11. Mi enemigo... mi venganza
El sol acaricio el rostro de Arthur, el sonido del mar lo despertó lentamente, cuando abrió los ojos observo a su alrededor, ya no se encontraba en su barco, se encontraba en una playa de arenas blancas. Se levanto algo aturdido, y trato de caminar, pero perdió el equilibrio y cayó casi a punto de caer encima de Manuel. Recién aquí se dio cuenta que no estaba solo. Busco su espada pero no la encontró, reviso su cinturón y sonrió al notar que aun tenía su daga ahí, la saco enseguida y la acerco al cuello de Manuel.
— Si te mueves te rebano el cuello — exclamó en voz alta para despertar a Manuel.
— ¿Es así como tratas a quien te salvo la vida? — respondió Manuel abriendo los ojos lentamente, aun sentía tal cansancio en su cuerpo que le resulto más difícil de lo que imaginaba poder levantarse.
— ¿Salvarme? Fuiste tú quien trato de matarme — respondió molesto.
— Claro, si eres un tipo enfermo de desagradable — Manuel suspiro. — Ahora si quieres matarme, hazlo, morirás solo en esta isla — se tiro de espaldas en la arena con los brazos extendidos.
— No me tientes a hacerlo — agregó luego de unos instantes —, si estamos solo, deberás ayudarme aun cuando no quieras — se levantó y caminó en dirección contraria al mar.
— Si se saben comportarse, no sufrirán conmigo — exclamó Francis con una mirada fría, sonriendo y sin soltar a Rafa.
— ¡Maldito bastardo! — agregó Diego molesto.
— Deberías preocuparte por tu amigo, que perder el tiempo insultándome — respondió Francis sin dejar de sonreír.
Francisco aun yacía inconsciente en el piso, pero en su rostro se veía que el dolor lo aquejaba con mayor fuerzas. Rafa lo miro preocupado, se sentía culpable del estado del joven.
— ¡Francisco! — Le gritó pero al no tener respuestas, volvió a llamarlo — ¡Francisco! ¡Despierta!
— Todo por no querer escuchar mis sentimientos, por no dejar lo que fluía dentro de mi salir al exterior, te dañe, te hice sentir uno de los dolores más crueles y aun te siento llorar por mí. Es por eso que no dejare que sufras mas ¡yo te sacare de aquí! — al pensar esto Francisco abrió los ojos y lentamente se levanto. —Ahora yo me encargare de este tipo —murmuró con actitud desafiante tomando su espada rota.
— ¿Francisco? — Diego volteó sin creer que el joven México pudiera sostenerse de pie, seguía sangrando sin parar y solo detenía su hemorragia con su mano izquierda.
— ¡Quita tus sucias manos de mi Rafa! — gritó con todas sus fuerzas, aquellas palabras resonaron por toda la embarcación con la misma intensidad que el joven lo sentía en su corazón.
Y levantando su espada, corrió hacia Francis quien impávido no pudo detener su ataque. La sangre se elevo al cielo y el grito desgarrador de Francisco sonó como un eco lúgubre que hizo detenerse el corazón de Rafa en esos momentos.
— ¡¿Quién está sangrando?! — se pregunto Rafa desesperado, al ver que Francisco volvía a caer al suelo con violencia, vio como se levantaba otra vez y volvía al ataque para nuevamente caer al suelo, el mar de sangre salpico el pálido rostro de Costa Rica, quien sin cerrar los ojos ni un instante mantenía su mirada fija en Francisco — Por favor, no sigas… quédate en el suelo Francisco, no te levantes.
Diego cerró los ojos con rabia, apretando los dientes con tanta fuerza que no le importaba el dolor que sentía.
— ¡Nooo! — Gritó Rafa desesperado al ver que Francisco volvía a levantarse. — Basta ¡detente! — Las lagrimas corrían por sus mejillas —, no sigas mas… no… Francisco por favor… ¡Que haré si mueres! ¡¿QUÉ HARE SIN TI?!
— No moriré — exclamó Francisco quien se estaba dando cuenta que la situación estaba peor de lo que fingía. Escupió sangre copiosamente, el dolor le era insoportable, pero debía sacar a Rafa de ahí. Su visión comenzó a nublarse, se sostuvo con fuerzas y levanto su espada hacia el cielo. — No me detendré hasta salvarte.
— No sigas — murmuró Rafa bajando la cabeza —, preferiría vivir condenado a la esclavitud que tu des la vida de esa manera — entrecerró sus ojos dejando que mas lagrimas corrieran por sus mejillas. — Fui descuidado y caí en las manos de los piratas… no es justo que tú sufras por ello.
Francisco lo miro fijamente, y le sonrió con suavidad, a pesar de la sangre que corría desde sus labios, esa expresión tan dulce, hizo que el corazón de Rafa saltara de tal forma que se sonrojo.
— Se feliz… Mi Rafa — murmuro sin dejar de sonreír, dirigiendo una leve mirada a Diego quien movió la cabeza hacia los lados con una enorme tristeza.
El joven México volteo su mirada observando a Francis que se encontraba también con diversas heridas, quien lo observaba con seriedad. A lo lejos sintió un canto triste que subía lentamente en son de las olas del mar, no sabía que podía ser pero ahora su prioridad era salvar a Rafa.
— Muy bien, ahora este será mi golpe final — toma la espada que Diego le lanzo y volteo mirando nuevamente a Rafa, quien aun no quería creer que iba a suceder lo que estaba presintiendo.
En eso vio que ambos se dirigían a pelear, Francisco miraba con Rabia a Francis recibiendo una misma mirada de este, corriendo con más rapidez mientras más cerca estaban, al acercarse, ambas espadas se detuvieron, haciendo que las chispas del golpe se vieran en los filos de ambas. Francisco se movió dando una vuelta y justo frente a Francis se lanzo. En eso sintió como el filo le atravesaba el corazón y escupió sangre sobre el rostro de Francia, este sonrió victorioso. Pero de repente dio un quejido y retrocedió viendo como la espada de Francisco lo había atravesado también.
El joven México se sostenía aun de pie y lentamente empezó a sentir menos dolor, un sonido claro venia a lo lejos, nuevamente aquella triste melodía, como el canto susurrante de una sirena y su cuerpo cayo lentamente casi sin notarlo, Rafa corrió dando un grito desesperado, pero entrando a su sueño eterno Francisco no lo escucho y cayó al suelo sin vida sosteniendo en su visión, en una imagen de un Rafa sonriéndole. Costa Rica se detuvo y vio que la mirada fija de Francisco acababa de perder su brillo. Retrocedió sin creer lo que pasaba y un dolor angustioso le detuvo el pecho haciéndolo caer de rodillas en un llanto ahogado y doloroso.
— ¡Nooooo! ¡Francisco! — gritó llorando y Diego con rapidez, corrió agarrando a Rafa de la muñeca.
— ¡Vámonos Rafa! — Le gritó —, Aun no estamos a salvo, debemos salir de aquí.
— Déjame aquí, déjame —reclamó cubriéndose el rostro – no podemos abandonar a Francisco.
— Esta bien — apenas dijo esto Diego, corrió y subió a sus hombros a Francisco corriendo hacia el mar, seguido de Rafa que corría aun sin creer lo que pasaba.
Francis solo los vio huir, totalmente adolorido, sonrió con pesadumbre.
— Vaya, Arthur me va a matar cuando sepa que huyeron.
Sin embargo a pesar de la huida, ambos iban callados en silencio en un pequeño bote, alejándose del barco pirata. Diego cerro suavemente los ojos de Francisco y dirigió su atención hacia el cielo, no quería que Rafa lo viera llorar, pero el chico de cabellos oscuros, solo abrazaba el cuerpo de Francisco con los ojos cerrados, aun podía sentir su calor, era como si solo estuviera dormido.
El viento corría con fuerzas, cuando se detuvieron junto a una playa, el sol se ocultaba y el ruido de algunas aves se perdía en la lejanía del día. Diego excavó una fosa para su amigo Francisco y pusieron su cuerpo ahí.
— ¿estás listo? — le preguntó a Rafa sin mirarlo.
Solo movió la cabeza como respuesta, podía oír el llanto de los árboles sintiéndolo como si fuera su propia alma que lloraba, no quito su mirada de Francisco mientras Diego lo cubría con tierra. Nunca más volvería a escuchar su voz, a ver su mirada, a sentir su calor. Junto sus manos y rezo por su alma, pero las lágrimas no lo dejaron continuar. Mantuvo su mirada fija, aun cuando Diego coloco una rustica cruz encima de la tumba de Francisco. El viento paso con fuerza a su alrededor, arrastrando hojas secas. Sintió como si en ese instante le arrancaba algo del pecho y solo levantó la mirada, viendo al viento llevándose las hojas secas a lo alto del cielo.
Mientras a lo lejos Francis con una copa de vino en su mano observaba la caida del Sol, una leve sonrisa maliciosa se dibujaba en su rostro.
— Pobre muchacho, con el veneno en que cubrí mi espada tendra una muerte horrible, o morira sepultado vivo o lanzado al mar, sus amigos le creeran muerto aun cuando no lo este.
Entorno los ojos en un gesto de ironia y la maldad con que sonreía parecia incrementarse más, el Sol se habia ocultado, y aun en la oscuridad la expresión de Francia era visible.
