Antes que nada, agradecer a todos los que habéis aportado vuestro granito de arena a esta historia con vuestros comentarios. Luego, mencionar los ¡31 favoritos y 28 seguidores! Creo que voy a llorar... ¡Muchas gracias a todos!
The Inuyasha. ¡Bienvenida! Gracias por el cumplido jaja ¡Aquí tienes un nuevo capítulo para disfrutar!
Bruxi. Jajaja de pobre Kagome nada, más quisiera yo encontrarme a un bombón así por la calle jajaja Por cierto, es Sesshomaru xD A que síiiiii a mí también me encanta escribirlo…si es que soy una romanticona sin remedio… u.u
Akane192530. ¡Gracias por el cumplido! Me alegro de que te esté gustando. ¡Aquí tienes un capítulo más!
Marlene Vasquez. Siii jajaja el señor sexy frío ha llegado. Pues no te dejo más con la intriga, ¡sigue leyendo!
Laster mehr bizarre. Aquí tienes el siguiente, ya puedes leer la sorpresita de Kagome jajaja
Lem0n-chan. Sí jaja ¡ya está aquí el demonio más sexy de todos! Espero que te guste cómo lo puse, estoy un poco dudosa. ¡A mí también me encantó escribir el casi-beso! Jajaja me has recordado a Scooby doo "Si no hubiera sido por esos niños entrometidos" jajaja ¡Y claro que se besarán! Rumiko no nos dio ese placer a las fans de InuKag, así que ya nos lo doy yo jajaja
Nai SD. Qué retraso ni qué leches xD ¡Si eres una de las que siempre me deja un comentario! Eso lo agradezco muchísimo J Ah, sí, ya está aquí Sesshomaru, menos mal ¿no? Jajaja Espero haberlo caracterizado bien, por su personalidad tan especial.
Cap. 11
A Kagome le invadió una sensación de nerviosismo y miró con pánico la puerta por la que acababa de desaparecer Izayoi.
— Oye… —le dijo Inuyasha al ver el semblante de la chica, que se había puesto pálida—Que no van a morderte… tranquila.
No lo dijo de forma burlesca, sino de una manera suave y casi tierna, a la vez que le acariciaba delicadamente el brazo para calmarla. Y lo consiguió. Kagome estaba más relajada después de ese gesto. Levantó la cabeza, con una sonrisa iluminándole la cara.
— Gracias —le dijo al chico.
Entonces, casi inconscientemente, Inuyasha se acercó a ella para rodearla por la cintura, y apretarla contra sí durante un momento. Sin decir nada más, se alejó de ella lentamente y subió las escaleras hacia su cuarto, dejando a una Kagome muy sonrosada en el pasillo.
— Me… ¡Me ha abrazado! —pensaba aún sin poderlo creer— Bueno, Kagome, tampoco te alegres tanto… puede que lo haya hecho para que me comporte y no le dé mala impresión a su padre… —se decía mientras llegaba a su cuarto.
Entonces notó la ropa que le había dejado Izayoi encima del futon. Era un vestido que habían visto en primer día que fueron de compras las dos juntas, y la mujer al ver lo bien que le quedaba, decidió comprárselo a pesar de las negativas de la pelinegra.
Terminó de arreglarse rápidamente. En cuanto hubo acabado de peinarse, se puso frente al espejo temiendo mirar el reflejo. El vestido era rosa palo, de mangas cortas y le llegaba unos cinco dedos por encima de la rodilla. El escote tenía forma redondeada y estaba adornado con un bordeado negro. A la altura de la cadera tenía un cinturón ancho negro, con algunas pequeñas lentejuelas adornándolo. Se había puesto también unos tacones del mismo color que el vestido. Había que reconocer que andar con esos zapatos no era lo suyo, pero se mantenía bien. El pelo se lo había dejado suelto completamente.
Escuchó como Inuyasha bajaba las escaleras rápidamente, y se apresuró a salir también de su habitación. Abrió la puerta para encontrarse con el chico rabioso y murmurando cosas ininteligibles. Al parecer, la esperaba a ella. Se sonrojó por este hecho, y por recordar el abrazo que habían compartido hacía apenas quince minutos.
Cuando Inuyasha se dio cuenta de que Kagome había salido, se giró hacia ella. Estaba preciosa con ese vestido. Y ese color carmín en sus mejillas la hacía ver aún más dulce. Durante un momento no supo qué decir, pero al ver que la chica nada más que miraba hacia abajo, se decidió.
— Estás… estás m-muy g-guapa… —dijo mirando hacia otro lado, ocultando también su rostro.
— Es increíble que antes la haya abrazado y ahora no pueda articular ni una simple frase —pensaba para sí el chico, lo que provocó que se ruborizase. Por el bien de su orgullo, se giró hasta quedar de perfil a la chica.
Kagome lo miró, y en ese momento fue cuando se fijó en cómo iba vestido. Tenía un traje de chaqueta, pero extrañamente, sin chaqueta. Solo llevaba la camisa y el pantalón, blanca y negro respectivamente. Algo que puso a Kagome de mal humor fue lo perfectamente que se ceñía la parte de arriba al torso del ambarino. Estaba segura de que no iba a poder apartar la vista de él. Suspiró, llamando la atención Inuyasha, que se giró, dejando ver que los primeros botones de la camisa estaban desabrochados. La chica ante esto, no pudo más que resoplar, irritada.
En ese momento se escucharon pasos, e Izayoi llegó apresurada.
— ¡Venga, daos prisa!— los alentó. Luego, al fijarse en Kagome añadió— ¡Guau, Kagome, estás realmente preciosa! —entonces se fijó en su hijo— Inuyasha, ¿y la chaqueta?
— Ahh… Emm… tengo calor —se excusó.
— Ya, claro… —dijo Izayoi suspirando resignada— En fin, ese es tu estilo. Pero vamos, por favor, que tu padre está impaciente por verte.
Los chicos siguieron a Izayoi hasta el comedor. Se trataba de una habitación rectangular, de paredes color marfil claro, decoradas con retratos de la familia Taisho y de hermosos paisajes. El mobiliario, de madera de roble, adornaba la estancia regularmente, aprovechando el espacio del que disponía. Destacaba la gran mesa, del mismo material, en el centro del cuarto, ya con los utensilios necesarios para comer puestos sobre ella de forma ordenada. Esa, según Izayoi, era la mejor cubertería que tenía en la casa. Había algunas estanterías y cómodas repartidas por toda la sala. Hacia el final, se distinguía una mesa más pequeña y de cristal, en torno a la cual se disponían un sofá de tres plazas y varios sillones. Justo en frente de esta mesa, y bien colocada para poder ser vista por todos, había una televisión de plasma.
Kagome permaneció al lado de la mujer, que se paró en el umbral de la puerta, mientras que Inuyasha seguía el recorrido hasta llegar al centro del lugar, donde se encontraban hablando de pie tres personas. Para asombro de Kagome, dos de ellos tenían el pelo tan plateado como Inuyasha, y supuso que serían el padre y el hermanastro. Sin embargo, no podía decir nada más de ellos, puesto que uno estaba dándole la espalda, y el otro estaba de perfil, con el rostro casi oculto por su cabello.
— Papá… —llamó Inuyasha al acercarse al que estaba de espaldas.
Este se giró rápidamente, pudiendo Kagome apreciar su aspecto. Podría jurar que ese… ser, o lo que fuera… era lo más perfecto que había visto en toda su vida. Tez blanca, impecable. A los lados del rostro, tenía unas marcas, que le resultaban extrañamente familiares, sin embargo, lo dejó pasar para seguir admirando su belleza. Se fijó en sus ojos, dorados, aunque podría jurar que algo más claros a los de Inuyasha. El cabello lo llevaba atado en una cola baja, que se apoyaba con suma fragilidad en su hombro derecho. Tenía una expresión madura, pero amable. Sus labios se curvaron en una sonrisa, y su semblante se volvió más cálido al reencontrarse con su hijo menor. Lo cogió por un brazo y lo atrajo hacia él para abrazarlo.
Kagome sonrió, queriendo retener en sus recuerdos esa imagen. Le parecía una de las diarias maravillas que otorga la vida y que no se aprecian como deberían: el abrazo de un padre, o de una madre… es algo que se considera tan normal que parece como si careciera de valor. Y en ese momento Kagome echó de menos más que nunca a su madre.
Inuyasha se separó de su padre muy sonrojado.
— ¡Que ya no soy un niño, papá! —alcanzó a oír Kagome, que se llevó una mano a la boca intentando contener una pequeña carcajada.
De reojo, la chica vio cómo la señora Taisho empezaba a caminar para ponerse al lado de su marido, quién le depositó un leve pero cariñoso beso en los labios. No puedo evitar pensar que eran una pareja perfecta al verlos al uno al lado del otro.
— Ya veo, ya… —dijo Inuno al dirigirse de nuevo a su hijo— Si casi alcanzas a Sesshomaru…
El aludido, que hasta ese momento no prestaba atención a la conversación, se integró en el círculo, llevando consigo de la cintura a una mujer muy atractiva. Pero Kagome no se fijó en la mujer precisamente…
— ¡Ese es el hombre con el que me choqué cuando iba a comprar! —pensaba la chica mientras lo miraba con la boca literalmente abierta.
— ¡Kagome! —la llamó Izayoi.
La pelinegra salió de sus pensamientos, y dirigió su mirada a la mujer. Entonces se dio cuenta de que todos los presentes estaban con la vista fija en ella. Esto hizo que un débil rubor ocupara sus mejillas.
— ¡Kagome, cielo, ven! —la invitó de nuevo Izayoi.
A paso lento y con la mirada fija en el suelo, la chica se acercó a la familia Taisho. Cuando estaba a dos pasos de ellos, Izayoi se adelantó y se puso a su lado.
— Kagome, te presento a mi marido Inuno, a mi hijastro Sesshomaru y a su esposa Kagura —decía la mujer mientras señalaba a cada uno de los presentes al nombrarlos.
— Ahora entiendo a lo que se refería Izayoi con la primera impresión —pensó la pelinegra observando el imponente cuadro que se le presentaba, eso sí, sin mirar a Sesshomaru directamente.
Entonces hizo una reverencia a modo de saludo.
— Todos —continuó Izayoi— os presento a Kagome.
— Vaya, vaya, vaya… —comenzó Inuno con una grave voz— así que esta es la famosa Kagome.
— ¿Famosa? —preguntó ella sin poderlo evitar.
Inuno sonrió.
— Oh, así que no eres muda…
Kagome se puso como un tomate, bajando de nuevo la vista hacia el suelo.
— Papá, déjala tranquila… —intervino Inuyasha entre divertido y preocupado.
— Sí, sí, perdón —contestó, para después cogerle una mano a Kagome, e inclinarse para besársela— Mucho gusto, Kagome. Mi esposa y mi hijo me han hablado mucho de ti, me alegro de poder conocerte finalmente.
Kagome sonrió, aunque seguía ruborizada.
— El gusto es mío, señor Taisho —dijo, mirando de reojo a Inuyasha.
Inuno sonrió, para después dirigirse a su hijo mayor.
— Sesshomaru, venga, preséntate…
El mencionado se adelantó un pequeño paso hacia delante, lo que hizo que la chica no tuviera más remedio que mirarlo a la cara por fin. Él la observaba impasible, con una expresión indescifrable.
— Emm… esto… —balbuceó Kagome nerviosa. Entonces se inclinó hacia delante— ¡Perdón por lo de antes! De verdad lo siento…
Todos en el lugar miraron sorprendidos a Kagome y a Sesshomaru. Sin embargo, este seguía con su pose inmutable.
— Kagome, ¿ya lo conocías? —preguntó Inuyasha algo malhumorado.
— No en realidad. Me choqué con él cuando iba a comprar. Fue al doblar la esquina, así que no lo vi.
— ¿Y esta chica viene del pasado? —preguntó la mujer junto a Sesshomaru.
Kagome se sorprendió, dando un paso hacia atrás, horrorizada.
— Calma Kagome, ellos saben cuál es tu situación actual, y no dirán nada —la tranquilizó Izayoi antes de que pudiera articular alguna palabra.
Entonces la pelinegra se fijó por primera vez en la mujer que había soltado ese comentario. Era de facciones atractivas y femeninas, adornadas por un leve maquillaje; de piel blanca y con unos misteriosos ojos color rubí, enmarcados por una sombra rosa oscura. Tenía el cabello castaño recogido en un elegante moño, exceptuando el flequillo recto que caía sobre su frente. En esos momentos lucía una media sonrisa, que puso un poco nerviosa a Kagome.
— Soy Kagura —se presentó la mujer haciendo una pequeña reverencia— la esposa se Sesshomaru. Encantada de conocerte.
— Igualmente —dijo Kagome imitándola apresuradamente.
Justo en ese momento, una niña castaña de unos cinco años apareció por la puerta de la sala. El pelo suelto, tan solo adornado por una pequeña coleta a un lado, lo llevaba algo revuelto; y el kimono, blanco decorado con sakuras, algo desajustado. Pero traía una sonrisa radiante que podría iluminar el corazón de cualquier persona. Se aproximó a Izayoi, con las manos detrás de la espalda y sin dejar de sonreír.
— Rin, cariño, ¿qué…? —intentó preguntar la mujer.
— Toma abuela —la interrumpió la pequeña, enseñándole unas margaritas que llevaba escondidas en su espalda— Las he cogido para ti —finalizó radiante.
— ¡Oh! ¿Para mí? —preguntó mientras cogía las flores que le tendía la niña.
Kagome se fijó en la sonrisa de Izayoi en ese momento. Era la más bonita y sincera que le había visto hasta entonces, y sus ojos expresaban una enorme felicidad.
La pequeña asintió, para luego correr hacia Sesshomaru y abrazarse a una de sus piernas. Kagome no pudo evitar enternecerse al presenciar tal escena, y sonrió aunque estaba algo sorprendida. Entonces fue cuando la niña se percató de la presencia de la extraña, y se quedó mirándola con medio cuerpo a la vista, y medio escondido detrás de los pantalones negros de Sesshomaru.
— ¿Puede ser que la niña sea…? —pensó la pelinegra.
— Rin, cariño, ven aquí —la llamó Kagura.
La pequeña se acercó a ella y Kagura se agachó para estar a su altura, pasándole los dedos por el cabello para peinarla improvisadamente. Luego le puso el kimono bien, y se levantó dándole un tierno beso en la cabeza. Al momento se volvió hacia Kagome.
— Rin, esta es Kagome. Salúdala, es amiga de tu tío Inuyasha —ordenó suavemente la mujer.
— ¿Tío? —pensó Kagome en voz alta.
— Sí, es mi sobrina —aclaró Inuyasha.
— Encantada de conocerla —saludó Rin haciendo una reverencia.
— Vaya —dijo Kagome agachándose— Eres toda una señorita. Yo me llamo Kagome. ¿Quieres que seamos amigas? —finalizó con una sonrisa.
A la niña se le iluminaron los ojos y asintió sonriendo felizmente.
— Bueno, Kagome, parece que ya conoces a los Taisho —comentó Izayoi— Sé que nuestra familia te puede parecer algo extraña, pero te aseguro que no lo somos tanto.
Estaban todos en la mesa, comiendo tranquilamente mientras comentaban el viaje de negocios que habían efectuado los mayores Taisho.
— Hemos conseguido que la compañía americana Citigroup apruebe nuestro nuevo proyecto de transporte. Nos aportará fondos para que podamos seguirlo —decía con una sonrisa Inuno.
— ¡Eso es estupendo! —exclamó Izayoi— Creía que ibas a reunirte con los miembros de Morgan Chase.
— Es que en principio así era, pero surgió la oportunidad —explicó el señor Taisho— Cuando llegamos al lugar de la reunión, estaban saliendo los accionistas de Citigroup. Parece ser que tuvieron una reunión las dos compañías antes de la nuestra.
Kagome miraba de uno a otro. Todos parecían estar muy pendientes de la conversación, pero ella no entendía nada de lo que estaban hablando. Suspiró casi imperceptiblemente, para luego bajar la vista hacia su plato, donde se podían ver los restos del sekihan que habían comido. Giró la cabeza hacia Inuyasha, que estaba sentado a su derecha, y le sorprendió descubrir que él la estaba observando. Al no querer interrumpir la charla de los otros, articuló con los labios "¿Qué pasa?" Sin embargo, Inuyasha al parecer no se había percatado de nada. Pero lo que ponía nerviosa a Kagome era que el chico no la miraba a ella como hacía normalmente, sino que se centraba concretamente en sus labios.
¿Cuánto tiempo llevaba así? ¿Dos minutos? ¿Diez? ¿Quizás media hora? No lo sabía con exactitud, pero lo que sí sabía era que las mejillas se le estaban encendiendo lentamente, y no quería que los Taisho la vieran sonrojada, y menos sin motivo aparente.
Se decidió por darle una suave patada por debajo de la mesa, y así lo hizo. Inuyasha dio un pequeño bote, y por fin pareció despertar. Se quedó mirándola durante unos segundos con el entrecejo ligeramente fruncido, y abrió la boca al parecer con la intención de recriminarle lo que acababa de hacer. Pero Kagome fue más rápida, y de nuevo articuló con los labios la pregunta anterior.
— "¿Qué pasa? Estabas distraído"
Inuyasha permaneció un momento en silencio, para después contestar de la misma forma.
— "Nada"
Acto seguido volvió la cara y se dedicó a escuchar lo que hablaba su familia sobre la empresa, dejando a una Kagome frustrada por su comportamiento.
Después de almorzar, Izayoi, Kagura y Kagome se dedicaron a lavar los platos, vasos y cubiertos que habían utilizado. Luego prepararon un poco de té mientras hablaban de cualquier cosa.
La pelinegra observaba de reojo a Kagura. Aunque no había tenido tiempo de entablar otra conversación con ella desde la presentación, le parecía que era una mujer bastante misteriosa. Sus ojos rubíes mostraban una impasibilidad propia de una persona muy tranquila, pero era eso lo que más atraía a Kagome.
— ¿Ocurre algo, Kagome? —le preguntó Izayoi pasándole algunas tazas y platos pequeños.
— No, sólo pensaba… —le respondió colocándolos en una bandeja puesta encima de la mesa.
De pronto entró Rin en la cocina.
— ¡Mamá! Papá pregunta que si os queda mucho —dijo acercándose a Kagura.
— No Rin, dile que el té ya está listo. Ahora lo llevamos —le contestó— ¡Ah, Rin! —La llamó antes de que se perdiera de vista— ¿Quieres galletas?
La niña sonrió ampliamente.
— ¡Sí! —contestó entusiasmada.
— De acuerdo —concluyó con una leve sonrisa mientras sacaba algunos dulces de la despensa— Ve con papá al salón, ahora llevamos las cosas.
— Voy contigo Rin, les voy a preguntar si quieren tomar algo con el té —dijo Izayoi, para después coger a la niña de la mano y salir de la cocina.
Fin del cap. 11
Por cierto, las dos empresas que mencioné sí existen en realidad. Espero que no me demanden jajaja
¡Un beso a todooos!
