Capítulo 11
Los dos días que siguieron a la tarde en la que Edward me comunicó de aquel pequeño viaje pasaron volando entre entusiasmo y nervios. Estaríamos a solas durante aproximadamente una semana, bueno vale, estaría el médico profesor de Edward, pero nada en comparación con la compañía que teníamos en la mansión o en casa de los Webber. ¿Cómo se suponía que debía de comportarme con él?
Dejé esos pensamientos a un lado y acabé de recoger cuatro cosas para ponerlas en mi pequeña maleta. La verdad es que casi no tenía ropa porque me echaron de la mansión con lo puesto. Ángela me había prestado algo de su vestuario, pero mi estatura era bastante más pequeña, así que Elisabeth había podido traerme parte de mis antiguas pertenencias. Edward, a pesar de mis negativas, me compró algunos vestidos y zapatos que no quise ponerme ya que eran demasiado lujosos y me sentía fuera de lugar con ellos, pero igualmente quise llevarme algunos para que su maestro no pensara que se casaba con una fracasada.
Cerré la maleta dispuesta a salir fuera de la pequeña casa y me encontré con Edward esperándome, apoyado en su flamante Rolls Royce negro y volví a sentir las mariposas revoloteando por mi estomago. Era bastante temprano y hacía la típica brisa matinal, no es que hiciera mucho frio en pleno verano, aunque sí que hacía algo de fresco por las mañanas. Según me había dicho Edward su profesor vivía en una zona de Portugal muy cercana a Galicia, pero que prefería tomárselo con tiempo y calma, además los coches de aquella época no alcanzaban ni de lejos las velocidades que alcanzan hoy en día, así que como dijo él llegaríamos al día siguiente por la tarde, lo que nos haría pasar aquella noche en algún hostal.
Edward, como el caballero que era, cogió mi maleta para evitar que yo cargara peso. La verdad es que me halagaba que cuidara de mí, pero no quería que pensara que era una pobre niña desvalida e inútil, quería que tuviera otra imagen de mí. Me despedí de Ángela y de Ben, y luego el pequeño me dio un fuerte abrazo y me hizo prometer que volvería pronto. Cuando llegué donde estaba mi prometido, este me abrió la puerta del copiloto para que entrara.
– Toma – dijo pasándome una almohada una vez me senté en el cómodo asiento – Así podrás estar mas cómoda y dormir un poco – sonrió.
Luego cerró la puerta, rodeó el coche y se sentó frente al volante. Se giró hacia la parte trasera y cogió una manta, la cual desdobló y me abrigó con ella haciendo que mi corazón fuera a mil por hora y yo me derritiera ante tanta ternura. Puso en marcha el motor del coche y yo me acomodé de manera que quedé de lado observando al maravilloso hombre que me hacía creer en los cuentos de hadas. Antes de arrancar me dedicó una sonrisa que yo no dudé ni un segundo en corresponderla abiertamente.
Y así iniciamos nuestro pequeño viaje, yo envuelta en aquella cálida manta observando a Edward mientras conducía. Sus movimientos eran elegantes y pausados, todo en el era hermoso y me hizo preguntarme que había hecho yo para merecerlo. Me fui quedando poco a poco dormida mientras le observaba conducir, admirándome de su belleza y disfrutando de aquel momento de paz y esperanzas de un futuro mejor.
Cuando volví a abrir los ojos el sol me daba de lleno en la cara y mis tripas rugieron, lo que me hizo suponer que ya era mediodía. Enfoque mi vista y vi que Edward giró un momento su cara del camino y me miró con una sonrisa divertida en el rostro.
– Veo que tenemos hambre – eso provocó que mis mejillas ardieran y el soltara una sonora carcajada. – No te preocupes, ya casi es la hora de comer, cuando lleguemos al siguiente pueblo podemos parar en alguna posada.
Cuando bajamos del coche tenía las piernas entumecidas de estar tantas horas sentada, así que me estiré como un gatito provocando que Edward volviera a soltar otra pequeña carcajada y que yo me enrojeciera. Edward pasó un brazo por mis hombros atrayéndome hacia él y guiándome hacia la posada. Aquel sitio estaba bastante lleno de gente y tenía un aspecto bastante rústico y eso me relajó ya que no me gustaban los sitios ostentosos y menos con el vestido medio arrugado a causa del viaje.
Me disculpé un momento con Edward para ir al baño, y él me respondió que fuera tranquila que él se encargaría de buscar una mesa. Me miré en el espejo y acomodé mi cabello ya que lo tenía algo revuelto, y luego me lavé la cara para despejarme un poco. Cuando levanté la vista hacia el espejo, después de secarme con una toalla, vi que unos ojos verde esmeralda me miraban. Me giré sobresaltada por la presencia de una anciana en aquel cuarto de baño, ni siquiera la había oído entrar ¿Cómo lo había hecho?
– No te asustes Bella – era una señora bastante mayor con una vestimenta algo rara, pero eso no fue lo que llamó más mi atención.
– ¿Cómo sabe usted mi nombre? – no conocía de nada aquella mujer.
– Dime Bella, ¿crees en la magia? – Ignoró completamente mi pregunta.
– Yo… – cuando era pequeña el abuelo me contaba historias sobre las meigas, las típicas brujas de Galicia, y yo me creía esos cuentos a pies juntillas, pero después de lo que me hizo pasar mi familia empecé a dudar de todo, pero cuando el hombre de pelo cobrizo decidió salvarme volví a creer en las cosas. – Bueno… sí.
– ¡Qué bien! Sabía que tú eras la persona indicada en cuanto te he visto entrar por la puerta – me dijo la anciana.
– No entiendo – le dije confundida.
– Toma, esto es para ti – me extendió una bolsita de terciopelo roja. – Vamos ábrelo – me animó cuando vio que dudé.
Me puse manos a la obra y abrí la bolsita. Cuando observé el contenido me quedé sin habla, eran dos pulseras de plata, una pequeña y femenina, y la otra más grande y claramente masculina. Eran preciosas, pero lo que más destacaba fue el símbolo que tenían grabadas en el medio.
– Este símbolo es el nudo celta – dijo la anciana – Es el nudo perenne del amor, que no se puede deshacer. Este símbolo era intercambiado por los amantes en señal de que su relación era para siempre. Representa el complemento, el apoyo y la fusión de la pareja.
– Son preciosas – dije maravillada.
– Dale una al muchacho de los ojos verdes, y la otra quédatela tú y de esta manera vuestro amor será eterno y nunca nadie os separará. – Clavo sus ojos en los míos y por un momento, solo por un instante se me parecieron a los de Edward, pero luego deseché la idea enseguida.
– Yo se lo agradezco de corazón, pero no puedo aceptarlos – dije – son demasiado valiosos y usted no me conoce de nada.
– Te conozco más de lo que tú crees y sé que eres la persona adecuada para dártelos.
– Pero… - dije insegura, pero ella me interrumpió.
– Haz feliz a esta pobre anciana – dijo cogiéndome de las manos, una sensación extraña recorrió mi cuerpo – estas pulseras las hizo mi hija, para dárselas a su amado, pero él era de familia adinerada y al parecer no debía de de amarla a ella tanto como ella a él, porque no luchó por su amor, ella al final por circunstancias de la vida se tuvo que casar con un hombre que resultó ser un monstruo y murió en sus manos – su voz se quebró, pero prosiguió – quédatelos, he visto tus ojos y sé que amas a Edward tanto como él te ama a ti, vuestro amor es de los que hacen historia.
– Se lo agradezco de corazón, son preciosas, pero no pedo aceptarlos – todo esto lo dije observando aquellas maravillas asombrada por su belleza y a la vez su simplicidad – pero si son de su hija debería… – cuando levanté la vista ya no estaba. ¿Cómo lo hacía para entrar y salir sin hacer ruido de manera tan rápida? Seguramente no sería tan patosa como yo.
Metí las pulseras dentro de la bolsita y me las guardé. Salí del baño y busqué con la vista a la señora pero ni rastro de ella, lo que si que vi fue a Edward parado al lado de una mesa haciéndome señas con la mano. Me acerqué a donde estaba él, que me retiró la silla para que me sentara.
–Ya pensaba que tendría que ir a buscarte – dijo burlón – has tardado mucho.
– Sí, es que había mucha gente – mentí. No quería comentarle por el momento mi extraño encuentro, y esperaría el momento indicado para dársela a Edward.
No tardaron en atendernos y pedimos lo que había ese día en el menú. Estaba tan hambrienta que casi engullí el pan que nos habían servido antes de traernos al plato principal. Edward solo me observaba y yo enrojecí. No tenia clase alguna, ni era refinada, seguro que lo avergonzaba. Pero Edward siempre me sorprendía, porque cuando me detuve de golpe al darme cuenta de mi falta de modales, el solo sonrió dándome a entender que todo estaba bien, que no le desagradaba. Yo, queriendo dejar pasar ese momento solté lo primero que me vino a la cabeza.
– ¿Cuánto nos queda de camino? – Pregunté dejando el trozo de pan en la mesa.
– Bueno, conduciré un par o tres de horas más y luego nos detendremos a pasar la noche en un hostal – dijo con calma – no es bueno pasarse un día entero sentado, y así podremos asearnos. Pero supongo que llegaremos mañana al mediodía a casa de mi profesor.
– ¿Hace mucho que lo conoces? – pregunté con curiosidad .
– La verdad es que lo conozco des de los dieciséis años – dijo – es una larga historia. Algún día te la contaré.
-¿Cómo se llama? – pregunté de nuevo – Perdón si te hago muchas preguntas. Ya no te molestaré mas – dije con vergüenza.
– Nunca molestas, Bella – dijo con una leve sonrisa – Se llama Edward – abrí los ojos desmesuradamente. – Sí, se llama como yo aunque su carácter no tiene nada que ver con el mío – dijo con amargura – es más alegre y le cuesta mantener la boca cerrada, no te dejes asustar – me guiñó un ojo.
Acabamos de comer y antes de ponernos en marcha dimos una vuelta por aquel pueblo. Era ya media tarde cuando retomamos nuestro viaje. Y efectivamente tal y como dijo mi acompañante llegamos en tres horas, no tardaría mucho en ponerse el sol. En medio del campo había un hostal no muy lujoso, aunque a mí eso no me importaba, pero con un nombre de dudosa reputación: "Hostal Purgatorio".
– Siento que tengamos que pasar la noche aquí – dijo con vergüenza – pero es el único donde no me piden tu documentación para alojarnos.
– No te preocupes – sonreí – me da igual donde vayamos – solo me importaba estar con él, añadí para mi.
Luego de que nos dieran las llaves, fuimos a nuestras habitaciones que eran contiguas y estaban comunicadas las dos por una puerta. La verdad es que estaba todo muy limpio pero las sabanas eran de un rojo estridente y lleno de encajes que en aquel momento mi inocente mente no relacionaba eso con el sexo pero viéndolo ahora, con todos mis años de perspectiva, estaba claro que ese hostal era el lugar de encuentro de señores adinerados de excelente reputación con sus amantes. Revisé los cajones que allí habían encontrando me todo tipo de prendas y artilugios que no tenía ni idea para que servían. Edward entró en ese momento y escondí el objeto que tenía en aquel momento en la mano detrás de mí para que no pensara que era una cotilla.
– Bella, me gustaría que cerraras esa puerta con llave – señaló a la que daba al pasillo – no me gustaría que ningún indecente te importunara. Si tienes que salir hazlo por la mía. ¿Lo harás? – Asentí con la cabeza – Bien, ¿Qué es lo que estas escondiendo? – cuando se dio cuenta de que ocultaba algo cogió la mano que se encontraba detrás de mi espalda.
– Estaba en ese cajón – dije cuando lo vi observando con ojos desmesurados aquel cacharro de madera pulida y barnizada. Era alargado, algo curvo y bastante grande. – No Sé para qué sirve, parece como para remanar algo – hice el movimiento.
– Esto… esto… – me dio la impresión de que se sonrojaba un poco mientras lo miraba expectante – esto lo utilizan las mujeres para darse… para darse placer a ellas mismas. Bueno, a veces también lo utilizan las parejas para divertirse. – Luego me quitó el objeto de las manos y lo volvió a guardar en el cajón – Pero no lo necesitamos, será mejor que no busques más en esos cajones. – Se dio la vuelta y entró en su alcoba a prisa dejándome allí plantada y con más dudas de las normales.
Una vez sola volví a abrir aquel cajón y observé el dichoso objeto sin entender aún que era lo que quiso decir Edward. Nunca había robado nada en mi vida pero después del precio tan elevado por pasar la noche en ese lugar eso no se podía considerar un robo. La curiosidad mata al gato pero es que la mía era enorme y quería llevármelo para preguntárselo a Ángela.
Después de cenar me dispuse a bañarme para quitarme el sudor del cuerpo y para relajarme. La tiña ya me la habían preparado por petición de Edward mientras comíamos algo. La bañera estaba a rebosar de espuma, me desnudé y cuando puse un pie dentro de la bañera para entrar resbalé y mientras me caía dentro se me escapó un chillido. Por suerte no me hice daño.
– ¡Bella! – la puerta del baño se abrió de golpe y yo solo pude pensar en cubrir mi cuerpo desnudo cuando Edward entró.
Bueno, siento mucho la tardanza. He cortado el capítulo en el mejor momento, y es que la noche viene MUY MOVIDITA, solo digo eso….
A ver, una meiga es una Bruja muy típica de Galicia, cuando era pequeña siempre me contaban cuentos sobre ella cuando iba a pasar el verano allí. En cuanto a la mujer que Bella se encuentra en el baño … tiene los ojos parecidos a Edward, abla de que su hija murió en manos de un monstruo ¿ os suena? Sí tiene que ver con el pasado de Edward, que se irá revelando poco a poco.
Lo del hostal, es que en aquella época en los hoteles importantes se pedia la documentación a la gente que iba a pasar la noche y claro esta que a ellos dos no les interesa que sepan lo que hacen.
PORFAVOR déjenme muchos reviews!
