11.- Secuencia de errores / parte dos.

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Nunca me había tocado trabajar un día sábado, pero no podía negarme a su petición. El lunes se cumpliría el vigésimo aniversario del Quisquilloso, y con una semana de anticipación, estuvimos trabajando en una edición de lujo a modo de celebración. Luna, que después de la muerte de su padre había quedado encargada de la editorial, me solicitó ayuda extra, sólo a mí, y no desaprovecharía una oportunidad de estar con ella a solas, a pesar de que mis esperanzas estuvieren completamente sepultadas bajo tierra.

Ella estaba concentrada, reclinada sobre la mesa de trabajo, tratando de cuadrar el texto con las fotos de su padre, el fundador del periódico y a quién le rendirian homenaje en aquella ocasión especial. Su cabello caía por el lado derecho de su hombro con gracia natural, y llevaba la varita en la oreja izquierda, como era habitual. La recorrí con la mirada sigilosamente, algo que solía hacer a menudo. Me encantaba notar detalles imperceptibles de su cuerpo, que podía apostar que nadie había reparado, como aquel lunar en forma ovalada en el lóbulo de su oreja, o la diminuta cicatriz que tenía en la clavícula. Al llegar a sus manos, me percaté de un detalle en el cual no había reparado antes.

–¿Y tú anillo de compromiso? –pregunté, tratando de sonar no muy interesado.

–¿Ah? –dijo ella distraída, para luego mirarse la mano confundida–. Ah, mi anillo. No, no lo traigo.

Carraspeé incómodo. Supuse que me diría el porqué no lo traía, y no que me reafirmaría lo obvio, así que esperé un rato más antes de indagar un poco en el asunto, contando hasta diez impaciente en mi cabeza.

–Eso lo puedo ver. ¿Acaso se te perdió?

–No. Se lo devolví a Rolf –respondió como si nada, aún concentrada en lo que hacía.

"Quizás se lo cambiará por otro", me dije, tratando de no hacerme ilusiones. Luna parecía tan tranquila como siempre, que de haber ocurrido una separación, probablemente no tendría ese semblante. Ya había pasado algo así antes, cuando decidieron posponer la boda por un viaje inesperado de Rolf, y él, a modo de recompensa, en esa ocasión le cambió su anillo de oro por uno de platino. Quizás nuevamente había ocurrido lo mismo, y el muy tarado había privilegiado el trabajo.

–¿Se lo devolviste? ¿Por qué? –insistí, la curiosidad me vencía una y otra vez–. ¿Pospusieron la boda otra vez?

Ella se incorporó para mirarme de frente. Sus ojos lucían como un cielo ausente de nubes, tan primaveral como el olor a flores que expedía por el cabello. Luna se empeñaba en demostrar la existencia de criaturas asombrosas, sin saber que ella misma era una. La más asombrosa y hermosa de todas.

–Porque ya no nos vamos a casar, Theodore, sería muy inapropiado seguir usándolo, ¿no crees?

Si no hubiera sido físicamente imposible, mi mandíbula estaría estrellada contra el piso de la sorpresa. Tuve la intención de golpearme contra esa mesa de trabajo que estaba a mi lado para ver si no estaba soñando, porque Merlín no me solía querer tanto como darme tamaña felicidad.

–¿Ya no te casas? –solté cuando recuperé la voz–. ¿Y podría preguntar por qué?

Ella rió, tapándose la boca con una de sus manos. "¿Que era tan gracioso?" Definitivamente mi cara debía ser la de un idiota, y por eso le causaba gracia. Pero poco me importó, necesitaba averiguar todo. Todo.

–Ya lo preguntaste, Theodore. Lo que podrías preguntar es si te voy a responder –dijo con su voz cantarina.

–¿Y me vas a responder?

Ella pareció pensarlo un rato, y puso su indice en el mentón divertida. Creo que lo pensó treinta segundos, pero para mi, fueron horas. Estaba ansioso, las manos me sudaban, y hasta me costaba respirar. Mis neuronas probablemente comenzaron a morir por la falta de oxigeno.

–No me caso porque me di cuenta que no lo quiero tanto como para llegar a ese nivel de compromiso. Pero él no lo entendió de esa forma, así que decidimos terminar por completo –explicó, encogiéndose de hombros.

En mis oídos sus palabras fueron una dulce melodía. Podía percibir como dos sopranos cantaban a mis espaldas un celestial "oh", y una luz divina iluminaba mi cabeza.

–Lo siento –le dije, aunque soné demasiado falso. Además, mi sonrisa de oreja a oreja me delataba.

–No lo hagas –respondió, negando con la cabeza–. Es mejor darse cuenta a tiempo antes de cometer un error.

Y volvió a reclinarse sobre la mesa de trabajo, dejándome con la duda palpitante. Traté de volver a lo que estaba haciendo como ella, pero mi cabeza era un plato de spaguettis. Miles de conjeturas se cruzaban y mezclaban entre sí, y sabía que si no lograba sacarle más información al respecto, no podría dejar de pensar en ello todo el fin de semana.

–Y... ¿Cómo te diste cuenta que no lo querías a "ese nivel"? –pregunté mientras comenzaba a trabajar "como si nada".

–Fácil –respondió sin tapujos–. Cuando me sentí atraída por otra persona.

Tragué espeso, incluso creo que ella pudo oírme hacerlo. ¿Otra persona? ¿Quién diablos era el afortunado hijo de puta? Mi suerte era traicionera. El destino se la había arrebatado de los brazos del tontón de Rolf, para lanzarla a unos desconocidos. Ahora competía con alguien invisible. ¡Menuda cosa! ¿No será tiempo de aceptar la verdad, Theodore Nott?

–¿Y esa persona lo sabe? Digo, ¿se lo dirás? –mi voz sonó apagada, casi depresiva y masoquista, pero necesitaba saber.

–Quizás lo invite a salir hoy. No lo sé, aún no lo he decidido.

–Ah.

Cerré el tema. Mi pecho se sentía congestionado, como esos resfríos que te dejan botado en la cama por semanas. Seguimos trabajando en silencio una media hora más. Ella absorta en su trabajo, yo absorto en ella, pensando en todo lo que pudo ser pero no fue. Pensando cuánto la habría amado, de no ser que llegué tarde a la repartición de sus afectos.

–Ya he terminado todo por hoy –dijo de pronto, feliz con el resultado–. Muchas gracias por tu ayuda, sin ti no habría podido. Ahora me iré a ver a esa persona de la que te conté... ¡Deséame suerte!

–De nada por la ayuda –esbocé a penas en un murmullo–. Y no te desearé suerte, no la necesitas.

Luna asintió enérgica y se fue de la sala de edición entre pequeños brinquitos. Yo me quedé en el lugar un rato más, sentado, con ganas de patearle la cara a alguien, literalmente. Este sujeto del que hablaba debía haberle robado de verdad el corazón, digo, para que ella cancelara su inminente matrimonio, después de una larga relación de tres años. ¿Cómo sería él? ¿La cuidaría? ¿La trataría bien? Más le valía hacerlo, o me encargaría de torturarlo a la vieja usanza, con la excusa de la amistad.

El sonido de la puerta me sacó de mis oscuros pensamientos Slytherianos, y mascullando un par de improperios, me levanté a abrirla. Ahí estaba ella, luciendo una espectacular sonrisa, y lo primero que atiné a pensar fue "¿se le habrá quedado algo?"

–Oye, Theodore –dijo, con las manos afirmadas a la espalda, balanceándose como una pequeña.

–¿Dime? –pregunté extrañado.

–Me preguntaba... ¿te gustaría salir conmigo?

Dejé de respirar y la miré atónito. ¿Acaso antes estaba hablando de mi?. La adrenalina me volvió loco, y sin medir mis fuerzas, la abracé para que no se escapara. Ella colocó sus delicadas manos alrededor de mi cuello, respondiendo todas mis preguntas no formuladas. "Sí, estaba hablando de mí. Que Merlín se jodiera, ¡estaba hablando de mí!"

–Eres muy mala, ¿lo sabías? –susurré a su oído, sin dejar de afirmarla contra mi cuerpo.

–No. Tú eres muy distraído –contestó, hundiendo sus dedos por mi cabello en una suave caricia.

Yo podía estar en esa posición por horas, pero ella nuevamente tomó la iniciativa, regalándome el beso más dulce que había probado en toda mi vida, y que pretendía seguir probando por el resto de la eternidad.

Porque ahora que la tenía entre mis brazos, jamás la dejaría escapar.

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Suspiré.

Era todo lo que me dedicaba a hacer en tardes como esas; tardes de sábado solitarias, donde todos estaban ocupados menos yo. ¿En qué momento me había vuelto esa clase de chica? ¿Aquellas que se ahogaban en helado de chocolate y salían con túnicas holgadas a la calle, solo por una desilusión amorosa?. Era un sentimiento que no había experimentado antes, esa sensación de frustración, de derrota que me consumía los ánimos, y me dejaba como vieja amargada, echando insultos al aire.

Desde Hogwarts, jamás un chico me había rechazado, de hecho, yo los rechazaba a ellos, y rompía sus corazones sin piedad, a diestra y siniestra. Pero ahora, con más años en el cuerpo, resultó que la única persona que me interesaba de verdad, no me tomaba una pizca de atención, era completamente invisible a sus ojos.

Suspiré nuevamente.

El día estaba soleado, y en las calles de Londres todas las parejas salieron de paseo, restregándome en la cara mi soledad. Casi podía verlos sacarme la lengua, o haciendo una "L" con sus dedos sobre la frente. ¿Por qué esa chica le sonríe tanto? ¿Por qué él la lleva tan orgullosamente del brazo? ¿Por qué esa otra bate tanto las pestañas? ¿Por qué él responde con una sonrisa embobada? "El amor te hace estúpido", pensé de pronto, "y tu jamás lo has sido".

Suspiré una tercera vez.

Me dediqué a mirar los escaparates, entré a cuanta tienda pude y gasté todos los galeones que llevaba en mi bolsillo. Compré vestidos, accesorios, túnicas y maquillaje, pero todo fue casi por inercia. ¿Para quien me arreglaría tanto? De seguro no sería para el sabelotodo de Alexander Bleu, aunque me disfrazara de hipógrifo él ni lo notaría. ¿Y si me disfrazaba de libro? Probablemente otro gallo cantaría.

Tan ensimismada iba en mis reclamos mentales que no me percaté que caminaba derecho a chocar con otra persona. El impacto fue frontal, maldije, y dejé caer todas las bolsas que llevaba en las manos. Estaba dispuesta a insultar al culpable hasta que se me acalambrara la lengua. ¿Por qué no se había corrido, el muy bastardo? ¿Acaso no tenía nociones de la palabra caballerosidad?. Sin embargo, cuando pude verle el rostro, me quedé sin palabras.

–Oh –solté.

Alexander, la causa eficiente de todos mis males, me observaba sorprendido, mientras yo colocaba una terrible cara de espanto, como si acabara de ver al mismísimo Señor Tenebroso en persona. ¡Por qué tenía tanta mala suerte! ¿Por qué, justo ahora, me tenía que pasar? ¿Cuando andaba en mi peor estado?. Rápidamente solté la cinta que llevaba en el cabello para dejarlo libre, sin molestarme en recoger todas mis compras, que se encontraban desparramadas en el piso.

–Lo siento, fue mi culpa –se disculpó él, agachándose para recogerlas–. ¿Te hice daño?

Sus ojos miraban mi mano derecha. ¡Tan preocupada estaba de la indignidad de mi apariencia que ni noté que estaba roja! Me la comencé a acariciar con la otra inconscientemente, tratando de restarle importancia a su color e hinchazón.

–No, no te preocupes, no me pasó nada.

–¿Segura? –inquirió no muy convencido–. Déjame ver.

Alexander tomó mi mano afectada entre las suyas, y la miró acuciosamente, buscándole alguna herida de mayor gravedad. Mis mejillas se colorearon de inmediato, en una explosión de fuegos artificiales que sentía en mi interior ante el contacto. Si no se hubiera visto demasiado raro, me habría puesto a bailar de la felicidad en ese mismo instante, o a reírme histéricamente como una adolescente nerviosa. Nunca antes nos habíamos tocado, y ese detalle de que mis manos estuvieran entre las suyas, sumada a la preocupación que demostró por mi integridad física, fue como si me hubiera ganado la lotería mágica.

–No. Afortunadamente nada importante, sólo te quedo un poco roja –dijo después de un rato–. De verdad, mil disculpas. ¿Serviría un café de indemnización?

Lo miré en silencio sorprendida. ¿Un café? ¿Con él? ¿Con Alex? Mi corazón comenzó a palpitar con velocidad, y creo que mi presión arterial se fue a las nubes. Mientras esperaba mi respuesta, me sonrió con esa sonrisa de un millón de galeones, esa que solo colocaba cuando sacaba la mejor calificación de la clase, o cuando un profesor valoraba públicamente uno de sus trabajos, pero con una leve diferencia... esa sonrisa estaba destinada a mi, sólo y exclusivamente a mí. Jamás le había visto sonreír para otra mujer, y ya estaba empezando a pensar que ese chico sólo podía enamorarse de sus estudios.

Quería exclamar un gran "sí", pero después de todo, no era mi estilo mostrarme tan entusiasmada. Le sonreí de vuelta con seguridad, y luego de aparentar que lo pensaba, respondí.

–¿Sólo uno?

–No necesariamente, pueden ser todos los cafés que quieras.

Asentí coquetamente, y comencé a caminar de regreso a mi casa. Él me siguió, caminando a mi lado, aún llevando las bolsas que me pertenecían. De pronto, el sol volvía a brillar para mi, sin importar lo poco atractiva que me veía con esa túnica vieja.

–Si quieres, me las devuelves –le dije estirándome para agarrarlas.

–Tu mano –respondió sin intención de devolvérmelas–. Mejor te dejo en tu casa, sana y salva.

"En mi casa, en mi casa, en mi casa" comencé a tararear en mi mente. Moría por gritar de la emoción, pero me restringiría el placer. Tenía una apariencia que conservar, y siempre podía gritar cuando él no estuviera a mi lado.

–¿Y que hacías tú por acá? –pregunté, tratando de sacar un tema a colación.

–¿Yo? Te buscaba.

Detuve la caminata bruscamente y lo miré sorprendida. ¿Había escuchado bien?

–¿Me buscabas? ¿A mi? ¿Por qué?

–Eso, señorita Parkinson, es una información clasificada. Si te lo digo, tendría que matarte después –bromeó alzando una ceja–. Pero de verdad lo lamento. No pretendía herirte.

–¿No pretendías herirme? –repetí confundida–. ¿Acaso chocaste conmigo a propósito?

Él simplemente me sonrió y siguió caminando, dejándome atrás, pegada al pavimento, parpadeando lentamente como una estúpida. Corrí para alcanzarlo, y cuando lo hice, bajé la velocidad para seguir a su lado, sintiendo como una luz de esperanza volvía a encenderse. Aún no había fracasado, y para los ojos de Alexander, resultó que nunca había sido invisible.

Suspiré por cuarta vez, sin embargo, ahora se debía a otras razones.

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Contra todo pronóstico, había resultado ser un día perfecto.

Después de ducharme y arreglarme, estuvimos practicando cello hasta que se me acalambraron los dedos y mi estómago comenzó a sonar. Luego de que Draco se burlara de mi por eso, fuimos a almorzar a un local de pastas, y terminamos la tarde caminando sin rumbo, hasta llegar por arte de magia al jardín japonés, un lugar de ensueño que, afortunadamente, estaba casi dispuesto exclusivamente para nosotros. No había un alma alrededor. O al menos, eso parecía.

Nos echamos en el pasto, justo bajo la sombra de un cerezo en flor, y comenzamos a conversar de variados temas. Libros, cine, música, filosofía, arte, lo que se nos cruzara por la mente. Malfoy podía opinar de lo que fuera, y eso me encandilaba de él. Me encantaba oírlo explicarme sus puntos de vista, y como movía sus manos para reafirmar sus palabras. Definitivamente era un hombre culto e inteligente, algo completamente opuesto a lo que solía demostrar en Hogwarts.

Con el transcurso de las horas, había logrado borrar la expresión perturbada que lucía su rostro por la mañana, y ahora se asomaba una discreta sonrisa, de aquellas encantadoras que me fascinaba arrancarle de vez en cuando.

Cuando comenzó a caer el la tarde, sólo con el afán de molestarlo, arranqué una flor que se encontraba a mi lado y se la pasé por la oreja, notando como se erizaba por completo y prácticamente daba un brinco del susto.

–¡Oye! –reclamó, quitándome la flor de los dedos, para tomar venganza y hacerme lo mismo.

Al sentir la textura de los pétalos en mi oreja, comencé a reírme como una histérica. ¡En qué me había metido! Se me había olvidado mi mayor debilidad, mi talón de Aquiles.

–¿Cosquillosa, Granger? –preguntó alzando una ceja divertido–. Eso no me lo esperaba, ¡Te metiste en un gran lío!

Como un pequeño travieso, siguió molestándome con la flor, y yo no podía parar de reír, retorciéndome en el pasto. Sin embargo, no sé en qué momento la situación cambió. De pronto, lo tenía a diez centímetros de distancia, tan cerca que nuestros alientos se mezclaban hasta confundirse. Su cuerpo estaba prácticamente sobre el mío, y sus ojos parecían mercurio a punto de bullir. Mi cerebro mandaba alertas de toda clase, y mi conciencia me exigía la retirada digna... pero mi corazón se negaba a mover un músculo, estaba ansioso de concretar algo que solo había sucedido en mis sueños, saber lo que era un beso de él.

Cerré los ojos. Y esperé.

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La veías retorcerse, riéndose como una pequeña y tú te reías con ella.

Sus risas sonaban melodiosas y le otorgaban alivio a tu atormentado corazón. Aún estabas con la garganta apretada por la carta de tu madre, pero ahora eso fue superado por el regocijo que estaban sintiendo junto a ella, junto a Granger, la chica que te confundía demasiado. Que te hacía sentir feliz y miserable a la vez.

Sus bucles se encontraban desparramados por el pasto, y su cuello alargado había quedado dispuesto para tu plena contemplación. Sin proponértelo, lentificaste el movimiento de la flor, y cambiaste su oreja por el cuello, acariciándolo con los pétalos, mientras acortabas las distancias. Luego, subiste la flor hacia su rostro, y seguiste acariciándola lentamente, hasta que ella dejó de reír y te miraba sorprendida, pero sin ánimos de moverse de ahí.

Estabas demasiado cerca para tu propia seguridad y sabías que si seguías en esa dinámica, no podrías contener el impulso de besarla hasta arrancarle los labios y dejártelos de recuerdo. Trataste de armarte de valor para dejarlo hasta ahí, sin embargo, ella cerró los ojos y entreabrió la boca, invitándote a pasar. Una invitación que te costaría mucho rechazar, porque no te conformarías solo con eso, te conocías demasiado bien, y hace bastante tiempo no sucumbías ante los placeres de la carne.

Te acercaste hasta casi rozarle, sólo un centímetro te alejaba de tu mayor sed, pero fue en ese momento que un pensamiento atacó tu cabeza, haciéndote perder la lujuria de sopetón. "Ella jamás tendrá más que esto contigo, de hecho, luego de que lo hagas, considerará que es el peor error de su vida. Acéptalo, jamás dejaría a Weasley por ti"

–Basta. No doy más –dijiste, y sin más, te incorporaste hasta quedar de pie, sacudiendo los rastros de pasto del pantalón.

Ella abrió los ojos desorientada y te miró desde su lugar, acostada a tu disposición en el suelo, con las mejillas encendidas y sus orbes brillantes de excitación. Reconocías esa mirada, la habías visto antes en otras mujeres.

–¿A qué te refieres? –preguntó en un murmullo.

La apuñalaste mentalmente por eso, y frunciste el ceño a más no poder, molesto por el descaro con que preguntaba.

–Por favor Granger, ¡no eres idiota! Sabes perfectamente a qué me refiero. Ya me cansé de aparentar que nada pasa, ¡míranos!

Ella pareció sorprendida con tu declaración y se incorporó hasta quedar sentada. Veías en su semblante la confusión que tú mismo experimentabas, y le diste tiempo para reponerse y responder.

–¿Y qué piensas hacer al respecto? –preguntó, esta vez, con algo de temor.

–Dejarlo hasta aquí –sentenciaste entrecerrando los ojos.

–¡Pero! –exclamó desesperada, sin embargo, con un gesto de mano la hiciste callar.

–¡Nada de peros, Granger! –explotaste revolviéndote los cabellos–. Hace un tiempo atrás te dije que lo intentaría, pero te advertí que si no resultaban las cosas, me alejaría y tú prometiste no chistar. ¡Lo prometiste! Yo ya lo intenté, no resultó, y ahora te toca aceptarlo. Desde hoy mantendremos las distancias.

La muchacha se levantó hasta quedar a tu altura. Su rostro estaba colorado hasta las orejas y sus ojos repletos de agua. En cualquier momento, con el mínimo parpadeo, estas se convertirían en lágrimas que correrían libremente por sus mejillas. Pero no te dejarías ablandar otra vez. Esta vez no. Habías tomado una decisión, y ahora nada te haría cambiar de opinión. Las cosas quedaban hasta ahí. Por tu propia salud mental.

–¡Vivimos en la misma casa! –te gritó, apretando los puños de impotencia–. Yo no quiero alejarme de ti. ¿No sabes lo que me afectaría verte y no poder hablarte?

–Deja de ser tan egoísta –escupiste ceñudo–. Sólo piensas en ti, y en lo que a ti te acomoda. ¿Acaso te gusta jugar conmigo mientras te quedas con la comadreja? Yo no estoy para esa clase de estupideces, te equivocas si pensabas lo contrario, soy esencialmente pragmático, y si algo me causa problemas, lo erradico de raíz. Tengo una novia, y tú tienes a Weasley, fin del asunto. No hay más. Tratamos de ser sólo compañeros, "enemigos favoritos", pero obviamente no resultó, ¡y no trates de refutarme! Que lo sucedido hace tan solo un minuto me lo corrobora. No hay nada que hacer, Granger, es hora de madurar.

Ella se mordió el labio, taladrándote con sus ojos, temblando casi imperceptiblemente. La observaste en silencio, esperando que te respondiera, que por una vez por todas fuera sincera contigo, y de paso, con ella misma.

–No te refuto nada –musitó bajando la mirada–. Pero a pesar de que tienes razón, no me gusta la idea. No podría explicarte cómo sucedió, pero creo que... creo que te quiero, y eso me está volviendo loca, porque no sé qué hacer ni cómo manejarlo. Pero es verdad. Te quiero, me acostumbré a tu compañía, y me resisto a perderte.

Su confesión te tocó hondo, y comenzaste a sentir una pizca de calor en el pecho. Era distinto imaginar que te quería a escucharlo de su propia boca. ¿Cómo era posible eso? Si alguien te hubiera dicho que pasaría, te hubieras reído en su cara con escándalo incluido. Pero resultó ser más cierto de lo que creías. Inesperadamente Granger y tú eran tal para cual, complementarios.

Te acercaste a ella y colocaste una de tus manos en su mejilla, para luego, levantarle la mirada por el mentón.

–¿Dejarías a la comadreja por mí? –preguntaste serio, terriblemente serio–. ¿Lo dejarías?

Pero ella no respondió. Viste reflejaba la duda en sus ojos, y supiste que era un caso perdido, que estabas dando vuelta en círculos esperando cosas que no iban a suceder. Le soltaste lentamente el mentón y retrocediste sobre tus pasos decepcionado.

–Lo sabía –esbozaste dándole la espalda–. Me voy del departamento. El Director ya no puede obligarnos a vivir juntos, le hemos demostrado que podemos convivir civilizadamente. Y si no le gusta, que se joda. Él no me manda, y tú tendrás tu habitación de regreso para esta noche. No te molestes en tratar de evitarlo, al menos cumple tu promesa y déjame en paz. Es lo menos que puedes hacer.

Caminaste alejándote de ella, sin mirar atrás, a pesar de que por dentro te destrozaba escucharla sollozar. No tenías la más mínima idea de dónde irías. No te apetecía volver a la mansión, pues lo que menos necesitabas en esos momentos, era estar solo. Estar solo significaba alucinar. Estar solo significaba pensar. Y pensar significaba pensar en ella.

Y ya no querías pensar en ella...

No querías pensar en ella nunca más.

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"Sentado. Solo. Y en un bar... ¡qué patético!" pensé, hundiendo las manos en mi rostro.

¿Hermione ya se habrá acordado de mí? ¿O me estará molestando a propósito con una sorpresa reservada? Deseaba con todas mis fuerzas que fuera así, pero una parte de mí estaba segura de que ella simplemente lo había olvidado. ¿Eso qué significaba? Las razones de su olvido me aterraban, pues sólo me indicaban una solución. Había dejado de quererme, y como consecuencia de ello, había dejado de importarle.

Bebí un largo trago de mi whiskey de fuego, tratando de dejar de pensar en ello. La idea de perderla me aterraba, pero debía darle el beneficio de la duda. Aún faltaba para que terminara el día.

–¿Qué haces aquí, celebrando tu cumpleaños solo? –me preguntó una voz familiar a mi lado.

–Lavender, tanto tiempo –esbocé desganado al verla–. ¡Espera! ¿Aún recuerdas mi cumpleaños?

–Pues claro, cómo podría olvidarlo –respondió rodando los ojos como si hubiera dicho una barbaridad.

Eso sí que era el colmo. Lavender Brown me saludaba y mi actual novia pasaba de mi como si fuera un desconocido.

–No me has respondido –insistió ella–. ¿Qué haces acá solo? Deberías estar con tu familia y amigos.

–Mis padres andan en Rumanía, y a los chicos los veo en la noche –respondí, jugando con el trago que estaba en mi mano–. No ha sido un buen cumpleaños, para ser honesto, es un desastre.

–Veo… ¿es por Hermione? –asentí, extrañado de su perspicacia–. Ya me lo imaginaba, ¿aún no puedes superarlo? A decir verdad, hoy recién me enteré que no seguían juntos, fue toda una sorpresa, supuse que si alguna vez terminaban aparecería en corazón de bruja alguna reseña, aunque claro, tampoco la he leído mucho últimamente...

–Espera, espera, espera –la paré en seco–. ¿De qué demonios estás hablando? Hermione y yo no hemos cortado.

Ella me miró con una incredulidad exasperante, y luego, puso una mano en mi hombro como si estuviera solicitándome que le tuviera confianza.

–Vamos, no tienes que mentirme, Won Won, no hay de qué avergonzarse –me dijo, dándome unas palmaditas comprensivas en la espalda–. Es decir, sé que el hecho de que ahora esté con Malfoy puede herir gravemente tu orgullo, pero a veces es mejor aceptar la verdad para poder superarlo. Es el primer paso, ¿no crees?

"¿Malfoy?" pensé alarmado. De pronto, mis peores miedos se estaban haciendo realidad.

–Momento. Primero, no estoy entendiendo nada de lo que hablas –le respondí ceñudo–, y segundo, no te estoy mintiendo, no hemos cortado, seguimos juntos como siempre.

–Ya, para, Ron. Si lo que temes es que te acose, no te preocupes, que no lo haré aunque estés soltero –me dijo negando con la cabeza–. Pero yo los vi, a Hermione y a Malfoy, muy juntitos en el lago del jardín japonés, haciéndose cariñitos como un par de enamorados. Estuve a punto de molestarlos y gritarles que se consiguieran una habitación. Estaban siendo muy descarados en plena vía pública.

Pude sentir como todos los colores se me iban del rostro, y de un instante a otro, me sentí descompensado, como si el licor que había bebido se me fuera a la cabeza de sopetón. ¿Por qué Lavander estaba dos veces? ¿Desde cuando tenía una gemela? ¿Qué era ese chirrido que escuchaba en mi cabeza? ¿Por qué todo daba vueltas?

–No me digas que… –esbozó ella abriendo los ojos de par en par, para luego, taparse la boca con ambas manos escandalizada–. ¡Lo siento! ¡No fue mi intención! ¡De verdad! ¡Cuanto lo siento! Yo... yo no sabia que tú... ¡Oh por Merlín!

Alarmada, se levantó de la butaca del lado como si ésta le hubiera mordido el trasero, e hizo innumerables mini reverencias para pedirme disculpas. En sus ojos podía ver que decía la verdad, y que más aún, estaba arrepentida de ser la que me tuvo que dar la fatal noticia. Era oficialmente un cornudo. Me engañaban en mi propia casa... y en sitios públicos.

Al ver que no reaccionaba aún, Lavander me dio alguna excusa barata que no alcancé a entender y huyó de su desastre, dejándome petrificado y hundido en mi asiento.

–¡Otra ronda! –le gruñí al mesero, que de inmediato concurrió a dejarme otra botella de whiskey.

Me tomé todo su contenido al seco, y me limpié con la manga, olvidando todos mis modales. Fue entonces que vi una silueta femenina acercarse felinamente, para dejarse caer a mi lado con gracia.

–Hola, cariño –ronroneó–. ¿Por qué no me invitas a un trago y nos divertimos un rato juntos?

La miré sin realmente mirarla. Su rostro me lucía desenfocado, pero al parecer, tenía buenas curvas.

–Claro –respondí, agitándole el brazo al mesero otra vez–. ¿Por qué no?

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Caminé por las calles desolada, sintiéndome miserable y a la vez traicionera. Había estado a un milímetro de besar a alguien que no era mi novio, y ahora, lloraba amargamente porque esa persona había decidido unilateralmente cortar cualquier contacto conmigo.

Sabía que Draco cumpliría su promesa, y que cuando llegara al departamento, sus cosas ya no estarían ahí, y no me equivoqué. A penas puse un pie en su habitación, pude notar que ya no quedaba nada de su propiedad, se había marchado, para siempre, dejándola tal cual como se la había entregado, después de mudarme a la habitación de Ron.

¿Qué sería ahora de mí? ¿Qué pasaría conmigo cuando lo viera en los pasillos de la Academia? ¿Tendría las agallas para mirarle a los ojos y hacer como si nada? ¡Y Ron! ¿Podría dejar de sentirme culpable cada vez que él tenía esos detalles cariñosos conmigo? ¿Cada vez que me abrazaba para susurrarme cuanto me quería?. Me sentía podrida, un yogur vencido y con pelos incluido. Era lo peor.

Unas risas llegaron desde la sala de estar hasta mis oídos, y fui a ver que pasaba extrañada, sin imaginarme nunca lo que vería en ella. Pero era una realidad.

Ahí estaba Ron, del brazo de una mulata despampanante, felices de la vida, borrachos los dos. Él la besaba como si no existiera mañana, y ella trataba de desabotonarle la camisa, con una habilidad propia de una prostituta. Sentí como mi alma se quebraba en mil pedazos, y un gemido de dolor se escapó de mis labios, antes de reaccionar como debía: con furia infinita.

–¡Me puedes explicar qué demonios haces con esta mujerzuela! –vociferé destrozada, tomando un plato que reposaba en la mesa ratona para lanzárselo por la cabeza.

Él, a pesar de encontrarse más borracho que gnomo en navidad, lo esquivó fácilmente, y me miró con descaro, como si no estuviera haciendo nada malo. De hecho, me miraba como si le complaciera que lo hubiera pillado con las manos en la masa.

–Lo mismo que tú hacías con Malfoy, Hermione –masculló, soltándose del brazo de la mulata, haciéndole señas para que lo esperara en la puerta de entrada.

La mujer se retiró, no sin antes lanzarme una mirada despectiva, sabiéndose más hermosa y atractiva que yo. Por mi parte, poco me importó, pues estaba paralizada. "Lo mismo que tú hacías con Malfoy, Hermione" se repetía en mi cabeza, y un peso llamado "conciencia" se instaló en mi espalda.

- ¿De qué hablas? –solté cuando pude recuperar la voz.

–Tú lo sabes. No te hagas la inocente, que el papel ya no te queda, ya no soy tan estúpido. ¿Acaso crees que no sé que te traes algo con él? –espetó con rabia.

–Yo... no... –balbuceé, sintiéndome atrapada entre la espada y la pared.

–¡Niégame que sientes algo por el hurón de pacotilla! ¡Niégalo!

Por segunda vez en el día, ante una pregunta importante, callé. Fui incapaz de negárselo, así como fui incapaz de asegurarle a Draco que lo dejaría por él. Sabía que mi silencio me costaría caro, otra vez, pero por más que trataba de buscar una salida fácil a la situación, no vislumbraba ninguna dentro de mis posibilidades. Estaba obligada a enfrentar la verdad, y hacerme cargo de mis sentimientos.

–Lo sabia, ¡Lo sabía! –exclamó, apuntándome acusatoriamente con el dedo–. Aunque una parte de mi esperaba fervientemente que me mintieras. Te hubiera creído con tal de no perderte. Pero la verdad es más fuerte, y por lo que veo, en mis ausencias te "divertías" con él, ¿no?, fui demasiado estúpido, confié ciegamente en ti a pesar de lo obvia que eras... ¡y yo que te respetaba!, dime algo, ¿te acostabas con él en mis ausencias?

Eso fue como si me hubiera escupido en el rostro. ¿Qué se creía para decirme eso? ¿Por quién me tomaba? Sus palabras me dolieron hasta el tuétano, y tuve que contener las serias ganas de abofetearlo, o conjurar una bandada de canarios para que lo atacaran por mí.

–¡Draco jamás me puso un dedo encima! –grité, desgarrándome la voz en el acto–. ¡Y ojala lo hubiera hecho! ¡Eres un imbécil! ¿Te metes con cualquiera sin darme la posibilidad de explicarme? Para variar actúas precipitadamente, ¡Eres un estúpido!

Él rió falsamente, y desde mi posición podía sentir su olor a alcohol.

–Ya es tarde para mentir, Granger –soltó frío, y escuchar de sus labios mi apellido fue peor que recibir un crucio–. ¿Jamás te puso un dedo encima? ¡Por favor! ¡Para de mentir! Te vieron jugueteando con el hurón a orillas del lago japonés. Al menos podrías haber pensado un poco en mi y no hacer esas muestras de afecto en público. Quedé como un cornudo, aunque merecido lo tenía, por estúpido, en eso concuerdo contigo. Pero ya no lo seré más. Ya no –agregó dolido.

Con una última mirada llena de dolor y desprecio, caminó hasta la puerta de entrada, tomó la muñeca de la mujer que lo acompañaba y la arrastró a la salida con él, cerrando de un fuerte portazo que retumbó en todas las paredes.

Sabía que esa noche, Ron Weasley no llegaría a dormir...

Y que no dormiría precisamente solo.

Corrí a mi recuperada habitación y me encerré en ella, aplicando rápidamente todos los hechizos protectores que se me ocurrieron en mi precario estado anímico. Me deslicé por la puerta hasta quedar desparramada como una muñeca de trapo en el piso, con la visión totalmente nublada por las incontrolables lágrimas y el cuerpo tembloroso como una hoja al viento. A gatas me fui hasta la cama y me recosté en ella, sintiendo como el olor de Draco aún permanecía en las sábanas y chocaba contra mi nariz. ¿Por qué me tenía que suceder a mí? Que yo recordara, no había hecho nada malo, ¿O Merlín tomaba en cuenta también los pensamientos?

La imagen de Ron tratando de comerse a esa desconocida por los labios se repetía una y otra vez por mi cabeza como disco rayado, y cada vez dolía más, dolor que me recordó que una parte de mi lo amaba, la parte que no estaba con Draco.

Porque mi corazón estaba partido en dos, y cada uno tenía su propio dueño. Antes no era tan terrible, pues al menos una parte estaba feliz. Pero ahora ambas se desangraban profundamente, y en cualquier momento ese importante órgano que bombeaba sangre al resto del cuerpo sería una pasa deshidratada.

Lloré, lloré, y después, seguí llorando. Gasté toneladas de pañuelos, y mis ojos estaban tan hinchados que a penas se abrían. No tenía la idea de cuanto tiempo había pasado desde la pelea con Ron, pero el sólo pensar que en esos momentos probablemente se estaba revolcando con esa mujer de mala clase, me causaba un dolor asfixiante, y pensaba que jamás sería capaz de superarlo.

Miré el reloj que estaba colgado en la pared del frente para comprobar la hora, y luego, por inercia miré el calendario.

Primero de marzo.

Mi rostro se desfiguró del horror y todo comenzó a cobrar sentido. Me había olvidado del cumpleaños de Ron. Lo había abandonado para irme con su peor enemigo, y luego, tuve la mala suerte de que me vieran con él en una situación poco decorosa. ¿Qué podía pedirle que pensara? Nunca había creído en el Karma, pero ahora no me quedaba alternativa.

Malfoy se había ido de la casa para no volver, y Ron estaba convencido de que lo había traicionado, traicionándome por despecho sin saber que todas sus conjeturas si bien eran ciertas, jamás habían llegado al desenlace que él creía. Porque jamás había dejado de quererlo, simplemente mi corazón se empeñó en enamorarse de alguien más.

Me puse a llorar otra vez, escondiendo la cara en la almohada. Porque no pude decidir entre ellos. Ellos decidieron por mí.

Y ahora estaba completa e irremediablemente sola. Alexander tenía razón cuando me dio aquel sabio consejo.

Si no decidía rápido, alguien terminaría sufriendo

Y resultó que terminamos sufrimos los tres.

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