Capítulo XI: Deja vu

El Hospital San Mungo se iba haciendo cada vez más pequeño a medida que tres personas se alejaban del inmueble, dos de ellos con una profunda incomprensión revoloteando alrededor de sus cabezas. Las últimas palabras de Hermione los habían dejado sin palabras desde que a Neville lo dieron de alta cuando se hubo recuperado completamente de sus lesiones. Sólo después de media hora, cuando los tres llegaron a una plaza casi sin habitantes, Harry se atrevió a romper el silencio producto del desconcierto.

-Hermione. Cuando te refieres a "los últimos días de la Tierra, tal y como la conocemos", dices que habrán cambios profundos en el mundo… ¿o estabas siendo más fatalista?

-Bueno –dijo ella, pensando en que había sido un error la forma en que se expresó cuando dijo tales palabras-, me refería a que el mundo sufrirá una profunda transformación, después de la cual no reconoceremos el mundo de antes. Tengo el presentimiento que todos los hechos que hemos presenciado, nos hablan de que estamos en el comienzo de una nueva era.

Harry casi se atraganta solo cuando escuchó las palabras de su mejor amiga.

-¿No crees que estás sonando demasiado esotérica?

Hermione lo miró como si no pudiera creer lo que estaba oyendo.

-Harry, me conoces lo suficiente como para saber que no creo en esas tonterías. –Harry, al escuchar la forma en que hablaba ella, supo que no era ningún chiste-. Algo se está cociendo, pero no puedo adivinar qué es. Creo que ciertas personas se están preparando para cambiar el mundo, aunque no puedo saber si se trata de algo positivo o algo más siniestro.

-A juzgar por lo que está ocurriendo, yo creo que algo macabro –opinó Neville, quien caminaba todavía con cierta lentitud, debido a que su corazón todavía no funcionaba a plena capacidad, lo que le imposibilitaba de realizar movimientos bruscos o que emplearan mucha energía.

-Coincido con Neville –dijo Hermione, tomándole la mano-. A propósito, quiero descansar por hoy. ¿Vienes, cariño?

El aludido se sonrojó levemente, pero recuperó el color normal de su cara casi al instante.

-De acuerdo.

Harry sonrió pícaramente.

-No te esfuerces demasiado Neville –fue todo lo que dijo antes de no poder verse por ningún lado. Hermione fue la que se sonrojó esta vez pero, a diferencia de Neville, el rubor permaneció allí hasta que condujo a su nuevo novio a su casa.

Neville había estado en ese lugar antes, pero entrar a la casa de Hermione, con ella tomándole la mano le hacía sentirse como jamás pudo haberse sentido en su vida. En cualquier momento, alguien le iba a dar un pellizco y lo arrancaría de ese sueño tan bello que estaba viviendo. Hermione apareció poco después por la cocina, con dos tazas de té y un par de tostadas recién sacadas de la tostadora, todo en una bandeja de plata. La dueña de casa instó a que Neville se sentara en uno de los mullidos sofás y, por último, tomó asiento a su lado, mirándolo tiernamente a los ojos.

-¿Qué te pasa Neville? –dijo Hermione, preocupada-. ¿Te ocurre algo malo?

Él no dijo nada por un buen rato. Sólo se limitó a beber un poco de té y mascar una tostada para ganar tiempo. No era fácil lo que deseaba poner en palabras, ni menos, cuando aquello giraba en torno a una mujer que él siempre había deseado en secreto.

-Vamos Neville. Dime qué te pasa –apremió ella, sonriendo y apartando la bandeja de sus piernas para tomarle ambas manos a quien pensaba delante de ella.

-Es… algo estúpido, en realidad –dijo al fin, tratando de apartar sus manos de las de Hermione, pero ella las tenía firmemente sujetas-. Es que… tenerte a mi lado… parece un sueño. A veces temo abrir los ojos y darme cuenta que no hay nadie a mi lado en mi cama y que siempre estuve solo.

Hermione entendía a la perfección las palabras de Neville. A ella le ocurrió prácticamente lo mismo cuando comenzó a salir con Ron, pues se peleaban tan seguido antes de caer flechados que ella a cada rato pensaba que algo o alguien la arrancaría de esa fantasía y la arrojaría a la fría y cruel realidad. Y su misión era hacerle saber que no era un sueño, ni el de ella ni el de él. Había hallado la forma de no dejarle la menor duda de aquello.

Ella tomó una de las manos de Neville e hizo que tocara su pecho, de forma que él pudiera sentir los latidos de su corazón.

-¿Los sientes? –Ella también puso su otra mano sobre el pecho de Neville-. Puedo sentirlos yo también. Mi corazón late por ti, y el tuyo lo hace por mí-. Ella se acercó más a él, de modo que él podía ver con toda claridad las pestañas de Hermione-. ¿Ves? Puedo sentir la desesperación de tu corazón por querer probar mis labios. ¿Y tú? ¿Qué sientes?

Neville también podía sentir las palpitaciones de ella incrementarse a medida que se acercaban. Aquello no podía ser parte de un sueño. Los golpeteos dentro de su pecho eran bastante reales, casi como si lo pellizcaran de forma repetida.

-Puedo sentir también la desesperación de tu corazón –dijo, con voz queda, como si temiera que ella cortara tan íntima conexión-. Como que también desea lo que yo quiero.

Ella sonrió de forma más pronunciada.

-Ven conmigo.

Hermione tomó de la mano a Neville y lo condujo al segundo piso. Subiendo las escaleras como un autómata, él no se podía imaginar qué demonios deseaba ella al cambiar el lugar del encuentro. Sin embargo, poco a poco, el desconcierto dio paso a la emoción, pues Hermione se detuvo en una puerta, la abrió y una luz irrumpió en los ojos de Neville. Iba a penetrar terreno sagrado, el lugar en donde siempre había querido estar, el lugar en donde sus más profundos deseos podrían hacerse realidad.

-Pasa, Neville.

El dormitorio de Hermione era luminoso y espacioso, con una ventana corrediza de gran tamaño que dejaba pasar la luz de sol a destajo. Las paredes eran de madera de cedro barnizada, en las cuales había varios cuadros con pinturas de paisajes o de personas. El piso estaba tapizado con una alfombra de color burdeo y, sobre ella, un armario amplio de madera de roble se apoyaba contra un lado de la habitación y, al otro lado, un velador se erigía al lado de una cama de plaza y media, la cual se antojaba blanda y esponjosa. Hermione condujo a un pasmado Neville hacia esta última y ambos se sentaron en la cama, no sin antes cerrar la puerta con llave a golpe de encantamiento.

-¿Dices que vives en un sueño? –dijo Hermione, bajando la voz hasta hacerla un mero murmullo, el cual erizaba los vellos de la nuca a quien la acompañaba-. Pues, ahora verás que los sueños se pueden realizar.

-¿Y… cómo?

Hermione se quitó la blusa lentamente, mirando a Neville de una forma en que jamás lo había hecho en su vida.

-¿Alguna duda?

Neville comprendió de inmediato. Abrazó a Hermione y la tumbó sobre la cama, olvidado de sus reparos y sus miedos.


Augustus Mason tenía los nervios a flor de piel. Sabía que lo que acababa de hacer no podía llamarse algo ortodoxo. Poner a un desconocido misterioso en el departamento más secreto del Ministerio de la Magia no era algo que ocurriera todos los días. Sin embargo, gracias a ese personaje, ahora tenía un poder que lo podría colocar en el puesto que tanto codiciaba y bien valía el precio por haberlo puesto al alcance de secretos que solo unos pocos conocían y que nadie entendía a la perfección. Ahora, lo único que necesitaba hacer era darle el mérito a alguien y proclamar la gran noticia. Pronto, los responsables de los tres asesinatos iban a caer presos y nadie podría sacarlos de la prisión por una generosa cantidad de tiempo.

Abrió el sobre y vio con sus propios ojos las pruebas que incriminaban a los responsables, tanto intelectuales como materiales, pero cuando vislumbró los nombres mencionados en las impresiones de correos electrónicos supo que debía tratarse todo de un chiste.

La mayoría de los nombres involucrados pertenecían a personas que habían participado activamente en la elaboración del Estatuto Craven, así como un conocido inversionista del rubro de las armas y una trabajadora del Departamento de Investigación Mágica. Al parecer, las dos últimas personas habían sido los autores materiales y los artífices de la nueva ley mágica eran los autores intelectuales. Mason sintió un escalofrío cuando supo que estaba dividido acerca de sus intereses. Él era un apasionado defensor del Estatuto Craven y de todos sus ideales, pues era la primera vez desde la promulgación del Estatuto del Secreto de los Brujos que los magos y los no magos iban a poder beneficiarse mutuamente, después de lo que ocurrió con el Innombrable y la batalla de Hogwarts. Creía que era más difícil mantener todo en secreto que colaborar con personas que podrían ayudar en formas nunca imaginables por los de su raza. Pero por otro lado, las pruebas eran tan contundentes que era imposible dudar de ellas: en los mensajes electrónicos estaban descritos todas las metodologías a seguir por los perpetradores de los asesinatos, las armas a emplear, los tiempos e incluso el presupuesto. Todo estaba fríamente calculado por los involucrados, a tal punto que le dio repugnancia saber que quienes trataban de mejorar el mundo podrían recurrir a métodos tan cuestionables para mantener aquellas legislaciones en pie. No era precisamente un secreto que muchos magos estaban en contra del Estatuto Craven a causa de la directa colaboración con los muggles que implicaba, y el estandarte de los detractores era el fallecido Casius Fergusson. ¿Podrá tratarse de una estrategia para disuadir a quienes estaban en contra de la nueva legislación de proseguir con sus negativas a la ley?

Mientras leía más a fondo los correos, se dio cuenta que los objetivos estaban siendo seguidos desde hace más de dos semanas, construyendo patrones de conducta, personalidad, intereses y demás características. ¿Hasta qué nivel habían planeado todo esto los responsables? Aquello significaba que los hechos venían siendo planificados desde el término de la Segunda Guerra, como si estuvieran esperando a que finalizara para ponerse en marcha. También, el propósito de los asesinatos era bastante claro. Casius debía morir para que nadie pudiera atreverse a criticar el Estatuto Craven; Ron Weasley debía desaparecer pues era el abogado responsable de revisar la nueva ley para que fuera aprobada y era evidente que estaba hallando detalles que podrían retrasar la promulgación de ésta por varios años. Y el niño del río tenía que morir para que nadie pudiera enterarse de la contaminación del Támesis con Brebaje de Hipnosis para convencer a la población de que el Estatuto Craven era lo mejor que había ocurrido en toda la historia de la magia.

Mason puso en una balanza mental lo que le ocurría en ese momento: su apoyo férreo al Estatuto Craven y las pruebas que soportaban la teoría que éste había sido implantado a la fuerza por poderes ocultos estaban en ambos platos. Pero era bastante obvio lo que iba a suceder: cegado por sus ansias de poder y por la abrumadora cantidad de evidencias que avalaban el montaje de políticos y legisladores, el Jefe de la Oficina de Aurors se convenció que los creadores de la ley más controversial de los últimos seis siglos habían conspirado para meter con calzador aquella legislación, asesinando a tres personas e hipnotizando a toda una población para hacerles creer que no había nada de lo que recelar.

Había estado ciego todo el tiempo.

Era el momento de revelar la verdad al pueblo británico.

Ordenó a su secretaria que duplicara los mensajes de correo electrónico y que la enviara a la oficina de El Profeta para que la hiciera circular por todos los hogares y que todas las personas supieran del colosal montaje que era el Estatuto Craven y que los hombres detrás de ésta eran asesinos y manipuladores sin ninguna clase de escrúpulos. Dos minutos después, tenía una copia de las evidencias y se dirigió a la chimenea para hablar con el editor en jefe del periódico. Arrojó polvos flu a ésta y las llamas de color verde ascendieron hacia el techo, revelando una cara conocida para él.

-¿Augustus? –dijo la cabeza en medio del fuego. Tenía un rostro ovalado, con calva de fraile y barba puntiaguda-. ¿Qué deseas? ¿Tus secuaces atraparon otro mago tenebroso?

Mason sonrió de forma petulante.

-Algo por el estilo. Pero esta vez son delincuentes de terno y corbata.

La cara que flotaba en medio de las llamas alzó las cejas.

-¿Estafadores? Es lo único que se me ocurre.

-Son una mezcla de varias cosas –dijo Mason, sin abandonar su expresión de superioridad-. ¿Qué dirías si te enteraras que el Estatuto Craven fue impuesto por la fuerza y no por la voluntad del pueblo y que gente inocente tuvo que morir para que esto ocurriera?

Silencio.

-Pues diría que debes estar demente.

-¿Y si tuviera evidencia que apoyara mi tesis?

Nadie dijo nada de nuevo. Y, como hace momentos atrás, fue el editor en jefe quien rompió el hielo.

-Pues te diría que tienes una primera plana asegurada –dijo, no pudiendo disimular su excitación. Era imposible para un periodista de un periódico dejar pasar una oportunidad así-. Mándame las evidencias y en el Profeta Vespertino tendrás la noticia que deseas…

El editor frenó en seco cuando alguien le habló desde el otro lado. Parecían voces muy serias y preocupadas. Mason tuvo un mal presentimiento y se removió en su sitio, esperando con las manos sudorosas a que el editor volviera a hablarle. Cuando el rostro volvió a su posición, se observaba nervioso y preocupado.

-Parece que hay un problema con la imprenta –dijo el editor, secándose el sudor de la frente-. No podremos imprimir nada hasta por lo menos mañana.

-¡Pero quiero dar el golpe hoy!

-Lo siento –volvió a excusarse el hombre-. Tendrá que esperar.

Y las llamas se extinguieron.

Mason golpeó el suelo con los puños. No importó que le dolieran como el infierno, pues le dolía más no poder mostrar lo que habían hecho los arquitectos del Estatuto Craven, una vez más, cegado por el hecho que aquella información podía convertirlo en el próximo Ministro de la Magia. No era capaz de esperar siquiera hasta mañana para hacer pública la información.

Sólo tenía una alternativa.

Pensando que podría arrepentirse de lo que estaba a punto de hacer, tomó las dos copias de los correos electrónicos inculpatorios y se dirigió a su destino. No era lo que tenía pensado, pero era la única forma en que podía entregar su mensaje de forma rápida y efectiva, y en ese mismo momento. No hizo caso a su intuición, el cual trataba, sin éxito, de ponerlo en alerta. La sed de poder podía llegar a ser muy cegadora para un hombre.

Pronto comprobaría que no es oro todo lo que reluce.


Neville no tenía ninguna duda: aquello, lo que estaba haciendo en esos momentos, era lo más real y fantástico que había hecho en lo que iba de su vida. Podía sentir una suavidad seductora en sus manos, un aroma arrebatador penetraba en sus narices y los ojos que miraba brillaban de deseo. Besaba labios con sabor a miel, era lo más parecido a jugar con fuego. Sus manos acariciaban zonas que jamás se había atrevido a tocar, la magia del sexo en ese momento no dejaba cabida a la razón. Los gemidos de la mujer que se hallaba recostada debajo de él eran música para sus oídos, su respiración entrecortada y superficial lo excitaban como pocas cosas en el mundo. Sentía un incendio regarse por todo su cuerpo a medida que transmitía todo su deseo a la mujer que se estremecía debajo de él.

-Neville –susurró Hermione, acariciando la espalda de su novio con las yemas de sus dedos, haciendo que él se estremeciera-. ¿Te parece si cambiamos de posición?

Él se irguió sobre sus rodillas para que Hermione pudiera acomodarse, dándole la espalda a Neville y apoyándose en la cama con sus brazos y rodillas. Él sólo tenía ojos para su hermoso cabello castaño, brillante y ondulado. Se aferró a ella, acomodándose a la nueva posición y se inclinó sobre ella, besando su cuello y tomando de nuevo con sus manos aquellas partes que tanto le gustaban a él. Le gustaba oler el perfume de su cabello y hacía aquello que Hermione deseaba con calma, no como otros hombres que hacían de ese acto algo parecido a una carrera de fórmula uno.

-¿Te gusta? –susurró Hermione de forma provocativa.

-Mucho –murmuró Neville con la misma sensualidad. No se sintió sorprendido de ser la primera vez que se comportaba de esa forma con una mujer. Él se irguió de nuevo para contemplar la excitante vista de la espalda de Hermione al tiempo que la tomaba de las caderas y viera agitarse ese cabello castaño de forma tan hipnótica.

En ese momento, el ambiente erótico se quebró por completo.

Neville se quedó congelado, sin brindar placer a Hermione, no podía moverse. Sus ojos estaban fijos en la espalda de ella, llenos de un desconcierto y un temor que jamás en su vida había sentido. ¿Cómo había ocurrido eso? ¿Qué demonios le había pasado a Hermione? ¿Lo habrá sentido? Al parecer, ella se dio cuenta que Neville se había detenido y se dio la vuelta para encararlo. Quizá fue demasiado pronto como para enseñarle la sublime experiencia de hacer el amor. Pero la cara que tenía su novio no semejaba a pavor, miedo o algún otro derivado del impacto que suponía hacerlo por primera vez con una mujer. La cara de Neville era de puro desconcierto y terror.

-¿Qué ocurre?

-¿Có… cómo llegó eso a… a… tu espalda? –balbuceó Neville, señalando hacia ella.

-¿Llegar qué?

-Tienes algo como… tatuado allí.

Hermione arrugó el entrecejo. Jamás se había hecho un tatuaje en su vida. Pero el terror en la cara de Neville era auténtico, por lo que se levantó de la cama y abrió una de las puertas del armario, la cual tenía un espejo. Se puso de espaldas a éste, no sabiendo qué esperar y, cuando miró hacia atrás, su rostro se llenó de un espanto que no supo cómo canalizarlo. ¿Cómo se había hecho eso? No pudo saber en qué momento le apareció aquella cosa en su espalda. Pero lo más terrorífico de todo el asunto era que las líneas de lo que parecía un tatuaje estaban hechas como si alguien hubiera dibujado una forma definida a puros latigazos. Era un dibujo hecho con sangre seca de la misma Hermione. Recordó las letras que aparecieron en el brazo de Harry cuando la profesora Umbridge le hizo escribir líneas, pues éstas eran similares, sólo que la forma que adquirían no podían describir algo más concreto.

Algo desconocido dibujó con sangre la imagen de un fénix en la espalda de Hermione.


Ginny sentía que las venas de sus sienes estaban a punto de estallar. Nunca, en toda su vida, tuvo que pasar por una vergüenza tan grande como en ese momento. Arrastraba un cuerpo por los corredores inextricables del piso más profundo del Ministerio de la Magia, un cuerpo que yacía inconsciente. Aunque hubiera probado que jamás estuvo en la cama con Harry, no podía tolerar que hubiera hecho eso. Tan solo recordarlo le hacía hervir la sangre de rabia.

Maldita seas, condenada ramera lesbiana.

Ginny llegó a las puertas de una de las cortes, encantando a la mujer que tenía en el suelo para que recobrara el conocimiento. La aludida se puso de pie por su cuenta, sacudiéndose la cabeza y mirando en todas direcciones, solo la penumbra de un lugar desconocido y a una chica que recordaba muy bien. ¿Cómo no podría hacerlo, si fue ella la que le arrojó ese encantamiento aturdidor luego de besarla apasionadamente? Sabía que Ginny Weasley tenía un temperamento de toro furioso en el momento en que ella, Cho, la besó, a vista y paciencia de los transeúntes que pasaban en aquel instante. No le extrañó que se comportara de esa forma con ella, y tampoco deseaba que las cosas se torcieran. Quería que los acontecimientos se sucedieran como estaban sucediendo hasta ahora. El siguiente paso lógico era que la procesaran por obstrucción a la justicia, pues se había negado a dar información acerca del paradero de Harry Potter, pese a que había confesado que él había pasado un tiempo en casa de Cho antes de irse de allí, con un destino desconocido, al menos para Ginny.

La pelirroja abrió las puertas de la corte e hizo pasar a Cho ante la mirada de muchas personas y la del juez, que esperaba en lo alto del estrado. Tal parecía que habían sido alertados con anticipación por la Auror que habría un juicio. Lejos de parecerle incómodo, a Cho le venía como anillo al dedo lo que estaba ocurriendo. Sólo faltaba un poco más, y estaría en el lugar perfecto para ella… el lugar en el que debía estar para cuando el momento fuera oportuno. La visita de Harry a su casa había sido providencial, y más el hecho que se hubiera acostado con ella. Aquella había sido toda una revelación para ella. Y, lo que era más, nadie más parecía haberse dado cuenta, en especial, esa ingenua de Ginny.

Sonriendo misteriosamente, Cho se sentó en la silla de los acusados, mientras que Ginny se sentó al lado del juez, todavía arrugando el entrecejo al recordar cuando esa mocosa oriental la besó tan apasionadamente, como si la amara de verdad. ¡Qué atrevida era esa estúpida! ¿Y por qué estaba tan tranquila, si sabía que iba a parar a Azkaban? ¿Estaría ocultando algo? Después, supo que estaba perdiendo el control de su mente. Respiró lenta y rítmicamente para serenarse. Esa mujer no era precisamente inteligente, por lo que no representaba mayor amenaza para una Auror preparada como ella, Ginny. Además, estaría encerrada junto con una caterva de otros prisioneros que le harían la vida imposible. Sonrió al pensar en ello.

No tardaría en darse cuán equivocada estaba.


Harry no tenía tiempo para descansar. Después de una ducha en el baño, el cual ya estaba listo, y un chocolate caliente con tostadas bañadas en mantequilla, debía ponerse en marcha nuevamente, pues necesitaba comprobar algo que le había dicho Neville cuando estaba en recuperación y Hermione había ido por el almuerzo. Según su colega y amigo, recibió una llamada en la cual un desconocido manifestaba que Hermione se hallaba en peligro y exigía su colaboración para algo que desconocía. Según lo que supo después, tenía que ver con encontrar algo muy importante. Harry deseaba saber quién le había tendido esa trampa y cuál era aquella información que podría ser tan importante. Pero no sabía por dónde empezar a buscar. Necesitaba la ayuda de Hermione y Neville para desenredar la nueva madeja de hechos que tenía frente a él, pero sólo había pasado media hora y dudaba que estuvieran disponibles para asistirlo. Sonrió al imaginarse al pobre de Neville, experimentando por primera vez lo que él ya había hecho en reiteradas ocasiones. Sin embargo, recordar todas aquellas noches ardientes en compañía de Ginny hizo que se le hiciera un nudo en la garganta: la misma mujer con la cual había vivido momentos inolvidables en la cama ahora lo estaba cazando para verlo pudrirse tras las rejas. Y más encima, había muerto su mejor amigo. La carga volvió a asaltarlo, la sintió aplastar su espalda, haciendo que se encorvara por momentos. ¿Cuánto tiempo pasaría para que dejara de hacer de mula sentimental? ¿Qué debía ocurrir para vivir libre de todas las responsabilidades que parecían caer sobre él como confeti durante un cumpleaños? Era como si la Segunda Guerra no hubiera terminado después de todo, como si su enemigo mortal todavía no hubiera sido eliminado. ¿Pero en qué demonios estaba pensando? Él estaba muerto, vio su cuerpo ser enterrado en Hogwarts. No había posibilidad alguna que él siguiera con vida. Otras cosas, no relacionadas con él, estaban ocurriendo en el mundo mágico y deseaba saber por qué estaban pasando y quién estaba detrás de todos estos acontecimientos.

Harry casi se cayó al suelo.

No había tropezado con ninguna cosa. Lo que ocurrió fue que dos personas aparecieron de la nada enfrente de él e hizo que Harry chocara con ellos. Sacando su varita, creyendo que se trataba de una amenaza, se puso de pie, sólo para darse cuenta que las dos personas que se acababan de materializar delante de él no representaban amenaza alguna.

-Pero, ¿qué hacen ustedes aquí?

Hermione y Neville lucían como si en su propio cumpleaños no hubieran recibido ningún regalo. No fue un misterio para Harry saber qué ocurrió, al ver las caras de sus amigos.

-¿Fue demasiado pronto?

Ambos negaron con la cabeza.

-Ocurrió algo… inesperado –se atrevió a decir Neville. Aún podía sentir escalofríos a causa de la imagen que apareció en la espalda de Hermione-. No sabría cómo explicártelo. Ocurrió mientras lo hacíamos.

Hermione condujo a los dos hacia un callejón vacío, sin decir ni una sola palabra. Luego, para desconcierto de Harry, ella se levantó la blusa de modo que su espalda quedara al descubierto. Cuando Harry miró con más detenimiento, sufrió de un violento ataque de arcadas. Lo que estaba viendo era repulsivo: allí, en la espalda de Hermione, tapada levemente por el sostén, había dibujada la imagen de un fénix. A Harry, en medio del desconcierto, le atacó una vaga sensación de deja vu. Y, como respondiendo a la sensación, sintió una leve puntada en el brazo donde todavía tenía la cicatriz de aquel castigo en quinto año.

"No debo decir mentiras"

-¿Y no sabes cuándo ni cómo apareció?

Hermione negó con la cabeza tristemente.

-No he sentido nada en mi espalda.

Harry recordó las figuras extrañas que hallaban los muggles en los campos de trigo en toda Inglaterra. Lo que le había pasado a Hermione era algo similar pero, ¿quién pudo haberlo hecho sin que ella se diera cuenta?

-Como no pudimos seguir, decidimos ayudarte –dijo Neville, tratando, en vano, de sonreír. ¿Por qué tuvo que aparecer esa cosa sanguinolenta en la espalda de Hermione justo cuando estaba viviendo el mejor momento de su vida?-. Supongo que tratas de averiguar quién amenazó de muerte a Hermione y por qué.

-Sí. Pero no sé por dónde empezar.

-Pero yo sí –dijo Neville, esta vez, componiendo una sonrisa de suficiencia-. El tipo quería que fuera a Hyde Park a buscar alguna evidencia comprometedora. Supongo que fue otra persona la que escuchó el mensaje.

-¿Y sabes quién es esa persona?

-Puedo saberlo –dijo Neville-. Pero, para identificarlo de forma más precisa, debemos ir a la aduana del aeropuerto de Heathrow. Supongo que llegó en avión a Londres, pues se trata de un turista americano. Así podemos ubicarlo y preguntarle lo que le pidió que hiciera el extraño que me llamó por teléfono.

-Pongámonos en marcha entonces –sentenció Hermione y, tomando la mano a Neville, se dirigieron hacia un lugar seguro en el cual viajar más rápido al principal aeropuerto de Londres. Sin embargo, cuando iban a medio camino, se dieron cuenta que Harry no estaba con ellos.

-¿Harry? –inquirió Hermione y Neville a coro.

Cuando volvieron al callejón, al observar al hombre que estaba de rodillas en el suelo, exclamando de un intenso dolor y llevándose ambas manos a la cabeza, supieron que Harry estaba en problemas.

-¿Qué te ocurre? –quiso saber Hermione.

Harry no contestó al instante. Trataba de ponerse de pie, pero el dolor que lo aquejaba era casi insoportable. Por último, se apoyó en un contenedor de basura, con una mano en la frente, justo en el lugar donde estaba su cicatriz.

Neville y Hermione se quedaron de piedra, demasiado asustados como para pronunciar palabra alguna. Era sencillamente imposible: no podía estar ocurriendo eso. Si hace algo más de dos semanas vieron el cuerpo del Innombrable ser cubierto con tierra a un lado del lago, en el castillo de Hogwarts. Pero, el hecho que a Harry le doliera la cicatriz, era señal inequívoca que el mayor terror que había desatado su furia dentro de la comunidad mágica estaba de nuevo entre los magos; de forma inexplicable, el mago tenebroso más poderoso de los últimos cien años, aún no había abandonado el mundo.

-¡Harry! –chilló Hermione, acercándose a él y tomándolo por los brazos para ayudarlo a moverse-. Tenemos que irnos de aquí.

-Él… todavía está… está… con vida –murmuró quien se llevaba las manos a su frente.

-Lo sabemos Harry. Por eso debemos irnos de aquí –exclamó Hermione y, con la ayuda de Neville, los tres se encaminaron a un oscuro rincón para desaparecer hacia un lugar más seguro. Mientras se concentraban en su destino, los tres amigos no podían creer lo que acababa de ocurrir. Era lo último que pudieron haberse imaginado, no sólo ellos, sino que la comunidad mágica por entero.

Lord Voldemort había vuelto.


Nota del Autor: Debo dejar un aviso muy importante. Desde hoy, me iré a trabajar a un lugar muy apartado, donde no tengo acceso a internet (ni siquiera con mi módem inalámbrico) y, por lo tanto, no podré actualizar en un buen tiempo. No estoy seguro cuándo podré hacerlo, eso depende de si en el lugar de trabajo puedan instalar una conexión a internet o no, pero lo más probable es que lo exijan. Siento dar noticias como ésta, pero mi trabajo me lleva a todas partes de mi país y muchas veces me toca trabajar en lugares donde no hay conexión de ningún tipo.

No quiero que piensen que hago esto a propósito: son simplemente gajes del oficio. Sin embargo, en cuanto tenga acceso a internet (lo más probable que tome entre dos y tres meses) actualizaré. Además, no me voy a quedar de brazos cruzados y, mientras no tenga internet, igual seguiré escribiendo, para cuando tenga acceso a mi cuenta tenga muchos capítulos para subir. Además, si instalan internet en mi lugar de trabajo, estaré dos años allí, por lo que tendré tiempo de sobra para terminar todas mis historias y descansar en paz.

Ojalá que pronto pueda continuar.

Saludos desde en medio de la nada… Gilrasir.