Hola, aquí llego con un nuevo capítulo de este bonito fic.
Yowapeda no me pertenece si no a Watanabe-sensei.
Sin más, disfruten de su lectura.
10
A la inversa
Los días pasaban, a veces de forma rápido, otras de manera lenta; para cuando madre e hijo se dieron cuenta habían transcurrido dos semanas. Su rutina se movía entre la habitación, los jardines del hospital y charlas que buscaban saciar la curiosidad de Noriko. A veces, Akira salía de aquel viejo oasis de infancia, sólo para visitar el distrito comercial. Iba a la tienda de ciclismo a preguntar por las llantas que necesitaba (echaba tanto de menos montar su bicicleta. Ansiaba sentir el viento acariciar su rostro, mientras pedaleaba. Rápido, rápido, más rápido, para dejar muy atrás sus pensamientos y la realidad extraña en que vivía últimamente); unas veces deambulaba por las tiendas buscando una serie de encargos por parte de madre (en ocasiones volvía entrada la tarde, pues se aseguraba de llevar todo lo de la lista. Quería ver complacer a su madre y, en secreto, disfrutar los halagos y agradecimientos por su esfuerzo); y otras más, sencillamente andaba por los caminos que solía utilizar (sus ojos se perdían en sus zapatillas deportivas y su mente se ponía en blanco, como si sólo existieran las zapatillas, el camino y él; sólo volvía a saber del mundo cuando estaba a las puerta del Kyoto Fushimi. Dedicaba un par de pensamientos al equipo de zaku, lo cual era asqueroso, y emprendía su camino de vuelta al hospital).
Ni madre ni hijo se quejaban en realidad de su rutina, pese a que en un par de ocasiones el chico preguntó a la enfermera con delirios de hechicera, por la forma de volver. Y ésta se limitó a responder que a su debido tiempo todo volvería a la normalidad.
O, no se quejaban, pesé a saber lo delicada que era la situación, después de la escena que protagonizó Noriko con su hermana. Pocos días después de la primera visita, Noriko recibió a su hermana quien, con lágrimas en los ojos, le explicó que Akira estaba desaparecido. No sabía dónde podía estar, pero que ya había dado aviso a la policía y estos tomaron en el asunto. Akira, que escuchaba todo desde su escondite en el reino de la diosa de las manchas, se atrevió a mirar por una pequeña abertura en la puerta. Se sorprendió: era la primera vez que veía a su madre tan molesta y tan fuera de sí. Vio a un par de enfermeros entrar para sacar a su tutora y evitar que siguiera alterando a la paciente. Pero la cosa no quedó ahí, cuando Noriko logró calmarse, preguntó a su enfermera mágica por el paradero del Akira 10 años y la respuesta no gustó al de 16 años. "Está donde debería estar él... Akira-kun está bien. Lo están cuidando como se debe... Tienes unos mayores muy dedicados. En especial ese Ishigaki, tu capitán. Se nota que te quiere mucho". La simple idea de que esa panda de zaku estuvieran cuidando de su yo de 10 años le resultó asquerosa, aun peor oír que su amable y adorado capitán estaba haciendo de las suyas con el niño. Terminó por volver el estómago, para mayor preocupación de su madre.
Pero pesé a ello, no se quejaba de la forma tan tranquila en que se dirigía su vida en ese tiempo distante. Sí, sus mayores debían estar haciendo un desastre con el niño y los entrenamientos, pero él estaba bien. Sí.
Tras ese incidente, Noriko sólo podía rezar porque de verdad esos chicos estuvieran cuidando debidamente a su bebé; pero también, le alegraba y tranquilizaba saber que existía alguien que se preocupaba por su hijo y que esperaba su regreso. Porque era cierto que ese Akira era muy retraído, pero no se podía culparlo. Tenía sus razones para ser tan reservado y tener esa mirada perdida. Noriko se atrevió a preguntar un par de veces a su hijo acerca de esos compañeros tan dedicados. Akira se ponía a la defensiva, pero sin darse cuenta terminaba por contar todo. Eran parte del equipo titular de ciclismo; que eran mayores que él: dos de segundo y tres de tercero; que no tenían nada de especial, que sólo se quejaban de los entrenamientos, pero que compensaban su falta de talento con perseverancia; que Ishigaki y Yamaguchi gustaban del basquetbol y en ocasiones invitaban al resto a jugar pequeños partidos; que Tsuji lucía algo mayor, que era tranquilo y que pasaba su tiempo libre escuchando jazz; que Ihara era bromista y un poco friki, leía cuanto comic americano podía conseguir; y Mizuta gustaba llamar la atención como fuera y pasaba su tiempo libre coqueteando con chicas, sin mucho éxito.
Que a veces, por las tardes, se reunían y salían por ahí. Iban al karaoke o a jugar lo que se les ocurriera. Que él, Akira, nunca los acompañaba aun cuando lo invitaban cada vez que salían.
—Supongo que lo hacen por compromiso —explicó aquella tarde. Akira había vuelto del distrito comercial con las ruedas que necesitaba para su bicicleta y Noriko decidió que quería tomar aire mientras le hacía compañía a su hijo. Sentada en su silla de ruedas, lo veía serio y concentrado en el mantenimiento de la bicicleta mientras le conversaba acerca de una vez que uno de los mayores graduados del club, les llevó sandía, y que los había invitado a tomar algo después de los entrenamientos.
Noriko escuchaba atenta, siempre con una sonrisa discreta de aire soñador. Insistía, Akira era retraído, por eso atesoraba esos momentos en que se explayaba sin que ella se lo pidiera. Su hijo parecía querer hacerse el rudo con sus mayores, y por lo que ella escuchaba y entendía, esos chicos no invitaban a su hijo a pasar la tarde con ellos sólo por compromiso. Lo hacían porque de verdad querían pasar rato con él. "Creo que les di un pequeño bastante molesto".
—Que agradable muchacho. ¿Lo has visto? —comentó feliz una vez el chico terminó su relato. Una suave ventisca sopló, los mal cortados mechones del ciclista se mecieron en su cabeza sin que éste se molestara. Su atención estaba fija en su bicicleta. Noriko se arropó en el delgado jersey que reposaba sobre sus hombros.
—Un par de veces. Visita mucho a Ishigaki–kun. Incluso estuvo en el segundo día del inter escolar. Pero nunca he hablado con él, es un zaku común.
Noriko no podría acostumbrarse del todo a la manera en que se expresaba: kimo, zaku...cuando creía entender su significado, Akira los empleaba en un contexto nuevo. Suspiró, debía resignarse, así era Akira.
—¿Y tú? ¿Qué tal tu tarde? —preguntó el chico mientras hacía girar la cadena lentamente para embadurnarla de aceite.
—Muy bien —respondió alegre, dando un pequeño salto en su silla, como si fuera una niña a la que al fin el profesor le ha cedido la palabra—. Hoy hablé con el doctor que me trata —esperó a que el chico la mirara. Pasaron unos segundos de silencio, Akira lo notó y apartó la vista de su labor. Los enormes y vacíos ojos se fijaron en ella—. Le pregunte sobre la operación. Dijo que existe, aunque se sorprendió mucho que yo supiera de ella —rió como si aquello fuera un gran chiste—. Ya, seria —respiró hondo—. Por mi perfil soy candidata...
Los ojos de madre e hijo coincidieron unos instantes antes de que los vacíos y violáceos iris se apartaran con indiferencia: no habían vuelto hablar del tema. Noriko era consciente de la decepción que debía sentir su hijo. No entendía porqué su otro yo no había accedido a someterse a la operación. ¿Qué había pasado? ¿Qué era diferente? "Todo", pensó. Vio los largos dedos trabajar en la cadena. El semblante serio y concentrado en su labor. Los labios ligeramente tiesos que desaparecían en una fina línea; los párpados ligeramente caídos pero la pupila fija en su labor; y su pequeña nariz levemente fruncida, como si con esto pudiera dar más precisión a sus movimientos. Era un rostro varonil y agradable a su manera. Ese Akira ya no era un niño, aun cuando muchos de sus modos decían lo contrario.
—Me voy a someter a la cirugía —dijo finalmente. Los largos dedos se detuvieron y algo pareció ocurrir en el interior del chico porque los párpados se levantaron y los enormes ojos temblaron, pero no la vieron—. Debo esperar un poco. Como es un procedimiento muy nuevo... Será costoso, pero valdrá la pena. Además, he pedido que, de ser posible, me consigan un uno por ciento más de éxito.
Finalmente los ojos de Akira se elevaron y se fijaron en ella. El ciclista miró sorprendido la decisión pintada en el rostro de su madre. Que se iba a someter. ¿Por qué? ¿Por él? No. De seguro que lo hacía por el niño. Se relamió de forma nerviosa los labios y sus dedos juguetearon con el sucio trapo con que había estado pasando la cadena de la bici.
—Un uno por ciento, ¿no es ambicionar demasiado? Uno por ciento pueden ser años de estudio...Un
—Sí.
—Deberías conformarte con el 50 por ciento.
—Lo haré si no lo consiguen de aquí a la fecha de operación. Pero por mientras, quiero aferrarme a esa esperanza, ¿entiendes?
Asintió suavemente e intento ignorar el bullicio de emociones que comenzaba a nacer en su interior. No sabía cómo sentirse. Feliz, enojado, nervioso. Pero igual, ¿a él en que le afectaba? Ese no era su tiempo. Esa no era su madre. Era una dulce ilusión que llevaba su mismo rostro marchito y su calor de muerte. Cuando volviera a su tiempo —porque iba a regresar, ¿verdad? —, aquello que estaba viviendo se convertiría en un simple recuerdo; una vivencia que terminaría por borrarse con el paso del tiempo, y si no, quedaría como una vieja fotografía, a la que los años no perdonan su caminar y quizá lo miraría como los días más extraños de su vida.
Tan inmerso estaba en sus pensamientos que no reparó en el rostro ladeado y llenó de curiosidad de su madre, ni de la pequeña figura que se posicionó unos pasos por detrás de él.
—Este...¿es una bicicleta de carreras?
La pregunta, hecha por una voz que comenzaba a dejar la infancia, lo tomó por sorpresa. Echó la cabeza hacia atrás causando que un par de vertebras sonaran en el proceso. Su mirada se topó con un niño de unos 10 años, quizá más; de cabello negro y algo despeinado, algunos mechones caían sobre su frente semi ocultando una gran herida con sutura en la zona; unos ojos castaño oscuro, pero brillantes. Llenos de vida y un asquerosa amabilidad; y una sonrisa radiantes y común, de dientecitos cuasi perfectos. Era un niño común, nada en particular sobresalía de él. A excepción del aura amable que titilaba en su mirada y que le hacía guiños en la sonrisa. Amable. Tan amable que le resultaba molesta y familiar.
—¿Ishigaki–kun?
El niño, que no parecía asustado por la postura del mayor, lo miró sorprendido por saberse reconocido. (Entonces no tenpia 10 años, debía rondar los 12. ¡Era tan asqueroso!).
—¿Cómo?
—Ah...
El ciclista tragó saliva antes de volver a poner la cabeza en su posición y buscó la mirada de su madre como si pidiera ayuda, pero esta se hizo la desentendida y se limitó a sonreírle. Akira gruñó un poco, lo mejor era esquivar el desliz y hacer como que no había ocurrido. Esta vez le dirigió una mirada por sobre el hombro. Una mirada cargada de impaciencia.
—Sí, es una bicicleta de carreras. Es una De Rosa.
Los ojos de Ishigaki brillaron, se atrevió a dar unos pasos al frente, para molestia de Akira. El niño miró atento la bicicleta. El mayor se preguntaba si para ese entonces sabría cómo se llamaba cada parte del vehículo.
—¿El cuadro no es un poco pequeño? -preguntó dirigiendo una curiosa mirada al mayor. No parecía nada intimidado por el aspecto del otro o por lo molesto e impaciente que lucía. Era tan extraño.
Akira hizo un sonido grosero con la lengua, mismo que sorprendió a Ishigaki, pero no hizo por alejarse o dar señales de asustarse -de verdad, era extraño-. Por el contrario, sonrió e imitó el ademán y sonido.
El ciclista lo miró sorprendido y a su mente volvió un episodio que vivió en compañía de su capitán. Mentía cuando decía que nunca había aceptado una de las invitaciones de sus mayores para pasar la tarde con ellos. Lo hizo en una ocasión. No recordaba qué lo empujó a ir con ellos, pero ahí estaba detrás de ellos, siguiéndolos en silencio, sólo escuchando como se debatían a dónde ir. Unos querían ir al boliche, otros al billar. Yamaguchi e Ishigaki abogaron por el billar, pues creían que él, Akira, se sentiría cómodo debido al poco esfuerzo físico y el uso de planes. No se oía mal, se oía a algo que incluso él podía jugar. Terrible error. Sus manos se las ingeniaron para volverse torpes al momento de tomar el taco y que decir de cuando debía golpear; más allá de meter la bola blanca en los orificios de la mesa, el peligro latente venía cuando cualquier bola salía despedida de la mesa e iba rodando por el piso unas mesas más allá. Eso, si no terminaba como un mortal proyectil cerca del rostro de alguno de sus compañeros —Mizuta, usualmente—. ("Al menos entiende la esencia del juego" oyó comentar a Mizuta. mientras Ihara lo ayudaba a incorporarse, después de que la bola roja pasara como flecha cerca de sus pálidas mejillas). Pero él estaba harto, su último golpe había enviado la esfera blanca a la mesa vecina donde otro grupo de chicos brincaron asustados por la repentina aparición.
—¡Kimoi!
Era tonta su frustración, lo sabía, pero era irritante no poder hacer algo tan sencillo y quedar como tonto delante de esos zaku. Jaló de sus mejillas hasta el punto de dejar ver el interior de sus párpados inferiores; y estuvo a punto de dejar tirar el taco, cuando una voz lo interrumpió.
—Kimoi.
Sus dedos quedaron quietos, sus ojos se movieron sin importarles la expuestos que estaban; miró a su lado donde Ishigaki sonreía amablemente, sin rastros de burla, sólo una sonrisa.
—Zaku...
—Zaku -le respondió el mayor sin abandonar su sonrisa amable, esa misma que causaba que los nervios de Midousuji se tensaran. ¿Qué le pasaba? ¿Todo funcionaba bien en esa azotea?
—¿Te estás burlando de mi? —preguntó molesto Sus manos liberaron sus mejillas que ahora lucían unas pequeñas y rojizas marcas. Acercó su rostro al del mayor. Lo vio moverse nervioso, pero no hizo por alejarse. Eso no cuadraba mucho, ¿o sí? Era como si, a pesar de lo intimidante, buscara esa cercanía.
—No —respondió Ishigaki, lo más tranquilo. ¡Y vaya que lo estaba! Tanto que se atrevió a elevar una mano y pinzar con sus dedos la punta de la nariz del estrella. Un gesto juguetón, tal como lo haría con un niño pequeño—. Anda, tranquilo. Te voy a enseñar un juego más sencillo.
Ishigaki no esperó respuesta, lo tomó por la mano libre y lo condujo hasta otra mesa, parecida a la otra en que habían estado jugando, sólo que sin orificios en los bordes. Midousuji ladeó la cabeza y algo de curiosidad se dejó ver en su rostro. ¿Qué era eso? Ishigaki le explicó las reglas, o algo así, pues le remarcó en varias ocasiones que sólo practicara sus golpes y que intentará divertirse. Pero era como una maldición, más de una bola fue a parar a la mesa donde el resto del equipo jugaba ("¡Metí la bola ocho!, festejó Mizuta pero Tsuji le propinó un golpe en la nuca. "Eso fue porque la bola de Midousuji–kun la golpeó, no cuenta"). O a veces no golpeaba nada. La retorcida estrella comenzaba a frustrarse de nuevo, pero Ishigaki, lejos de burlarse de él o impacientarse, seguía repitiendo cada uno de las palabras que decía y haciendo uno que otro de sus movimientos. Midousuji no entendía que pretendía con eso, incluso comenzó a dudar de la salud mental del mayor. Al final, no consiguió ningún golpe correcto, pero no importaba. Pues con cada fallo se animaba a hacer sonidos y gestos más exagerados que eran copiados por Ishigaki, quien sólo sonreía nervioso y abanicaba sus mejillas coloradas por la vergüenza. Se podría decir que se divirtió a su manera aquella tarde.
Volviendo al presente. Miró un momento al niño que aun sonreía amable y cuyos ojos se deslizaban impúdicamente por la bicicleta. No estuvo seguro de que lo empujó a hacerlo, pero alzó una de sus manos y sus largos dedos pinzaron la punta de la nariz en gesto juguetón. Aquello logró que Ishigaki niño soltara una risotada que aturdió al ciclista: era como si hubiera estallado en sus oídos el sonido desordenado de unos cascabeles, que a su vez lanzaban a su visión pequeños destellos amarillos que brillaban con intensidad cada vez que miraba el rostro sonriente y brillante de Ishigaki.
Apartó la mano con gesto nervioso mientras fijaba de nuevo su atención en la bicicleta.
—Un cuadro pequeño tiene menos material, lo que significa que es más ligero y puedes ir mucho más rápido —explicó a la lejana pregunta del niño. Ishigaki abrió los ojos y la boca en señal de sorpresa. Se puso de cuclillas a lado del mayor para seguir examinando la bicicleta.
—Entonces debes ser muy rápido, onii–san.
El alto chico se limitó a cabecear.
—No sé mucho sobre marcas de bicicletas —comentó el niño mientras sus deditos acariciaban la palabra De Rosa del marco—. Tengo una bici armada, muy sencilla, pero útil. Mi papá dijo que si quedaba en una buena posición en mi próxima carrera, me compraría una mejor. Pero, no sé cuál elegir —sonrió avergonzado.
Midousuji parpadeó, lento, como lo haría una criatura de un filme de horror. Recordó que en algún momento Ishigaki le comentó algo acerca de que la Anchor había sido su segunda bicicleta de carreras y que la primera aun la conservaba. ¿Sería esa misma bicicleta que el niño buscaba obtener?
—Puedes pedir una Anchor clásica —dijo consiguiendo la atención del menor en él—. Son ligeras para subidas, pero firmes para llano. Lucen sencillas, pero son muy fieles.
El niño asintió feliz por aquella información, pero pronto volvió a sonreír avergonzado.
—Pero primero debo cumplir mi parte del trato. Debo quedar en una buena posición. Aunque he mirado el recorrido y no será fácil.
Para Midousuji fue muy extraño ver a Ishigaki tan deprimido y desesperanzado. Contrastaba bastante con su usual forma de ser tan alegre y optimista. Notó el brillo de los castaños ojos opacarse levemente y la sonrisa curvarse en un mueca resignada. Ni siquiera cuando amenazó con abandonar el club lo vio así y mucho menos cuando se enteró que habían perdido el inter escolar. ("Hiciste lo que pudiste", le dijo cuando fue a visitarlo a la tienda de la enfermería. La premiación se realizó con bombos y platillos; toda una algarabía, que alardeaba a los nuevos reyes de la carretera, irritaba al menor del equipo de Kyoto. Midousuji imaginó que el mayor iría a reclamarle por el nefasto resultado, después de pavonearse meses enteros prometiendo el primer lugar. "Es lo que tenemos" siguió el mayor "Fue una carrera. Gracias". Aquello desubicó al menor, miró sorprendido al otro, quien sólo sonreía. Amable como siempre. ¿Entendía que habían perdido? ¿Qué todos esos meses de entrenamiento y humillación habían servido para nada? "Descansa, partimos en la noche a casa". Sí, algo no debía funcionar en la cabeza de su capitán).
—Kimo —dijo con molestia consiguiendo que el niño lo mirara sin saber qué ocurría—. Si desde el principio tomas esa actitud es obvio que no lograrás nada. Es patético. El camino es el mismo para todos, zaku —hizo mover los pedales para acomodar la cadena. Y una vez se aseguró que giraba correctamente. Se puso de pie y enderezó su bici. Al fin su amada De Rosa estaba en orden.
—¡Es increíble! —exclamó emocionado Ishigaki. Sus castaños ojitos brillaron ilusionados y de nuevo Midousuji encontró fuera de lugar ese gesto. Bien recordaba la expresión de su mayor al ver la De Rosa modificada por primera vez. Era una mirada de extrañeza y hasta de terror. Lo sabía: su bicicleta podía causar ese efecto en las personas. En realidad, todo él causaba esa reacción. Así que, ¿por qué ese niño lucía tan entusiasmado por semejante cosa? —. Es una bicicleta increíble, onii–san y tú también eres genial. ¡Eres muy alto! ¿Cuánto mides? De seguro tienes mucha ventaja con esa altura. Ya quisiera ser así de alto cuando crezca.
—Kimo.
¿Ishigaki no iba a dejar de sorprenderlo y causarle sorpresa? Ishigaki no era tan alto como él, pero tampoco era un enano. Además, él también creyó que su estatura lo pondría en ventaja con otros competidores, pero bastaba recordar a cierto par de escaladores más bajos que él. Uno del tamaño de un hámster y el otro con la altura de un zaku cualquiera.
—En el ciclismo hasta el más pequeño puede dar la sorpresa —respondió con tono molesto. Bajó la mirada para ver los ojitos castaños del niño. Lo veía con verdadera admiración. Y de nuevo, eso era extraño.
—¡Tienes razón! Si uno se esfuerza lo suficiente puede hacer lo que sea, ¿no? —concluyó con alegría—. Sí, tienes razón, onii–san. Gracias. No sé porque estaba tan nervioso. Daré lo mejor de mi. No ganaré, pero correré de la mejor manera para no arrepentirme.
Al mismo tiempo, Noriko veía sorprendida todo. Había guardado silencio, permitiendo que su hijo conversara con ese niño, que al parecer, en unos años sería su senpai. Era la primera vez que veía a su hijo conversar con alguien más que no fuera ella. Y la conversación le salía con fluidez. No parecía incómodo y escuchaba atento las palabras de ese niño, Ishigaki Koutarou. "Es un zaku, no tiene importancia". Esí lo habí descrito, pero quizá... Bueno, sólo Akira podía decirlo.
Al poco tiempo la bicicletas quedó de lado y madre e hijo supieron que Ishigaki estaba en el hospital por un accidente con la bicicleta, para no variar.
—Mi bici quedó intacta —explicó alegre mientras apartaba el flequillo y les dejaba ver una larga herida con suturas. Y si lo veían bien, podían reparar en algunos cortes menores en los brazos y piernas del niño. La familia Midousuji no lo sabía, pero ambos pensaban lo mismo, que era una suerte que ese mocoso saliera con sólo esos cortes después de tan aparatosa caída (estrellarse contra un árbol y salir rondando varios metros por un camino empedrado cuesta abajo) —. No duele, pero mamá entró en pánico cuando llegué a casa con toda la camisa chorreada de sangre.
—¿Y dónde está tu mamá? —preguntó Noriko al niño que estaba cerca de ella. (Entre plática y plática se acercó a ella y preguntó por su estancia ahí. Noriko le dijo la verdad, que estaba enferma del corazón. Aquello pareció alegrar a Akira e Ishigaki, aunque preocupado, le deseo una pronta recuperación. "El verano aún no termina, así que aún puede ir al festival. Se pondrá bien"). Ishigaki parecía haber recordado que no había ido solo a ese lugar. Akira pudo notar como el pánico se apoderaba de los castaños ojos.
—Yo...se supone que estaba con ella y...sólo quería mirar la bicicleta —explicó al alto chico, quien rodó los ojos—. Lo siento.
—De seguro debe estar buscándote —le dijo—. Anda, vayamos dentro.
Aparcó su bici donde solía hacerlo para después tomar la silla de ruedas de su madre "Ya has estado mucho tiempo fuera", se excusó, para luego ordenar a Ishigaki que lo siguiera. No podía ofrecerle la mano y dirigir la silla al mismo tiempo, además el niño ya estaba lo suficiente mayor como para que lo cuidara de esa forma.
Pero no bien estaban por entrar al edificio cuando una mujer los intercepto. Una a la que Midousuji reconocía y no, no sólo por los enormes ojos color castaño, ni por como llamó al niño.
—¡Kouatarou! Oh, Kou, ¿dónde estabas? Me tenías tan preocupada.
Conocía a la señora Ishigaki, pues muchas veces había llevado de vuelta a casa a la hermana menor de su capitán, o bien, pasaba a buscar a su prima Yuki. Notó a la pequeña Akane, sostenida fuertemente de una de las manos de su madre, mientras que con la otra, la mujer jalaba a su hijo y llenaba su rostro de besos.
—Mamá, tengo 12 años, ya no soy un niño.
—Para mi siempre vas a ser mi bebé, mi pequeño Kou.
—¡Mamá!
Noriko rió por lo bajo consiguiendo la atención de la señora Ishigaki. Koutarou se apresuró a explicar que se había separado porque vio la bicicleta del onii–san, que el onii–san había sido muy amable, que le dio consejos para las carreras y le dio ánimos para su siguiente competencia.
—¿Bicicletas? Por Dios, Kou. Lamento mucho las molestias -se disculpó la mujer. Pero Noriko se adelantó a su hijo y dijo que no había problema y sin más pidió que los excusaran que debía volver a su habitación.
La señora Ishigaki volvió a pedir disculpas y agradecer por cuidar de su hijo, mientras los Midousuji pasaban a su lado con calma. Akira empujó la silla con calma por el largo pasillo de recepción hasta los ascensores. Y mientras esperaban que la caja de metal llegara, oyeron pasos presurosos detrás de ellos y una voz cuasi infantil a la que se habían acostumbrado. Akira sintió un leve empujón a la altura de la cadera. Miró por sobre su hombro. El rostro sonriente y agitado de Ishigaki se fijó en él.
—Yo...disculpa... —dijo con dificultad por el esfuerzo realizado. Sus manos se aferraron a los bajos de la camisa del mayor. ¿De verdad tenía 12 años? —. Yo, sólo quería preguntarte tu nombre, onii–san.
Akira dio un respingo y por un momento dudo de responder. ¿Estaría bien decirle su nombre? ¿Qué pasaría en unos años cuando se volvieran a ver? Porque iban a volver a coincidir, ¿verdad? ¿Existía la posibilidad de no coincidir en el club del Kyofushi? ¿Por qué le resultaba incómoda la idea de no volver a ver a su capitán?
Los ojos castaños lo observaban pacientes. No era tan distintos de los que veía a diario. Siempre había en ellos una chispa repugnante de entusiasmo. Aunque, si los miraba con cuidado, algo faltaba. Un brillo más allá de su amabilidad característica. ¿Qué?
—¿Onii–san?
—Me llamo Akira.
—Akira...es un buen nombre —el mayor sintió que sus mejillas se sonrojaban y destellos amarillos envolvían al niño—. Mi nombre es Ishigaki Koutarou, mucho gusto.
—Lo sé.
Y antes de que el niño pudiera agregar algo más, el elevador abrió sus puertas y Akira empujó la silla al interior. Y las pesadas puertas volvieron a cerrarse, impidiendo toda vista o palabra de Ishigaki niño.
Noriko miró de reojo a su hijo. Sonrió divertida al descubrir la expresión acongojada del chico.
—Ishigaki–kun es un chico muy agradable. ¿Tu mayor es igual?
La campanilla les indicó que habían llegado al piso indicado. Esta vez salió con más cuidado y anduvo con calma por el pasillo. Noriko sonreía mientras esperaba paciente una respuesta que podía imaginar cómo iba a sonar.
—Ishigaki–kun...
—¿Sí?
—Ishigaki–kun es un zaku, no tienes importancia.
Volvió a mirarlo de reojo y ensanchó su sonrisa al mirar las mejillas coloradas.
—Entiendo. Es un zaku.
Ahora fue el turno de Midou para liar con un pequeñuelo y qué mejor que la versión de bolsillo de su zaku favorito, ¿qué les pareció? Creo que en el fondo alguien extraña a alguien, o no sé.
En fin, espero que lo hayan disfrutado. Nos leemos la próxima.
