Este oneshot está inspirado en Pecados en la Sangre, otro de mis fics. Si no lo leyeron, quizá algunas cosas puedan resultar confusas. Disculpen por las molestias.


Esta antología parte del reto lanzado por la página de Facebook Lo que callamos los fanfickers.


LO INEXPRESABLE


—el placer de los sentidos—


Reto XI

Muerte de tu personaje favorito


"Recuerdo"

Trunks x Pan


«Nada de Príncipe Feo, él era bello, y no sólo bello, era hermoso».

(Pecados en la Sangre)


—¿Recuerdas qué sucedió aquí?

Su voz está débil, gastada. Los años los han afectado a los dos, aunque a él se le nota mucho más: es que un saiyajin vive muchos años en una total plenitud donde los cambios suceden, mas son nimios. El ADN saiyajin hace que la juventud sea larga en pos de las batallas; su ADN los hace mantenerse en un vigor extraordinario hasta una edad avanzada. Sin embargo, cuando la vejez llega lo hace de golpe, de un puñetazo. Así le ha pasado a él.

Se acerca la despedida definitiva.

Él lo sabe; ella, también. Han vivido juntos durante tantos años que ya han perdido la cuenta. Han sido muchísimas décadas, en total, pero a él la vejez le ha llegado con más violencia que al saiyajin promedio. Tal vez porque en sus venas también hay sangre terrícola, sangre que ella ha aprendido a apreciar por ser parte de lo que a él lo constituye. Sin embargo, ahora siente un desprecio visceral por ella; ese porcentaje terrícola se lo está llevando unos pocos años antes de lo pensado, y aunque un saiyajin deba sentirse siempre ciertamente afortunado de morir por vejez y no en el campo de batalla donde la muerte ronda de forma excluyente, no, ella no puede perdonar a ese porcentaje, porque han pasado demasiadas décadas juntos y no se ha sentido suficiente.

Nunca. Con alguien como él, nunca será suficiente.

—¿Recuerdas...? ¿Pan...?

Ella contiene las lágrimas. No quiere responder, porque su respuesta desatará llantos y emoción, debilidad, y no, ¡no!, ella es la bisnieta del gran Bardock, aquella leyenda de la Clase Baja. No le gustará nunca ser sensible, dejarse llevar por las emociones, llorar, sufrir. Lo de ella es lo de siempre: pelear y reír, reír con todas sus fuerzas en la batalla, ganar cada pelea con una risa estridente brotándole del alma.

No sirve para esto.

Y sin embargo, responde:

—Sí, Principito. ¡Claro que lo recuerdo! Pero no seas nostálgico, por favor: sabes que no lo tolero.

—Pan... Sé que no te gusta, pero, bueno, hoy lo necesito. Hoy, ahora.

—¿Para qué? ¿Con qué fin?

—Para poder irme feliz...

Ella siente cómo los párpados se le llenan: un calor, el de las lágrimas, se hace notar. Pero no, nunca: con fuerza abismal, no las deja caer.

—Aún no te vas.

—Sabes que sí, mi amor. Ya falta poco, lo sé. Por eso quise venir aquí: quería venir a recordar eso, la primera vez que nos vimos, la primera vez que nos tocamos, la primera vez que nos unimos...

—Yo no quiero recordar —responde ella, impetuosa.

—¿Por qué no?

—¡Porque aún estás aquí!

—Pero Pan...

—¡AÚN ESTÁS AQUÍ!

Y ella llora como si la vida se le fuera en ello. Y sí, se le va. Lo ha amado la vida entera, con la fiereza de una saiyajin e incluso con la cursilería propia de los terrícolas. Lo ha amado de todas las formas en que una mujer puede amar a un hombre, con una pasión que ni ella misma se conocía, desgarradoramente. No ha habido calma ni una sola vez, quizá por la sensibilidad exacerbada por las heridas incurables de él, quizá por la obstinación y capricho de ella, que en él siempre ha encontrado su batalla favorita.

Trunks le ha inspirado demasiado, por eso es que se niega a entregarse a la nostalgia, a rememorar el pasado, a mirar hacia atrás. ¡No! Él aún está aquí; ella aún lo siente, lo percibe, lo ama. ¡Para qué recordar, si están aquí! Si están, si se sienten, si se ven...

¿Para qué perder tiempo recordando, si...?

—Entiendo lo que intentas decir, Pan: sí, aún estoy aquí, pero esa noche fue... Esa noche fue el momento más feliz de mi vida. Quisiera recordarlo ahora, junto a ti...

—¿Pero para qué?

—Para poder despedirme de ti.

—No quiero que...

—Pan, por favor...

Le sujeta la mano; Pan siente, al estar en contacto con Trunks, que toda la vida le pasa ante los ojos: verlo tantas veces entre la multitud sin ser más que una niña de Clase Baja, preguntarle a su bisabuelo por qué el Príncipe cubre su rostro, pensar en cuál de todos los rumores será real, imaginar su supuesta deformidad, creerlo un guerrero de gran talento pero portador del peor punto débil: la sensibilidad. La humanidad. Verlo andar entre las personas, con su casco reflejando todo cuanto lo rodea, tan inalcanzable y triste joven detrás de tan poderoso y talentoso guerrero. Dos personas en una, el que todos ven, el que nadie conoce; dualidad, un enigma sin resolver. Y al final, con la rebelión de Nappa y la elite, el joven que desea salvarla de la muerte, que la encierra en su cuarto para protegerla, que la salva de una violación que sin dudas desembocaría en la muerte, que la cuida, que la cura, que la incentiva a luchar, a vivir. Y mientras, escucharlo gritar tras la puerta, escucharlo insultarse, escucharlo llorar. Escucharlo y saber que algo malo sucede, abrir la puerta y ver sangre por todas partes, ver cómo el espejo está roto y uno de sus trozos está en su mano, ver decenas de cortes en sus brazos.

Sonreír al aroma de su sangre.

Curarlo, animarlo, decirle tonteras para hacerlo reír, eso sobre ver a su bisabuelo y tío bañándose fuera de la casa. Entrenar juntos para vencer a los rebeldes, ir a la Tierra a buscar respuestas, encontrarlas en Bra, retornar a Vegetasei y verlo pelear contra Broly la histórica Batalla de las Luces Doradas. Convertirse en reyes por la unión de sus sangres, librar mil batallas más, tantas historias que llevaría demasiado tiempo rememorar, que necesitan su propio espacio para desarrollarse.

Verlo por primera vez sin el casco aquí mismo, en este bosque de la Tierra, sobre estas rocas y bajo este cuarto menguante.

—Sé que no fue fácil estar a mi lado, Pan. Lo sé, y lo lamento mucho...

—No empieces, Principito. Estuve a tu lado porque quise, no por lástima. Nunca has sido una carga para mí.

—Pero no fui fácil. Sobre todo los primeros años: tardé demasiado tiempo en...

Y acaricia sus propios brazos mientras Pan lo observa absorta. Cuántas veces se cortó de nuevo, cuánto le costó amarse a sí mismo, cuánto tardó en encontrar algo bueno dentro de su propio ser. ¿Lo encontró en realidad?

¿Lo encontré de verdad?

—Pero lo conseguí —dice él como leyéndole la mente—. Pude: luego de tanto, de tantas cosas, de tantos problemas, pude. Pude quererme, Pan. Y fue gracias a ti, a ti y a Bra.

Ella niega con la cabeza.

—Fuiste el único responsable. Nosotras sólo te apoyamos. Nada más. El logro es tuyo, Principito.

Él ríe. La risa, en él, siempre se verá particular, como fuera de contexto; honesta por lo infrecuente.

—Cuando no te quieres, Pan, no puedes salir solo de eso. No puedes, no hay manera... Aunque digas que no hiciste nada, que lo superé solo, no, porque sin tu apoyo y el de Bra me hubiera destrozado a mí mismo hace mucho tiempo. Quiero decir... Siempre odié los espejos. Los odiaré hasta el último minuto de mi vida. Pero cuando no te quieres necesitas un espejo, uno que refleje ante tus ojos todo lo bueno que hay en ti. Y yo nunca lo había encontrado, en nadie. Dentro de ese casco, de nadie. Hasta que...

»Pan, tú y Bra son espejos para mí. En las dos, de distintas maneras, pude verme tal cual soy. Sin ustedes y sin mi última charla con papá... Sin todo eso, jamás hubiera podido sobrevivir.

»Odiarse es lo peor que una persona puede hacerse, es lo más bajo y lo más injusto: al odiarte te desconoces, no sabes quién eres, eres un desconocido para ti mismo. Miras al espejo y no ves nada, en realidad; no ver nada te destruye. Pero cuando las personas adecuadas aparecen, mirarse y reconocerse en lo esencial es posible.

»No siempre podemos solos. A veces, necesitamos el apoyo de alguien más.

»Sí: si yo no hubiera entendido todo esto no hubiera podido salir adelante, pero sin el apoyo las dos jamás me hubiera salido. Quiero decir...

Las manos se aprietan más. No necesitan mirarse: lloran los dos.

—¿Qué, Principito?

Y él la mira: Pan ve los signos del envejecimiento, la piel gastada, el cabello que es más blanco que lila, y sin embargo, los ojos siguen iguales. Los ojos de Trunks, esos dos orbes inmensos y tan llenos de tanto, tan vivos, tan especiales, no han envejecido un minuto. Siguen siendo un reflejo del cielo terrícola, el color exacto del mejor de los días, la tristeza y la inocencia entremezclados con el más punzante sufrimiento, ese del que siempre será, el joven que se odiaba demasiado a sí mismo y no sabía mirar a los ojos, que tantas dificultades tenía para todo. En lo esencial, en su alma transmitida por sus ojos, él nunca envejecerá.

Su sentir es eterno. Tan eterno como el amor que le refleja a ella.

Y ella entiende, y al hacerlo lo abraza desesperadamente.

Trunks la trajo aquí para que ella lo recuerde, cuando él no esté más, en lo más esencial. Para que ella recuerde sus ojos y todo lo que les significó mirarse por primera vez aquella vez, la noche de la luna en cuarto menguante y el ritual de unión ejecutado magistralmente.

Lloran uno contra el otro. Pan sabe cuán especial es este momento para él, rememorar el que quizá sea el primer momento en su vida en el cual se pudo reflejar en los ojos de alguien más y ver, en el reflejo, amor. El que sentía por ella y, sobre todo, el que ella sentía por él.

Esa fue la primera vez que él sintió un ápice de amor por sí mismo.

Esa fue la primera vez que sintió fuerzas para seguir.

—Maldita sea, Principito —chilla ella, furiosa—. Te voy a extrañar...

—Y yo a ti, mi amor. Gracias por hacerme tan feliz...

—Gracias a ti...

Y él la mira por última vez.

—¿Me lo dirás?

—¿Qué cosa?

—Te amo, Pan.

Y ella finge fastidio sabiendo que es inútil hacer algo semejante; las lágrimas no le dejan mentir sobre sus sentimientos. Las lágrimas son su verdad.

—Odio cuando me haces decir cosas terrícolas, pero está bien, te daré el gusto: también te amo, Principito. Y siempre te amaré...

Se miran, y ninguno ve al que es, sino al que fue, al eterno del primer amor, al que siempre serán al unirse: el joven y dañado Príncipe Feo, la impertinente niñita de Clase Baja. Esos ven en el otro, y el beso no tarda en producirse.

Él está débil; el beso no se torna salvaje sino que se limita a expresar el agradecimiento de una vida entera compartida. Y sin embargo, recuerdan juntos mientras aprietan sus labios tantas noches vividas, tantas danzas realizadas, tanta sangre dada y recibida. Se recuerdan amándose, a veces despacio, a veces violentamente, a veces entre risas y otras en total llanto. Lo recuerda, ella, a él llorando a lágrima viva moviéndose dentro y fuera de su cuerpo, la pasión una tan excesiva como real, genuina; penetrándola y llorando sobre ella, sonriéndole con encanto con las cicatrices brillando en sus brazos, cada noche más agradecido que la anterior por tenerla, por poder ver en ella no sólo a su Reina, al amor de su vida, sino por poder, gracias a ella, curar milímetro a milímetro las más profundas heridas de su corazón.

Esa vez, en esta historia, fue ella quien lo salvó.

Y él a ella, por supuesto. Y él a ella al alimentarla con su ímpetu, al instarla, al celebrarle su pasión. En la batalla, luchando por lo que creían correcto; ahí, él la salvó.

Y la salvará.

...

Detrás de ella está el fruto de los dos, el culpable de todo y el milagro de su unión: su cabello negro y sus ojos azules lucen grises hoy, como todo, como la vida ahora que el Rey ha muerto. Mañana, ella le dará el poder a él, se lo dará para que lleve a los saiyajin más allá de esta era de plenitud que han vivido. Y ella será Reina Madre, dedicará el final de sus días a educar a sus nietos, a relatarles las mismas historias que su bisabuelo le relataba a ella ante el fuego, esas sobre Freezer, Broly, el Rey Vegeta y la Era de la Auto-superación. Las contará como su bisabuelo las contaba, con la misma pasión y la misma antipatía. Mientras, esperará.

En sus brazos tiene la vasija que contiene las cenizas; entre las personas que se ven desde el techo del Palacio vislumbra un gran número de híbridos: son ellos quienes más emoción transmiten, aunque no los únicos. Ella les sonríe antes de lo siguiente, de la despedida, del adiós:

—¡Despedimos con honor al Rey Trunks de Vegetasei, hijo del Rey Vegeta y Bulma Brief, excepcional guerrero híbrido que demostró que la diferencia puede ser una virtud! ¡Que la diferencia puede llevarse con orgullo! ¡…Que la diferencia puede honrar a nuestra Sangre Saiyajin! —Vacila: lo recuerda conteniendo las lágrimas en una ceremonia idéntica, cuando despidió a su padre luego de la batalla; así como él lo hizo, ella se contiene—. ¡SU LEGADO PERMANECERÁ POR SIEMPRE EN NOSOTROS! ¡En nuestras venas, en nuestra sangre! ¡PARA SIEMPRE! ¡Porque sin idealismo, no hay pasión! ¡Porque sin pasión, no hay lucha! ¡Porque sin lucha, no hay victoria! ¡ESO SOMOS LOS SAIYAJIN!

Y vacía la vasija desde el techo del Palacio.

Y entre llantos, gritos y aplausos, el pueblo entero lanza energy-ha al cielo en eterno tributo.

Su hijo la abraza. Eres grande, mamá, le susurra con una voz casi idéntica a la de quien ha muerto hoy. Ella solloza; no obstante, mantiene la frente en alto. Susurra al cielo, se lo pide a la energía que viaja sobre ella, al ciclo que vuelve a repetirse y se repetirá:

—No olvides tu promesa…

La última frase que le escuchó decir antes de perderlo, la misma que, sin saberlo Pan, Bulma le había dicho a Vegeta alguna vez:

«Nos volveremos a ver, te lo juro».

—Nos volveremos a ver, Principito…

En lo que se ganaron al luchar tantas honorables batallas: la eternidad.

Mientras, con sus nietos, imitando a su bisabuelo y sus historias, esperará.


Nota final

Holi. Gracias por leer hasta acá.

Quiero contar algo, prometo no extenderme: cuando empecé el reto se me ocurrió que el día de la muerte del personaje podía ser un Trunks x Pan. Los días pasaron, y me di cuenta de algo: tenía ganas de escribir a este Trunks y esta Pan, a los de Pecados.

Estaba antojada de ellos dos.

Y nada: lo hice. Pueden tomar esto como un posible final de las vidas de Trunks y Pan como reyes de Vegetasei, aunque este final puede tener sus variaciones conforme lo que suceda en El pacto. No quise ahondar en detalles porque aún (aunque hoy me hayan mandado un review a El pacto que decía algo así como «amén a la resignación», que ya no iba a esperar más a que lo continuara) planeo terminar El pacto. ¡Sí! Me va a costar, pero siempre fueron tan lindos conmigo, lectores, que siento que no puedo abandonar el barco sin finalizar esa historia. ¡Y no lo voy a hacer! ¡NUNCA! El año que viene, si logro terminar este reto y Tres formas de unión, sólo me va a quedar El pacto y Recuérdame por finalizar. Es mi intención dedicarme a ellos dos y ponerles todo mi corazón. Es mi idea, y hoy, al escribir esto, encontré una especie de clave para poder seguir. ¿Cuál? Me di cuenta de por qué me gustaba tanto Pecados.

Pasé años intentando recordarlo, y apenas hoy, al dedicarles este pequeño tributo a Trunks y Pan, me di cuenta de qué era. Creo que si me dejo llevar por esta emoción intensa que siento en lo más hondo de mi ser en este preciso instante (la cual espero haberles transmitido en esta pequeña historia) puede salir algo digno. ¡Ojalá! ¡Nada deseo más!

Nada… En realidad estoy mintiendo: no lo recordé; lo descubrí. Esa es la palabra. No hay mucho más por explicar al respecto, voy a dejar esa respuesta dentro de mí. Lo único que les voy a decir es que me emocioné MUCHO escribiendo esto, y la emoción me tomó incluso desprevenida. Fue mágico.

Ese hijo del final… Siempre tiendo a imaginarme que Trunks y Pan tendrían un hijo varón, no sé por qué, y me lo imagino de pelo negro y ojos azules. ¡Seguro sería hermoso! Y muy fuerte. Quise mencionarlo porque creo que ameritaba.

Nada más.

Voy a ver cuándo termino el reto. Intentaré subir algo en los próximos días, dependiendo de mi ánimo (que hoy no está en su mejor día). Sino, será después del 17 de diciembre.

Sin más… ¡Gracias por tanto y perdón por tan poco!

Nos leemos pronto. n.n


Dragon Ball © Akira Toriyama