ponerlo nervioso—, los magos de Gran Bretaña sabemos tan poco de cómo funciona la comunidad mágica de Japón...

«Créame, yo se aún menos»

—Exactamente igual que aquí.

—¿Qué es lo que te ha llevado a venir Hogwarts, tan lejos de tu hogar?

Por cada palabra que detectaba, la pluma parecía escribir veinte. La velocidad a la que iba no era normal. Una palabra más por segundo, pensó Itachi con pena, y aquella pluma podría ganar irrefutablemente a su difunto amigo en una carrera.

—Yo...

Con una mirada tan parecida y a la vez tan diferente de la del joven Harry, Itachi Uchiha, el nuevo estudiante de cuarto curso en Hogwarts no puede evitar soltar una lágrima ante el recuerdo de su hogar...

Itachi abrió mucho los ojos, plenamente sorprendido. El mundo mágico había conseguido descolocar sus esquemas mentales en numerosas ocasiones hasta que se había familiarizado con el lugar, pero nada le había pillado tan desprevenido como el descaro de aquella mujer. Por no decir que le incomodaba en gran medida lo que pudiera saber —o suponer— sobre su vida.

—Disculpe —señaló, incómodo—, pero yo no estoy llorando.

Avergonzado por su breve momento de debilidad, se seca las lágrimas, rechazando el pañuelo que le ofrezco en un intento de consolarlo...

—Pero estás emocionado, cariño —se defendió la reportera—. Ahora, cuéntame, ¿qué tal hasta ahora tu experiencia en el país? ¿Estuviste en los Mundiales?

—Sí, fui con un amigo...

Con cierto horror recuerda los acontecimientos de la final de quidditch celebrada este pasado verano. El joven japonés fue uno de los testigos...

—Yo no estoy horrorizado...

Itachi Uchiha, proveniente de una familia de magos sangre limpia, confiesa que en cierto sentido le pareció adecuada la actuación de...

—Escúcheme, estoy cansado, tengo que irme —dijo, esquivando a la periodista que le suplicaba que se quedara para finalizar la entrevista. El chico no miró atrás hasta que estuvo a salvo en la sala común de Slytherin y lo único que tenía a la espalda era la puerta cerrada.

—¿Estás bien?

Itachi miró al otro adolescente. Debía de ser de quinto o sexto, Draco le había dicho que jugaba con él en el equipo de quidditch. No sabía su nombre, pero tampoco le importaba saberlo.

—No sé... acabo de escapar del diablo, ¿eso es estar bien?

—¿Rita Skeeter? —preguntó el jugador.

Itachi asintió a la vez que abría la puerta de su dormitorio.

—Pues buena suerte, va a estar aquí para informar sobre el Torneo.

Maravilloso. Menuda racha, ahora también iba a tener que preocuparse de que Rita Skeeter no cumpliera su promesa para con sus escritores y no averiguara quien era el misterioso enmascarado que puso un final un poquito más feliz a los ataques de los Mundiales.

Tras cambiarse de ropa y taparse con las mantas hasta las cejas le llegó la voz amortiguada de Draco:

—¿Y ahora dónde dices que estabas?

—En el vestíbulo. Me estaban intentando secuestrar.

—Ah, bien, no pasa nada.

—Me alegro de que no pase nada.

—Últimamente hablas mucho con Potter y la sangre sucia —dijo Draco al cabo de un rato, cuando estaba a punto de dormirse.

Itachi se tapó un poco más, hacía bastante frío.

—Buenas noches.

—No esquives mis reproches.

—No los esquiva, Draco, solamente quiere dormir, igual que tus otros compañeros de habitación.

—Cierra la boca, Zabini.

—Que duermas bien, mi amor.


—¿Por qué no te quitas la capa? —decía Hermione cuando salían de Honeydukes—. Aquí nadie te va a molestar.

—Me parece que no habéis mirado bien —protestó Harry cuando Itachi le dio la razón a Hermione—. Por ahí va esa...

Hermione dio una vuelta en el sitio, intentando localizar a la persona de la que hablaba su amigo. No le servía de mucho que le señalara el sitio si no podía verlo.

—Por allí —dijo Itachi, cogiendo por los hombros a la chica y girándola en un ángulo de cuarenta grados—. Rita Skeeter. Gracias a Merlín que no publicó nada de lo que escribió sobre mí.

—No te hagas ilusiones —le contradijo Harry, oculto bajo la capa de invisibilidad—, seguramente querrá terminar de exprimirte información y publicarlo más tarde.

—Gracias por levantarme el ánimo —protestó el chico.

Hermione se frotó las manos para espantar un poco el frío mientras seguía con la mirada a la reportera de El Profeta.

—¿Por qué no vamos a las Tres Escobas? Me apetece tomarme algo caliente.

—No —se apresuró a responder Harry—, se supone que Ron está allí.

—¿Y que más te da? No puede verte y aunque lo hiciera la presencia de Itachi entre nosotros le apartaría corriendo.

—¿Por qué hablas de mi presencia como si fuera algún tipo de espíritu maligno?

Harry se revolvió bajo la capa.

—No importa, vamos.

La chica emprendió la marcha con Itachi a sus espaldas. Era un pueblo bastante bonito, aunque no dejaba de resultar extravagante a ojos no-mágicos. La mayoría de casas eran construcciones de madera o piedra. Sería una perfecta postal navideña si no fuera por la ropa de los habitantes y las criaturas que veía pasar de vez en cuando.

—¿Qué vas a querer? —le preguntó Hermione.

La bruja había escogido una mesa al fondo de la taberna, junto a una ventana. Se sentó enfrente de ella, suponiendo que Harry estaba a su lado.

—No lo sé, ¿qué vas a pedir tú? —dijo, examinando una carta que había encima de la mesa junto al servilletero.

—Una cerveza de mantequilla.

—Pide dos.

—Menos mal que estás aquí, no te imaginas lo tonta que me sentiría yo sola aquí sentada. A ti nadie puede verte —añadió, prediciendo que su mejor amigo iba a quejarse.

Mientras que esperaban sus bebidas Hermione sacó un cuaderno con un pequeño listado de nombres.

—¿Qué es? —preguntó Itachi, curioso. No se le ocurría que podía significar P.E.D.D.O.

—¿Quieres colaborar? —saltó Hermione de repente, ilusionada—. Es la Plataforma Élfica de Defensa de los Derechos Obreros.

—Suena... interesante. ¿Cuánto tiempo llevas afiliada?

—Lo he fundado este año —dijo, muy orgullosa—. Intento conseguir un mejor trato para los elfos domésticos, ya sabes: vacaciones, un salario justo, seguridad social... ¿Te apunto?

—Di que no, rápido —susurró Harry—, antes de que te atrape.

—No, lo siento, no me interesa.

—¿Seguro?

Itachi asintió, dándole un sorbo a la cerveza que le acababan de traer. Hermione cerró el cuaderno, decepcionada.

—Tal vez debería preguntarle a la gente del pueblo.

—¿Cómo llevas la primera prueba? ¿Sabes ya qué vas a hacer? —dijo Itachi, dejando que Hermione divagara en voz alta.

—Ni idea. Hermione me ha sugerido un par de cosas, pero no sé si funcionarán. Según ella depende del tipo de dragón que me toque... Que alegría, ¿no?

—Yo te ayudaría, pero seguramente solo conseguiría que te mataran.

Durante el tiempo que estuvieron allí sentados al resguardo del frío, Hermione intentó valorar las diferente tácticas que Harry podría llevar a cabo. Pero claro, no tenían ni idea de que tendría que hacer con el dragón, ¿derrotarlo? ¿Esquivarlo?

También se encontraron con Hagrid y el profesor Moody, cuya verdadera identidad Itachi ya sabía. Esa era una buena explicación a por qué cuando lo miraba con el sharingan activado —cosa que solo se había atrevido a hacer durante su último encuentro— su imagen se volvía borrosa y se distorsionaba junto al aspecto de un hombre sin duda mucho más joven, alto y esbelto.

Dos horas antes de que tuvieran que volver al castillo, Draco también hizo una pequeña visita a las Tres Escobas. Cabe mencionar que su estancia en la taberna no cruzó el umbral de los diez minutos. Tras un leve intercambio de opiniones encontradas el asunto desembocó en una pequeña pelea. Resumiendo: Goyle y Crabbe se abalanzaron sobre Itachi apelando que este era un traidor, Hermione y Draco empuñaron las varitas y Harry tiró la silla al ponerse en pie —todavía bajo la capa—. Hermione acabó petrificada, la nariz de Draco se hinchó hasta límites insospechados y Crabbe y Goyle se llevaron un par de fracturas cada uno. Obviamente, los echaron a todos del local. Y también, obviamente, la amistad por conveniencia que había mantenido con Draco llegó a su fin.


El lunes a la hora de la cena Itachi se encontró en la mesa de Slytherin, sentado en la esquina más alejada de Draco y sus amigos. Los únicos que consentían su presencia eran Theodore Nott y algunos de los alumnos de los últimos cursos. Y Blaise, que le tenía un asco irracional a todo lo que rodeara al rubio y se encontraba inmensamente feliz de que alguien le hubiera roto la nariz.

Harry estaba más nervioso sabiendo que cada minuto que pasaba le acercaba a su gran cita con el Torneo de los Tres Magos. De alguna manera Hermione se las había apañado para multiplicar su nerviosismo hasta límites insospechados e Itachi se encontraba en una situación similar, aunque por motivos completamente diferentes.

Tenía una misión que cumplir y el hecho de que el ministro llevara a Danzo pegado a sus talones —seguramente había sido él quien le había contado todo lo que sabía cuando le plantó cara en el estadio de los mundiales— no era precisamente favorecedor. En el momento en que la llevara a cabo tendrían la persona perfecta a la que inculpar.

Lo que más le habría gustado en aquel momento habría sido la posibilidad de poder entrar en condiciones, pero el espacio que había estado utilizando estaba ocupado por un grupo de magos y cuatro dragones. En caso de que Crouch fallara él tendría que asegurarse de que Harry saliera con vida del enfrentamiento con el dragón. Itachi no entendía ese punto del contrato, si querían deshacerse de él sería mucho más fácil dejar que lo mataran en vez de arriesgarse a que el plan de Voldemort fracasase y el chico escapara. Jamás hubiera pensado que podría llegar a echar de menos su época en ANBU.

La mañana de la prueba se acercó a la mesa de Gryffindor y se quedó junto a Hermione y Harry. El mago parecía encontrarse en alguna parte entre los nervios más radicales y la náusea más profunda y sincera. Su intención inicial había sido intentar animarle, pero Hermione se lo impidió, explicándole que Harry estaba tan descompuesto por la prueba que apenas quería mediar palabra con nadie. A pesar de todo, cuando la profesora McGonagall se lo llevó, Hermione le contó que Hagrid le había llevado a ver a los dragones y que habían descubierto la forma en que podría sortearlo. Harry realizaría el encantamiento convocador durante la prueba y atraería así a su Saeta de Fuego.

Era un plan maravilloso hasta que la atención recaía en que Harry desconocía profundamente de la existencia de cualquier otro hechizo o encantamiento que pudiera socorrerle en una situación desesperada.

—¿Sabes lo que tienes que hacer? —le interrogó Moody cuando se lo encontró un cuarto de hora más tarde en uno de los pasillos.

Itachi asintió.

—¿Te ha dicho...?

—Sí.

—¿Sabes dónde está?

—Confiaba en que fueras tú el que me lo explicara —dijo Itachi, cruzándose de brazos.

Moody abrió la boca, como si fuera a decir algo, pero en el último momento su ojo de cristal giró de golpe apuntando hacia algún punto a su espalda.

Era el profesor Snape acompañado por Dumbledore.

—Uchiha, deberías estar con el resto de sus compañeros de camino a las gradas —dijo Snape, bajando la vista para poder mirarlo a los ojos.

—Iba hacia allí ahora mismo...

—Le estaba explicando al señor Uchiha que espero mejores resultados en el próximo examen práctico —lo interrumpió Moody.

—Ah, sí, ese es un tema del que tendremos que hablar usted y yo —aseguró Snape, mirándolo fijamente. Cada vez que el profesor hacía eso Itachi notaba una molestia en el interior de su cabeza, como si alguien estuviera atacando su mente usando un martillo de plástico barato forrado con algodones, hasta que Snape acababa por apartar la vista, molesto por algo que el shinobi no llegaba a comprender del todo, aunque tenía alguna que otra hipótesis.

El chico se despidió de los profesores y mantuvo la cabeza gacha hasta que estuvo fuera de la vista de los tres. Pasó por delante de los asientos en los que se encontraban la mayoría de los Slytherin y los estudiantes de Hufflepuff. Un chico de cuarto de Hufflepuff, con una insignia de «APOYA A CEDRIC», intentó ponerle la zancadilla. Al final, una fila más arriba encontró a Hermione sentada junto a Weasley y sus hermanos. Itachi se sentó al lado de la chica, recibiendo una sonrisa algo forzada del pelirrojo.

—¿Falta mucho para que empiece? —preguntó, aflojándose un poco la bufanda.

—No —respondió Hermione, dándose golpecitos en las rodillas—, acaban de anunciar que comienza en dos minutos.

Efectivamente, después de dos minutos en tensión, un grupo considerable de magos y brujas entró junto a un dragón enorme de color azul plateado. La bestia rugió y soltó una llamarada en dirección a la grada donde estaban sentados. La enorme bola de fuego que se perdió en el aire hizo que algo se encogiera en el pecho de Itachi.

El estadio enteró bramó, aplaudió y silbó en cuanto Cedric puso un pie en la arena. El chico no conservaba, ni de lejos, la serenidad y tranquilidad que poseía normalmente.

Cedric avanzó hacia el lateral derecho llamando la atención del dragón, que se agachó levemente, acercándose un poco más a los huevos que protegía. Dio algunas vueltas, como buscando algo. Finalmente alargó el brazo y exclamó algo que no llegó a escucharse claramente por el ruido de la multitud y los comentarios de Ludo Bagman. Inesperadamente, una de las rocas se alzó a apenas un metro del suelo y se agitó hasta tomar la forma de un labrador; causando que varias de las espectadoras dejaran escapar un sonoro «¡Ooooh, qué monada!».

El dragón no debió compartir la misma opinión que la población femenina del colegio, porque siguió al perro y gruñó, enseñándole los colmillos, afilados como navajas. Aprovechando la distracción, Cedric se lanzó corriendo a coger el huevo dorado. Casi a la vez que el joven salía con el huevo en brazos, el dragón se dio la vuelta y una enorme llamarada salió tras de él, acompañada de un rugido de frustración.

Los magos encargados del dragón se aseguraron de reducirlo cuando Cedric hubo salido del cercado y Ludo Bagman empezó a gritar.

—¡Uno que ya está, y quedan tres! ¡Señorita Delacour, si tiene usted la bondad!

Fleur Delacour salió a la vista del público un minuto después que su dragón. La chica fue algo más prudente y se quedó cerca de la salida, medio escondida, mientras realizaba varios intentos de hechizar el dragón. Debió de conseguirlo, porque el galés verde común se echó a dormir. Pequeños destellos de fuego le salían de la boca.

Fleur tuvo mala suerte: cuando cogió el huevo el dragón roncó y le prendió fuego a la falda. Consiguió apagarla, pero abandonó el estadio con tristeza, segura de que sería penalizada por su descuido.

Durante la espera a que llegara el siguiente dragón, Ron se entretuvo intentando averiguar quiénes eran las personas que acompañaban al jurado.

—Oye Hermione —dijo, señalando las gradas frente a ellos—, ¿no es ese el Ministro? No consigo verlo bien, está muy lejos.

Hermione se inclinó en su asiento, entrecerrando los ojos.

—Supongo que podría ser, yo tampoco lo distingo bien.

Pero Itachi sí que lo hacía. Tanto, que ni siquiera prestó atención a la actuación de Krum. Sentado a la izquierda del Ministro, con aire arrogante, había un hombre de aproximadamente cuarenta años, con el pelo negro y corto y rasgos japoneses. A pesar de que la descripción física no encajaba del todo, sabía perfectamente de quién se trataba. El individuo tuvo la bondad de confirmar sus sospechas levantando la mano en un ademán de saludo que le obligó a reprimir un escalofrío.